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Esta sección estará dedicada íntegramente
a la creación literaria en sus más importantes
registros de género. Así que nuestro primer
mapa de navegación hace escala en dos cuentos ("La
misión", "Después
del silencio") dentro de la obra narrativa del
habanero Ángel Santiesteban
(1966), quien obtuviese este año el Premio Alejo
Carpentier con el cuaderno Los hijos que nadie quiso.
La isla poética está a cargo de Odette
Alonso Yodú, destacada poetisa santiaguera,
quien actualmente reside en México y ha cedido
a La Isla en peso un haz de sus nuevos poemas
("Fábula del aguador
y la ciudad de enfrente", "Óleo",
"Bailarina",
"El juego de Dios", "Onírica
última función", "Casa
de aire", "La
noche del jaguar", "Canción
antigua", "Errancias").
Por último, el ensayista Alberto
Abreu blande su estilete sobre la figura de Virgilio
Piñera en su texto "Otra
mirada", uno de los capítulos del libro
Virgilio Piñera: un hombre, una isla, de
próxima aparición en la Colección
Premio de la Editorial UNION.
Ya
iban saliendo de pase cuando se cruzan con aquel jeep
con las luces encendidas que levanta polvo por el polígono
hasta llegar al edificio central. Prosiguieron acercándose
a la garita de la entrada de la unidad y se disponían
a enseñar el permiso de salida cuando suena el
teléfono. El guardia dice "ordene"
y va levantando la vista hasta ellos y después
la deja caer sobre un papel donde hace notas, responde
"a sus ordenes", y cuelga. Le enseñan
los pases. El guardia, sin mirarlos dice "sorpresa"
y pronuncia tres nombres y se los retira. Y aunque las
órdenes no se discuten regresan con ese ánimo
discutidor. En la escalera del edificio otros dos aguardan,
y de repente intuyen que algo va a suceder porque han
reunido a los cincos mejores expedientes del quinto
año del curso para soldados profesionales. Deben
presentarse en la oficina del director. Lo hacen sin
comentarios. Allí están los oficiales
del jeep. Según entran, quedan en posición
de firme.
Salen de la oficina todavía sin hablar. Tampoco
vale la pena porque saben que sus vidas no les pertenecen,
lo habían jurado y siempre supieron que todos
los años de estudio y de práctica podían
ser utilizados en sólo unos minutos, instantes
quizás, y entonces, después, nunca serían
los mismos. No le dieron tiempo de ir al albergue a
recoger el aseo. Por supuesto, tampoco la posibilidad
de avisar a sus familiares, le informarían, según
dijo el director, de que se encontraban en clases prácticas
en alguna zona intrincada del país. 
Los montan en el jeep que sale con la misma prisa de
la llegada. El soldado de la garita les da la espalda
para evitar despedirlos. Aunque cientos de veces habían
practicado ese momento, ahora sienten que es distinto.
Tratan de adivinar su destino.
Fueron directo al aeropuerto militar y el jeep se detiene
ante la escalerilla de un avión civil. En su
interior ya está el hombre a quien deben proteger.
Parece absorto en la lectura de unos documentos. Levanta
la vista y los observa; después se darían
cuenta que era la única vez que repararía
en ellos. Era un capitán joven de esos que aparentan
ser muy viejos. A su lado un portafolio negro con varias
cerraduras de combinación. Prosigue la lectura.
Los llevan hacia el fondo y les entregan uniformes de
campaña. También pistolas con silenciadores.
Sube
un oficial y les dice que no vacilen en entregar sus
vidas: si fallan y la conservan, de todas formas, no
les serviría de nada. Y los va mirando en silencio.
Quedan bajo las órdenes del capitán, también
dice que lo único que no podían perder
era el portafolio. En caso de peligro deben destruirlo
sin ver su contenido para evitar comprometerse y complicar
las cosas.
El avión despega. El capitán pasa el tiempo
dormido o leyendo. Los demás no hablaban ni duermen.
Observan. Muchas horas pensando en sus familias, las
novias esperándolos inútilmente y, principalmente,
si regresan, cuánto tiempo faltaría y
qué les costaría sacrificar. Así,
hasta que el avión aterriza. Sólo después
al ver a los soldados del lugar comprenden que están
en Angola. Montan un Mercedes Benz negro que aguardaba
su llegada. Lo guía y escolta otros dos jeeps
militares de fabricación japonesa. En una esquina
reconocen a un grupo de soldados cubanos que mientras
beben, discuten precio con las portuguesas.
Llegan a una residencia completamente custodiada por
civiles armados. Dentro, en los inmensos jardines, varios
guardaespaldas esperan junto a sus autos Jaguar y Ferrari.
El capitán es el último en llegar.
Dos horas después sale. Retoman el mismo camino
de vuelta hasta el aeropuerto y despegan. Piensan que
la cosa fue más rápido de lo que esperaban.
Tratan de no demostrar la satisfacción ni de
comentarlo entre ellos. Duermen, comen y desayunan hasta
que ordenan apretarse los cinturones. En el descenso
sólo ven árboles por los alrededores y
adivinan que es una pista clandestina. Aterrizan en
un lugar inhóspito. Nadie los recibe. La pista
es estrecha y corta. El capitán se orienta por
el reloj digital donde aparece un gráfico. Echan
a andar y advierten peligro, precisamente por la aparente
tranquilidad. Desenfundan las armas y acechan. El capitán
sólo se preocupa por no extraviarse. No dice
una palabra. Cada uno a lo suyo. Dos hombres se mantienen
a su lado. Otros dos abren el camino y lo revisan por
las trampas y las minas. El quinto va cubriéndolos.
Cruzan un arroyo y muy pronto se divisa una casucha
y se agachan. En la puerta hay dos hombres. El capitán
reemprende la marcha. Los hombres son asiáticos.
Hacen una reverencia y miran el portafolio del capitán.
Le abren la puerta y la cierran cuando ellos pretenden
seguirlo. Los hombres señalan una trinchera.
Son túneles bastante amplios. La ocupan. Y esperan.
Saben que están en Asia, alguien dice que los
hombres son vietnamitas. Se mantienen allí, sin
conversar. No se mueven en horas. Siempre atentos.
Se impacientan y casi deciden buscarlo cuando asoma
con el portafolio. Sale caminando sin reparar en su
presencia. Retoma el camino por donde vinieron. Lo alcanzan.
Regresan al avión. Levantan el vuelo y nuevamente
almuerzan.
El capitán se dirige al fondo del avión
y después aparece vestido de civil. Los señala
y hace un gesto para que se dirijan al fondo. Hay varios
trajes colgados todos del mismo color. Se visten. Un
oficial de la nave pasa una maleta, primero por donde
el capitán que deposita su pistola y dos peines.
Todos lo imitan.
El avión aterriza. Ahora en el aeropuerto de
Managua. Mientras bajan, un trabajador con overol se
acerca en dirección al capitán y los cinco
hombres se lo impiden pero extiende la mano con unas
llaves que el capitán alcanza. Lo siguen y cuando
pasa por el lado de un Van hace un gesto con la cabeza.
El capitán alza las llaves preguntando quién
maneja. Uno las toma y se dispone a utilizarla cuando
el capitán se aleja cauteloso y no se acerca
hasta que abre las otras puertas y arranca el motor.
El capitán se agacha y debajo del asiento hay
una carpeta con mapas e instrucciones que enseguida
trasmite al chofer que resuelve ponerse el mapa sobre
las piernas y continuar. Menciona una dirección
y el nombre del hotel. Logran encontrarlo rápidamente
y al acercarse el capitán pide que dé
un rodeo. Varias veces dan vueltas y todo les parece
normal. Se detienen en la esquina y decide seguir a
pie hasta la puerta del hotel. Cruzan el lobby hasta
llegar a la carpeta. Nadie los mira. Todos caminan apurados.
El capitán se entiende con el carpetero que hace
un gesto y aparece un botones que los guía hasta
el elevador y después hacia la habitación.
Se retira. El capitán entra a un cuarto y lo
cierra por dentro. Sin ponerse de acuerdo. Revisan todo
minuciosamente. Tocan a la puerta y se esconden. Esperan
que el capitán asome y disponga. Pero no sucede.
Insisten los toques. Deciden abrir. Se ocultan tras
la puerta, en el baño y el balcón, atentos
y asustados. Uno pregunta quién es, y responden:
servicio de habitación, señor, ¿una
botella de wiskhy? Niega. La contraseña a seguir,
según el papel que el capitán les entregó
en el avión, es negar y pedir solamente cinco
copas, por favor. Dice que enseguida serán dispuesta,
señor. Y se retira. Vuelven a tocar y se esconden.
Es el camarero que trae cinco copas, señor. Las
deposita sobre la mesa de noche: "En la tercera
gaveta hay un doble fondo", dice. Al cerrar la
puerta salen los otros y buscan y bajo la tabla supuestamente
de fondo, hay cinco pistolas con silenciador y varios
peines. La revisan. El capitán sale de la habitación.
"Vamos", dice. Guardan las armas en sus cinturas.
Esperan el elevador y, cuando llega, el capitán
se protege tras sus cuerpos. Bajan y cruzan la carpeta.
Nadie los advierte. Pasan el lobby. Salen a la calle.
Nuevamente el Van. El capitán señala en
el mapa otra dirección: un cabaret. En los semáforos
varios niños venden frutas y limpian los parabrisas
de los autos sin que se lo pidan buscando propina, por
favor, señor. Todavía con la luz roja
el capitán le golpea al chofer la pierna del
acelerador. Prosiguen. Encuentran la dirección
y, después de dar los rodeos decide dejar el
Van a la vuelta con el chofer dentro y el motor en marcha.
Llegan y el portero les abre la puerta. Todo está
oscuro. Algunas luces de colores flashean. Hacen un
círculo con sus cuerpos alrededor del capitán.
Una mujer los sitúa en una mesa alejada del escenario.
Advierten el ir y venir de las dependientes casi desnudas
con bandejas llenas de bebidas. Una se acerca y pregunta
qué desean tomar. El capitán hace un gesto
con la cabeza, negando. Regresa con cinco Coca colas
y, antes de irse le dice algo al oído y el capitán
mira hacia una puerta a la que se dirige sin el portafolio.
Entra y no tarda en salir. Toma el portafolio y vuelve
a desaparecer. Notan que dos hombres los observan. La
camarera trae cuatro cervezas y una botella de whisky,
"regalo de la casa", dice con una sonrisa
y exhibe sus pezones, "desean besarlos, también
va por la casa". "No", responden con
sequedad. "La casa podría sentirse ofendida",
insiste y mira a los dos hombres indiscretamente. El
soldado más cercano la hala por el brazo y se
introduce el seno en la boca hasta arrugarlo. "Ya
eso está algo mejor", y aprovecha y corre
la mano hasta la portañuela y aprieta y el hombre
se mantiene tenso, inmutable, hasta que retira la mano
y va recorriendo toda la cintura y cuando el hombre
se percata de la intención, intenta aguantarla
por el brazo pero ya había tropezado con la pistola.
Entonces retira la mano con rapidez. Y se va. Al pasar
por el lado de los dos hombres que los observan hace
más lento el paso. Y sin ponerse de acuerdo deciden
no ingerir absolutamente nada. La mujer regresa con
un cubo de hielo. Otra deposita sobre la mesa varias
cajetillas de cigarros y fosforeras. Después
trae chicles y pregunta si desean algo más. "Por
ahora no, gracias", y sonríen. Y lo que
menos miran es el show, donde se besan y excitan dos
mujeres con un hombre, sino a la puerta que no vuelve
a abrirse.
Y miran los relojes. Se miran entre ellos. Desean ir
al baño y no lo hacen. Desean ir a buscarlo y
esperan. Se abre la puerta y en la oscuridad sólo
distinguen a un hombre con portafolio. Saben que es
él al sobrepasar la luz de la barra. Se dirige
a la salida sin mirar la mesa de sus acompañantes.
Se apresuran en alcanzarlo. Montan el Van que ya tenía
las puertas abiertas y desaparecen.
Entran al hotel. Suben a las habitaciones. El capitán
vuelve a encerrarse. Mientras se despojan de las chaquetas
tocan a la puerta. Se esconden. El servicio de habitación
nuevamente. Trae cinco copas de whisky que cambia por
las cinco copas anteriores todavía servidas.
Antes de irse pide que vuelvan a depositar los objetos
en el mismo lugar de la mesita y se retira. Se ponen
de acuerdo con el horario de la guardia nocturna.
Amanece. Cuando el capitán sale ya están
preparados. Sin mirarlos ni decir nada vuelve a salir.
Lo siguen. Montan el Van. Sobre el asiento del chofer
está el mapa con el aeropuerto circulado con
plumón: La Habana. Descienden del Van sin ver
a nadie y cuando apenas se habían alejado unos
metros sienten el motor en marcha y es el mismo hombre
que les entregó las llaves que lo retira. Suben
al avión.
Horas después aterrizan. Lo esperan los mismos
oficiales que los despidieron. El capitán se
apresura y baja primero. Lo dirigen a un Lada con chapa
particular que abordan también los oficiales.
Otro oficial menor los detiene. Le enseñan el
saco y le responde que se quede con el si le parece
bien, es un regalo, y señala el jeep donde se
van sentando y se sorprenden con la cabeza volteada
observando al Lada que se aleja.
El jeep se aleja también, por el lado opuesto.
Cuando llegan nuevamente a la escuela, el director los
espera casi justo en la puerta de entrada, con la mano
en la espalda. Se bajan, saludan y uno de ellos pide
permiso para dar el parte de la misión. "¿Qué
misión?" Dice el director. "Ustedes
nunca han salido de esta escuela. ¿Está
claro?" Y señala hacia el polígono.
"Ahora se me apuran porque están casi reportados
por la ausencia a la formación.
Se les queda mirando cuando echan a correr. Y sonríe.
Después
del silencio
Cuando
llegamos nos dijeron sólo eso: que estábamos
a ochenta kilómetros de la frontera enemiga.
Entonces nos dio cólicos, la comida dejó
de tener el mismo sabor y de nuestros cuerpos comenzaron
a escaparse otros olores que nos parecían ajenos.
Fue por aquellos días cuando la vimos por primera
vez. Pasaba cerca del campamento, ocultándose,
vigilando a los que salían de maniobras para
sorprenderlos. Y corrimos, creo que con entusiasmo,
a tirarle piedras y sacarle la lengua, como si fuera
cualquier otro juego de muchachos dejado de practicar
apenas algunas semanas atrás. Aprendimos
a construir los primeros refugios, con tanto empeño,
que le dedicábamos casi todo el tiempo y, al
final, por nuestro perenne temor, los convertíamos
en verdaderas fortalezas, porque pensábamos que
la vida, precisamente, se la deberíamos a eso.
Así pasaron varios meses. Cada semana se avanzaba,
lo que obligaba a excavar nuevos huecos, como si estuviéramos
inmersos en una interminable pesadilla. De repente descubrimos
que hasta ese momento nuestras vidas no tenían
nada que agradecer a esas tumbas; salvo aquellos huesos
ensartándonos la piel, tan tempranamente desgastada.
Por eso nos fuimos cansando, disminuyeron las medidas
de seguridad y el afán por lo que, supuestamente,
nos protegía. Y no es que hubiésemos perdido
el miedo, no. Simplemente nos acostumbramos a sentir
la presencia de la muerte; la convertimos, de tanto
tutearla, en un soldado más. Se pasaba más
tiempo con nosotros que el mismo Político. Lo
que más le gustaba era jugar a las cartas; pero
nadie le hacía la mano porque era muy aburrido.
Aunque nunca nos negamos tampoco. Más bien nos
mostrábamos amables. Como se le tenía
respeto, nadie intentaba ganarle. Ya se sabía
que era Ella la que decía la última palabra.
Una vez, en combate, yo mantenía la vista fija,
captando hasta el más mínimo detalle,
suplicando ser tan ágil como para esquivar cualquier
proyectil que amenazara convertirme en mártir,
al recuerdo, al carajo, a la mismísima mierda;
rogando que algún compatriota se interpusiera
en el camino y recibiera el impacto, el mío,
el que me tocara, aunque después se le dedicara
lo que nos quedase de vida, jurando invocarlo en pesadillas
para que de alguna manera les sirviera de homenaje.
Y nada más. Porque para pagar condenas lo primero
que hay que estar es vivo; después viene lo demás.
Cualquier cosa. Pero la suerte y la desgracia son locas
y a cualquiera les tocan, y me eligieron a mí
y uno no puede negarse, aunque tenga deseos. Entonces,
yo, sin mirar a los lados, sólo sintiendo el
calor del roce en los codos, ¿quién era?,
¿un amigo, un supuesto compañero?, le
pregunté que a su juicio cuál alternativa
escogería para destruir aquel refugio enemigo;
y, Ella, agobiada por tanto trabajo como le damos, me
respondió que corriera hasta el árbol
y me arrastrara hasta la gran piedra blanca. Lo analicé
y verdaderamente me pareció bien. Y lo hice.
Y estando ya en la piedra disparé tres rafagazos,
porque según calculó habría tres
soldados en el interior del refugio. Y no crucé
por el lugar más cercano y aparentemente más
seguro, porque dijo que percibía el olor de las
minas; me propuso bordear la cañada hasta la
colina, y cuando me vi allí, increíblemente
sano y salvo, lancé todas las granadas que me
colgaban del cinto, y desapareció el hostigador
fuego enemigo. Todo me pareció tan irreal, tan
poco difícil... Me acordé del compañero
y miré hacia la trinchera de donde había
salido, para agradecerle. Y así fue que la descubrí,
atenta, confundida también con la emoción
de todos, imitando aquellas cabecitas del resto de los
soldados. Me pareció que estaba sonriendo, y
me entraron temblores y no pude hablar, señalarla,
descubrirla. Y empecé a desconfiar de mi vida
porque sentí que me podía estar jugando
una broma con mi muerte. Y decidí esperar, con
la tristeza y la tranquilidad que se atribuyen los muertos.
No sé qué tiempo estuve sin aliento ni
parpadeos. Desperté con el cuerpo cansado. Todo
recomenzó lentamente, y sentí que nunca
amaría a nadie tanto como a mí mismo.
Creo que de repente, al verme vivo, se percató
de su error, porque precisamente todo había salido
bien. Y entonces hizo lo de siempre: se molesta, se
da vuelta, se aleja.
Y aunque eso era lógico que sucediera, ni Ella
misma lo entendía. Cuando regresa, viene con
ese mal genio que se inventa y no atiende razones y
nos martiriza. Y uno se cansa y dice, "ya, al carajo,
si me matan, me jodí, lo que deseo es acabar
de encontrarme con esa gente y definir quién
sobrevive, o ellos o yo"; pero también ésa
es una variante fácil para escapar de esta incertidumbre
que se casa con el soldado: la de si regresa o no. Porque
la cosa es más lenta: "poquito a poquitín",
como decía el capitán antes que Ella se
le encarnara y le tendiera aquella trampa con la que
nadie estuvo de acuerdo. Por eso estuvimos un tiempo
evitándola, castigándola también
para que juegue limpio, para que respete las reglas.
Porque eso es lo que más le duele, que la ignoren.
Cuando eso pasa, ya conocemos su táctica: al
acostarnos siempre escoge a uno; si se te acerca haciendo
ruido para llamar la atención y se tira en la
cama y te despierta sobresaltado con la piel erizada
por el contacto con su cuerpo, y te empuja y se acomoda,
es que puedes dormir con tranquilidad.
La cosa es cuando no se siente. Cuando no se ve. Ahí
está el peligro, exactamente cuando parece que
no va a suceder nada. Esa es su arma: tu confianza,
tu seguridad. Con ellas se divierte y se alimenta. Pero
eso sólo se aprende después que te equivocas.
Y como ya descubrimos que la vida la empezamos a perder
desde el mismo instante en que decidimos defenderla,
entonces, como para que la tengamos en cuenta, nos pone
en situaciones cada vez más desventajosas, y
mientras uno se va saliendo con la suya, Ella, que no
pasa nada por alto, va haciendo crucecitas para saber
cuántas le vamos debiendo y a la vez tengamos
que agradecérselo. Y sólo nos podemos
escapar cuando llegue al momento del regreso y todo
se pueda hacer tan rápido que no se le dé
tiempo a que te alcance ni en el avión; porque
aunque se haya acordado que ya ése es lugar neutral,
la conocemos. No soporta perder. Los que nos quedamos,
sabemos lo que nos espera, porque Ella es rencorosa
y se la cobra más temprano que tarde. No tiene
escrúpulos. Nunca se conmueve. Y desde ese momento
no queda más remedio que empezarla a entretener,
y nos turnamos con las cartas, y le enseñamos
números de magia, y a jugar damas, y ajedrez,
a ver si de alguna manera se olvida o nos perdona. De
todas formas siempre nos alegra que alguien se le haya
ido, porque un poco que sentimos que nosotros la jodimos
también.
Poco a poco nos acercábamos más y más
a la frontera y uno lo primero que se preguntaba cuando
abría los ojos al amanecer, si es que se habían
podido cerrar, era ¿hasta cuándo? Y estaba
bueno, que lo demás lo hicieran las BM y la aviación.
Y siempre seguía la misma pregunta: ¿Ya
sería nuestro turno? Y se busca en el cielo,
entre las nubes, algún pájaro o rayo de
sol que ofrezca un indicio, una revelación que
sirva de adelanto de lo que va a ocurrirte en ese día;
porque es muy aburrido, pienso, para la muerte misma,
llevarse a alguien sin antes asediarlo, sin antes jugar
con él, ir viendo cómo se arruga, se consume,
agoniza. Para ese momento, en mi caso, y que ni Dios
lo quiera, haría una carta de despedida bien
cojonuda que me sirviera de imagen para los que me recuerden.
Porque el colmo es que también, hasta para después
de la muerte, el soldado tenga que dejar, desde antes,
todo arreglado; cómo, llegado el caso, hacer
una muerte digna y, que además, disminuya el
sufrimiento de la familia, haga sentir orgullosos a
los amigos, y que el jefe la pueda justificar ante sus
superiores; ¡claro!, todo se hace sólo
por complacerlos a ellos. Nuestro caso, a estas alturas,
ya está jodido, no valen apelaciones. Por tanto,
las lágrimas les irán cayendo en la boca
mientras hablan de uno y hasta puede que se les vayan
por el camino viejo y se atoren y no jodan más
y nos dejen, por lo menos, descansar en paz, como se
dice. Porque verdaderamente me parece imposible que
nadie muera en paz, y menos así tan jóvenes,
casi sin habernos estrenado con mujeres y con los deseos
locos que tenemos. En definitiva, todos coincidimos
en que cuando se levantó el brazo no fue, precisamente,
para venir a morir, nuestro lema, a lo sumo, es de:
"Patria o heridas leves".
En
general, lo mejor que puede suceder, y es la razón
principal por la que uno quiere saberlo desde antes,
es que quién sabe si Ella, al verse descubierta,
cambie de estrategia y lo deje para otra ocasión.
Sabemos que, en el mejor de los casos, ningún
héroe quiso ese final. Porque, aunque en nosotros
ellos continúen viviendo todos los días,
según dice el Político, eso tampoco sirve
de consuelo; estoy seguro de que hubiesen preferido
elegir, sin pensarlo dos veces, poder decir ahora: "allí
corrí", que "allí morí".
La realidad es que ya estábamos a veinticinco
kilómetros de la frontera y uno se va extremando,
se va cuidando ya como gallo fino. Y empezamos a preguntar
por qué los angolanos no iban delante, como debía
ser; irlos apoyando y asesorándolos desde sus
espaldas; pero no, nosotros siempre delante, y ellos,
que siempre permanecían tan atrás. Tan
callados.
En el terreno recorrido, dejamos decenas de refugios
que jamás sirvieron para lo que habían
sido ideados, salvo para hacernos matar el tiempo, y
así evitar que pensáramos en comidas,
calamidades y mujeres, tan desagradables aquí.
Para aplacar sustos y evitar comernos las uñas.
No hacer necesidades a la intemperie. Por tanto, decidimos
no dejar más que la humedad de la tierra se nos
metiera por los huesos y el culo al amanecer; que al
medio día, el salpullido y las ronchas se extremen,
mientras se siente cómo se multiplica el vapor
del sol por cada palmo que se introduce en la tierra,
y te provoque picazones. Desde abajo siempre descubríamos
cuando caía la tarde, comenzaban a guarecerse
mosquitos y serpientes que tratábamos, también,
de vencer. Por las noches, el frío se adhería
a las paredes convirtiéndolas en neveras. Además,
evitamos que los jefes nos ordenaran permanecer escondidos
hasta semanas para cuidarnos la vida. ¿Qué
vida, coño? Si nos pasábamos todo el tiempo
asustados, sabíamos que aquellos huecos ya le
ahorraban parte del trabajo al enemigo y a los nuestros,
con sólo esperar que estuviéramos dentro
y poner un último granito de dinamita. Y no se
hablaría más del asunto. No sé
explicar por qué extraña razón,
sabiendo que después de muertos donde mejor vamos
a estar es allá abajo, preferíamos que
nos sucediera en la superficie. Por eso, elegíamos
dormir sobre la frialdad de los tornillos de la técnica
que al rato traspasaba frazadas y abrigos y nos abría
hoyos en la piel; nunca se cambiaba de posición,
para que la molestia fuera sólo en las primeras
noches y, en el lugar, aparecieran callos que los protegieran.
Desde allí, le inventábamos ojos a la
luna para crearnos el clima de la eyaculación,
cada vez más difícil. Más bien
lo hacíamos por disciplina, por despojarnos de
miserias porque nos sabía a un disco rayado.
Todos
los días al amanecer, después del desayuno,
se hacía una exploración ingeniera que
iba delante del frente. Pero esa noche la kwacha logró
acercar la técnica empujada por bueyes y no los
oímos. Creo que nadie escuchó. ¿Por
qué entonces tenía que ser yo? Si me quedé
atento a los otros y también se quedaron inmóviles...
No estamos obligados a sentirlo todo. Aunque casi aseguraría
que tampoco quisimos oírlo. El caso fue que no
los oímos. Juro por Dios que nunca he sido bueno
identificando ruidos. Juro por mi madre que pensé
en el viento por parecerme lejano, por el miedo si me
parecía cercano, por el frío y no querer
sacar la cabeza del abrigo, achacándolo finalmente
a mi imaginación, a mi inmadurez. ¿Por
qué habrían de hacerlo en mi turno de
guardia? Creí que por permanecer inmóvil
todo pasaría rápido. Juro por Dios y mi
madre, que me perdonen si miento. Y, a la mañana,
al rato de partir los hombres, sentimos un combate con
ráfagas y explosiones. No pudimos disparar los
morteros porque haríamos blanco también
sobre nuestra gente; entonces se organizó un
destacamento y fuimos para allá; en el camino,
el coronel comunicó por radio y dijo: "¡cojones,
se van a matar ustedes mismos!" Nos habíamos
metido en un campo minado nuestro porque el capitán
en su nerviosismo, dio mal las orientaciones. Detuvimos
el bempé y regresamos por las marcas de las esteras.
Retomamos el verdadero camino a una velocidad de setenta
kilómetros por hora. Sobre él íbamos
once hombres rezando por no caer. En una curva pierdo
la ametralladora y veo que se desliza levantando polvo
y seguíamos alejándonos y me puse nervioso
y grité que pararan. Y expliqué, el jefe
dijo que me olvidara de eso, al regreso hay otra; entonces
metí la mano por la escotilla y lo agarré
por la gorra y se la apreté y la lancé
también. Le dije que él iba resguardado
allá dentro, pero para estar afuera había
que tener algo con qué defenderse; además
nunca se sabía qué tiempo demoraríamos
en estar de vuelta al campamento. Y se detuvo. Y me
bajé con tremendo cuidado porque me aturdía
el murmullo de rezos en silencio de todos aquellos hombres
que me empujaban con su mirada; en cada paso me auxiliaba
con el pincho para detectar minas, evitando confundirme
y que se dividiera en pedazos mi cuerpecito, que además
de ser mío es el único que tengo, el mismo
que tanto acarició mi madre en estos diecisiete
años mientras yo dormía sumergido en el
calor de sus senos. Cuando el pincho tropezó,
cerré los ojos. Sabía que podía
ser cualquier cosa, lo peor quizás. Tuve deseos
de correr, de gritar, y esperé. No abrí
los ojos. La recogí. La alcé como un trofeo.
La besé. Seguimos camino. Ahora más serios.
Nadie hablaba. Ibamos llegando. Cada uno suponía
lo que nos esperaba. Sujetando el arma como si estuviera
cargando mi propia vida. Aquella caída del arma,
podía ser un aviso. Las palabras de Elegguá
y de los guerreros de mi madre. Y en eso se nos cruzó
el camión de los exploradores cambiando luces.
Nos detuvimos desconfiados ya apuntándoles por
si no eran ellos y ahí mismo nos madrugaban.
Traían los heridos y al teniente, que ya estaba
muerto. Me acordé de la niña a quien escribía,
tenía como seis años y las primeras letras
que aprendió fueron "papi, ven pronto".
Y su papi estaba tendido sobre la cama del camión
y ya no habría nada para convencerlo, ni con
otra cartica le harían cambiar de posición.
Seguramente todavía no había tenido tiempo
de llegar al cielo, si es que allí se les permite
la entrada a los soldados. Lo tenían tapado con
una colcha y no sabíamos localizar qué
extremidades observábamos. No podría especificar
si en ese momento me invadió la lástima
o la pena por lo ridículo que lucía. Nos
parecía tan pequeño. Tan insignificante.
Y le pedimos al enfermero que lo destapara, pero se
negó asustado. Y en mala hora insistimos, porque
lo hizo, y vimos que le faltaba la cabeza. Alguien mencionó
un mortero. Todos viramos la cara. Y escupí toda
aquella mierda. Me asusté tanto que sentía
el latido del corazón en los oídos como
un ruido exterior, quizás un caballo que pasaba
aprisa por nuestro lado y, llegué a pensar, que
en su lomo se llevaba al teniente. Todos nos miramos.
Me pareció que dentro de la rabia y el miedo,
respiramos, porque nos acordamos que Ella ya había
saciado su rencor por aquel sentenciado que días
antes se le fue para Cuba. Entonces, un poco menos desconfiados,
seguimos camino, y creo que quise hacer un chiste y
le dije a Mariano, un maestro que iba a mi lado: "Oye,
quién ve que ahorita nosotros regresamos en un
camión en las mismas condiciones"; él
viró la cara y tragó en seco. En ese momento
descubrí las verdaderas ganas de regresar, un
infinito deseo de estar allá, un ansia irrefrenable
de matar, gritar, llorar, de mandar todo al carajo;
todo eso en apenas unos segundos. Luego abrir los ojos,
volver a la realidad de este camión, de estos
hombres ya marcados para siempre, y darse cuenta de
que ya no se puede, de que tienes que cagarte en Dios
y en tu madre.
Llegamos y cubrimos la defensa en forma circular. Nos
llevaron el almuerzo y fuimos uno a uno a recogerlo.
Alguien preguntó la fecha. Nadie supo responder.
Ángel
Santiesteban Prats ( La Habana, 1966). Obtuvo mención
en 1989 en el concurso de cuento Juan Rulfo, que asesora
Radio Francia Internacional. En 1990 gana el premio
nacional de los Talleres Literarios. Finalista del premio
Casa de las Américas de 1992. Obtiene en 1995
el premio nacional de la Unión de Escritores
y Artistas de Cuba (UNEAC), en el género de cuento.
En 1999 gana el premio Cesar Galeano. Con un cuaderno
donde se incluyen La misión y Después
del silencio ganó el premio nacional Alejo
Carpentier del 2001.

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