Esta sección estará dedicada íntegramente a la creación literaria en sus más importantes registros de género. Así que nuestro primer mapa de navegación hace escala en dos cuentos ("La misión", "Después del silencio") dentro de la obra narrativa del habanero Ángel Santiesteban (1966), quien obtuviese este año el Premio Alejo Carpentier con el cuaderno Los hijos que nadie quiso. La isla poética está a cargo de Odette Alonso Yodú, destacada poetisa santiaguera, quien actualmente reside en México y ha cedido a La Isla en peso un haz de sus nuevos poemas ("Fábula del aguador y la ciudad de enfrente", "Óleo", "Bailarina", "El juego de Dios", "Onírica última función", "Casa de aire", "La noche del jaguar", "Canción antigua", "Errancias"). Por último, el ensayista Alberto Abreu blande su estilete sobre la figura de Virgilio Piñera en su texto "Otra mirada", uno de los capítulos del libro Virgilio Piñera: un hombre, una isla, de próxima aparición en la Colección Premio de la Editorial UNION.

 

La misión

Ya iban saliendo de pase cuando se cruzan con aquel jeep con las luces encendidas que levanta polvo por el polígono hasta llegar al edificio central. Prosiguieron acercándose a la garita de la entrada de la unidad y se disponían a enseñar el permiso de salida cuando suena el teléfono. El guardia dice "ordene" y va levantando la vista hasta ellos y después la deja caer sobre un papel donde hace notas, responde "a sus ordenes", y cuelga. Le enseñan los pases. El guardia, sin mirarlos dice "sorpresa" y pronuncia tres nombres y se los retira. Y aunque las órdenes no se discuten regresan con ese ánimo discutidor. En la escalera del edificio otros dos aguardan, y de repente intuyen que algo va a suceder porque han reunido a los cincos mejores expedientes del quinto año del curso para soldados profesionales. Deben presentarse en la oficina del director. Lo hacen sin comentarios. Allí están los oficiales del jeep. Según entran, quedan en posición de firme.
Salen de la oficina todavía sin hablar. Tampoco vale la pena porque saben que sus vidas no les pertenecen, lo habían jurado y siempre supieron que todos los años de estudio y de práctica podían ser utilizados en sólo unos minutos, instantes quizás, y entonces, después, nunca serían los mismos. No le dieron tiempo de ir al albergue a recoger el aseo. Por supuesto, tampoco la posibilidad de avisar a sus familiares, le informarían, según dijo el director, de que se encontraban en clases prácticas en alguna zona intrincada del país.
Los montan en el jeep que sale con la misma prisa de la llegada. El soldado de la garita les da la espalda para evitar despedirlos. Aunque cientos de veces habían practicado ese momento, ahora sienten que es distinto. Tratan de adivinar su destino.
Fueron directo al aeropuerto militar y el jeep se detiene ante la escalerilla de un avión civil. En su interior ya está el hombre a quien deben proteger. Parece absorto en la lectura de unos documentos. Levanta la vista y los observa; después se darían cuenta que era la única vez que repararía en ellos. Era un capitán joven de esos que aparentan ser muy viejos. A su lado un portafolio negro con varias cerraduras de combinación. Prosigue la lectura. Los llevan hacia el fondo y les entregan uniformes de campaña. También pistolas con silenciadores.
Sube un oficial y les dice que no vacilen en entregar sus vidas: si fallan y la conservan, de todas formas, no les serviría de nada. Y los va mirando en silencio. Quedan bajo las órdenes del capitán, también dice que lo único que no podían perder era el portafolio. En caso de peligro deben destruirlo sin ver su contenido para evitar comprometerse y complicar las cosas.
El avión despega. El capitán pasa el tiempo dormido o leyendo. Los demás no hablaban ni duermen. Observan. Muchas horas pensando en sus familias, las novias esperándolos inútilmente y, principalmente, si regresan, cuánto tiempo faltaría y qué les costaría sacrificar. Así, hasta que el avión aterriza. Sólo después al ver a los soldados del lugar comprenden que están en Angola. Montan un Mercedes Benz negro que aguardaba su llegada. Lo guía y escolta otros dos jeeps militares de fabricación japonesa. En una esquina reconocen a un grupo de soldados cubanos que mientras beben, discuten precio con las portuguesas.
Llegan a una residencia completamente custodiada por civiles armados. Dentro, en los inmensos jardines, varios guardaespaldas esperan junto a sus autos Jaguar y Ferrari. El capitán es el último en llegar.
Dos horas después sale. Retoman el mismo camino de vuelta hasta el aeropuerto y despegan. Piensan que la cosa fue más rápido de lo que esperaban. Tratan de no demostrar la satisfacción ni de comentarlo entre ellos. Duermen, comen y desayunan hasta que ordenan apretarse los cinturones. En el descenso sólo ven árboles por los alrededores y adivinan que es una pista clandestina. Aterrizan en un lugar inhóspito. Nadie los recibe. La pista es estrecha y corta. El capitán se orienta por el reloj digital donde aparece un gráfico. Echan a andar y advierten peligro, precisamente por la aparente tranquilidad. Desenfundan las armas y acechan. El capitán sólo se preocupa por no extraviarse. No dice una palabra. Cada uno a lo suyo. Dos hombres se mantienen a su lado. Otros dos abren el camino y lo revisan por las trampas y las minas. El quinto va cubriéndolos. Cruzan un arroyo y muy pronto se divisa una casucha y se agachan. En la puerta hay dos hombres. El capitán reemprende la marcha. Los hombres son asiáticos. Hacen una reverencia y miran el portafolio del capitán. Le abren la puerta y la cierran cuando ellos pretenden seguirlo. Los hombres señalan una trinchera. Son túneles bastante amplios. La ocupan. Y esperan. Saben que están en Asia, alguien dice que los hombres son vietnamitas. Se mantienen allí, sin conversar. No se mueven en horas. Siempre atentos.
Se impacientan y casi deciden buscarlo cuando asoma con el portafolio. Sale caminando sin reparar en su presencia. Retoma el camino por donde vinieron. Lo alcanzan. Regresan al avión. Levantan el vuelo y nuevamente almuerzan.
El capitán se dirige al fondo del avión y después aparece vestido de civil. Los señala y hace un gesto para que se dirijan al fondo. Hay varios trajes colgados todos del mismo color. Se visten. Un oficial de la nave pasa una maleta, primero por donde el capitán que deposita su pistola y dos peines. Todos lo imitan.
El avión aterriza. Ahora en el aeropuerto de Managua. Mientras bajan, un trabajador con overol se acerca en dirección al capitán y los cinco hombres se lo impiden pero extiende la mano con unas llaves que el capitán alcanza. Lo siguen y cuando pasa por el lado de un Van hace un gesto con la cabeza. El capitán alza las llaves preguntando quién maneja. Uno las toma y se dispone a utilizarla cuando el capitán se aleja cauteloso y no se acerca hasta que abre las otras puertas y arranca el motor. El capitán se agacha y debajo del asiento hay una carpeta con mapas e instrucciones que enseguida trasmite al chofer que resuelve ponerse el mapa sobre las piernas y continuar. Menciona una dirección y el nombre del hotel. Logran encontrarlo rápidamente y al acercarse el capitán pide que dé un rodeo. Varias veces dan vueltas y todo les parece normal. Se detienen en la esquina y decide seguir a pie hasta la puerta del hotel. Cruzan el lobby hasta llegar a la carpeta. Nadie los mira. Todos caminan apurados. El capitán se entiende con el carpetero que hace un gesto y aparece un botones que los guía hasta el elevador y después hacia la habitación. Se retira. El capitán entra a un cuarto y lo cierra por dentro. Sin ponerse de acuerdo. Revisan todo minuciosamente. Tocan a la puerta y se esconden. Esperan que el capitán asome y disponga. Pero no sucede. Insisten los toques. Deciden abrir. Se ocultan tras la puerta, en el baño y el balcón, atentos y asustados. Uno pregunta quién es, y responden: servicio de habitación, señor, ¿una botella de wiskhy? Niega. La contraseña a seguir, según el papel que el capitán les entregó en el avión, es negar y pedir solamente cinco copas, por favor. Dice que enseguida serán dispuesta, señor. Y se retira. Vuelven a tocar y se esconden. Es el camarero que trae cinco copas, señor. Las deposita sobre la mesa de noche: "En la tercera gaveta hay un doble fondo", dice. Al cerrar la puerta salen los otros y buscan y bajo la tabla supuestamente de fondo, hay cinco pistolas con silenciador y varios peines. La revisan. El capitán sale de la habitación. "Vamos", dice. Guardan las armas en sus cinturas. Esperan el elevador y, cuando llega, el capitán se protege tras sus cuerpos. Bajan y cruzan la carpeta. Nadie los advierte. Pasan el lobby. Salen a la calle. Nuevamente el Van. El capitán señala en el mapa otra dirección: un cabaret. En los semáforos varios niños venden frutas y limpian los parabrisas de los autos sin que se lo pidan buscando propina, por favor, señor. Todavía con la luz roja el capitán le golpea al chofer la pierna del acelerador. Prosiguen. Encuentran la dirección y, después de dar los rodeos decide dejar el Van a la vuelta con el chofer dentro y el motor en marcha. Llegan y el portero les abre la puerta. Todo está oscuro. Algunas luces de colores flashean. Hacen un círculo con sus cuerpos alrededor del capitán. Una mujer los sitúa en una mesa alejada del escenario. Advierten el ir y venir de las dependientes casi desnudas con bandejas llenas de bebidas. Una se acerca y pregunta qué desean tomar. El capitán hace un gesto con la cabeza, negando. Regresa con cinco Coca colas y, antes de irse le dice algo al oído y el capitán mira hacia una puerta a la que se dirige sin el portafolio. Entra y no tarda en salir. Toma el portafolio y vuelve a desaparecer. Notan que dos hombres los observan. La camarera trae cuatro cervezas y una botella de whisky, "regalo de la casa", dice con una sonrisa y exhibe sus pezones, "desean besarlos, también va por la casa". "No", responden con sequedad. "La casa podría sentirse ofendida", insiste y mira a los dos hombres indiscretamente. El soldado más cercano la hala por el brazo y se introduce el seno en la boca hasta arrugarlo. "Ya eso está algo mejor", y aprovecha y corre la mano hasta la portañuela y aprieta y el hombre se mantiene tenso, inmutable, hasta que retira la mano y va recorriendo toda la cintura y cuando el hombre se percata de la intención, intenta aguantarla por el brazo pero ya había tropezado con la pistola. Entonces retira la mano con rapidez. Y se va. Al pasar por el lado de los dos hombres que los observan hace más lento el paso. Y sin ponerse de acuerdo deciden no ingerir absolutamente nada. La mujer regresa con un cubo de hielo. Otra deposita sobre la mesa varias cajetillas de cigarros y fosforeras. Después trae chicles y pregunta si desean algo más. "Por ahora no, gracias", y sonríen. Y lo que menos miran es el show, donde se besan y excitan dos mujeres con un hombre, sino a la puerta que no vuelve a abrirse.
Y miran los relojes. Se miran entre ellos. Desean ir al baño y no lo hacen. Desean ir a buscarlo y esperan. Se abre la puerta y en la oscuridad sólo distinguen a un hombre con portafolio. Saben que es él al sobrepasar la luz de la barra. Se dirige a la salida sin mirar la mesa de sus acompañantes. Se apresuran en alcanzarlo. Montan el Van que ya tenía las puertas abiertas y desaparecen.
Entran al hotel. Suben a las habitaciones. El capitán vuelve a encerrarse. Mientras se despojan de las chaquetas tocan a la puerta. Se esconden. El servicio de habitación nuevamente. Trae cinco copas de whisky que cambia por las cinco copas anteriores todavía servidas. Antes de irse pide que vuelvan a depositar los objetos en el mismo lugar de la mesita y se retira. Se ponen de acuerdo con el horario de la guardia nocturna.
Amanece. Cuando el capitán sale ya están preparados. Sin mirarlos ni decir nada vuelve a salir. Lo siguen. Montan el Van. Sobre el asiento del chofer está el mapa con el aeropuerto circulado con plumón: La Habana. Descienden del Van sin ver a nadie y cuando apenas se habían alejado unos metros sienten el motor en marcha y es el mismo hombre que les entregó las llaves que lo retira. Suben al avión.
Horas después aterrizan. Lo esperan los mismos oficiales que los despidieron. El capitán se apresura y baja primero. Lo dirigen a un Lada con chapa particular que abordan también los oficiales. Otro oficial menor los detiene. Le enseñan el saco y le responde que se quede con el si le parece bien, es un regalo, y señala el jeep donde se van sentando y se sorprenden con la cabeza volteada observando al Lada que se aleja.
El jeep se aleja también, por el lado opuesto.
Cuando llegan nuevamente a la escuela, el director los espera casi justo en la puerta de entrada, con la mano en la espalda. Se bajan, saludan y uno de ellos pide permiso para dar el parte de la misión. "¿Qué misión?" Dice el director. "Ustedes nunca han salido de esta escuela. ¿Está claro?" Y señala hacia el polígono. "Ahora se me apuran porque están casi reportados por la ausencia a la formación.
Se les queda mirando cuando echan a correr. Y sonríe.


Después del silencio

Cuando llegamos nos dijeron sólo eso: que estábamos a ochenta kilómetros de la frontera enemiga. Entonces nos dio cólicos, la comida dejó de tener el mismo sabor y de nuestros cuerpos comenzaron a escaparse otros olores que nos parecían ajenos.
Fue por aquellos días cuando la vimos por primera vez. Pasaba cerca del campamento, ocultándose, vigilando a los que salían de maniobras para sorprenderlos. Y corrimos, creo que con entusiasmo, a tirarle piedras y sacarle la lengua, como si fuera cualquier otro juego de muchachos dejado de practicar apenas algunas semanas atrás.
Aprendimos a construir los primeros refugios, con tanto empeño, que le dedicábamos casi todo el tiempo y, al final, por nuestro perenne temor, los convertíamos en verdaderas fortalezas, porque pensábamos que la vida, precisamente, se la deberíamos a eso.
Así pasaron varios meses. Cada semana se avanzaba, lo que obligaba a excavar nuevos huecos, como si estuviéramos inmersos en una interminable pesadilla. De repente descubrimos que hasta ese momento nuestras vidas no tenían nada que agradecer a esas tumbas; salvo aquellos huesos ensartándonos la piel, tan tempranamente desgastada. Por eso nos fuimos cansando, disminuyeron las medidas de seguridad y el afán por lo que, supuestamente, nos protegía. Y no es que hubiésemos perdido el miedo, no. Simplemente nos acostumbramos a sentir la presencia de la muerte; la convertimos, de tanto tutearla, en un soldado más. Se pasaba más tiempo con nosotros que el mismo Político. Lo que más le gustaba era jugar a las cartas; pero nadie le hacía la mano porque era muy aburrido. Aunque nunca nos negamos tampoco. Más bien nos mostrábamos amables. Como se le tenía respeto, nadie intentaba ganarle. Ya se sabía que era Ella la que decía la última palabra.
Una vez, en combate, yo mantenía la vista fija, captando hasta el más mínimo detalle, suplicando ser tan ágil como para esquivar cualquier proyectil que amenazara convertirme en mártir, al recuerdo, al carajo, a la mismísima mierda; rogando que algún compatriota se interpusiera en el camino y recibiera el impacto, el mío, el que me tocara, aunque después se le dedicara lo que nos quedase de vida, jurando invocarlo en pesadillas para que de alguna manera les sirviera de homenaje. Y nada más. Porque para pagar condenas lo primero que hay que estar es vivo; después viene lo demás. Cualquier cosa. Pero la suerte y la desgracia son locas y a cualquiera les tocan, y me eligieron a mí y uno no puede negarse, aunque tenga deseos. Entonces, yo, sin mirar a los lados, sólo sintiendo el calor del roce en los codos, ¿quién era?, ¿un amigo, un supuesto compañero?, le pregunté que a su juicio cuál alternativa escogería para destruir aquel refugio enemigo; y, Ella, agobiada por tanto trabajo como le damos, me respondió que corriera hasta el árbol y me arrastrara hasta la gran piedra blanca. Lo analicé y verdaderamente me pareció bien. Y lo hice. Y estando ya en la piedra disparé tres rafagazos, porque según calculó habría tres soldados en el interior del refugio. Y no crucé por el lugar más cercano y aparentemente más seguro, porque dijo que percibía el olor de las minas; me propuso bordear la cañada hasta la colina, y cuando me vi allí, increíblemente sano y salvo, lancé todas las granadas que me colgaban del cinto, y desapareció el hostigador fuego enemigo. Todo me pareció tan irreal, tan poco difícil... Me acordé del compañero y miré hacia la trinchera de donde había salido, para agradecerle. Y así fue que la descubrí, atenta, confundida también con la emoción de todos, imitando aquellas cabecitas del resto de los soldados. Me pareció que estaba sonriendo, y me entraron temblores y no pude hablar, señalarla, descubrirla. Y empecé a desconfiar de mi vida porque sentí que me podía estar jugando una broma con mi muerte. Y decidí esperar, con la tristeza y la tranquilidad que se atribuyen los muertos. No sé qué tiempo estuve sin aliento ni parpadeos. Desperté con el cuerpo cansado. Todo recomenzó lentamente, y sentí que nunca amaría a nadie tanto como a mí mismo. Creo que de repente, al verme vivo, se percató de su error, porque precisamente todo había salido bien. Y entonces hizo lo de siempre: se molesta, se da vuelta, se aleja.
Y aunque eso era lógico que sucediera, ni Ella misma lo entendía. Cuando regresa, viene con ese mal genio que se inventa y no atiende razones y nos martiriza. Y uno se cansa y dice, "ya, al carajo, si me matan, me jodí, lo que deseo es acabar de encontrarme con esa gente y definir quién sobrevive, o ellos o yo"; pero también ésa es una variante fácil para escapar de esta incertidumbre que se casa con el soldado: la de si regresa o no. Porque la cosa es más lenta: "poquito a poquitín", como decía el capitán antes que Ella se le encarnara y le tendiera aquella trampa con la que nadie estuvo de acuerdo. Por eso estuvimos un tiempo evitándola, castigándola también para que juegue limpio, para que respete las reglas. Porque eso es lo que más le duele, que la ignoren. Cuando eso pasa, ya conocemos su táctica: al acostarnos siempre escoge a uno; si se te acerca haciendo ruido para llamar la atención y se tira en la cama y te despierta sobresaltado con la piel erizada por el contacto con su cuerpo, y te empuja y se acomoda, es que puedes dormir con tranquilidad.
La cosa es cuando no se siente. Cuando no se ve. Ahí está el peligro, exactamente cuando parece que no va a suceder nada. Esa es su arma: tu confianza, tu seguridad. Con ellas se divierte y se alimenta. Pero eso sólo se aprende después que te equivocas.
Y como ya descubrimos que la vida la empezamos a perder desde el mismo instante en que decidimos defenderla, entonces, como para que la tengamos en cuenta, nos pone en situaciones cada vez más desventajosas, y mientras uno se va saliendo con la suya, Ella, que no pasa nada por alto, va haciendo crucecitas para saber cuántas le vamos debiendo y a la vez tengamos que agradecérselo. Y sólo nos podemos escapar cuando llegue al momento del regreso y todo se pueda hacer tan rápido que no se le dé tiempo a que te alcance ni en el avión; porque aunque se haya acordado que ya ése es lugar neutral, la conocemos. No soporta perder. Los que nos quedamos, sabemos lo que nos espera, porque Ella es rencorosa y se la cobra más temprano que tarde. No tiene escrúpulos. Nunca se conmueve. Y desde ese momento no queda más remedio que empezarla a entretener, y nos turnamos con las cartas, y le enseñamos números de magia, y a jugar damas, y ajedrez, a ver si de alguna manera se olvida o nos perdona. De todas formas siempre nos alegra que alguien se le haya ido, porque un poco que sentimos que nosotros la jodimos también.
Poco a poco nos acercábamos más y más a la frontera y uno lo primero que se preguntaba cuando abría los ojos al amanecer, si es que se habían podido cerrar, era ¿hasta cuándo? Y estaba bueno, que lo demás lo hicieran las BM y la aviación. Y siempre seguía la misma pregunta: ¿Ya sería nuestro turno? Y se busca en el cielo, entre las nubes, algún pájaro o rayo de sol que ofrezca un indicio, una revelación que sirva de adelanto de lo que va a ocurrirte en ese día; porque es muy aburrido, pienso, para la muerte misma, llevarse a alguien sin antes asediarlo, sin antes jugar con él, ir viendo cómo se arruga, se consume, agoniza. Para ese momento, en mi caso, y que ni Dios lo quiera, haría una carta de despedida bien cojonuda que me sirviera de imagen para los que me recuerden. Porque el colmo es que también, hasta para después de la muerte, el soldado tenga que dejar, desde antes, todo arreglado; cómo, llegado el caso, hacer una muerte digna y, que además, disminuya el sufrimiento de la familia, haga sentir orgullosos a los amigos, y que el jefe la pueda justificar ante sus superiores; ¡claro!, todo se hace sólo por complacerlos a ellos. Nuestro caso, a estas alturas, ya está jodido, no valen apelaciones. Por tanto, las lágrimas les irán cayendo en la boca mientras hablan de uno y hasta puede que se les vayan por el camino viejo y se atoren y no jodan más y nos dejen, por lo menos, descansar en paz, como se dice. Porque verdaderamente me parece imposible que nadie muera en paz, y menos así tan jóvenes, casi sin habernos estrenado con mujeres y con los deseos locos que tenemos. En definitiva, todos coincidimos en que cuando se levantó el brazo no fue, precisamente, para venir a morir, nuestro lema, a lo sumo, es de: "Patria o heridas leves".

En general, lo mejor que puede suceder, y es la razón principal por la que uno quiere saberlo desde antes, es que quién sabe si Ella, al verse descubierta, cambie de estrategia y lo deje para otra ocasión. Sabemos que, en el mejor de los casos, ningún héroe quiso ese final. Porque, aunque en nosotros ellos continúen viviendo todos los días, según dice el Político, eso tampoco sirve de consuelo; estoy seguro de que hubiesen preferido elegir, sin pensarlo dos veces, poder decir ahora: "allí corrí", que "allí morí".
La realidad es que ya estábamos a veinticinco kilómetros de la frontera y uno se va extremando, se va cuidando ya como gallo fino. Y empezamos a preguntar por qué los angolanos no iban delante, como debía ser; irlos apoyando y asesorándolos desde sus espaldas; pero no, nosotros siempre delante, y ellos, que siempre permanecían tan atrás. Tan callados.
En el terreno recorrido, dejamos decenas de refugios que jamás sirvieron para lo que habían sido ideados, salvo para hacernos matar el tiempo, y así evitar que pensáramos en comidas, calamidades y mujeres, tan desagradables aquí. Para aplacar sustos y evitar comernos las uñas. No hacer necesidades a la intemperie. Por tanto, decidimos no dejar más que la humedad de la tierra se nos metiera por los huesos y el culo al amanecer; que al medio día, el salpullido y las ronchas se extremen, mientras se siente cómo se multiplica el vapor del sol por cada palmo que se introduce en la tierra, y te provoque picazones. Desde abajo siempre descubríamos cuando caía la tarde, comenzaban a guarecerse mosquitos y serpientes que tratábamos, también, de vencer. Por las noches, el frío se adhería a las paredes convirtiéndolas en neveras. Además, evitamos que los jefes nos ordenaran permanecer escondidos hasta semanas para cuidarnos la vida. ¿Qué vida, coño? Si nos pasábamos todo el tiempo asustados, sabíamos que aquellos huecos ya le ahorraban parte del trabajo al enemigo y a los nuestros, con sólo esperar que estuviéramos dentro y poner un último granito de dinamita. Y no se hablaría más del asunto. No sé explicar por qué extraña razón, sabiendo que después de muertos donde mejor vamos a estar es allá abajo, preferíamos que nos sucediera en la superficie. Por eso, elegíamos dormir sobre la frialdad de los tornillos de la técnica que al rato traspasaba frazadas y abrigos y nos abría hoyos en la piel; nunca se cambiaba de posición, para que la molestia fuera sólo en las primeras noches y, en el lugar, aparecieran callos que los protegieran. Desde allí, le inventábamos ojos a la luna para crearnos el clima de la eyaculación, cada vez más difícil. Más bien lo hacíamos por disciplina, por despojarnos de miserias porque nos sabía a un disco rayado.
Todos los días al amanecer, después del desayuno, se hacía una exploración ingeniera que iba delante del frente. Pero esa noche la kwacha logró acercar la técnica empujada por bueyes y no los oímos. Creo que nadie escuchó. ¿Por qué entonces tenía que ser yo? Si me quedé atento a los otros y también se quedaron inmóviles... No estamos obligados a sentirlo todo. Aunque casi aseguraría que tampoco quisimos oírlo. El caso fue que no los oímos. Juro por Dios que nunca he sido bueno identificando ruidos. Juro por mi madre que pensé en el viento por parecerme lejano, por el miedo si me parecía cercano, por el frío y no querer sacar la cabeza del abrigo, achacándolo finalmente a mi imaginación, a mi inmadurez. ¿Por qué habrían de hacerlo en mi turno de guardia? Creí que por permanecer inmóvil todo pasaría rápido. Juro por Dios y mi madre, que me perdonen si miento. Y, a la mañana, al rato de partir los hombres, sentimos un combate con ráfagas y explosiones. No pudimos disparar los morteros porque haríamos blanco también sobre nuestra gente; entonces se organizó un destacamento y fuimos para allá; en el camino, el coronel comunicó por radio y dijo: "¡cojones, se van a matar ustedes mismos!" Nos habíamos metido en un campo minado nuestro porque el capitán en su nerviosismo, dio mal las orientaciones. Detuvimos el bempé y regresamos por las marcas de las esteras.
Retomamos el verdadero camino a una velocidad de setenta kilómetros por hora. Sobre él íbamos once hombres rezando por no caer. En una curva pierdo la ametralladora y veo que se desliza levantando polvo y seguíamos alejándonos y me puse nervioso y grité que pararan. Y expliqué, el jefe dijo que me olvidara de eso, al regreso hay otra; entonces metí la mano por la escotilla y lo agarré por la gorra y se la apreté y la lancé también. Le dije que él iba resguardado allá dentro, pero para estar afuera había que tener algo con qué defenderse; además nunca se sabía qué tiempo demoraríamos en estar de vuelta al campamento. Y se detuvo. Y me bajé con tremendo cuidado porque me aturdía el murmullo de rezos en silencio de todos aquellos hombres que me empujaban con su mirada; en cada paso me auxiliaba con el pincho para detectar minas, evitando confundirme y que se dividiera en pedazos mi cuerpecito, que además de ser mío es el único que tengo, el mismo que tanto acarició mi madre en estos diecisiete años mientras yo dormía sumergido en el calor de sus senos. Cuando el pincho tropezó, cerré los ojos. Sabía que podía ser cualquier cosa, lo peor quizás. Tuve deseos de correr, de gritar, y esperé. No abrí los ojos. La recogí. La alcé como un trofeo. La besé. Seguimos camino. Ahora más serios. Nadie hablaba. Ibamos llegando. Cada uno suponía lo que nos esperaba. Sujetando el arma como si estuviera cargando mi propia vida. Aquella caída del arma, podía ser un aviso. Las palabras de Elegguá y de los guerreros de mi madre. Y en eso se nos cruzó el camión de los exploradores cambiando luces. Nos detuvimos desconfiados ya apuntándoles por si no eran ellos y ahí mismo nos madrugaban. Traían los heridos y al teniente, que ya estaba muerto. Me acordé de la niña a quien escribía, tenía como seis años y las primeras letras que aprendió fueron "papi, ven pronto". Y su papi estaba tendido sobre la cama del camión y ya no habría nada para convencerlo, ni con otra cartica le harían cambiar de posición. Seguramente todavía no había tenido tiempo de llegar al cielo, si es que allí se les permite la entrada a los soldados. Lo tenían tapado con una colcha y no sabíamos localizar qué extremidades observábamos. No podría especificar si en ese momento me invadió la lástima o la pena por lo ridículo que lucía. Nos parecía tan pequeño. Tan insignificante. Y le pedimos al enfermero que lo destapara, pero se negó asustado. Y en mala hora insistimos, porque lo hizo, y vimos que le faltaba la cabeza. Alguien mencionó un mortero. Todos viramos la cara. Y escupí toda aquella mierda. Me asusté tanto que sentía el latido del corazón en los oídos como un ruido exterior, quizás un caballo que pasaba aprisa por nuestro lado y, llegué a pensar, que en su lomo se llevaba al teniente. Todos nos miramos. Me pareció que dentro de la rabia y el miedo, respiramos, porque nos acordamos que Ella ya había saciado su rencor por aquel sentenciado que días antes se le fue para Cuba. Entonces, un poco menos desconfiados, seguimos camino, y creo que quise hacer un chiste y le dije a Mariano, un maestro que iba a mi lado: "Oye, quién ve que ahorita nosotros regresamos en un camión en las mismas condiciones"; él viró la cara y tragó en seco. En ese momento descubrí las verdaderas ganas de regresar, un infinito deseo de estar allá, un ansia irrefrenable de matar, gritar, llorar, de mandar todo al carajo; todo eso en apenas unos segundos. Luego abrir los ojos, volver a la realidad de este camión, de estos hombres ya marcados para siempre, y darse cuenta de que ya no se puede, de que tienes que cagarte en Dios y en tu madre.
Llegamos y cubrimos la defensa en forma circular. Nos llevaron el almuerzo y fuimos uno a uno a recogerlo.
Alguien preguntó la fecha. Nadie supo responder.

Ángel Santiesteban Prats ( La Habana, 1966). Obtuvo mención en 1989 en el concurso de cuento Juan Rulfo, que asesora Radio Francia Internacional. En 1990 gana el premio nacional de los Talleres Literarios. Finalista del premio Casa de las Américas de 1992. Obtiene en 1995 el premio nacional de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), en el género de cuento. En 1999 gana el premio Cesar Galeano. Con un cuaderno donde se incluyen La misión y Después del silencio ganó el premio nacional Alejo Carpentier del 2001.

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