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Sentarse
en un parque a solas trae aparejado en muchas ocasiones
la necesidad o el placer de reflexionar sobre los más
disímiles temas. Esta vez Guillermo Vidal comparte
con nosotros uno de esos tantos instantes expuesto al
fresco de la ciudad, donde disparóse su ingenio
y su habitual estilo de decir las cosas.
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Escribir
en provincias
Guillermo Vidal
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A
nadie le importa desde dónde uno escribe.
Sólo el resultado, sin interesar demasiado los
trabajos, las humillaciones, el rencor.
Un lector cualquiera se lee el libro y ahí debe
quedar todo.
Ultimamente he leído algunos trabajos sobre el
escritor de provincias.
Se supone que debo ser un escritor menor, un tipo sin
lustre.
La culpa la tienen en realidad los escritores menores
y sin lustre que se quejan o hablan con menosprecio
de los que no estamos en la capital.
Uno puede vivir al lado de la Seix Barral y ser un verdadero
idiota.
Ahora
que lo pienso, también debo ser un idiota por
no vivir al lado de la Seix Barral.
Siempre que por la tele presentan a un escritor que
vive en la capital dicen el escritor fulano, pero cuando
entrevistan a uno que no vive allá le endilgan
el lugar de nacimiento.
Al gran José Soler Puig le decían el escritor
santiaguero, mientras ese tal por cual adquiría
la condición de escritor cubano.
Hace unos meses fui a un encuentro de narradores cubanos
a Matanzas y como vivo muy lejos llegué demasiado
temprano. Un tipo que llega sucio de tren por la mañana
no suele caer bien. Allí estaba otro escritor
de los que la gente dice de provincias, muerto de cansancio,
sucio y con hambre.
Los escritores que venían de la capital llegaron
muy frescos y felices muchísimas horas después
y sólo entonces parecimos adquirir la misma condición
que el resto.
El encuentro fue excelente, pero no pude olvidarme de
esas horas de perro que me hicieron pasar gentes que
también viven en provincia.
Muchos colegas de acá me dicen: si nos vamos
para la capital le estuviéramos dando la vuelta
al mundo, tendríamos dinero, conoceríamos
a medio mundo, habríamos firmado contratos jugosos,
estaríamos siempre en la tele, en las recepciones,
tendríamos acceso a internet, etc.
A veces me indigno.
Me pregunto que coño hago aquí.
Pero lo mío es escribir las novelas.
Hay quienes escriben desde lugares desérticos,
haciendas, estudios confortables, pero cada uno a lo
suyo.
Acaso hubiera deseado un mínimo de condiciones
y un máximo de información.
No tengo el menor deseo de ser los otros, si no fuera
yo, estaría deseando serlo a pesar de todo.
Escribo siempre lo que se me antoja, no tengo el menor
interés de complacer a nadie, mucho menos a los
que tienen el poder.
Es por ello que pago mi precio sin quejarme, siempre
será menor al de aquellos que se pliegan para
dormir en paja caliente.
Mis libros desaparecen demasiado pronto de las librerías
y hasta se los roban de bibliotecas. Es mucho el placer
que siento cuando estas cosas suceden. Acaso también
alguien haga una fogata con una parte de mis libros
y a nadie suele ocurrírsele una reedición.
Sé muy bien que es parte del precio.
Me digo que voy a esforzarme aun más por escribir
una novela mejor.
Mis colegas que duermen en paja caliente, suelen demostrarme
que no soy como ellos y me alegro, me saludan y siguen
su camino.
Cada día escasean los amigos verdaderos.
Un amigo verdadero es mejor que toda esa farándula
que se forma en los corrillos literarios.
No logro comprender el sentido de emulación de
algunos de mis colegas y la manera de colarse para que
los tomen en cuenta en antologías o periodizaciones
literarias.
Ahora todo el mundo habla de Dulce María Loynaz,
pero durante muchísimo tiempo la ocultaron. Y
también a Lezama. Y a Soler.
Con Soler Puig porque amaba mucho a su Santiago.
Y nunca se dejó de nadie.
A uno se le muere la gente y eso va dejando un vacío.
Ya no tenemos un Soler Puig al que le roncaban los cojones.
No hay que lamentarse demasiado por ser de provincias
si a uno también le roncan.
En
Las Tunas, marzo del 2001.
Guillermo
Vidal Ortiz (Las Tunas, 1952) es uno de los más
destacados exponentes del grupo de narradores cubanos
que hace eclosión en los años 80. Su obra
ha merecido algunos de los más importantes premios
literarios cubanos: Confabulación de la araña
(cuentos) fue Premio UNEAC en 1990; Se permuta esta
casa (cuentos) obtuvo el David en 1986; El quinto
sol el Hermanos Loynaz en 1996 y Las manzanas
del paraíso el premio internacional de novela
Casa de Teatro en República Dominicana. Su novela
Matarile (Letras Cubanas, 1993) fue finalista
del Premio de la Crítica Literaria.
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