Entender el compromiso social como participación, no como canto.
Amir Valle

Fue José Soler Puig, ese viejo de ojos "alegres e invictos" (como definiría Hemingway a su ideal de hombre que jamás sería vencido) quien habló una tarde de 1984 de la novela Siempre la muerte, su paso breve. Era, en su opinión, una de esas raras novelas que atrapan porque logran crear un mundo propio. Eramos tan jóvenes por entonces, tan faltos de lecturas serias, más locos que nunca por hacernos escritores. Eramos, de los que quedan hoy en el país y el recuerdo, Alberto Garrido, José Mariano Torralbas, Rhadis Curí, José Manuel Poveda Ruiz, Ricardo Hodelín; y la Casa del Estudiante en la calle Heredia de Santiago de Cuba se convirtió de pronto en otro de los escenarios cotidianos para el encuentro con aquel ser especial, inolvidable, a quienes queríamos más por el ser humano que fue, que por sus propias obras, algunas de las cuales ni siquiera habíamos leído. "Esa novela", diría entonces, "Celestino antes del alba, Paradiso, Tres tristes tigres, El siglo de las luces y El pan dormido, por supuesto, hay que leerlas de a todas todas".
El propio Soler me lo señaló en 1986, en Las Ruinas, adonde me llevó otro de mis maestros: Eduardo Heras León, en la entrega del Premio Nacional de Literatura a tres grandes: Portuondo, Eliseo y Soler. "Es el que está comiendo en la esquina de la mesa", me dijo el viejo. Y allí estaba: flaco, pero algo más gordo que en la foto del libro que ya había leído, siempre sonriente, conversando con un señor bajito, de barbita de chivo, que luego supe era Eliseo Diego.
Después de aquel día, las noticias sobre Reynaldo siguieron llegando, siempre con un libro "de esos que hay que leer" por delante: La fiesta de los tiburones, Lezama: el ingenuo culpable, Contradanzas y latigazos, Llorar es un placer (recuerdo haber asistido a su presentación en el parque La Arcada de Santa Clara), El bello habano (que el propio Reynaldo me regalara en Madrid). Libros y encuentros. Encuentros y libros.
Cuando se hace una entrevista, dicen las reglas periodísticas, el entrevistador no deberá hablar de sí mismo: "al lector sólo le interesa lo que dirá el entrevistado. Si Ud. quiere escucharse", aseguran los viejos profesores de comunicación social, "hágase una autoentrevista". De modo que, si he hablado de este intelectual que es Reynaldo González a partir de anécdotas personales, lo he hecho por una exclusiva razón: cuando alguien que uno admira se convierte en un amigo que te critica y te aconseja con el mismo cariño y la misma sinceridad, todas las absurdas maquinaciones escritas para un libro de técnicas pueden ser violadas.

No me preocupan las purezas genéricas, sino la comunicación

Un escritor no surge de la nada, aunque algunos casi osan decir que ni siquiera surgieron del vientre de una madre, si vamos a ser pragmáticos, o de Dios, si vamos a ser idealistas. Muchas condiciones confluyen, necesariamente, y casi todas tienen que ver con el entorno familiar y social del futuro escritor. Hasta los genios pasaron por eso, comentan algunos.
Empecemos por lo que debe ser el principio: Todo escritor, alguna vez, echó a perder cuartillas soñando con ser un grande de las letras o simplemente escribiendo. Me refiero a esos primeros escritos de niñez o adolescencia. ¿Puedes recordar cuándo fue y cuáles fueron esos primeros intentos de escritura? Alguna anécdota que te haya quedado de ese período.

Mi interés por la literatura nació de mis insistentes lecturas en la niñez, que marcaron mi enfoque de los temas y las formas que adoptaría para afrontarlos. Esas primeras lecturas no fueron textos apropiados para niños, sino la literatura dramática y expresionista de la postguerra europea, con tintes pesimistas. También una literatura comprometida, incluso novelas partidistas, marcadas por el modelo soviético que la progresía francesa e italiana abrazó con decisión irresoluta. No fui lector de los soviéticos, salvo excepciones -al único que soporté fue a Ehrenburg, por ser un tanto europeo-, sino de los epígonos franceses e italianos, servidos en versiones bonaerenses. Los conflictos no ocurrían a orillas del Don, ni del Vístula, sino junto al Sena o en el menos solemne Trastévere romano. Aquellos libros no hablaban de heroísmo, sino de hambre, resaca alcohólica y desencuentros sentimentales. El abismo de la debacle justificaba excesos y colocaba a los personajes en dilemas desgarrados, sin el baremo de lineamientos moralistas. Cuando imbuido por afinidades políticas familiares emborroné una sucesión de diálogos y situaciones, pretendí cubrir una foja de servicio sucedánea del heroísmo. En mis papeluchos desangelados no entraba la sonrisa, ni mi entorno tropical y bullicioso. Describía campos de batalla y su eco en ciudades asoladas por la miseria física y moral, donde la supervivencia llevaba los comportamientos al absurdo. Ahora que lo digo así, parecería interesante, y lo hubiera sido de no escribirlo en una prosa pedestre y utilitaria. No requerí un Max Brod que lo incinerara, lo hice yo mismo, en un raptus de cordura. La decisión la provocó la lectura de clásicos castellanos -¡había leído a Sartre, Malaparte, Barbusse, Kafka y hasta las hojas clínicas de Freud antes que a Cervantes!- y frecuentar un extraordinario periodismo cubano, en revistas habaneras de gran circulación, textos y publicaciones que eran punteros en la América Latina de aquellos años. Desde entonces me cuido de solemnidades y altisonancias. Pero tan torcidos vericuetos dieron materia combustible para mi primer intento novelístico serio, Siempre la muerte, su paso breve: confrontación generacional con una muerte inmanente, el panorama de los últimos años de la dictadura. En 1968, luego de premiar mi novela, José María Arguedas se asombró de que un hombre tan joven hubiera escrito aquel texto "maduro". Salvo destellos criollo-tropicales que dieron carne al relato, la atmósfera le parecía la rumia de un desencantado.

Y por supuesto, tras esas primeras lecturas, intuyo que hubo libros que te dejaron insatisfecho y que te hicieron seguir la historia en tus juegos, ya que aún (imagino) no sabías que podías escribir tú mismo la continuidad. ¿O te atreviste a escribir esa continuidad?

De cierta manera, mi novela era continuidad de mis lecturas previas, como pides en tu pregunta, pero no fueron relatos de aventuras o la papilla infantil, sino quejas de la mierdez del mundo, lanzadas por individuos, no por estatuas. Esto me recuerda que una de las "culpas" que arrastraría Siempre la muerte, su paso breve en la consideración del hecho literario que debió afrontar, pues la agarraría la tenaza ideológico-peyorativa que conoció el arte cubano en la década del setenta, fue que en sus páginas el heroísmo no alcanzaba resonancias hímnicas, mis héroes "no eran puros y duros como el granito", según la mirada de una profesoreta malquistada. A los funcionarios que sólo buscaban el utilitarismo de la literatura les desagradó lo que Arguedas consideró "madurez": que mis personajes pasaran de los juegos a la acción y entraran en conflictos sociales sin abandonar sus dilemas psicológicos.

¿Intentarías recordar el día en que descubriste que querías ser escritor y bajo qué circunstancias tuvo lugar?

Debió ser entre libros, ya deseoso de hacerlo a mi manera. O cuando cayeron en mis manos los libros de Faulkner, donde el Sur norteamericano imponía similitudes con mi propio ambiente, que también era "sur". Como muchos relatos latinoamericanos, mi novela tiene deudas con Mientras agonizo. O fue ante la manera en que Flaubert sacó lumbre de historias provincianas, connotaciones universales. O leyendo a los clásicos castellanos, noviazgo al que no renuncio. Después vino mi propia escritura, que coincidiría con la revolución. Fue como llevarle rosas a la amada, pero sin quitarle las espinas.

Los años pasan, nos vamos poniendo viejos, dice tu amigo Pablo Milanés en su canción, y con los años van cambiando los libros, los autores que han marcado épocas de formación en la carrera de un escritor. ¿Te atreverías a recordar esos libros, esos autores y en qué período fueron esenciales para tu formación?

No me pedirás una de esas chorradas cíclicas, donde entran libros más mencionados que leídos. Para un escritor, que es un lector diferente, hasta los textos menos significativos desvelan destellos de interés. Más que de libros, prefiero hablar de autores. Los leí en serie, no sólo sus obras connotadas, también las fallidas, y sus diarios, su correspondencia, biografías o estudios contextuales, quizás porque me gustaba el cotilleo. Por ejemplo, recuerdo una entrevista hecha a Virginia Woolf por Victoria Ocampo, publicada en Sur, que casi ninguno de mis colegas recuerda. Allí hablaban de técnicas literarias y el entorno de la que pidió "una habitación con vista". Para un escritor cachorro cuentan los libros que le dan recursos del oficio. En esos me fijaba con particular detenimiento. Y recuerdo que a la publicación de Siempre la muerte, su paso breve, un comentarista roñoso la calificó de demasiado "técnica", "profesional", "elaborada". Eran presuntos ataques, pero me parecieron elogios. Hay escritores que enseñan, otros que reúnen diversos atractivos. No creo que ningún novelista de lengua castellana diga sinceramente que Kafka le aportó en términos de soluciones literarias, que con él aprendió a escribir. Lo inverso ocurre con Chejov, la Woolf, Cortázar, Vargas Llosa, Nabokov, Calvino, Tabuchi, para indicar algunos que enseñan y provocan la escritura, ya no hablemos de Joyce y Proust, escritores para escritores. En el oficio vamos decantando, sin que soslayemos obras de mil disciplinas contrapuestas. En el primer sentido, junto a los clásicos castellanos, donde sobresalen Cervantes, Quevedo y Lope, coloco a Juan de la Cruz. Ellos burilaron la lengua que Martí matizaría honduras impensadas, y no precisamente en sus malogrados intentos narrativos, sino en sus páginas periodísticas, el mayor grueso de su extensa obra. De la generación del ´98 saltan Baroja, con su precisión, y el que más me agarra, Valle-Inclán, por su atrevimiento y su capacidad para hallarle el lado detonante a las anécdotas. Con el añadido estremecedor de la experiencia americana y un desenfado que ya no dejó intacta la literatura española, están los que todos amamos, Cortázar, Borges, Rulfo, Fuentes, Onetti... Luego llegan los que leí en traducciones. Para los cubanos, por la cercanía, primero fueron los norteamericanos, con sus tics, pero con su grandeza. El mayor, Faulkner, seguido por Fitzgerald, Dos Passos, Truman Capote, Salinger... Y están los de otras orillas, Mann, que enseña a organizar y documentar historias, la Woolf, que halla una expresión peculiar, la Mansfield, con observaciones sutilísimas, Dostoievsky -más por sus temas que por su expresión, quizás también culpa de las traducciones-, y Chejov, maestro de la brevedad. Los de lengua francesa, Flaubert, Maupassant, Stendhal, Balzac, con la adquisición -reciente- de la Yourcenar. En el medio, o a los costados, un montón de escritores que ahora no acuden a la memoria, cada uno con su retazo de sabiduría. En verdad, no creo que tenga preferencias, ni que sea bueno tenerlas si resultan excluyentes. El lector-escritor lee distinto y halla lecciones hasta en la prosa subcultural de Corín Tellado. De los cubanos, como al calco, mi lista coincidirá con otras, del descubrimiento de Novás Calvo, y anterior, pero leído después, Meza, al salto iluminador de Carpentier y Lezama, que me los dosifico con cautela, para que la empatía no permita una excesiva influencia. Otros narradores nuestros me interesan por sus temas y su riesgo, como Piñera, su observación ríspida, sin concesiones. Pero hablo de trucos narrativos, lo que interesa a un lector-narrador. Al final, veo que la mía es la lista de la ingratitud, pues he dejado fuera a colegas que cabalgan conmigo, cuyas obras sigo con un interés que resulta raro, pues no estoy convencido de que los cubanos lean a los cubanos, sino solamente a los de sus extraños grupos -que se vuelven logias absurdas-, algo en lo que no participo. Como las penas de Sindo Garay, "son tantos que se atropellan".

Un verdadero amigo es un gran privilegio, es una frase ya casi común de tan oída: ¿en esta formación influyó, además, la relación de amistad con algún otro escritor cubano o extranjero?

Un amigo mío, también en el aspecto literario, fue Lezama Lima. Otro, Julio Cortázar. Con ellos intercambiaba razones y sinrazones de la literatura, hablábamos de lecturas posibles e imprescindibles, de cómo otros escritores habían resuelto problemas que les plantearon sus argumentos. Sobre el primero escribí un libro y ya duplico sus páginas con prosas de ocasión y devoción. Cortázar tenía generosidad hasta para regalar, la llevó de su persona a su arsenal de provocaciones narrativas, verdadero maestro de lo aleatorio, como si interpretara un jazz. En sus conversaciones razonaba sobre el oficio, en cuyo terreno se adentró de manera sabia, sin estridencias formales -salvo los saltos de lectura recomendados en Rayuela-. Su generosidad lo llevó a leer con dedicación mi primera novela, cuya traducción francesa -de Liliane Hasson- elogió con entusiasmo. Como era una novela armada con cuentos que en algunas partes ganaban autonomía, apreció el puzzle, lo vinculó a mi primer libro, Miel sobre hojuelas, y terminamos armando una "rayuela" criolla, que llevé a la segunda edición cubana.

Conversando recientemente con Abelardo Castillo, en Argentina, me decía que para la formación intelectual de su generación (que también es la tuya aunque estés acá, en Cuba) había sido muy importante el universo de cambios sociales e históricos del mundo en las décadas del cincuenta, el sesenta y el setenta. Él se refería especialmente al triunfo de una Revolución Socialista hablada en español y en nuestro continente. ¿En qué sentido crees que fueron importantes esos cambios en tu formación como intelectual?

Siendo todos nosotros muy jóvenes, Castillo entregó la sorpresa de un libro de relatos en el catálogo de la Casa de las Américas, algo que no olvido. En su momento escribí sobre sus cuentos en el periódico Revolución, texto que he extraviado. Él, y todos, estuvimos en la convulsión de los acontecimientos sociales que desperezaban a nuestros pueblos, donde la Revolución Cubana fue un hito sin paralelo. Los cambios trajeron las búsquedas que armarían el llamado boom -con tan definitiva decisión que los narradores españoles comenzaron a imitarlas-, y el atrevimiento en todos los aspectos de la vida, y en las obras, que son nuestra vida. Nos abrieron el horizonte y nos dijeron que no teníamos que ser obligatoriamente epigonales. Fue una época de grandes ilusiones y grandes conmociones, bien aprovechada por el intelecto. La década de los sesenta resultó una verdadera rampa de lanzamiento para el talento insular, nos daba fuerza y ganas de comernos el mundo. Hasta que por un enroque de oportunidades largamente buscadas -y cuando se busca la oportunidad se llega al oportunismo-, la mediocracia impuso una asfixia al talento, eclipse de la vida cultural que nos desconectó del continente y casi hasta del mundo. En algunos países latinoamericanos, la Argentina incluida, las dictaduras militares también frenaban la expresión. Vino el repliegue, impuesto o voluntario, caparazón para salvar el resuello y el pellejo, pero algo quedó y asoma, aunque ya no es lo mismo. Yo estuve entre los obligados a replegarse, lo que también me preservó de poner mis páginas en función del ralo utilitarismo imperante. Las lecciones bien asumidas no se olvidan.

Has dicho que también te afectaron como intelectual los fenómenos, llamémoslos "básicamente extraliterarios" que frenaron el impulso que llevaba la Cultura Cubana. Hoy la mayoría de los sobrevivientes a ese tiempo de oscuridad, fuera y dentro del país, lo valoran como una experiencia traumática, pero enriquecedora e, incluso, aseguran que desde algunas perspectivas, significó una toma de conciencia social que permitiría aperturas futuras. ¿Estuviste entre los afectados? ¿En qué medida, visto desde hoy, te alimentó como escritor y ser humano?

Todos los pretextos fueron extraliterarios. En la actualidad trato de pasar la página y sólo me encolerizo por la falta de debate o análisis de los sucesos terribles en la distendida década de los setenta, cuando alguien, por más autoridad que lo revista, intenta restarles importancia o simula que no existieron. Precisamente la falta de un debate propicia que se les agrande y devengan asignatura pendiente. Correspondería darle la palabra a la parte agraviada -"el turno del ofendido", diría Roque Dalton-, si en verdad no se desea que reaparezcan en cada ocasión. Sí, estuve entre los dañados por aquellos remolinos de intolerancia y maniqueísmo, y fui el primero de los escritores silenciados a quien le publicaron el libro prohibido, La fiesta de los tiburones, pero ocurrió como un favor, sin reconocimiento del error, algo que resulta innoble, como quien actúa "con permiso para matar" y limpia el cuchillo en el pantalón de la víctima. Y no ocurrió así porque me volviera un cortesano ni un repetidor de slogans, sino por contestón, algo a lo que no renuncio. El presunto "borrón y cuenta nueva" se traduce en un tapabocas, con el pretexto de no dañar un bien colectivo.

¿Hasta dónde eso que Cintio Vitier definió, desde su particular punto de vista, como "lo cubano", en su caso refiriéndose a la poesía, ha sido importante en tu desarrollo como escritor?

La formulación de tu pregunta me obliga a algunas precisiones que se apartarán de mí como entrevistado, pues la cubanía de las obras literarias no siempre deberá vincularse con la excelente proposición poética de Lezama Lima. Una cierta búsqueda de lo cubano como materia de creación impregnó el pensamiento de Lezama, quien precisamente evitaba definiciones demasiado explícitas, las que pudieran fijar una cubanía de evidencias, exteriorista. El tema se extendió a miembros del grupo, por supuesto que no todos, a no ser que aceptemos la existencia de unos origenistas más origenistas que otros. La búsqueda de "lo cubano" fue asunto lezamiano, uno de sus temas centrales, y le debemos algunos de los ensayos más brillantes que se hayan escrito sobre nuestra formación cultural, reunidos en su libro La cantidad hechizada, que le edité. "Lo cubano" es uno de los temas de su novela Paradiso y está en el espíritu de lo que llamó su Sistema Poético del Mundo. No tenía materia dogmática el pensamiento lezamiano: comprendía que otros no podrían asumirlo en el mismo sentido que él sin violentar sus propias convicciones, que no fundaba una escuela, ni una unívoca línea de pensamiento. Esa visión de "lo cubano" tuvo matices defensivos primero, creativos en el tiempo que duró su égida, y magnificadores luego. Matices defensivos frente a la hostilidad de un contexto que despreciaba la parte de la intelectualidad que no entraba en el pugilato social, cuando la política devino "la segunda zafra de Cuba". Esto se observa en notas introductorias de la revista, escritas por Lezama, y en su polémica con Jorge Mañach, que nuestra intelectualidad valora, pero que en su momento no tuvo gran repercusión, precisamente por el desprecio compacto hacia esos asuntos. Más que "lo cubano", "lo origenista" alcanzaría declives hacia posiciones intolerantes, al negar a los ex origenistas Piñera y Rodríguez Feo, que tenían sus seguidores, y en el trato a otras disidencias poético-generacionales. Sus aspectos creativos afloraron cuando la preocupación por ese ámbito de la cubanía se explayó en el corpus poético lezamiano y se reflejó en las obras de otros origenistas, peculiares en la poesía cubana. Los matices magnificadores llegan con la intención de darle a Orígenes connotaciones que sobrepasan su existencia, sus presupuestos estéticos, incluso su tiempo y su posible influencia como revista y grupo literario. Esa notable extroversión puede provocar lo opuesto de lo que se propone, dañar la comprensión del significado de una revista con fechas y cometidos delimitados. No obligatoriamente "lo cubano" queda contenido sólo en la comprensión que Lezama elaboró de tema tan vasto. En "lo cubano" caben tendencias y expresiones distintas a las que algunos excelentes poetas expresaron a través de Orígenes, revista que, además, albergaba diferencias. Parte de su grandeza inobjetable la debió al espléndido mosaico de voces de diversos estilos, influencias y procedencias, gracias al avisado talento de Rodríguez Feo. En su momento, Orígenes convivió con una entrecruzada y nada desdeñable intelectualidad creadora, así como hoy su evocación se hace desde circunstancias tan novedosas y complejas como no las soñaron los origenistas ni sus congéneres literarios con concepciones diferentes de "lo cubano". Me he permitido estas precisiones antes de responderte, convencido de que la ilusión mesiánica de poseer la única verdad, convoca la intolerancia, algo que también circundó a Orígenes en su tiempo. Fue precisamente Lezama, grande no sólo en su literatura, quien dio lecciones de ecumenismo, como lo demuestran notables momentos de su vida y su obra.
En el amplio espectro de "lo cubano" he querido beber para enriquecer mi obra. Mis libros lo evidencian y yo soy mis libros. Ha sido una voluntad, no la resignación de un fatum. Tránsito deleitoso, jubiloso, que me llevó del periodismo a la indagación histórica, de la narración al ensayismo, del cuarto del babalao a los archivos, sin preconceptos, sin tesis apriorísticas. Con similar interés he leído a Varela, Saco, Del Monte, Ortiz, Lydia Cabrera, Moreno Fraginals, Guerra, Franco o Cepero Bonilla, por hablar de autores que no publicaron novelas o poemas. Así como no me afilié a grupos intelectuales que comprometieran mi pensamiento o mi expresión, no acepto el índice que se agranda e impide el movimiento de la mirada. Cuba ha sido mi pasión, distendido romance. Su cultura ha dado lecciones, entre ellas la de burlar zancadillas e imposiciones que a la intelectualidad de otros países le trocaron el paso. En la medida en que avanzaba en un conocimiento sin anteojeras de nuestras tradiciones, nacieron mis libros, crecieron y buscaron sus destinos. Ahí también va lo de cubano levantisco. ¿Debo subrayar mi cubanía?

Platón, en La República, dejó fuera a los poetas de su proyecto de sociedad ideal. Tu vida demuestra que has sido un escritor revolucionario (entendido el término en su acepción más general); sin dejar de ser crítico con tu entorno histórico y social (lo cual te ha traído problemas), has estado siempre del lado de la justicia, la honestidad y la independencia del intelectual; y dentro del proceso cultural de la Revolución has tenido una participación directa en muchas etapas de nuestra Cultura. ¿Apuestas por la participación de la intelectualidad en procesos sociales como el nuestro como una necesidad objetiva? ¿Hasta dónde consideras que te hicieron crecer intelectualmente esas contradicciones vividas?

Platón debió leer con más detenimiento a los poetas porque sin ellos no existirá la sociedad ideal. Ya que nos ponemos filosóficos, afirmo que es obra de buen gobierno escuchar a los poetas para que la gestión no se quede en edictos fríos, decisiones sin alma. No he sido más crítico que otros, ni lo han sido más los creadores literarios y artísticos que los miembros de otros sectores, pero no siempre se les reconoció el derecho a serlo. Cuando muchas cosas están por hacer, o la prisa las dejó mal hechas, viene mejor la crítica que el canto inconduscente. Lo perfecto es que se junten crítica y esfuerzo. Entendí el compromiso social como participación, no como canto. Entendí la vida como trabajo, sin espacio al descanso, pues lo llené de palabras escritas no precisamente en la arena, como en el poema de Baquero. Cuando más bestias fueron conmigo y con mi obra, más me adentré en mi realidad. "Otros se exilian, yo me incilio", dije, y me fui a contribuir en un asentamiento de montaña, Las Terrazas, que es uno de los pueblos más lindos de Cuba. El silencio convertí en trabajo, no digo que con aquiescencia, pues no me place ofrecer la otra mejilla. Seguí el dictado de la verdadera cultura cubana, voluntariosa frente a imposiciones que ya caló Martí: "La ley injusta no es ley."

Faulkner, por citar a uno de los que hicieron eco a esta teoría que referiré, aseguraba que los grandes escritores no hablaban de sus libros con otros escritores. Truman Capote, por el contrario, defendía la necesidad que tenía el escritor de alimentarse el ego y, como por azar, de reconocer sus defectos hablando de sus obras con otros escritores. Hablemos de tus libros.

Espero que no para alimentarme el ego. En plan de entrevistado no puedo esquivarte. También tengo mi refrán: los inteligentes hablan de asuntos, los idiotas hablan de sí mismos.

De Contradanzas y latigazos: es decir, de la historia pura o del ensayo histórico, a Llorar es un placer, un rico ensayo sobre el melodrama, y de ahí a El bello Habano, una biografía del tabaco. ¿Hay un hilo unificador de estas tres modalidades creativas en tu obra?

Veo mi obra como una continuidad, por encima de géneros literarios. Esa trayectoria respondió a necesidades de mi formación autodidacta, de mi expresión. Antes de los libros que mencionas estuvo La fiesta de los tiburones, un relato testimonial y, para mí, punto de giro en esto de los géneros. Había dado un salto y ya me preparaba para el proyecto siguiente. Cuando lo publicaron en España, un comentarista lo llamó "fiesta del lenguaje popular cubano". En ratos libres de su escritura leía papelería cubana del siglo xix. La novela Cecilia Valdés, o La loma del Ángel, de Cirilo Villaverde, me apasionó por su crítica de costumbres coloniales. Aunque no la estimaba tanto en términos de estilo o de elaboración literaria -Suárez y Romero fue mejor prosista-, Cecilia Valdés era lo que buscaba para observar fenómenos que, a contrapelo, resultaron fundadores: la esclavitud, la violencia y el crimen en nombre de la civilización, la torcida religiosidad criolla, el mestizaje, los problemas familiares y de la mujer, la economía y de la cultura cubana antes de las guerras independentistas, que redondearon nuestra nacionalidad. Cuando me "descongelaron" -¿vocablo esteuropeo?-, devolví a la imprenta La fiesta de los tiburones y ya trabajaba en Contradanzas y latigazos. Fue también el origen de El bello habano: la influencia y presencia de Cuba en el mundo. Estudiar para escribir esos libros fue lo que los españoles llaman "una gozada". La trayectoria del tabaco me llevaba de la piratería a los salones, del surco aborigen y mestizo a las celdas conventuales, de la pintura a la poesía, del medioevo a una actualidad aromatizada con humo nicotínico. No es una exaltación de la fuma, sino un itinerario que implica a monarcas y rameras, juristas y piratas, negreros y libertadores, América, Europa, Asia y África. Creo que algunas de mis mejores páginas están allí. En Llorar es un placer estudié las deformaciones a que conduce el alto consumo de mensajes subculturales, el melodramatismo como enfoque de la vida, la manipulación del gusto y las inteligencias. También hay un trozo de la historia de Cuba, desde los mass media, como había abordado otros desde una novela decimonónica y desde un central azucarera. El panorama se me esclarecía a golpes de trabajo. Yo continuaba mi aprendizaje y dejaba constancia en volúmenes que han recibido el favor de los lectores, pues agotaron tiradas considerables. Las variaciones nacen de una incapacidad: no sé repetirme. Las editoriales preparan reediciones de La fiesta de los tiburones y de Llorar es un placer. En la valoración coinciden con universidades europeas me han invitado a dictar conferencias sobre esos temas.

Se habla de la crisis del ensayo literario en Cuba y de la esquematización estéril del ensayo histórico, increíblemente en un país con antecedentes ilustres en estas modalidades del género. ¿Qué opinión te merece esa afirmación?

¿Ya no se habla de "indigencia crítica"? No colocaría la palabra "crisis", negada por la proliferación de textos que salen de las imprentas, al menos tenemos una cantidad grande, entre ellos algunos notables, excepciones que afirman la regla. Pero en general se evidencia la fatiga, la reiteración de métodos, la falta de imaginación al escoger y hacer las investigaciones. Hay firmas que de sólo verlas ya sabemos por dónde vienen, acogidas al recurso de compulsar datos, citas, matraquear con lo aprendido, latinazgos de primerizos. Los lastra la traslación de elementos de la teoría al ensayo, metalenguaje sin estilo, colmado de neologismos. Los libros no parecen nacidos de mentes vivas, sino de troqueles, confeccionados en serie para aseverar ideas preconcebidas, algunas armadas de las mejores intenciones, pero machaconas, previsibles. Para indagar en la historia se requiere esfuerzo y también imaginación. Si se trata de estudios sobre buenos escritores, ¿por qué se contentan con escribir mal de los que escribieron bien? Una sobredosis de esas lecturas puede dañar el estilo.

En tu novela Siempre la muerte, su paso breve, hay una mirada apocalíptica de la realidad. Hay la recreación de un mundo que, sin dejar de tocar claves muy nacionales, apuesta por la universalidad del conflicto y de la historia. ¿Lo crees así?

Al principio me preocupé por los criterios adversos que circundaron a mi novela, hasta que le negaron sal y agua. Ya he dicho que sus ardides técnicos sedujeron a lectores especializados, mientras otros señalaron ese apocalipsismo reflejo de la tristeza, el desconcierto de una generación acosada por una atmósfera de muerte. Los presupuestos técnicos le abrieron un camino que encontró eco inmediato en París, la edición de Gallimard. Al parecer, trasmití la atmósfera cerrada que me propuse, una situación límite, la presencia insoslayable de la muerte en una comunidad que, a un tiempo, utiliza la muerte como arma para procurarse mejor destino. Ninguno pudo tildar mi novela de derrotista. Como sabes, seguí mi camino. Ellos dieron la vuelta en su tiovivo. En cuanto a lo nacional y lo universal, creo que el pequeño mundo expresa el macromundo. Y, al contrario, la obstinación por aderezar lo "nacional" con una mirada superficial, genera el pastiche, la caricatura, el "color local".

También hay quienes señalan una "clara influencia" de la narrativa de "realismo mágico" en esa novela que, por la fecha de la mención en el Casa, debió ser de hechura anterior a la llegada de esa influencia a Cuba. Creo que también te sucede con el uso de la segunda persona, que en esa novela es realmente magistral.

La crítica inadvertida desconoce fechas, entre las cosas que desconoce, y junta etiquetas en la misma canastita de sus desconocimientos. Cuando escribí Siempre la muerte, su paso breve -¡hace treinta y cuatro años!-, no había leído los libros del luego tildado "realismo mágico". ¿No serían antecedente del "realismo mágico" las novelas de Asturias? Todo eso importa un comino a los narradores. Mis ardides formales nacieron de la necesidad del propio texto, lo impuso la novela, su argumento. Y, allí, la utilización de la segunda persona. Se me atribuye la introducción de la segunda persona en la narrativa cubana. No tuve tiempo de indagarlo. Pocos han notado que él protagonista de esa novela casi no dialoga, ni entra en introspecciones o monólogos interiores. Era imprescindible que le hablara directamente a él de él. Me inventé un alter ego del narrador. Mi narrador habla con ese personaje un tanto ectoplasmático y con el protagonista, a ambos en segunda persona. Me sirvió para que el lector entrara en el argumento y en su atmósfera. En cuanto a mis lecturas de entonces, una de ellas fue el teatro y la poesía de Bertold Brecht, también sus teorías para la puesta en escena, lo que el llamó "distanciamiento" o "extrañamiento", y la distribución en escenas que concluyen en sí mismas pero establecen vínculos con el conjunto narrativo. De ahí la utilización de cuentos casi autónomos, incluso de un personaje que escribe cuentos que se suman a la novela. De la fragmentación conformé la unidad. La mía fue una de tantas novelas que terminan donde comienzan, enseñanza que saqué del concepto "pieza teatral" chejoviano. ¿Ves cuántos disparates dijeron las "aproximaciones críticas"? Igual las agradezco. Al menos esos leyeron la novela. Los censores tuvieron oficio más drástico.

¿Qué te impulsó a escribir ese clásico del testimonio cubano que es La fiesta de los tiburones? ¿Recuerdas alguna anécdota sobre su publicación, su efecto en el lector, o esa misma trascendencia que menciono?

La fiesta de los tiburones está entre los libros que más quiero, quizás porque su nacimiento fue accidentado. Fue el libro que sacaron de la imprenta, ya en segundas galeradas, porque su nefasto autor desmereció en la confianza de los funcionarios de turno, reproducidos como las chicas del music hall, todas iguales y con la pierna levantada. Entré en un exclusivo club de marginados, grupo de notables escritores. Antes fui a las barracas de un central para ganarme la confianza de unos viejos obreros azucareros. Ya colectados sus testimonios, cuidé que el resultado no los alterara, ni que el conjunto aburriera. No adiviné declive a que llegaría esa modalidad literaria, que en los concursos llaman "género", luego de antecedentes espléndidos en América Latina y Estados Unidos -allá le llaman "periodismo cultural"-. Me interesaba contar una experiencia coral, la comunidad más que el individuo, pero respetando las individualidades. Mi manía de investigador tuvo su agosto en la introducción de las versiones del periódico local sobre los hechos narrados, en la indagación para elaborar notas y cronologías. Todo eso nace de mi ansiedad de conocimiento, mi curiosidad. Eres muy generoso en llamarlo clásico.

¿Ves al testimonio como "el género del siglo XXI", tal cual vaticinan algunos estudiosos en universidades norteamericanas y europeas?

Ya esbocé los avatares de la modalidad testimonial entre nosotros. Algunos de esos libros pueden tener interés, ojalá que superen los campus universitarios y los eventos donde predominan intereses más sociológicos que literarios. No me atrevo a vaticinarle éxito. La literatura testimonial ha tenido mala racha con la vulgarización, las reiteración de los temas, la falta de propósitos artísticos y otros accidentes. Pero se puede hacer un esfuerzo, sensibilizar a los organizadores de concursos y a los jurados para mayor exigencia, que premien literatura, no trayectorias personales o historias pero mal contadas. Incluso si el tema es la bondad encarnada, pero va mal vestida, no convence a nadie. La mayor verdad, mal dicha, parece una horrible mentira.

Hablando de la verdad y sus matices: Hay en tus obras una relación bien directa entre la investigación histórica, el testimonio, el periodismo y la narrativa de ficción. ¿En qué sentido vinculas los mecanismos de indagación y de expresión de estas modalidades tan distintas? ¿Te atreverías a explicarme eso a través de tus obras?

Recuerda que vengo del periodismo, donde se requiere sumar datos, compulsarlos, buscar una forma para entregarlos al lector. Al interesarme tanto la indagación histórica y la social, no alcanzo a diferenciarlas, o disfruto mezclándolas, lo que es un reto. Mi mejor muestra: Contradanzas y latigazos. Otras son libros como Cuba, una asignatura pendiente y La ventana discreta, sumas de ensayos, artículos y conferencias. No me preocupan las purezas genéricas, sino la comunicación, seducir a mi lector y que no abandone la lectura. Si para mi argumentación necesito introducir un cuento, me acojo a los ardides de la narrativa y continúo mi reflexión ensayística, siempre que no se afecte la prosa. Lo hice con alevosía, premeditación y escalamiento en Llorar es un placer.

A mediados de los 90, en una conversación en el Hotel Santa Clara Libre entre tú, Gumersindo Pacheco y yo, te escuchamos decir que a la novelística cubana de hoy le faltaba "el peso de la historia", que algunos se decían novelistas y no tenían siquiera el barrage cultural necesario para enfrentar esa encomienda. Desde entonces a la fecha la eclosión de la novela cubana es impresionante en todas las promociones que hoy escriben. ¿Mantienes el mismo criterio?

Me pones en una situación difícil, opinar de mis colegas. Ha llovido desde aquel diálogo y salieron libros que rectifican mi afirmación, que por largo tiempo fue certera. Surgieron novelistas con una voz propia, algunos temas ya no parecen troquelados, nacidos de conversaciones de grupos, con idéntico formato y enfoque, en ocasiones las mismas historias, o demasiado parecidas. No soy el más capacitado para criticar o aleccionar, porque después de diez libros he concluido mi segunda novela, a mis sesenta años. Con la primera fui el atrevido joven del trapecio, a los veintisiete. La novela es un género de madurez, no sólo literaria, sino de vivencias. También es una cuestión de cultura. Requiere de un aliento mayor que el relato breve, el cuento corto, en ella el ritmo narrativo y la coherencia de las historias resultan más exigentes de lo que piensa el lector común. En la actualidad no se puede escribir una novela si no se es lector de novelas, el oficio literario también se ha vuelto un asunto de la información. Hace algunos años se podía considerar escritor quien acudía a su memoria y tenía facilidad para narrar, con el riesgo de que su historia se repitiera en la que se le ocurrió al amigo cercano, que respira su mismo aire y a su mismo ritmo. Por el momento nada nos cuesta esperanzarnos, sin olvidar que un verano está formado por muchas golondrinas, pero cada una vuela con sus propias alas.

Sin embargo, una corriente crítica de los últimos tiempos sostiene que la novela es el arte de contar con la mayor simpleza, y sin filosofías profundas, una historia humana. Que el mundo actual no está dispuesto a seguir soportando aquellas "novelas universos" estilo La guerra y la paz, La montaña mágica, Doktor Faustus.

Cierto, luego de muchas peripecias narrativas, la novela ha vuelto a lo que llamas simpleza, pero, atención, ya no es la misma. Recordemos a un escritor como Thomas Mann, que acudía a unas pocas pinceladas para recrearnos el paisaje y el ambiente de Muerte en Venecia, transmitir la tragedia colectiva de la peste y las agónicas peripecias del profesor que se enamora del adolescente. Quien hoy desee situar una historia en Venecia, deberá esforzarse no sólo para "darnos" Venecia, sino la Venecia que él desea creíble, la suya, en conjunción con su argumento. No se trata de atiborrar la página con descripciones. Preguntémoslo a Sergio Pitol, que ha situado en Venecia excelentes narraciones, con sugerencias de envidiable sabiduría. Tras esas novelas "simples" hay gran oficio, y lecturas que avisan sobre lo ya hecho y lo que de ninguna manera se debe hacer. Quedó atrás la experimentación gratuita, malabarismos para asombrar a quien ya no se asombra. La elaboración de la novela marcha con el lector, que ya no se solaza con truquitos de escuela, reclama que en la novela "ocurran cosas", sin que eso le reste profundidad en las ideas. El lector de novelas hoy, más que nunca, es lector de anécdotas. Nadie compra el libro equivocado: si tiene el rótulo novela, no espera lecciones de filosofía que por el intento de pasar trucada ya es sospechosa. Hubo un tiempo en que los filósofos utilizaban la novela y el teatro para explayar sus teorías, pero en general eran pésimos narradores, dramaturgos palabreros. Nadie valora a Sartre, hoy, como un novelista siquiera atendible, aunque en su momento escribió La náusea, Los caminos de la libertad, El muro y otros libros vendidos como novelas con observaciones existencialistas, una sopa de letras. Hoy el pensamiento es pensamiento, la novela es novela, incluidas sus variaciones como novela histórica, policíaca, etcétera. Lo contrario es intento de pasar gato por liebre.

¿Y qué opinión te merece el cuento cubano?

Lamento decir que no estoy tan informado como quisiera de los destinos de nuestra narrativa breve. He leído algunos libros, por supuesto, pero no me considero un lector de cuentos actualizado. Admiro la apropiación de terrenos que antes estaban vedados, incluso me pregunto si no resultará excesiva la insistencia en temas considerados engorrosos, por temor de "quemarlos", abaratarlos, y que pierdan significación.

Mercado y Literatura. Eres un escritor bastante publicado en el exterior. ¿Consideras saludable, como lo piensan otros intelectuales del patio, el hecho de que los escritores cubanos AÚN no estén TAN sometidos al mercado internacional del libro? ¿Qué ves perjudicial entonces en el hecho de no estar metidos en ese mercado, como sí lo están otros países: México, Argentina, también de una sólida literatura?

¿Qué tiene de saludable el aislamiento? ¿Para preservar qué virginidad? ¿Quién afirma tal cosa? Con esas ideas se municipaliza la literatura. Sería como encerrar la música cubana. El auge actual no le llegó cuando la encerraron, sino cuando el auto bloqueo les dejó abierta la vía a la divulgación para afrontar el otro bloqueo. El aislamiento sólo contribuye a la pérdida de sentido, de diálogo, de competencia. La concurrencia permite la confrontación, medirse, no depender del juicio estrecho del funcionario que no contribuye al desenvolvimiento de nuestra literatura pero se pavonea de cumplir las consabidas metas. Ya quisiera yo que un libro mío deviniera exitoso. Si pierde la calidad, es mi problema y mi responsabilidad. Los asuntos del mercado literario dependen de muchos factores, casi todos ajenos a la literatura, aunque los malos libros no los vende nadie. En Cuba faltan agentes que no sólo agarren lo publicado y salgan a venderlo por el caminito trillado, incapaces de abrir el abanico de interlocutores. Poseen un diccionario de pretextos para justificar la inacción, se atienen a los nombres conocidos, a los géneros que "se venden solos", a libros políticos hasta que devienen fiambres. Falta entre nosotros el agente-amigo, que establece un vínculo muy cercano al autor, interesado en sus proyectos, le mantiene informado de las circunstancias predominantes en la industria cultural actual. Tenemos una sola agencia literaria y no ha ganado la confianza de todos los autores. Algunos que "venden fuera" se manejan ellos mismos, o han buscado agentes extranjeros, conocedores del terreno. No me hables de celdas monacales benefactoras, que no existen. Nuestro panorama, con las actuales estructuras, no es esperanzador.

Al parecer, has abandonado el cuento, pues a partir de la publicación de Miel sobre hojuelas tus publicaciones han sido en el terreno del testimonio, la novela, e incluso, la biografía. ¿Puedes darme algunas razones?

Ni yo mismo me lo explico. Ha dejado de interesarme en el plano personal, para escribirlos, pero los disfruto si están bien construidos. Ya en mi primera novela los cuentos aparecen como integrantes de un conjunto. Algunos antologados en diferentes países, en particular "Elvira en su blusa roja", de gran éxito. Pienso que arribar a la novela, que es un género de gran complejidad y exigencia, se te convierte en una meta, casi una obsesión. Ya sé que algunos tienen en el cuento su respiración, y proponerles la novela sería violentarlos. Hace poco García Márquez nos habló de dos libros de cuentos en los que trabaja al unísono, alternándolos con sus memorias, ya vemos que no es asunto de novatos. En 1993 escribí un relato, "La mujer impenetrable". Ganó el Premio "Juan Rulfo" de Radio Francia Internacional. Lo llevó a escena el realizador cinematográfico Orlando Rojas y me reveló aspectos casi mágicos de mi texto. Como me gusta la narración breve, no te sorprenda que alguna vez vuelva por esos rumbos.

Un viejo amigo español, escritor también, me expuso una vez una teoría sobre las tipicidades que cada país mostraba como joyita para la curiosidad del extranjero. En el caso de Cuba hablaba de tres: el ron, el tabaco y el Che. Curiosamente, otras de tus búsquedas creativas se hallan en el campo de la biografía: Primero una bien conocida sobre el Che y ahora sobre el tabaco. Creativamente, como escritor de otros géneros, ¿qué te atrae de este?

Mi generación conoció la trayectoria del Che en su momento, antes de que llegara a logotipo de camisetas deportivas, y me duele que se le paree al ron y el tabaco. El libro a que te refieres, Che comandante, nació a la semana de su muerte, no fue sólo mío, sino de un colectivo de autores, una entrega especial de la revista Cuba. Ninguno de nosotros lo hubiera escrito solo. Estábamos en la ebullición del sentimiento guerrillero y del dolor por su pérdida. Recuerdo que mi último fragmento lo terminé al amanecer, junto a Roque Dalton, apuntalados por una botella de scoth, mientras González Bermejo esperaba en la redacción, apremiado por la entrega inmediata. Luego escribí otros capítulos y salió en Ediciones Diógenes, de México, que dirigía Enmanuel Carballo, donde agotó nueve o diez ediciones. Visto desde hoy, cuando tantas cosas se conocen de los acontecimientos, parecerá ingenuo. No lo he vuelto a leer. No es que prefiera escribir biografías -sí leerlas-, pero a nada me niego, al final todo me interesa. Una de las tareas más difíciles para un escritor es adquirir informaciones complejas y organizarlas sin que resulten una friolera de datos. En ese sentido, El bello habano fue una prueba. Ambos libros fueron trabajos diametralmente opuestos. En mi trabajo periodístico, con seudónimos o sin firma, hice de todo, incluida una crónica sobre la inseminación artificial que Meri Lao recogió en su sabroso libro Cuba ride, en Italia, sin saber que era mía. Contaba el descalabro de un inseminador con una vaca que cayó en "falso celo" porque se enamoró de él, se ponía cachonda cuando se acercaba en el sidecar.

Otro asunto: Confesaste en un encuentro de narrativa en Sancti Spiritus que te fascinaba la novela picaresca. ¿En qué sentido tu última novela, Al cielo sometidos, premio Italo Calvino acá en Cuba y ahora publicada en Italia, sigue los pasos de esa casi ancestral tradición hispana? ¿Qué puntos unión tiene con tu obra anterior y con el asunto "lo cubano"?

Mi relación con la picaresca es muy vieja, en apasionadas lecturas y hasta en mi enfoque de la cotidianidad. Si aprendes a tener una visión pícara de algunos sucesos, esquivas el agobio. La picaresca literaria le abrió compuertas impensadas a la narrativa española. Arribó a nuestras playas en las naves de Cristóbal Colón. Existe una línea picaresca en nuestros escritores, ya criollos, cuando tuvieron voz propia, para zafarse el fardo eclesiástico y el empaque ceremonial de la colonia, su burocracia ineficaz, el almidón llevado a las costumbres. La picaresca animó el desarmante choteo de que nos hablara Mañach, la prosa periodística y hasta los discursos de Raúl Roa. Palpita en buena parte de lo escrito por Carpentier, que la valoró mucho. Su Concierto barroco es un juguete picaresco logradísimo. Tras el parabán culterano, Lezama mostró su lado pícaro en largos fragmentos de Paradiso, carcajada sardónica que asoma en sus metáforas, incluidas las escenas sexuales que inquietaron a los pacatos. Sin una valoración de la picaresca no se podría entender Electra Garrigó, de Piñera. El condimento picaresco le aporta subrayado a las novelas policíacas de Padura Fuentes, las rocambolescas maratones sexuales de Pedro Juan Gutiérrez. Es decir, entre los escritores cubanos lo picaresco condimenta lo uno y lo otro. Tanto en Siempre la muerte, su paso breve como en La fiesta de los tiburones, es el elemento que rompe el dramatismo o que caracteriza los personajes. En Al cielo sometidos he querido rendir homenaje a la línea picaresca de la literatura, al tratar un tema particularmente español: la austeridad de Isabel la Católica y el horror inquisitorial de Torquemada, vistos desde un burdel. Me ha servido la recreación de un lenguaje sabichoso, sentencioso, de doble sentido, sin que pierda hondura, pues, a fin de cuentas, no es una comedia, sino lo contrario. La picaresca, en este libro agarrada como el toro, por los cuernos, se vincula a cuanto he escrito hasta ahora.

En los últimos tiempos se habla bastante, y creo que muchas veces con absoluta superficialidad, de la identidad nacional defendida desde la cultura en una época donde se impone el lenguaje de la globalización (término que también, usualmente, tiende a analizarse desde una sola perspectiva: la fatalista). ¿Hasta qué punto puede incidir un escritor, un intelectual con su obra, en la defensa de esa identidad, sobre todo si seguimos o nos oponemos al criterio de algunos de que esa defensa tiene que ver muy poco con lo individual y sí demasiado con una estrategia social, en este caso en el terreno de la cultura?

El asunto de la identidad va más allá de ceremoniales grandilocuentes y declaraciones altisonantes. El mejor modo de defenderla es vivirla. Conozco a quienes molesta el pueblo cubano, sus expresiones, lo aprecian poco, pero se lanzan en parrafadas sobre la defensa de la identidad. ¿De cuál identidad me hablan? ¿Cómo representar una cultura que no se vive? Y claro que el asunto de la identidad es completamente individual. ¿Será de "la masa" acaso? Esa masa está hecha de individuos. Sí, por supuesto que hay demasiada cáscara en el parloteo sobre la identidad. El aporte del escritor nacerá de sus páginas, no de sus discursos para la galería. ¿Cómo defender la identidad cubana? Siendo realmente cubano. Eso significa vivir Cuba, gozar y padecer con ella, en ella, sin pretender un iluminado alejamiento de la realidad, y estar avisado ante los impostores. El escritor, antes que todo, es un individuo, un ciudadano.

La escritura es un don y un castigo, aseguró Whitman. ¿Cómo ha asumido el ser humano que es Reynaldo González al escritor, al intelectual que es Reynaldo González?

A nuestra edad hemos comenzado un nuevo romance, como una reconciliación, para dejar de ser tres y, al fin, fundirnos en uno solo.

La Habana, 22 de agosto de 2001


 
 

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