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Entender
el compromiso social como participación,
no como canto.
Amir Valle
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Fue
José Soler Puig, ese viejo de ojos "alegres
e invictos" (como definiría Hemingway a
su ideal de hombre que jamás sería vencido)
quien habló una tarde de 1984 de la novela Siempre
la muerte, su paso breve. Era, en su opinión,
una de esas raras novelas que atrapan porque logran
crear un mundo propio. Eramos tan jóvenes por
entonces, tan faltos de lecturas serias, más
locos que nunca por hacernos escritores. Eramos, de
los que quedan hoy en el país y el recuerdo,
Alberto Garrido, José Mariano Torralbas, Rhadis
Curí, José Manuel Poveda Ruiz, Ricardo
Hodelín; y la Casa del Estudiante en la calle
Heredia de Santiago de Cuba se convirtió de pronto
en otro de los escenarios cotidianos para el encuentro
con aquel ser especial, inolvidable, a quienes queríamos
más por el ser humano que fue, que por sus propias
obras, algunas de las cuales ni siquiera habíamos
leído. "Esa novela", diría entonces,
"Celestino antes del alba, Paradiso,
Tres tristes tigres, El siglo de las luces
y El pan dormido, por supuesto, hay que leerlas
de a todas todas".
El
propio Soler me lo señaló en 1986, en
Las Ruinas, adonde me llevó otro de mis maestros:
Eduardo Heras León, en la entrega del Premio
Nacional de Literatura a tres grandes: Portuondo, Eliseo
y Soler. "Es el que está comiendo en la
esquina de la mesa", me dijo el viejo. Y allí
estaba: flaco, pero algo más gordo que en la
foto del libro que ya había leído, siempre
sonriente, conversando con un señor bajito, de
barbita de chivo, que luego supe era Eliseo Diego.
Después de aquel día, las noticias sobre
Reynaldo siguieron llegando, siempre con un libro "de
esos que hay que leer" por delante: La fiesta
de los tiburones, Lezama: el ingenuo culpable,
Contradanzas y latigazos, Llorar es un placer
(recuerdo haber asistido a su presentación en
el parque La Arcada de Santa Clara), El bello habano
(que el propio Reynaldo me regalara en Madrid). Libros
y encuentros. Encuentros y libros.
Cuando se hace una entrevista, dicen las reglas periodísticas,
el entrevistador no deberá hablar de sí
mismo: "al lector sólo le interesa lo que
dirá el entrevistado. Si Ud. quiere escucharse",
aseguran los viejos profesores de comunicación
social, "hágase una autoentrevista".
De modo que, si he hablado de este intelectual que es
Reynaldo González a partir de anécdotas
personales, lo he hecho por una exclusiva razón:
cuando alguien que uno admira se convierte en un amigo
que te critica y te aconseja con el mismo cariño
y la misma sinceridad, todas las absurdas maquinaciones
escritas para un libro de técnicas pueden ser
violadas.
No
me preocupan las purezas genéricas, sino la comunicación
Un
escritor no surge de la nada, aunque algunos casi osan
decir que ni siquiera surgieron del vientre de una madre,
si vamos a ser pragmáticos, o de Dios, si vamos
a ser idealistas. Muchas condiciones confluyen, necesariamente,
y casi todas tienen que ver con el entorno familiar
y social del futuro escritor. Hasta los genios pasaron
por eso, comentan algunos.
Empecemos
por lo que debe ser el principio: Todo escritor, alguna
vez, echó a perder cuartillas soñando
con ser un grande de las letras o simplemente escribiendo.
Me refiero a esos primeros escritos de niñez
o adolescencia. ¿Puedes recordar cuándo
fue y cuáles fueron esos primeros intentos de
escritura? Alguna anécdota que te haya quedado
de ese período.
Mi
interés por la literatura nació de mis
insistentes lecturas en la niñez, que marcaron
mi enfoque de los temas y las formas que adoptaría
para afrontarlos. Esas primeras lecturas no fueron textos
apropiados para niños, sino la literatura dramática
y expresionista de la postguerra europea, con tintes
pesimistas. También una literatura comprometida,
incluso novelas partidistas, marcadas por el modelo
soviético que la progresía francesa e
italiana abrazó con decisión irresoluta.
No fui lector de los soviéticos, salvo excepciones
-al único que soporté fue a Ehrenburg,
por ser un tanto europeo-, sino de los epígonos
franceses e italianos, servidos en versiones bonaerenses.
Los conflictos no ocurrían a orillas del Don,
ni del Vístula, sino junto al Sena o en el menos
solemne Trastévere romano. Aquellos libros no
hablaban de heroísmo, sino de hambre, resaca
alcohólica y desencuentros sentimentales. El
abismo de la debacle justificaba excesos y colocaba
a los personajes en dilemas desgarrados, sin el baremo
de lineamientos moralistas. Cuando imbuido por afinidades
políticas familiares emborroné una sucesión
de diálogos y situaciones, pretendí cubrir
una foja de servicio sucedánea del heroísmo.
En mis papeluchos desangelados no entraba la sonrisa,
ni mi entorno tropical y bullicioso. Describía
campos de batalla y su eco en ciudades asoladas por
la miseria física y moral, donde la supervivencia
llevaba los comportamientos al absurdo. Ahora que lo
digo así, parecería interesante, y lo
hubiera sido de no escribirlo en una prosa pedestre
y utilitaria. No requerí un Max Brod que lo incinerara,
lo hice yo mismo, en un raptus de cordura. La decisión
la provocó la lectura de clásicos castellanos
-¡había leído a Sartre, Malaparte,
Barbusse, Kafka y hasta las hojas clínicas de
Freud antes que a Cervantes!- y frecuentar un extraordinario
periodismo cubano, en revistas habaneras de gran circulación,
textos y publicaciones que eran punteros en la América
Latina de aquellos años. Desde entonces me cuido
de solemnidades y altisonancias. Pero tan torcidos vericuetos
dieron materia combustible para mi primer intento novelístico
serio, Siempre la muerte, su paso breve: confrontación
generacional con una muerte inmanente, el panorama de
los últimos años de la dictadura. En 1968,
luego de premiar mi novela, José María
Arguedas se asombró de que un hombre tan joven
hubiera escrito aquel texto "maduro". Salvo
destellos criollo-tropicales que dieron carne al relato,
la atmósfera le parecía la rumia de un
desencantado.
Y
por supuesto, tras esas primeras lecturas, intuyo que
hubo libros que te dejaron insatisfecho y que te hicieron
seguir la historia en tus juegos, ya que aún
(imagino) no sabías que podías escribir
tú mismo la continuidad. ¿O te atreviste
a escribir esa continuidad?
De
cierta manera, mi novela era continuidad de mis lecturas
previas, como pides en tu pregunta, pero no fueron relatos
de aventuras o la papilla infantil, sino quejas de la
mierdez del mundo, lanzadas por individuos, no por estatuas.
Esto me recuerda que una de las "culpas" que
arrastraría Siempre la muerte, su paso breve
en la consideración del hecho literario que debió
afrontar, pues la agarraría la tenaza ideológico-peyorativa
que conoció el arte cubano en la década
del setenta, fue que en sus páginas el heroísmo
no alcanzaba resonancias hímnicas, mis héroes
"no eran puros y duros como el granito", según
la mirada de una profesoreta malquistada. A los funcionarios
que sólo buscaban el utilitarismo de la literatura
les desagradó lo que Arguedas consideró
"madurez": que mis personajes pasaran de los
juegos a la acción y entraran en conflictos sociales
sin abandonar sus dilemas psicológicos.
¿Intentarías
recordar el día en que descubriste que querías
ser escritor y bajo qué circunstancias tuvo lugar?
Debió
ser entre libros, ya deseoso de hacerlo a mi manera.
O cuando cayeron en mis manos los libros de Faulkner,
donde el Sur norteamericano imponía similitudes
con mi propio ambiente, que también era "sur".
Como muchos relatos latinoamericanos, mi novela tiene
deudas con Mientras agonizo. O fue ante la manera
en que Flaubert sacó lumbre de historias provincianas,
connotaciones universales. O leyendo a los clásicos
castellanos, noviazgo al que no renuncio. Después
vino mi propia escritura, que coincidiría con
la revolución. Fue como llevarle rosas a la amada,
pero sin quitarle las espinas.
Los
años pasan, nos vamos poniendo viejos, dice tu
amigo Pablo Milanés en su canción, y con
los años van cambiando los libros, los autores
que han marcado épocas de formación en
la carrera de un escritor. ¿Te atreverías
a recordar esos libros, esos autores y en qué
período fueron esenciales para tu formación?
No
me pedirás una de esas chorradas cíclicas,
donde entran libros más mencionados que leídos.
Para un escritor, que es un lector diferente, hasta
los textos menos significativos desvelan destellos de
interés. Más que de libros, prefiero hablar
de autores. Los leí en serie, no sólo
sus obras connotadas, también las fallidas, y
sus diarios, su correspondencia, biografías o
estudios contextuales, quizás porque me gustaba
el cotilleo. Por ejemplo, recuerdo una entrevista hecha
a Virginia Woolf por Victoria Ocampo, publicada en Sur,
que casi ninguno de mis colegas recuerda. Allí
hablaban de técnicas literarias y el entorno
de la que pidió "una habitación con
vista". Para un escritor cachorro cuentan los libros
que le dan recursos del oficio. En esos me fijaba con
particular detenimiento. Y recuerdo que a la publicación
de Siempre la muerte, su paso breve, un comentarista
roñoso la calificó de demasiado "técnica",
"profesional", "elaborada". Eran
presuntos ataques, pero me parecieron elogios. Hay escritores
que enseñan, otros que reúnen diversos
atractivos. No creo que ningún novelista de lengua
castellana diga sinceramente que Kafka le aportó
en términos de soluciones literarias, que con
él aprendió a escribir. Lo inverso ocurre
con Chejov, la Woolf, Cortázar, Vargas Llosa,
Nabokov, Calvino, Tabuchi, para indicar algunos que
enseñan y provocan la escritura, ya no hablemos
de Joyce y Proust, escritores para escritores. En el
oficio vamos decantando, sin que soslayemos obras de
mil disciplinas contrapuestas. En el primer sentido,
junto a los clásicos castellanos, donde sobresalen
Cervantes, Quevedo y Lope, coloco a Juan de la Cruz.
Ellos burilaron la lengua que Martí matizaría
honduras impensadas, y no precisamente en sus malogrados
intentos narrativos, sino en sus páginas periodísticas,
el mayor grueso de su extensa obra. De la generación
del ´98 saltan Baroja, con su precisión,
y el que más me agarra, Valle-Inclán,
por su atrevimiento y su capacidad para hallarle el
lado detonante a las anécdotas. Con el añadido
estremecedor de la experiencia americana y un desenfado
que ya no dejó intacta la literatura española,
están los que todos amamos, Cortázar,
Borges, Rulfo, Fuentes, Onetti... Luego llegan los que
leí en traducciones. Para los cubanos, por la
cercanía, primero fueron los norteamericanos,
con sus tics, pero con su grandeza. El mayor, Faulkner,
seguido por Fitzgerald, Dos Passos, Truman Capote, Salinger...
Y están los de otras orillas, Mann, que enseña
a organizar y documentar historias, la Woolf, que halla
una expresión peculiar, la Mansfield, con observaciones
sutilísimas, Dostoievsky -más por sus
temas que por su expresión, quizás también
culpa de las traducciones-, y Chejov, maestro de la
brevedad. Los de lengua francesa, Flaubert, Maupassant,
Stendhal, Balzac, con la adquisición -reciente-
de la Yourcenar. En el medio, o a los costados, un montón
de escritores que ahora no acuden a la memoria, cada
uno con su retazo de sabiduría. En verdad, no
creo que tenga preferencias, ni que sea bueno tenerlas
si resultan excluyentes. El lector-escritor lee distinto
y halla lecciones hasta en la prosa subcultural de Corín
Tellado. De los cubanos, como al calco, mi lista coincidirá
con otras, del descubrimiento de Novás Calvo,
y anterior, pero leído después, Meza,
al salto iluminador de Carpentier y Lezama, que me los
dosifico con cautela, para que la empatía no
permita una excesiva influencia. Otros narradores nuestros
me interesan por sus temas y su riesgo, como Piñera,
su observación ríspida, sin concesiones.
Pero hablo de trucos narrativos, lo que interesa a un
lector-narrador. Al final, veo que la mía es
la lista de la ingratitud, pues he dejado fuera a colegas
que cabalgan conmigo, cuyas obras sigo con un interés
que resulta raro, pues no estoy convencido de que los
cubanos lean a los cubanos, sino solamente a los de
sus extraños grupos -que se vuelven logias absurdas-,
algo en lo que no participo. Como las penas de Sindo
Garay, "son tantos que se atropellan".
Un
verdadero amigo es un gran privilegio, es una frase
ya casi común de tan oída: ¿en
esta formación influyó, además,
la relación de amistad con algún otro
escritor cubano o extranjero?
Un
amigo mío, también en el aspecto literario,
fue Lezama Lima. Otro, Julio Cortázar. Con ellos
intercambiaba razones y sinrazones de la literatura,
hablábamos de lecturas posibles e imprescindibles,
de cómo otros escritores habían resuelto
problemas que les plantearon sus argumentos. Sobre el
primero escribí un libro y ya duplico sus páginas
con prosas de ocasión y devoción. Cortázar
tenía generosidad hasta para regalar, la llevó
de su persona a su arsenal de provocaciones narrativas,
verdadero maestro de lo aleatorio, como si interpretara
un jazz. En sus conversaciones razonaba sobre el oficio,
en cuyo terreno se adentró de manera sabia, sin
estridencias formales -salvo los saltos de lectura recomendados
en Rayuela-. Su generosidad lo llevó a
leer con dedicación mi primera novela, cuya traducción
francesa -de Liliane Hasson- elogió con entusiasmo.
Como era una novela armada con cuentos que en algunas
partes ganaban autonomía, apreció el puzzle,
lo vinculó a mi primer libro, Miel sobre hojuelas,
y terminamos armando una "rayuela" criolla,
que llevé a la segunda edición cubana.
Conversando
recientemente con Abelardo Castillo, en Argentina, me
decía que para la formación intelectual
de su generación (que también es la tuya
aunque estés acá, en Cuba) había
sido muy importante el universo de cambios sociales
e históricos del mundo en las décadas
del cincuenta, el sesenta y el setenta. Él se
refería especialmente al triunfo de una Revolución
Socialista hablada en español y en nuestro continente.
¿En qué sentido crees que fueron importantes
esos cambios en tu formación como intelectual?
Siendo
todos nosotros muy jóvenes, Castillo entregó
la sorpresa de un libro de relatos en el catálogo
de la Casa de las Américas, algo que no olvido.
En su momento escribí sobre sus cuentos en el
periódico Revolución, texto que
he extraviado. Él, y todos, estuvimos en la convulsión
de los acontecimientos sociales que desperezaban a nuestros
pueblos, donde la Revolución Cubana fue un hito
sin paralelo. Los cambios trajeron las búsquedas
que armarían el llamado boom -con tan
definitiva decisión que los narradores españoles
comenzaron a imitarlas-, y el atrevimiento en todos
los aspectos de la vida, y en las obras, que son nuestra
vida. Nos abrieron el horizonte y nos dijeron que no
teníamos que ser obligatoriamente epigonales.
Fue una época de grandes ilusiones y grandes
conmociones, bien aprovechada por el intelecto. La década
de los sesenta resultó una verdadera rampa de
lanzamiento para el talento insular, nos daba fuerza
y ganas de comernos el mundo. Hasta que por un enroque
de oportunidades largamente buscadas -y cuando se busca
la oportunidad se llega al oportunismo-, la mediocracia
impuso una asfixia al talento, eclipse de la vida cultural
que nos desconectó del continente y casi hasta
del mundo. En algunos países latinoamericanos,
la Argentina incluida, las dictaduras militares también
frenaban la expresión. Vino el repliegue, impuesto
o voluntario, caparazón para salvar el resuello
y el pellejo, pero algo quedó y asoma, aunque
ya no es lo mismo. Yo estuve entre los obligados a replegarse,
lo que también me preservó de poner mis
páginas en función del ralo utilitarismo
imperante. Las lecciones bien asumidas no se olvidan.
Has
dicho que también te afectaron como intelectual
los fenómenos, llamémoslos "básicamente
extraliterarios" que frenaron el impulso que llevaba
la Cultura Cubana. Hoy la mayoría de los sobrevivientes
a ese tiempo de oscuridad, fuera y dentro del país,
lo valoran como una experiencia traumática, pero
enriquecedora e, incluso, aseguran que desde algunas
perspectivas, significó una toma de conciencia
social que permitiría aperturas futuras. ¿Estuviste
entre los afectados? ¿En qué medida, visto
desde hoy, te alimentó como escritor y ser humano?
Todos
los pretextos fueron extraliterarios. En la actualidad
trato de pasar la página y sólo me encolerizo
por la falta de debate o análisis de los sucesos
terribles en la distendida década de los setenta,
cuando alguien, por más autoridad que lo revista,
intenta restarles importancia o simula que no existieron.
Precisamente la falta de un debate propicia que se les
agrande y devengan asignatura pendiente. Correspondería
darle la palabra a la parte agraviada -"el turno
del ofendido", diría Roque Dalton-, si en
verdad no se desea que reaparezcan en cada ocasión.
Sí, estuve entre los dañados por aquellos
remolinos de intolerancia y maniqueísmo, y fui
el primero de los escritores silenciados a quien le
publicaron el libro prohibido, La fiesta de los tiburones,
pero ocurrió como un favor, sin reconocimiento
del error, algo que resulta innoble, como quien actúa
"con permiso para matar" y limpia el cuchillo
en el pantalón de la víctima. Y no ocurrió
así porque me volviera un cortesano ni un repetidor
de slogans, sino por contestón, algo a lo que
no renuncio. El presunto "borrón y cuenta
nueva" se traduce en un tapabocas, con el pretexto
de no dañar un bien colectivo.
¿Hasta
dónde eso que Cintio Vitier definió, desde
su particular punto de vista, como "lo cubano",
en su caso refiriéndose a la poesía, ha
sido importante en tu desarrollo como escritor?
La
formulación de tu pregunta me obliga a algunas
precisiones que se apartarán de mí como
entrevistado, pues la cubanía de las obras literarias
no siempre deberá vincularse con la excelente
proposición poética de Lezama Lima. Una
cierta búsqueda de lo cubano como materia de
creación impregnó el pensamiento de Lezama,
quien precisamente evitaba definiciones demasiado explícitas,
las que pudieran fijar una cubanía de evidencias,
exteriorista. El tema se extendió a miembros
del grupo, por supuesto que no todos, a no ser que aceptemos
la existencia de unos origenistas más origenistas
que otros. La búsqueda de "lo cubano"
fue asunto lezamiano, uno de sus temas centrales, y
le debemos algunos de los ensayos más brillantes
que se hayan escrito sobre nuestra formación
cultural, reunidos en su libro La cantidad hechizada,
que le edité. "Lo cubano" es uno de
los temas de su novela Paradiso y está
en el espíritu de lo que llamó su Sistema
Poético del Mundo. No tenía materia
dogmática el pensamiento lezamiano: comprendía
que otros no podrían asumirlo en el mismo sentido
que él sin violentar sus propias convicciones,
que no fundaba una escuela, ni una unívoca línea
de pensamiento. Esa visión de "lo cubano"
tuvo matices defensivos primero, creativos en el tiempo
que duró su égida, y magnificadores luego.
Matices defensivos frente a la hostilidad de un contexto
que despreciaba la parte de la intelectualidad que no
entraba en el pugilato social, cuando la política
devino "la segunda zafra de Cuba". Esto se
observa en notas introductorias de la revista, escritas
por Lezama, y en su polémica con Jorge Mañach,
que nuestra intelectualidad valora, pero que en su momento
no tuvo gran repercusión, precisamente por el
desprecio compacto hacia esos asuntos. Más que
"lo cubano", "lo origenista" alcanzaría
declives hacia posiciones intolerantes, al negar a los
ex origenistas Piñera y Rodríguez Feo,
que tenían sus seguidores, y en el trato a otras
disidencias poético-generacionales. Sus aspectos
creativos afloraron cuando la preocupación por
ese ámbito de la cubanía se explayó
en el corpus poético lezamiano y se reflejó
en las obras de otros origenistas, peculiares en la
poesía cubana. Los matices magnificadores llegan
con la intención de darle a Orígenes
connotaciones que sobrepasan su existencia, sus presupuestos
estéticos, incluso su tiempo y su posible influencia
como revista y grupo literario. Esa notable extroversión
puede provocar lo opuesto de lo que se propone, dañar
la comprensión del significado de una revista
con fechas y cometidos delimitados. No obligatoriamente
"lo cubano" queda contenido sólo en
la comprensión que Lezama elaboró de tema
tan vasto. En "lo cubano" caben tendencias
y expresiones distintas a las que algunos excelentes
poetas expresaron a través de Orígenes,
revista que, además, albergaba diferencias. Parte
de su grandeza inobjetable la debió al espléndido
mosaico de voces de diversos estilos, influencias y
procedencias, gracias al avisado talento de Rodríguez
Feo. En su momento, Orígenes convivió
con una entrecruzada y nada desdeñable intelectualidad
creadora, así como hoy su evocación se
hace desde circunstancias tan novedosas y complejas
como no las soñaron los origenistas ni sus congéneres
literarios con concepciones diferentes de "lo cubano".
Me he permitido estas precisiones antes de responderte,
convencido de que la ilusión mesiánica
de poseer la única verdad, convoca la intolerancia,
algo que también circundó a Orígenes
en su tiempo. Fue precisamente Lezama, grande no sólo
en su literatura, quien dio lecciones de ecumenismo,
como lo demuestran notables momentos de su vida y su
obra.
En
el amplio espectro de "lo cubano" he querido
beber para enriquecer mi obra. Mis libros lo evidencian
y yo soy mis libros. Ha sido una voluntad, no la resignación
de un fatum. Tránsito deleitoso, jubiloso, que
me llevó del periodismo a la indagación
histórica, de la narración al ensayismo,
del cuarto del babalao a los archivos, sin preconceptos,
sin tesis apriorísticas. Con similar interés
he leído a Varela, Saco, Del Monte, Ortiz, Lydia
Cabrera, Moreno Fraginals, Guerra, Franco o Cepero Bonilla,
por hablar de autores que no publicaron novelas o poemas.
Así como no me afilié a grupos intelectuales
que comprometieran mi pensamiento o mi expresión,
no acepto el índice que se agranda e impide el
movimiento de la mirada. Cuba ha sido mi pasión,
distendido romance. Su cultura ha dado lecciones, entre
ellas la de burlar zancadillas e imposiciones que a
la intelectualidad de otros países le trocaron
el paso. En la medida en que avanzaba en un conocimiento
sin anteojeras de nuestras tradiciones, nacieron mis
libros, crecieron y buscaron sus destinos. Ahí
también va lo de cubano levantisco. ¿Debo
subrayar mi cubanía?
Platón,
en La República, dejó fuera a los
poetas de su proyecto de sociedad ideal. Tu vida demuestra
que has sido un escritor revolucionario (entendido el
término en su acepción más general);
sin dejar de ser crítico con tu entorno histórico
y social (lo cual te ha traído problemas), has
estado siempre del lado de la justicia, la honestidad
y la independencia del intelectual; y dentro del proceso
cultural de la Revolución has tenido una participación
directa en muchas etapas de nuestra Cultura. ¿Apuestas
por la participación de la intelectualidad en
procesos sociales como el nuestro como una necesidad
objetiva? ¿Hasta dónde consideras que
te hicieron crecer intelectualmente esas contradicciones
vividas?
Platón
debió leer con más detenimiento a los
poetas porque sin ellos no existirá la sociedad
ideal. Ya que nos ponemos filosóficos, afirmo
que es obra de buen gobierno escuchar a los poetas para
que la gestión no se quede en edictos fríos,
decisiones sin alma. No he sido más crítico
que otros, ni lo han sido más los creadores literarios
y artísticos que los miembros de otros sectores,
pero no siempre se les reconoció el derecho a
serlo. Cuando muchas cosas están por hacer, o
la prisa las dejó mal hechas, viene mejor la
crítica que el canto inconduscente. Lo perfecto
es que se junten crítica y esfuerzo. Entendí
el compromiso social como participación, no como
canto. Entendí la vida como trabajo, sin espacio
al descanso, pues lo llené de palabras escritas
no precisamente en la arena, como en el poema de Baquero.
Cuando más bestias fueron conmigo y con mi obra,
más me adentré en mi realidad. "Otros
se exilian, yo me incilio", dije, y me fui
a contribuir en un asentamiento de montaña, Las
Terrazas, que es uno de los pueblos más lindos
de Cuba. El silencio convertí en trabajo, no
digo que con aquiescencia, pues no me place ofrecer
la otra mejilla. Seguí el dictado de la verdadera
cultura cubana, voluntariosa frente a imposiciones que
ya caló Martí: "La ley injusta no
es ley."
Faulkner,
por citar a uno de los que hicieron eco a esta teoría
que referiré, aseguraba que los grandes escritores
no hablaban de sus libros con otros escritores. Truman
Capote, por el contrario, defendía la necesidad
que tenía el escritor de alimentarse el ego y,
como por azar, de reconocer sus defectos hablando de
sus obras con otros escritores. Hablemos de tus libros.
Espero
que no para alimentarme el ego. En plan de entrevistado
no puedo esquivarte. También tengo mi refrán:
los inteligentes hablan de asuntos, los idiotas hablan
de sí mismos.
De
Contradanzas y latigazos: es decir, de la historia
pura o del ensayo histórico, a Llorar es un
placer, un rico ensayo sobre el melodrama, y de
ahí a El bello Habano, una biografía
del tabaco. ¿Hay un hilo unificador de estas
tres modalidades creativas en tu obra?
Veo
mi obra como una continuidad, por encima de géneros
literarios. Esa trayectoria respondió a necesidades
de mi formación autodidacta, de mi expresión.
Antes de los libros que mencionas estuvo La fiesta
de los tiburones, un relato testimonial y, para
mí, punto de giro en esto de los géneros.
Había dado un salto y ya me preparaba para el
proyecto siguiente. Cuando lo publicaron en España,
un comentarista lo llamó "fiesta del lenguaje
popular cubano". En ratos libres de su escritura
leía papelería cubana del siglo xix. La
novela Cecilia Valdés, o La loma del
Ángel, de Cirilo Villaverde, me apasionó
por su crítica de costumbres coloniales. Aunque
no la estimaba tanto en términos de estilo o
de elaboración literaria -Suárez y Romero
fue mejor prosista-, Cecilia Valdés era
lo que buscaba para observar fenómenos que, a
contrapelo, resultaron fundadores: la esclavitud, la
violencia y el crimen en nombre de la civilización,
la torcida religiosidad criolla, el mestizaje, los problemas
familiares y de la mujer, la economía y de la
cultura cubana antes de las guerras independentistas,
que redondearon nuestra nacionalidad. Cuando me "descongelaron"
-¿vocablo esteuropeo?-, devolví a la imprenta
La fiesta de los tiburones y ya trabajaba en
Contradanzas y latigazos. Fue también
el origen de El bello habano: la influencia y
presencia de Cuba en el mundo. Estudiar para escribir
esos libros fue lo que los españoles llaman "una
gozada". La trayectoria del tabaco me llevaba de
la piratería a los salones, del surco aborigen
y mestizo a las celdas conventuales, de la pintura a
la poesía, del medioevo a una actualidad aromatizada
con humo nicotínico. No es una exaltación
de la fuma, sino un itinerario que implica a monarcas
y rameras, juristas y piratas, negreros y libertadores,
América, Europa, Asia y África. Creo que
algunas de mis mejores páginas están allí.
En Llorar es un placer estudié las deformaciones
a que conduce el alto consumo de mensajes subculturales,
el melodramatismo como enfoque de la vida, la manipulación
del gusto y las inteligencias. También hay un
trozo de la historia de Cuba, desde los mass media,
como había abordado otros desde una novela decimonónica
y desde un central azucarera. El panorama se me esclarecía
a golpes de trabajo. Yo continuaba mi aprendizaje y
dejaba constancia en volúmenes que han recibido
el favor de los lectores, pues agotaron tiradas considerables.
Las variaciones nacen de una incapacidad: no sé
repetirme. Las editoriales preparan reediciones de La
fiesta de los tiburones y de Llorar es un placer.
En la valoración coinciden con universidades
europeas me han invitado a dictar conferencias sobre
esos temas.
Se
habla de la crisis del ensayo literario en Cuba y de
la esquematización estéril del ensayo
histórico, increíblemente en un país
con antecedentes ilustres en estas modalidades del género.
¿Qué opinión te merece esa afirmación?
¿Ya
no se habla de "indigencia crítica"?
No colocaría la palabra "crisis", negada
por la proliferación de textos que salen de las
imprentas, al menos tenemos una cantidad grande, entre
ellos algunos notables, excepciones que afirman la regla.
Pero en general se evidencia la fatiga, la reiteración
de métodos, la falta de imaginación al
escoger y hacer las investigaciones. Hay firmas que
de sólo verlas ya sabemos por dónde vienen,
acogidas al recurso de compulsar datos, citas, matraquear
con lo aprendido, latinazgos de primerizos. Los lastra
la traslación de elementos de la teoría
al ensayo, metalenguaje sin estilo, colmado de neologismos.
Los libros no parecen nacidos de mentes vivas, sino
de troqueles, confeccionados en serie para aseverar
ideas preconcebidas, algunas armadas de las mejores
intenciones, pero machaconas, previsibles. Para indagar
en la historia se requiere esfuerzo y también
imaginación. Si se trata de estudios sobre buenos
escritores, ¿por qué se contentan con
escribir mal de los que escribieron bien? Una sobredosis
de esas lecturas puede dañar el estilo.
En
tu novela Siempre la muerte, su paso breve, hay
una mirada apocalíptica de la realidad. Hay la
recreación de un mundo que, sin dejar de tocar
claves muy nacionales, apuesta por la universalidad
del conflicto y de la historia. ¿Lo crees así?
Al
principio me preocupé por los criterios adversos
que circundaron a mi novela, hasta que le negaron sal
y agua. Ya he dicho que sus ardides técnicos
sedujeron a lectores especializados, mientras otros
señalaron ese apocalipsismo reflejo de la tristeza,
el desconcierto de una generación acosada por
una atmósfera de muerte. Los presupuestos técnicos
le abrieron un camino que encontró eco inmediato
en París, la edición de Gallimard. Al
parecer, trasmití la atmósfera cerrada
que me propuse, una situación límite,
la presencia insoslayable de la muerte en una comunidad
que, a un tiempo, utiliza la muerte como arma para procurarse
mejor destino. Ninguno pudo tildar mi novela de derrotista.
Como sabes, seguí mi camino. Ellos dieron la
vuelta en su tiovivo. En cuanto a lo nacional y lo universal,
creo que el pequeño mundo expresa el macromundo.
Y, al contrario, la obstinación por aderezar
lo "nacional" con una mirada superficial,
genera el pastiche, la caricatura, el "color local".
También
hay quienes señalan una "clara influencia"
de la narrativa de "realismo mágico"
en esa novela que, por la fecha de la mención
en el Casa, debió ser de hechura anterior a la
llegada de esa influencia a Cuba. Creo que también
te sucede con el uso de la segunda persona, que en esa
novela es realmente magistral.
La
crítica inadvertida desconoce fechas, entre las
cosas que desconoce, y junta etiquetas en la misma canastita
de sus desconocimientos. Cuando escribí Siempre
la muerte, su paso breve -¡hace treinta y
cuatro años!-, no había leído los
libros del luego tildado "realismo mágico".
¿No serían antecedente del "realismo
mágico" las novelas de Asturias? Todo eso
importa un comino a los narradores. Mis ardides formales
nacieron de la necesidad del propio texto, lo impuso
la novela, su argumento. Y, allí, la utilización
de la segunda persona. Se me atribuye la introducción
de la segunda persona en la narrativa cubana. No tuve
tiempo de indagarlo. Pocos han notado que él
protagonista de esa novela casi no dialoga, ni entra
en introspecciones o monólogos interiores. Era
imprescindible que le hablara directamente a él
de él. Me inventé un alter ego del narrador.
Mi narrador habla con ese personaje un tanto ectoplasmático
y con el protagonista, a ambos en segunda persona. Me
sirvió para que el lector entrara en el argumento
y en su atmósfera. En cuanto a mis lecturas de
entonces, una de ellas fue el teatro y la poesía
de Bertold Brecht, también sus teorías
para la puesta en escena, lo que el llamó "distanciamiento"
o "extrañamiento", y la distribución
en escenas que concluyen en sí mismas pero establecen
vínculos con el conjunto narrativo. De ahí
la utilización de cuentos casi autónomos,
incluso de un personaje que escribe cuentos que se suman
a la novela. De la fragmentación conformé
la unidad. La mía fue una de tantas novelas que
terminan donde comienzan, enseñanza que saqué
del concepto "pieza teatral" chejoviano. ¿Ves
cuántos disparates dijeron las "aproximaciones
críticas"? Igual las agradezco. Al menos
esos leyeron la novela. Los censores tuvieron oficio
más drástico.
¿Qué
te impulsó a escribir ese clásico del
testimonio cubano que es La fiesta de los tiburones?
¿Recuerdas alguna anécdota sobre su publicación,
su efecto en el lector, o esa misma trascendencia que
menciono?
La
fiesta de los tiburones está entre los libros
que más quiero, quizás porque su nacimiento
fue accidentado. Fue el libro que sacaron de la imprenta,
ya en segundas galeradas, porque su nefasto autor desmereció
en la confianza de los funcionarios de turno, reproducidos
como las chicas del music hall, todas iguales y con
la pierna levantada. Entré en un exclusivo club
de marginados, grupo de notables escritores. Antes fui
a las barracas de un central para ganarme la confianza
de unos viejos obreros azucareros. Ya colectados sus
testimonios, cuidé que el resultado no los alterara,
ni que el conjunto aburriera. No adiviné declive
a que llegaría esa modalidad literaria, que en
los concursos llaman "género", luego
de antecedentes espléndidos en América
Latina y Estados Unidos -allá le llaman "periodismo
cultural"-. Me interesaba contar una experiencia
coral, la comunidad más que el individuo, pero
respetando las individualidades. Mi manía de
investigador tuvo su agosto en la introducción
de las versiones del periódico local sobre los
hechos narrados, en la indagación para elaborar
notas y cronologías. Todo eso nace de mi ansiedad
de conocimiento, mi curiosidad. Eres muy generoso en
llamarlo clásico.
¿Ves
al testimonio como "el género del siglo
XXI", tal cual vaticinan algunos estudiosos en
universidades norteamericanas y europeas?
Ya
esbocé los avatares de la modalidad testimonial
entre nosotros. Algunos de esos libros pueden tener
interés, ojalá que superen los campus
universitarios y los eventos donde predominan intereses
más sociológicos que literarios. No me
atrevo a vaticinarle éxito. La literatura testimonial
ha tenido mala racha con la vulgarización, las
reiteración de los temas, la falta de propósitos
artísticos y otros accidentes. Pero se puede
hacer un esfuerzo, sensibilizar a los organizadores
de concursos y a los jurados para mayor exigencia, que
premien literatura, no trayectorias personales o historias
pero mal contadas. Incluso si el tema es la bondad encarnada,
pero va mal vestida, no convence a nadie. La mayor verdad,
mal dicha, parece una horrible mentira.
Hablando
de la verdad y sus matices: Hay en tus obras una relación
bien directa entre la investigación histórica,
el testimonio, el periodismo y la narrativa de ficción.
¿En qué sentido vinculas los mecanismos
de indagación y de expresión de estas
modalidades tan distintas? ¿Te atreverías
a explicarme eso a través de tus obras?
Recuerda
que vengo del periodismo, donde se requiere sumar datos,
compulsarlos, buscar una forma para entregarlos al lector.
Al interesarme tanto la indagación histórica
y la social, no alcanzo a diferenciarlas, o disfruto
mezclándolas, lo que es un reto. Mi mejor muestra:
Contradanzas y latigazos. Otras son libros como
Cuba, una asignatura pendiente y La ventana
discreta, sumas de ensayos, artículos y conferencias.
No me preocupan las purezas genéricas, sino la
comunicación, seducir a mi lector y que no abandone
la lectura. Si para mi argumentación necesito
introducir un cuento, me acojo a los ardides de la narrativa
y continúo mi reflexión ensayística,
siempre que no se afecte la prosa. Lo hice con alevosía,
premeditación y escalamiento en Llorar es
un placer.
A
mediados de los 90, en una conversación en el
Hotel Santa Clara Libre entre tú, Gumersindo
Pacheco y yo, te escuchamos decir que a la novelística
cubana de hoy le faltaba "el peso de la historia",
que algunos se decían novelistas y no tenían
siquiera el barrage cultural necesario para enfrentar
esa encomienda. Desde entonces a la fecha la eclosión
de la novela cubana es impresionante en todas las promociones
que hoy escriben. ¿Mantienes el mismo criterio?
Me
pones en una situación difícil, opinar
de mis colegas. Ha llovido desde aquel diálogo
y salieron libros que rectifican mi afirmación,
que por largo tiempo fue certera. Surgieron novelistas
con una voz propia, algunos temas ya no parecen troquelados,
nacidos de conversaciones de grupos, con idéntico
formato y enfoque, en ocasiones las mismas historias,
o demasiado parecidas. No soy el más capacitado
para criticar o aleccionar, porque después de
diez libros he concluido mi segunda novela, a mis sesenta
años. Con la primera fui el atrevido joven del
trapecio, a los veintisiete. La novela es un género
de madurez, no sólo literaria, sino de vivencias.
También es una cuestión de cultura. Requiere
de un aliento mayor que el relato breve, el cuento corto,
en ella el ritmo narrativo y la coherencia de las historias
resultan más exigentes de lo que piensa el lector
común. En la actualidad no se puede escribir
una novela si no se es lector de novelas, el oficio
literario también se ha vuelto un asunto de la
información. Hace algunos años se podía
considerar escritor quien acudía a su memoria
y tenía facilidad para narrar, con el riesgo
de que su historia se repitiera en la que se le ocurrió
al amigo cercano, que respira su mismo aire y a su mismo
ritmo. Por el momento nada nos cuesta esperanzarnos,
sin olvidar que un verano está formado por muchas
golondrinas, pero cada una vuela con sus propias alas.
Sin
embargo, una corriente crítica de los últimos
tiempos sostiene que la novela es el arte de contar
con la mayor simpleza, y sin filosofías profundas,
una historia humana. Que el mundo actual no está
dispuesto a seguir soportando aquellas "novelas
universos" estilo La guerra y la paz, La
montaña mágica, Doktor Faustus.
Cierto,
luego de muchas peripecias narrativas, la novela ha
vuelto a lo que llamas simpleza, pero, atención,
ya no es la misma. Recordemos a un escritor como Thomas
Mann, que acudía a unas pocas pinceladas para
recrearnos el paisaje y el ambiente de Muerte en
Venecia, transmitir la tragedia colectiva de la
peste y las agónicas peripecias del profesor
que se enamora del adolescente. Quien hoy desee situar
una historia en Venecia, deberá esforzarse no
sólo para "darnos" Venecia, sino la
Venecia que él desea creíble, la suya,
en conjunción con su argumento. No se trata de
atiborrar la página con descripciones. Preguntémoslo
a Sergio Pitol, que ha situado en Venecia excelentes
narraciones, con sugerencias de envidiable sabiduría.
Tras esas novelas "simples" hay gran oficio,
y lecturas que avisan sobre lo ya hecho y lo que de
ninguna manera se debe hacer. Quedó atrás
la experimentación gratuita, malabarismos para
asombrar a quien ya no se asombra. La elaboración
de la novela marcha con el lector, que ya no se solaza
con truquitos de escuela, reclama que en la novela "ocurran
cosas", sin que eso le reste profundidad en las
ideas. El lector de novelas hoy, más que nunca,
es lector de anécdotas. Nadie compra el libro
equivocado: si tiene el rótulo novela, no espera
lecciones de filosofía que por el intento de
pasar trucada ya es sospechosa. Hubo un tiempo en que
los filósofos utilizaban la novela y el teatro
para explayar sus teorías, pero en general eran
pésimos narradores, dramaturgos palabreros. Nadie
valora a Sartre, hoy, como un novelista siquiera atendible,
aunque en su momento escribió La náusea,
Los caminos de la libertad, El muro y
otros libros vendidos como novelas con observaciones
existencialistas, una sopa de letras. Hoy el pensamiento
es pensamiento, la novela es novela, incluidas sus variaciones
como novela histórica, policíaca, etcétera.
Lo contrario es intento de pasar gato por liebre.
¿Y
qué opinión te merece el cuento cubano?
Lamento
decir que no estoy tan informado como quisiera de los
destinos de nuestra narrativa breve. He leído
algunos libros, por supuesto, pero no me considero un
lector de cuentos actualizado. Admiro la apropiación
de terrenos que antes estaban vedados, incluso me pregunto
si no resultará excesiva la insistencia en temas
considerados engorrosos, por temor de "quemarlos",
abaratarlos, y que pierdan significación.
Mercado
y Literatura. Eres un escritor bastante publicado en
el exterior. ¿Consideras saludable, como lo piensan
otros intelectuales del patio, el hecho de que los escritores
cubanos AÚN no estén TAN sometidos al
mercado internacional del libro? ¿Qué
ves perjudicial entonces en el hecho de no estar metidos
en ese mercado, como sí lo están otros
países: México, Argentina, también
de una sólida literatura?
¿Qué
tiene de saludable el aislamiento? ¿Para preservar
qué virginidad? ¿Quién afirma tal
cosa? Con esas ideas se municipaliza la literatura.
Sería como encerrar la música cubana.
El auge actual no le llegó cuando la encerraron,
sino cuando el auto bloqueo les dejó abierta
la vía a la divulgación para afrontar
el otro bloqueo. El aislamiento sólo contribuye
a la pérdida de sentido, de diálogo, de
competencia. La concurrencia permite la confrontación,
medirse, no depender del juicio estrecho del funcionario
que no contribuye al desenvolvimiento de nuestra literatura
pero se pavonea de cumplir las consabidas metas. Ya
quisiera yo que un libro mío deviniera exitoso.
Si pierde la calidad, es mi problema y mi responsabilidad.
Los asuntos del mercado literario dependen de muchos
factores, casi todos ajenos a la literatura, aunque
los malos libros no los vende nadie. En Cuba faltan
agentes que no sólo agarren lo publicado y salgan
a venderlo por el caminito trillado, incapaces de abrir
el abanico de interlocutores. Poseen un diccionario
de pretextos para justificar la inacción, se
atienen a los nombres conocidos, a los géneros
que "se venden solos", a libros políticos
hasta que devienen fiambres. Falta entre nosotros el
agente-amigo, que establece un vínculo muy cercano
al autor, interesado en sus proyectos, le mantiene informado
de las circunstancias predominantes en la industria
cultural actual. Tenemos una sola agencia literaria
y no ha ganado la confianza de todos los autores. Algunos
que "venden fuera" se manejan ellos mismos,
o han buscado agentes extranjeros, conocedores del terreno.
No me hables de celdas monacales benefactoras, que no
existen. Nuestro panorama, con las actuales estructuras,
no es esperanzador.
Al
parecer, has abandonado el cuento, pues a partir de
la publicación de Miel sobre hojuelas
tus publicaciones han sido en el terreno del testimonio,
la novela, e incluso, la biografía. ¿Puedes
darme algunas razones?
Ni
yo mismo me lo explico. Ha dejado de interesarme en
el plano personal, para escribirlos, pero los disfruto
si están bien construidos. Ya en mi primera novela
los cuentos aparecen como integrantes de un conjunto.
Algunos antologados en diferentes países, en
particular "Elvira en su blusa roja", de gran
éxito. Pienso que arribar a la novela, que es
un género de gran complejidad y exigencia, se
te convierte en una meta, casi una obsesión.
Ya sé que algunos tienen en el cuento su respiración,
y proponerles la novela sería violentarlos. Hace
poco García Márquez nos habló de
dos libros de cuentos en los que trabaja al unísono,
alternándolos con sus memorias, ya vemos que
no es asunto de novatos. En 1993 escribí un relato,
"La mujer impenetrable". Ganó el Premio
"Juan Rulfo" de Radio Francia Internacional.
Lo llevó a escena el realizador cinematográfico
Orlando Rojas y me reveló aspectos casi mágicos
de mi texto. Como me gusta la narración breve,
no te sorprenda que alguna vez vuelva por esos rumbos.
Un
viejo amigo español, escritor también,
me expuso una vez una teoría sobre las tipicidades
que cada país mostraba como joyita para la curiosidad
del extranjero. En el caso de Cuba hablaba de tres:
el ron, el tabaco y el Che. Curiosamente, otras de tus
búsquedas creativas se hallan en el campo de
la biografía: Primero una bien conocida sobre
el Che y ahora sobre el tabaco. Creativamente, como
escritor de otros géneros, ¿qué
te atrae de este?
Mi
generación conoció la trayectoria del
Che en su momento, antes de que llegara a logotipo de
camisetas deportivas, y me duele que se le paree al
ron y el tabaco. El libro a que te refieres, Che
comandante, nació a la semana de su muerte,
no fue sólo mío, sino de un colectivo
de autores, una entrega especial de la revista Cuba.
Ninguno de nosotros lo hubiera escrito solo. Estábamos
en la ebullición del sentimiento guerrillero
y del dolor por su pérdida. Recuerdo que mi último
fragmento lo terminé al amanecer, junto a Roque
Dalton, apuntalados por una botella de scoth,
mientras González Bermejo esperaba en la redacción,
apremiado por la entrega inmediata. Luego escribí
otros capítulos y salió en Ediciones Diógenes,
de México, que dirigía Enmanuel Carballo,
donde agotó nueve o diez ediciones. Visto desde
hoy, cuando tantas cosas se conocen de los acontecimientos,
parecerá ingenuo. No lo he vuelto a leer. No
es que prefiera escribir biografías -sí
leerlas-, pero a nada me niego, al final todo me interesa.
Una de las tareas más difíciles para un
escritor es adquirir informaciones complejas y organizarlas
sin que resulten una friolera de datos. En ese sentido,
El bello habano fue una prueba. Ambos libros
fueron trabajos diametralmente opuestos. En mi trabajo
periodístico, con seudónimos o sin firma,
hice de todo, incluida una crónica sobre la inseminación
artificial que Meri Lao recogió en su sabroso
libro Cuba ride, en Italia, sin saber que era
mía. Contaba el descalabro de un inseminador
con una vaca que cayó en "falso celo"
porque se enamoró de él, se ponía
cachonda cuando se acercaba en el sidecar.
Otro
asunto: Confesaste en un encuentro de narrativa en Sancti
Spiritus que te fascinaba la novela picaresca. ¿En
qué sentido tu última novela, Al cielo
sometidos, premio Italo Calvino acá en Cuba
y ahora publicada en Italia, sigue los pasos de esa
casi ancestral tradición hispana? ¿Qué
puntos unión tiene con tu obra anterior y con
el asunto "lo cubano"?
Mi
relación con la picaresca es muy vieja, en apasionadas
lecturas y hasta en mi enfoque de la cotidianidad. Si
aprendes a tener una visión pícara de
algunos sucesos, esquivas el agobio. La picaresca literaria
le abrió compuertas impensadas a la narrativa
española. Arribó a nuestras playas en
las naves de Cristóbal Colón. Existe una
línea picaresca en nuestros escritores, ya criollos,
cuando tuvieron voz propia, para zafarse el fardo eclesiástico
y el empaque ceremonial de la colonia, su burocracia
ineficaz, el almidón llevado a las costumbres.
La picaresca animó el desarmante choteo de que
nos hablara Mañach, la prosa periodística
y hasta los discursos de Raúl Roa. Palpita en
buena parte de lo escrito por Carpentier, que la valoró
mucho. Su Concierto barroco es un juguete picaresco
logradísimo. Tras el parabán culterano,
Lezama mostró su lado pícaro en largos
fragmentos de Paradiso, carcajada sardónica
que asoma en sus metáforas, incluidas las escenas
sexuales que inquietaron a los pacatos. Sin una valoración
de la picaresca no se podría entender Electra
Garrigó, de Piñera. El condimento
picaresco le aporta subrayado a las novelas policíacas
de Padura Fuentes, las rocambolescas maratones sexuales
de Pedro Juan Gutiérrez. Es decir, entre los
escritores cubanos lo picaresco condimenta lo uno y
lo otro. Tanto en Siempre la muerte, su paso breve
como en La fiesta de los tiburones, es el elemento
que rompe el dramatismo o que caracteriza los personajes.
En Al cielo sometidos he querido rendir homenaje
a la línea picaresca de la literatura, al tratar
un tema particularmente español: la austeridad
de Isabel la Católica y el horror inquisitorial
de Torquemada, vistos desde un burdel. Me ha servido
la recreación de un lenguaje sabichoso, sentencioso,
de doble sentido, sin que pierda hondura, pues, a fin
de cuentas, no es una comedia, sino lo contrario. La
picaresca, en este libro agarrada como el toro, por
los cuernos, se vincula a cuanto he escrito hasta ahora.
En
los últimos tiempos se habla bastante, y creo
que muchas veces con absoluta superficialidad, de la
identidad nacional defendida desde la cultura en una
época donde se impone el lenguaje de la globalización
(término que también, usualmente, tiende
a analizarse desde una sola perspectiva: la fatalista).
¿Hasta qué punto puede incidir un escritor,
un intelectual con su obra, en la defensa de esa identidad,
sobre todo si seguimos o nos oponemos al criterio de
algunos de que esa defensa tiene que ver muy poco con
lo individual y sí demasiado con una estrategia
social, en este caso en el terreno de la cultura?
El
asunto de la identidad va más allá de
ceremoniales grandilocuentes y declaraciones altisonantes.
El mejor modo de defenderla es vivirla. Conozco a quienes
molesta el pueblo cubano, sus expresiones, lo aprecian
poco, pero se lanzan en parrafadas sobre la defensa
de la identidad. ¿De cuál identidad me
hablan? ¿Cómo representar una cultura
que no se vive? Y claro que el asunto de la identidad
es completamente individual. ¿Será de
"la masa" acaso? Esa masa está hecha
de individuos. Sí, por supuesto que hay demasiada
cáscara en el parloteo sobre la identidad. El
aporte del escritor nacerá de sus páginas,
no de sus discursos para la galería. ¿Cómo
defender la identidad cubana? Siendo realmente cubano.
Eso significa vivir Cuba, gozar y padecer con ella,
en ella, sin pretender un iluminado alejamiento de la
realidad, y estar avisado ante los impostores. El escritor,
antes que todo, es un individuo, un ciudadano.
La
escritura es un don y un castigo, aseguró Whitman.
¿Cómo ha asumido el ser humano que es
Reynaldo González al escritor, al intelectual
que es Reynaldo González?
A
nuestra edad hemos comenzado un nuevo romance, como
una reconciliación, para dejar de ser tres y,
al fin, fundirnos en uno solo.
La
Habana, 22 de agosto de 2001
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