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Toda antología es un disparo al vacío, una
provocación a la posteridad. El ensayista cubano
Jorge Luis Arcos se las jugó todas poniendo en
blanco y negro su parecer sobre la lírica de este
país de poetas en Las palabras son islas
(Editorial Letras Cubanas, 1999) libro ancho, cuidado,
riguroso y enorme con que La isla en peso quiere
inaugurar su Estación crítica. Aquí
reproducimos íntegro el ensayo que abre el volumen,
donde el antologador muestra sus herramientas. Le siguen
las valoraciones de Enrique
Saínz así como de dos de los poetas
incluidos en la selección (Norge
Espinosa y Marilyn Bobes).
Mientras el devenir se pronuncia, están los juicios
de los vivos que hacen, sienten y padecen la poesía
que siempre ha sido la isla en versos.
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Las
palabras son islas. Introducción a la poesía
cubana del siglo XX
Jorge Luis Arcos
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Las
palabras son islas
fabulosas, dispersas
en el mar del silencio.
Sólo las carabelas
de
la muerte devoran
la distancia entre ellas.
No escribimos: zarpamos
por la página abierta
...
a lo desconocido.
El poema es la estela.
Las
palabras son islas
Orlando González Esteva
La
poesía cubana del siglo XX comienza marcada por
dos grandes ausencias: José Martí y Julián
del Casal. En el terreno propiamente literario esas
ausencias producen un vacío de calidad, de plenitud
expresiva, aunque a la postre sus ascendencias creadoras
se dejen sentir a todo lo largo de la centuria, encarnando,
a veces compleja y polémicamente, verdaderos
paradigmas del creador. Sólo otro poeta cubano,
José Lezama Lima, ha podido alcanzar una presencia
tan profunda y fecundante en la poesía cubana
como la de sus precursores finiseculares.
Martí, que había iniciado la renovación
modernista en lengua española y acaso el mayor
escritor -junto a Rubén Darío- de la modernidad
iberoamericana, muere en 1895 luchando por la independencia
de Cuba, pero es casi un desconocido como poeta
para sus coetáneos. Casal muere también
prematuramente en 1893. El incipiente grupo modernista,
nucleado en tomo suyo, se difumina pronto: Juana Borrero
muere tísica en el exilio en 1896, apenas con
diecinueve años; Carlos Pío Uhrbach, durante
la guerra, un año después. Los otros seguidores
no son capaces de producir una obra poética a
la altura de sus predecesores, por lo que el modernisno
cubano se atomiza en figuras aisladas -Bonifacio Byrne,
René López, entre los de mayor calidad-,
en poetas menores, y prevalece lo más externo
del movimiento, a la vez que acaece cierto resurgimiento
de un extemporáneo romanticismo y de una poesía
civil, elocuente y elegíaca, sumida en la añoranza
de una plenitud histórica, transida por un sentimiento
de lo imposible en el presente, y minada por un hondo
escepticismo hacia el futuro, como puede observarse
explícitamente en zonas de la poesía de
Agustín Acosta y Felipe Pichardo Moya.
Esta problemática literaria guarda una cierta
relación con los acontecimientos políticos
en que se ve envuelto el país desde la segunda
mitad del siglo XIX. La guerra de independencia frente
al colonialismo español, frustrada por la intervención
norteamericana en la contienda, trajo como consecuencia
la instauración en 1902 de una República
neocolonial. Una arrasadora conciencia de frustración
se extiende por la poesía cubana, pero en poetas
que no poseen la intensidad creadora de Casal -ni siquiera
para expresar como él el reverso desencantado
y profundo de su realidad-, ni mucho menos la de Martí,
desde su muerte el centro nupcial de la historia y la
realidad cubanas. En Casal se plantea además
la contradicción entre la búsqueda de
plenitud en una belleza imposible o inalcanzable y su
circunstancia hostil. Sin embargo, acaso por la persistencia
y la recurrencia de las frustraciones y los imposibles
históricos, durante la República la impronta
casaliana, en cualquiera de sus muchas y variadas manifestaciones,
constituirá una de las notas de continuidad dominantes
en la poesía cubana hasta 1959, tendencia que
ha resurgir en las dos últimas décadas
del presente siglo.
En
este sentido, Casal fue la gran figura canónica
de fines del XIX y principios y finales del XX. Su irradiación,
aparte de la que tuvo en el modernismo finisecular, donde
fue decisiva, alcanza a Regino E. Boti y, sobre todo,
a José Manuel Poveda -este último le dedica
su Canto élego-, y aún a Rubén
Martínez Villena y José Z. Tallet. Pero
¿cómo entender el exotismo lírico
de Regino Pedroso, el intimismo simbolista de Dulce María
Loynaz, la sentimentalidad poética de Eugenio Florit,
el acendrado y solitario purismo de Mariano Brull -también
minado de un raigal imposible-, o el neorromanticismo
de Emilio Ballagas, e incluso la veta entre romántica
y modernista de una zona de la poesía de Nicolás
Guillén, sin un antecedente como Casal? Habrá
que plantearse algún día el misterio
de por qué ha sido mayor la impronta casaliana
-al menos literaria y cuantitativamente- que la martiana
en nuestra poesía, siendo no obstante Martí
nuestro mayor escritor y, en consecuencia, el problema
y el paradigma literario más grandes de nuestra
cultura.
Ningún escritor cubano, ni siquiera Alejo Carpentier
o José Lezama Lima, ha podido superar la multiplicidad,
la profundidad y la intensidad cognoscitiva de Martí.
Si aplicáramos, por ejemplo, los presupuestos teóricos
generales que expone Harold Bloom para la determinación
de un escritor canónico, Martí sería
nuestro Shakespeare, aunque acaso más exactamente
nuestro Montaigne (aunque, claro está, Martí,
para nosotros, es mucho más). Tanto
es así que incluso Casal queda subsumido dentro
de Martí. No por gusto el grupo Orígenes
vuelve a plantearse el problema de Martí y el problema
de Casal. Pero es como si el influjo martiano sólo
operara profunda e invisiblemente. Donde se hace más
evidente es en la preeminencia de su pensamiento crítico
e incluso poético, acaso porque su prosa, mas allá
del valor tan operante de sus ideas, no tiene paralelo
dentro del ámbito del idioma. Fue su prosa, por
ejemplo, más que su poesía -que sólo
conoció parcialmente-, la que influyó notablemente
en Darío. Por otro lado, sus Versos libres
y Versos sencillos, ¿podían haber
sido imitados? Pregunta similar podría hacerse
con la poesía de Lezama Lima. Y sin embargo son
dos escritores de una singularidad fecundadora. La presencia
más unilateral de Casal es sin embargo más
frecuente y explícita. La de Martí puede
detectarse, por ejemplo, en ciertas intuiciones líricas
de Regino E. Boti, en cierto pathos de Rubén
Martínez Villena, en ciertas recreaciones y apropiaciones
de lo cubano, y de la realidad en general, de Cintio Vitier,
Fina García-Marruz y Samuel Feijóo, y, más
recientemente, de Roberto Fernández Retamar, Raúl
Hernández Novás y Ángel Escobar.
Sin embargo, la de Casal, está en todos ellos y
en muchos poetas más. "Respiro a Casal",
exclama García-Marruz dentro de la atmósfera
simbólica de Las miradas perdidas. La propia
García-Marruz, Lezama Lima, Lorenzo García
Vega y Vitier estudiaron con profundidad su obra. Asimismo,
es conocida la dedicación de Vitier y García-Marruz
al estudio de la obra y el pensamiento martianos. Mas
si acaso fue Octavio Smith el más casaliano de
los origenistas, un poeta como García Vega tiene
en Casal un antecedente como poeta del reverso, y en este
sentido el autor de Nieve también dejó
su impronta en Elíseo Diego. Hay cierto pamasianismo
profundo, a veces incluso amargo, en Smith y en Diego,
de ascendencia casaliana. Es que, más que una influencia
puntualmente literaria, Casal encarnó como poeta
algunas de las constantes ideotemáticas, algunas
de las actitudes esenciales frente a una circunstancia
hostil, frente a un imposible histórico u ontológico,
algunas de las tendencias psicosociales que han calado
más hondo en el pensamiento, en la conciencia poética
cubanas. Lo casaliano, como lo martiano, es un tópico,
y más: una actitud, un pathos, una manera
de vivir y de escribir, una cosmovisión incluso.
Precisamente por todo lo anterior, y más allá
de sus enormes diferencias externas, es entre Casal y
José Lezama Lima que se puede establecer una relación
más profunda, aunque, simultáneamente, acaso
no haya otro escritor cubano que haya sentido y asumido
de manera consciente la irradiación profunda de
José Martí.
Con
posterioridad, lo casaliano ha continuado presente en
la poesía cubana. Si ya estaba en cierta sentimentalidad,
cierto romanticismo cierto escepticismo, cierto reverso
profundo de la poesía inicial de Virgilio Piñera,
continuó presente en su poesía posterior
a 1959, como en la de Eliseo Diego y en la de Lezama -repárese
en su Oda a Julian del Casal y, sobre todo, en una zona
de su Fragmentos a su imán (1977). Pero
no es hasta la poesía de Raúl Hernández
Novás y de Ángel Escobar que Casal vuelve
a encontrar unas sensibilidades muy afines, y tanto que,
por ejemplo, al morir Hernández Novás, García-Marruz,
parafraseando a Fernández Retamar, pudo afirmar:
"él era otra vez Casal". Lo mismo, aunque
en menor medida, podría decirse de otros poetas
de la segunda mitad o fines del siglo. Entonces, es pertinente
hacerse esta pregunta: ¿debería haber comenzado
este panorama con una muestra de la poesía de Martí
y Casal?
No tengo una respuesta a esta pregunta. Ellos son la culminación
del XIX cubano, siglo al que pertenecen cronológicamente,
pero poéticamente son nuestros padres, nuestros
precursores. La duda se hace más intolerable con
Martí, cuando uno siente que, junto a sus versos,
faltaría la poesía de su prosa: fragmentos
de su diario, de crónicas, de críticas,
de discursos, de sus cuadernos de apuntes, y, sin embargo,
¿cómo antologar su vida? No sólo
es la letra lo que permanece de Martí y de Casal.
Vale entonces dejar en el aire esta pregunta, que también
se la ha hecho Fernández Retamar. Valga, pues,
esta rápida digresión sobre lo casaliano
y Io martiano siquiera sea para indicar una de las problemáticas
esenciales de la poesía cubana del siglo XX.
Regresando al modernismo cubano, hasta la publicación
de Arabescos mentales (1913), de Regino E. Boti,
no es que la necesaria renovación modernista comienza
a manifestarse. Pero es una renovación tardía,
cuando ya el modernismo hispanoamericano había
dado sus mejores frutos. Sin embargo, la propuesta estética
que lleva implícita o explícita la poesía
y el pensamiento de Boti, tiene la virtud de rearticular
la poesía cubana dentro de las corrientes de la
contemporaneidad, aún cuando se observe una distancia
entre la actitud y el proyecto creador del poeta, y su
propia praxis creadora, como sucede también con
José Manuel Poveda, quien publica en 1917, con
sugestivo título, Versos precursores, sumándose
a la corriente renovadora iniciada por su coetáneo.
Una vez cumplida la oportuna reacción frente a
la lírica menor de ascendencia modernista y, sobre
todo, frente a la existencia de una poesía romántica
sin ninguna fuerza creadora, lo que sobresale como ganancia
estética fundamental tanto en Boti como en Poveda
es su potencia de futuridad, luego de haber reconstruido
las bases de una tradición poética interrumpida
o venida a menos.
En primer lugar, ellos realizan, como observó Cintio
Vitier, "el rescate del sentido de la Poesía
como creación verbal autónoma", una
concepción que se acerca a los postulados de la
poesía pura y, por ello, precursora de hallazgos
y modos de importantes frutos posteriores en la historia
de la lírica insular, que tienen su colofón
en la poesía de Guillén y, sobre todo, del
grupo Orígenes; asimismo, ellos dotan a la poesía
de una autoconciencia, de un pensamiento sobre y desde
la poesía misma, amén de cierto trasfondo
filosófico, especialrnente Poveda; pero, además,
esa conciencia de la relativa autonomía poética,
imbrica a la poesía cubana dentro del ámbito
creador de la vanguardia, de la que Boti y Poveda son
notables precursores en el ámbito nacional. Tal
es el caso sobre todo de Boti, con sus libros Kodak-Ensueño
(1929) y Kindergarten (1930).
Todas las líneas inmediatamente posteriores de
la poesía cubana están de algún modo
anticipadas en el gesto creador de ambos poetas: la poesía
pura, la negra y la social; e incluso una sensibilidad
de lo cubano y una penetración de la realidad,
de acendrada profundidad y estilización, como es
el caso del poema El café, de Boti. En ellos,
pues, están de cierta manera recuperadas las ganancias
expresivas y, sobre todo, de sensibilidad, de José
Martí, y, fundamentalmente, de Julián del
Casal, su reconocido precursor. Si Boti intensifica el
parnasianismo casaliano, la búsqueda de belleza
rara de ascendencia modernista, incluso esos sus chispazos
cubanísimos en la captación de nuestra realidad,
que recuerdan a Martí, Poveda acentúa el
simbolismo y el nihilismo profundo de su antecesor, mediado
por cierta veta nietzscheana y decadente, a la vez que
se observa en no pocas de sus prosas poéticas,
en la intensidad de sus obsesiones, y en su afectiva elocuencia,
la ascendencia martiana. Pero todo ello lo hacen ya en
otro tiempo, por lo que sus credos estéticos van
a proyectarse también hacia las corrientes de la
vanguardia. Ellos no pudieron realizar la modernidad alumbrada
por Martí y Darío, pero marcaron un hito
decisivo en el tránsito hacia ella. Es por todo
esto que sus obras se nutren también de muchos
elementos de la reacción postmodernista.
La crítica ha situado el inicio del provisorio
vanguardismo cubano a partir de 1923. Aunque desde aquella
fecha y hasta 1935 se indica la etapa vanguardista cubana,
en realidad tal parece que entones se transita de un postmodernismo
hacia lo que se conoce como un postvanguardismo. Dentro
del postmodernismo acaso no haya un autor más representativo
y fecundante que Z. Tallet, cuya obra poética no
se publicó, lamentablemente, hasta 1951, en La
semilla estéril. La crítica ha insistido
en el tránsito hacia la vanguardia que se constata
en Tallet, pero en realidad, literariamente, su lenguaje
es típico de la reacción antimodernista
y, por lo tanto, queda preso, en cierto modo, dentro de
su ámbito, y a la vez da muestras de una nueva
sensibilidad. Resulta imposible encontrar elementos de
verdadero peso creador o renovador que puedan emparentar
en profundidad la poética de Tallet y su propia
praxis con el movimiento vanguardista, sobre todo estéticamente.
Lo mismo sucede con Rubén Martínez Villena,
muy apegado incluso a cierta elocuencia retórica
de filiación romántica y a un lenguaje modernista,
si bien sus dotes como poeta eran extraordinarias, pero
murió joven. Lo que los excepciona a ambos, más
allá de sus calidades literarias, es su actitud
creadora, algo similar a lo ocurrido con Boti y con Poveda,
si bien con expresiones diferentes. El prosaísmo
irónico y sentimental se vincula en aquellos a
una profunda conciencia ideológica, que se resuelve
en un sobrecogedor escepticismo en Tallet., y en un agónico
sentimiento de lo imposible en Villena. No es la poesía
social de Villena lo mejor de su producción lírica,
por lo demás muy parca, sino sus típicos
poemas postmodernistas, como Insuficiencia de la escala
y el iris, aunque haya escrito un texto como El
gigante, que recuerda la intensidad de Versos libres,
de Martí. Si en Casal, y después en Boti
y Poveda, se sufrió el imposible, en Villena
existe una lucha contra el mismo, como si se debatieran
en su seno la ascendencia casaliana y la impronta martiana,
amén de que todos estos poetas padecían
una misma circunstancia histórica. Tallet, sin
embargo, sí deja al menos tres textos de una importancia
capital para nuestra expresión; dos de ellos, por
la descendencia que tendrán en la poesía
cubana como antecedentes, incluso, del prosaísmo
y el conversacionalismo (o coloquialismo) predominantes
en la época de la RevoIución: tal es el
caso de Elegía diferente y Proclama
-hito también dentro de la poesía social,
como síntomas profundos de un momento de acendrado
pesimismo histórico-; y otro, Estrofas azules,
por su perfección literaria, por su coherencia
con la estética del postmodernismo, y por la expresión
de una sentimentalidad que se reiterará en el neorromanticismo
cubano. Tallet, además, se convirtió, de
nuevo, en un contemporáneo, por sus profundas afinidades
con el canon conversacional.
¿Cuáles fueron los libros propiamente vanguardistas
de la poesía cubana? Uno sólo, sin notable
repercusión creadora, Surco (1928), de Manuel
Navarro Luna, algunos elementos novedosos de Kodak-Ensueño
y Kindergarten, de Boti; y el maquinismo
de Salutación fraterna al taller mecánico,
de Regino Pedroso. No innovó el vanguardismo cubano
en su zona formal, estilística, ni tuvo esa profundidad
en su expresión y en su pensamiento que reclamara
para la poesía de vanguardia César Vallejo,
en la antológica y severa crítica que hizo
del vanguardismo. De ahí que se insista en el carácter
provisorio, temporalmente, y precario, estéticamente,
de este vanguardismo, e incluso se recurra a otro tipo
de discurso, el político o social -donde fue más
auténtico-, para caracterizarlo. Ese vanguardismo
profundo se alcanza, después, en la veta surrealista
y onírica de Corcel de fuego (1935-1945)
(1948), de Félix Pita Rodríguez, en algunos
textos de Samuel Feijóo, y en la obra de Virgilio
Piñera, y, sobre todo, de Lorenzo García
Vega, acaso el más ortodoxo de nuestros vanguardistas.
Otros poetas, como Ezequiel Vieta, el primer Fayad Jamís,
José A. Baragaño, cierto Roberto Branly,
Luis Rogelio Nogueras, Magaly Alabau, Lina de Feria, Octavio
Armand, Ángel Escobar, y algunos poetas muy recientes
como Carlos A. Alfonso, Rito Ramón Aroche, C. A.
Aguilera y Ricardo A. Pérez, entre otros -cabría
incluir, con un sentido muy amplio, a Rolando Sánchez
Mejías y Pedro Marqués de Armas, quienes,
junto a Rogelio Saunders y los dos últimos poetas
mencionados anteriormente participan del grupo literario
Proyecto Diáspora, de escritura alternativa, desde
1993-, pertenecen, de manera general, en todas o en algunas
zonas de su obra, y con expresiones en cada uno diferentes,
a ese linaje creador.
Por otro lado, Villena y Tallet, si bien articularon la
poesía con su contexto histórico de una
manera más profunda que las demás manifestaciones
de la llamada poesía social o civil, de tema histórico
o patriótico, produciendo, sobre todo en el caso
de Tallet, una auténtica poesía de repercusión
social, e iluminando una nueva relación del poeta
con su circunstancia, no desarrollaron, como habían
intentado Boti y Poveda, una conciencia crítica
y autocrítica del hecho creador, no insistieron,
como fue característico de la época, en
la autonomía poética y en la autoconciencia
de la poesía, sino que más bien ofrecieron
con sus obras un auténtico testimonio del estado
de la conciencia social cubana. Boti y Poveda trataron
de dotar a nuestra poesía de una tradición,
es decir, una tradición viva que religara su historia,
su praxis, su pensamiento, con las corrientes estéticas
contemporáneas. Villena y Tallet encarnaron, además
de la clásica reacción posmodernista, la
intensificación de una de las apetencias de aquellos:
la de la imbricación profunda del poeta en su circunstancia.
Pero todas estas reacciones, actualizaciones, búsquedas,
nuevas relaciones, anticipaciones, van a propiciar que,
luego del fracaso de la revolución del 30 -lo cual
acentuó, de nuevo, el pesimismo en la conciencia
colectiva de la nación, reforzando el sentimiento
de pérdida de finalidad histórica-, la lírica
conozca un período de esplendor y de madurez expresiva
que dominará las tres últimas décadas
de la República, período que se inserta
-con denominación de Fernández Retamar-
dentro del llamado postvanguardismo.
Tres son las vertientes que se desarrollan después
de la efímera pero fecundante experiencia vanguardista
y aun dentro de ella misma, así como resultado
de la propia traslación poética insular:
la poesía pura, la negra y la social -aunque conviven
con otras vertientes neorrománticas, postmodernistas
e intimistas. La pura, acaso la más renovadora
desde el punto de vista expresivo, es la encarnada por
la obra, de excepcional consecuencia, de Mariano Brull,
quien, luego de un primer libro ubicable dentro del intimismo
lírico, no abandonó más aquella poética,
Io que lo convierte en uno de los exponentes cimeros de
esta vertiente lírica en el ámbito iberoamericano.
Con Brull la poesía cubana ensayó una aventura
intelectual y verbal que se tensó hasta sus extremos,
porque lindaba con un imposible, con la búsqueda
de un absoluto: el de la poesía como reino autónomo,
idealmente independizada de toda anécdota, efusión
sentimental o intelectual, es decir, la poesía
se alejaba de todo conocimiento de la realidad, como si,
con sólo revelar su ser, mostrara una realidad
otra, suficiente, arquetípica; abstracción
poética de imposible realización práctica,
como reconociera hasta el propio Paul Valery, pero que
sirvió para estilizar y tensar el lenguaje poético
hasta confines expresivos no alcanzados antes, y todo
ello a través de una severa experimentación
formal y un hondo ascetismo intelectual, lo cual, como
todo extremo, ayudó a deslindar, sesgadamente,
la poesía de todo lo que no fuera ella misma, esto
es, de cierta preeminencia de funciones que se estimaban
ancilares al menester poético, en saludable disección
expresiva en un contexto contaminado de retóricas
pseudopoéticas, de elocuencias verbalistas, o de
epigonales reproducciones románticas, modernistas
y vanguardistas. Asimismo, aquella vertiente se enriqueció
con el purismo sensual de una zona de la poesía
de Emilio Ballagas y con el purismo más intelectual
de Eugenio Florit. Se cumplía así con otra
de las apetencias de Boti y Poveda, y se sentaba un importante
precedente para la poesía posterior, fundamentalmente
para la del grupo Orígenes.
Sin la importante renovación expresiva de Boti
y Poveda, sin la profunda articulación de la poesía
con su circunstancia que realizaron Villena y Tallet,
sin la estilización lírica de Dulce María
Loynaz y sin la intensificación de la relativa
autonomía poética por parte de la poesía
pura, tampoco podría concebirse la cristalización
de todas estas características en la obra poética
de Nicolás Guillén, acaso el poeta cubano
-junto a José Lezama Lima- más importante
del siglo en Cuba. La poesía negra -también
anticipada por Poveda con su El grito abuelo- se
nutre de importantes hallazgos formales del purismo -la
jitanjáfora, creación de Brull es un
ejemplo.
Repárese
en que esta poesía fue sobre todo una aventura
verbal, además de una moda epocal. Muchos poetas
incursionaron en ella, pero ninguno -con la excepción
de Ballagas, y algunos poemas, como La rumba, de
Tallet, o Sexteto, de Guirao-, con la autenticidad
y la plenitud expresiva de Guillén -que se torna
en este sentido un poeta canónico, paradigmático-,
pues la hace transitar de sus pintorescos, externos, costumbristas
poemas de Motivos de son (1930) -que, se insiste,
valen más por su musicalidad, su ritmo, sus aportes
formales que por su contenido explícito-, hacia
sus inigualables poemas cosmogónicos -Sensemayá,
por ejemplo-, o hacia su acendramiento social, incluso
político, que alcanza su colofón en su Elegía
a Jesús Menéndez (1951), paradigma de
la llamada poesía social cubana, en este caso de
una espléndida plenitud expresiva, a la altura
de lo mejor de la poesía de la lengua.
Pero el aporte decisivo de Guillén es su descubrimiento
formal, estilística, de la imbricación del
ritmo del son musical cubano dentro del lenguaje poético.
Una intuición lírica como esta no se realizaba
desde Versos sencillos, de José Martí.
Precisamente Guillén, como antes Martí,
accede a una intuición estética de lo popular
universal. Más que su poesía ortodoxamente
negra, sobresale en Guillén el hallazgo de una
poesía otra: él la llamó mulata
-al igual que Fernando Ortiz-, es decir, mestiza,
eufemismos en definitiva de lo que constituye su verdadera
singularidad: cubana, o, en última instancia,
guilleniana, y que tuvo su estilización
mayor en su ya clásico y universal poema Iba
yo por un camino, como otros de EI son entero
(1947). En Guillén, poeta en la estirpe de Federico
García Lorca y Pablo Neruda -como ambos de Darío-,
se aprecia la asimilación creadora de la tradición
poética hispánica, del mejor modernismo
iberoamericano, y de las conquistas de la vanguardia,
lo cual -junto a su intuición de lo popular universal-
se traduce en la solución de los falsos dualismos
entre lo culto y lo popular, entre lo universal y lo nacional,
o, incluso, de la falsa dicotomía, a nivel expresivo,
entre lo africano y lo español. También
contribuyó Guillén a la expresión
conversacional, coloquialista. La llamada, también,
poesía afrocubana, ha tenido cultores posteriores
en Pura del Prado, Rolando Campins, José Sánchez
Boudy, Eloy Machado, e incluso, en cierto sentido, Miguel
Bamet, Alina Galliano y Maya Islas.
(Otra vertiente muy extendida entonces es la del intimismo
lírico, cuya figura descollante es Dulce María
Loynaz, expresión detentadora de cierta intemporalidad,
que la hace perdurar más allá de diferentes
y sucesivos ismos a todo lo largo del siglo. Su poesía,
de ascendencia modernista, y muy cercana al purismo, se
nutre de un intenso simbolismo; a veces recuerda la expresión,
sumamente estilizada, de Gustavo Adolfo Bécquer,
Antonio Machado o Juan Ramón Jiménez. Otros
dos importantes poetas, Florit y Ballagas, luego de sus
instantes puristas, conocen de una variada evolución.
En el caso de Florit, se destaca su poema Martirio
de San Sebastián, de la zona no purista de
su Doble acento (1937), un texto primigenio en
la expresión poética cubana. Con posterioridad,
Florit desarrollará una poética de ascendencia
clasicista, de atemperada afectividad e inmanente religiosidad,
para acceder luego, con su Conversación a mi
padre (1949) y Asonante final y otros poemas
(1955), a una poesía conversacional que no abandonará
más en su nutrida obra posterior, ejemplo de un
conversacionalismo lírico, esencia de su estilo,
transido por una sobriedad neoclásica y una veta
existencial, contemplativa, que Io convierten en una de
las voces líricas más importantes del idioma.
También tendrá Ballagas una rica trayectoria
poética, que pasa por el negrismo de su Cuaderno
de poesía negra (1934) -véanse sus antológicos
poemas Para dormir a un negrito y Comparsa habanera,
este último, preferido por Gastón Baquero-,
su purismo sensual, y su final neoclasicismo católico,
pero que tuvo en el neorromanticismo de Elegía
sín nombre (1936), Nocturno y elegía
(1938) y Sabor eterno (1939), a su más
alto exponente dentro de esta vertiente de la poesía
cubana, conformando, al decir de Vitier, una de las trayectorias
espirituales más complejas e intensas de la historia
de la lírica insular.Otro creador, Samuel Feijóo,
de personalísimo aliento lírico, encarnará
otro de los hitos de la poesía cubana, con sus
libros Beth-el (1948), Faz (1956) e Himno
a la alusión del tiempo, con poemas escritos
entre 1954 y 1958. Su poesía, de un lirismo entrañable,
ensaya desde el poema de fillación barroca, de
gran densidad imaginal, hasta el poema de tono conversacional
en Faz. Dos son sus aportes a la poesía
cubana: su poética de lo natural o de la naturaleza
-tan bien estudiada por Virgilio López Lernus-,
donde se nutre, como Martí y Guillén, de
lo popular universal, desarrollada también luego
de 1959; y su lirismo esencial, amén de su veta
prosaísta, conversacional, y de su poesía
social. En muchos textos de Feijóo la poesía
cubana accede a uina expresión ontológica,
existencial, metafísica incluso, de valores líricos
universales, en la línea de un César Vallejo
y de un Juan Ramón Jiménez. Feijóo
fue un importante antólogo y cultor de las manifestaciones
populares de la poesía cubana, entre ellas de la
décima, género en donde también se
destacan poetas como Jesús Orta Ruiz, más
conocido como el Indio Naborí, Raúl
Ferrer, Adolfo Martí, Francisco Riverón
y Orlando González Esteva, entre otros muchos -habría
que señalar las singulares décimas de Lezama.
Otros
poetas, que no se pueden dejar de mencionar, dentro de
la vertiente neorromántica, son Carilda Oliver
Labra y José Ángel Buesa, de amplia difusión
y recepción, y, dentro de la poesía social,
Manuel Navarro Luna.
Coetáneo con estas poderosas voces poéticas:
Brull, Loynaz, Guillén, Florit, Ballagas, Feijóo,
irrumpirá en la poesía cubana, a partir
de 1937, la obra incipiente del que más tarde se
constituiría en el ya legendario grupo Orígenes
-exponentes, todos, de la poesía postvanguardista,
según el criterio de Fernández Retamar-,
cuyo desenvolvimiento ilustrará no sólo
lo que constituyó el canon poético predominante
durante las décadas del cuarenta y cincuenta -aunque
continuarán publicando obras de alta calidad con
posterioridad, sino que encarnará el movimiento
poético más importante de la poesía
cubana, y uno de los más significativos dentro
del ámbito iberoamericano.
En
los poetas de Orígenes -dados a conocer como grupo
en la antología de Vitier, Diez poetas cubanos
(1937-1947) (1948)-, dentro de una gran diversidad
de poéticas y estilos, cuajará finalmente
-como también sucede en Guillén-, aquella
modernidad de raíz martiana y dariana que comenzó
a fraguarse en las postrimerías del siglo anterior
y en los albores del presente. Conocedores y en buena
parte expresión, aunque polémica, de las
corrientes de vanguardia, ellos tienen su raíz
fundacional en el modernismo iberoamericano. En ellos
se conjugan las más disímiles fuentes culturales:
la rica poesía francesa, la hispánica y
la anglosajona, así como de la cubana e hispanoamericana.
Si asimilan las conquistas del purismo, del simbolismo
e incluso del vanguardismo, lo hacen acentuando el valor
de la poesía como forma de conocimiento de la realidad;
pueden ser caracterizados muy generalmente -con denominación
de Fernández Retamar- desde una suerte de trascendentalismo
poético, pero que no desdeña el valor de
las apariencias aunque las trascienden. Este esencialismo
lírico se expresó de modo diferente en José
Lezama Lima, Gastón Baquero, Eliseo Diego, Fina
García-Marruz, Cintio Vitier, Octavio Smith; Ángel
Gaztelu. En su reverso, y por tanto par dialéctico
del trascendentalismo, se encuentran las poéticas,
de profundo linaje vanguardista, de Virgilio Piñera
y Lorenzo García Vega. No por gusto en Orígenes
se manifiestan dos maneras diferentes de percibir la realidad,
y, dentro de ella, dos poéticas de lo cubano, que
pueden esquemáticamente contraponerse, por ejemplo,
con En la Calzada de Jesús del Monte (1949),
de Diego, y La isla en peso (1943) y Poesía
y prosa (1944), de Piñera. Por otro lado, esos
tres títulos -y circunscribiéndonos sólo
al origenismo clásico-, junto a Muerte de Narciso
(1937), Enemigo rumor (1941), Aventuras
sigilosas (1945) y La fijeza (1949), de Lezama;
Poemas (1942) y Saúl sobre su espada
(1942), y el poema Palabras escritas en la arena por
un inocente, de Baquero; Las miradas perdidas
(1951), de García-Marruz; Vísperas (1938-1953)
(1953), de Vitier; Del furtivo destierro (1946),
de Smith; y Suite para la espera (1948), de García
Vega, devienen libros decisivos dentro del proceso poético
cubano.
(continuación...)
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