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Las
palabras son islas: recuento y reflexión
Enrique Saínz
Realizar
un justo panorama de la poesía cubana del siglo
XX comporta numerosos riesgos. El primero y no menos
significativo es el de la infidelidad a uno mismo: excluir
o incluir a quienes sabemos que no se lo merecen. Desde
esa posibilidad hasta el error de acoger o dejar fuera
a tontos o talentosos, hay una gama considerable de
problemas. Nuestra poesía muestra una considerable
cantidad de magníficos poetas mayores y menores,
más o menos representativos de una u otra línea
o tendencia, y eso hace que esta tarea sea más
compleja y delicada. Otro factor se une a ese y agrava
la tarea: el número de páginas que nos
está permitido nunca se ajusta a lo que el compilador
desea y necesita, si se trata de alguien que sabe lo
que está haciendo. Resulta imprescindible lograr
un equilibrio entre la tradición sustentada por
la crítica, el cuerpo del canon y los criterios
y gustos del seleccionador, tanto para los poetas cuanto
para los poemas que habrán de representar a cada
uno. Cuando se trata, como en este caso, de un panorama
que se realiza a finales del siglo, después de
otras antologías y de la aparición de
decenas y decenas de nombres y libros atendibles, es
mayor la posibilidad de que la crítica ejerza
su razonable censura. Jorge Luis Arcos afrontó
esas y otras variantes del error mientras hacía
la selección de este panorama, y ahora ha de
enfrentar, y es bueno que así ocurra, las opiniones
de críticos, creadores y lectores en general,
todos ellos, como es de suponer, igualmente sujetos
a equivocaciones, excesos y falta de visión.
Para conformar este tomo, Arcos contó con un
canon, un grupo de asesores y su propio talento, conocimiento
y sensibilidad. El canon estaba en las antologías
precedentes -en primer lugar Cincuenta años
de poesía cubana (1902-1952) (1952), de Vitier-,
las monografías, ensayos y comentarios críticos
y la docencia superior, todos sin duda cuestionables,
pero asimismo sustentadores de una axiología
que no se echa por tierra a puro capricho ni diciendo
cuatro tonterías si se tienen seriedad y buen
gusto. El canon puede cambiar y a ello puede contribuir
el antólogo con su selección y con sus
juicios y apreciaciones en el ensayo introductor. Cambian
los criterios de selección y entonces leemos
de otra manera, pero siempre teniendo en cuenta la significación
literaria de la figura en cuestión. Los nombres
de Boti y Poveda, por ejemplo, no nos ofrecen mucho
margen para la selección, pues sus mejores textos
ya están fijados por el tiempo. Sus voces son
demasiado descollantes en su contexto, y sin perder
el equilibrio necesario entre la calidad y la significación
-factores que no siempre coinciden-, el antólogo
sabe qué poemas tienen que aparecer en cada caso.
Algo similar sucede en la década de 1920, años
que no dejaron páginas de la hondura y la fuerza
que hallamos en decenios posteriores. El autor de un
panorama como este enfrenta algo que puede restar calidad
a su trabajo o acarrearle problemas: la amistad. ¿Qué
hacer con textos pobres e insuficientes escritos por
amigos? Estimo que deben excluirse y el amigo no debe
aparecer. Creo que Arcos ha sorteado ese riesgo cono
honestidad, si bien puede haberse equivocado. Cuando
le dijeron que tenía que quitar cien páginas,
¿por qué excluyó a unos y no a
otros? Sé que porque estimó que eran esos
los que había que dejar fuera. En esa decisión
excluyó a algunos amigos. Pienso que su labor
en ese sentido, en el de hacer justicia, fue intachable.
Puedo afirmar que siempre consultó decisiones,
puso a consideración de los consultantes, al
menos a mí, todo lo que venía haciendo.
Sin dudas cometió errores, de los que me percato
ahora o no, y los hago míos. Como se trata de
un panorama, hay nombres que están en estas páginas
aunque sus obras no puedan sostenerse en pie ante otros
creadores de verdadera talla; esas presencias tienen
en realidad un fundamento histórico antes que
literario, y en algún caso hasta un fundamento
piadoso. Sé por la falibilidad humana y no porque
lo haya constatado, que este panorama es digno de censuras
y de objeciones, discutibles o no, pero no tengo dudas
de que es un trabajo de calidad, y no precisamente por
ausencia de otros panoramas. Las exclusiones inmerecidas
que puedan hallarse llegan hasta el propio Arcos, a
quien le habría resultado imposible explicar
esas ausencias -si las hubiere- estando él mismo
representado, aunque creo que él merece más
estar que otros que sí fueron incluidos. Vitier
tampoco se incluyó en la que publicó en
1952, decisión injusta, pero comprensible desde
la ética. No se excluyó en Diez poetas
cubanos 1937-1947 (1948) porque era una antología
de grupo, no un panorama de época. Los que no
merecen estar en Las palabras son islas nunca
comprenderían que ellos no estén y Arcos
sí. Estimo, pues, que esta monumental selección
es el resultado de un serio trabajo, fruto de años
de lecturas, discusiones y reflexiones críticas.
En lo tocante a la introducción, extensa y panorámica,
y también consultada por el autor al equipo de
asesores, creo necesario decir que, como en el caso
de los poetas y los textos escogidos, el autor escuchó
criterios, pero a la larga decidió qué
hacer y qué decir, pues no se trataba de una
labor colectiva. En lo esencial, suscribo las conclusiones
de la introducción, si bien yo habría
escrito, al igual que cualquiera de los presentes y
ausentes, un ensayo distinto, con énfasis en
otras problemáticas en algunos temas. Si tenemos
en cuenta que no es posible desplegar en la introducción
un texto de proporciones excesivamente dilatadas, estimo
que la mejor manera de abordar tantos autores y poéticas
es la de atender de modo preferencial a los grandes
núcleos conceptuales o líneas de la poesía
cubana del siglo, con el detenimiento necesario en las
figuras más relevantes. No sé cuán
polémico resultará para los críticos
y lectores este ensayo, pero habrá que ver qué
tesis se argumentan, porque esperamos que las críticas
sean desde y con las ideas y no desde la diatriba personal.
El grupo Orígenes, el que posee algunos de los
nombres más perdurables de nuestra poesía
y que además elaboró una poética
explícita de extraordinaria riqueza en las reflexiones
de Lezama y de Vitier -y no sólo la poética
del grupo, sino además la propia de ambos creadores,
un legado que ninguna animadversión puede menospreciar
sin decir tonterías de diversos matices-, el
grupo Orígenes, decíamos, despierta polémicas
atendibles o dignas del olvido, pero si tenemos alguna
noción de qué es la poesía, noción
a la que llegaremos sólo leyendo a los grandes
poetas de cualquier época y latitud, estemos
o no de acuerdo con sus criterios, arribaremos a la
conclusión de que las páginas de los mayores
origenistas poseen una grandeza que ningún otro
creador cubano del siglo XX puede mostrar. Mucho se
puede decir de la obra de un poeta; el juicio -creo-
debe guardar un equilibrio entre su significación
histórico-literaria, sus calidades intrínsecas
y los gustos del crítico. Pienso que ese equilibrio
es imprescindible, pues aunque estamos en el campo de
las subjetividades, no podemos decir cuanta sandez se
nos ocurra en nombre de la libertad del ensayo o de
novedades en el enfoque que a la postre resultan vacías
o endebles. Mencionemos de nuevo los casos de Boti y
Poveda, por ejemplo, de más trascendencia por
su importancia histórico-literaria que por las
calidades intrínsecas de sus textos, para mí
menos asequibles que los de Octavio Smith o Rolando
Sánchez Mejías. Y no se me diga que la
razón de ello está, si es que se concuerda
con ese juicio, en la época en que escribieron,
pues de aquellos años son los primeros poemas
de Saint-John Perse, Pound y Rilke, de Machado, Juan
Ramón Jiménez y Huidobro. A la hora de
situarlos en el ensayo introductor de un panorama como
este nos acogemos más a la historia literaria
que cuando nos detenemos a valorar a aquellos que nos
conmueven más. De los coetáneos del crítico
es más difícil hablar porque vemos menos
sus muchos o pocos valores reales, y sus valores circunstanciales
no son aún muy visibles porque escriben en nuestro
momento y no tenemos el futuro para ver el saldo de
su obra. Quizás las críticas más
numerosas que se la hagan a la introducción de
Arcos sean a las páginas que dedica o no dedica
a los poetas del último decenio. Quizás
a lo que dice u omite acerca de los origenistas o en
torno a los autores que viven fuera de Cuba.
Quiero referirme finalmente a la bibliografía,
a las notas y a las fichas de autores, sólo para
decir que el tratamiento que se dio a esos tres elementos
me parece acertado, aunque tal vez pueda pensarse que
las fichas debieron tener valoraciones, tarea verdaderamente
infinita si tenemos en cuenta el número de autores
con textos en este panorama.
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Toda
la isla en palabras
Norge Espinosa Mendoza
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Se
me ha pedido comentar, en apenas tres cuartillas, un
volumen que rebasa las seiscientas páginas. Un
volumen que, por demás, se anuncia como panorama
de toda la poesía escrita en Cuba a lo largo
del siglo y que, para mayor dilema, cierra su selección
con dos poemas míos. Opinar aquí, en público,
sobre semejante libro, será exponerme y ser expuesto.
Acaso no menos que expuesto de lo que ha sido ya el
propio antologador. Las palabras son islas, compilación
de Jorge Luis Arcos, traza sobre la cartografía
anunciada en empeños anteriores más o
menos semejantes, la mirada finisecular que reacomoda,
a gusto de la época -pero siempre, sobre todo,
gusto de quien escoge cada poema incluido o no- los
cánones, los gestos, los modos y las fórmulas
de esa corriente infinita que ha sido y es (incluso
hoy, pese a su evidente estancamiento formal y problemático)
la poesía entre nosotros. Se exige, pues, hablar
entre cubanos sobre tal empeño. Hablar entre
cubanos, sin medias tintas, disponiéndonos a
discutir.
No conozco con exactitud de qué modo fue acogida
por la crítica Cincuenta años de poesía
cubana, la colección de poemas que Cintio
Vitier ofreció en 1952, y que Arcos reconoce
como su antecedente más poderoso. Sé,
pese a todo, que no faltó discusión a
su alrededor, y que el rango concedido en ella a los
poetas de Orígenes irritó a no pocos.
Los irritados de aquel entonces saltarían de
rabia ante estas páginas, en las cuales se afirma
que el movimiento que se nucleara alrededor de Lezama
Lima es, sencillamente, el más importante de
toda la poesía cubana. Se trata, en todo caso,
de una opinión que muchos aceptarían en
privado aunque no siempre se atrevieran a sostenerla
en público. Arcos lo ha hecho y, lo que es más,
ha dispuesto alrededor de esa sentencia otras que pesan
ya en la estatura de ese cuerpo poético con el
cual dialoga. Pero una antología es mucho más
interesante en tanto aporta al lector un conocimiento
más o menos cabal de las preferencias específicas
de quien ha seleccionado las páginas del libro.
A manera de un palimpsesto, de un libro sumergido en
la piel o la cáscara del otro, una antología
es en realidad dos libros. Si se trata, como es el caso,
de un volumen sobre el cual pesa un determinado rigor
historicista o el respeto a cánones formalizados
por acumulación desde los primeros años
del siglo -y no sólo a partir del capricho exclusivista
del compilador, cosa también válida y
no menos discutible- esa doblez se acentúa, es
mucho más evidente. Un balance de los poetas
a quienes Arcos cede más espacio en el profuso
conjunto añade, al cumplimiento formal que determinados
poemas ya canonizados exigen, la ausencia o presencia
de otros tantos mediante los cuales se deja entrever
el verdadero sentir del antologador, y esa otra labor
crítica, a medida que el campo ya resabido va
desbrozándose o enmarañándose con
nuevas y distintas adiciones, arma en el lector un discurso
personalizado para nada separado de la voluntad estética
de quien compila, da luz o la niega. Queda claro que
aquella afirmación sobre la importancia de Orígenes
se revalida en la selección toda, y la mayor
parte de la poesía
incluida rondará esos límites, esos cardinales
de lo que Orígenes fue, para ensalzarlo y algunas
pocas veces combatirlo. Quienes conocen a Jorge Luis
Arcos sabrán que, por tanto, ha sido consecuente
con su credo, no ha negado su enlace con esos poetas
que, tras años de aparecer como raros o francos
apestados, ahora se ha vuelto sinónimo de gloria.
Podría preguntarse, sin embargo, si este tipo
de actitud basta para salvar el reto que un libro como
Las palabras son islas representa.
Indudablemente no. El hecho mismo de que Arcos haya
solicitado a un grupo de consultantes su participación
en las decisiones finales, da fe de que esa verdad no
le ha sido ajena. El resultado, entonces, ha querido
ser lo suficientemente variado; al tiempo en que suma
a esa revisión de lo ya pactado como venerable
los textos de los poetas más recientes de la
isla. Al saltar ese margen amplio de tiempo, puede achacársele,
sin embargo, el acoger con un beneplácito a ratos
excesivo poemas que se enmarcan dentro de esa cercanía
origenista, pero no siempre contundentes en la medida
en que sí lo son y fueron aquellos, en detrimento
de otras poéticas menos similares y no menos
marginales o poco apreciadas hoy de lo que en determinado
momento lo fueron los propios acólitos de Lezama.
Cumplimentado el deseo repetido ya en antologías
precedentes, se alcanza aquí la inclusión
de los autores cubanos residentes en el exterior. A
estos poetas se les concede un espacio que ha intentado,
evidentemente, unificar valores y cerrar o suturar la
herida que, durante décadas, separó una
orilla de la otra. Pero tal y como aquellas mismas antologías
nos decían, resulta obvio que la calidad entre
lo escrito por los nombres del exilio rara vez supera
lo que, desde la propia isla. han hecho quienes aquí
viven o han muerto. No creo que halla resultado del
todo feliz convertir a esta antología en el instante
salvador de esa penuria, y si ver publicados como si
tal cosa a Agustín Acosta, Baquero y Florit es
algo que nos enorgullece a todos, en tanto cubanos,
ese regocijo no llega siempre a reafirmarse en otros
autores que aquí vuelven a editarse o se editan
por primera vez.
Pienso en ello, sobre todo, cuando la extensa nota que
intenta abrazar a quienes durante el siglo XX firmaron
en Cuba al menos un libro de versos, proponiendo al
lector esas otras variantes de este mismo texto antologador,
recuerda nombres de cubanos fallecidos o vivientes en
esta misma latitud que no desmerecerían su inclusión
en tan ambicioso volumen. He escrito ambicioso, y tal
calificativo me parece justo. Justo, en tanto se precisa
de no poca ambición y certeza de madurez para
asumir el riesgo de coordinar un libro semejante. La
poesía cubana no ha sido, en los últimos
años, revisada y revisitada en atención
a lo que su calidad y cantidad ameritarían. A
la ausencia de textos críticos profundos, de
valoraciones polémicas que se gocen en esa misma
naturaleza discutible, este libro viene -así
parezca tímido y parco el esfuerzo- a responder.
Las últimas tendencias, los raptos finiseculares,
han padecido una acogida anémica y acrítica,
de la cual sus cultores han intentado resarcirse activando
por sí mismos focos y posibilidades de análisis
generalmente tampoco asumidas por el lector o el canon
contra el cual se disparan con entera naturalidad. Si
en el ámbito de los textos escritos hasta mediados
o finales de los 60 Arcos se mueve con rapidez y generalmente
sin graves pérdidas -sin que falte alguna de
veras lamentable, como la advertida en el detalle de
que un notable poeta, digamos Agustín Acosta,
aparezca aquí con un único texto extraído
de su vasta y sustanciosa trayectoria, mientras otros
muchos menores pueden mostrar dos o más poemas-,
a partir de esa línea de tiempo la visión
de sus contemporáneos se torna más quebradiza.
Los autores dados a conocer en los 80, salvo excepciones,
padecen lo suyo: dándose a leer de ellos un fragmento
generalmente único, y no siempre tipificador
de obras que, hasta hoy, han seguido creciendo y ramificándose.
Aventurarse en un terreno tan movedizo como éste
acaso necesitaría no menor rapidez y no tantas
pérdidas; la impresión general de esta
última parte del libro viene a ser la de un boceto
en escorzo, que supongo -quizás como también
supone Arcos- que venideras antologías redondearán.
He advertido que esta antología incluye dos poemas
míos. Aclaro más: son los poemas que cierran
toda la selección. Confieso que me alegra estar
en estas páginas, confieso que aparecer en un
empeño como éste me ha hecho repensar
lo que ha sido en mí la voluntad poética,
reanimando preguntas que hace tiempo creí salvadas
no en mi literatura, sino en mi vida. Esos poemas valen,
supongo, como parte de una generación en la cual,
pese a mí mismo, alguien puede catalogarnos.
Otros que he escrito me gustan más. Verlos entre
tantos otros versos -venerados o desdeñados-
me ayuda a acercarlos; me ayuda a alejarlos.
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De
islas y continentes
Marilyn Bobes
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No
sólo porque llegamos al fin de un siglo, incluso
de un milenio, ni porque la profusión de autores
que la cultivan y amenazan con volverse cada día
más inexorable lo estuviera exigiendo a gritos
desde los igualitarios estanques de nuestras librerías
repletas de nombres desconocidos, sino porque se trataba
de una aventura riesgosa, y fue emprendida con el sano,
ético y único propósito de tratar
de poner las cosas en su lugar: el Panorama de la poesía
cubana del siglo XX, Las palabras son islas,
realizado por el investigador y poeta Jorge Luis Arcos,
resulta, desde su génesis, un libro ineludible,
garantizado por la seriedad y la modestia con que el
ensayista acudió a un número significativo
de consultantes, antes de arribar a sus conclusiones
definitivas -en más de un sentido socráticas
antes que platónicas, porque provienen del diálogo
desmitificador y fecundante y nunca de propósitos
extraliterarios con sus arquetipos impuestos por las
circunstancias o un inflexible afán monopolista
de la verdad.
Desde que, en 1957, Cintio Vitier ofreciera las conferencias
que desembocaron en el hasta ahora insuperable estudio
Lo cubano en la poesía, nadie había
conseguido ensamblar para nuestra lírica un corpus
crítico tan abarcador y coherente, en el que
las relaciones y las rupturas con la tradición
-al margen de influencias exteriores, también
consideradas en el proceso de construcción- establecieron
pautas canónicas para una lectura reveladora,
creativa, independiente de toda preceptiva académica
o instrumental, aún cuando nuestra poesía,
como cualquier otra manifestación artística
o literaria de cualquier país o época,
pueda ser objeto de diferentes consideraciones a partir
de los más diversos presupuestos. El asunto es
que para que dichas, y hasta hoy inexistentes consideraciones,
tuvieran validez en nuestro entorno, sería necesaria
al menos otra propuesta tan convincente y sistémica
como la de Vitier y ahora la de Arcos, salvando las
abismales distancias que existen entre la introducción
a un panorama y una obra monumental. Lo que analoga
a ambos críticos no es la dimensión de
sus empresas sino la intención de conducirnos
por un camino donde el bosque y los árboles,
con la deliberada armonía de la que el hombre
ha dotado a los grandes paisajes pictóricos y
naturales, nos obligan a aceptar la omnipresencia de
una totalidad que, aunque sospecháramos falsa,
se nos impone como último recurso de la razón
en su lucha contra el caos.
Retomando el hilo de Ariadna que Vitier le entregó
en ese punto del laberinto donde Orígenes sintetiza
los legados de su cosmovisión, y retrocediendo
hacia el principio, pero sin perder la ruta previamente
trazada por su antecesor, Jorge Luis Arcos se enfrenta,
con inusitada lucidez y valentía, a las bifurcaiones
que le propone especialmente la segunda mitad del siglo
XX, cuando una ruptura histórica, la de mayor
envergadura y consecuencias que ha tenido lugar en unos
predios siempre regidos por el Minotauro, hace acaso
más compleja una labor de decantación
que deberá trascender instrumentales imposturas
y jerarquías coyunturales. Para ello cuenta con
un recurso poderoso: una lectura de lo cubano que puede
ser discutible dadas las dificultades intrínsecas
que el mismo concepto le impone pero que permite una
independencia de interpretación ajena tanto al
sociologismo como a las modas importadas de las grandes
metrópolis colonizadoras, con sus simplistas
calificaciones globalizantes.
En algunos momentos, el texto del seleccionador abandona
la placidez de las esencias y se vuelve polémico,
descaracterizador, pero lo hace de una manera, ya la
hemos definido, socrática, colocando a su interlocutor
en un plano de democrática igualdad para el debate
y nunca entronizando normativas que conduzcan al callejón
sin salida del ofuscamiento y el totalitarismo intelectual.
Es el caso de su interesante análisis del conversacionalismo
como tendencia hegemónica durante más
de treinta años en la poesía cubana. Al
menos en la poesía cubana premiada, publicada
y canonizada durante ese período y que, con frecuencia,
convirtió en paradigmas textos que, por fortuna,
iluminan hoy, con sus ausencia, las páginas de
este panorama. Y son precisamente estas apreciaciones
sobre el conversacionalismo las que me parecen los principales
aportes de Arcos al estudio de una corriente que por
su prolongada prevalencia en nuestros cánones
merecía ya una distanciada aproximación.
Esa mirada consciente en la que prevalece un axioma
que, muchas veces, desconoce nuestra sectaria y veleidosa
crítica:
Ningún estilo poético es mejor o peor
que otro, pero sí hay poetas y poemas más
dotados que otros. Es la calidad la que dice la última
palabra. Y, aunque en el caso de los poetas conversacionalistas
-incluyo aquí también las subclasificaciones
de coloquialistas y anticoloquialistas que con el justo
propósito de matizar introduce el seleccionador-
ha sido tan generoso como avaro, si se piensa en la
monumental cifra de títulos de poesía
inscritas en esa corriente, que se publicaron en Cuba
entre los 60 y los 80, no falta en la selección
ningún autor imprescindible, de acuerdo con mi
opinión. Tal vez cuando se trata de ilustrar
las primeras rebeliones contra la monarquía conversacional
habría que referirse a un título de Osvaldo
Sánchez, Matar al último venado,
que obtuvo el Premio David en 1980 y constituye, en
la historia de este galardón, un punto de giro
importante. Pero cuando lo pienso bien me parece que
sería un poco injusto atribuir a Sánchez
el antecedente de un cambio de cosmovisión cuando
hubo autores -y esto lo sabemos todos los que fuimos
jurados de concurso y participamos de algún modo
en la vida cultural de finales de los 70 y principios
de los 80- que, con anterioridad, escribían de
un modo diferente y no tuvieron la fortuna de verse
publicados o reconocidos hasta mucho más tarde.
Tal puede ser el caso del paradigmático Raúl
Hernández Novás o el de Efraín
Rodríguez y del propio Jorge Luis Arcos, quien
por su modestia y quizás con la noble intención
de ceder su espacio a otros autores no aparece, lamentablemente,
en la selección. Acaso el libro de Sánchez
posea, sobre todo, la significación de haber
abierto las puertas de la institucionalidad a una nueva
manera de concebir la poesía, aunque esa poesía
ya estuviera cambiando, amparada por la libertad de
la marginación, que no deja de ser muy productiva
cuando se asume sin el egocentrismo que es, en el fondo,
un ansia insatisfecha de reconocimiento institucional,
a través de ciertas posturas exhibicionistas
o iconoclastas. Por eso, estos tres autores: Hernández
Novás, Efraín Rodríguez, Jorge
Luis Arcos y algunos otros como Escobar, Lina de Feria,
Delfín Pratts, Basilia Papastamatiu -con frecuencia
ignorada por su difícil ubicación dentro
de nuestro contexto poético- o César López,
entre otros que se me escapan, eligieron o trascendieron
sus propios puntos de partida sin manifiestos, estridencias
ni proclamas, seguros de su autenticidad, sin esperar
o esperando en silencio un recuento como este, que es
el de un investigador con la suficiente ética
y objetividad para otorgarles el lugar que se merecen
en este panorama. A propósito, no puedo dejar
de mencionar de nuevo a Basilia, quien vislumbró
y difundió, desde el primer momento, los cambios
que casi nadie pudo avizorar dentro de la maraña
conversacionalista. Lo mismo que Roberto Fernández
Retamar, quien, con menos sistematicidad pero igual
lucidez, aventuró nombres que por entonces apenas
eran una raya en el tigre, un número más
en las antologías, signadas entonces, como ahora,
y probablemente como siempre, con la marca al parecer
ineludible de una engañosa coralidad.
A pesar de que los textos escogidos para conformar el
panorama Las palabras son islas me parecen ilustrativos
y significativos de cada uno de los poetas allí
representados, me hubiera gustado que en el caso de
los autores que transitaron de una tendencia a otra
(bien desde el modernismo o lo conversacional) se incluyera
alguna muestra de su quehacer anterior, lo que permitiría
comprobar hasta qué punto estas rupturas respondieron
a una necesidad expresiva y cuáles fueron las
constantes o las inconstantes que prevalecen en su obra
y le confieren o no un sello personal, con independencia
de los cambios estilísticos y temáticos.
Mi requerimiento responde no tanto a lo que se debe
esperar de un panorama, es más bien el reflejo
de esa carencia que hace notar Arcos en su nota preliminar:
no abundan los muy necesarios estudios monográficos
sobre nuestros escritores. Y esta es, en mi opinión,
una exigencia que nuestra crítica debería
plantearse si no queremos seguir sometidos a esa avalancha
generalizadora que pretende homologar, a partir de etiquetas
impuestas sin fundamentaciones previas, a veces por
la mera comodidad de atiborrar de nombres a la vanguardia
o a la posmodernidad o a cualquier otro concepto que
ya venga acuñado, sin preocuparse por concederle
un espacio a la nueva definición, por dejar constancia
de ese salto del que hablaba Lezama y que inspiró
recientemente la novela de Abel Prieto. Cuando el gato
y la marta copulan en un imprevisto juego de connotaciones
no previstas por la lógica cartesiana y la causalidad
para dar nacimiento al gato volante.
Por último, habría que destacar el meritorio
trabajo de inclusión de los poetas que escriben
o escribieron su obra fuera de la isla aunque, en mi
opinión, debía ser esta una práctica
que no genere ya un comentario que no tendría
cabida en ninguna otra selección que se realice
en el mundo. Lo que sí constituye un reto, tanto
para Arcos como para futuros estudiosos, es la reinserción
de ese miembro amputado al corpus de la poesía
cubana, en el lugar desde donde, nuevamente o por primera
vez, pueda desarrollar las funciones a la que su propio
discurso está destinado, más allá
de la innegable presencia de la nostalgia. Quizás
el hilo de Ariadna de lo cubano sea el instrumento por
excelencia para deconstruir este discurso cuyas características
y aportaciones quedan apenas esbozados en la introducción
de este panorama. No será empresa fácil
y creo que tardarán años antes de que
algunas conclusiones mejor fundamentadas nos ayuden
a recomponer ese mapa espiritual dividido por la razón
o por la voluntad de la historia.
Las palabras son islas, dice Orlando González
Esteva en el texto que dio título a la obra de
Jorge Luis Arcos. Si es cierto que, como añade
el poeta residente en Miami, la muerte devora la distancia
entre ellas, todos los autores que figuramos aquí
formamos ya un definido continente. Estoy segura de
que no faltará alguno que se sienta molesto por
su exclusión o que opine que tal o más
cual texto o determinados autores no debieron figurar.
Pero eso no me parece tan importante. Les juro que si
yo no hubiera sido incluida, como me ha sucedido y me
seguirá sucediendo, por fortuna, puesto que siempre
que haya la posibilidad de elegir eso sólo será
una confirmación de que todavía la globalización
del pensamiento y del gusto no ha llegado, mis criterios
sobre este panorama no cambiaría en absoluto.
Lo vuelvo a repetir, salvadas ya esas distancias abismales
que sé que a Yoyi le resultan aterradoras: desde
Lo cubano en la poesía no recuerdo una
interpretación más coherente para la lírica
cubana. Como buen discípulo de Orígenes,
Jorge Luis Arcos posee la insatisfacción por
el diálogo más o menos directo que se
establece con la circunstancia inmediata, con el causalismo
historicista y con la poesía utilizada como un
medio para la expresión de discursos sociológicos
o políticos o como fin en sí misma, aunque
tampoco desdeña esas posturas. Buenas cualidades
estas para un creador y para un investigador. Esperamos
que la introducción a Las palabras son islas
sea el prometedor esbozo de un estudio mayor y absolutamente
necesario. Mientras tanto, el patrimonio bibliográfico
cubano se enriquece con esta entrega y el lector se
sentirá motivado y agradecido de tener en sus
manos esta inmejorable muestra del que sigue siendo,
como queda demostrado, el género rey de las letras
cubanas, aunque no esté de moda en nuestros días.
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