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La isla en peso
debe su bautismo a uno de los grandes poemas de la lírica
cubana, como debe su espíritu a la obra del cardenense
a quien todavía nadie discute el gobierno sobre
los resortes del absurdo y la ironía que nuestra
condición insular también convoca. Como
cada pórtico exige un manifiesto, reproducimos
aquí un cuento inédito de Virgilio Piñera
que nos ha cedido el poeta e investigador cubano Jesús
Jambrina. Sea La ricura esa gozosa estación
de la belleza que dijese Breton: "La belleza será
convulsa o no será".
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La
ricura
Virgilio
Piñera
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En
camino hacia el asilo de ancianos -lugar donde está
recluida su madre- Aida me dijo:
- Ya verá, es un lugar encantador. Imagínese...
La casa está situada nada menos que en la Loma
del Mazo.
Yo la dejaba hablar y dejaba que Marta (su hija de unos
cinco años) me hablara a su vez, todo lo cual
formaba, con el ruido del motor del auto, una de esas
sinfonías tan cotidianas entre cubanos.
- Le va a gustar mucho el lugar -volvió Aida
a decirme. Además, no vaya a creer, la casa tiene
su historia...
En
ese momento, Marta la interrumpió para decirle
algo al oído. Pusieron la roja, dimos un frenazo,
yo casi pegué un grito: por detrás se
nos echaba un camión lleno de cajas de cervezas.
Pusieron la verde y desalojamos la tensión con
unas risitas.
- Pues tiene su historia. La casa perteneció
a un alemán, que fue el que trajo los primeros
submarinos a Cuba. Allá por el año veinte...
No pude de dejar de pensar en una flota de submarinos
y también no pude dejar de pensar que todo eso
era una exageración, pues por lo sabido, allá
por el año veinte, si es que nuestra marina de
Guerra tenía en su presupuesto la compra de submarinos,
sería uno a lo sumo. Claro está, nada
objeté: el cuento era demasiado delicioso para
interrumpirlo, y más, contado por Aida, que,
contra lo creído por cierta gente, tiene la cabeza
rellena con algo más que con estopa...
- Estaba casado con una cubana. Cuando el alemán
hizo dinero con la venta de los submarinos, compró
la casa que usted va a ver. Allí, por años,
se dieron fiestones de los que habló La Habana
entera.
- ¿ Y cuándo pasó a convertirse
en asilo?
- Allá por el año cuarenta y cinco. La
señora del alemán se puso muy enferma
y antes de "guardar el carro" dejó
la casa y parte de su dinero para asilo de ancianos.
- Entonces tu madre no paga un centavo.
- ¡Cómo que no paga! Pagamos doscientos
pesos al mes.
- ¿Y el dinero dejado por la vieja?
- ¡Yo qué sé! O se lo robaron, o
se perdió, o la vieja nunca dejó un kilo
-me contestó Aida tratando de salir del paso.
Y sin transición, evidentemente con el objeto
de que no volviera a hacerle preguntas difíciles,
me dijo:
- Como ahora estoy de vacaciones me voy con Roberto
a remontar los ríos de la provincia Pinar del
Río.
Se le coló entre dos máquinas, cogió
a tiempo la amarilla-verde, soltó una de sus
risas y añadió:
- Usted sabe que Roberto se muere por el campo. A ese
hombre hay que darle mucho campo. Y yo se lo voy a dar.
Alquilaremos un bote y a remontar los ríos...
En ese momento, Marta gritó:
- ¡Mami, Mami, ya llegamos!
Y, en efecto, habíamos llegado, o mejor decir,
empezábamos a subir la Loma del Mazo por una
callecita que de sólo embocarla nos puso fuera
del paisaje habitual de la ciudad. De pronto el ruido
se había hecho silencio, tan silencioso, que
hasta el motor del auto pareció cesar. A ambos
lados de la callecita había unas yerbas raras,
que yo, en mi afán de literaturizar califiqué
de "jaramagos", especie de planta que sólo
aparece en los cuentos de Hoffmann o en The Castle of
Otranto. Pero es que, a pesar del ridículo, era
éste el nombre que convenía a esos yerbajos,
tensos como lanzas, marchitos como las ilusiones de
aquella prostituta de la calle Animas a la que llamaban
"la muerta viva" y que, tarde tras tarde,
se paraba en la ventana por si acaso aparecía
su chulo desaparecido.
- Mire -me dijo Aida-, mire, aquella es la casa.
Y me señalaba, sacando la mano izquierda del
timón, una casa de dos plantas, de arquitectura
inclasificable (¿era una combinación de
morisco con Renacimiento o una simbiosis de gótico
con Art nouveau?), fabricada en la punta misma de la
Loma.
Sin darme tiempo a expresar mi admiración o mi
repudio (y ambos sentimientos experimenté), me
dijo:
- ¡Qué lastima que el tiempo pase! ¿No
le parece?
La miré interrogativamente.
- Pues sino hubiera pasado el tiempo -me contestó-,
usted y yo estaríamos ahora llegando a la casa
para uno de esos fiestones.
-¡Y yo también, Mami! -Gritó la
niña. Con toda evidencia un poco ofendida de
que la dejáramos fuera de la colada.
- Claro, tú también, Marta -le dijo Aida.
Un fiestón para nosotros tres. Y en ese momento
llegamos frente a la casa. Aida paró el motor
y entonces, en medio de ese silencio opresivo, pude
configurar lo que hacía rato pasaba por mi cabeza
sin poder definirlo. Es decir, estábamos pura
y simplemente en un cementerio.
Por supuesto, es tan sólo un modo de hablar,
pero no por ello estábamos menos en un cementerio,
quiero decir en esa clase de camposanto de los que no
estando aún muertos tampoco están vivos.
En el de los muertos hay lápidas, cruces, panteones
y bóvedas, éste de los muertos en vida
se señalaba por las casas, desiertas extrañamente,
sin niños ni perros, al parecer sin gente, y
exponiendo una vetustez desoladora.
- ¿Entramos? -Me dijo Aida, cogiendo a Marta
por la mano.
- Vamos -le contesté maquinalmente.
Aida había perdido de súbito su buen humor.
Como abrumada por la pena encorvó, como sólo
ella sabe hacerlo, sus hombros y al mismo tiempo desvió
la mirada de algo aparentemente desagradable.
- Me quedo en el portal -le dije.
- Pero suba -imploró. No se pierda una oportunidad.
Es una experiencia que le va a ser útil.
- Bueno -le dije. Como quieras...
Tan pronto como empezamos a subir hacia el segundo piso
oí a alguien que hablaba por teléfono.
También percibí ruido de pasos, pero en
sordina, como un fondo de conversación telefónica.
- "¿Dónde estás? ¿En
Galiano? Pues coge la ruta 4. Te deja a tres cuadras..."
Era una voz ronca, de mujer dominante o que en su buena
época dominó a mucha gente. Porque, sin
duda, se trataba de una anciana que al borde mismo de
la tumba creía proseguir mandando a los hombres,
por ejemplo, a ése con el que hablaba por teléfono
y que según pude comprobar no bien hube llegado
al segundo piso era tan sólo un hombre creado
por su fantasía o por su locura.
- "Paco, la ruta 4. ¿Cómo quieres
que te lo diga, con violón o con guitarra...?
Y allí estaba ella, sentada en un enorme bacín
esmaltado, de forma cónica, metido en una armazón
de hierro colado de tres patas. Como una niñita
hacía su caca, pero al mismo tiempo parecía
una reina de carnaval sentada en su trono de oropel.
Estos aires se daba, no tanto por asumir el papel de
soberana de un país inefable cuanto por la majestad
que le daba su mano derecha, que por lo inexistente
del teléfono que fingía aprisionar entre
sus dedos parecía sostener un cetro.
- "Paco, la ru-ta cua-tro..."
La voz se había vuelto más imperiosa.
Tanto, que imaginé a su majestad Paco llegando
jadeante a la ceremonia de la coronación. Miré
a Aida, que a su vez me miraba. Aunque el momento no
era como para evocar pasados fastuosos, hubiera deseado
que ella volviera a decir: "Los fiestones que se
han dado en casa..." O si no ella, en cambio la
anciana, que así, de pronto, me diría:
"¡Qué fiestones hemos dado aquí,
señor!" Pero la vieja, impasible en su espera
de una voz humana que jamás rozaría sus
oídos, proseguía con el imaginario teléfono
en su mano, y sólo la bajó cuando la enfermera,
con fingida solicitud, le dijo:
- Mamita, ¿ya hizo la caca?
Yo le daba ochenta años o más. Sin duda
había sido una belleza, de la que sólo
quedaba uno de esos ojazos por los cuales los hombres
cometen locuras.
De vuelta a la realidad por la voz de la enfermera,
me lanzó una ojeada de sus buenos tiempos, pero
como su mirada chocó con mi cuerpo de cincuentón
que nunca tuvo quince, en seguida la retrajo hacia sus
profundidades submarinas.
A lo Fred Astaire me incliné lo más que
pude y le hice un ceremoniosos saludo. Lo que había
sospechado en el brillo de su mirada no me engañó:
la antigua cocotte le salió por todos los poros;
la poca sangre que había en sus venas afluyó
por entero a sus mejillas, una cierta vivacidad animó
su cara, echó el busto hacia delante y con la
misma voz imperiosa de su imaginaria conversación
telefónica, me dijo lanzando una risita de contubernio:
- Su cara me es conocida...
Y a reglón seguido y con el mismo tono de ordeno
y mando le dijo a la enfermera:
- Límpiame
- Mami -dijo Marta. ¿Cuándo empieza la
fiestona?
- Ya empezó - le contestó Aida.
- Mami, ¿por qué esa vieja está
sentada en el orinal?
- Marta, no se dice "vieja", se dice "anciana".
- ¿Y qué es "anciana" mami?
- Una persona de edad.
- Mami, ¿como tú?
- Más que yo, Marta.
- ¿Como abuelita?
- Sí.
Entretanto la enfermera limpiaba el trasero de la vieja.
La tenía cogida por los sobacos y hundía
sus enormes pechos en su cara. Por el cuidado que se
daba en limpiarla y por lo prolongado de la operación,
juzgué que la defecación debió
ser pastosa.
- ¿Hice buena caca? -Le preguntó la vieja
- Buenísima, mamita. Ese laxante es un tiro.
- Figúrese -me dijo Aida- lo que sufro por tener
a mamá en esta casa. Pero estoy convencida de
que es el mejor lugar para ella. No podía tenerla
conmigo, se pasaba el día acostada y ya usted
sabe que eso es mortal para un viejo. Aquí la
obligan a salir de la cama y, además, la casa
es tan bonita... Vaya, no es que sea bonita, pero es
grande, ventilada y dan muy buena comida. La sopa de
pollo es riquísima, la he probado y puedo asegurarle
que a mí no me queda tan buena...
Y Aida, lanzada como nave espacial, hubiera proseguido
viajando a velocidad supersónica por el vasto
universo de la excusa si no es porque justo en el momento
en que decía la palabra "buena", se
oyó un grito desgarrador:
-¡Mala!
Lo había proferido una viejecita que estaba a
dos pasos de nosotros. De momento pensamos que, desmintiendo
a Aida, calificaba de mala la comida, pero la mala era
la enfermera: acababa de quitarle un abanico de que
se había antojado y que era de otra anciana.
- ¡Peor que niños! -Nos dijo la enfermera.
¡Madre mía, hay que tener una clase de
paciencia...!
- No crea-, y Aida volvió al problema de conciencia-
aquí mamá está mejor que en casa.
Usted sabe que los psicólogos afirman que los
viejos, reunidos, duran más.
- ¿Quieres decir haciéndose compañía
los unos a los otros?
- Eso mismo. En una revista de Geriatría un profesor
francés asegura...
-¡Mami, Mami, esa señora me está
sacando la lengua!, -gritó Marta, agarrando a
Aida por un brazo y obligándola a darse vuelta.
De no haber sido por lo doloroso de la escena nos hubiéramos
echado a reír.
Una anciana, de esas que parecen una pacita de consumidas
que están, sentada casi en el borde de la cama,
y mirando fijamente, sacaba la lengua una y otra vez
tratando de humedecerse los labios.
- ¡Mami, Mami, dile que no lo siga haciendo! -Gritó
Marta visiblemente excitada.
- Pero no, querida, - le dijo Aida besándola-
ella no te saca la lengua a ti, es que no se siente
bien.
- Pues si no se siente bien que se cure.
- Marta, te voy a dar dos nalgadas. Y para impresionar
más a la niña la trató de usted:
No sea mal educada.
- ¿Qué dice el profesor francés?
- Ya se me olvidó.
Metió, como suele hacerlo, los dedos de su mano
derecha en su pelo, movió el cuello y los hombros
fingiendo una sacudida eléctrica, y me dijo saboreando
la frase:
- Roberto... Ese hombre es una ricura. No lo cambio
ni por Jean Paul Belmondo.
- ¿Tú crees...?
- ¿Cómo que si lo creo? Ese hombre tiene
las rodillas más perfectas del mundo?
Me quedé boquiabierto. ¿Estaba bromeando?
De Roberto se puede alabar todo menos su físico.
No es que pretenda incluirlo en lo teratológico,
pero en la "línea" de belleza de hombre,
nada tiene que hacer. Si de perfección se trata,
habría que conferírsela en el terreno
literario. Es uno de nuestros escritores de más
talento y estoy seguro de que se ruborizaría
si oyera la desatinada afirmación de Aida. Al
misma tiempo pensé que si para ella las rodillas
de Roberto eran perfectas, lo serían en cierta
medida, es decir en la medida en que Aida así
las juzgaba. Con todo, como me resistía a concederle
a Roberto cualquier don de la naturaleza por mínimo
que este fuese, le dije a Aida, no sin cierta brusquedad:
- Te pasas el día hablando de Roberto. Mira que
lo vas a perder.
Me miró con sus ojos chiquitos, aún más
chiquitos por lo doloroso de su expresión. Estoy
seguro de que experimentó terror ante la idea
de un rompimiento por parte de Roberto. Sin quererlo,
puso una cara de Sara Vaughan en un blue desgarrado.
Por fin dijo:
- Ni de juego lo diga. Usted sabe lo que me ha costado
que ese hombre me quiera. ¿Ya no se acuerda que
no hace seis meses ni me miraba? ¿Se le ha olvidado
que me prohibió llamarlo por teléfono?
Y entonces, sin transición, pasando de la angustia
al optimismo, añadió:
- ¡No sea bobo! Roberto me lleva cantidad. Ese
hombre es una ricura
- Te espero abajo.
- ¿No viene a conocer a mamá?
- Perdóname, prefiero el paisaje.
Y bajé. Eran las doce en punto. Las casa circundantes
permanecían obstinadamente silenciosas. Me fui
a la terraza del fondo. Miré hacia abajo y vi
largas hileras de camisones. No sé por qué
al descubrir mi mirada una fuente andaluza rodeada de
bancos, imaginé a Rita Hayworth filmando una
de esas escenas de Sangre y Arena. Pero en esta casa
la sangre era poca y la arena ya había caído.
Volví al portal y me entregué al triste
ejercicio del pensamiento. De él me sacó,
después de una buena media hora, la voz de Aida:
- ¿Adónde lo llevo?
- Al Wakamba. Estoy muerto de hambre.
1965.
El
presente cuento de Virgilio Piñera será
publicado próximamente en La Gaceta de Cuba como
parte de un segundo dossier de inéditos del importante
escritor. Nuevamente agradecemos a Yonny Ibáñez
por permitirnos indagar en los archivos de su familia
de donde fueron tomados este y otros textos piñerianos.
(Jesús Jambrina)
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