LIBROS
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El
pensamiento curvo
Dean
Luis Reyes
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Elvia
Rosa Castro y yo tenemos una historia común
que se remonta a las paredes de cantería de
la Casa del Joven Creador de Sancti Spiritus. Cualquiera
que halla visto ese aposento de la joven vanguardia
estética de la Villa del Espíritu Santo
no podría contener un elogio. La casona en
cuestión carga con toda la hartura ecléctica
de la aristocracia venida a menos en sus portones
de madera, patio interior y vitrales preciosos. En
su currículum consta haber servido varios años
como Palacio de los Matrimonios, así que uno
tiende a subrayar su aroma kitsch y de retórica
escenográfica.
No obstante, era ese el bunker que nos liberaba de
la anodina provisionalidad de la aldea. Ahora que
le evoco, reparo en su estructura plagada de líneas
curvas, donde predominan las caídas suaves
de la loza, las volutas ornamentales, las tersas columnas,
los arcos y medio puntos. En tan femenina mansión,
los militantes del Partido Falocéntrico jamás
tuvimos éxito: allí reinaban las mujeres,
con Elvia presidiendo el Comité Central.
Nunca olvidaré que en una de esas tardes-noches
recogidas, cercados por el silencio de una ciudad
que va a cumplir con el ritual de la telenovela antes
de ir a la cama, la rodeamos en un portal de la casona
para oírle los apuntes que acabarían
siendo El precio de las vacantes. Por pura
y simple ignorancia no entendí la propuesta
del ensayo: se me hacía inasible la prosa de
esta niña, austera hasta el extremo de obviar
los referentes oracionales cada vez que puede, salpicando
de digresiones y meandros un discurso donde cualquier
pobre mortal necesita movilizar más de cuatro
neuronas para sacar algo en claro.
Sin embargo, reconozco al cabo del tiempo que en El
precio de las vacantes (vuelven el cinismo y el arte)
estaban las angustias de muchos de nosotros, pues
su afilado estilete hendía el pellejo de uno
de los fundamentos conductuales de mi generación,
cargada de un escepticismo ora jacobino ora maquiavélico,
pero de esencial vocación corrosiva, y envenenada
actitud para con los grandes metarrelatos. Como fueron
los propios griegos quienes anatematizaron el legado
cínico, tiñendo con una dudosa negatividad
etimológica el término que designara
a un grupo de gente transida de lo que hoy llamamos
espíritu de época, el cinismo redivivo
debía mentar la madre a mucha gente. Y para
el occidental contemporáneo, azuzado por los
estereotipos de la cultura mediática, Diógenes
no pasa de ser un estrafalario deambulante con quinqué.
Luego, los lastimosos alarmistas de la Cuba finisecular
no podían sino ver malsano artificio y acidez
ideológica en el reconocimiento de un cinismo
tropical connatural a nuestra insularidad, bien anclado
en la consmovisión de los de ahora que, nos
guste o no, les guste o no, andamos marcados por la
quiebra de los idealismos de otro tiempo.
De entonces a acá ya nadie duda que la actualización
del discurso cínico nos concierne de varias
maneras, pues sobre todo entre cubanos robustece su
perfil crítico y salva su componente ético,
que pusiera de relieve la responsabilidad del individuo
como unidad moral y el carácter autárquico
de la voluntad. Eso mismo ha cobrado madurez en la
obra de Elvia, que aunque sigue doblegando el sentido
de productos culturales específicos como coartada
para hablar de la constitución ontológica
de una estructura social y un devenir cultural complejos,
enrarecidos, como los nuestros, ha convertido la provocación
en sistema y no en mero tiro al blanco. Buena lectora
de Platón, debe tener archivada en su cabecita
greñuda aquella idea de El Banquete
que reza: No se aprende nada importante si no
hay seducción. Ella, que disfruta tanto
el magisterio puro y duro, ha ido fabricando un pensamiento
sinuoso que tiene el atractivo esencial de minar los
dogmas y de minar además el proceso de conocimiento
mediante un discurso crítico donde la exégesis
es lo de menos y lo de más es el goce casi
lascivo del pensar, la ilación de tesis, antítesis
y síntesis que mueven a cualquier taxidermista
del concepto a colgarle el titulito de "pensadora
posmoderna".
Véase si no el ensayito La escritura andrógina,
suerte de ars crítica, por no decir poética,
que postula la ambigüedad como cura en salud
de los resabios concluyentes del pensar y subraya
la capacidad del pensamiento para transitar del concepto
al tropo, y viceversa, pues con ello se relaja. En
las líneas de ese texto no sólo se emprende
una suerte de paradigma saludable para el ejercicio
crítico nacional, sino acaso un aproximarse
a la volitiva condición dual del individuo
que siente y piensa, percibe y racionaliza. Así
que una lógica sólo es posible a condición
de que funcione como mecanismo intercambiable, cubo
de rubik que nunca acabamos de completar.
Por ese camino digo yo que Elvia traduce la condición
del filosofar de los sofistas (que, dicho sea de paso,
era el término con que en la Grecia antigua
designaban a la gente dedicada a la filosofía).
La escuela sofística, que sólo a partir
de Sócrates se ganó la condición
peyorativa, postulaba sin miramientos su carácter
subjetivista, relativista, escéptico, de filosofía
crítica que se ocupa sobre todo del hombre,
de la moral que, en su estadio cambiante e históricamente
determinado, termina por definirse en tanto ethos.
Creo que no exagero si digo que Elvia podría
suscribir la sentencia de Protágoras de que
El hombre es la medida de todas las cosas.
Y el Arte, la Política, la Religión
y hasta las revistas culturales, apenas recetas.
Esas dotes de teórica ecléctica, que
avecina en textos salpicados de citatorios aristotélicos
o hegelianos frases del habla popular y líneas
proferidas por el salsero de turno, bastan para saber
que esta niña no ha crecido encerrada en el
recinto de la sabiduría, que es un ente expansivo
y terrenal, amante de todos los placeres carnales
y de perversas demasías también. Si
seguimos el razonamiento de que muchas obsesiones
creativas se fundan en carencias o imposibilidades,
en rebeliones contra taras o barreras, Elvia estaría
boxeando en su escritura con la estatuaria concepción
del discurso crítico, por un lado, y con el
racionalismo irrebatible, con las verdades absolutas
del canon filosófico, por otro. Prevalece en
ella la subyugante renuncia que dota al cinismo de
eficacia crítica, de espátula desincrustante,
pero que sobre todo echa mano a todos los saberes
que a su alcance tiene para juguetear y, sin desdorar
el rigor especulativo y también las precisiones
teóricas, rebelarse ante las verdades eternas.
(Vuelvo a La escritura andrógina para
proponer que se le rebautice como La mulatez de
la escritura.)
En Erizando las crines (o del arte y otras recetas)
me la encuentro incluso desandando los trillos del
origenismo y su metafísica de la insularidad,
su ontología pedante que persigue los absolutos
bajo un sol de juicio y entre las carnavalescas sacudidas
de mulatas sudadas. Anda por buen camino esta niña,
pues ya va encontrando sentido a su manera de ser
intempestiva, rabiosa de cristalizaciones y jodedora
hasta cuando de gnoseología se trata. Ojalá
y desembarque, en salud, a la revelación de
que el filósofo en Cuba deberá refundar
su canon atendiendo a la inseguridad de sus certezas
y a la patente inquietud de lo inefable que en esta
tierra se huele, presiente. Quién sabe si esto
último tenga que ver con su manía de
decir que llega a ciertas conclusiones "por olfato..."
Entonces la angustia de Elvia tiene doble vía:
la dinamitación del sentido cerrado de lo teórico
y la probable mensurabilidad de lo inasible, polícromo,
caleidoscópico, carente de quietud fotográfica
o fijeza. Sacar de tanto desplazamiento esencias fijas,
científicamente precisables, ha sido faena
la mar de veces fallida. Si Elvia se detuviese como
crítica de arte y punto en ese disfrute del
discurso estético como caja de resonancias
múltiple, inagotable, ya estaría bien.
Pero ella, que osa aparecer en una fotonovela dándose
tremendo mate con un negrón para salir a los
estanquillos en una revista que los adolescentes becados
hojean antes de masturbarse, es prueba suficiente
de cuanto aborrece los límites. Presumo que
por ahí Elvia llegará a revelarnos un
pensar filosófico que nos resuma sin agotarnos,
desde el imperio de la equívoca imagen (que
eso es Cuba, señores) o en un coito de teoría
con atisbos de sensoriedad desbocada. Por ese rumbo
quizás levante una mansión de cantería
y pronunciados semicírculos, donde los militantes
del Partido Falocéntrico tengan que bajar la
voz.
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Bajo
la piel de todos*
Omar
Valiño Cedré
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Las
poco más de trescientas páginas de este
libro de Ediciones Unión, dan fe de una trayectoria
relevante dentro de la dramaturgia cubana de este
siglo. Y digo trayectoria no sólo destacando
las sucesivas entregas que por casi cuarenta años
han hecho de su joven autor, José Milián,
un prolífero e imprescindible dramaturgo, sino
porque este volumen atestigua, gracias a una selección
cuidadosa, buena parte de esa ya extensa labor. Aunque
no lo hace desde un afán de totalidad, que
sería difícil porque Milián ronda
ya las cuarenta piezas (de ellas sólo una cuarta
parte publicada entre revistas y libros), sí
quedan muy bien definidos hitos de su producción,
lo cual no responde únicamente a la calidad
intrínseca de estas obras, sino al reflejo,
único y múltiple a la vez, que proyectan
sobre las obsesiones ideológicas y estilísticas
de su autor, así como sobre la época
en que, presumiblemente, cada una de ellas fue escrita.
(Advierto sobre esto último un desfase entre
las fechas al pie señaladas y el espíritu
que veo prevalecer en cada texto).
Un libro como este, desnuda a un dramaturgo. Si el
acto de escoger, entre muchas piezas, no fue arbitrario,
el lector puede desvelar casi el proceso interno que
siguió el escritor de obra en obra, notará
cómo ocupan su mente sólo dos o tres
temas, qué cambios introduce el tiempo y las
tensiones con el material en ellos, cómo cincela
cada época la recurrencia a los motivos quemantes
del autor. Un libro como Si vas a comer, espera
por Virgilio es ejemplar en tal sentido.
Milián abre con Juana de Belciel, más
conocida por su nombre de religión como Madre
Juana de los Ángeles, un clásico
suyo del empalme entre los 60 y los 70, deudor del
teatro documento tan en boga por aquellos años,
un síntoma de la gran dosis de experimentación
y "deglución" de los paradigmas occidentales
que felizmente padecía aquella dramaturgia.
Juana de Belciel... resulta un juicio sobre
el juicio al cual fue sometida la protagonista de
conocidos hechos históricos. Aunque el autor
encarna en personaje guiando la mirada de los espectadores,
se produce una pluralidad de visiones entre aquel
hecho que fue así en tal época y el
cómo nos habla hoy de la condición epocal
y de las actitudes del ser humano. Esa polaridad explica
el mecanismo que sirvió a varios dramaturgos
en los 70 para referir aquel presente a través
de lo histórico. Así, Milián
somete al lector, al público, a un intenso
debate moral -la verdad, el sexo, la sensualidad,
el deber son los vehículos de éste-
en el cual adquiere relieve la persona humana y sus
contradicciones con su tiempo. La obra evidencia -amén
de su marco histórico- un lenguaje descarnado
contra la mentira, la hipocresía, la representación
política, ideológica y moral, la encrucijada
del poder. Los demonios que ocupan el cuerpo de las
fieles son un pretexto para diferenciase, para rebelarse
contra la condena inscrita en sus conductas por la
religión, por el "deber ser". Ese
carácter representacional adquiere una explosiva
materialidad teatral y alcanza una dinámica
envidiable gracias, entre otras técnicas, a
un lenguaje literario excelente.
En Para matar a Carmen, el autor nos coloca
ante otra mujer, también atravesada por la
mediocridad y la desesperación ante su existencia
diaria. Asistimos a su lucha para encontrar el amor,
la verdadera vida, que el dramaturgo ve en la realización
y plenitud individuales. Aunque la acción ocurre
en una contemporaneidad, para mí, ubicada en
los 70 o primeros años 80, un cierto desasimiento
referencial y el uso de continuas intertextualidades
(algo tan caro a Milián) centran el conflicto
en una dimensión más universal entre
ese deseo individual y los obstáculos sociales,
interpuestos por otras personas, los padres, los desencuentros;
de ahí las "presencias" de Yerma,
Cecilia Valdés o la propia Carmen; quien, como
la Electra piñeriana, grita contra su pertinaz
frustración, contra la posposición a
la cual es sometida por todos. Así, sólo
le queda el recurso de la autoaniquilación
porque se reconoce vencida en su triste imposibilidad.
Del diálogo con la Muerte pasa a sus brazos.
Si veo a Carmen, aunque en cualquier tiempo, afincada
en los 70, Sibila pertenece a los 80. Con sus veinte
años desatará un tormentoso amor en
Daniel, un reconocido director de teatro musical.
Ella lo complace hasta en el sexo, pero en verdad
sólo aspira a su amistad, su compañía.
Ambos buscarán estrategias para reflotar ese
amor, pero al fin será imposible, pues si no
es compartido, resultará destructivo, afirma
Daniel.
Milián se atreve a escribir una pieza sobre
el amor y con un protagonista masculino, ambas cosas
infrecuentes, más si se comprueba que es totalmente
seria, sin guiños o ironías. Y logra
devolvernos los padecimientos del amor terminándose
el siglo, a partir de una circunstancia cotidiana,
casi pueril, donde, otra vez de su mano, asistimos
a un debate sobre el alma humana. La conquista, la
sumisión, la libertad, la existencia del otro,
la estrategia, la entrega, el sexo, la amistad son
los componentes de una relación que es diseccionada
ante nosotros, abordada con sorprendente penetración,
demostrativa del gran conocimiento del autor sobre
el alma del hombre, con y sin el género incluido.
En apariencia, la estructura de la pieza descansa
sobre la sencillez que ampara un diálogo ágil,
conceptual y brillante, reflexivo y poético
por momentos -sobre todo en los pequeños monólogos-,
mas se puede inteligir una posible estructuración
compleja: aquella en que Ana, antigua mujer de Daniel,
y Sibila, parecen desdibujarse como personajes reales
y encarnan una suerte de fantasmas quemantes en la
conciencia fracturada del protagonista. Ese desvarío
entre ambas, ese no saber qué hacer, contradecirse,
actuar contra su voluntad, es el nivel más
interesante de la obra y el plano de mayor potencialidad
teatral.
Con Las mariposas saltan al vacío entramos
en los 90. El asunto de los enfermos de SIDA y de
los travestis no esconde su obsesivo tema: la lucha
del hombre por ser, aquí dolorosamente cercenada
por un conjunto de marginaciones y una casi imposibilidad:
el SIDA. En el deseo de los travestis, como mariposas
que se transforman de un estado a otro, hay un afán
de escapar, de romper la cotidianidad, de ser diferentes
frente a lo común, simbólicamente el
travestismo es ese acto de escape ante su frustración:
palpar el amor, la realización personal, la
felicidad... pero esa circunstancia relativamente
terminal es un signo más amplio en el texto
y en la obra toda de Milián: la relación
vida-muerte. Él no le confiere un sentido físico,
la vida sería una capacidad en verdad explotada
contra la muerte como existencia fútil.
La pieza tiene como trasfondo los instantes más
duros del llamado período especial. Hay un
deseo insatisfecho en los personajes de pronunciarse
explícitamente sobre la situación; como
no lo hacen, se llenan de preguntas.
Aquí también tenemos a un joven visto
y nombrado como demonio, Gresil, y otra vez a un payaso
como la Muerte. La misma Muerte que como Realidad
encarnada vigila cada día la cola que hacen
Virgilio y Pepe para comer en el Capri. Esta es la
simple situación convertida en algo inusual
por la gracia de José Milián, estos
son los tres personajes de Si vas a comer, espera
por Virgilio, la obra que nombra el libro y uno
de los sucesos escénicos de la década
en Cuba.
De un coloquio brillantísimo, de una tensión
siempre presta a desatarse, de un humor que sólo
puede ser cubano, el texto capta perfectamente una
condición particular de la vida insular en
el socialismo de una época -el lenguaje, la
promiscua igualdad social, el miedo... En este sentido,
es un testimonio, desde los altos 90, fuerte y ejemplar,
aunque extrañamente enaltecedor. Es como un
repaso a lo que hemos sido en estos duros años
a través de una antítesis: Virgilio
Piñera. Tal vez ese juego de negaciones nos
indique una clave del encanto de la pieza. Pieza que
hurga bajo la piel de todos y por tanto reconfirma,
a través de un homenaje, una condición
cultural.
Aquí la mediocridad existencial es ser sagrado
porque "es la pérdida de toda rebeldía".
Por eso son conscientes del deber de la persistencia
frente a vaivenes de la política, funcionarios
de turno, épocas mejores o peores... y frente
a Ella, la realidad y la muerte, ante quien sólo
vale alzarse con la Obra.
Obra, como se puede ver, de un consecuente hilo conceptual,
estético y teatral. Siempre ficcional, siempre
involucrando al espectador, siempre atravesada por
un coro de voces fragmentadas, siempre habitada por
presencias llegadas de cualquier parte, siempre la
vida del alma, que es la vida verdadera, vigilada
por la Muerte. Frente a ellos, persistencia y amor,
parece decirnos Milián. Milián el incansable,
el consecuente, el sabedor.
*Leído
en el espacio "La casa vieja", del Consejo
Nacional de las Artes Escénicas, el 22 de diciembre
del 2000 en la presentación de Si vas a
comer, espera por Virgilio, de José Milián
(Ediciones Unión, Colección Contemporáneos.
Prólogo de Gerardo Fulleda León, La
Habana, 2000). Publicado en Tablas no. 1 de 2001.
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Tarde
en la ciudad
Roberto
Zurbano
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Si
pudiera definirse algún rasgo general en el
complejo espacio de las letras cubanas de los últimos
quince años -particularmente en el dominio
poético- sería, justamente, su voluntad
de confirmarse como una literatura eminentemente urbana:
Escrituras que se legitiman en el perímetro
de nuestras ciudades y en la pretensión -a
veces exacerbada - de cierto cosmopolitismo. En la
mayoría de las paginas que hoy se escriben
en cualquier rincón del planeta, no resulta
novedoso hallarnos la ciudad como el espacio donde
se resume la acelerada transformación de los
valores materiales y espirituales de esta época;
el lugar donde confluyen modos, modas, razones y comportamientos
diversos - a veces encontrados- en busca de legitimidad
y reconocimiento. Allí donde también
se confunden los fracasos con las utopías v
la espiritualidad del ciudadano más común
quedará atrapada entre las contingencias políticas
y económicas sino es capaz de salvarla con
un permanente gesto reflexivo y solidario donde se
mezclen ironía, carnalidad e imaginación.
La más reciente poesía cubana posee
una movilidad tal que no se reduce solo al espacio
de la capital: sus locus de enunciación hoy
se ubican a través de toda la isla y allende
los mares. Se escribe en un tempo también múltiple,
donde las voces simultáneas integran una escritura
coral sino superpuestas caligrafías que - afirmando,
negando y recreando- se abren sobre el fondo de la
tradición hacia los más diversos destinos.
En estos tiempos del "marketing" se olvida
con frecuencia que uno de los primeros destinos de
la literatura es el lector cercano, amigo o vecino
cómplice, con quien arrastramos los días
que corren. Entonces, coincido con Arturo Arango,
cuando a propósito de "Hotel Central",
ese inesquivable libro de Sigfredo Ariel, escribía
que "en pocos poetas cubanos (...) respira el
país interior, la lenta provincia, la olvidada".
Todo por que conozco desde hace unos años a
Alpidio Alonso y sé que es un poeta enfebrecido
por los grandes temas y por la devoción, no
a lo provinciano, pero sí a la provincia y
sus tremendas circunstancias.
Ciudades
del viento es el cuarto poemario publicado por
Alpidio Alonso Grau (Venegas, Sancti Spíritus,
1963), y es un libro de apetencias diferentes a los
anteriores, aunque las preocupaciones de sus primeros
poemarios permanezcan aun: sus conversaciones con
la madre, resumiendo otras caras del amor en un diálogo
que acorta las distancias entre lo maternal y lo filial;
la propia imagen de la campiña cubana reconstruida
aquí con palabras y giros de exquisita sencillez
literaria:
Soy
una simple rama
del árbol mutilado
de mis antepasados.
Sin saber para quién,
escribo estas palabras,
sin
conocer qué almas
comerán de ellos,
hacia su breve eternidad
tiendo estos frutos.
Este
libro propone un paisaje lírico y varios maneras
de cruzarlo, quiero decir varias escrituras, pues
el poeta ahora asume otras voces, revelando un sujeto
lírico escindido una y otra vez entre el dolor
de la existencia, los espacios desconocidos y el juego
de la escritura. Cuando el autor nos divide su libro
en tres secciones o momentos, a través de dichos
fragmentos va ofreciéndonos el modo en que
ha fragmentado la realidad y viceversa, es decir cómo
la realidad nos ha fragmentado su visión lírica
y enriquece sus posibilidades expresivas.
Ciudades
del viento expresa un momento transitivo en la
poesía cubana de este momento; asistimos a
una estrategia lírica que aun no alcanza a.vislumbrar
los nuevos horizontes utópicos e ideológicos
que las letras en otros períodos de nuestra
historia han alcanzado a dibujar; entonces es un poemario
que se lanza por varios caminos de nuestra sensibilidad,
asumiendo la tradición poética española.
Allí vemos la raíz martiana acomodada
junto a Borges y Antonio Machado, al inefable Samuel
Feijoó junto a Emilio Ballagas, los gestos
de los versos de Fina y Eliseo y hasta el pequeño
ruido de Angel Escobar. Es decir, hay una voluntad
de sintetizar viejas interrogantes, de reescríbirlas
desde un lugar menos amenazado que la ciudad.
No
quiero insistir en la importancia que hoy tienen aquellos
poemarios que describen exquisitas sensibilidades
conmocionadas por la ciudad -Martí, Juan Ramón,
García Lorca-, por que las distancias con que
operan este tipo de comparaciones nunca favorecen
a los poetas más jóvenes. Pero no he
dejado de pensar en la agresividad despiadada con
que la capital habanera impide el disfrute de aquellos
que la habitamos. Explicada esta sensación
a través de una sensibilidad no citadina podría
entenderse Ciudades del viento como una propuesta
arquitectónica que va de la nostalgia a la
reescritura de esa misma nostalgia por la infancia
y sus campos de plenitud.
He
sentido palabras al dictado
tímido y murmurante de la aurora.
Palabras del ocaso.A toda hora
ese imán invisible me ha hechizado.
Estas
palabras del ocaso que esgrime Alpidio Alonso son
para mí el ultimo minuto de la tarde junto
al malecón, junto a aquellos versos de Zenea
("La noche en mi pensamiento/Y en mi corazon
la tarde.) que hicieron a Lezama definirlo como un
poeta de la tarde porque:
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La
poesía cubana va ganando también
la expresión de los distintos momentos
de un día: madrugada, mañana, mediodía
(siesta), crepúsculo vespertino, noche.
Distintos poetas nuestros expresan diversos momentos
de sensibilidad, fijan la curva ascendente y la
parábola descendente de un día cubano'("Juan
Clemente Zenea", p. 13 , Confluencias) |
En
nuestros días cubanos la poesía encuentra
en la tarde un espacio de reflexión que la
salva de los guiños matutinos de un perturbador
mercado que hace madrugar a los narradores, impidiéndoles
el sueño ocasionalmente. Deben madrugar los
ensayistas. Y los críticos tomar el sol del
mediodía y otras lecciones cívicas;
pero la poesía encuentra en el ocaso la posibilidad
de la reescritura y del renacimiento. Más allá
de las metáforas, en esta ultima luz del día
con que me alumbran los versos de Alpidio Alonso,
me quedo pensando, incluso más allá
de este autor., en la constatación de una escritura
que reflexiona sobre sí misma antes de convertirse
en otras posibilidades, en otro paisaje de esa tarde
futura que los poetas contemplan desde el Malecón.
