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Esta Carta náutica pretende (sin lograrlo) abarcar las disímiles tendencias, las múltiples perspectivas, el babélico estado de la escritura del cuerpo en Cuba. Escogimos entonces un fragmento de la novela El paseante cándido, de Jorge Ángel Pérez, Premio UNEAC de Novela 2000 y recién publicada; un puñado de poemas del libro inédito Himnos urbanos, del joven Javier Marimón; el monólogo Omiyiero (Remolino en las aguas), introducido por las palabras de Inés María Martiatu, y donde el dramaturgo Gerardo Fulleda celebra la memoria y el espíritu tronante de La Lupe; y un segundo ensayo de Alberto Abreu sobre Virgilio Piñera, en este caso ocupado en revisar las políticas del cuerpo predominantes en esa novela inevitable que es La carne de René. Se nos queda mucho afuera, pero lo aquí reunido viene siendo demasiado para un solo cuerpo.

El paseante Cándido (fragmento)

XVII

A pesar de tantas predicciones adversas mamá esperaba que yo saldría de la cárcel de inmediato. Sin embargo, no fue así. Me mandaron al Combinado en espera de juicio.
Tras montar en el camión-jaula me di cuenta de que comenzaban mis tribulaciones carcelarias. Éramos tres en el camión, dos condenados y yo, a quien no habían celebrado juicio ni dictado sentencia. Los tres íbamos esposados. Al lado derecho, unido a mí por las esposas, un maricón; al lado izquierdo, unido también por esposas, otro maricón. Me sentía como un Cristo entre dos maricones. Conversaban alto y hacían chistes; se burlaban de todo y de ellos mismos. Uno gordo y calmoso; el otro avispado y flaco, la cara y el cuello alargados, abundante melena; el gordo ostentaba una cara redonda y cachetuda; su cuello se perdía detrás de una papada gelatinosa y era calvo. El gordo se nombraba Escila y el flaco Caribdis. Ambos estaban condenados a tres años de cárcel por escándalo público.
Consideré de mala suerte estar entre Escila y Caribdis. Cuando intentaba esquivar a uno me acercaba al otro. Tan afligido estaba por mi mala suerte que desperté en ellos las ganas de provocarme. "¿Recuerdas, Caribdis, el día que...?". "Claro, Escila, cómo podría olvidarlo."
Ambos tenían una debilidad que los había hermanado. En ella se reconciliaban, se volvían uno. No podían ver a un negro sin excitarse. Después de cada descubrimiento se volvían estrategas. Escila, siempre tímida, se acercaba con el pretexto de encender un cigarro; Caribdis, de andar ligero, pasaba cerca de la pequeña llama de la fosforera para, sin ser notada, apagarla de un soplo. Ese era el preámbulo de la conversación entre Escila y el negro. "Necesito una candelada que me encienda", y giraba otra vez el rodillo procurando el fuego. Caribdis, ágil gacela, pasaba soplando de nuevo. El gordo simulaba enfadarse y se acercaba más. "Protéjame, señor, del viento con su pecho", y el torbellino que salía de la boca de Caribdis se interponía entre el cigarro de Escila y la pequeña llama. Muchas veces fue golpeado el gordo al ser descubierto en sus intenciones. Uno llegó a molestarse tanto que, arrancando la fosforera de sus manos, le prendió fuego en el pelo. Los soplidos de Caribdis no lograron apagar la hoguera. Mientras corrían buscando agua, el negro gritaba: "Enciende, maricón, el cigarro con tu mollera." Escila bajó la cabeza para mostrarme la marca que dejara el fuego. "Pobrecilla, nació desventurada", dijo compasivo el flaco.
Cuando la suerte los asistía y hacían alguna conquista, caminaban hasta la ceiba del Parque de la Fraternidad. Y allí, tras el cerco de hierro, en el suelo o en lo alto del árbol, eran penetrados. Pero el negro no podía salir de Escila sin entrar en Caribdis. De Escila a Caribdis, de Caribdis a Escila. Pesada roca uno, torbellino el otro, y un fuego membrudo los quemaba, los hacía gritar. Los dos querían más y se peleaban por el fuego, daban gracias. "Soy una bombera", exclamaba el primero que consiguiera sofocar al negro. Ambos, exhaustos pero altaneros, cruzaban la calle e iban a tomar baños de asiento en el tazón de la fuente, la que está al lado del parque, con una india sentada entre cuatro delfines. Allí se bajaban los pantalones, y dejando que sus nalgas se apoyaran en el mármol para tocar el agua, se quedaban tranquilos por un rato, pero sólo por un rato.
Y seguro que era deprimente el espectáculo, era asqueroso, era inmundo. Nadie se atrevía a acercarse; quienes caminaban por allí se sorprendían, se burlaban, algunos se apartaban ofendidos. Entre chillidos y carcajadas se lavaban por turno. "Enjuaga mi angostura, Caribdis", clamaba Escila, para que respondiera el aludido: "Querrás decir tu anchura, maricón." Arrodillado, uno después del otro, y con las nalgas empinadas, esperaba que su amigo enjuagara lo que el negro antes penetró. Agua, agua, agua, chapoteaba incesante, y el de atrás refrescaba el culo de su compañero, lo masajeaba. "Vuélvelo virgen, agua bendita, vuélvelo virgen." "Sana, sana, culito de rana, si no sanas hoy sanarás mañana." Y empinados sobre sus rodillas, juntando sus nalgas, a las que llamaban antifonarios, dejaban escapar sendos peos a los que llamaban antífonas. Horrenda, sucia y espantosa exhibición. Dos culos en una fuente, ¡qué asco! Estuve a punto de vomitar con esta historia. Ellos reían, prometiendo ayudarse el uno al otro, y que jamás dejarían pasar de largo a un negro; solidarios lo compartirían y escanciarían el agua de la fuente en cada uno de sus culos.
Incontables fueron las noches en que terminaron en la estación de Zulueta y Dragones. La policía, cansada de multarlos, los llevó a juicio y fueron condenados a tres años de cárcel por escándalo público.
Cuando los tres estuvimos sentados y esposados dentro del camión-jaula, los dos gritaron a coro: "¡Cocheros, a palacio!"
A Jorge Ángel, que ese era el verdadero nombre de Escila, le encantó mi reloj. "¡Un Rolex, qué divino!" Como el barman checo, preguntó dónde lo había comprado. Como al barman checo, le mentí.
"En Angola, combatiendo cerca de la frontera con Zaire y Namibia", le dije; cada vez que podía me llegaba a la "Candonga". Estuve más cerca de los vendedores de pacotilla, que de las balas de los namibios.
Casi siempre me acompañaba Pablos, soldado Cook lo llamaba el coronel, y ambos quedamos deslumbrados con el Rolex; veintiséis joyas tenía el reloj que mostraba la negra en su mesita de la "Candonga". Tuve ganas de agarrarlo, salir corriendo y perderme en la espesura de la selva. Yo quería el reloj, mas no tenía las trescientas wansas que costaba.
"I want your black", dijo el rubio. Porque no entendí, repitió "I want your black", señalando con el índice al negro Pablos, al soldado Cook, quien como yo pertenecía al tercer batallón de la segunda compañía.
Stephen Burn, que así se llamaba el rubio nacido en Filadelfia y radicado en Namibia, tenía en el norte grandes extensiones de tierra dedicadas al pastoreo. Stephen Burn me confundió, como soy tan blanco, con un hacendado portugués, y creyó que el negro Pablos Cook era un bantú de mi propiedad. Me ofreció diez mil wansas. Acepté venderlo y pedí a Stephen que me dejara despedirme. "Estoy muy acostumbrado a sus servicios; es fiel y trabajador. Lo tengo desde que era un niño."
Pablos se negó al principio, pero lo convencí. "De las tres mil wansas te entregaré mil quinientas. Podrás comprar lo que quieras y llevar regalos a tu familia en Holguín." Aseguré que Stephen Burn manejaría por la carretera de Mabinga, la que iba junto al río; cuando disminuyera la velocidad para cruzar el puente, que se tirara al agua, y nadara fuerte hasta que pudiera internarse en la selva. Prometí esperarlo en el campamento con las mil quinientas wansas que le correspondían. Le recordé sus aptitudes. Había sido deportista, corredor.
Nunca le conté que Stephen Burn, nacido en Filadelfia y radicado en Namibia, fue campeón del equipo de atletismo de la universidad de Harvard, al menos eso me contó mientras me convencía para que le vendiera al negro. Espero que Pablos corriera mucho para que no pudieran alcanzarlo y consiguiera internarse en la selva. Tengo la esperanza de que encontrara alguna tribu bantú que lo acogiera. El infeliz nunca regresó al campamento.
Nueve mil setecientas wansas me quedaron después de comprar el reloj. Esto le conté a Escila mientras viajábamos hacia la cárcel. Quedó encantado, y yo complacido con mi mentira.
A palacio llegamos al poco rato. En verdad fue un pésimo momento. Cuando estuve frente al oficial que me preguntó a quién debían entregar mi ropa, creí que lo preguntaba porque moriría en la cárcel. De pronto me vi y me pensé muerto. Sentí que mis labios perdían su rosado y se volvían azules, mis carnes pálidas y frías. En ese instante vi llegar a mamá; la pobrecita había sido traída a prisión para que recogiera las ropas de su hijo. Lloraba desconsolada. Ni siquiera ante la evidencia de mi cuerpo frío podía creerlo. Como una perra olfateaba y aumentaba su pena. Las ropas le recordaban mi olor a vivo. Las olía y luego mi cuerpo extinto. Mi cuerpo tenía el olor de la muerte mientras que las ropas conservaban un olor a vivo. Me ha parecido siempre muy extraño que el tejido de las ropas conserve el olor a vivo mejor que los propios tejidos del cuerpo. El oficial le sugería que tuviera resignación. Nunca me pareció una palabra tan ridícula como aquella: "resignación." Cuanta más resignación aconsejaban, más lloraba mamá. De conseguir lo que le pedían, haría evidente mi muerte. Tampoco yo estaba dispuesto a resignarme, tal vez porque me encontraba del otro lado: vivo e imaginándome muerto. De esta especie de pesadilla salí por insistencia del oficial en que le diera el nombre y la dirección. Debía quitarme de inmediato mis ropas, el reloj. "Es un bonito Rolex. ¿De dónde lo sacaste?." Nada respondí. Me puse la ropa que me mostraba, de un tejido durísimo, áspero, muy distinto a la tela de mi pantalón y mi camisa Levi's. Elpantalón que me dieron me dejaba afuera los tobillos, y las botas tenían un número mayor del que yo calzaba. Si por algo resultaban tan incómodas las cárceles, pensé, es por la ropa que obligan a usar.
Cuando los tres estuvimos vestidos, un guardia muerto de risa nos anunció que él mismo nos mostraría las celdas. Para llegar a las galeras cruzamos el patio central. A esa hora los presos descansaban al sol y asistieron a nuestra llegada. Al menos a la mía, porque si a alguien le gritaron fue a mí. Caminando hacia la patera, como se llamaba el recinto asignado a los maricones, Escila y Caribdis contaban el número de negros presos.
Me asusté mucho con los gritos de "carne fresca para los buitres" y la celebración a mi culo. "Ya verás cómo lo pierdes." "Debe estar rosado y limpio." Una voz altísima aseguró que le gustaría oler uno de mis peos. Llegué a la conclusión de que el peor enemigo de un preso es su propio culo. Allí tendría que mantenerlo bien apretado, mucho más que cuando intentaba decir Materialismo y empiriocriticismo.
Fui yo el primero en encontrar "hospedaje". Los otros dos siguieron camino y se despidieron cariñosos. A la entrada, en una de las literas, el guardia me asignó la cama de arriba. Dijo que allí podía ser mejor observado. "Ya verás lo bien que te va." Me entregó una sábana raída y manchada, semejante a una telita de cebolla. Ordenó que tendiera la cama, estirando con cuidado la sábana para que no se me quedara en las manos. Cuando estaba tendiéndola, un tipo de unos treinta años se me presentó como "jefe de galera". Medio calvo, la frente amplia, sus ojos eran verdosos y gruesos sus labios. Era tan fuerte como yo, quizás un poco más. Tenía la piel curtida por el sol. Me observó un rato, como hacían todos, y se ofreció para buscarme una cama mejor, con sábanas nuevas, frazada y mosquitero. No dije que sí ni que no. Me limité a continuar tendiendo la que me habían dado. Cuando conseguía estirar un extremo, el otro se destendía. El jefe de galera insistió en que aceptara. Tenía guardado un colchón nuevo. Parado muy cerca de mí me ofreció un cigarro. Lo rechacé. No me gusta fumar. Él dijo "perfecto", y que no aceptara, ya tendría que ceder como cedían todos, incluso los guardias, y de repente se marchó. Estirando los extremos con mucho cuidado conseguí tender la sábana y me subí a descansar.
Al rato comenzó el desfile de presos por los pasillos rumbo a los baños. Iban envueltos en toallas y al pasar se detenían a mirarme. De tanto mirarme me hicieron mal de ojo. Según abuela Raquel, yo era muy sensible a la mirada ajena. Me empezaron unos horribles retortijones. En esos casos abuela me leía la oración de San Luis Beltrán. Como ella no estaba para rezarme la oración, fui corriendo a las letrinas.
Estaban pegadas a las duchas. La peste me guió. Cada preso cagaba sobre la mierda del anterior. En la ducha de al lado se bañaba un negro que me contempló con mirada semejante a las de los demás, pero con mayor insistencia. Cantaba una vieja canción en la que un hombre sufría por la soledad de la madre que lloraba al hijo preso por matar a su mujer y al amante, con voz parecida a la que en la multitud del patio central gritó que le gustaría oler un peo salido de entre mis nalgas. Ahora lo que salía no era un peo, sino un chorro de mierda casi líquida. El negro confundió la peste con perfume de violetas. En la cárcel los convictos pierden el olfato, eso pensé, y solté otro chorro. Había dejado de cantar la canción triste, la del preso que recuerda a la madre abandonada, y casi jadeando olfateaba insistente. Espiraba y repetía el olfateo, sin dejar de elogiar la pestilencia de mi mierda, de compararla con el perfume de violetas. Luego cambió de sonido: parecía hacerlo con la boca, como si tuviera pegada la lengua en el paladar, como yo hacía encima de Justina y Cunegunda, como me habría gustado hacer sobre Lisístrata. Opté por no darle más gusto y salí casi sin limpiarme el culo.
Fuera volví a encontrar los ojos verdes del jefe de galera. "De seguir con diarrea, si aceptas, te leeré la oración de San Luis Beltrán", dijo. Casi me sonrió, pero continué caminando, y antes de alejarme alcancé a escuchar, al parecer desde la letrina que había abandonado, la voz del negro celebrando mi mierda. Estaba muy exaltado, al menos por la entonación. "Qué rica la mierda que sale de ese culito." "Vaya mierda linda." Tan exaltado estaba que el jefe de galera le ordenó "termina de hacerte la paja, y no te atrevas más". Eso oí y los pasos del jefe que caminaba tras de mí. Cuando se me aparejó comenzó a contarme que al negro lo llamaban "Plátano, el onanista". Entró en la prisión tres años atrás, condenado por robo con fuerza. En esos días tenía otro aspecto y lo llamaban por su nombre, Arturo. Llevaba siempre consigo una foto de su mujer, una muchacha blanca y de pelo rubio. Según el jefe de galera, era una mujer bellísima. Arturo enseñaba a todos la foto, orgulloso de haber conquistado a una blanca. Sus conversaciones terminaban asegurando que lo más grande para él era "su rubia", y que ni siquiera se masturbaba por temor a serle infiel. Soñaba con ella cada noche y no le parecía bastante. Deseaba impaciente que pasaran los tres años de su condena para encontrarse con su amada. Se vanagloriaba de ser "monovaginal". Alguna vez quiso que Ramiro, el tatuador, le dibujara en la espalda el sexo de "su rubia" y encima el nombre de ella. Pero en una piel tan oscura ninguna tinta era visible. El tatuador prometió conseguir un color plata para que resaltara el sexo en la negrura de la piel. La tinta prometida demoró en llegar, y cuando llegó ya había ocurrido la desgracia.
La primera vez que le permitieron al preso encontrarse a solas con su mujer en el Pabellón, la noche anterior a la cita no pudo dormir. Los presos lo oyeron llorar; acariciaba la almohada llamándola con el nombre de su amada. Ella lo esperó sentada en una punta de la cama del pabellón que le asignaron, desnuda y con las piernas abiertas, los pies punteando el suelo y las manos sobre las rodillas. Cuando lo vio entrar echó hacia atrás la cabeza, subió las manos acariciándose los muslos, y con la punta de los dedos se abrió el sexo. Arturo, de rodillas, lloró encima del bollito de su amada. Lagrimeando olfateaba su trofeo y lo acariciaba con la lengua. Lo cubrió de besos y lo amó más que nunca.
Tras la calma, descansando, se puso a observar lo que más adoraba en el mundo. Ni el cariño por su madre era mayor. El prisionero tuvo una primera sorpresa: el rosado del sexo de Rebeca estaba escamoteado por unas manchas oscuras a ambos lados. Esta vez no preguntó nada, ni durante la segunda visita. En la tercera, Rebeca notó su preocupación y comentó que le habían salido esas manchas sin que el médico ni ella pudieran explicarse la causa. Las manchas eran difusas y aparecían en ambos labios. Como cada vez, Arturo lo bañó en lágrimas; prometió que pronto saldría de la cárcel para no abandonarlo nunca. Pero la desconfianza del preso fue más grande que el amor. Inquieto caminó por el Pabellón, miró de nuevo las manchas, preguntó. Volvió Rebeca a jurar que desconocía la causa. Él se levantó, buscó en la cartera de su mujer y encontró lo que tanto sospechaba: un plátano macho. Descubierta, Rebeca juró que lo llamaba "Arturo". ¿Qué podía hacer? Estaba tan sola, tan necesitada. En las mañanas, en las tardes, en las noches, se acariciaba los senos con los dedos de la mano izquierda y con la derecha manipulaba el plátano con el nombre de su amado, pasándolo por su sexo. El jugo lechoso de la corteza la excitaba. Lo introducía suavemente, luego con fuerza, y gemía con los ojos cerrados, imaginando la recia figura de su marido. Arturo nunca hubiera querido escuchar tal historia. El monovaginal, el que no se atrevía siquiera a desahogarse con la masturbación, se sintió traicionado y lloró nuevamente sobre el sexo de su mujer, el único que amara en la vida. Después y de repente lo mordió y tiró de él con violencia. Mordió, volvió a morder, halando cada vez. Comenzó a quedarse con tiras de la carne de aquello que tanto amara. A pesar de las súplicas de Rebeca y de sus gritos de dolor, de las uñas en su espalda y en su cara, Arturo no cedió. Sus dientes no soltaron la presa. Estaba dispuesto a destrozarlo pedazo a pedazo. Se alzó al fin con los dientes manchados de sangre, y la obligó a tragarse el plátano. Con sus propias manos lo hundió de un golpe en la garganta de su mujer. Rebeca murió al tercer día. Ese Arturo, del que no quedaba nada, estaba en el baño masturbándose ante mi mierda; aquel a quien todos conocían por el mote de "Plátano, el onanista", feliz olfateaba lo que yo dejara en el baño.


Jorge Ángel Pérez
: (Encrucijada, Villa Clara, 1963) Trabaja como editor en el instituto Cubano del Libro. Iene publicados el cuaderno de cuentos Lapsus calami (Premio David) y la novela El paseante cándido (Premio UNEAC, 2000).

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