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Algunas
aproximaciones a LA
CARNE DE RENÉ
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El
cuerpo, en La carne de René, es el eje
en torno al cual el discurso se articula, transfigura,
distorsiona; La carne, sus impulsos eróticos
(el deseo, la contención, el sadismo, el hemoerotismo);
así como la real imposibilidad de posesión
del cuerpo del Otro, imponen a esta novela su dialéctica,
su visión autolacerante. Los orígenes,
sin dudas, están en la visión personal
de Piñera, su peculiar manera de encarar la vida,
la relación enemistosa que siempre sostuvo con
su propio cuerpo.
Y el problema no lo era de enemistad, porque nunca antes
hubiéramos participado de amistad; tampoco desligamiento.
Si creo que seamos la contradicción que necesita
contradecirse. La pregunta era: ¿Hasta qué
punto, límite o frontera me extendía yo?
¿De ti provenía la armonía o eras
el desconcierto? ¿Era yo alguna de ellas? Flotando
entre tales interrogaciones crecía cada vez más,
como un desmesurado aerostato, la distancia y la indiferencia
(...) Y tú, por tu parte hacías igual
cosa conmigo; siempre recordaré que en mis tribulaciones
amorosas y cuando más indefenso y débil
me sentía, te ingeniabas para irte de paseo a
la montaña carnal donde se rompe la unidad de
la vida. Así, hemos practicado entre ambos un
boquete aislador que impide toda comunicación
humana.
(Discurso a mi cuerpo.)
No por azar en esta obra proliferan los dobles, los
espejos, la oposición luz-tiniebla. Escritura
hecha de supresiones, carencias, deseos sublimados,
como gesto de insubordinación, de transgresión
frente a la realidad. He aquí, además,
-mencionadas como de paso- algunas de las presuntas
afinidades de esta novela con el discurso lacaniano.
Como es de suponer, este autor halló en el pensamiento
existencia lista un conjunto de nociones que estimularon
su personal cosmovisión del cuerpo humano. La
carne de René no sólo transparente
dicha filiación, sino que en ella tales presupuestos
ideo-estéticos se encuentran asimilados, re-creados.
Detengámonos, por ejemplo, en ese aspecto, centro
de la epistemología existencial, que considera
al cuerpo como un punto de vista a través del
cual el individuo conforma y fundamenta la existencia
del mundo. "... es el misterio de la personalidad
encarnada, y esa encarnación sería dato
central de la metafísica; dato y no hecho,
pues es a partir de él que el hecho es posible."(1)
Tan solo un instrumento, un objeto más entre
los que a diario percibimos. En esto radica su contradicción
más inquietante; aquello que Sartre llamó
la fatalidad del ser,(2)
necesidad entre dos contingencias; punto de vista y
ordenación. La existencia del cuerpo y el surgimiento
del mundo significan lo mismo.
Esta primera novela de Virgilio Piñera(3)
nos narra el proceso de iniciación de su protagonista
en el conocimiento de su cuerpo. Un conocimiento basado
en analogías cuyo único punto de referencia
es él, intento decir al propio cuerpo de René.
De ahí los respectivos sentimientos de asombro,
denegación, extrañeza, y finalmente aceptación
que son propio de todo un intenso proceso de aprendizaje.
Lo que explica y justifica muchos de los procedimientos
narrativos empleados.
Los
espejos
Frente
al espejo contemplaba su carne desde distintos ángulos;
si la miraba de arriba abajo, con la esperanza de encontrar
algo que no estuviera formado por la carne, debía
desviar horrorizado la vista; si cruzaba sus miradas
de derecha a izquierda sólo carne contemplaba,
hasta que la vista alocada, se lanzaba en pos de cualquier
objeto que lo librara de tanta monotonía.
"Tierna y jugosa." p. 183
El
sobretodo estaba hecho de ruinas; en vez de ir al toilette
para asearse, se quedó mirándose la cara,
como si se negara a admitir que la imagen que el espejo
devolvía era la suya.
"La carne perfumada" p. 117
El
otro, señalando un espejo de cuerpo entero, le
hizo una seña para que lo siguiera. Una vez que
estuvieron frente al espejo dijo:
-Sólo faltaba esta prueba nos parecemos como
dos gotas de agua.
"La batalla por la carne." pp. 166-167
René
mira su cuerpo en el espejo como si se tratara de un
acto festivo. Le molesta que está constituido
de carne, que aquella cara sea la suya. Es la falacia,
el juego bizantino en que se halla inmerso. Él
nunca podrá ser un punto de vista sobre ese punto
de vista que es su propio cuerpo. Es la gran batalla
que se libra en su interior escindido. Lo que terminará
admitiendo al final de la obra, y no por azar, frente
al espejo "Entonces, recurrió así
mismo. Contempló su cuerpo en el espejo de una
tienda, en la vana esperanza de ofrecérselo a
Dalia. Sólo carne de tortura halló su
mirada implorante. "Simpática ironía.
Curioso regalo este que la vida le hace al revelarla
que no es más que la aprehensión difusa
de algo de lo que no puede desprenderse porque está
en unión absoluta con él.
El protagonista de la novela de Piñera sólo
tiene una vía para conocer el mundo que le rodea:
su propio cuerpo. Ello es inseparable de la mirada ajena,
del reconocimiento de los otros, quienes lo acosan,
desean. Ellos han logrado algo para René imposible;
tomar un punto de vista sobre él. Pura retórica
existencialista, para que en esta obra resulta un procedimiento
armónico y eficaz.
El
doble.
Vinculado
al concepto de novela de aprendizaje, de la conciencia
de ser para la carne como auténtico conocimiento
de su identidad, que va adquiriendo René a lo
largo de la obra. Cada doble es otro y es él
mismo enfrentado con su propio dilema, batallando con
la heterogeneidad de su ser.
Sentía que el álbum le quemaba las piernas
y también el alma, pero la curiosidad fue más
fuerte, y como quien asiste a su propia ejecución,
ya sin resistencia, clavó sus ojos en la primera
figura. Había sido modificada. Si el hombre que
aparecía en la misma posición, decenas
de flechas se clavaban ahora en su carne, en tanto que
la cara era la del mismo René. Las manos, descansando
sobre los muslos, sostenían una flecha vuelta
hacia su propio cuerpo. Y esto no era todo. La figura
había sido dotada de un fondo: un campo de cultivo
sembrado de flechas, tan unidas que sería imposible
caminar entre ellas.
"El servicio del dolor." p. 49
Otras veces, son los deseos de René o de sus
perseguidores transferidos a un doble. En el capítulo
"La carne perfumada", René, asombrado
descubre en la bañadera de Dalia a uno de sus
dobles.
-¡Oh, si está desnudo! Corazoncito, pescara
un resfriado, ¿Es visto un fantasma en el baño?
De pronto recordó que había metido el
maniquí en la bañadera para lavarlo y
que una visita matinal le impidió hacerlo. Imaginó
el estupor de René y, viéndolo con una
cara tan patética se echó a reír
como una loca. "Es tan sólo una muñeca",
decía entre carcajadas.
-Es mi doble -gritó René con voz estrangulada-
También usted tiene mi doble.
-Pues claro que es su doble -contestó ella con
desfachatez-. Qué iba a hacer si no podía
tenerlo usted en carne y huesos.
Albert Guerard en su prólogo a la antología
Stories of the Double destaca como caracteres
que parecen conectados ocultamente en la imaginación
del autor son referidos como dobles. Al igual que un
fuerte sentimiento de identificación, simpatías
pueden producir esa sensación de doblez, de inmovilizante
reconocimiento del yo que el escritor podía haber
sido.(4) La observación
de Guerard resulta muy oportuna a propósito de
este aspecto en La carne de René. El protagonista
de Piñera tiene las cualidades de todo objeto
erótico. Sin embargo, es el anhelo de posesión
de su carne la única finalidad que mueve al resto
de los personajes, dotando a su cuerpo (objeto del deseo)
de una significación sacra, venerable. El gesto,
como se puede apreciar tiene una fuerte dosis de perversión
mística. René, por lo tanto, deviene en
signo de la evanescente, de la ausencia, el vacío
como significante que envuelve todo deseo: El objeto,
que se ha transformado en el centro de nuestros anhelos
y cuya posesión nunca llegaremos a concretar;
porque es sólo espejismo. Pero el héroe
de Piñera es eso y mucho más; es la fuga,
la denegación, la huida constante de los asedios
(placeres o/y tormentos) del cuerpo, de los deseos contenidos,
latentes, desplazados a Otros. Esos Otros, que en su
persistencia terminan disfrutando de algo que no es
René, sino uno de sus múltiples dobles.
Toda la novela está signada por esta ubicuidad.
Su desplazamiento a lo largo de la obra es como un péndulo
que va del rechazo a la aceptación. René,
al final, termina aceptando lo que antes negaba. Se
ha liberado. Ha entrado a formar parte de la cadena.
Es el juego macabro en que Piñera ha enrolado
a su personaje. Típica perversidad piñeriana.
En las constantes negativas de René, frente a
lo que considera una imposición de parte de su
padre, subyace el rechazo del autor a todo dogma, toda
autoridad social o patriarcal. Obsérvese que
la novela, sobre esta base, podría dividirse
en dos momentos perfectamente diferenciables en la actitud
de su protagonista: 1) antes de la muerte del padre.
2) después de la muerte. El primero de estos
momentos, regido por la negativa del personaje. El segundo,
el personaje libre de la normativa paterna acepta iniciar
el conocimiento de su cuerpo. Transfigurándose,
paradójicamente, en el padre. Su destino también
será el de Ramón. Aquí, se valora
lo paterno como ley, dominio, imposición, tabú.
"El falo es el significante privilegiado de esa
marca en la cual el rol del lagos se junta con el advenimiento
del deseo..." Afirma Lacan. Significante paterno
que viene a llenar el vacío propio de las esciciones
del ser que se producen al proceso de constitución
del sujeto. Sólo muerto Ramón, René
está en condiciones para iniciar un verdadero
conocimiento de su propio cuerpo, y una auténtica
identificación con el padre. Es el juego de Edipo:
"Sólo se mata al padre para sustituirlo
por la ley paterna."
Nada de dicotomías cuerpo-alma, esencia-apariencia,
ni de cuestionamientos en torno a la supuesta inmortalidad
del espíritu, ni sobre la naturaleza corruptible
del cuerpo; sus implicaciones éticas o cívicas
al estilo de Platón o al discurso tomista. Ya
Leonardo -nos cuenta Valéry- en medio de su fascinación
por el cuerpo, llegó a considerarlo tal maravilla,
hasta el punto de entender por qué el alma siendo
algo tan divino no se desprendiera de él sino
con las penas más intensas. "Creo que sus
lágrimas y su dolor no carecen de razón..."(5)
Pero el desprecio de Piñera va más lejos
de todo naturalismo. Su rechazo y burla hacia toda esa
tradición filosófica no conocen límites.
No sólo aísla el cuerpo, sino que crea
a partir de él un espacio físico, un tropo,
que convierte en el centro de sus preocupaciones y problemáticas
mundanas. El cuerpo como nexo o trampolín para
nuevas asociaciones de ideas, para la parodia, la sátira,
dirigida a cuestionar la validez de ese modelo cosmológico
que descansa en el supuesto equilibrio alma-cuerpo,
materialidad-espiritualidad.
Referencias
bibliográfica:
(1)
Fantone, Vicente. El existencialismo y la libertad
creadora. Col. Los pensadores, Eds. Argos, Buenos
Aires, 1949, p. 97.
(2) Ibid, p. 97.
(3) Los fragmentos aquí citados corresponden
a la edición cubana de La carne de René.
(4) Citado por Grabiela Ibieta. "Las funciones
del doble en la narrativa de Virgilio Piñera".
Revista Iberoamericana. Nros. 152-153, p. 975.
(5) Valéry, Paul. Política del espíritu,
"Introducción al método del Leonardo".
Ed. Losada, S.A., Buenos Aires, 1945, p. 168.
Alberto
Abreu (Matanzas, 1962) Narrador y ensayista. Obtuvo
el Premio de Ensayo "Enrique José Varona"
de la UNEAC correspondiente al año 2001 con su
libro Virgilio Piñera: un hombre, una isla.

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