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La isla en el equipaje
Mirta Yáñez

Mirta Yañez

El 3 de mayo, el mismísimo día en que irían a enfrentarse los peloteros cubanos con los Orioles en la ciudad de Baltimore, yo viajaba de regreso a La Habana, desde New Jersey a Miami en guagua. La principal característica de esa línea viajera es que desde sus choferes hasta el ultimo de sus pasajeros son cubanos, como cubano es su nombre, su música, su ambiente, e incluso sus restricciones que prohiben a sus usuarios "viajar descalzos" y hacer comilangas con olor a cebollas. Mi absoluto anonimato me permitía disfrutar de los comentarios que daban por seguro, con euforia y orgullo, el triunfo del equipo cubano, comentando los averages y los avatares de nuestro deporte nacional. En medio de semejante cubaneo, me sentía ya en La Habana ... A la hora de la verdad, en este caso a la hora de la pelota, no existían distancias, ni siquiera esas largas noventa millas, las noventa millas más célebres de la historia de la humanidad.
El tema de la llamada "diáspora" cubana también es largo y tendido. Los cubanos cargamos la Isla en el equipaje de ese sitio llamado alma. Los que andan por fuera --y los de adentro también-- sufrimos a Cuba como una obsesión. Los cubanos de una y otra orilla, conservan por igual memorias, vocabularios cómplices, manías.
No voy a caer, por cierto, en la manía cubana de generalizar, así que mi punto de vista se va a mantener dentro del ámbito cálido de la familia, los amigos y la literatura, mis tres pequeños territorios todavía habitables.
La proposición de "ver desde Cuba la emigración" me resulta cuando menos confusa, pues tengo la impresión de que los cubanos, tanto los de "dentro" como los de "afuera", todo lo vemos desde Cuba. Desde esa premisa, y dando por sentadas las diferencias, nos unen tres aristas del destino: la angustia por la identidad, la pesadumbre de la separación y la jocosidad a todo trance.
Para los cubanos, al sentimiento conceptual de Patria se le suma la necesidad ineludible del objeto material, del PAIS, eso que a la manera antigua y sin temor al ridículo, quiero nombrar como la tierra que se toca, el aroma (por ejemplo, de café recién colado), los rumores y las griterías, el sabor (por ejemplo, a salitre) y todo lo que la mirada sea capaz de posesionarse. Y esa necesidad, ese amor del cubano que vive lejos del País, lo sentí muy vivo en una sala habanera en pleno Manhattan; en una Nochebuena con lechón y congrí en la parisina Rue Demarquay; en el voluminoso álbum de recortes de periódicos con noticias sobre Cuba que mi prima ha ido atesorando; en los perros callejeros de Luyanó o Alamar que han viajado en balsas, aviones y otros artefactos, y hoy ladran a las lunas de Union City o Hialeah, en los poemas de amor, nostalgia e incluso de airadas voces; en las cenizas cuyos dueños pidieron fuesen devueltas al terruño natal; en el chiste trasmitido por Internet; en la consulta espiritual con el babalao de Guanabacoa desde Barcelona; y hasta en cocinar en una olla de presión hecha en Cuba, considerada tan insustituible como una canción de Bola de Nieve, la Catedral o el Cañonazo de las Nueve. Cubanas muestras de ternura, pertenencia raigal, sensualidad y disparate, componentes no leves de nuestra idiosincrasia, o como decía un locutor radial, con irrebatible lógica dentro de su error lingüístico, nuestra "indiosincracia".
Pero la característica fundamental de los ausentes del País es el TRASIEGO: se trasiegan entre otras cosas, medicinas, cartas, fotos, cassettes, anillos de compromiso, libros, chismes, revistas, bolas, "jeans", adornos, discos, objetos de culto, y, ya se sabe, chistes y perros. Entre los cubanos de dentro y los de afuera, los familiares, los amigos, los amantes, hay un permanente intercambio, un trasiego de objetos, palabras, creencias y emociones, como nunca visto en las historias de las migraciones. Y es que el cubano no se acostumbra a tener sus afectos regados por el mundo ni a ser espectador de su País desde lejos, ni a ese salir y entrar de las vidas. De ahí el trasiego...,la tragicomedia cubana entre el vacío y el delirio de grandeza, entre la historia que se acumula y el presente que se va, entre la amargura y el choteo, definitivamente el desasosegante amor a lo nuestro como bien lo dejaron escrito dos poetisas cubanas ya fallecidas. Pura del Prado lo decía así:

¿Dónde estamos parados?
¿En Flager, en Neptuno, en no sé dónde...?

y Dulce María Loynaz, tomando como metáfora el habanero Río Almendares, lo expresaba de esta forma:

Yo no diré que él sea el más hermoso...
¡Pero es mi río, mi país, mi sangre!

 
 
 

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