uno


 
 

Las faenas del Eros
Dean Luis Reyes


Víctor Fowler

Si bien en el presente número de La isla en peso varios textos apuntan a revisar la presencia del Eros en las letras de Cuba, ello ha sido como sin querer. Mas, el diálogo que sigue fue del todo prevaricado, pues Víctor Fowler quizás sea el ensayista cubano que mejor ha seguido la Ruta de la Carne (valga la analogía) dentro de nuestra literatura. Tiene su crédito ganado el negro, con todo y que no luce precisamente como un efebo. Por eso tiene la palabra.

"Esta entrevista ha sido articulada contra el canon", aclara la línea introductoria al diálogo que años atrás sostuvieran Carlos M. Aguilera y Víctor Fowler con Carlos M. Luis, titulado El estado origenista. Suscribo esa línea inicial por cuanto lo que sigue se desembaraza de buen número de estereotipos acendrados en la manera de entender la función de los cuerpos dentro de la literatura cubana.
Mientras el desmadre del eros en sus múltiples matices se apoderaba de la literatura cubana, apuntalando o demoliendo la nación sensualista y calenturienta que tanta gente dice nos concierne, Víctor se entregaba al estudio de las expresiones literarias de esa carne cubana. Dos textos de los pasados cinco años, La maldición. Una historia del placer como conquista y Rupturas y homenajes, acogen al ensayista Fowler, que además es poeta y narrador. Recién, La eterna danza, antología de la poesía erótica de los últimos doscientos años cubanos, ponía otra piedra en la edificación de esta clase de estudios.

- En la antología La eterna danza está explícita una vocación por historiar el tema de lo erótico en la literatura cubana, que en tu caso, por los presupuestos que manejas, buscan definir el marco de una suerte de identidad.

- La manera en que he trabajado el tema de lo erótico, tiene ciertamente la ambición de historiar, de presentar un proceso de desarrollo en el que la corporalidad es leída en paralelo a la nacionalidad. Somos un país que vivió un largo período colonial, etapa que nos marcó para siempre en lo que a nuestras coordenadas socio-culturales atañe; pero, además, un pequeño país: subordinado, periférico respecto a Europa y tremendamente cercano a los Estados Unidos, quienes han sido el monstruo industrial del último siglo y el mayor productor de imágenes culturales masivas. Si tomamos como plataforma mínima las represiones y duplicidades del cuerpo bajo un estatuto colonial, así como la explotación de lo erótico en la cultura masiva y el trastorno de esto que trae la utopía socialista, tendremos que aceptar que hemos vivido cambios tremendos en apenas cien años. Hemos vivido en una colonia y salido de ella hacia un momento de modernización en los primeros años de la República; hemos visto la crisis de ese modelo republicano -con la presencia y penetración norteamericanas mediante- tanto en lo sociopolítico como sociocultural; comenzado un proceso de revolución socialista que intentó barrer ambos pasados y hoy, luego de lo ocurrido en los países del antiguo "bloque del Este", habitamos las contradicciones y crisis presentes del modelo que unos años atrás parecía inamovible. Los cambios han sido muchos y -en esto va mi propuesta- se experimentan en el nivel de la corporalidad. Al menos, en la manera en que entiendo corporalidad, que lo mismo incluye las relaciones sexuales que la representación de lo erótico o la posición de los cuerpos en el espacio público. Si se consiguiera trazar ese devenir habría otra -y la misma- Historia nacional. Es lo que he intentado hacer. Carezco del dominio como para escribir tal Historia de Cuba, pero sí he intentado abrir caminos que confluyen en ella. A partir de lo que he publicado se puede ir muchísimo más lejos.
Hay cuestiones que me fascinan de la historia cubana, en especial cuando puedes localizar en ese largo desarrollo histórico momentos en los cuales hubo una gran concentración de debates alrededor del fenómeno de la corporalidad, fuesen éstos abiertos y explícitos o secretos e implícitos. Nuestro presente es ejemplar en cuanto a lo segundo, en especial con la representación de la homosexualidad; pero también en la otra gran zona nuclear que se está conformando durante los últimos años, que es el fenómeno de la mujer, del cuerpo femenino. Lo curioso es que investigas en la prensa y literatura cubanas y descubres que en la década de 1950 hubo otra zona semejante en cuanto al asunto de la homosexualidad e igual sucedió en los 20 y en los 80 del siglo XIX. Por ejemplo, en el XIX el gran debate se dio con un episodio que hubo a partir de cierto libro donde se hablaba del Centro de Dependientes de La Habana. Esto lo ha trabajado muy bien Oscar Montero en un libro sobre Casal, donde analiza la crónica del poeta sobre el particular y el fenómeno que hubo alrededor. En ese lugar funcionaba una especie de albergue para alojar a los muchachos que venían de España y, siendo un sitio promiscuo, el libro alegaba que había homosexualidad. Aparecen entonces artículos en contra, declaraciones de la prensa de las sociedades españolas donde se dice que esa es una declaración falsa. Si a esto sumas la publicación, en esa misma década, de novelas cubanas donde aparece por primera vez el tema, la de discursos médicos (hay uno fascinante en el Primer Congreso Médico titulado La pederastia en Cuba) o artículos como ese célebre del periódico ilustrado La Cebolla sobre los maricones de la calle San Miguel o la tremenda bilis del doctor Benjamín de Céspedes en su libro La prostitución en la Habana, es evidente que hemos localizado un problema o zona en la cual trabajar. Normativizar el cuerpo es la preocupación fundamental de la Ley, la Iglesia, la Educación en cualquiera de sus formas. Puedes escribir esa historia desde lugares distintos; yo he buscado uno: la literatura.

- Es presumible que algunas de las claves para la construcción de la identidad cubana podrían hallarse por vía de lo erótico.

- Por vía de lo erótico lo mismo te encuentras la realidad de lo que el cubano es que la manera en que fabricamos una mitología para lo que creemos que somos. Yo no me hubiera dedicado a pensar esos asuntos si lo único que me interesase fuese el miembro primero de la frase; para mí la parte llamativa está en lo segundo, que es el imaginario trabajando, y sobre todo cuando entiendes que hay un profundo vínculo entre esas expresiones y la política, la formulación de la ideología, las operaciones históricas del poder, las estrategias de dominación: lo mismo en el XIX que ahora. Lo que somos, más eso que creemos que somos.

- En el caso de la mucha literatura que está abordando estos temas hoy en Cuba, llama la atención que se abunde en un discurso de afirmación del sujeto homoerótico, en una suerte de estrategia de legitimación que se va volviendo ya como que excluyente.

- Es que creo que nosotros estamos sencillamente viviendo nuestro momento. En la élite cultural, que es donde se consume la literatura de Foucault o las teorías del sujeto queers, y dentro de la zona de la élite cultural que está dispuesta a trabajar con los presupuestos básicos de este pensamiento crítico, hay un adelanto infinito respecto a la manera en que la sociedad cubana valora el asunto. Tienes entonces a un grupo de autores que a lo mejor están pensando de otro modo, pero trabajan al ritmo de la sociedad en que viven: tienen una mitad del cerebro en una realidad que sucede en otra parte, que muchas veces es libresca; y la otra produciendo al ritmo de lo que su país vive y asimila. Sucede entonces este trabajo en términos de afirmación.
Escuché a un amigo pronunciar una conferencia sobre el estado de los estudios y problemáticas de esa manera de mirar que hay detrás de los estudios gays y lesbianos. Según él, después de haberse luchado por la tolerancia y luego por la igualdad, en este momento hay el regreso a un punto en que el debate se coloca en la noción de ciudadanía: ¿qué es un ciudadano?, ¿quién hace la noción de ciudadanía? Después que te defines como grupo, resulta que falta lo primero: definirte como ciudadano. Te defines como grupo porque el camino está, digamos, hecho para que seas grupo, y siendo grupo no eres ciudadano. Luego, ¿cómo se discute esa noción de ciudadanía? La discusión de la ciudadanía en Cuba no se ha empezado ni a soñar, no es un concepto que tenga entidad aquí. Esto es curioso, pues se trata de las maneras extrañas en que se reconstruye el pensamiento de izquierda, aunque esto lo pongo yo y no sé si mi amigo lo está pensando así.

- Pero la discusión acerca del cuerpo y los roles sociales en la sociedad cubana se ha situado al centro de un debate enorme. Ello se produce a partir de la crisis de los años 90, con el destape y la actualización que soportan los cubanos en todos los aspectos. Entonces, la situación actual resulta interesante como expresión de un fenómeno quizás orientado a la reconstrucción de los asideros de una suerte de paradigma de lo cubano, a manera de un modelo de identidad social y subjetiva que comienza por el cuerpo.

Hay algo terrible en ese asunto: no puedes analizar el presente sin tomar en cuenta el pasado. Creo que en este presente cubano la obsesión con el tema del cuerpo enseña el cruce de muchas neurosis distintas. El pasado clásico, el más clásico de todos en la cultura occidental, te enseña que la locura del cuerpo suele ser preludio de un caos social, de la desintegración de una estructura sociopolítico-administrativa. Es una especie de viaje en la nave de los locos, pero es una neurosis por la angustia del fin, la angustia de un futuro no previsible. Los seres humanos nos sujetamos a los cuerpos porque, a fin de cuentas, no tenemos otra cosa para enfrentar el dolor, sentirlo, sucumbir a él o vencerlo; la idea nos sostiene, pero es el cuerpo quien atraviesa o no por el infierno. Y no es que pretenda reducir toda experiencia a un enfrentamiento entre idea y condición carnal, espíritu y materia en última instancia, sino recordar que aquí no hay reducción posible, pues se trata de un conflicto tan pequeño como un átomo y grande como el universo. Es decir, somos, a la vez, la estatura que tenemos, los demás, la especie entera, el pasado, el presente y el futuro. Eso coincide con que estamos atravesando, en nuestra última década, los procesos de emancipación sexual que una zona del mundo occidental, en sus regiones metropolitanas, vivió hace dos o tres décadas. Y resulta que ocurre mientras padecemos las fragilidades propias de una crisis económica que, como un techo, se desploma de súbito al comienzo de los 90.
Por otro lado, en lo que trata del afuera, no deja de ser un modelador de la conducta -aunque eso sea un dato menor- la alta cantidad de producción cultural que proviene de mundos que ya atravesaron este proceso, donde los valores son otros, y que chocan frontalmente con normativas de nuestra vida. Del lado opuesto, en cuanto a las contradicciones propias de nuestro mundo, el cuerpo es susceptible de ser utilizado como territorio de una batalla política planeada por los autores en términos de baja intensidad. Mira: no ha habido un texto cubano que trate de meterle el cuchillo, con los términos en que trabaja la narrativa histórica, a lo que fue la década de los 70, a lo que fue la UMAP. Tienes entonces una batalla que es política, pero está planteada desde otro terreno: hay una descolocación, una estrategia de fuga.

- Pero esta necesidad de afirmar al excluido, en este caso al homosexual, conecta con una tradición, digamos, justiciera, de solidaridad con el atropellado, de larga raigambre en nuestra cultura.

- Pero lo curioso es que hace veinte años esa tradición se evacuaba en términos políticos hacia los humillados y ofendidos. Cuando se refería a la vida antes de 1959 esa justicia era para los pobres; cuando se refería a la vida de la Revolución, era para defender la verdad, en el gran modelo de la literatura obrera cubana, la deglución que se hizo en Cuba del realismo socialista. Esa vocación de Robin Hood era para eso, y ahora resulta que es para defender al gay. Ello, en detrimento de la complejidad real de la sociedad cubana y del grave problema que la sociedad cubana tiene con la verdad. En un artículo dije que el gran problema estaba en que hoy la gran figura ausente es la del revolucionario, el comunista... No hay uno: ni en un poema, apenas en algún cuento y creo que en ninguna novela.
La literatura cubana más reciente destaca por el peso que en ella tienen una variedad de prácticas corporales que van desde el homoerotismo hasta la visión de lo femenino, la representación del cuerpo negro, las prácticas de autodestrucción, la representación del dolor y las imágenes de autoagresión; son referencias que no pocas veces admiten ser leídas como fenómenos de dominación-sujeción, como metáforas de sufrimiento. Hay entonces mucha tela por donde cortar para leer eso en el espejo de la época -época de sufrimiento, por demás-, al mismo tiempo que son parte de un proceso de desarrollo que atañe a la lógica interna de la escritura en su búsqueda de la verdad del Ser y de las épocas, ya que hablamos de prácticas y modos de representación que fueron desterrados durante muchos años de nuestra literatura y de la visión que sobre la realidad cubana mostraban sus escritores. Habría que hacer una lectura histórica para comparar el peso que en nuestra vida tuvieron imágenes que hoy ves menos. En la literatura cubana de los 70 tenías la representación de dos grandes modelos de sufrimiento: el asociado al pasado, con la representación de la tortura; y otro asociado al sacrificio del presente: el machetero como gran metáfora del cuerpo. El sudor, el filo de la hoja que te hiere la piel: un sufrimiento con sentido histórico. De entrada, hoy estas imágenes no son materia literaria, y sí encuentras representaciones del sufrimiento suele estar asociado al sin sentido, el caos o la repetición: o es una auto-agresión o es la cola, la multitud, el cansancio. ¿Te acuerdas del inicio de Madagascar? Aquellos cuerpos sufridos en bicicleta en cámara lenta; o un relato como ese magnífico Las palmeras domésticas, de Daniel Diaz Mantilla: el cuerpo que se arrastra por las calles de La Habana cumpliendo una promesa a San Lázaro... Eso no es posible estructurarlo en una narración política de salvación ni de representación del futuro de la nación.
Los escritores de hoy viven, en cuanto a las historias del cuerpo, una época de gran riqueza en la que las lecturas posibles de sus textos son muchas y en la que el campo literario -la crítica, los espacios de publicación, los lectores, los colegas mismos- está preparado para acogerlos. Las fuerzas se multiplican cuando uno se siente parte de algo mayor, de una batalla cultural a fin de cuentas, pero a la par de esa riqueza, dicho campo posee una simplicidad básica: para mi, la sociedad cubana está en una desesperada lucha entre su destrucción y su salvación, y ahí las fuerzas que se enfrentan son mucho más profundas que las que la literatura ha logrado captar. Y fíjate que no hablo de socialismo cubano, pues el conflicto es de mayor profundidad que la existencia de una determinada ideología o sistema político.

- Pero percibo que en esa tensión se está dando una síntesis de las visiones negativa y positiva de lo cubano, en una suerte de conciliación de opuestos que quizás persiga reconstruir ese paradigma...

- Hay que ser mesurado y no convertir el país propio en el centro del mundo. Todos los países viven en tensión entre una fuerza centrípeta y una centrífuga, ese es un fenómeno universal de las estructuras sociales. La particularidad de este asunto en el caso cubano es que el sistema sociopolítico-administrativo cubano está en un punto de crisis. Un sistema es una estructura para procesar el mundo, y el nuestro vivió 30 años en relación con un sistema socialista, integrado a él, y ahora la estructura está buscando integrarse a una nueva realidad del mundo. Desde ese punto de vista, nuestras tensiones son dobles.
Por ejemplo, un asunto que viven todos los países donde hay, al menos más, de un grupo étnico, el caso del racismo cubano, se complica al ser una nación en situación de crisis; agrega que una parte significativa de la población se encuentra fuera del país, que esa parte es liderada por un sector adinerado en profunda relación con tu enemigo directo -con un largo grupo de intelectuales orgánicos a sus proyectos- y donde, de contra, la inmensa mayoría es blanca. Así que lo que sería la tensión normal de vida de un país aquí resulta que de pronto es anormal. Cuando un texto se refiere a ese asunto se está refiriendo a tres, cinco asuntos juntos. Pero eso que digo es un panorama rico, por su complejidad.

- Me llama la atención que te conociera diez años atrás como conferencista en un curso acerca del origenismo, que es como la metafísica del ser cubano, y ahora te advierto ocupado de las faenas del cuerpo y los rituales de la carne.

- Esa parte del origenismo nunca la he dejado. De hecho, mi próximo libro publicado contiene textos que nunca publiqué sobre ese tema, en especial sobre Lezama, que fue quien siempre más me atrajo de los escritores de Orígenes. Ocurre que en medio de eso, la admiración por Lezama no excluye tener presente siempre que soy una persona que pertenece a otro tiempo, con valores distintos. No soy ni quiero ser un intérprete epigonal de Lezama ni soy su hijo carnal ni tengo con él más que la relación que se tiene con un autor, aunque vea en él un fenómeno y casi un Dios. Porque a diez de últimas no es más que casi un Dios. Si bien hay muchos aspectos de su teoría cultural que para mí son maravillosos, hay otros que sencillamente no comparto, sea su manera de construir el pasado o sus presupuestos ideológicos -si entendemos ideología más que como ideología política. El libro que acabo de terminar, que será el próximo libro de ensayos míos que se vea, es continuación de este trabajo con el tema del erotismo y la corporalidad.

- Es peculiar que en tu poesía y hasta en la narrativa que tienes anunciada, pero sin publicar, estén las matrices de estos temas que tratas en tu ensayística, aunque a todas luces esta última eclipsa el resto de tu obra. ¿Es así?

- El esqueleto de mi ensayo es mi poesía. Mis intereses vitales están en mi poesía. Al menos yo lo veo con total transparencia. El que se tome el trabajo de leer la poesía que escribo entenderá el resto con facilidad; o sea, lo que tengo en la cabeza cuando escribo otra cosa, ya sea algo en especial reflexivo como la crítica o de absoluta invención como la narrativa, que por cierto también hago. En cualquier sentido mi poesía es mucho más política que mi obra ensayística.


 
 

SUBIR