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Recién
se nos murió Alberto Serret, a quien sabíamos
por otra geografía, pero cuyos numerosos libros
tachonados de mundos extraterrestres, sucesos fantásticos
y escenas de gente que sueña, seguían
persistiendo en las casas cubanas. Él y Chely
Lima aparecían en la memoria nacional como poetas,
guionistas de televisión y narradores precoces
de los lejanos años 80. Ahora que se ha rendido
su corazón, La Gaceta de Cuba lo evoca salvando
del olvido "Estos cuartos de hotel de malanoche",
oculto todos estos años bajo el techo del escritor
Arturo Arango, quien toma a su cargo la nota introductoria.
La isla en peso propone verlo ya como
un momento luminoso en la poesía cubana y lo
trae a sus lectores sin que importe tanto si el poeta
sigue vivo o no. Nos importa más saberlo vivo
en su palabra, la voz alzada en la árida noche
de una isla.
El
mecanuscrito que conservo está fechado en la
Isla de la Juventud, en septiembre de 1978. Allí
vivía Alberto Serret por aquellos años,
pero debo de haberlo conocido poco antes en La Habana,
o en Santiago de Cuba, en alguna de las reuniones en
que solíamos encontrarnos quienes éramos
entonces los jóvenes escritores cubanos. "Estos
cuartos de hotel de malanoche" se lo escuché
en la playa de Santa Lucía, supongo que en octubre
del mismo año en que fue escrito. Estábamos
en el Encuentro Nacional de Talleres Literarios, y Luis
Lorente y yo, que intentábamos fundar una Revista
de Matanzas, invitamos a un grupo de amigos para que
leyeran poemas en el portal de nuestra cabaña.
Recuerdo de aquella noche solo tres cosas: las cervezas,
los mosquitos y el poema de Serret. Le pedimos de inmediato
que nos lo diera para la revista. La copia que he conservado
desde entonces debe ser la misma que nos leyó.
A nuestro regreso a Matanzas, incluimos de inmediato
el poema en el número que teníamos en
preparación (tal vez el segundo). Las complicadas
peripecias que impidieron la publicación del
poema no vienen al caso ahora: mencionaré solo
palabras como envidia, intolerancia, prejuicios. "Estos
cuartos..." no apareció luego, hasta donde
conozco, en ninguno de los poemarios posteriores de
Serret. Las tres cuartillas mecanografiadas han estado
siempre entre los papeles que conservo de aquella época,
tal vez como testimonio de lo que éramos, de
lo que nos permitieron ser. (A. A.)
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Estos
cuartos de hotel de malanoche
Alberto
Serret
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Primera noche
¿Pero
quién me ha colado todos estos demonios
en el cuarto?
Se orinan en la cama.
Dejan chorreantes los espejos.
Hay un olor a esperma moribunda
en los rincones.
Las paredes transpiran, las ventanas se abren
con un ohhh... peculiar,
y por ellas
se descuelgan solas las rojizas bandas de papel sanitario.
¿Pero quién se aprovecha de mi soledad?
(todo está húmedo, blando, palpitante)
Deben ser cosas tuyas,
San Antonio,
viejo cabrón.
Segunda
noche
Él
y ella retozan al otro lado del tabique.
Yo no quisiera oír sus voces (pero sí
quisiera), su jadeo,
el lúbrico llantén que se va prolongando
más allá
de la medianoche.
Hacia
las 2:00 a.m. consumidas
por la fosforescencia del reloj, ella
no se ha quitado el pulóver todavía.
Empiezo a imaginarla ligeramente flaca, de unos
dieciséis años bien cumplidos. Él
pretende estrecharla,
solamente estrecharla, sin tocarle los senos.
Se lo jura. Es el primer favor que le pide en la noche.
Pero ella se niega a permitir que sus pezones prietos,
lánguidamente eréctiles -así
los imagino-
anclen su oculta savia en el mar despejado.
Él no va a hacer nada. Aunque pudiera ahogarla
con esas manos llenas de deseo.
Sobre
las tres y media copulan falsamente... tal vez
contra natura.
Y él sumerge sus manos en el monte de venus.
Ella se irrita, llora; él se va de la cama.
¿Pero por qué? ¿Es pecado lo poco
que pretende? La
necesita.
Mucho. Más de lo que supone.
Silencio. Afuera rugen las "confrontas". Las
estrellas se
funden
y unos pequeños cráteres se suman al silencio.
Silencio. Más silencio.
- ¿Te lavaste las manos?
¿Cómo
lavar las manos -él estalla de ira-,
cómo lavar las manos? ¿Pero no te das
cuenta de que es
tu olor, el olor de tu cuerpo...?
Casi
entradas las cuatro se abrazan con blandura. Se
desgarran, se auscultan.
Él se incorpora un poco: quiere encender la lámpara
para verla desnuda.
Pero ella permanece debajo de sus rígidos pudores.
Él
gime, escupe, ruega
(yo no quisiera oírlos, pero sí quiero
oírlos)...
Las
cinco. Canta un gallo debajo de mi cama.
Ya ella no tiene escudos, y suave, mansamente
le abrevan en la carne.
Tengo miedo amor mío las sombras los tabúes
las
manchas maldicientes
las estúpidas manchas los prejuicios oscuros...
Si supieran en casa. No grites. Basta, basta.
Para él casi concluye.
Para ella empieza todo.
Jordan el de sus muslos que al fin salen a flote
bautizados en sangre.
¿Me quieres? Sí, te quiero. ¿Me
quieres?
Muchamente.
Aquí, contra las sábanas, bajo todas las
luces de una
noche.
Si supieran en casa.
Qué importa, olvida, sueña...
Son
las seis. Loa amantes se han quedado dormidos.
Duermen como curieles sobre un rastro de besos.
En el fondo, en la quieta superficie,
todos duermen ahora,
menos yo.
Tercera
noche
Un
cuerpo tendido es un camino de piedras puntiagudas
en las que siempre
puedes tropezar y caer.
Están puestas ahí precisamente para eso.
Las zonas erógenas tienen rojez de
encausto en un cuerpo tendido.
Tomaremos en cuenta
por orden de importancia relativa:
un poro perdido en lo largo y lo ancho de la piel; la
planta de los pies;
el mayor y el meñique de los pies, que sobados
lentamente con la punta
de la lengua, órgano imprescindible en tales
ajetreos, se
cargan y sucumben en raras convulsiones;
el clítoris, sagrado;
los labios mayores y los labios menores;
el senderillo que conduce al cráter, sugerido
por tientos
y espesuras; y todas
las modulaciones, raíces y geometrías
nervadas de las
manos, las manos increíbles
afluentes
cimas articulosas
envés
dorso
cantos
ápices
nudillos;
un índice carnoso succionado ladina y dentalmente
es casi un viaje sin regreso;
y de pronto el ombligo, las nalgas, los ilíacos
-punzantes-; el cuello por sus cuatro sentidos;
cardinales; clavículas y lóbulos, cúspides,
depresiones, axilas, codos, rodillas, huesecillos
recónditos, pechos, pezones,
canales, ríos, riacuelos, islas, terremotos,
géiseres de
excreción lubricante cristalina furtiva párpados
nariz pelo barbilla sienes...
también la boca
con sus aspecto de fruta partida por el eje; los labios
nerviosos y finos, aletas dilatadas, penetran, se
hunden hasta el limo escondido: dos piratas que
abordan estos barcos fantasmas.
Cuarta
noche
Buenas,
señora.
Pase.
Mire que usté me gusta.
Camine hasta la cómoda. No hable.
No diga nada. En los cuartos contiguos podrían
escucharnos
como si les perteneciéramos.
Estos viejos hoteles, estos cuartos de hotel de malanoche
están llenos de ocultas intenciones.
Fíjese usté en las puertas:
agujereadas
vivas.
Fíjese en las cortinas color de mamoncillo.
Las pilas de agua (¡impúdicas!) gotean
siempre, siempre.
Siéntese aquí conmigo.
Relájese. Desnúdese. Permítame
que ayude con el zíper.
Qué piel,
señora mía,
y qué color egipcio (no hable, no hable).
Ahora no me preocupa cuántos amantes tuvo.
Cuántas convexidades
cuántas cóncavas urnas de bronce repujado.
Me vuelve loco, ¿sabe?, ese color egipcio.
Permítame que huela sus zapatos. Los zapatos,
señora,
-y no sé
quién lo dijo- son, aún más que
los ojos, los espejos del
alma.
Mejor allá, en el baño, contra los azulejos...
Qué le importa al amor si usté ha sido
de otros.
También la muerte ha sido, ¿y quién
no se la acuesta?
Calle, calle. Sea mía en este instante,
En este breve vaso de infinito,
simplemente.
Septiembre
de 1978
Isla de la Juventud
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