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El narrador Amir Valle estuvo bien activo en la pasada feria, pues fueron presentadas sus novelas Si Cristo te desnuda y Muchacha azul bajo la lluvia, además de la edición puertorriqueña de Las puertas de la noche. La isla en peso ofrece ahora en exclusiva un adelanto de su siguiente libro, la novela Las sombras y la piel.

Las sombras y la piel (fragmentos)
Basada en la vida de Juan Garrido, el Conquistador Negro de las Antillas, México, La Florida y California.

"Juan Garrido de color negro vesino desta cibdad paresco ante Vuestra merced e digo que yo tengo nescesidad de hazer una provanca a perpetuad rey memoria de cómo e servydo a V.M. en la conquista e pasificación desta Nueva España desde que pasó a ella el Marqués del Valle y en su compañía me halle presente a todas las entradas e conquista e pacificaciones que se an hecho syempre con el dicho Marqués todo lo qual e hecho a mi costa syn me dar salaryo ny repartimiento de indios ni otra cosa syendo como soy casado e vecino desta cibdad que syempre e ressedido en ella y asi mismo fue e pase a descobrir con el Marqués del Valle las yslas que estan desa parte de la mar del sur donde pase muchas hambres e nescesidades y así mismo fue a descobrir e pacificar a las Islas de San Juan de Buriquén de Puerto Rico y asi mismo fue en la pasyficación y conquista de la Isla de Cuba con el adelantado Diego Velazques en todo lo qual a treynta años que yo e servydo e syrvo a S.M. por ende a vuestra merced pido que avyda ynformacion de so susodicho e de como yo fui el primero que hizo la ysipiriencia en esta Nueva España para sembrar trigo e ver si se dava en ella lo qual hizo y espirimente todo a mi costa y asi hecha la dicha ynformacion vuestra merced me la mande dar synada y sellada en la qual ponga su avtoridad e decreto judicial para que yo la presente ante S.M o ante quien e con derecho deva para que le coste de mis seruicios e de las pocas mercedes que sus gobernadores me a hecho aviendo seruido como e seruido y sobre todo pido cumplimiento de justicia".

Probanza de Juan Garrido - 27 de septiembre de 1538
Archivo General de Indias, Sevilla
Audiencia de México, Leg. 204


JUBILEO


Un sueño raro: los tambores sonando en la inmensidad oscurísima de la jungla, llegando desde algún sitio lejano y siniestro, la humedad y los ruidos de la noche: el silbido sigiloso y frío de la cascabel refugiada cerca de alguna brasa de calor, las cigarras contestándose en fraseos monótonos, rechinantes, metálicos, desde los árboles y los yerbajos, el ulular del viento entre las hojas mojadas por el rocío nocturno, la risotada histérica de una hiena. Eso recuerda. Y el miedo. Puede precisar la helada sensación de hormigas que le carcomían la espalda y el vacío en el bajo vientre y la mudez que se le clavaba desde ese peñasco ácido atravesado bajo la nuez de adán, en la garganta. Un sueño que se ha hecho recurrente desde la llegada a este nuevo paraíso donde ha dejado de ser Juanillo el Sucio, mote debido al tono cenizo de su piel, para convertirse en Juan, el escribano del señor Juan Garrido, alguien que mucho ha significado en ese cambio de rumbo que dio su vida desde aquella tarde de calor y moscas y tambores y antorchas en que se encontraron, en plena selva.
Quizás de ahí le venga la recurrencia del sueño. Ha tenido tiempo de sobra para pensar y sólo esa puede ser la causa, se ha dicho. "Un hombre que escapa de la muerte es como una res marcada", piensa mientras estira la cabeza hacia atrás, mirando al techo de gruesas vigas. Una rata chispea sus ojillos callados desde uno de los troncos, ya negros por el hollín de la lumbre que todavía titila, semiapagada, a un costado. "Todas las noches está ahí", se dice esta vez y no sabe qué lo hace recordar, cosa de segundos que pasan cargados de ideas por su cabeza, que en algún libraco, allá, en la escribanía del puerto, en Lisboa, donde estuvo trabajando tres largos años junto a su amo, había leído que las ratas eran las emisarias de la muerte en la tierra, animalejos que regaban la peste de sus entrañas luciféricas sobre cualquier paraje adonde el hombre hubiera dejado su mortal huella.
-- Apesta - dice, incorporándose en el camastro y siente, lacerante como esos ojillos de la rata en el techo, la mirada siempre sumisa, muda, "porque hay miradas mudas, como las tuyas, cachorra", de la india que sigue sentada, las piernas cruzadas y los hombros gachos, encogida como una uva pasa, sobre la alfombra de juncos que ella misma estira cada noche cerca del fuego.
La indígena no parece haberlo oído y él puede mirarla tranquila, silenciosamente, casi hundiéndose en esos ojos negrísimos como ese pelo que le resbala en una larga cola de caballo sobre los hombros cobrizos. "Es hermosa", piensa, "el señor eligió con gusto para mí", y se pone de pie. Cuando vuelve a mirar al techo, la rata ha desaparecido, y entonces se persigna y sonríe a la muchacha.
Siempre que despierta de ese sueño se siente raro, molesto, justo sería decir que nervioso. Con otros sueños, aún en las más terribles pesadillas, como aquella del pulpo gigante que arrastraba la nao hacia el fondo abismal de los mares, recupera el sosiego que lo ha hecho un servidor codiciado por los señores de toda Tenochtitlan, simplemente enfriándose nuca y cara con un poco de agua, siempre cargada por la india mientras él duerme, todavía de madrugada, cuando sólo se percibe, entre el silencio aplastante de las sombras, el siseo de los peces en la laguna pútrida donde se asienta la ciudad y el gorjeo somnoliento de los miles de pájaros que anidan en la floresta que la rodea.
Pero con éste, incluso, jura que el tam tam, lúgubre y mortificante repique de los tambores, lo persigue durante toda la jornada y, a veces, sólo a veces, se esfuma en la bruma de otra ensoñación: en ocasiones se repite dos, tres noches seguidas, despertándolo siempre sudoroso, todo un temblor el cuerpo, una sed asfixiante... y el miedo. Siempre el miedo. Esa parálisis que la indígena contempla con ojos tan profundos y negros como esas fosas donde arrojaban a las vírgenes capturadas en las aldeas cercanas y sacrificadas allí hasta poco antes, cuando ellos llegaron "con la cruz, Juanillo, a detener tamaña barbarie", según palabras del propio señor Juan Garrido.
En el sueño hay una imagen circular, casi un ritornelo: las antorchas. Una marejada de antorchas encendidas, de rojas lengüetas de fuego, que lo acorralan entre las sombras o las brumas de lo soñado. Y las voces. Una lengua que aprendió a temer desde que le enseñaron las primeras palabras, allá en su pueblo: frases extrañas, guturales, gruñidos como de animal fiero o espíritu de la selva, que sonaban distinto a los dulces sonidos con los que los suyos pronunciaban río, llanura, león, baobab, jungla, esclavo.
Las antorchas y los gritos. Los gritos y las antorchas. Las antorchas. El silencio absurdo de la selva hundida en las sombras cabalgantes de la noche. Olor a orina. También, como en el sueño, se ha despertado entre sábanas mojadas y con el hedor agridulce de su propia orina. Un gesto suyo, una mirada regia hacia la estera de juncos, y la india presta, encargándose de lavar las telas, las pantaletas que tira, bulto arrugado y pestilente, ante ella. Luego la rabia: siente rabia de recordar el miedo, el líquido hirviente despeñándose muslos y piernas abajo, mientras las antorchas lo rodean y los gritos ceden su espacio al silencio de muerte que se posa sobre las yerbas, los arbustos y las cañas de la ciénaga cercana.
No olvida las miradas: rostros tatuados de colores de guerra que ha logrado burlar año tras año, escapando de las chozas de lianas tejidas hacia lo profundo de la selva, en las cuevas que nacen junto a los meandros del Gran Níger, después de los mangles de agua dulce y la ciénaga de los cangrejos y los langostinos blancos que ofrendan a la diosa de las aguas. Los rostros y los gritos y las antorchas. Las miradas fieras desnudadas por las llameantes lenguas de las antorchas. Los colores de guerra y muerte lanzándose contra él, maniatándolo, sumiéndolo en un miedo que le hunde las piernas en el fango podrido del pantano. Y esa sensación extraña que da conocer el tibio olor de la muerte: aroma de musgo y piedra cargada de humedad y hojas secas.
Acá ha sentido ese olor. Ya lo conoce de tanto olerlo, como se conoce el aroma de un cuerpo familiar, íntimo, igual que se sabe cada recoveco de olor en el cuerpecillo hermoso de esa india que ahora lo observa, ya de pie junto a la hoguera, esperando alguna orden suya. Le hace una seña y, siempre con esa mudez que nada ha podido arrancarle en más de dos años, camina hacia él y se tiende en el camastro, desnuda, luego de soltar los nudos de la túnica blanca que cubre todo su cuerpo hasta las rodillas y dejar que la tela resbale por sus curvas perfectas, de brillo cobrizo también perfecto, para recogerse en un círculo a sus pies, como una nata que le ha brotado de la piel.
Le gusta la sensualidad de la tela al deslizarse por el cuerpo de la india, aunque, infructuosamente, haya querido imaginar esa lujuria de la túnica en los gestos de la muchacha. La ve dejarse cabalgar con esa resignación fastidiosa que poseen los habitantes de esta ciudad que él y su señor Juan Garrido ayudaron a dominar; una resignación que ni sombra porta de esa tozudez rebelde que obligó al Marqués, don Hernán Cortés, a ordenar la contienda a muerte contra el caudillo Cuauhtemoc, de la misma estirpe y familia de esta india que el buenazo del señor Garrido seleccionó en una subasta para "que te refociles como Dios manda, Juanillo; que no es de cristianos andar tras las coñas malditas que Doña Justa patrocina en esos arrabales perdidos de Tacuba"; una resignación que se escapa en los quejidos mientras la monta: ella posada en cuatro, manos y rodilla y grupa alzada, y él hundiéndose en ella a puro golpe, cambiando de agujero cada veinte o treinta embestidas.
Es dulce descargar el cansancio del día en las entrañas de la india, "que no por gusto el Maligno usa el vientre de mujer para perder al hombre, señor", ha dicho a Juan Garrido, en esas tardes en que se van juntos a recorrer los campos del primer trigo sembrado por su señor en estas tierras de Nueva España. Termina sudoroso, cansado, y la ve ponerse de pie, pararse encima de la túnica, todavía en el sitio en que ella misma la dejó sobre la tierra reseca del piso de la choza, y vestirse lentamente, anudándose las tiras sobre los hombros con la misma parsimonia de los animales de arado. Sabe que saldrá de la choza y se tirará, otra vez desnuda, en una de las pocas fuentes de agua clara y limpia que quedan en este lago podrido por la construcción de chinampas, especie de balsas, armadas con grandes cestas cuadradas de juncos, rellenas de tierra y piedras, fijas al fondo de las aguas, encima de las que construyen estas chozas en las que ellos ahora ordenan los destinos de los constructores de esta ciudad, "que Dios nos mandó a cristianizar, Juanillo, pues ya has visto bien el pecado engordando panza en estas tierras".
Cierra los ojos y el sopor del sueño no satisfecho se mezcla con la pereza que sobreviene a sus huesos después de cada monta: "me vacía por dentro, señor, por eso a veces me nota usted algo memo", le esgrime a las regañinas del señor Garrido, si no cumple en condición las encomiendas o no le parecen en la prontitud adecuada, y entonces la pesadilla retorna y comienza a recobrarle el escenario ya conocido: el repicar de los tambores, las antorchas, las voces y los rostros pintados de odio y guerra... y las moscas.
De niño, cuando los guerreros salían por guerra o caza, se iban con las mujeres a la cacería de las moscas verdes de la ciénaga en las márgenes del Congo. La pudrición de las aguas y las yerbas preñadas de insectos muertos, y los cadáveres de animales enfermos que iban a morir allí, las aglutinaban en una masa semicompacta que brillaba al sol cuando los pasos removían fango y plantas, y ellos podían verlas arriba, como una nube zumbante, acechante, esperando el paso de los intrusos para volver a posarse abajo en los tallos y las hojas.
Usaban pulpa de las cañas dulces. Pelaban los gruesos tallos de las cañas y machacaban la pasta de hilos hasta convertirla en una masa gelatinosa, un zumo de color oscuro que regaba su dulzor a varios metros de la piedra donde se macilaba, dulce aroma que en la ciénaga atraía una nata de insectos verdes que podían cortar a cuchillo, si lo hubiesen deseado, aunque el método fuera más simple: una trampa de calabaza vacía, con un agujero encima y el fondo cargado de aquel néctar que obligaba a las moscas a entrar. Bastaba tapar la entrada y regresaban al poblado con calabazas pesadas de tanto animalillo preso. Las nueces asadas a la hoguera, bañadas en el mismo zumo de pulpa de caña, que se hervía junto a las moscas hasta que cuajaba en una pasta oscura y muy dulce, era un manjar que sólo podrían paladear cuando fueran guerreros y las mujeres los premiaran con aquel raro cocido, que únicamente se estilaba en la temporada de las grandes cacerías.
Comienza a llover. En estas tierras de Dios la lluvia arranca de golpe, sin las fanfarrias estruendosas de los truenos y rayos, que allá en su pueblo anunciaban tormenta. Lejano, como entre una niebla que le aturde, siente el chapoteo de la india en la poza de agua, afuera. Sobre la paja del techo las gotas del aguacero tejen una música uniforme que lo salva de caer en la profunda amargura de la pesadilla, y se concentra en reconocer los pasos apurados de la muchacha, la carrera rápida hacia la choza, hasta que la ve aparecer en la puerta para cerrarla de golpe y luego volver a su estera de juncos, junto al fuego que vuelve a encender, luego de echar a las brasas algunos maderos secos, atizándola con un cuchillo largo, de punta partida.
Siente arriba, entre las vigas del techo, el silbido molesto de las ratas. "A las criaturas del mal no les agrada el hálito purificador del agua", piensa, y se sonríe al descubrir que ha utilizado las mismas palabras de su señor cuando habla de exorcismos y purificaciones: "hálito purificador" no es una frase que diría él, tan amante de llamar a las cosas por su nombre, sin adornejos ni humos que no llevan. Por eso sonríe. Y la india lo mira sin entender, también, como acostumbra, sin hablar, antes de poner una de las ollas sobre el fuego y comenzar a pelar algunas viandas en una cuba de madera llena de agua. Sabe que hará el caldo que le pidió la noche antes, "que los huesos en esta charca se llenan de agua podrida, cachorra, y hay que calentarlos con algo que llene bien la panza", y vuelve a cerrar los ojos, aún cuando imagina que, sin remedio, irá a caer en las mismísimas fauces de la pesadilla.
Antorchas y voces y rostros pintados y lanzas plumadas y escudos de güiras gigantes cortadas en su justa mitad y forradas con pieles, y moscas: la nube de moscas arriba, apagando la escasa luz de las estrellas. Y el olor a tierra podrida, a bicho muerto. Y el rostro pintado de su señor, Juan Garrido, con un collar de dientes de león resonando sobre el pecho de amplios pectorales mientras avanza hacia él, ya con la liana atenazándole el cuello y algunas lanzas apuntándole al cuerpo.
No se confunde. "Jamás he soñado con usted vestido de cristiano, señor", le ha dicho a Juan Garrido, que lo mira cada vez altanero, arrogante, como aquella noche en las tierras cercanas al Gran Níger. "Un hombre que escapa de la muerte es como una res marcada", le repite el señor, y le recuerda, sonriendo, siempre con esa sonrisa suya de grandes dientes blanquísimos de una dentadura perfecta en su rostro enjuto y ya marcado por las arrugas de tanto acontecer en esta parte del mundo, que "debías agradecer lejos de maldecir ese sueño, Juanillo, que lo que en bien cae al hombre, en bien ha de agradecerse, y mal no tienes que hablar de ese ya lejano día en que algo me iluminó para salvarte de la muerte".

LAS ESTRELLAS ARRIBA

Ten a buen recaudo, Juanillo, que un hombre, según las leyes del Altísimo Señor, ha de elegir dos caminos, así como en los cielos debe tomar una de las dos puertas que Dios le muestra. Y no debe confundir: la límpida, que ciega de tanto esplendor y lisura, esconde tras el pórtico el peor de los destinos eternos: el infierno, el abrazo de Lucifer, las calderas de aceite hirviendo donde tostarás piel y hueso y entrañas por el resto de los tiempos, sufriendo como pago por tus dislates sobre la mortal tierra; la sucia y polvorienta, no lo olvides, esa que da revulsiones en las tripas de tan sólo mirarla, oculta el brillor eterno del placer junto al Señor, el gozo del Paraíso. De modo que no has de lamentar que en tus sueños aparezca este servidor de Dios con esa vergonzosa imagen de salvajismo que el Altísimo te libre de recordar delante de estos dícense cristianos de piel blanca que bien te han demostrado ser diferente a nosotros, aunque alguna vez tu licencioso señor, este Juan Garrido que viste calzones de tanta calidad como ellos, se dijera que "para que te acepten, Juan, has de portar sus mismas pulgas, paladear sus mismas rabias y hasta maldecir en sus estilos de altanería española", pues viendo que la piel no es la misma, no se les ocurra endilgarte tratos de gente menor, como esos que propinan sin miramientos de buena fe a esos otros de pellejo negro como nosotros, que trajera alguien desde nuestras tierras en carácter de sirvientes y esclavos de corral. "No olvides, Mbundu Menge, que eres hijo de reyes en tu tierra y estos cerdos ni siquiera han aprendido a sacarse los bichos del cuero de la cabeza y el churre de las uñas sin pulir". Eso me dije.
Ten bien, entonces, que la pesadilla te haga sudar el miedo y que ahí esté yo con esa cara de hijo de Lucifer. ¿Acaso lo he sido? Que la gente del barro olvide agradecer a quien le hace bien no ha de meterte por las mismas rutas. ¿Has pensado que ahora tus huesos pudrirían sus duros zumos en la poza de los sacrificios, en los tembladeros del Gran Níger? ¿Qué hubiera sido de tu vida si este servidor de Dios no te hubiera llamado a sus servicios en las cortes de Benín, donde no has de olvidar calzaste esas maneras de príncipe que ahora te mandas? Agradece, Juanillo, que el Señor recompensa.
De tanto sacar cuentas, olvidas una que es la que más debe placerte. Fuiste un esclavo más cazado ese día. Y hubieras sido otro más y, con suerte, andarías fregando suelos y cacharras en alguna casona de la alcurnia de Lisboa, si bajo la luz de aquellas antorchas no hubiera observado yo esa profundidad que marca al hombre de bien como marcábamos los corceles que nos traían los árabes, que quitaron a portugueses y españoles el mérito de ser los primeros en eso del comercio por todo el viejo mundo, como ya se sabe en las Cortes para provecho de nuestras encomiendas. Que el indio es rebelde, pero de carnes blandas y corazón pecador, y quien no muere por el cansancio de la dura jornada, se va al infierno atentando contra las leyes del Señor, quitándose una vida que sólo a EL corresponde tronchar. Nosotros sabemos que el negro, ¿has visto cómo incluso el buenazo de Salvatierra les llama "sacos de carbón sin alma" mirándonos luego apenado?; el negro, te repito, y de hecho comprobado hablamos, fue nacido para la supervivencia a las tantas víboras y las fieras que disputan el lugar del hombre en nuestras tierras. Y aunque otros sean los dioses, nuestra gente nada tiene de pecadora en lo que se trata de cuidar la vida que el Altísimo nos dio. Válete bien para probar esto el recuerdo de los sacrificados en los tembladeros del Gran Níger. Remuévense hoy mis tripas cuando la remembranza viene con esa imagen de quien se aferra a la vida como a una mísera tablilla de madero en un naufragio en alta mar, aún cuando las tenazas del fango tragadero les anduviera halando por los pies y los muslos, tirando hacia el fondo podrido de cuerpos muertos, a carne de sacrificio condenados allí desde el inicio de nuestros tiempos. Tampoco olvidar debieras la lucha de los más rebeldes, por lo común jefes capturados de las tribus alzadas contra nuestro rey, el gran Oba, muriendo desmembrados en la laguna de los caimanes, en el patio de Palacio, a vistas satisfechas de los nobles que jubileaban contemplándolos luchar sin un brazo o con una pierna arrancada de cuajo, hasta que la mandíbula de enormes dientes de alguna de las bestias partía en dos el cuerpo, manchando las aguas de tripas y sangre. Esa es nuestra raza. Que no debes olvidar estos asuntos que a veces hablamos, pues estarías tirando en morral hueco las trampas de nuestra salvación en este mundo que ya pruebas te ha dado ser dominio del hombre blanco, débil por prepotente; que no por gusto dícese que hombre precavido vale por dos y hombre confiado es carne de timadores.
Altanería vana, bien lo sabes. Que las Cortes allá, en nuestra tierra, nada llevaban de ese lupanar que son las Cortes de los Reyes de España, y vale aclararte que estas palabras a nadie has de repetir en bien de los dos y de los nuestros. Pues aquellos eran palacios llenos de oro y piedras reales y sus nobles llevaban nobleza en sus sangres desde los siglos perdidos en el comienzo de los antepasados y el brillo falso no manchaba el esplendor de las columnas y los pasillos y los inmensos jardines y las grandes habitaciones. Todo olía a grandeza, pues bien sabes ya, de seguro, que la grandeza real huele y la grandeza falsa, apostada, la que se lleva como un traje, apesta. Y nada de ejércitos de holgazanes derrochando en comelatas de Corte el dinero robado a otros, cosa, has visto, común en las festejas diarias de reyes y cortesanos en la próspera España. Trabajaba en el Imperio del Gran Ozolua hasta el más simple y la riqueza llegaba a todos lados, que sólo padecían esclavitud y pobreza los súbditos rebeldes y las tribus de tozuda estupidez donde comenzamos a buscar esclavos para cambiar por pieles hermosísimas y tocados exclusivos, y caballos, especialmente por caballos, cuando llegaron por primera vez los comerciantes árabes a nuestros dominios.
"Fuertes y rebeldes, pero domables", aclaró el Soberano Ozolua, Rey y amo de todas las tierras de Benín y sus confines, ante la visión fascinante de los corceles de regias patas y voluminosas ancas. "Deja a los leones a los rebeldes indomables, cercena manos y pies y sella los tajos con hojas y lianas para que no desangren. Lleva los cuerpos hasta las manadas reales. Respondes con tu vida si algún león sale lastimado cuando vaya a paladear la sangre ácida de esos esclavos", agregó. Y de tal modo lo hice.
Así te conocí. Varios años después, se supone, pero en las mismas faenas de buscar esclavos para los comerciantes que los llevaban a la lejana Mauretania, explicaban, donde hombres blancos en veleros enormes cargaban las panzas de lo que en ese tiempo llamábamos canoas gigantes con negros que trasladaban a sus tierras, aún más distantes. Creíamos que los comían en festines de largas noches, del mismo modo en que lo hacían algunas tribus a las que dábamos cacería con mayor ferocidad, porque "demuestran su baja condición de bestias engullendo a los más débiles", se comentaba en Palacio, donde jamás llegó a entenderse que alguien quisiera comerse la flojera de alma que sazonaba las carnes débiles, pues tampoco has de olvidar la esencia de los banquetes de la nobleza de Benín: en los testículos de los guerreros rebeldes de otras tribus se hallaba su valor; en el corazón su bravura; en sus sesos su inteligencia; y en las escasas carnes de sus dedos, que chupábamos con particular devoción hasta dejar los huesecillos limpios de toda fibra o pellejo, la destreza con las armas. Pecado capital por el cual he rogado perdón al Señor en todos mis años de cristiano, puesto que en no pocas bacanales hube de bien llenar mis entonces pecadoras tripas.
Triste fue la noche de nuestro encuentro, apenas a dos días de sepultada quien vida me dio, en ceremonia que duró más de lo que Dios ordena, luego de bailes y cánticos por su ánima vagando hasta que encontrara un nuevo cuerpo animal que, no obstante el vino y el licor de palma, nada pudieron contra ese dolor de soledad que se metió en mi sangre y que me hizo encerrarme con mis esclavos, dispuesto a sumir en el ahogo de la embriaguez las secuelas de tamaña pérdida. "Salga a cazar, señor", aconsejó uno de ellos, convencido de que las ardides para atrapar a nuevos esclavos tirarían en un rincón lleno de telarañas y suciedad hasta la más invisible partícula de mi tristeza.
Era de noche. Y ya sabes de sobra que las noches en nuestra tierra vienen cargadas de humedad y bullicio. Partimos de Benín hacia las riadas entre las aguas de la desembocadura de lo que llamábamos el Gran Río, el Níger, en los mismos esteros donde, ya en Portugal, supe que comenzaban a topar los primeros veleros para cargar los esclavos de las cortes de Juan II, el Perfecto, y andábamos armados de lanzas y sembrando las sombras con las luces de las antorchas de aceite de coco, y cargados con provisiones suficientes para una semana. Desandamos los caminos conocidos a las aldeas de los rebeldes, bajo la custodia de guerreros de las Cortes, encargados de librar cacerías, de tiempo en tiempo, tras las huellas de los fugitivos que armaban en la tupida selva guerrillas absurdas, condenadas a caer a nuestros pies, a pura punta de lanza. Ir de tribu en tribu, de poblado en poblado, seleccionando los rebeldes sanos y domables que preferían los árabes para sus trueques, era una misión que a todos obcecaba; selección que parecía dar gusto a los caudillos guerreros del Gran Rey Ozolua, único modo quizás de demostrar su fuerza y maña de soldado de estirpe, virtudes que de más les saltaba desde los ojos ante ese flaquillo enclenque, que así pensarían de mí, tenlo por seguro, de nobleza también antiquísima que el Soberano les había impuesto al frente de la comitiva.
Luchaban cuerpo a cuerpo con los esclavos escogidos, con rabia de animal que ve en la muerte una posibilidad lejana e imposible, y sólo luego de una larga lidia en la que, invariablemente, salían vencedores, más por abuso de armas y trampas que por destreza, pues los esclavos debían luchar a puño pelado contra los guerreros armados, decidían si sería conveniente sumar aquel ejemplar a la lista de canje con los comerciantes árabes. Y me miraban, los ojos todavía cargados de ira y alegría por la humillación propinada al contrario, para decirme si aquel rebelde podía ser atado de cuello y manos junto a los otros o si debía engrosar la cada vez más voluminosa montaña de cuerpos débiles o demasiado rebeldes (tanto, que vencían a nuestros guerreros) que se echaría a las manadas reales de fieras, en el Valle de los Leones.
Tú no luchaste. Muchos preferían morir durante las redadas de captura y hasta los vi arrojarse en nidos de víboras que los endurecían con su veneno escasos segundos antes de que pudiéramos llegar a ellos o zambullirse en las lagunas bajas, pobladas de cientos de caimanes que daban cuenta de sus carnes y huesos, de modo que al llegar nosotros sólo encontrábamos a los animales con los ojillos al acecho de una nueva presa, las aguas turbias y rojas de tanta sangre fresca y carne jugosa, tan suculenta como esa otra que cada bestia había enterrado en algún sitio del fondo cenagoso.
Simplemente me miraste con ojos de animal manso, asustado. Y algo me dijo que podías ser ese sirviente fiel que llevaba buscando entre los esclavos desde el ya lejano día en que mi madre, con su voz de mujer apagada por aquella enfermedad que empezó comiéndole las orejas tornándolas en una masa putrefacta y maloliente y que luego le comió también las entrañas, musitó que "todo noble debe tener su esclavo de confianza, casi un confidente, un amigo", sin que por ello perdiera alguna vez la categoría de esclavo.


Un caballo a pelo, animal de gruesa grupa y lomo limpio y musculoso valía dieciocho esclavos fuertes, jóvenes y de dientes sanos. Eso pedían los árabes. Y en las mazmorras de Palacio, al fondo, donde la servidumbre preparaba los baños y las comidas de los nobles y del Rey, sobre esteras de juncos de agua, casi encima unos de otros, atados por el cuello por gruesas lianas secas, los prisioneros dormían esperando la llegada de la caravana de elefantes que anunciaba a los de Benín, con bramidos de largos cuernos, que debían ir preparando el canje.
El Soberano prefería los alazanes color humo y con manchas negras, y por ellos ordenaba tirar de las cuerdas que llevaban a las hileras de esclavos escogidos por su fortaleza y brío, a quienes, además, habían bañado varios días con una esencia aromática y grasa que les hacía parecer la piel como un terciopelo liso y brillante, signo a todas luces de la salud que portaba el ejemplar capturado en alguna aldea bajo el dominio del Reino. Por los corceles blancos, aún cuando estuvieran regios como esas estatuas ecuestres talladas en mármol nuboso que Juanillo pudo ver en algunas plazas de Lisboa, discutía el valor de los negros y pocas veces cambiaba un caballo por diez esclavos. Para los potrillos, fuera cual fuera su belleza, color y vivacidad, exigía una tasa fija: seis prisioneros, también jóvenes y no necesariamente marcados por la musculosidad del resto. Como también se había aficionado a la carne de caballo asada en su jugo con plantas aromáticas y miel, en cada caravana los árabes traían bestias robustas pero de poca o ninguna prestancia, que ellos mismos sacrificaban y que los cocineros de palacio convertían en manjares apetecibles incluso solo a la vista cuando los invitados se paseaban delante de las mesas en los salones donde se colocaban las ofertas para los banquetes. Por cada una de aquellas bestias, que traían en los ojos una tristeza casi ancestral, como si supieran el destino que para ellos habían negociado árabes y Soberano, se ofrecían diez o doce mujeres jóvenes y de grandes grupas, senos pequeños y vientre terso, exigencias de los comerciantes y precio pagado con total indiferencia por la abundancia de mujeres entre las tribus bajo el dominio de Ozolua, todas destinadas a los harenes del sultanato de Delhi, de los mamelucos buryíes de El Cairo y hasta de Selim I, en la mismísima Constantinopla, ciudades donde, según referían los propios comerciantes árabes, las leyes de la lujuria que imperaban desde el inicio de los tiempos permitían canjear cada mujer por una bolsa de piedras preciosas o venderlas a un precio que hacía que valiera la pena el viaje de semanas por la selva africana hasta el corazón del imperio Congo.
El Soberano había ordenado construir unas cuadras inmensas, de varios kilómetros cuadrados, en las afueras de Lubango, donde los animales canjeados podían pacer libremente sin escapar hacia la selva cercana, y tenía más de veinte negros a quienes exigía hasta el más mínimo de los cuidados para aquellos hermosos ejemplares que montaba, engalanado él y cargados de ornamentos ellos, una o dos veces a la semana. Los negros habían sido enseñados por Don Manuel del Valle, un andaluz, de las montañas de Segura de la Sierra, en Jaen, aparecido en el Reino unos años atrás, después de ser salvado de las mandíbulas de una tribu caníbal que, para su desgracia, había matado en combate, y comido seguramente como se comentaba aunque sin poder comprobarlo, al hijo de uno de los caudillos guerreros más respetados por el Rey, razón por la cual el Soberano ordenó su total aniquilación. Nunca se supo qué llevó al español a caer en manos de aquellos salvajes, pues, cuando se produjo el asalto a la aldea, escondida esta vez en lo profundo de la floresta seguro intentando poner leguas de selva y ríos y fieras ante la persecución de los guerreros del Reino, por alguna razón también desconocida, le habían arrancado la lengua. Al ser liberado, con un mar de señas que hicieron reír a toda la Corte de tan ridículas, pidió quedarse a vivir allí con ellos y poco después encontró la posibilidad de hacerle ver a Ozolua su pericia en el manejo de los caballos, en una ocasión en que más de cincuenta corceles rebeldes llenaron de excremento la plaza central de Palacio. Estaba determinado a dejar sus ocupaciones al frente de la limpieza y conservación de los esclavos, labor que le asignaron en el mismo momento en que se aceptó su estadía en el Reino y que le resultaba fastidiosa y asqueante, tal cual hizo ver en muchas ocasiones. La posibilidad de librarse de aquella encomienda humillante apareció precisamente cuando esa última caravana trajo hasta los jardines las cincuenta hermosas bestias, que lo obligó a preparar más de novecientos prisioneros que serían canjeados a los árabes por aquellos hermosísimos corceles negros y grises de grandes motas blancas en las ancas y la panza. Justo en el mismo centro de la plaza, con una fusta que improvisó al momento utilizando una liana deshilachada y amarrando piedrecillas en cada punta, hizo entrar en razones a los animales que le obedecieron y marcharon sumisos bajo los chasquidos que les picaban en la piel como aguijones. El Soberano quedó escandalosamente complacido, visto desde la distancia de los años, mar por medio y lejos de sus excentricidades, se dice que era un hombre amante de las gesticulaciones y el escándalo, y por eso, aunque la tarea de sacar el excremento de los caballos de la plaza no era nada agradable ni fácil, pues los desechos pestilentes que las grandes paletas de madera no pudieron llevarse parecían aferrarse a las piedras pulidas del piso, luego se vio a Manuel gorgotear una vieja canción andaluza mientras dirigía a los esclavos que hacían el trabajo.
Juanillo, desde su llegada, se había acostumbrado a seguir como un perro mudo a su señor, a quien todos reverenciaban a su paso por los pasillos y grandes salones de Palacio, y hasta se hizo costumbre dormir a los pies del enorme camastro de pieles y telas de seda y lienzos finísimos cambiados a los árabes por jóvenes esclavas negras, de grandes manos y acostumbradas a las tareas de limpieza y cocina, que eran más fáciles de conseguir comprándolas a los mismos jefes de las tribus y por las cuales los moros no pagaban tanto como por los hombres.
Durante las parlantes en la Corte, momentos en que el Soberano discutía con sus súbditos asuntos de primera importancia, cosa que sucedía con más frecuencia de la que Juanillo y su amo hubieran deseado, en su carácter de ayudante permanecía en uno de los salones de espera junto a los otros esclavos de la servidumbre aunque, en su caso, con la dignidad de poder permanecer sentado en las butacas de palma, mientras los sirvientes de menor rango sentaban sus posaderas en el piso, todos juntos y en silencio en una esquina de la habitación: sólo ellos, a quienes sus amos habían distinguido con la banda dorada que los señalaba ante los ojos de la Corte como hombres de confianza, tenían derecho a conversar en aquellas largas horas en que se decidía el destino cotidiano del Reino y todos sus dominios.
Parco de palabras pero siempre atento a lo que hablaban los otros, Juanillo descubrió que podía tener aún más contento a su amo si lograba llevarle algunas de las intrigas que, como cosa del día a día, tenían lugar entre los cortesanos, buscando, a costa de lo que fuese, estar más cerca del gran Ozolua y contar con sus especiales favores, lo que significaba ascender en la escala de poder que estaba bien delimitada para las familias ricas y de antiquísima estirpe, únicas que podían acceder y hasta decidir o cambiar el rumbo de las discusiones en la Corte.
Ahora lo recuerda. Aún cuando los años han pasado, y cuando la distancia entre México y Benín le parece abismal, especialmente porque las rutas de su memoria van de Africa a Portugal, de ahí a España y de allí a las tierras recién descubiertas poco antes por Colón, aunque le han dicho que directo por mar desde las costas de Africa hasta la Nueva España el viaje no resulta tan agustiosamente largo, puede rescatar, de esas telarañas que anegan esos lejanos recuerdos, las palabras de su amo: "La lengua pierde al hombre y el oído lo salva. Escucha lo que puedas y luego me cuentas". Y contó de las orgías de una de las princesas, Ramma, la de ojos lánguidos y cuerpo de gacela joven, y vio la mirada de su amo restallante de lujuria y malicia. Ya se había acostumbrado a verlo planear jugadas en las que siempre quedaba a buen recaudo su imagen de hombre de total confianza y lealtad al Soberano, y lo hacía con pécora precisión y una calma que para nada se avenía con esos gestos y ese rápido modo de hilvanar palabras, frases e ideas que tanto placer causaba al Soberano y tanta ojeriza creaba en el resto de los cortesanos, en las sesiones de la Corte.
"Mía ha de ser", le dijo y dejó a Juanillo en las tareas del acomodo de la ropa que esa misma tarde estrenaría, después de seleccionar cada pieza de entre toda la mercería que había comprado a los árabes en la última caravana. "La aceituna y la sombra son tus amuletos de suerte", le había dicho la madre muchos años antes, cuando lo vestía de verde y negro para asistir a las fiestas de la Corte, y desde entonces se le había quedado el gusto por aquellos colores que, realmente, daban al brillor de su piel un matiz más atractivo, de mayor pulcritud y prestancia. Todavía prefiere el verde y el negro, aunque "en estas tierras donde Dios no ha llegado, Juanillo, es cada vez más difícil darse uno sus gustos", le dice a cada rato, luego de perderse en el mercado de los indígenas buscando tejidos para vestir, o en las domingadas de misa que coinciden con la llegada de algún cargamento de Madrid.
Y allí, en su memoria, hincado como una vieja estaca de baobab queda el amo estirado en su camastro, los brazos cruzados bajo la nuca y mirando los gruesos maderos del alto techo de la habitación, pose casi única por la cual Juanillo sabe que su amo algo trae entre manos y que, al abandonarla, le hará una seña o le dará alguna orden que él tendrá que cumplir al momento y a pie juntillas. La noche va cayendo afuera y más allá de las palmeras de los jardines cercanos, justo por donde las antorchas iluminan los salones de estar de las princesas, hermosas descendientes del Soberano con varias de sus mujeres preferidas, una algarabía de música, confundiéndose con los ruidos de la selva cercana y los bichos de la noche y esa brisa cálida y húmeda cargada de los olores a las flores que el Soberano ha mandado a sembrar en plazas y jardines de Palacio, le va cerrando los ojos a su amo, hasta que, cuando vuelve a mirarlo una vez terminada la preparación de la ropa, contempla el lento movimiento de la respiración en su pecho desnudo y lo siente roncar quedamente.


Amir Valle (1967) Narrador, periodista y crítico literario. Uno de los autores cubanos más prolíficos de los últimos años. Ha publicado cinco cuadernos de cuentos, tres de ensayo y cuatro novelas, así como dos libros de testimonio. Es responsable de diversas antologías de narrativa cubana contemporánea. Tiene en proceso editorial en España su libro Habana Babilonia o Prostitutas en Cuba (editorial Bibijagua, Madrid), en Canadá su novela Si Cristo te desnuda (traducida al francés), en Puerto Rico su novela Las puertas de la noche y por editoriales cubanas sus novelas Si Cristo te desnuda (Premio José Soler Puig 1999) y Muchacha azul bajo la lluvia (Premio de Novela Erótica La Llama Doble 2000). Igualmente están en la web sus e-books Brevísimas Demencias: la narrativa cubana de los años 90 (editorial electrónica Almiquí, Miami) y Si Cristo te desnuda (editorial electrónica Novalibro.com, España).

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