| |
El
narrador Amir Valle estuvo bien activo en la pasada
feria, pues fueron presentadas sus novelas Si Cristo
te desnuda y Muchacha azul bajo la lluvia,
además de la edición puertorriqueña
de Las puertas de la noche. La
isla en peso ofrece
ahora en exclusiva un adelanto de su siguiente libro,
la novela Las sombras y la piel.
|
|
|
|
Las
sombras y la piel (fragmentos)
Basada en la vida de Juan Garrido, el
Conquistador Negro de las Antillas, México,
La Florida y California.
|
"Juan
Garrido de color negro vesino desta cibdad paresco ante
Vuestra merced e digo que yo tengo nescesidad de hazer
una provanca a perpetuad rey memoria de cómo
e servydo a V.M. en la conquista e pasificación
desta Nueva España desde que pasó a ella
el Marqués del Valle y en su compañía
me halle presente a todas las entradas e conquista e
pacificaciones que se an hecho syempre con el dicho
Marqués todo lo qual e hecho a mi costa syn me
dar salaryo ny repartimiento de indios ni otra cosa
syendo como soy casado e vecino desta cibdad que syempre
e ressedido en ella y asi mismo fue e pase a descobrir
con el Marqués del Valle las yslas que estan
desa parte de la mar del sur donde pase muchas hambres
e nescesidades y así mismo fue a descobrir e
pacificar a las Islas de San Juan de Buriquén
de Puerto Rico y asi mismo fue en la pasyficación
y conquista de la Isla de Cuba con el adelantado Diego
Velazques en todo lo qual a treynta años que
yo e servydo e syrvo a S.M. por ende a vuestra merced
pido que avyda ynformacion de so susodicho e de como
yo fui el primero que hizo la ysipiriencia en esta Nueva
España para sembrar trigo e ver si se dava en
ella lo qual hizo y espirimente todo a mi costa y asi
hecha la dicha ynformacion vuestra merced me la mande
dar synada y sellada en la qual ponga su avtoridad e
decreto judicial para que yo la presente ante S.M o
ante quien e con derecho deva para que le coste de mis
seruicios e de las pocas mercedes que sus gobernadores
me a hecho aviendo seruido como e seruido y sobre todo
pido cumplimiento de justicia".
Probanza
de Juan Garrido - 27 de septiembre de 1538
Archivo General de Indias, Sevilla
Audiencia de México, Leg. 204
JUBILEO
Un sueño raro: los tambores sonando en
la inmensidad oscurísima de la jungla, llegando
desde algún sitio lejano y siniestro, la humedad
y los ruidos de la noche: el silbido sigiloso y frío
de la cascabel refugiada cerca de alguna brasa de calor,
las cigarras contestándose en fraseos monótonos,
rechinantes, metálicos, desde los árboles
y los yerbajos, el ulular del viento entre las hojas
mojadas por el rocío nocturno, la risotada histérica
de una hiena. Eso recuerda. Y el miedo. Puede precisar
la helada sensación de hormigas que le carcomían
la espalda y el vacío en el bajo vientre y la
mudez que se le clavaba desde ese peñasco ácido
atravesado bajo la nuez de adán, en la garganta.
Un sueño que se ha hecho recurrente desde la
llegada a este nuevo paraíso donde ha dejado
de ser Juanillo el Sucio, mote debido al tono cenizo
de su piel, para convertirse en Juan, el escribano del
señor Juan Garrido, alguien que mucho ha significado
en ese cambio de rumbo que dio su vida desde aquella
tarde de calor y moscas y tambores y antorchas en que
se encontraron, en plena selva.
Quizás de ahí le venga la recurrencia
del sueño. Ha tenido tiempo de sobra para pensar
y sólo esa puede ser la causa, se ha dicho. "Un
hombre que escapa de la muerte es como una res marcada",
piensa mientras estira la cabeza hacia atrás,
mirando al techo de gruesas vigas. Una rata chispea
sus ojillos callados desde uno de los troncos, ya negros
por el hollín de la lumbre que todavía
titila, semiapagada, a un costado. "Todas las noches
está ahí", se dice esta vez y no
sabe qué lo hace recordar, cosa de segundos que
pasan cargados de ideas por su cabeza, que en algún
libraco, allá, en la escribanía del puerto,
en Lisboa, donde estuvo trabajando tres largos años
junto a su amo, había leído que las ratas
eran las emisarias de la muerte en la tierra, animalejos
que regaban la peste de sus entrañas luciféricas
sobre cualquier paraje adonde el hombre hubiera dejado
su mortal huella.
-- Apesta - dice, incorporándose en el camastro
y siente, lacerante como esos ojillos de la rata en
el techo, la mirada siempre sumisa, muda, "porque
hay miradas mudas, como las tuyas, cachorra", de
la india que sigue sentada, las piernas cruzadas y los
hombros gachos, encogida como una uva pasa, sobre la
alfombra de juncos que ella misma estira cada noche
cerca del fuego.
La indígena no parece haberlo oído y él
puede mirarla tranquila, silenciosamente, casi hundiéndose
en esos ojos negrísimos como ese pelo que le
resbala en una larga cola de caballo sobre los hombros
cobrizos. "Es hermosa", piensa, "el señor
eligió con gusto para mí", y se pone
de pie. Cuando vuelve a mirar al techo, la rata ha desaparecido,
y entonces se persigna y sonríe a la muchacha.
Siempre que despierta de ese sueño se siente
raro, molesto, justo sería decir que nervioso.
Con otros sueños, aún en las más
terribles pesadillas, como aquella del pulpo gigante
que arrastraba la nao hacia el fondo abismal de los
mares, recupera el sosiego que lo ha hecho un servidor
codiciado por los señores de toda Tenochtitlan,
simplemente enfriándose nuca y cara con un poco
de agua, siempre cargada por la india mientras él
duerme, todavía de madrugada, cuando sólo
se percibe, entre el silencio aplastante de las sombras,
el siseo de los peces en la laguna pútrida donde
se asienta la ciudad y el gorjeo somnoliento de los
miles de pájaros que anidan en la floresta que
la rodea.
Pero con éste, incluso, jura que el tam tam,
lúgubre y mortificante repique de los tambores,
lo persigue durante toda la jornada y, a veces, sólo
a veces, se esfuma en la bruma de otra ensoñación:
en ocasiones se repite dos, tres noches seguidas, despertándolo
siempre sudoroso, todo un temblor el cuerpo, una sed
asfixiante... y el miedo. Siempre el miedo. Esa parálisis
que la indígena contempla con ojos tan profundos
y negros como esas fosas donde arrojaban a las vírgenes
capturadas en las aldeas cercanas y sacrificadas allí
hasta poco antes, cuando ellos llegaron "con la
cruz, Juanillo, a detener tamaña barbarie",
según palabras del propio señor Juan Garrido.
En el sueño hay una imagen circular, casi un
ritornelo: las antorchas. Una marejada de antorchas
encendidas, de rojas lengüetas de fuego, que lo
acorralan entre las sombras o las brumas de lo soñado.
Y las voces. Una lengua que aprendió a temer
desde que le enseñaron las primeras palabras,
allá en su pueblo: frases extrañas, guturales,
gruñidos como de animal fiero o espíritu
de la selva, que sonaban distinto a los dulces sonidos
con los que los suyos pronunciaban río, llanura,
león, baobab, jungla, esclavo.
Las antorchas y los gritos. Los gritos y las antorchas.
Las antorchas. El silencio absurdo de la selva hundida
en las sombras cabalgantes de la noche. Olor a orina.
También, como en el sueño, se ha despertado
entre sábanas mojadas y con el hedor agridulce
de su propia orina. Un gesto suyo, una mirada regia
hacia la estera de juncos, y la india presta, encargándose
de lavar las telas, las pantaletas que tira, bulto arrugado
y pestilente, ante ella. Luego la rabia: siente rabia
de recordar el miedo, el líquido hirviente despeñándose
muslos y piernas abajo, mientras las antorchas lo rodean
y los gritos ceden su espacio al silencio de muerte
que se posa sobre las yerbas, los arbustos y las cañas
de la ciénaga cercana.
No olvida las miradas: rostros tatuados de colores de
guerra que ha logrado burlar año tras año,
escapando de las chozas de lianas tejidas hacia lo profundo
de la selva, en las cuevas que nacen junto a los meandros
del Gran Níger, después de los mangles
de agua dulce y la ciénaga de los cangrejos y
los langostinos blancos que ofrendan a la diosa de las
aguas. Los rostros y los gritos y las antorchas. Las
miradas fieras desnudadas por las llameantes lenguas
de las antorchas. Los colores de guerra y muerte lanzándose
contra él, maniatándolo, sumiéndolo
en un miedo que le hunde las piernas en el fango podrido
del pantano. Y esa sensación extraña que
da conocer el tibio olor de la muerte: aroma de musgo
y piedra cargada de humedad y hojas secas.
Acá ha sentido ese olor. Ya lo conoce de tanto
olerlo, como se conoce el aroma de un cuerpo familiar,
íntimo, igual que se sabe cada recoveco de olor
en el cuerpecillo hermoso de esa india que ahora lo
observa, ya de pie junto a la hoguera, esperando alguna
orden suya. Le hace una seña y, siempre con esa
mudez que nada ha podido arrancarle en más de
dos años, camina hacia él y se tiende
en el camastro, desnuda, luego de soltar los nudos de
la túnica blanca que cubre todo su cuerpo hasta
las rodillas y dejar que la tela resbale por sus curvas
perfectas, de brillo cobrizo también perfecto,
para recogerse en un círculo a sus pies, como
una nata que le ha brotado de la piel.
Le gusta la sensualidad de la tela al deslizarse por
el cuerpo de la india, aunque, infructuosamente, haya
querido imaginar esa lujuria de la túnica en
los gestos de la muchacha. La ve dejarse cabalgar con
esa resignación fastidiosa que poseen los habitantes
de esta ciudad que él y su señor Juan
Garrido ayudaron a dominar; una resignación que
ni sombra porta de esa tozudez rebelde que obligó
al Marqués, don Hernán Cortés,
a ordenar la contienda a muerte contra el caudillo Cuauhtemoc,
de la misma estirpe y familia de esta india que el buenazo
del señor Garrido seleccionó en una subasta
para "que te refociles como Dios manda, Juanillo;
que no es de cristianos andar tras las coñas
malditas que Doña Justa patrocina en esos arrabales
perdidos de Tacuba"; una resignación que
se escapa en los quejidos mientras la monta: ella posada
en cuatro, manos y rodilla y grupa alzada, y él
hundiéndose en ella a puro golpe, cambiando de
agujero cada veinte o treinta embestidas.
Es dulce descargar el cansancio del día en las
entrañas de la india, "que no por gusto
el Maligno usa el vientre de mujer para perder al hombre,
señor", ha dicho a Juan Garrido, en esas
tardes en que se van juntos a recorrer los campos del
primer trigo sembrado por su señor en estas tierras
de Nueva España. Termina sudoroso, cansado, y
la ve ponerse de pie, pararse encima de la túnica,
todavía en el sitio en que ella misma la dejó
sobre la tierra reseca del piso de la choza, y vestirse
lentamente, anudándose las tiras sobre los hombros
con la misma parsimonia de los animales de arado. Sabe
que saldrá de la choza y se tirará, otra
vez desnuda, en una de las pocas fuentes de agua clara
y limpia que quedan en este lago podrido por la construcción
de chinampas, especie de balsas, armadas con grandes
cestas cuadradas de juncos, rellenas de tierra y piedras,
fijas al fondo de las aguas, encima de las que construyen
estas chozas en las que ellos ahora ordenan los destinos
de los constructores de esta ciudad, "que Dios
nos mandó a cristianizar, Juanillo, pues ya has
visto bien el pecado engordando panza en estas tierras".
Cierra los ojos y el sopor del sueño no satisfecho
se mezcla con la pereza que sobreviene a sus huesos
después de cada monta: "me vacía
por dentro, señor, por eso a veces me nota usted
algo memo", le esgrime a las regañinas del
señor Garrido, si no cumple en condición
las encomiendas o no le parecen en la prontitud adecuada,
y entonces la pesadilla retorna y comienza a recobrarle
el escenario ya conocido: el repicar de los tambores,
las antorchas, las voces y los rostros pintados de odio
y guerra... y las moscas.
De niño, cuando los guerreros salían por
guerra o caza, se iban con las mujeres a la cacería
de las moscas verdes de la ciénaga en las márgenes
del Congo. La pudrición de las aguas y las yerbas
preñadas de insectos muertos, y los cadáveres
de animales enfermos que iban a morir allí, las
aglutinaban en una masa semicompacta que brillaba al
sol cuando los pasos removían fango y plantas,
y ellos podían verlas arriba, como una nube zumbante,
acechante, esperando el paso de los intrusos para volver
a posarse abajo en los tallos y las hojas.
Usaban pulpa de las cañas dulces. Pelaban los
gruesos tallos de las cañas y machacaban la pasta
de hilos hasta convertirla en una masa gelatinosa, un
zumo de color oscuro que regaba su dulzor a varios metros
de la piedra donde se macilaba, dulce aroma que en la
ciénaga atraía una nata de insectos verdes
que podían cortar a cuchillo, si lo hubiesen
deseado, aunque el método fuera más simple:
una trampa de calabaza vacía, con un agujero
encima y el fondo cargado de aquel néctar que
obligaba a las moscas a entrar. Bastaba tapar la entrada
y regresaban al poblado con calabazas pesadas de tanto
animalillo preso. Las nueces asadas a la hoguera, bañadas
en el mismo zumo de pulpa de caña, que se hervía
junto a las moscas hasta que cuajaba en una pasta oscura
y muy dulce, era un manjar que sólo podrían
paladear cuando fueran guerreros y las mujeres los premiaran
con aquel raro cocido, que únicamente se estilaba
en la temporada de las grandes cacerías.
Comienza a llover. En estas tierras de Dios la lluvia
arranca de golpe, sin las fanfarrias estruendosas de
los truenos y rayos, que allá en su pueblo anunciaban
tormenta. Lejano, como entre una niebla que le aturde,
siente el chapoteo de la india en la poza de agua, afuera.
Sobre la paja del techo las gotas del aguacero tejen
una música uniforme que lo salva de caer en la
profunda amargura de la pesadilla, y se concentra en
reconocer los pasos apurados de la muchacha, la carrera
rápida hacia la choza, hasta que la ve aparecer
en la puerta para cerrarla de golpe y luego volver a
su estera de juncos, junto al fuego que vuelve a encender,
luego de echar a las brasas algunos maderos secos, atizándola
con un cuchillo largo, de punta partida.
Siente arriba, entre las vigas del techo, el silbido
molesto de las ratas. "A las criaturas del mal
no les agrada el hálito purificador del agua",
piensa, y se sonríe al descubrir que ha utilizado
las mismas palabras de su señor cuando habla
de exorcismos y purificaciones: "hálito
purificador" no es una frase que diría él,
tan amante de llamar a las cosas por su nombre, sin
adornejos ni humos que no llevan. Por eso sonríe.
Y la india lo mira sin entender, también, como
acostumbra, sin hablar, antes de poner una de las ollas
sobre el fuego y comenzar a pelar algunas viandas en
una cuba de madera llena de agua. Sabe que hará
el caldo que le pidió la noche antes, "que
los huesos en esta charca se llenan de agua podrida,
cachorra, y hay que calentarlos con algo que llene bien
la panza", y vuelve a cerrar los ojos, aún
cuando imagina que, sin remedio, irá a caer en
las mismísimas fauces de la pesadilla.
Antorchas y voces y rostros pintados y lanzas plumadas
y escudos de güiras gigantes cortadas en su justa
mitad y forradas con pieles, y moscas: la nube de moscas
arriba, apagando la escasa luz de las estrellas. Y el
olor a tierra podrida, a bicho muerto. Y el rostro pintado
de su señor, Juan Garrido, con un collar de dientes
de león resonando sobre el pecho de amplios pectorales
mientras avanza hacia él, ya con la liana atenazándole
el cuello y algunas lanzas apuntándole al cuerpo.
No se confunde. "Jamás he soñado
con usted vestido de cristiano, señor",
le ha dicho a Juan Garrido, que lo mira cada vez altanero,
arrogante, como aquella noche en las tierras cercanas
al Gran Níger. "Un hombre que escapa de
la muerte es como una res marcada", le repite el
señor, y le recuerda, sonriendo, siempre con
esa sonrisa suya de grandes dientes blanquísimos
de una dentadura perfecta en su rostro enjuto y ya marcado
por las arrugas de tanto acontecer en esta parte del
mundo, que "debías agradecer lejos de maldecir
ese sueño, Juanillo, que lo que en bien cae al
hombre, en bien ha de agradecerse, y mal no tienes que
hablar de ese ya lejano día en que algo me iluminó
para salvarte de la muerte".
LAS ESTRELLAS ARRIBA
Ten
a buen recaudo, Juanillo, que un hombre, según
las leyes del Altísimo Señor, ha de elegir
dos caminos, así como en los cielos debe tomar
una de las dos puertas que Dios le muestra. Y no debe
confundir: la límpida, que ciega de tanto esplendor
y lisura, esconde tras el pórtico el peor de
los destinos eternos: el infierno, el abrazo de Lucifer,
las calderas de aceite hirviendo donde tostarás
piel y hueso y entrañas por el resto de los tiempos,
sufriendo como pago por tus dislates sobre la mortal
tierra; la sucia y polvorienta, no lo olvides, esa que
da revulsiones en las tripas de tan sólo mirarla,
oculta el brillor eterno del placer junto al Señor,
el gozo del Paraíso. De modo que no has de lamentar
que en tus sueños aparezca este servidor de Dios
con esa vergonzosa imagen de salvajismo que el Altísimo
te libre de recordar delante de estos dícense
cristianos de piel blanca que bien te han demostrado
ser diferente a nosotros, aunque alguna vez tu licencioso
señor, este Juan Garrido que viste calzones de
tanta calidad como ellos, se dijera que "para que
te acepten, Juan, has de portar sus mismas pulgas, paladear
sus mismas rabias y hasta maldecir en sus estilos de
altanería española", pues viendo
que la piel no es la misma, no se les ocurra endilgarte
tratos de gente menor, como esos que propinan sin miramientos
de buena fe a esos otros de pellejo negro como nosotros,
que trajera alguien desde nuestras tierras en carácter
de sirvientes y esclavos de corral. "No olvides,
Mbundu Menge, que eres hijo de reyes en tu tierra y
estos cerdos ni siquiera han aprendido a sacarse los
bichos del cuero de la cabeza y el churre de las uñas
sin pulir". Eso me dije.
Ten bien, entonces, que la pesadilla te haga sudar el
miedo y que ahí esté yo con esa cara de
hijo de Lucifer. ¿Acaso lo he sido? Que la gente
del barro olvide agradecer a quien le hace bien no ha
de meterte por las mismas rutas. ¿Has pensado
que ahora tus huesos pudrirían sus duros zumos
en la poza de los sacrificios, en los tembladeros del
Gran Níger? ¿Qué hubiera sido de
tu vida si este servidor de Dios no te hubiera llamado
a sus servicios en las cortes de Benín, donde
no has de olvidar calzaste esas maneras de príncipe
que ahora te mandas? Agradece, Juanillo, que el Señor
recompensa.
De tanto sacar cuentas, olvidas una que es la que más
debe placerte. Fuiste un esclavo más cazado ese
día. Y hubieras sido otro más y, con suerte,
andarías fregando suelos y cacharras en alguna
casona de la alcurnia de Lisboa, si bajo la luz de aquellas
antorchas no hubiera observado yo esa profundidad que
marca al hombre de bien como marcábamos los corceles
que nos traían los árabes, que quitaron
a portugueses y españoles el mérito de
ser los primeros en eso del comercio por todo el viejo
mundo, como ya se sabe en las Cortes para provecho de
nuestras encomiendas. Que el indio es rebelde, pero
de carnes blandas y corazón pecador, y quien
no muere por el cansancio de la dura jornada, se va
al infierno atentando contra las leyes del Señor,
quitándose una vida que sólo a EL corresponde
tronchar. Nosotros sabemos que el negro, ¿has
visto cómo incluso el buenazo de Salvatierra
les llama "sacos de carbón sin alma"
mirándonos luego apenado?; el negro, te repito,
y de hecho comprobado hablamos, fue nacido para la supervivencia
a las tantas víboras y las fieras que disputan
el lugar del hombre en nuestras tierras. Y aunque otros
sean los dioses, nuestra gente nada tiene de pecadora
en lo que se trata de cuidar la vida que el Altísimo
nos dio. Válete bien para probar esto el recuerdo
de los sacrificados en los tembladeros del Gran Níger.
Remuévense hoy mis tripas cuando la remembranza
viene con esa imagen de quien se aferra a la vida como
a una mísera tablilla de madero en un naufragio
en alta mar, aún cuando las tenazas del fango
tragadero les anduviera halando por los pies y los muslos,
tirando hacia el fondo podrido de cuerpos muertos, a
carne de sacrificio condenados allí desde el
inicio de nuestros tiempos. Tampoco olvidar debieras
la lucha de los más rebeldes, por lo común
jefes capturados de las tribus alzadas contra nuestro
rey, el gran Oba, muriendo desmembrados en la laguna
de los caimanes, en el patio de Palacio, a vistas satisfechas
de los nobles que jubileaban contemplándolos
luchar sin un brazo o con una pierna arrancada de cuajo,
hasta que la mandíbula de enormes dientes de
alguna de las bestias partía en dos el cuerpo,
manchando las aguas de tripas y sangre. Esa es nuestra
raza. Que no debes olvidar estos asuntos que a veces
hablamos, pues estarías tirando en morral hueco
las trampas de nuestra salvación en este mundo
que ya pruebas te ha dado ser dominio del hombre blanco,
débil por prepotente; que no por gusto dícese
que hombre precavido vale por dos y hombre confiado
es carne de timadores.
Altanería vana, bien lo sabes. Que las Cortes
allá, en nuestra tierra, nada llevaban de ese
lupanar que son las Cortes de los Reyes de España,
y vale aclararte que estas palabras a nadie has de repetir
en bien de los dos y de los nuestros. Pues aquellos
eran palacios llenos de oro y piedras reales y sus nobles
llevaban nobleza en sus sangres desde los siglos perdidos
en el comienzo de los antepasados y el brillo falso
no manchaba el esplendor de las columnas y los pasillos
y los inmensos jardines y las grandes habitaciones.
Todo olía a grandeza, pues bien sabes ya, de
seguro, que la grandeza real huele y la grandeza falsa,
apostada, la que se lleva como un traje, apesta. Y nada
de ejércitos de holgazanes derrochando en comelatas
de Corte el dinero robado a otros, cosa, has visto,
común en las festejas diarias de reyes y cortesanos
en la próspera España. Trabajaba en el
Imperio del Gran Ozolua hasta el más simple y
la riqueza llegaba a todos lados, que sólo padecían
esclavitud y pobreza los súbditos rebeldes y
las tribus de tozuda estupidez donde comenzamos a buscar
esclavos para cambiar por pieles hermosísimas
y tocados exclusivos, y caballos, especialmente por
caballos, cuando llegaron por primera vez los comerciantes
árabes a nuestros dominios.
"Fuertes y rebeldes, pero domables", aclaró
el Soberano Ozolua, Rey y amo de todas las tierras de
Benín y sus confines, ante la visión fascinante
de los corceles de regias patas y voluminosas ancas.
"Deja a los leones a los rebeldes indomables, cercena
manos y pies y sella los tajos con hojas y lianas para
que no desangren. Lleva los cuerpos hasta las manadas
reales. Respondes con tu vida si algún león
sale lastimado cuando vaya a paladear la sangre ácida
de esos esclavos", agregó. Y de tal modo
lo hice.
Así te conocí. Varios años después,
se supone, pero en las mismas faenas de buscar esclavos
para los comerciantes que los llevaban a la lejana Mauretania,
explicaban, donde hombres blancos en veleros enormes
cargaban las panzas de lo que en ese tiempo llamábamos
canoas gigantes con negros que trasladaban a sus tierras,
aún más distantes. Creíamos que
los comían en festines de largas noches, del
mismo modo en que lo hacían algunas tribus a
las que dábamos cacería con mayor ferocidad,
porque "demuestran su baja condición de
bestias engullendo a los más débiles",
se comentaba en Palacio, donde jamás llegó
a entenderse que alguien quisiera comerse la flojera
de alma que sazonaba las carnes débiles, pues
tampoco has de olvidar la esencia de los banquetes de
la nobleza de Benín: en los testículos
de los guerreros rebeldes de otras tribus se hallaba
su valor; en el corazón su bravura; en sus sesos
su inteligencia; y en las escasas carnes de sus dedos,
que chupábamos con particular devoción
hasta dejar los huesecillos limpios de toda fibra o
pellejo, la destreza con las armas. Pecado capital por
el cual he rogado perdón al Señor en todos
mis años de cristiano, puesto que en no pocas
bacanales hube de bien llenar mis entonces pecadoras
tripas.
Triste fue la noche de nuestro encuentro, apenas a dos
días de sepultada quien vida me dio, en ceremonia
que duró más de lo que Dios ordena, luego
de bailes y cánticos por su ánima vagando
hasta que encontrara un nuevo cuerpo animal que, no
obstante el vino y el licor de palma, nada pudieron
contra ese dolor de soledad que se metió en mi
sangre y que me hizo encerrarme con mis esclavos, dispuesto
a sumir en el ahogo de la embriaguez las secuelas de
tamaña pérdida. "Salga a cazar, señor",
aconsejó uno de ellos, convencido de que las
ardides para atrapar a nuevos esclavos tirarían
en un rincón lleno de telarañas y suciedad
hasta la más invisible partícula de mi
tristeza.
Era de noche. Y ya sabes de sobra que las noches en
nuestra tierra vienen cargadas de humedad y bullicio.
Partimos de Benín hacia las riadas entre las
aguas de la desembocadura de lo que llamábamos
el Gran Río, el Níger, en los mismos esteros
donde, ya en Portugal, supe que comenzaban a topar los
primeros veleros para cargar los esclavos de las cortes
de Juan II, el Perfecto, y andábamos armados
de lanzas y sembrando las sombras con las luces de las
antorchas de aceite de coco, y cargados con provisiones
suficientes para una semana. Desandamos los caminos
conocidos a las aldeas de los rebeldes, bajo la custodia
de guerreros de las Cortes, encargados de librar cacerías,
de tiempo en tiempo, tras las huellas de los fugitivos
que armaban en la tupida selva guerrillas absurdas,
condenadas a caer a nuestros pies, a pura punta de lanza.
Ir de tribu en tribu, de poblado en poblado, seleccionando
los rebeldes sanos y domables que preferían los
árabes para sus trueques, era una misión
que a todos obcecaba; selección que parecía
dar gusto a los caudillos guerreros del Gran Rey Ozolua,
único modo quizás de demostrar su fuerza
y maña de soldado de estirpe, virtudes que de
más les saltaba desde los ojos ante ese flaquillo
enclenque, que así pensarían de mí,
tenlo por seguro, de nobleza también antiquísima
que el Soberano les había impuesto al frente
de la comitiva.
Luchaban cuerpo a cuerpo con los esclavos escogidos,
con rabia de animal que ve en la muerte una posibilidad
lejana e imposible, y sólo luego de una larga
lidia en la que, invariablemente, salían vencedores,
más por abuso de armas y trampas que por destreza,
pues los esclavos debían luchar a puño
pelado contra los guerreros armados, decidían
si sería conveniente sumar aquel ejemplar a la
lista de canje con los comerciantes árabes. Y
me miraban, los ojos todavía cargados de ira
y alegría por la humillación propinada
al contrario, para decirme si aquel rebelde podía
ser atado de cuello y manos junto a los otros o si debía
engrosar la cada vez más voluminosa montaña
de cuerpos débiles o demasiado rebeldes (tanto,
que vencían a nuestros guerreros) que se echaría
a las manadas reales de fieras, en el Valle de los Leones.
Tú no luchaste. Muchos preferían morir
durante las redadas de captura y hasta los vi arrojarse
en nidos de víboras que los endurecían
con su veneno escasos segundos antes de que pudiéramos
llegar a ellos o zambullirse en las lagunas bajas, pobladas
de cientos de caimanes que daban cuenta de sus carnes
y huesos, de modo que al llegar nosotros sólo
encontrábamos a los animales con los ojillos
al acecho de una nueva presa, las aguas turbias y rojas
de tanta sangre fresca y carne jugosa, tan suculenta
como esa otra que cada bestia había enterrado
en algún sitio del fondo cenagoso.
Simplemente me miraste con ojos de animal manso, asustado.
Y algo me dijo que podías ser ese sirviente fiel
que llevaba buscando entre los esclavos desde el ya
lejano día en que mi madre, con su voz de mujer
apagada por aquella enfermedad que empezó comiéndole
las orejas tornándolas en una masa putrefacta
y maloliente y que luego le comió también
las entrañas, musitó que "todo noble
debe tener su esclavo de confianza, casi un confidente,
un amigo", sin que por ello perdiera alguna vez
la categoría de esclavo.
Un caballo a pelo, animal de gruesa grupa y lomo
limpio y musculoso valía dieciocho esclavos fuertes,
jóvenes y de dientes sanos. Eso pedían
los árabes. Y en las mazmorras de Palacio, al
fondo, donde la servidumbre preparaba los baños
y las comidas de los nobles y del Rey, sobre esteras
de juncos de agua, casi encima unos de otros, atados
por el cuello por gruesas lianas secas, los prisioneros
dormían esperando la llegada de la caravana de
elefantes que anunciaba a los de Benín, con bramidos
de largos cuernos, que debían ir preparando el
canje.
El Soberano prefería los alazanes color humo
y con manchas negras, y por ellos ordenaba tirar de
las cuerdas que llevaban a las hileras de esclavos escogidos
por su fortaleza y brío, a quienes, además,
habían bañado varios días con una
esencia aromática y grasa que les hacía
parecer la piel como un terciopelo liso y brillante,
signo a todas luces de la salud que portaba el ejemplar
capturado en alguna aldea bajo el dominio del Reino.
Por los corceles blancos, aún cuando estuvieran
regios como esas estatuas ecuestres talladas en mármol
nuboso que Juanillo pudo ver en algunas plazas de Lisboa,
discutía el valor de los negros y pocas veces
cambiaba un caballo por diez esclavos. Para los potrillos,
fuera cual fuera su belleza, color y vivacidad, exigía
una tasa fija: seis prisioneros, también jóvenes
y no necesariamente marcados por la musculosidad del
resto. Como también se había aficionado
a la carne de caballo asada en su jugo con plantas aromáticas
y miel, en cada caravana los árabes traían
bestias robustas pero de poca o ninguna prestancia,
que ellos mismos sacrificaban y que los cocineros de
palacio convertían en manjares apetecibles incluso
solo a la vista cuando los invitados se paseaban delante
de las mesas en los salones donde se colocaban las ofertas
para los banquetes. Por cada una de aquellas bestias,
que traían en los ojos una tristeza casi ancestral,
como si supieran el destino que para ellos habían
negociado árabes y Soberano, se ofrecían
diez o doce mujeres jóvenes y de grandes grupas,
senos pequeños y vientre terso, exigencias de
los comerciantes y precio pagado con total indiferencia
por la abundancia de mujeres entre las tribus bajo el
dominio de Ozolua, todas destinadas a los harenes del
sultanato de Delhi, de los mamelucos buryíes
de El Cairo y hasta de Selim I, en la mismísima
Constantinopla, ciudades donde, según referían
los propios comerciantes árabes, las leyes de
la lujuria que imperaban desde el inicio de los tiempos
permitían canjear cada mujer por una bolsa de
piedras preciosas o venderlas a un precio que hacía
que valiera la pena el viaje de semanas por la selva
africana hasta el corazón del imperio Congo.
El Soberano había ordenado construir unas cuadras
inmensas, de varios kilómetros cuadrados, en
las afueras de Lubango, donde los animales canjeados
podían pacer libremente sin escapar hacia la
selva cercana, y tenía más de veinte negros
a quienes exigía hasta el más mínimo
de los cuidados para aquellos hermosos ejemplares que
montaba, engalanado él y cargados de ornamentos
ellos, una o dos veces a la semana. Los negros habían
sido enseñados por Don Manuel del Valle, un andaluz,
de las montañas de Segura de la Sierra, en Jaen,
aparecido en el Reino unos años atrás,
después de ser salvado de las mandíbulas
de una tribu caníbal que, para su desgracia,
había matado en combate, y comido seguramente
como se comentaba aunque sin poder comprobarlo, al hijo
de uno de los caudillos guerreros más respetados
por el Rey, razón por la cual el Soberano ordenó
su total aniquilación. Nunca se supo qué
llevó al español a caer en manos de aquellos
salvajes, pues, cuando se produjo el asalto a la aldea,
escondida esta vez en lo profundo de la floresta seguro
intentando poner leguas de selva y ríos y fieras
ante la persecución de los guerreros del Reino,
por alguna razón también desconocida,
le habían arrancado la lengua. Al ser liberado,
con un mar de señas que hicieron reír
a toda la Corte de tan ridículas, pidió
quedarse a vivir allí con ellos y poco después
encontró la posibilidad de hacerle ver a Ozolua
su pericia en el manejo de los caballos, en una ocasión
en que más de cincuenta corceles rebeldes llenaron
de excremento la plaza central de Palacio. Estaba determinado
a dejar sus ocupaciones al frente de la limpieza y conservación
de los esclavos, labor que le asignaron en el mismo
momento en que se aceptó su estadía en
el Reino y que le resultaba fastidiosa y asqueante,
tal cual hizo ver en muchas ocasiones. La posibilidad
de librarse de aquella encomienda humillante apareció
precisamente cuando esa última caravana trajo
hasta los jardines las cincuenta hermosas bestias, que
lo obligó a preparar más de novecientos
prisioneros que serían canjeados a los árabes
por aquellos hermosísimos corceles negros y grises
de grandes motas blancas en las ancas y la panza. Justo
en el mismo centro de la plaza, con una fusta que improvisó
al momento utilizando una liana deshilachada y amarrando
piedrecillas en cada punta, hizo entrar en razones a
los animales que le obedecieron y marcharon sumisos
bajo los chasquidos que les picaban en la piel como
aguijones. El Soberano quedó escandalosamente
complacido, visto desde la distancia de los años,
mar por medio y lejos de sus excentricidades, se dice
que era un hombre amante de las gesticulaciones y el
escándalo, y por eso, aunque la tarea de sacar
el excremento de los caballos de la plaza no era nada
agradable ni fácil, pues los desechos pestilentes
que las grandes paletas de madera no pudieron llevarse
parecían aferrarse a las piedras pulidas del
piso, luego se vio a Manuel gorgotear una vieja canción
andaluza mientras dirigía a los esclavos que
hacían el trabajo.
Juanillo, desde su llegada, se había acostumbrado
a seguir como un perro mudo a su señor, a quien
todos reverenciaban a su paso por los pasillos y grandes
salones de Palacio, y hasta se hizo costumbre dormir
a los pies del enorme camastro de pieles y telas de
seda y lienzos finísimos cambiados a los árabes
por jóvenes esclavas negras, de grandes manos
y acostumbradas a las tareas de limpieza y cocina, que
eran más fáciles de conseguir comprándolas
a los mismos jefes de las tribus y por las cuales los
moros no pagaban tanto como por los hombres.
Durante las parlantes en la Corte, momentos en que el
Soberano discutía con sus súbditos asuntos
de primera importancia, cosa que sucedía con
más frecuencia de la que Juanillo y su amo hubieran
deseado, en su carácter de ayudante permanecía
en uno de los salones de espera junto a los otros esclavos
de la servidumbre aunque, en su caso, con la dignidad
de poder permanecer sentado en las butacas de palma,
mientras los sirvientes de menor rango sentaban sus
posaderas en el piso, todos juntos y en silencio en
una esquina de la habitación: sólo ellos,
a quienes sus amos habían distinguido con la
banda dorada que los señalaba ante los ojos de
la Corte como hombres de confianza, tenían derecho
a conversar en aquellas largas horas en que se decidía
el destino cotidiano del Reino y todos sus dominios.
Parco de palabras pero siempre atento a lo que hablaban
los otros, Juanillo descubrió que podía
tener aún más contento a su amo si lograba
llevarle algunas de las intrigas que, como cosa del
día a día, tenían lugar entre los
cortesanos, buscando, a costa de lo que fuese, estar
más cerca del gran Ozolua y contar con sus especiales
favores, lo que significaba ascender en la escala de
poder que estaba bien delimitada para las familias ricas
y de antiquísima estirpe, únicas que podían
acceder y hasta decidir o cambiar el rumbo de las discusiones
en la Corte.
Ahora lo recuerda. Aún cuando los años
han pasado, y cuando la distancia entre México
y Benín le parece abismal, especialmente porque
las rutas de su memoria van de Africa a Portugal, de
ahí a España y de allí a las tierras
recién descubiertas poco antes por Colón,
aunque le han dicho que directo por mar desde las costas
de Africa hasta la Nueva España el viaje no resulta
tan agustiosamente largo, puede rescatar, de esas telarañas
que anegan esos lejanos recuerdos, las palabras de su
amo: "La lengua pierde al hombre y el oído
lo salva. Escucha lo que puedas y luego me cuentas".
Y contó de las orgías de una de las princesas,
Ramma, la de ojos lánguidos y cuerpo de gacela
joven, y vio la mirada de su amo restallante de lujuria
y malicia. Ya se había acostumbrado a verlo planear
jugadas en las que siempre quedaba a buen recaudo su
imagen de hombre de total confianza y lealtad al Soberano,
y lo hacía con pécora precisión
y una calma que para nada se avenía con esos
gestos y ese rápido modo de hilvanar palabras,
frases e ideas que tanto placer causaba al Soberano
y tanta ojeriza creaba en el resto de los cortesanos,
en las sesiones de la Corte.
"Mía ha de ser", le dijo y dejó
a Juanillo en las tareas del acomodo de la ropa que
esa misma tarde estrenaría, después de
seleccionar cada pieza de entre toda la mercería
que había comprado a los árabes en la
última caravana. "La aceituna y la sombra
son tus amuletos de suerte", le había dicho
la madre muchos años antes, cuando lo vestía
de verde y negro para asistir a las fiestas de la Corte,
y desde entonces se le había quedado el gusto
por aquellos colores que, realmente, daban al brillor
de su piel un matiz más atractivo, de mayor pulcritud
y prestancia. Todavía prefiere el verde y el
negro, aunque "en estas tierras donde Dios no ha
llegado, Juanillo, es cada vez más difícil
darse uno sus gustos", le dice a cada rato, luego
de perderse en el mercado de los indígenas buscando
tejidos para vestir, o en las domingadas de misa que
coinciden con la llegada de algún cargamento
de Madrid.
Y allí, en su memoria, hincado como una vieja
estaca de baobab queda el amo estirado en su camastro,
los brazos cruzados bajo la nuca y mirando los gruesos
maderos del alto techo de la habitación, pose
casi única por la cual Juanillo sabe que su amo
algo trae entre manos y que, al abandonarla, le hará
una seña o le dará alguna orden que él
tendrá que cumplir al momento y a pie juntillas.
La noche va cayendo afuera y más allá
de las palmeras de los jardines cercanos, justo por
donde las antorchas iluminan los salones de estar de
las princesas, hermosas descendientes del Soberano con
varias de sus mujeres preferidas, una algarabía
de música, confundiéndose con los ruidos
de la selva cercana y los bichos de la noche y esa brisa
cálida y húmeda cargada de los olores
a las flores que el Soberano ha mandado a sembrar en
plazas y jardines de Palacio, le va cerrando los ojos
a su amo, hasta que, cuando vuelve a mirarlo una vez
terminada la preparación de la ropa, contempla
el lento movimiento de la respiración en su pecho
desnudo y lo siente roncar quedamente.
Amir
Valle (1967) Narrador, periodista y crítico
literario. Uno de los autores cubanos más prolíficos
de los últimos años. Ha publicado cinco
cuadernos de cuentos, tres de ensayo y cuatro novelas,
así como dos libros de testimonio. Es responsable
de diversas antologías de narrativa cubana contemporánea.
Tiene en proceso editorial en España su libro
Habana
Babilonia o Prostitutas en Cuba
(editorial Bibijagua, Madrid), en Canadá su novela
Si
Cristo te desnuda
(traducida al francés), en Puerto Rico su novela
Las
puertas de la noche
y por editoriales cubanas sus novelas Si
Cristo te desnuda
(Premio José Soler Puig 1999) y Muchacha
azul bajo la lluvia
(Premio de Novela Erótica La Llama Doble 2000).
Igualmente están en la web sus e-books Brevísimas
Demencias: la narrativa cubana de los años 90
(editorial electrónica Almiquí, Miami)
y Si
Cristo te desnuda
(editorial electrónica Novalibro.com, España).
|
|