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Este
año, cuando formalmente empieza el tercer milenio,
se cumple medio siglo de la publicación de la
novela Jardín. No tiene nada de extraño
que por un libro pase el tiempo; lo extraño es
más bien que un libro -este en particular- resista
la erosión del envejecer, y que lo haga desde
una compostura de extrañeza tan firme, tan porfiada,
en su vínculo esencial con las letras de Iberoamérica,
o, para decirlo en los términos del mexicano
Carlos Fuentes: con el vasto territorio de la Mancha.
La aparición de Jardín en el contexto
de nuestra lengua supuso una auténtica conmoción.
Entonces no había nadie que escribiera de ese
modo; ningún escritor, o escritora, pensaba siquiera
en urdir entramados tan espesamente simbólicos,
por medio de un acontecer donde el tiempo y el espacio
venían a integrarse en una estructura arquetípica,
o deudora de ciertos arquetipos culturales. En esa época,
aunque estaba en su apogeo el proceso literario que
más tarde iba a producir las bases del llamado
boom de la narrativa hispanoamericana, las experiencias
linguoestilísticas más radicales ocurrían
en el ámbito de lo maravilloso, de los mitos,
de la ciudad como organismo opresivo y enajenante. Es
la coyuntura del primer Roa Bastos, de Jorge Zalamea,
del Asturias de El señor Presidente, del
Felisberto Hernández de Las Hortensias,
del Leopoldo Marechal de Adán Buenosayres,
del Borges de Ficciones y El Aleph, del
Carpentier de El reino de este mundo, de la prosa
de Juan José Arreola. Las realidades socioculturales
de Iberoamérica catalizaban, de algún
modo, el surgimiento de muy diversas prácticas
estilísticas. Las décadas del cuarenta
y el cincuenta fueron, ya se sabe, la antesala de una
renovación que llegó a significar, en
sus inicios, asunción de una identidad separada.
Pero Dulce María Loynaz ya había escrito
su novela en 1935, en unos cuadernos gruesos y rayados;
unas libretas de escuela llenas de tachaduras visibles,
esas que inevitablemente nos atraen porque evidencian
lo suprimido, las muy significativas renuncias que son
todavía legibles. Por lo que he podido ver, gracias
a la generosidad de Aldo Martínez Malo, Jardín
experimentó numerosas modificaciones estructurales;
su autora sometió el texto a sucesivos escrutinios,
cada una de ellos más riguroso que el precedente,
hasta que Aguilar la emplazó y le dijo que el
problema era de simple empacho, de indigestión
por sobreabundancia, por exceso de pulimentación
de una escritura ya de por sí pulida, hija del
más extremado acendramiento.
Las libretas que pude acariciar, cuajadas de una caligrafía
muy segura y que contrasta con la humildad del lápiz,
revelan también un continuo hacerse del texto
dentro de una inquebrantable intimidad, como si quien
escribió en esas páginas resistentes lo
hubiera hecho a escondidas, protegiendo de miradas ajenas
el tejido de una historia. Hay aquí un dato curioso:
la libreta correspondiente a la tercera parte de la
novela, la que reproduce las cartas que Bárbara
haya casi por casualidad y que la van envolviendo en
veladuras confusas, deja leer, en la página final,
una impactante y poco modesta declaración. Voy
a citarla: esto que acabo de escribir es una obra
maestra y no debo nunca cambiar de opinión.
Frente al destino barroco de la expresión americana,
para poner en juego un tema y un interés de José
Lezama Lima, la autora de Jardín produce
un estilo donde la mesura elegante es un vigoroso aliado
del lirismo. Lo que ella denomina, de entrada y para
que no nos equivoquemos, "novela lírica",
es el resultado de esa alianza. Analizado desde otra
perspectiva, el fenómeno de ese texto comedido
y lírico, discreto y correcto, objetivo en su
forma y subjetivo en su fondo, apolíneo en su
construcción y dionisíaco en sus proposiciones,
clásico por su hechura y romántico (o
simbolista) por sus efectos en el lector, ese fenómeno,
repito, se nos aparece con persistencia como una desviación,
un verdadero trastorno literario.
Una respuesta posible a ese trastorno, una explicación
de su origen, podría hallarse tal vez en la propia
educación literaria de Dulce María Loynaz,
o más bien la idea que nos hacemos de sus lecturas
modernistas y posmodernistas. Asimismo, por otro lado,
detrás de Jardín hay referencias
universales; allí existe lo que Northrop Frye
llama las formas enciclopédicas, formas salidas
de los libros canónicos de la literatura occidental
y que se materializan en motivos de carácter
simbólico a lo largo de los siglos. Y cuando
la vocación lírica decide expresarse por
medio de una historia en prosa, una historia
sobre la identidad humana, el conocimiento y el amor,
y cuando, además, esa vocación exige para
sí toda la serenidad clásica de una lengua,
estamos, creo, en presencia de un texto anómalo.
A menudo se ha dicho que el barroco, el realismo maravilloso
y la conceptualización mágica de la realidad
devienen poéticas consustanciales al discurso
narrativo iberoamericano. En tanto poéticas,
ellas parecieron en su momento -durante los años
sesenta y setenta- los tres grandes territorios estilísticos
exclusivos del Nuevo Mundo. Pero a la larga el mundo
es uno y la literatura también lo es. Y aunque
el Nuevo Mundo exhibió como insignias lo primitivo,
lo irracional, la preeminencia de las culturas populares,
la mirada vuelta siempre hacia lo inmediato y otros
distintivos armonizados dentro del ámbito del
subdesarrollo, su novedad fue poco a poco resolviéndose
en constantes de identidad cultural manejables como
historia condensada y como convenciones.
Europa y particularmente España terminan de ser,
de reconocerse y de conformarse durante el dilatado
proceso de la conquista y la colonización del
Nuevo Mundo. Y el español americano, o simplemente
el idioma español, adquiere una dimensión
distinta. Se metamorfosea en un sistema para aquilatar
realidades inexpresadas, como ha señalado ya
Alejo Carpentier. Las mismas, dicho sea de paso, que
el autor de El reino de este mundo mostró
a fines de los años cuarenta y que antes, mucho
antes, quiso enseñar Cristóbal Colón
a los Reyes Católicos, o Hernán Cortés
al Emperador Carlos V.
Deseo hacer notar que Jardín promueve,
en 1951, el uso de una lengua literaria absuelta, desatada
de todas las corrientes y modas, y deudora tanto del
asombro americano como de la tradición cartesiana.
Es una novela de método, férrea, y también
una novela del encuentro con el delirio y el misterio
de la naturaleza. Esa mezcla o convivencia del proceso
cognoscitivo en tanto mito y de la razón que
busca equilibrios midiendo y pesando, es lo que atrajo
al lector europeo al encontrarse con una literatura
como la de Jorge Luis Borges, para citar un ejemplo.
Las libretas que posee Martínez Malo dan a conocer
una parte del arduo proceso de composición de
ese misterioso libro titulado Jardín,
uno de los más recónditos y enigmáticos
que se hayan escrito nunca en tierras de América.
Los capítulos descolocados y vueltos a ubicar
dan la fuerte impresión de búsqueda de
un orden severo, como si se tratase de huir de los falsos
laberintos para explorar e intentar describir los verdaderos,
es decir, aquellos que se encuentran en la esencia misma
de la naturaleza humana, o en su origen arquetípico,
cuando en los tiempos originales Dionisos era la parte
oscura de Apolo, y éste el lado diurno de aquél.
Falso laberinto es, para la escritora, la complicación
gratuita del acontecer novelesco, mientras que el verdadero
laberinto se encontraba en ese vínculo casi inefable
de la protagonista con la naturaleza, toda vez que en
el libro esa relación es, al mismo tiempo, negación
y aceptación.
Las corrientes, las modas, los estilos literarios no
pertenecen con carácter exclusivo a ningún
territorio de la novela, desde su invención moderna
con Don Quijote hasta clásicos contemporáneos
como Terra Nostra, de Fuentes; Paradiso,
de Lezama Lima, o Sobre héroes y tumbas,
de Sábato, para citar tres casos dispares en
el territorio lingüístico de la hispanidad.
Pertenecen, eso sí, pero en tanto privilegios
temporales, en tanto fenómenos estéticos
de la historia, a determinados momentos y sitios, como
decir que el espíritu romántico es del
siglo diecinueve francés y alemán, o que
el surrealismo es del veinte francés, o que la
pintura barroca es del diecisiete español e italiano,
o que el expresionismo es del veinte alemán.
La historia literaria va por lo general en contra de
su lógica, y Jardín, novela cubana
de 1951, pero terminada de escribir, no hay que olvidarlo,
hacia 1935, no es un documento de la lógica de
las formas en la imaginación literaria, sino
un documento de su historia. Dulce María Loynaz
lo declara al principio de su narración: "Nada
lo libra /.../ de ser un libro extemporáneo /.../
porque, para fatiga mía, voy contra la corriente".
Quiero apuntar al paso que hay un libro norteamericano
y universal que acaso se constituye en referencia de
comparación con Jardín. Su autor,
Henry David Thoreau, frecuentador de la cultura literaria
hindú, decidió un día de mil ochocientos
cuarenta y tantos vivir rústicamente, con lo
imprescindible, en los bosques de Walden, un topónimo
que le sirvió para titular la crónica
de aquella temporada solitaria y feliz. Y habiendo conocido
los bosques, se marchó luego a Cape Cod en busca
del mar. Las ciudades lo hacían desgraciado,
lo convertían en un hombre triste y sin fuerzas.
Y para él la palabra civilización era
un concepto torcido.
La novela de Dulce María Loynaz, obra platónica,
tal vez heredera parcial del Walden de Thoreau
y algunos otros libros cuyos rastros habría que
seguir, no ha quedado, me parece (a no ser en el campo
de las técnicas), como uno de los gestos que
preludian, ya en los años cuarenta y cincuenta,
la renovación visible en los sesenta y los setenta;
como he insinuado antes, ese renuevo lo podríamos
juzgar un correlato, en sus inicios, de una identidad
que, con cierta beligerancia, se autoasume excluyendo
(o intentando excluir) a Europa. E incluso la novela,
aunque subraya la importancia del mito para el conocimiento
esencial de la vida, no figuraría nunca en la
nómina de los libros conformadores de la antesala
del boom. ¿Por qué? Tal vez la
razón esté allí, en esa deliberación
de no compartir una identidad lingüística
y contextual excluyendo a Europa. Yo diría
más: Jardín atomiza, desde una
perspectiva unificadora de la cultura, las convenciones
y arquetipos formados en la historia cultural de Europa;
y esa óptica es un acto integrador de la cultura
como lenguaje, de la cultura total en el lenguaje.
El fenómeno que acabo de esbozar ha sido visto
y explicado de otra manera, con tanta razón como
podría yo acaso tener. Jardín figuraría
entonces en la fundación de la otredad literaria
hispanoamericana, y la lengua que promueven sus páginas,
lengua emancipada de antemano de cualquier compromiso
no estético, sería una lengua nueva, un
español sin cautelas. Sin embargo, cuando Gabriela
Mistral afirma que Jardín ha sido para
ella "el mejor 'repaso' de idioma español
que he hecho en mucho tiempo", ¿a qué
se refiere? Se refiere, me parece, al cuidado creativo
y al mantenimiento regenerador de una tradición
lingüística, no a su ruptura, no a su violentación.
Y parece razonable creer en las razones de Gabriela
Mistral, pues Jardín, en lo concerniente
al nivel morfosintáctico de su escritura, no
es novela de rompimientos, sino de tradiciones emulsionadas
(bien emulsionadas) dentro del modernismo hispanoamericano.
Los mitos que sostienen la estructura de Jardín,
y que de cierta manera contribuyen a acentuar su aire
poemático, nos hablan acerca del misterio de
la identidad humana, la necesidad de creer de nuevo
en lo inescrutable, en las fuerzas naturales, y de creer
asimismo en ciertas formas de la trascendencia más
allá de los materialismos de ocasión.
La protagonista vive una vez la existencia trivial cuando
huye de la casa y del jardín; ejercita la frivolidad,
saborea la testaruda inmediatez de la vida, y se da
cuenta de que son experiencias transitorias y
también imperativos del conocimiento de la
realidad, aunque contrastan, al final, con aquello
que verdaderamente está, según Dulce María
Loynaz, en la médula del yo y su posible trascendencia.
En la puerta misma del tercer milenio, Jardín
llama a la sensibilidad y la sensualidad del individuo
que regresa, como Bárbara, al mundo del espíritu,
al diálogo con la naturaleza y el pensamiento,
y que se coloca lejos de lo huero, lejos de lo insustancial,
lejos de la vivencia cotidiana del mundo, para decirnos
que las opciones del hombre han sido siempre las mismas,
pero con apariencias distintas en cada época.
Y para decirnos, además, que podemos escoger,
mas sólo si tenemos el conocimiento suficiente
para hacerlo. Porque nunca debe rechazarse una opción
sin que sepamos antes lo que ella significa.
La vocación universalista de Jardín,
su modo de explicar la experiencia del mundo exterior
y del interior del hombre, de emprender la aventura
del conocimiento desde la búsqueda del yo y del
amor, subrayan un ecumenismo que acaso sea hoy, en el
mundo de la cultura global, una de las grandes metas
del arte de la novela, cuya mirada va hacia adelante
con su facundia y su necesidad de apropiarse de los
riesgos humanos.
Alberto
Garrandés (1960) Narrador, ensayista y editor.
En 1990 obtuvo el Premio Nacional de Ensayo de la UNEAC
por su libro La narrativa cubana de 1923 a 1958,
inédito aún. Publica en 1993 Ezequiel
Vieta y el bosque cifrado (ensayo) y La poética
del límite (ensayo sobre la cuentística
de Virgilio Piñera), este último Premio
de la Crítica en 1994. Su primer cuaderno de
relatos, Artificios, obtuvo en 1995 el Premio
de la Crítica. Desde 1996 aparecen Salmos
paganos (relatos) y Silencio y destino (ensayo
sobre la novela Jardín, de Dulce María
Loynaz) y Capricho habanero (novela). En 1997
son publicadas dos antologías de cuentos cubanos
con selección y prólogo suyos: Poco
antes del 2000: jóvenes cuentistas cubanos en
las puertas del nuevo siglo, y El cuerpo inmortal:
20 cuentos eróticos cubanos. En 1998 obtuvo
el Premio Nacional de Ensayo de la UNEAC con Síntomas,
ensayos críticos, libro que mereció
en 2000 el Premio de la Crítica. En 1999 Letras
Cubanas publicó Los dientes del dragón
(ensayos). Es responsable, además, de otras antologías.
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