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La
imagen del narrador
David Mitrani
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Estuve
en casa de Abelardo Castillo hace unos meses y de aquella
visita, durante la cual el escritor me presentó
a los jóvenes integrantes de su Taller Literario
y ofreció el análisis magistral de un
cuento, lo más digno que recuerdo de mí
mismo es el asombro que despertaron ciertas anécdotas
que conté. Confieso que fui yo el más
sorprendido. Mis espectativas antes de llegar al espacioso
apartamento del conocido escritor eran otras. Supuse
(es imposible no suponer en estos casos) que hablaríamos
sobre la tendencia de la narrativa actual, sobre las
mejores novelas cubanas, sobre la literatura argentina,
sobre Borges, Cortázar, Artl. Supuse que, tratándose
de un Taller Literario, hablaríamos de técnicas
literarias, estructuras, autores, textos canónicos.
Supuse, además, que yo aportaría muy poco
al decursar agradable de la velada, porque a pesar de
que me acompañaba Jorge Timosi, aliado muy competente,
nos encontraríamos en desventaja numérica
frente a Abelardo, su esposa Silvia Iparraguirre, y
una tropa de incondicionales discípulos. Descarté
algún comentario mío sobre la obra de
Abelardo, porque excepto algunos cuentos de aquel libro
que publicara Casa de Las Américas: Las otras
puertas, desafortunadamente no tenía nada
más fresco en mi memoria que referir. En cierto
momento valoré la posibilidad de discutir alguna
reflexión aparecida en su libro Ser escritor,
particularmente aquella que reza así: "Hacer
poemas, hacer novelas, siempre fue un oficio secretamente
vergonzante. El escritor resolvía el problema
imaginando que, por lo menos, era un ser necesario.
Una suerte de trabajador marginal o de filósofo
marginal, pero, a fin de cuentas, necesario. Hoy sospecha
que esta coartada es falsa [...] Estamos atravesando
por lo que yo llamaría una crisis universal del
sentido". Sin embargo, me pareció inapropiado
declarar en presencia de aspirantes a escritores, que
sí, que estaba de acuerdo, que la literatura
no tiene sentido en un mundo sin sentido, que ni siquiera
leer lo tiene. Me pareció demasiado lesivo asumir
yo, cubano, utopía sobreviviente, una mirada
tan desalentadora. Mi resolución definitiva fue
entonces dejar que la corriente me llevara a donde quisiera
llevarme, es decir, hablar de lo que se hablara sin
imponer ningún tema.
Desde mi llegada a Buenos Aires había tratado
sólo con actores de teatro, de lo que me alegré,
sobre todo porque éstos suelen ser menos aburridos
que los escritores. Me habían llevado a ver varias
obras y el ensayo de otra que, como ensayo al fin, lleno
de absurdos y desaciertos, resultó más
divertido que las puestas anteriores. Durante los días
previos a la referida visita -como sucede siempre que
estoy fuera de casa- había dormido poco y me
había impuesto como meta beberme dos botellas
de Habana Club y otra de Guayabita del Pinar,
que Cristina, la dueña de la casa donde me hospedaba,
exhibía sobre una vieja máquina de coser
Singer que hacía la veces de mini-bar.
No soy un bebedor acérrimo pero, estando en una
ciudad lejana, la mejor manera que hallé para
acercarme a la isla, para sentirla más adentro,
digamos, fue beberme aquello que sin dudas nació
de ella. Tal glotonería alcohólica y patriótica
nubló los recuerdos de aquellos días,
de modo que no sé con certeza quién fui,
si encantador, si lacónico, si definitivamente
estúpido. En varias ocasiones me quedé
dormido en el teatro pero reconozco que pude presenciar
lo suficiente como para después ofrecer mi parecer
a los actores y al director, así como a su productora,
la buena Cristina.
En casa de Abelardo hubo poca bebida, o mejor, para
ser justos, hubo un bajo por ciento etílico aportado
por cuatro botellas de vino tinto que Silvia puso sobre
la mesa. De modo que, la gasa tendida entre Buenos Aires
y yo, no se hizo ni más ni menos turbia. Sin
embargo, recuerdo que toda mi estrategia, mientras Abelardo
leía los graciosos titulares de prensa que él
suele coleccionar, la encaminé a vaciar una botella
ubicada justo frente a mí. Al parecer -y aquí
empieza lo borroso- comencé a explicar cómo
funcionaban los talleres literarios en Cuba. En algún
momento debí comentar, como una curiosidad, que
se concursaba en décima como "género"
aparte. "¿Por qué?", debió
preguntar alguien. "Es una estrofa muy arraigada
entre los cubanos", debí responder. Deduzco
que puse de ejemplo a los improvisadores en décimas
y me confesé yo mismo un investigador sobre el
tema. Para que no me tomaran por un loco, sobre todo
Silvia Iparraguirre, quien me examinaba con marcado
temor, hice un estudio comparado entre los repentistas
cubanos y los payadores argentinos. Salió a colación,
por supuesto, José Hernández, el Martín
Fierro, las sextinas o sextillas; salió la historia
archiconocida de la espinela y la de su presunto inventor
Vicente Martínez Espinel; salieron, ya cuando
había vaciado la botella que estaba frente a
mí, décimas de Lope de Vega, del Cucalambé,
de Jesús Orta Ruíz, Nicolás Guillén;
ya después me vi inmerso, más que en una
defensa de los valores de la oralidad, en una acción
proselitista a favor de la improvisación en décimas,
"en la que los cubanos", dije, "son verdaderos
artífices, y cuando están inspirados cantan
cosas como: Pero el Mayabeque mío/ fue una
zanja del Diezmero/ que ni yo porque la quiero/ me atrevo
a llamarle río, y, además, son muy
emotivos", y para demostrarlo repetí los
versos que Ernesto Ramírez cantara para su padre:
La muerte vino a mi lado/ a medirme la tristeza/
y yo agaché la cabeza/ como un gajo jorobado/;
luego para demostrar la faceta ingeniosa de los improvisadores
repetí los de Pedro Guerra cuando le contestó
a otro: Ahora sí se equivocó/ este
poeta profundo,/ si yo no quepo en su mundo/ es porque
el grande soy yo; y, para variar, creyendo adecuado
un cambio de lenguaje, recité aquellos versos
que alguien dijera en un remoto lugar: Se nos murió
Jesús Noda/ muy triste está su mujer,/
y qué le vamos a hacer,/ si se murió,
que se joda, y la última redondilla de una
décima que dijo Rigoberto Rizo: Hoy me toca
de contrario/ el Congo de San José/ que parece
un Chimpancé/ encima del escenario, y la
contesta del ofendido Congo de San José a Rigoberto
Rizo: Canta Rigoberto Rizo/ que te quiero oír
cantar/ para poderme cagar/ en la madre que te hizo.
Todos estos versos, como debe ser, fueron acompañados
de sus respectivos contextos. No sé cuánto
tiempo debí hablar sobre el tema, tal vez una
hora. He tratado -ya que recordar no puedo- de imaginarme
la escena, de colocarme en el lado opuesto al que yo
estaba, de convertirme en discípulo de Abelardo,
de escuchar al cubano que habla de ciertos guajiros
que improvisan y cantan décimas. Entonces, apartándome
de las caras risueñas, de la copa de vino, de
la atención de mis coterráneos, consigo
descubrir que el cubano apenas opinó cuando se
analizó el cuento, lo poco que dijo fue tonto,
como si le aburriera opinar o como si hubiera estado
pensando en las musarañas durante la lectura;
consigo descubrir, además, que, si bien tampoco
Timosi opinó mucho, al menos sí habló
de algo tan relacionado con la literatura como la pasada
Feria Internacional del Libro en La Habana, y refulgió
anunciando la próxima, de su extensión
por todo el país, que estará dedicada
a Francia, etc; consigo descubrir que evidentemente
el escritor cubano aprovechó la oportunidad para
dispararnos un interminable anecdotario que, si bien
nos ha hecho reír, no logro asociar con nuestro
taller narrativo, ni con él mismo, que se nos
ha presentado como narrador; consigo descubrir que,
probablemente, estos improvisadores son seres anónimos
en Cuba, que apenas saben hacer otra cosa que improvisar
pero, bueno, me río, porque de verdad son ocurrentes,
pintorescos, ingeniosos, y en definitiva, es como si
el cubano nos hablara de los indios machingengas o de
las tribus masai, y resulta curiosa la información
para engrosar nuestra cultura. Así, colocándome
en el lugar de otra persona, sospecho que me habrán
visto como un vendedor de calzoncillos atléticos
dándole propaganda a una cafetera.
He tenido la secreta esperanza de que hayan asumido
mi pose como la del clásico post-modernista que
admite la rima para eliminar el exceso de libertades
que, a su vez, provoca el sin sentido. No me preocupa,
sin embargo, esta imagen; la reconstruyo por mera diversión.
Lamento en cambio que mi memoria haya grabado sólo
unas pocas de aquellas anécdotas que tanto he
escuchado entre los repentistas. Lamento, incluso, que
no haya sido alguno de ellos quien estuviera entonces
en lugar mío, habría resultado una verdadera
demostración de narrativa oral y habría
ofrecido una imagen más feliz que la mía,
tal vez la de un vendedor de calzoncillos atléticos
dándole propaganda a un taparrabos volador.
La
Habana, Agosto del 2001
David
Mitrani (1966) Narrador, decimista y crítico.
Tiene publicados los libros Ganeden
(novela ,1999); Modelar
el barro
(cuento, 1994); Santos
lugares
(cuento, 1997); Robinson
Crusoe vuelve a salvarse
(décima, 1995).
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