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La XI Feria Internacional del Libro de La Habana estuvo
dedicada al escritor Miguel Barnet, Premio Nacional
de Literatura y autor de una obra que ha tocado casi
todos los géneros, desde la escritura para niños
hasta el testimonio. Y es este último registro
el que cruza como un estambre el centro de su poética
personal, y funda la rica interacción de realidad
y literatura, de historia y ficción, en sus mejores
obras. Ya sea con La canción de Rachel o
Biografía de un cimarrón, Barnet
ha aprovechado los canales propios de la testificación
para aproximarse a los bordes sociales de lo cubano,
a las zonas móviles de lo popular, a lo profano
en su magnitud más pura. Justo alrededor de Biografía
de un cimarrón versa el diálogo que
en exclusiva reproduce La Isla en Peso, celosa
de sus montes mágicos, sus toques de tambor en
la madrugada y sus ríos de agua helada a punto
de un mediodía de agosto.
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Barnet
ante el cimarrón
Hossiri
Godo-Solo
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-Dijo
Amadou Hampate Ba: "En África cada viejo
que muere es una biblioteca que arde." ¿Cómo
se relaciona la novela testimonio y en particular su
libro Biografía de un cimarrón
con el epígrafe?
-
Lo dijo Amadou Hampate Ba, pero también lo dijo
Carlos Vega, el argentino: es cierto y es muy dramático.
Pienso que sobre todo lo es para un pueblo con una tradición
ágrafa y para el legado que los pueblos africanos,
asiáticos y también los indígenas
de todo el continente americano dejaron para el patrimonio
mundial. Siempre tuve esta conciencia, por eso creo
que más que un poeta, un escritor, un etnólogo,
soy un memorialista, porque trato de rescatar la memoria
como parte de la sensibilidad y de la imaginación
del ser humano y sobre todo del hombre en su proyección
más social y colectiva. Yo siempre tuve esta
conciencia y veía desde mi adolescencia con mucha
tristeza que algunas personas, sobre todo personas negras
de origen africano, morían y nadie recogía
aquella extraordinaria historia, aquellos extraordinarios
cuentos. La única que lo hizo con mucha gracia,
fue Lydia Cabrera. Entonces, yo me siento en este sentido
un continuador de la obra etnoliteraria de Lydia Cabrera.
Cuando conocí a Esteban Montejo, me di cuenta
que este hombre era una síntesis, digamos, casi
emblemática o paradigmática, de estos
hombres y mujeres. No lo quise utilizar solamente como
contribuyente al tema de los barracones que estábamos
estudiando en esos años con la coordinación
del gran historiador y demógrafo Juan Pérez
de la Riva. Él me contaba algunos cuentos desde
el año 1963 hasta que finalmente tuve un cuerpo
de historia y dije: pero aquí hay una vida. Es
una vida que, si se organiza en un orden lineal, cronológico,
puede revelar muchas cosas: verdades, medias verdades,
y sobre todo eso que a mí me apasiona tanto:
la verosimilitud, que es más importante que la
verdad, porque la verdad siempre es relativa. Lo verosímil
es lo que uno puede creer. Y a Esteban Montejo había
que creerle en todo porque él era de una filosofía
personal muy sugestiva, que venía de su viejo
origen yoruba, aunque también una de sus familias
era conga, según él bantú, pero
era el origen Yoruba lo que predominaba en él.
Entonces me di a la tarea de rescatar aquella historia.
Usted puede ver que en el libro no solamente hay historia
de la vida de Esteban Montejo y sus circunstancias sociales,
sus aventuras amorosas, sino también la fabulística
de la cual era portador. Yo no podía permitir
-aunque era muy joven; tenía 22 años-
que Esteban Montejo fuera solamente utilizado para describir
morfológicamente un barracón, y los demás
investigadores que estaban junto a mí no se dieron
cuenta de eso; no se percataron de eso. Aproveché
para quedarme solo con Esteban, y fue lo mejor que me
pudo ocurrir porque él tenía una imaginación,
una gracia personal extraordinaria, una cordialidad.
Esteban Montejo estableció una relación
conmigo muy especial.
- En otras ocasiones usted dijo "Esteban y Raquel
son testigos o griots en la medida social, mientras
que Ti Noel es testigo en la medida literaria."
Sin embargo, muchos críticos destacaron el carácter
de ficción que tiene Biografía de un
cimarrón. Por ejemplo, para Roberto González
Echevarría el cimarrón es un héroe
épico, y según William Luis: "Cimarrón
was conscious of his own grandeur and literary destiny."
-
Esteban Montejo era un hombre que había vivido
una vida dramática muy intensa; sin embargo,
recuerdo que Peter Weiss, un escritor alemán,
le preguntó cuándo había sido más
feliz, y le contestó que cuando era cimarrón.
Weiss se asombró: "¡Pero cómo
es posible! El cimarrón era un esclavo que huía,
que escapaba." Y Montejo le dijo: "Sí,
pero era joven". Así que él añoraba
su juventud.
Lo de la grandeza literaria, como dice Luis, fue un
error de interpretación. La grandeza literaria
y la conciencia de esta grandeza no la tenía
Esteban Montejo. Era un hombre puro, un hombre de una
gran modestia. Su grandeza existía, era real,
pero él no estaba consciente de ésta;
de lo contrario no me hubiera regalado todo lo que me
regaló de su vida. Él no tenía
los recursos literarios para escribir, aunque era un
hombre que había aprendido a leer y escribir.
Él no tenía talento literario, y no lo
niego: él era un hombre naïve, pero
su grandeza estaba en su alma, su espíritu, en
la memoria que él atesoraba de su vida, de los
cuentos y las fábulas que le legaron sus antepasados.
- La oralidad y la griótica se caracterizan
por el rasgo homoestático o modo periodístico;
es decir, los griots tienen la capacidad de adaptar
su actuación a las circunstancias del presente.
¿Cómo afectó aquello la narración
de Montejo?
-
Bueno, yo creo que la narración no fue afectada
por ningún rasgo periodístico. Esteban
Montejo era un hombre normal, era un trabajador. Él
depositó su confianza en mí, y después
de muchos años de colaboración, como cuatro
años, me ofreció toda esta historia, que
ordené, recreé literariamente a mi modo;
y pienso que la griótica no fue afectada. Al
contrario. Como Esteban Montejo no estaba consciente
de esta riqueza, él disfrutaba, él degustaba
esta riqueza; no estaba consciente en el sentido de
convertirse en un héroe lírico, literario,
ni mucho menos. Lo único que quería es
que yo contara su vida, y es lo que yo quería
también. Pero él aspiraba a que yo la
contara para que sirviera de modelo y de lección
para las futuras generaciones. Y para que no volviera
a ocurrir en el mundo un proceso tan dramático
y un crimen tan grande como el de la esclavitud, que
acaba de ser declarado por la UNESCO crimen contra la
humanidad. Humildemente fui a donde estaba él
y rescaté todo eso.
- En su entrevista con Azougarh usted dice: "Yo
creo que es un hombre más culto el que lee poesía
oral africana que un hombre que lee a Françoise
Sagan." Esto coincide con lo que dijo Esteban de
los viejos africanos: "A mí me enseñaron
muchas cosas sin saber leer ni escribir." ¿Qué
opina?
-
Es que, en mi opinión, Françoise Sagan
era una escritora menor, sin trascendencia. Lo que quiero
decir es que hay que respetar y valorar el legado oral
que los africanos aportaron a nuestra cultura y a toda
la cultura occidental no solamente con sus danzas, sus
cantos, sus cuentos, sus fábulas -con toda la
griótica como dices tú- sino también
los valores éticos, morales, valores religiosos
y filosóficos que aportaron tanto la cultura
yoruba como la bantú. Pienso que todavía
no hemos hecho un estudio cabal y profundo de los aportes
de esta cultura en el respeto a la familia, a la religión,
en la estructura social que mantiene esta familia. Hay
que recordar que los africanos que llegaron a Cuba eran
de diferentes jerarquías; no todos eran trabajadores
agrícolas. Unos eran esclavos, pues en África
existió un tipo de esclavitud; otros eran sacerdotes,
babalaos; otros eran reyezuelos, pues tenían
jerarquías en sus tribus, en sus aldeas; llegaron
aquí y tuvieron que reconstruir aquella estructura,
y eso se violó, se resquebrajó el kinship,
el sistema de parentesco; por eso se diseminó
tanto la religiosidad en un sentido horizontal. Pienso
que la concepción occidental de ser cultos choca
con la concepción de los pueblos ágrafos,
en los que hay una riqueza oral extraordinaria, que
también responde a otro tipo de raciocinio, porque
estamos acostumbrados a oír decir que el raciocinio
es cartesiano, y que la racionalidad es occidental,
pero hay una racionalidad africana, asiática
y de los indígenas norteamericanos que hay que
respetar, entender y estudiar a fondo. Tomemos el caso
de los mayas, del desarrollo de los aztecas, y qué
decir de los indios de los Estados Unidos y de los pueblos
asiáticos con su filosofía. Igualmente
en el caso de los pueblos africanos se puede hablar
del tablero Ifá. Pienso que uno de los grandes
aportes de África al mundo es el tablero Ifá,
el concepto de Ifá como adivinación, que
es casi de una exactitud y precisión pitagóricas.
Todo eso hay que respetarlo, y está contenido
en los patakís. Ése es también
el aporte de la Biografía de un cimarrón,
porque contribuye a mostrar que Montejo había
sido esclavo, un cimarrón, pero no era un primitivo
en el sentido de la antropología tradicional.
Era un hombre que tenía una concepción
del mundo, una cosmovisión, una filosofía,
un respeto para el ser humano y un sentido muy cabal
de su ética personal.
- Me gustaría saber cómo podría
resumir el itinerario griótico en la cultura
cubana, su pasado, presente y futuro.
-
No puede reducirse a la llamada cultura afrocubana.
El término "afrocubano" hay que revisarlo,
porque el aporte africano a Cuba fue y es tan grande
a nivel de la griótica (como usted dice) que
rebasa la dimensión afrocubana para pasar a la
identidad de la nación cubana. Pienso que los
aportes de la cultura africana a Cuba en la música,
la danza, el arte, la filosofía y la poesía
son tan grandes que seríamos hoy, sin estos aportes,
un país amorfo, como decía Jean-Paul Sartre,
un pan mal cocido, insípido. Pienso entonces
que este aporte ya dejó de ser africano para
ser parte de lo que nosotros llamamos eufemísticamente
la cubanía o la cubanidad. Creo
que Lydia Cabrera, Fernando Ortiz, Teodoro Díaz
Fabelo y otros estudiosos fueron los que iniciaron estos
estudios y estas recopilaciones y abrieron un camino,
una puerta muy grande, por la cual llegué yo
y transité a partir del año 1959 y me
di cuenta que a la literatura cubana le hacía
falta este ingrediente que había estado presente
en ¡Ecue Yamba-O! de Alejo Carpentier.
Y entonces quise hacer una poesía afrocubana
siendo un "blanco" con una visión distanciada,
pero recogiendo toda la riqueza mitológica y
artística de los cultos y de lo que yo veía,
alrededor de mí. Creo que Akeké y la
jutía, mi libro de fábulas, es un
aporte importante a esta griótica, como lo fue
la recopilación de Ramón Guirao en su
época y el libro de Lydia Cabrera Cuentos
negros de Cuba. Y el Cimarrón viene
un poco a ser -dentro de la novela testimonio- el resultado
de todas estas indagaciones, búsquedas y rescate
de un tesoro que estaba allí y que sigue allí
todavía, esperando que vengan las generaciones
jóvenes con una visión ya moderna o postmoderna
a trabajar estos materiales tan extraordinarios.
- ¿Por qué Esteban Montejo insistía
tanto en usar frases como "esto es positivo, yo
lo vi"? Parece que había contado muchas
cosas, pero la gente no le creía.
-
Sus propios hijos y su propia familia. Por eso cuando
llegué a su vida con aquella grabadora que pesaba
casi cuarenta libras, él se sorprendió.
Al principio estaba muy dudoso, me recibía con
cierta reticencia, pero después hicimos una gran
amistad. Logré ponerlo en mi bolsillo, y no fue
con el ron, con el tabaco, con los regalos, sino con
mi paciencia, mi persistencia y la necesidad que yo
tenía de que este testimonio no se perdiera,
y no se perdió. Y esta ahí; pasarán
años y el libro va a quedar como único
testimonio de un hombre que había sido esclavo
y cimarrón; y no sólo eso, porque si este
hombre no hubiera tenido sensibilidad, inteligencia
natural y generosidad, quizás el libro no se
hubiera podido hacer. Creo que fue un momento de gracia
en que se produjo esta combinación química
entre él y yo, y aunque en mí el proyecto
era muy deliberado, muy preconcebido, muy consciente,
muy planificado, en él también existía
en una medida quizás menor, pero posiblemente
más profunda, más esencial. En él
también había la intención de devolver
al mundo que le oprimió, esclavizó y humilló
un mensaje de paz, muy parecido a la filosofía
cristiana, en el sentido de que se perdonaba, pero no
se olvidaba. Y él nunca olvidó; claro,
el libro tuvo mucho éxito y se sigue publicando;
y se seguirá publicando, también tuvo
algunos detractores en la academia escolástica
y el fundamentalismo africanista.
Montejo dice cosas importantes, por ejemplo: "La
naturaleza es todo y hasta lo que no se ve". Es
de una gran densidad filosófica. Y en otra ocasión,
cuando dice: "Por cimarrón no conocí
a mis padres, pero eso no es triste porque es la verdad",
da una gran lección de la cultura del cimarronaje,
de la cultura de la resistencia. Esteban Montejo no
podía darse el lujo de sufrir; tenía que
vencer y llegar hasta donde llegó, y llegó
muy alto y seguirá muy alto. Esteban Montejo
murió el 10 de febrero de 1973, un sábado
tomando café. Pero quiero que sepa que Esteban
Montejo no está muerto. La muerte es una noticia
técnica. Esteban Montejo es una fuerza y está
conmigo, y no me puedo alejar de él. A veces
quisiera olvidarme de eso, olvidar el tema del racismo
en Cuba, porque soy un blanco y van a decir que soy
paternalista, o que es una vocación mía
de protagonismo, pero no puedo porque es un mandato.
Y la única fotografía que tengo encima
de mi cama, en mi cuarto, es la fotografía de
Esteban Montejo, que me acompaña y me ilumina
de inmensidad.
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