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Jorge Mañach

Una paginilla diaria escribió Jorge Mañach (Sagua La Grande, Las Villas, 1898 - San Juan, Puerto Rico, 1961) entre los meses de julio y agosto de 1925 en el diario habanero El País para después reunirlas en forma de libro y publicarlas, en 1926, por la Editorial Minerva. Algo más que ejercicio de simple periodismo acabaron siendo estas Estampas de San Cristóbal, recién reeditadas en La Habana de otro siglo, Habana distinta. Justo conocedor y curioso observador del alma cubana, de sus vicios y virtudes, Mañach consiguió en estas viñetas varias piezas de legítima literatura que uno saborea con más sorpresa que nostalgia, pues no son estas palabras abandonadas a la descripción externa de la fisonomía de una ciudad que es además el corazón de una nación, sino un complejo estudio de las costumbres, caracteres y entornos de lo cubano en un tiempo de cambio, de agitada modernidad que veía morir a cada minuto los rasgos de un pasado colonial cada vez más distante. Uno lee en otro siglo ya y se reconoce.

 

XXIX
La bodega

- Si yo fuera escritor, hijo, haría alguna vez el elogio de la bodega... ¿Me hace el favor de dos gaseosas?
Luján, como suele, ha concebido la frase dentro del mismo ambiente a que alude, por reacción característica de su sensibilidad, siempre alerta y gárrula. Estamos en Las Brisas de Lombillo, antes La Flor Asturiana, bodega. Nuestra entrada acaba de suscitar un breve revuelo de curiosidad y extrañeza. La negra joven, de piel tersa y azulosa, de cogida "pasa" y sonoras zapatillas color crema, ha elevado para nosotros el tono de su hablar lento a zalamero. Una maritornes pecosa, que hace un instante tenía perdida toda su mansedumbre servil en el regateo de la compra, al vernos torna instintivamente a su miramiento habitual. Y la niña flaca, aupada y vencida de pecho contra el mostrador, ha suspendido el repique de su botella grasienta sobre la plancha de cobre, y nos ha clavado, intrigada, sus grandes ojazos negros y limpios.
Decididamente somos clientes insólitos. Todo lo ha dejado el amo mismo para servirnos. Sus manazas velludas enjuagan clandestinamente dos vasos, escurren el agua dentro de ellos con los trozos de hielo y nos escancian el hervoroso brebaje, no sin un gesto de grave virtuosismo. Cuando Luján lo apura y se chupa el bigote, satisfecho, vuelve con más brío a su especulación.
- Sí, habría que hacer el elogio del símbolo que es la bodega. Resulta curioso que en España suelan llamarla "tienda de ultramarinos" cuando en realidad comercial apenas lo es... Aquí, sí; aquí, desde el personal hasta la mercancía vienen de allende algún mar, y esto contribuye al valor simbólico de la bodega, establecimiento de "la Raza", estrechador de lazos por excelencia... Siempre en una esquina, como para acaparar mejor el lucro de dos calles, la bodega, con su multitud de botellas enmoñadas de rojo y gualda, con sus mostrador avisado de mil picardías sainetescas y su cantina sabidora de confesiones beodas; con esos dos servidores fieles, que son el molino de café y la balanza; con sus cocos de agua y sus pirulíes y sus galleticas; con su olor a tocino y sus moscas; con el alarde habilidoso de sus "medios" bien envueltos y el teléfono embarrado, que dice:"No me huse ustez para enamorar"; con sus cuatro grandes puertas francas al sol y su trastienda enigmática, ¡qué elocuente símbolo, hijo, de la cordialidad hispano-criolla y del utilitarismo que algún día tendrá sitio en la lonja y chalet en el Vedado!... te aseguro que estos diálogos de bodega, en que se cruzan por cima del mostrador seseos barrioteros y jotas aplatanadas, hacen más obra de fusión indoibérica que todos los discursos de todos los Días de la Raza. ¡Como que aquí está el punto de contacto elemental entre los géneros ultramarinos y las especies del patio!...

 

XXXIII
La fonda

Con alguna vacilación -porque, según me ha dicho luego irónicamente, "yo estoy en otra categoría"- Luján me ha invitado hoy a almorzar en la fonda donde él suele hacerlo.
- Podríamos haber ido a mi casa de huéspedes, hijo; pero no quiero imponerte aquella comensalía de partiquinos, estudiantes de provincia y gente ambigua.
- Como usted quiera, Luján.
Y el buen viejo se ha decidido a llevarme a su fonda criolla y digna, de categoría intermedia entre las sospechosas "de chinos" y el modesto restorán. A la verdad, no he advertido que se distinga de éste sino en que allí se puede almorzar en mangas de camisa, y en que las mesas no son exclusivas, pues cualquier desconocido tiene el derecho de compartirla con uno. Por lo demás, ¿habrá nada tan decoroso y simpático en su llaneza como este amplio lugar anchamente abierto a la calle, lleno de columnas, de ventiladores, de mesas y sillas heterogéneas y de gentes laboriosas con un honrado apetito? Si es verdad que los manteles ha tiempo perdieron su candor con las huellas de los más diversos caldos y que las moscas resultan comensales ávidos también, ¿cómo no hacer un poco la vista gorda en atención a la camaraderil franqueza del ambiente, a la conversación de Luján y a las sabrosuras culinarias que éste anuncia?
- Aquí, hijo, se mantiene pura (por lo menos) la tradición de la cocina criolla. Así es que pediremos de lo genuino; ¿te parece?
Y como yo he asentido, a poco van viniendo los platos consabidos "del patio". La blanca y lustrosa colina de arroz, mirándose en la redondez cándida, pulida, rubia y rosa de un huevo frito; los melosos platanitos orinegros, los ásperos y "machucados", los sabrosamente quebradizos en forma de "galleticas"; pargos, oro y rosa otra vez, de carne blanda y fina, con obscuras venillas aristocráticas; la suculencia -"sólo para iniciados", como dice Luján- del aguacate bien compuesto, y, al fin, la amargada dulzura de los cascos de guayaba con su cremoso quesillo.
- Nada extraordinario, hijo; no estamos para lujos... Pero, ¿a que no te has quedado con más ganas?... Lo de uno, lo de casa, siempre parece que basta y sobra.
Por no ofender a Luján, yo dejé de darle pellizquitos subrepticios a los restos de la hogaza. No obstante, animado por el vaporcillo aromático del café, que ya servían, aventuré:
- Sí, Luján. Pero ¿no cree usted que nuestra cocina criolla es muy pobre?
- Todo lo característico nuestro es pobre, hijo, poco variado... Los tipos, los modismos, el paisaje, el clima, la cocina... Todo menos la fruta tal vez. Pero no siempre en la variedad está el gusto. Muchas veces el gusto depende del paladeo... Hay que paladear bien lo nuestro: he ahí la fórmula nacional...

 

XXXV
La "guagua"y el carácter

La "guagua" es un medio de locomoción urbana que no logra revestirse de pleno prestigio. Las mismas gentes humildes no se sirven de él sino como un recurso supletorio: prefieren el tranvía -el "carrito"- y sólo se avienen a utilizar "la guagua" cuando el itinerario de ésta les cuadra mejor. Las personas de alguna pretensión social no acuden a ella como no sea en casos extremos, y es dudoso que ello se deba a repugnancia de la promiscuidad, porque igualmente heterogéneo y confuso es el público del tranvía. ¿Por qué, pues, Luján, el menosprecio de la "guagua"?
Con una lenta caricia a su bigote, Luján revistió de la necesaria gravedad su parecer inminente.
- Sospecho, hijo, que una de las razones es la mayor publicidad de la "guagua". Es un vehículo más pequeño, más caprichoso, más pintoresco y más bullanguero que el tranvía. Además de la bocina o "fotuto", tiene silbatos, ejes maltrechos y nombres románticos. Todo esto llama la atención: hace que uno, cuando viaja en ella, se sienta expuesto y escrutado, y nada hay que los hombres detesten tanto como el ser pasto involuntario de las curiosidades ajenas.
- Puede ser... -admití yo, algo desconfiado de la fácil dialéctica.
Luján añadió, dando un tironcito a la otra guía de su bigote:
- Pero la razón más sutil y más profunda es otra. Aunque "las guaguas" suelen tener su itinerario preestablecido y fijo, el hecho de que no vayan sobre rieles, sino atenidas al arbitrio de un chófer, nos da cierta impresión de volubilidad y suscita nuestra desconfianza. Nos parece que no iríamos seguros si montáramos; que el chófer nos habría de tiranizar... El tranvía, en cambio, tiene la forzosidad, la garantía de sus rieles rutinarios, y el ford no obedece más voluntad que la nuestra: lo determinamos nosotros. De aquí que estos vehículos sean los preferidos, porque los cubanos nos dividimos en dos categorías correspondientes: los de espíritu rutinario y subalterno, que gustan de ir siempre sobre rieles, y los individualistas a ultranza, que nunca se mueven sino por su cuenta y como les place... ¡Qué bien si lográsemos algún día el predominio de un tipo medio, a le vez individualista y cooperador, voluntarioso y confiado: el hombre de la "guagua", hijo mío!
En esto, como pasara uno de los humildes ómnibus en tela de juicio, Luján le hizo señas de que parase, y en él terminamos nuestro trayecto.

 
 
 

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