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dos

 
 

Viendo acabado tanto reino fuerte
Gina Picart

Tú que aún habitas la ciudad
y has visto deshacerse su rostro entre musgo y
palabras,
di cómo, no lejos del mar, por entre los jardines
puede hallarse el sendero que las destrucciones no
han tocado...

Así comienza la primera página del poemario que mereciera el premio Nicolás Guillén de Poesía del 2001. Su autor, Roberto Méndez, nació en la legendaria provincia cubana del Camaguey allá por 1958. Poeta, ensayista y narrador, tiene publicados los cuadernos de poesía Carta de relación, Manera de estar solo, Desayuno sobre la yerba con máscaras, Música de cámara para los delfines, Cuaderno de Aliosha y otros, así como los libros de ensayo El fuego en el Festín de la Sabiduría, La dama y el escorpión, y la novela Variaciones de Jeremías Sullivan. Sus poemas aparecen en antologías de México, Venezuela, España y Rusia.
Con un estilo que puede calificarse como experimental y una lejana pero innegable influencia lezamiana, así como de los simbolistas franceses, llega a nosotros este poemario de singular belleza al que un jurado integrado por los también poetas César López, Nancy Morejón y Alex Pausides consideró merecedor de uno de los más importantes premios de poesía que se conceden hoy en Cuba.
Al abrirlo por cualquiera de sus páginas se constata enseguida que se está en presencia de un autor culto, mas no culterano, con una extraordinaria sensibilidad, poseedor de los secretos de ese singular silencio de la poesía que lleva en sí muchos silencios, tantos que al entramarse conforman un lenguaje inaudible capaz de convocar los más secretos sentidos del hombre universal.
Roberto Méndez ha sabido esculpir con sus versos infinitos y hondos aquellas sensaciones inasibles, casi etéreas, crepusculares, que alientan en el aire de una ciudad, colgadas como cuadros magníficos para que todos puedan verlas, pero que, por algún hechizo inexplicable -quizás no tanto al fin- permanecen invisibles al ojo humano que no sabe descubrir sus contornos. Pero Méndez sí siente la punzada leve con que taladran el alma enlentecida por la nostalgia del vivir, o quizás sería más exacto precisar: del no vivir. A lo largo de sus más de cien páginas la pupila del poeta se esfuerza por captar y dejar dibujado para quienes vengan después esa extraña realidad-otra que subyace en cada objeto, en cada movimiento de lo cotidiano, y excava así, arqueólogo de la mítica magia, en una ciudad enterrada bajo la ciudad aparencial en que vivimos nuestras vidas aparentemente verdaderas, y que no son mas que espejismos. Sólo el sueño es real, parece decir el poeta, sólo sus laberintos y meandros son posibles y urgentes para el alma extraviada, que cree orientarse en un mapa impreso, cuando en verdad anda perdiéndose entre las oquedades y trampas de sí misma.
Cuba ha dado, quién lo duda, poetas de altísimo talento y verbo hondo, pero desde hace tiempo no se veía entre nosotros tal señorío en la forma poética, sensibilidad tan delicada y fina, y un don tan potente para el diálogo interno del Yo consigo mismo. Tiene mucho vuelo esta prosa poética, estos extraños versos encantados: El amor es encuentro y pérdida. Su gloria está más en la búsqueda que en la saciedad del instante, nunca lo tienes, jamás es tuyo, anda, se escabulle, gira, deja un poco de rocío o una hierba entre tus dedos, susurra una canción y cuando vas a repetirla ya se abre en un gran salto más allá de los árboles y todo es así, para que uno encuentre con mayor plenitud lo que busca. Pero qué hacer entre dos encuentros con este vacío, con el balbucear lo de por sí inexpresable? Cómo educar la mirada para que no tiemble cuando el cervatillo busca otra vez, quizás la definitiva, la aromática sombra de las balsameras?
Méndez acude a recursos técnicos de la más variada índole: ora un trabajo intertextual con El cantar de los cantares (Escolios al Canticum Canticorum), ora la asunción de otras voces, otras identidades, entre ellas la de un poeta de la Roma Cesárea (Manuscrito de un poeta menor de la Roma imperial), y cuando aquí Méndez dice: "Yo, Nereo de Pérgamo, poeta y ciego, que vine a Roma creyéndola eterna...", nosotros le creemos, y sentimos con él la tristeza infinita de una ciudad que se esfuma barrida por el viento cavafiano de la disolución.
Pocos premios literarios podrían librarse como éste del acecho, la sospecha y la duda. Con entera justicia fue otorgado en un acto de la mayor lucidez poética por parte del jurado. Este libro y su autor son sin duda un momento de gloria y grandeza en la poesía cubana de todos los tiempos.


Lo que nos corresponde: La lucha de los negros y mulatos por la igualdad en Cuba. 1886 - 1912
Yunieski Betancourt Dipotet

Negra pare negro, blanca pare blanco,
y las dos son madres.
Negro somo, no tiznamo, hombre somo, corazón
tenemo.
To corazón son colorao.

Proverbio Afrocubano
L. Cabrera, Refranes de negros viejos.

Con este proverbio se inicia el libro Lo que nos corresponde de Aline Helg, recientemente presentado en nuestros ámbitos literarios y académicos en su versión en español. Supe de su existencia gracias a un amigo: Han lanzado un libro buenísimo sobre los independientes de color. Léelo - me dijo. Y cuando lo tuve en mis manos lo primero que hice fue enterarme de quién era su autor.
Aline Helg. Profesora e investigadora. Licenciada en Letras, Universidad de Ginebra, Suiza, en 1973. Posee estudios superiores de Historia, Español y Ciencias Políticas. En 1983 se doctoró en Letras e Historia en Ginebra. Se ha desempeñado en labores docentes en Colombia, Suiza y Estados Unidos. En Cuba estuvo al frente del programa de intercambio de especialistas entre la Universidad de Texas - Austin y la Universidad de La Habana (1992 - 1995). Durante esos años desarrolló una investigación histórica cuyo resultado es este libro.
Quien desee acercarse a este texto debe partir de que es en primer lugar una obra científica cuyo objeto de estudio es el Partido de los Independientes de Color (1908 - 1910). Aborda la historia del Partido recreando el entorno político - social en que accionó.
Cuenta con una excelente introducción en la que se plantean las interrogantes que guiaron la investigación, y se expone la singularidad histórica de los negros y mulatos cubanos a partir de las particularidades cubanas. La autora resume las causas del éxito del PIC y de su represión por las elites políticas de la época. Expone el basamento ideológico de la dominación sobre negros y mulatos. Pasa revista a las diferentes investigaciones sobre el PIC estableciendo la peculiaridad de este. Por último, resume la estructuración del libro en capítulos para facilitar su comprensión.
El titulo del libro: Lo que nos corresponde no es accidental. Tal y como se explica en la introducción, fue tomado de fuentes negras cubanas de la época. Era el reclamo de los negros y mulatos cubanos en la República iniciada en 1902. Solicitaban así el reconocimiento a sus derechos.
Como bien expresa la autora: "Muchos negros y mulatos emplearon esta expresión y frases similares que resaltan sus capacidades iguales a las de los blancos y, por tanto, su derecho igual al poder, a la riqueza, al trabajo y al empleo".
El libro contiene las respuestas a variadas interrogantes: ¿Cómo fueron las relaciones entre razas desde 1986 a 1912?; ¿por qué negros y mulatos tuvieron que utilizar frases como ésta durante las décadas iniciales de la República?; ¿por qué se fundó el PIC?; ¿qué sucedió con él y por qué?
Realizado con un despliegue documental que incluyó archivos de Cuba, España, Gran Bretaña, Francia y Estados Unidos, este estudio contó con la cooperación de prestigiosos intelectuales cubanos y extranjeros.
En su cuerpo analiza, capítulo por capítulo, las contradicciones generadas a partir de la abolición de la esclavitud en una sociedad esencialmente discriminatoria de las personas de origen africano; la problemática racial dentro del Ejército Libertador durante la Guerra de 1895 - 1898; describe el impacto que sobre negros y mulatos tiene el orden social implantado en Cuba durante la ocupación militar norteamericana, y qué sucede con el mismo bajo el primer gobierno cubano electo; las respuestas de negros y mulatos a ese orden social; y las acciones concretas contra ese orden. Ahonda en las respuestas de las elites políticas a esas acciones y reconstruye la "guerra de razas" de 1912. Y en la conclusión podemos seguir las consecuencias de los hechos de 1912 para la lucha de negros y mulatos por su igualdad.
Recorre, pues, la abolición de la esclavitud, las relaciones raciales en Cuba Libre (territorio en poder insurrecto), la situación civil de negros y mulatos en la República y el accionar de sus distintos líderes; el por qué de la fundación del PIC; su repercusión en la amplia masa de negros y mulatos, así como en los lideres ajenos al Partido; y la reacción gubernamental y las distintas acciones en que se concretizó, hasta la más drástica: la masacre de 1912.
Libro escrito en un lenguaje ameno, desprovisto de complejidades conceptuales, se complementa con un profuso número de fotos, ilustraciones y notas explicativas; nos lleva de manera fácil a través de casi cuatro décadas de nuestra historia.
Algo que se debe tener presente al leer este texto es el método utilizado en la investigación cuyos resultados ofrece. Un método que enfoca las dinámicas de la ideología y de la acción en la sociedad cubana, en especial entre los negros y mulatos cubanos, pero también entre las clases populares, la elite blanca, el gobierno y los militares.
El empleo de los conceptos ideología y acción coloca a esta investigación en el campo de la sociología política, y en tanto tal, nos conduce a estudiar el problema negro a partir de la dicotomía grupos dominantes-grupos dominados. Análisis que, vertebrado sobre la singularidad de la experiencia de ser negro o mulato, ofrece una interpretación dialéctica de la interacción racial en la sociedad cubana de la época. O sea, que enfoca el problema racial como un fenómeno que, aunque es condicionado por la pertenencia socioclasista, la trasciende.
No puedo pasar por alto que este libro se organiza en torno a tres hallazgos esenciales de la investigación:
1- la raza era una estructura social fundamental en Cuba;
2- hubo un sentimiento profundamente enraizado entre los negros y mulatos cubanos de que compartir una experiencia común del racismo requería una acción conjunta;
3- las elites gobernantes se opusieron a la igualdad racial mediante una ideología justificadora de la posición inferior de las personas de origen africano, y mediante el mito de la igualdad racial y de imágenes estereotipadas que trasformaban a los negros en una amenaza para los blancos.
La autora describe las ideas utilizadas por las elites gobernantes para reprimir a los negros y mulatos cubanos, y para provocar en ellos el sentimiento de que su emancipación social era una amenaza a sus propiedades y vida. Asimismo contiene una valoración contextualizada de los líderes negros, mulatos y blancos (tanto de la guerra de 1895 como de la República) respecto a su posición sobre la emancipación racial.
Poseedora de una seriedad a toda prueba, toda afirmación hecha tiene su debida referencia que la valida. Índice tanto de respeto a nuestra historia como de la alta calidad científica de la autora.
El carácter integrador del texto es fundamental. Ofrece la sociedad cubana de la época en un gran fresco que nos permite apreciarla en su multiplicidad. Es un libro que sin dudas ayudará a que muchos reconozcamos las lagunas que sobre la historia de los conflictos raciales en Cuba tenemos. Es, pues, un impulso a conocer más sobre las luchas civiles de negros y mulatos en Cuba. Desempeño que, al ignorarse, evidencia el desconocimiento de la profunda naturaleza "mestiza" de nuestra cultura nacional. Imposible entender a Cuba si no comprendemos qué significó, y significa, ser negro, mulato y blanco a través de nuestra historia

 

Nostalgias de San Cristóbal
Dean Luis Reyes

Supongo que eran tardes frescas, de ciudad que se despoja de los rigores solares del día. Jorge Mañach y Luján, su compañero de paseo, salían a andar las regiones de una San Cristóbal a medio despertar de la siesta colonial. Los hombres recorrían el mapa cambiante de la villa y, en la tarde, el primero se retiraba a escribir las impresiones de la jornada. Al día siguiente un periódico publicaba aquellas estampas de San Cristóbal, así por mes y pico y luego a la eternidad.
Una paginilla diaria escribió Jorge Mañach (Sagua La Grande, Las Villas, 1898 - San Juan, Puerto Rico, 1961) entre los meses de julio y agosto de 1925 en el diario habanero El País para después reunirlas en forma de libro y publicarlas, en 1926, por la Editorial Minerva. Algo más que ejercicio de simple periodismo acabaron siendo estas Estampas de San Cristóbal, recién reeditadas en La Habana de otro siglo por el Fondo para el Desarrollo de la Educación y la Cultura y su sello Ateneo, con excelente trabajo de edición a cargo de Daniel García Santos, en un justísimo volver a las páginas de este libro que evita que ciertos desencuentros ideológicos no nos alejen del pensamiento valioso y de la sabrosa prosa de Mañach.
Justo conocedor y curioso observador del alma cubana, de sus vicios y virtudes, Mañach consiguió en estas viñetas varias piezas de legítima literatura que uno saborea con más sorpresa que nostalgia, pues no son éstas palabras abandonadas a la descripción externa de la fisonomía de una ciudad que es además el corazón de una nación, sino un complejo estudio de las costumbres, caracteres y entornos de lo cubano en un tiempo de cambio, de agitada modernidad que veía morir a cada minuto los rasgos de un pasado colonial cada vez más distante. Se trata de una urbe que apenas abandona su letargo pueblerino, su ensueño colonial y subalterno, que apenas estrena el adoquinado de sus calles principales y tiene fresca su ascendencia rural, donde una sucursal del National City Bank o el estallido constructivo que transforma la fisonomía de los barrios y expande la anatomía de Los Repartos hiere la calma de las tardes históricas y estremece al caminante habitual, celoso de la costumbre. Uno lee en otro siglo ya y se reconoce.
Lo primero que salta a la vista es la trama narrativa urdida por el autor; pues qué cosa es Luján sino el Fabio dispuesto por él para surtir sus controversias, el Sócrates de los diálogos de Platón, el otro ineludible. Con ello, ejecuta Mañach una clase de mayéutica criolla y consigue así que el interlocutor descubra sus propias verdades, postulando la superioridad de la discusión sobre la escritura (lástima que lo olvidara luego el académico Mañach, menos irónico y más dado a la idea fija). Lo peculiar del oponente, la contraparte mañachiana, no es tanto que dota de plasticidad el discurso literario, pues le aporta la dinámica de la segunda persona y la continua referencia a la tercera desde ese narrador omnímodo en perpetua primera, sino que funciona como síntesis clásica de dos puntos de vista, divergentes a menudo, que en la diferencia se completan.
Lo deja claro el autor, con una dosis nimia de mecanicismo dramatúrgico, en la exposición de su artefacto pedagógico: "Y casi nunca estamos de acuerdo más que en ese suave y antojadizo dejarnos ir; porque él es viejo y yo soy joven; él ama sobre todo la tradición; yo, el progreso; él es irónico y caudaloso; yo, directo y sobrio; él en ninguna hechura de los hombres se ilusiona ya, y yo todo lo tomo en serio. Solo nos une, si bien lo miramos, nuestra genuina amistad. Y ese hondo amor que le tenemos a San Cristóbal de La Habana."
Por medio de su aparente invención (pues no se sabe bien si Luján fue pura ficción o evocación de algún personaje venerado) Mañach somete a debate dos visiones, que casi es decir dos siglos, y desnuda su inquietud por los vientos de progreso que soplaban inevitables sobre la serenísima ciudad de antaño, ya no villa ni fuerte amurallado, sino urbe disparada e industrial, cosmopolita y con ínfulas de cosa principal, donde íbase acabando algún legado amén de "la infame prisa de nuestro tiempo", y no menos ceguera humana. Evidente se hace entonces la actitud crítica, corrosiva desde la pasión y el amor, para todo lo accesorio e impostado en el modo de ser cubano.
Así se escribía en la prensa de la época. Junto al chisme de "sociedad", el batiburrillo político y la ligereza de una publicidad gritona, la crónica roja que permitía asomarse al panorama oculto (pero vivo, y no menos seductor) del inframundo delincuencial, las bajas pasiones y la seducción por lo escatológico que nunca faltó a la cubanidad, se elevaban estas plumas de riguroso estambre, de ideas hondas, prosa sobria y transparencia que no hacía concesiones a un falso periodismo "comprensible".
Aquí destaca la actitud de Mañach ante "lo cubano". No se adhiere al bando apologético y parnasiano ni a la actitud fatalista ante la insularidad. Su rasero positivista, buen hijo del incendio del Iluminismo, se cuestiona cada verdad, incluso aquellas que se tienen por inquebrantables. Y le da por buscar las zonas móviles de la idiosincrasia, sin nacionalismos estériles, más bien con esa lógica burlona hija madura del choteo cubano y el imperio del método racional equilibrado, capaz de organizar en categorías, situando convenientemente los rasgos generalizables, las marcas de identidad de una ciudad, un país, una cultura.
Su manía por hacer una suerte de diario o biografía íntima de La Habana -y no solo del tejido intramuros, sino de su fisonomía pujante y grávida- situando los detalles más banales (pues "lo característico es siempre lo superfluo, lo que parece que no tiene importancia"), da fe de cómo respira la capital, haciendo cómplices de sus afanes descriptivos a los adjetivos situados de manera que activen el saber referido y no el atributo de lo descrito, evocando por la palabra cualidades menos visibles: fijar lo eterno a través de lo contingente, asir lo invisible a través de lo accesorio y evidente, acceder a las esencias convocando apariencias. Huye entonces de la estampita encandilada que compran los turistas de ocasión, y renuncia a la viñeta decorativa mediante la mesura y la crítica inevitable.
También está, cuando viene al caso, la agitación fotográfica al apresar el bullicio de Obispo, el Prado, la lógica comercial de Mercaderes. Entonces La Habana es algo más que paisaje y los textos de Mañach son algo más que figuras folclóricas: sería un mérito innombrable que las agencias turísticas decidieran "vender" La Habana antigua con frases como esta y no con pinceladas apuradizas y cercadas por la obviedad pirotécnica de la mercadotecnia. Creo que no podría dejar de visitar una ciudad de cuya puesta de sol desde el malecón alguien dijo: "Allá lejos se acaba de abrasar el cielo. Entre vendas de azul levísimo y algodones de nubes, la gran llaga luminosa del crepúsculo dejaba resbalar lentamente la gota de sangre del sol hacia el enjuague del mar"; o de aquella tarde en la Plaza de la Catedral, con vendedores remolones, calor pastoso y supongo que hasta olor a frituras (nada del paraje cinematográfico que es ahora) resumida en una oración que me deja sin resuello: "parece una vieja parrilla en cuyo rescoldo se estuviera acabando de quemar la tradición".
A pesar de su fama de señor aristocrático, Mañach enhebra estampas de abajo, de la hogaza primera del tejido social, de esa cultura popular que no es solo trajes y africanía, cuarterías y soles en la piel, sino mucho más de cuanto cabe en una tiendecita ARTEX. Esa emanación limpia y fácil de sorber que debe ser lo cubano digo. Aquello que queda inigualado en el diálogo de la fonda, cuando a la pregunta de "¿No cree usted que nuestra cocina criolla es muy pobre?" responde Luján: "Todo lo característico nuestro es pobre, hijo, poco variado... Los tipos, los modismos, el paisaje, el clima, la cocina... Todo menos la fruta tal vez. Pero no siempre en la variedad está el gusto. Muchas veces el gusto depende del paladeo... Hay que paladear bien lo nuestro: he ahí la fórmula nacional..."
Hay de todo: personajes como Cucaracha, ese viejo raído y flaco, "este último de nuestros grandes místicos"; la Habana nocherniega después del cañonazo, con sus parejas arrinconadas, sus gentes vestidas de limpio sentada en los quicios, comentando los calores del día; los perfumes revueltos a la salida de teatros, cines y restoranes, lentamente vaciada de carros, ida a dormir y abandonada a los puestos de fritas de la Playa fresca y animada, al mantecadero y al ejército de recogedores de basura; la Alameda de Paula venida a menos, prostituida a la vera de un puerto que lastra su elegancia de antaño, sus aires otoñales ahora sin álamos ni follaje alguno, donde antaño gozábanse galanterías y hoy juegan pelota los muchachones atléticos; el relojón prendido de Quinta Avenida; o Mersé, la morenita presumida de medias caladas y ajustado vestida que arranca un ahh... a las bocazas de los mirones y cubre la oscura morbidez de su carne con arreboles y polvos (empalidecedores) no para simular, sino por puro atavismo; o ese elogio a la bodega (la de antaño, que no está).
Y sobre todo revelador resulta ese cambio de perspectiva final, ese mentís que es a la vez celebración del apasionado apego de Luján y de los hombres por la villa, sus acentos y recodos. En una pincelada sin igual en las letras cubanas, Mañach describe un viaje aéreo por sobre La Habana, su mar y sus confines. Aprovecha entonces para describir esa "ingrata sensación de mediocridad terrena" que en él despierta "nuestra amada San Cristóbal". No es nada ese concierto de puntitos blancos y zanjitas y cuadritos en formación militar de abajo sin el ruido y la presencia de su gente. Para Mañach, como para todo cubano auténtico, el país son las voces y el sudor, los gestos y la sangre. Desde arriba se ve el cuerpo quieto; desde abajo, el espíritu cabriolesco y contradictorio, pero inefable y por ello seductor de la nación.

 
 
 

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