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| En
el vórtice del ciclón
(fragmentos) |
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| In
the vortex of the cyclone |
In
the vortex of the cyclone (En el vórtice
del ciclón, University Press of Florida, 2002)
es una selección bilingüe de la obra escrita
por la cubana Excilia Saldaña (1946 -1999). Recién
presentado en Cuba por Flora M. González Mandri
y Rosamond Rosenmeier, editoras y traductoras, el libro
nos devuelve a la mujer afable y generosa que fue Excilia
en toda su grandeza. Cierto es que en Cuba se le sigue
considerando sobre todo como escritora para niños,
en especial por ese libro hondo que es La noche,
y se admite menos su magnitud como ensayista, traductora
y editora, pero sobre todo como poeta. No pocos estudiosos
han situado su obra lírica entre las más
interesantes de entre las escritas por autoras afro-caribeñas,
aunque la de Excilia sobresale por su apego decidido a
un afrocentrismo desde el cual irradia un intimismo de
vocación confesional, de fuerte carga erótica
y mística, allí donde se acomoda el mundo
aparentemente quieto de lo femenino en su domesticidad
y sus cruces con los temas eternos. Desde canciones de
cuna hasta una singular carta erótica reúne
In the vortex of the cyclone, que es apenas eso:
un primer asomo a la apariencia difícil del meteoro,
anuncio de cómo podría ser sumergirse en
su ojo.
La isla en peso celebra a la negra miope y sencilla
que se nos fue entre los estertores del asma una noche
terrible de fin de siglo. Y deja el pórtico a Nancy
Morejón y su elogio de aquella que cada tarde se
sienta "frente a la ventana abierta / culpable de
no ser aire, agua, nube / -o al menos ala que vuela- /
de ser solo una mujer frente a una ventana abierta."
Prólogo
A
Gerardo Fulleda León, por quien la conocí.
A Esteban Llorach, que vela y guarda su memoria
A Mayito
Pocas
veces un ciclón asoma sus fauces de una forma
tan clara y definida. Habitualmente, los ciclones nacen
de un azar pero su nacimiento y su tiempo de organización
pueden alcanzar días y hasta semanas, o fracciones
de segundos. Los habitantes de las islas toman sus precauciones
pero, en la mayoría de los casos, ninguno puede
adivinar ni su paradero ni su destino. Si algo se sabe,
con certeza, es que el ciclón, si amenaza con
ser demasiado perturbador --como es usual también-
tendrá nombre de mujer.
El ciclón que colocó a Excilia Saldaña
en la cumbre de la expresión literaria cubana
lleva su propio nombre, derivado del de su abuela materna
Ana Excilia Bregante y sus primeras lluvias huracanadas
se nombraron "Ofumelli" (1),
palabra mágica de esa babel en ruinas que componen
las lenguas traídas por los esclavos trasplantados
al Nuevo Mundo desde las costas occidentales de Africa.
El misterio encerrado en este vocablo dejó boquiabiertos
a los miembros del Jurado del Premio Casa de las Américas
instalado en La Habana de 1967. Se trataba de un largo
poema cuyo aliento personalísimo integraba un
poemario aún mayor, Enlloró (2)
que, tiempo después, disfrutaría de la
preferencia de lectores recién alfabetizados
y de una vanguardia interesada en cultivar no sólo
una estética fundamentalmente comunicativa sino
que añoraba restaurar en su justo sitio a esa
vasta tradición oral que provenía de la
cultura cubana más viva y cambiante.
Ya para entonces Excilia había elegido estrenar
sus lanzas bebiendo de nuestras fuentes de antecedente
africano y asimilando las lecciones de los juglares
del Medioevo español. Así llegó
a nosotros, con voz juglaresca y ese acento negro que
había inaugurado en nuestra poesía Nicolás
Guillén desde el 20 de abril de 1930. Desde siempre,
el vórtice de su ciclón la hizo moverse
entre el cultivo de nanas preciosas -de una gracia formal
realmente envidiable- y ese verso libre, como de epopeya
tropical, que le sirve para trazar el mapa de todo un
archipiélago de valores civiles, morales, históricos.
Tal pareciera que un pájaro azul, un ave de plumaje
elegíaco, ha sobrevolado el mapa de su Isla,
salvándose de tanto desgarramiento humano, de
tanta angustia familiar, de tanto sentimiento filial
en busca de un país más justo y más
liberador.
Excilia Saldaña logró encontrar la voz
histórica de la mujer cubana buscando su origen
en los barcos negreros, en esa amarga travesía
que data del siglo XVI y que subió a las montañas
durante las dos guerras necesarias del siglo XIX. Buscó
por fuera una herencia de opresión y la puso
ante el espejo para revelarnos cuan endeudados estamos
todos con ese pasado de despojo y depredación
nacido en las plantaciones no sólo cubanas sino
de todo el Caribe y de las Américas negras.
Danzón macabro el suyo, bailado por abuelas y
esposas de todos los colores, en una algarabía
insular pocas veces registrada en nuestra memoria colectiva.
Mujer y juglar, juglar y griot, Excilia Saldaña
diseñó un mapa bien claro por donde han
ido desplazándose, sin cesar, los vientos aledaños
al vórtice de un gran ciclón, el ciclón
de su resistencia y de su metáfora andariega.
Las alas de la maternidad la alcanzaron y por eso mismo
emprendió vuelo hacia sí misma, hacia
Ana Excilia, su abuela, hacia el vórtice de una
violencia hija de ese primer capítulo de la tortura
física que ensayaron la trata y la esclavitud.
Incuestionablemente, esa experiencia histórica,
estoy segura, moldeó el tema del cuerpo humano
en la poesía de Excilia Saldaña. De ese
holocausto histórico nació su conciencia
del cuerpo; esa conciencia suministra a su escritura
una gracia que la reafirma como una de las fundadoras
del imaginario femenino cubano. De esos cuerpos lastrados
por el látigo inmemorial, se nutren otros cuerpos
-en primer lugar el suyo- hasta fundirse en uno solo,
el cuerpo delirante del efebo en quien se inspira el
poema "Mi fiel," escrito para celebrar sus
cincuenta años en La Habana de 1996.
Este tratado erótico rompe todos los pronósticos,
todas las leyes de la retórica y la academia,
todas las concepciones del discurso poético femenino
en Iberoamérica. No hay duda posible. Eros asoma
su hocico en la punta del vórtice. Eros deambula
por el mapa de Excilia y por nuestro archipiélago.
En él ha podido encontrar, como premonición
tal vez de su muerte, esa identidad que nació
entre altas y bajas mareas, en bodegas de barcos sin
destino, golpeada por latigazos que están por
describir todavía. Ni siquiera los dioses han
podido borrarlos de nuestra geografía, de nuestra
historia existencial, de un yo atrofiado, acosado por
eros y tanatos, como bien saben los griegos.
He amado esta voz poética y he aprendido de ella
que mucha naturaleza nuestra, física y moral,
se comporta de esa manera. Los poetas como ella la vencen,
perfilándola, con su instrumento privilegiado
que es la palabra en medio de estos mares y ríos
por donde aún navega nuestra verdadera identidad.
Ojalá la lectora y el lector de estos poemas
puedan recibir la transparencia de estas ráfagas
que nacen del corazón de Excilia Saldaña,
muerta de risa cómplice, en el vórtice
de su hermoso ciclón.
Nancy
Morejón
Notas
1.
Este poema, dedicado al poeta peruano César Calvo,
fallecido en Lima en el año 2000, apareció
publicado en la revista Pájaro Cascabel,
D.F., n. 5-5, ene.-jul. de 1967, p. 43--46.
2. En Cuba, este es el nombre de una importante ceremonia
abakuá.
Paisaje
anónimo
Cada
tarde
la mujer se sienta
frente a la ventana abierta
culpable de no ser aire, agua, nube
-o al menos ala que vuela-
de ser sólo una mujer frente a una ventana abierta.
Cada
tarde
el cielo se orea
tras la ventana abierta
avergonzado de no ser hombre, carne, cuerpo
-o al menos tierra-
de ser solamente cielo tras una ventana abierta.
Pasión
clandestina de culpa y vergüenza:
una mujer dorada y un cielo violeta,
cada tarde, a través de una ventana abierta
Nanas
de la desaparecida
Para
Analaura, in memoriam,
Hija.
I
VEN,
acércate, perdóname,
niña mía, dolorosa
-buscadora silenciosa
de la caricia negada.
¿O
hurtas tu huella alada
en aire desconocido
y con él te me has vestido,
harapienta de terror?
Di,
¿dónde hallar tu color?,
¿dónde te olvidas llorando
del juego que estás jugando,
del juego de este dolor ?
II
La
tierra niega su peso,
la lluvia seca su manto,
el pájaro olvida el canto,
la abeja, su pronta miel.
Grito,
espina, frío, hiel
sólo habrá, tan sólo ha habido:
tú no eres, no has nacido,
¿qué más puede suceder?
Huérfana
de mi querer,
hija de rara belleza,
reclina tu fiel cabeza
para siempre en soledad.
Mi
velamen de bondad,
no te encrespes en mi oleaje,
sal vencedora en el viaje,
escapa, alza limpio vuelo;
aunque
estoy por ti de duelo,
silenciosa me he de estar;
mas, ten piedad, dame hogar,
allá donde hagas tu cielo.
Danzón
inconcluso para Noche e Isla
Dos
patrias tengo yo: Cuba y la noche.
José
Martí
Para
Fina y Cintio, cubanos
La
Noche
goza de la isla dormida. Inocente. Frágil
como un pájaro fatigado del que sólo se
sabe que vive
por el ala.
Ala insólita flotando sobre las aguas: alas de
agua.
Ala que es isla.
Y es ala.
Pero
un golpe de viento. Una ola. Una hoja caída
de otros mundos
la
sorprende.
Entonces,
se
despereza:
el cuello estira, levanta la cabeza coronada,
agita el plumaje poderoso,
se eleva.
Rompe la jaula de la noche.
Se eleva
Rompe el espacio de la noche.
Se eleva,
Rompe el vacío de la noche.
Se eleva.
Le
nace en el pecho un canto de despaciosa anchura,
una serenidad de azul. Una lámpara suave y diamantina.
Y busca en su vuelo nupcial otro trino,
el que antes fue noche y luego, jaula y después,
espacio y
más tarde, vacío.
Y
ahora es ave
en celo
y
esperando.
Isla
y Noche, una.
Libres
de la inmensidad y la fijeza. Consagradas
en el instante escapado en que el ave se transmuta
en flor y en rocío.
Lo eterno sobre lo infinito. Libándose.
Después
el éxtasis
Después
el secreteo íntimo de los dones.
Después
el vértigo del ahora que ya es memoria.
(Ah, el corazón oculto donde el pico de la Isla
escarba el latido
misterioso de la Noche.)
Pero ya no es lo que fue, sino el anillo prodigando
su imagen en el tiempo. No la línea, sino el
círculo despojado de su pulpa. El rumor oval
del fuego en el árbol, en el madero y en la ceniza.
El juego errabundo de las mutaciones.
La
Noche flota dormida sobre las aguas
-fatigada cual pájaro inocente del que mucho
se ignora
que no muere
y por el ala.
La
Isla gozosa la mira.
Una
constelación nonata se encorala en los arrecifes.
Un rechinar de carretas retumba de estrella en estrella.
Soy
la Noche Soy la Isla.
Dos
patrias en mí que las contengo.
90 en mayo
Mi
Nombre (Antielegía Familiar)
A
Nicolás Guillén
El apellido entero.
A mi abuela Ana Excilia,
suyo Mi nombre.
(
...) me dijeron mi nombre. Un santo y seña
para poder hablar con las estrellas.
Nicolás Guillén
Adiós,
boca del sueño sin oficio decoroso
realidad
en el sitio justamente ganado.
Ejerzo otro idioma. Convoco otra dimensión.
Indago
por esta sangre
de ahora, y aquí,
por esta piel
a trechos
manchada y áspera,
a trechos
fina como un madrigal
o
el suspiro de una niña.
Me camino
en todo lo que soy,
o
que no fui,
en lo que dejaré de ser mañana.
Los
recuerdos levantan la mano como colegiales:
Al pase de lista
sólo del preferido no hay respuesta.
El ojo insolente,
¿dónde se oculta?
¿Dónde, la voz rajada y hueca?
El sinsonte temeroso del pecho.
¿Dónde?
¿Dónde está el que soy? ¿Qué
olvido me malcría y tutela?
En
el fatal vaho de julio se dan cita la guajirita y el
proxeneta:
dos cuerpos se presentan
y otro surge.
El río crece en el vientre del pez. Se hace garra
de león.
Error
la más bochornosa tarde de agosto
de este siglo nacido bajo la charanga
y la Enmienda.
No soy yo.
No he nacido:
Sin amor nada se engendra.
Y si no soy,
¿quién se prende
al pecho fláccido y seco de amargura?
¿Quién espía al Pájaro Azul?
¿A quién le detienen el tiempo en un cartón?
Todo el asombro en la mirada.
Todo el deslumbramiento del Sol.
Y todos los mundos girando sobre su cabeza.
No
hay tiempo que perder:
pero me pierdo.
No doy conmigo entre las arecas. Me busco
en el hormiguero del patio,
ante los canteros de las adelfas,
bajo el galán de noche,
sobre el aferramiento de la hiedra.
Me llamo por mi nombre
para acompañarme
gozándome en la idea de que alguien me encuentra.
La
respuesta definitiva se halla tras los ojos de vidrio
de la
última muñeca.
No
es por nobleza que no hurgo en el misterio.
No es por piedad.
No es por amor.
Sino por miedo.
Todos tenemos miedo:
en la casa
semejamos figuras de un ballet grotesco,
en puntillas
y con el dedo temeroso
estrangulando los besos.
En la casa todos tenemos miedo.
Aunque sólo yo arrostre el crimen de burlarme
de su cerco:
Cimarrona de los parques,
apalencada en el colegio
con mi guámpara de risa
y mi garabato nuevo:
sin tierra en mi propia tierra:
huyendo cada día del bocabajo
y el cepo.
Y para colmo sin el consuelo
de los ángeles,
sin la piedad
de los ángeles.
Porque
en el aire del trópico los ángeles no
contestan.
Mi
casa es la primera parada del infierno:
El círculo de los cuchillos y radionovelas.
Entre los ayes de los condenados
y el teléfono
esperando una voz,
el ojo mágico del amo
ordena las rondas de la abuela y la madre
tomadas de las manos
para la eternidad completa.
Mi madre y la madre de mi padre.
Y yo en el centro.
Giran
y ruedan.
Y yo en el centro.
Gimen v sufren.
Y yo en el centro.
Todos se asoman. Todos las miran.
Y yo en el centro.
¿Dónde buscar cerrajero para esta reja?
¿En qué sitio me alzo o me hundo
a pleno pulmón,
a plena branquia,
a plena libertad
de ser y no morirme?
No en este cuerpo humano.
Y quien no soy se sueña
estrella
o planta
o piedra sensitiva,
mientras
el asma riela por el pecho,
hace crecer las costillas,
atenúa el paso,
dilata las pupilas,
mancha las uñas,
salta en el vientre.
Exorciza.
Enemiga y gemela
también está aquí
con mi madre y la madre de mi padre
y con todos los que giran en la ronda
donde estoy siempre
en el centro
ebria de gritos y maldiciones, suplicando
lo que a los otros sobra:
un trago noble y silencioso de aire
que calme el ulular que llevo dentro.
Nunca
detuvieron la ronda. No a mí
vistieron de blanco
o
limpiaron
la piel hasta la transparencia: Mármol
en el sitio de las arterias. Agua
en el curso de la sangre. Palomas
donde hay venas.
De
todo soy culpable y lo acepto.
La que no soy -pero me usurpa por costumbre y miedo-
muerde
la sofisticación del pan como una caricia:
Tritura la serpiente.
Deglute la espada.
Abre las cancelas prohibidas:
Dios dentro de mi cuerpo de 10 años.
Ah, vanidad de vanidades, vanagloria de la teofagia;
ni mi madre ni la madre de mi padre pudieron devorar
un dios completo, redondo, blanco, insonoro.
No soy yo -pero qué bien lo disimulo bajo la
sonrisa tierna-
quien ahora se sienta,
no a la diestra,
ni a la siniestra.
Sino en el centro:
En el trono de oropel y latas de conservas
dictando el futuro de su raza por los siglos de los
siglos.
Y escoge salvarte, Ana Excilia Bregante,
mulata cariciosa de Atarés,
ama de las naranjas,
dueña del coral y el canistel,
señora del flan de calabaza,
abuela y mártir, mientras el país se desgaja
en bombas y muertos.
Te salvo
y salvo mi nombre del olvido y del infierno,
hoy,
8 de diciembre 1956.
No lo supiste nunca:
ni entonces
ni después
en aquel hospital donde repetías:
Me
tocó perder.
Como si hubieras jugado a la brisca 62 años
con la vida
segura de que a fuerza de paciencia
le ganarías la partida.
No lo supiste nunca, Ana Excilia.
Ni entonces
ni antes del después,
cuando la casa dejó de ser el reino de los almíbares
para convertirse en las ruinas
del tamarindo:
ácidas las paredes y tus ojos hinchados detrás
de los espejuelos oscuros. Lágrimas
de ladrillo y cemento, edificios enteros
de amargura,
desahuciada
por tus inquilinos
y con el enemigo en la casa,
el enemigo
que te salva y te ama.
No sólo entonces
o después.
Sino ahora
cuando bajamos por La Víbora hasta el corazón
mendicante de
Lawton.
El enemigo
confirmado por la sortija episcopal
y el asentimiento
de los pasionistas,
apasionados caballeros de la misa
y la mesa.
Desde las agujas de gótico marginal a los baches
de San Anastasio,
vamos,
trinidad de mujeres sin hombre,
misterio de tres cuerpos
y un solo crimen,
dogma inefable de la soledad,
tú
y la mujer de tu hijo.
Y yo en el centro:
El enemigo
purificado y concebido:
Madre de todos los futuros mesías,
esposa de los múltiples Pepes carpinteros,
amante ingenua de cada Gabriel que le diga:
"Llena eres de gracia,
bendito sea tu vientre,
no hay espacio bastante para que lo llene la paloma,
no hay tierra suficiente para sembrar una rosa."
Y
el fruto de la niña estalla en sangre y algodones,
salpica a su paso toda la casa,
riega la rosa,
alimenta a la paloma
para que emigren ave y flor
en busca de su exacta dimensión.
La primera semilla anuncia la primavera.
No
para mí:
Yo habito en un desierto de azúcares turbinadas.
A través de la mulatez del melado
oteo un cuerpo:
me regodeo
en el cañaveral inédito del pubis,
en el penacho de la cabeza,
en el desmoche de las axilas,
en el breve trapiche de los pechos,
en las piernas espesas,
en el tacho de bronce del ombligo,
en la centrífuga de los ojos,
en los dientes refinos.
Yo
sólo sé oírme la sangre
y la angustia
ante la belleza inevitable del niño de nácar
y turquesa,
el bibelot
frente al que boquiabierta estira la mano
alguien que me condena a la caricia
y a quien la burla empuja
a encerrarse en cualquier agujero,
cucurucho,
barquillo helado
o escondite donde la muerte empolle sus huevos.
Y
allá voy
arrastrando un cuerpo
que no me pertenece,
haciendo
mío
un miedo
que no me corresponde,
aceptando
una fealdad
que no engendro.
Y
allí
estoy
rompiendo el lago de azogue que no aprendió el
mito de Narciso.
Inventándome la perpetuidad del Eco.
El
dedo lento traza el círculo de mi eternidad:
siete letras:
mi nombre de decir que sí,
mi nombre de llenar el espacio,
mi nombre-palabra,
mi nombre-poema.
El verbo que reorganiza el caos. La profecía
que ordena.
Sólo en la madurez el fruto se hace humilde y
besa la tierra.
Búscate una leyenda y que en ella se unan quien
no soy
y quien serás ya para siempre.
Pífanos y caramillos en el secreto del Monte,
en la joroba del
yerbero.
Toca la flauta y acompáñate
como los duendes
con el silbo que despierta a la yagruma o a la anémona.
Siéntate en la copa de la ceiba.
Dilúyete en el girasol o en un príncipe
negro.
Véngate en la compasión del flamboyán.
Sopla indiferente,
sopla traviesa,
sopla ingenua
ahora que tienes para ti sola la demencia de las palabras,
el pájaro de fuego y cristal de la sabiduría.
Sopla hasta el punto anterior al estallido
ahora que la isla es una hoguera.
Quizá
fue antes o después:
el tiempo es un saltimbanqui
sin trapecio
al que asirse,
ni red
que le permita repetir la cabriola, propia o ajena.
¿Qué importa que la carpa se deshaga?
¿Qué importa el destino de las fieras?
Es el tiempo,
todo el tiempo,
quien ahora se columpia y arriesga.
Deténlo ahí.
Retrátalo
cuando aún es la flexibilidad y la gracia del
reto.
Un
pregón abre las ventanas:
un
policía y un chivato las cierran.
Oculto en el aroma del lechón y los remordimientos
esplende el pino en la cocina.
En la cocina
adoban con mojo criollo las tradiciones.
Manzanilla y buen jerez
nunca faltan en la cocina.
En la cocina
la sagrada familia y los reyes del oriente.
En la cocina
la vianda hervida,
el congrí,
la gallina de guinea,
el pavo plebeyo,
los dátiles babilónicos,
las nueces y avellanas,
los higos,
el turrón de almendra o yema.
Prestidigitación invernal de la burguesía:
magia negra
de esconder en la manga
o
en la cocina
el hámago de la isla.
Como si la isla fuera un pañuelo amarillo para
que la escondieran.
Ay,
toca las maracas
mulatón,
que me muero
por tu son.
Ay,
toca la maracas
y el bongó,
que mi Cuba
es un fiestón.
Pero
la Isla camina sobre el llanto.
La Isla ayuna en el monte de las guayabas.
La Isla se crucifica sobre los huesos de sus muertos.
Ya no hay tango,
novela,
bolero,
vida! más triste que el palpitar del torturado.
Ni navaja más filosa que el metal de una sirena.
De pronto
las muchachas decidieron no morirse de amor o de anemia.
Por las calles desfilan como banderas.
Tras el tremolar de sus faldas la ciudad enmudece
victrola
y tambor.
Guaguancó
y chancleta.
De rojo y negro van las muchachas al encuentro de sus
parejas.
En la sombra,
y el polvo,
y el silencio,
se ofician las nupcias de esta época.
Salen entonces de viaje. Sobre una llaga navegan:
Barqueros de sangre y pus
tienen por remo una estrella.
Nunca duermen. Siempre bogan:
En la otra orilla espera la ceniza,
fiel barbecho
de sus sueños.
Zafra del fuego,
serena señal
sobre sus frentes abiertas.
Intramuros
del horror en casa han levantado una atalaya:
peldaño a peldaño del jadeo
subo hasta la lluvia.
Veo mi nombre naciendo
en río salvaje,
en trino,
en cielo.
Mi
nombre de verde
bosque.
Y de Llano. Y de Sierra.
Pero la lluvia cierra su párpado:
Abril devuelve el silencio a las aceras.
La casa es la trinchera del miedo:
Ya no hablamos ni en voz baja:
Nos hemos convertido en velones de cera.
Soy una niña a la que todos niegan
usar de un nombre que huele a pólvora y cólera.
Soy una niña exiliada en el día de la
espera.
Pero
eso ocurrió antes
de que el arriero perdiera la mansedumbre
de la bestia.
Antes
de que los horcones mostraran su gangrena.
Antes
del júbilo y la victoria.
Antes
del clarín y la fiesta.
La
ciudad es una mariposa. La isla, delicada jardinera.
Una flor de alambre y ayes
liba el miedo de mi parentela:
Todos quieren que adorne con sus púas
la cintura de mi adolescencia.
Pero,
apártense
que voy de pluma.
Pero,
apártense
que voy de prisa y vuelo
con un fusil amoroso entre las manos
colmenando la miel que llevo dentro.
Sólo tú,
Ana Excilia,
comprendes mis campanas,
campanera tú misma sin saberlo.
Sólo la madre de mi padre se asoma al balcón
de sus recuerdos:
Bajo
él pasa la sombra de un tranvía de silencio:
Un sombrero de pajilla está esperándola
lejos:
Aquel muchacho muerto en la violencia
que se encelaba de su taconeo.
Niña mía sin letras ni palotes
lazarilla de un padre ciego;
muchachita de los túnicos planchados
negociada como pieza entre negreros;
Ana Excilia Bregante, criollera,
cómo fue que me dijiste tu secreto?
La falsedad del anillo en tu mano,
el regazo abandonado y desierto.
Ana Excilia
del pan recién horneado,
nuestro sin que sea nuestro:
Ana Excilia
de los haigas y los pájaros,
de los aparecidos y los cuentos;
Ana Excilia
de las pulseras;
Ana Excilia mía que estás en lo incierto,
¿qué otra corona has ceñido,
hija de mulata y de isleño,
sino la ola perfumada
de la playa de tu pelo?
Y tu cetro, ¿qué lo enjoya,
sino la elegancia del ají,
la altivez de la cebolla,
la nobleza del mastuerzo?
¿ Qué ejército ha cuidado,
Ana Excilia,
de tu reino,
sino el corazón de roja grana
acantonado en medio de mi pecho?
Ana Excilia Bregante,
Seña Cuca,
Voy a celebrar tu nombre
en unas manos
renegridas del carbón,
blanqueadas por la lejía,
amarillentas de resebo.
Píntate los labios,
Ana Excilia
ponte tus peinetas,
el collar de perlas falsas,
el vestido de bodas
y retretas.
Saca el pericón de sándalo,
desempólvalo de quejas.
y abanícame la ciudad,
que no detenga su danza
de giralda coqueta:
Ven conmigo a compartir el amor
y amamantar a la Primavera.
Ana Excilia Bregante,
ahora,
niega esta casa,
niega la usura del bolso y la fiambrera.
Niégame el nombre
si con él no alcanzo la totalidad de la entrega.
Ana Excilia Bregante,
ahora,
y no en la hora de tu muerte:
Me tocó perder.
Pero
sálvame para cuando en ti vaya
o para cuando a mí vengas.
Te espero
con la cama tendida
olorosa a vetiver y menta,
con la leche ahumada,
con mis manos y mis polichinelas.
Excilia,
tú,
siempre Excilia:
nombre de mi nombre:
nieta,
guardiana:
compañera.
Yo
no soy la heredera del desconcierto.
Desterraron mi nombre y me desterraron.
Me condenaron a llevarlo
de puerta
en
puerta
siendo la que se fue o a la que han ido.
Insomne de mi cama, ayuna de mi mesa.
La casa ya no existe:
nadie la vela;
en el vórtice del ciclón
sólo se admite al que tenga vocación de
ventolera:
Libre estoy en el espacio
de la libertad primera
para encontrarme el origen
en el hijo que me engendra.
La
mata de orégano perfuma humilde
la mano que la quiebra.
Un niño ríe y me alarga la hoja.
Y la huelo.
Y se la doy a oler.
Y ríe.
Tengo el vientre de pájaro
porque me he dado al mundo
en la alegría de la tierra.
Crece rápido,
pecho de mi hijo;
endurécete,
mano de mi hijo;
ponte fuerte,
espalda de mi hijo;
elévate ya,
estatura de mi hijo;
mi nombre te espera.
Pero
no el pequeño y extraño nombre
de los papeles oficiales.
Ese talismán fuera de moda,
esa vieja contraseña,
ese bastión de familia,
¿a quién importarle, sino a mí?
O a la que dicen que soy
por pura intuición o maledicencia.
No hablo del nombre que me dijeron
para poder hablar con las estrellas.
Para mi nombre de siete letras
hechas de miedo y más miedo
no quiero carteles ni titulares ni entrevistas ni suspiros
ni ediciones ni
homenajes ni marquesinas ni saraos ni besamanos ni jubileos.
-No extraño lo que no he tenido,
no aspiro a lo que no tengo-.
Sino para el otro:
Mi nombre
de pie y camino,
mi nombre.
Mi nombre
de yagua y cieno,
mi nombre.
Mi nombre
de grasa y humo,
mi nombre.
Mi nombre,
de algodón y fuego,
mi nombre.
Mi nombre
de alcohol y noche,
mi nombre.
Mi nombre
de caldera y trueno,
mi nombre.
Mi nombre
de río y miel,
mi nombre.
Mi nombre
de cueva y cielo,
mi nombre.
Mi nombre
de
risa abierta,
mi nombre.
Mi nombre
de arco y viento,
mi nombre.
Mi nombre
de grano y llaga,
mi nombre.
Mi nombre
de mar y hierro,
mi nombre.
Mi nombre
de musgo y pétalo,
mi nombre.
Mi nombre
de cristal y acero,
mi nombre.
Mi nombre
en el nombre de los que recién deciden su nombre
y
sus recuerdos.
Mi nombre
para precipitarlo como una lluvia sobre el cántaro
de mi
archipiélago.

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