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| Billetes
falsos
Anna Lidia Vega Serova |
Ella
caminaba sin prisa, como quien no tiene a donde ir. Alguien
a quien nadie ya espera. Podía estar pensando lo
mismo en el dibujo formado por las rayas de la acera craquelada,
que en la relación que acababa de perder. Relación
convulsa y extraña, rota antes de haber empezado
realmente.
Un hombre le pasó por el lado. Dos o tres metros
delante ella vio como algo se le caía. Lo llamó,
pero él no la escuchó, seguía avanzando.
Entonces ella se inclinó y examinó el hallazgo.
Se trataba de un estuche plástico con dinero. Mucho
dinero. En billetes de a cien. jDólares!
- jOiga! -gritó con fuerzas y corrió hacia
él.
El hombre se detuvo y la miró confundido. Parecía
enfermo.
- ¿Esto es suyo? --ella mostró el estuche.
El hombre comenzó a temblar.
- Gracias -murmuraba-, me has salvado la vida. Tú
no sabes lo que has hecho...
- Por nada -se encogió de hombros la mujer--. Guárdalo
bien para que no lo vuelvas a perder.
Siguió su camino. Pensaba en lo que hubiera pasado
si no lo llama. En todas las cosas que pudo haber comprado
con tanto dinero. También pensaba en que el hombre
era raro. Se veía sucio, ¿quién se
puede imaginar que un tipo con esa facha tenga tanto billete?
En la esquina él la alcanzó.
- Mira, tú me salvaste la vida, quiero regalarte
veinte dólares.
- No te preocupes, chico, eso lo hace cualquiera...
"Veinte dólares -pensaba con tristeza-, yo
podría resolver un montón de problemas con
veinte dólares..." - Olvídalo -dijo-,
es tu dinero, seguro que lo necesitas...
El tipo seguía insistiendo. La tentación
era insoportable.
- Bueno -aceptó al fin-, si crees que te vas a
sentir mejor dándomelo, te lo agradeceré.
- El problema es que habrá que cambiarlo. Sólo
tengo billetes de a cien --explicó el hombre.
- Okey, podemos cambiar en aquella cafetería.
Caminaron.
- Es un dinero que me mandó mi hermano del Norte.
- ¿Lo guardaste bien?
- Sí, ahora sí.
- Mira, que si se te vuelve a perder...
La cafetería estaba vacía.
- Espéreme aquí -dijo él y entró.
Volvió enseguida moviendo la cabeza.
- No tienen cambio.
- Sabes -decidió ella-, no te preocupes, parece
que no está para mí...
- No, chica, yo quiero regalarte ese dinero. Vamos hasta
la tienda.
- Es lejos -comentó ella y lo miró.
Tenía una cara agradable y un poco triste.
- Vamos -dijo.
Anduvieron un rato en silencio.
- Escúchame -comenzó él vacilante-,
yo quiero hacerte una pregunta.
- Dime --ella puso expresión de niña franca.
- No, mejor olvídalo...
- No, chico, dime, no tengas pena...
- Es que tú no eres de esas muchachas...
- No te entiendo ---disminuyó el paso-, pregunta
lo que quieras. Yo no sé si soy de ésas
o de las otras, pero trataré de responderte la
verdad.
- Es que no sé cómo pedírtelo. Te
daré cuarenta dólares. Te prometo que no
te voy a tocar, ni tú tendrás que tocarme.
Me lo haré todo solo. Yo iba para la playa a buscar
una muchacha para eso. Cualquiera lo hace por cinco dólares.
Pero como tú me ayudaste, te daré cuarenta.
Ella lo observaba comprendiendo lentamente. Cuarenta dólares
es bastante dinero. Además de comprar lo más
necesario para la casa, podría hacerse de un vestido
nuevo. No le costaría nada y le resolvería
un problema al infeliz ese.
- ¿Lo que tú quieres es sólo mirarme?
-preguntó para estar segura.
- Sí -contestó.
"Pobre hombre, debe estar tan solo, tan falta de
afecto, tan abandonado"...
- Está bien -aceptó al fin.
- jGracias! -casi gritó él-, otra vez me
salvas la vida.
- No cojas lucha -suspiró ella-, yo puedo comprenderte.
Doblaron la esquina pensando cada uno en lo suyo.
- ¿No estás casado? -preguntó la
mujer.
- Estoy separado. Hace años...
- ¿Y no tienes novia ni nada? Él movió
la cabeza negando.
- ¿Dónde podríamos hacerlo? Yo no
soy de aquí.
- No sé... Por ahí hay bastantes hierbazales,
esto es casi un monte...
Ella quería saber más sobre él. Aunque
sea el nombre. No se atrevió, temiendo traspasar
el límite que de simples desconocidos intercambiando
favores, los convertiría en alguna otra cosa.
- Mira -dijo él- ahí hay un trillo, unas
matas, podríamos intentarlo.
Ella dudó. Faltaban solo dos cuadras para la tienda.
- Vamos a la tienda primero -propuso.
- ¿Desconfías de mí? -preguntó
él con cara de perro apaleado.
- No -dijo ella mirando hacia el trillo--, vamos.
- ¡Gracias, por Dios! Es que estoy desesperado,
tú no sabes lo que es eso, ustedes las mujeres...
Toma. Le dio el paquete que traía.
- ¿Qué es eso? -ella se sorprendió.
- Un champú. Lo compré para hacerle un regalo
a una persona. Pero mejor quédate tú con
él.
- No, viejo, deja eso -protestó la mujer.
- Sí, sí. Me quitarás un peso de
arriba, detesto llevar cosas en las manos...
- Bueno, si es por eso... -guardó el bulto en el
bolso.
El lugar era perfecto. El trillo se bifurcaba al pie de
un grandísimo framboyán. Detrás del
árbol había unas losas de cemento que formaban
una especie de reservado. No se podía soñar
nada mejor.
- Déjame orinar primero --el hombre le dio la espalda.
- ¿Dónde quieres que me pare? -preguntó
ella.
- Quédate donde estás -le respondió,
se sacudió y se viró-. iQué bonita
eres!
- Gracias.
- Estoy nervioso -él amasaba el pene con la mano-.
Cuesta pararla.
- No te pongas nervioso -dijo ella con dulzura-, no tienes
por qué estar nervioso. Todo está bien.
- Eres muy comprensiva, sabes. Eres tremenda mujer.
Ella rió. Pensó en que casi nunca le gustas
a quien quieres gustar.
- Ayúdame -pidió el hombre forcejeando inútilmente
con su pene-, sólo un poquito. Verás que
termino enseguida y nos vamos para la tienda.
- ¿Qué quieres que haga?
- Sólo cógela, con la mano completa.
Ella obedeció. Sintió como se le hacía
la mano pequeña para algo tan crecido.
- ¿Ya? -preguntó.
- Mueve un poco la mano. Un poquito. Por favor.
La movió. No sentía nada agradable ni desagradable.
Nada de nada.
- Ya, sigue tú -se apartó.
- Sí --dijo él- sí.
Dejó caer el short que vestía. No traía
calzoncillos.
- Tengo miedo embarrarlo -explicó-, seguro que
voy a soltar cantidad. Hace días que no... ¿La
tengo muy chiquita?
- ¿Qué? -ella no entendió.
- Mi mujer me dejó porque decía que tengo
la pinga muy chiquita.
- No sé -ella miró el pene del hombre con
más atención-, creo que es un buen tamaño.
No debes preocuparte.
- ¿Estás segura? -él movió
la mano desesperado.
- Sí, viejo, no está nada chiquita, está
muy bien.
- Vírate de espaldas -pidió el hombre.
- ¿Para qué? -ella se viró.
- ¿Por qué no te bajas el short? Sólo
un momentico, para ver tu blúmer.
- No -dijo ella-, eso no.
- Por favor -rogó él-, ¿qué
te cuesta? Un momentico nada más.
Ella se bajó el short.
Él gemía a sus espaldas.
- Métete el blúmer entre las nalgas.
Ella lo hizo.
-Abre las piernas.
Las abrió.
-Súbete una esquinita del blúmer.
Ella dio la vuelta. Miró a ese hombre luchando
con su pene. Ese hombre solo, abandonado, posiblemente
enfermo. Se quitó el blúmer y le dijo:
- Mira.
Se mostró por delante y por detrás. Se inclinó
para que la viera toda abierta. Luego se vistió
lentamente pese a los ruegos del hombre por continuar
el espectáculo.
- No -respondía muy suavemente-, olvídalo.
Comenzó a alejarse por el trillo.
- iEspera! -gritó él-. iNo te vayas! ¿
y el dinero?
- No quiero tu dinero --contestó sin volverse-.
Cómprate una puta.
Salió a la avenida. Anduvo un rato estudiando el
dibujo que formaban las rayas de la acera craquelada.
Recordó el champú y lo sacó para
olerlo. No olía a nada. Mojó un poco el
dedo con el líquido, luego frotó el dedo
contra otro. No hacía espuma. Echó un chorrito
sobre la palma de la mano y comprendió que era
agua. Un pomo lleno de agua. Se rió. Estuvo riendo
mucho tiempo. Anna
Lidia Vega Serova (San Petersburgo, 1968).
Vive en Cuba desde pequeña. Ha obtenido premios
como el Ada Elba Pérez de cuento 1996, David
de cuento 1997 y finalista del concurso de cuento de
la revista La Gaceta de Cuba 1998. Ha publicado los
cuadernos de cuentos Bad painting (1998), Catálogo
de mascotas (1998) y Limpiando ventanas y espejos (2001).
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| Carroza
para actores
Karla Suárez |
-
Yo soy actriz.
Dijo la muchacha apartando la vista hacia la ventanilla.
El conductor recorrió su cuerpo con una mirada
y reanudó la marcha. Dijo que el sueño
de su adolescencia había sido el teatro, pero
terminó como instructor de conducción.
Jugarretas del destino y obviamente, del talento. Cuando
era más joven no se perdía ninguna obra.
Ahora realmente tenía poco tiempo, pero como
acababa de conocer a una profesional del medio, seguramente
iría pronto. Era la primera vez que daba botella
a una actriz y le resultaba emocionante. Quiso saber
su nombre, dónde trabajaba, qué obra presentaban,
cómo se llamaba el personaje. La muchacha lo
miró.
- No pertenezco a ningún grupo - sonrió
de mala gana y volvió a girar el rostro hacia
la ventanilla para continuar hablando- Yo en realidad,
hubiera querido ser hija de un multimillonario. Pasar
toda la infancia siendo la niñita de papá
con todo lo que me viniera en mente. Llegar a la adolescencia
para comenzar a gastar dinero en compras inútiles,
mientras el viejo me pasaba la mano por el pelo llamándome
"amor de mi corazón". Antes de la mayoría
de edad hubiera comprado la licencia de conducción
y estrenaría el carro, regalo de mis queridos
padres, para comenzar mis giras nocturnas con amigos
y botellas. Hubiera abandonado la universidad después
del primer aborto, y trasladaría mi vida al apartamento,
regalo de mi padre para calmar mis nervios. En el último
piso y con piscina, organizaría de esas fiestas
que no terminan nunca, con invitados hijos de los enemigos
de mi padre, y donde todos nos beberíamos el
mundo y el mundo tragaríamos por la nariz hasta
caer al piso. Así hasta que un día, a
los 25 años me encontrarían muerta en
un accidente automovilístico, con las venas llenas
de alcohol, y la nariz enrojecida crónica. Eso
hubiera querido que fuera mi vida, claro, pero nací
equivocadamente.
Él permaneció unos minutos atónito
y luego sonrió afirmando que lo del padre multimillonario
no estaba mal, pero al menos era actriz y eso era algo
¿no? Seguramente había representado obras
en la escuela de teatro, un personaje secundario, cualquier
cosa. Todavía era joven y tenían tiempo
para encontrar un grupo. Él en el preuniversitario
había representado a Otelo en una actividad de
la escuela, y conservaba las fotografías como
un gran evento. La muchacha lo miró muy seria.
- Nunca fui a la escuela de teatro, aspiro a cosas superiores.
Hace años me preparo para la gran representación,
yo alcanzaré lo perfecto, el gran arcano, ¿me
entiendes?
Él no entendió, pero vista la seriedad
del otro rostro, decidió no abrir más
la boca. La actriz dirigió su mirada a la ventanilla
y sólo volvió a hablar para pedir que
la dejara en su destino. El auto se detuvo. Ella dio
las gracias y él agarró su mano segundos
antes de bajarse.
- Espera... disculpa si te molesté, de todas
formas, cuando estés lista para la representación
de lo perfecto, ¿cómo podría verte
para que me invites?
La muchacha sonrió.
- Vivimos en medio de una representación. Seguramente
tu Otelo resultó más creíble que
esas ganas de verme. - Soltó su mano bruscamente
y bajó.
El chofer suspiró poniendo el auto en marcha
y no volvió a pensar en ella hasta unas semanas
después cuando la vio parada en la misma esquina.
Se acercó despacio anunciando "carroza para
actores". Ella no pareció reconocerlo y
entonces para no sentirse ridículo simplemente
la invitó a subir.
- Me dices dónde quieres que te deje.
Ella movió la cabeza afirmativamente fijando
la vista en la ventana. El muchacho se sintió
incómodo, pero era de esperar que alguien que
todos los días montaba en un carro distinto no
recordara su rostro.
- Me parece que nos hemos visto antes. ¿Tú
a qué te dedicas?
- Soy actriz.
Él sonrió ideando la manera mejor de hacer
que lo recordara.
- Hace unas semanas creo que di botella a otra actriz,
lo recuerdo porque el teatro es una de las cosas que
más me gusta. ¿Estás trabajando
algún personaje?
La muchacha giró la vista hacia sus ojos, suspiró
y luego volvió a la ventanilla.
- Yo en realidad hubiera querido ser una católica,
no por vocación, sino porque no quedara más
remedio que afiliarme a alguien. ¿Y quien mejor
que un alguien colectivo? Juraría llegar virgen
al matrimonio, y ante la imposibilidad de encontrar
marido tendría sueños eróticos,
donde me vería en minifalda y con un inmenso
escote, cantando para un público de hombres.
Entonces comenzaría una doble vida. De noche
andaría a conciertos de rock, para admirar a
los monstruos llenos de pelos y sudores. Olvidada en
la última fila asistiría a las transformaciones
de los otros, rezando en silencio, y lloraría
en las noches la incapacidad de liberarme. Me encontrarían
muerta de indigestión, desnuda y con las piernas
abiertas, virgen y con 35 años, y una cruz aferrada
en una de las manos.
El tuvo ganas de reír, pero se contuvo.
-¿Estás ensayando tu próximo papel?
La muchacha lo miró sin apenas inmutarse. Él
se encogió de hombros y cambió la vista,
mientras murmuraba un "disculpa". El resto
del viaje no volvieron a conversar. La calle pasaba
de prisa, mientras al timón, él se preguntaba
por qué con tantas muchachas bonitas y normales
que había, le venía a tocar una loca que
lo único que hacía era hablar boberías.
- Déjame en esta esquina.
El carro frenó bruscamente.
- Te deseo suerte y que puedas por fin convertirte en
una gran actriz.
Ella bajó despacio y ya afuera se recostó
un instante en la ventanilla.
- No. Yo soy actriz. Lo que quiero es la representación
perfecta. - Dio media vuelta y se fue.
El motor se puso en marcha con un conductor un tanto
irritado. La palabra "estúpida" merodeaba
mezclada con el aire que entraba por las ventanillas.
"La próxima vez que la vea la dejo plantada
en la esquina, bajo el sol, y con sus guiones preelaborados".
Eso pensaba él, pero la siguiente vez que la
vio fue aproximadamente un mes después. Siempre
en el mismo lugar. La luz roja lo obligó a detenerse,
a pesar de sus intentos de escapar. Entonces se le ocurrió
que sería divertido dejar que se acercara a pedir
botella y entonces le plantaría una rotunda negativa
en el rostro. Ella, sin embargo, no hizo nada para abordarlo.
Estaba como siempre: detenida. El semáforo cambió
la luz y el miró por el retrovisor. El auto de
atrás comenzó a pitar desesperado al ver
su marcha en retroceso.
-¿Te adelanto un tramo?
La muchacha dio las gracias y se apresuró en
subir. Él no quiso indagar demasiado en su repentino
cambio de actitud. Prefirió asumir que le daban
pena las muchachas que esperaban bajo el sol, y que
era mucho más entretenido viajar con una que
hacía historias, aunque resultaran siempre patéticas.
Trató de ser amable y divertirse un poco.
- Yo soy actor ¿sabes?
Ella le dedicó una mirada con desgana y volvió
a fijar la vista en la ventanilla. Él quiso de
veras divertirse.
- En realidad quería ser otra cosa
quería
ser un tipo normal y andar por la calle y un día
encontrar a una muchacha y conversar y enamorarme de
ella, y enamorarme tanto hasta descubrir que ella no
me amaba, ni siquiera me miraba, y entonces
entonces
planificar calladamente su muerte, asesinarla con mis
propias manos, llevarla en una loca carrera por toda
la ciudad para hacerla morir de miedo. Luego bajaría
su cadáver del carro y continuaría tranquilo
silbando una canción.
- Para ser actor eres bastante mediocre. - La voz de
la muchacha lo hizo girar la mirada hasta encontrar
sus ojos- La gente interpreta papeles en dependencia
del momento en que se encuentren. Lo más terrible
es que pueden tener ante sus narices una verdad y se
emocionarán pensando que es una interpretación
magistral de eso que llaman realidad. Los actores están
del lado de allá del escenario, viejo, pagan
el boleto y luego van a casa a continuar el rutinario
guión que alguien les ha impuesto.
El chofer abrió los ojos con asombro ante la
total elocuencia de su acompañante, pero no quiso
perder la oportunidad de continuar escuchando. Quiso
darle un pie para que siguiera.
-¡Déjame adivinar! ¡Tú eres
actriz!
Ella le dedicó una sonrisa.
- Como adivinador también eres mediocre, que
soy actriz te lo he dicho las anteriores veces que me
has dado botella.
El carro frenó en seco y él se giró
mirándola muy serio.
-¿Entonces me reconociste? ¿Me aceptas
un café?
- No puedo perder tiempo, déjame en casa, nos
vemos el mes que viene en la misma esquina.
Fue así como convirtió su máquina
en la "carroza para actores", que cada mes
acudía a recogerla al mismo sitio. En un comienzo
pensó que la frialdad de los primeros momentos
iría cediendo. Él se mostraba muy locuaz.
Hablaba de temas divertidos mientras ella repasaba la
ciudad a través de la ventanilla y a veces lo
interrumpía con algún comentario totalmente
ajeno a su discurso. Él trató de indagar
en su vida, saber si era casada, si vivía sola.
Conocido juego de tantear el territorio, que encontraba
respuestas en monosílabos y medias sonrisas por
parte de ella.
-¿Por qué te interesa acostarte con una
desconocida?
El chofer titubeó un poco antes de responder.
- No
si yo no quiero, además de que ya
no eres una desconocida, yo sólo quería
interesarme por tu vida, es normal ¿no?
- Mi vida es simple: soy actriz. Nunca te vayas a la
cama con una actriz. Puedes padecer reacciones muy frustrantes.
A mí lo único que me importa es prepararme
para mi representación. - Le dedicó una
sonrisa.- Quizás tú seas un buen espectador.
¿Te interesaría?
Él movió la cabeza afirmativamente y agregó
que era en verdad lo único que le interesaba
de ella: su vida profesional. Pero era mentira.
- Ok, te mantendré informado. Serás mi
invitado de honor.
Era extraña, y él quiso esperar al mes
siguiente. De mujeres había conocido muchas.
Ésta era un desafío. De esa clase de personas
que les gusta rodearse de un aire misterioso, con discursos
a medias, como si colocaran las palabras al borde de
la mesa para verlas tambalearse. Él aceptó
el reto, aunque en verdad lo único que le interesaba
era encontrar una muchacha normal. Una que te mira,
responde "sí" y "ya somos novios".
De esas que se van a buscar a la salida del trabajo
y se presentan a los padres y se felicitan el día
de los enamorados. Aunque en realidad quisiera eso,
prefirió esperar, o hacer lo que en su lenguaje
se definía como "madurar la fruta".
Prefirió respetar los tiempos dilatados y la
mirada ajena. Ese aire que la hacía diferente.
Tal vez luego de la anunciada representación,
vendría el café y quién sabe si
otras cosas, mientras tanto no quedaba más remedio
que esperar. Era tan inofensiva, tan poco perniciosa,
que daba casi pena.
-¿No piensas adelantarme nada de la obra? Ya
que soy invitado de honor, debo estar preparado, ¿no?
- No. Quien tiene que prepararse soy yo. Tú solamente
harás lo que dice tu papel: estar presente. No
puedo adelantarte nada, lo echarías todo a perder.
Yo alcanzaré la magnificencia. Con eso basta.
Habían pasado ya unos cuántos meses desde
el primer día, y él continuaba esperando.
Abrigaba en lo más hondo la sospecha de que luego
del teatro todo cambiaría. Si bien no era de
las más comunes, al menos tenía algo que
la hacía interesante. Quizás ese empeño
de soñar con una obra que rompería todos
los arquetipos posibles. Un espectáculo donde
la platea pasaría a ser la ejecutante, mientras
en el escenario los supuestos actores gozarían
de la función. Alguna vez dijo, con marcada ironía
en las palabras, que el teatro no era más que
una dulce escapada del libreto. Los espectadores disfrutan
lo que ven con la total certeza de que el telón
caerá y todo volverá a ser como al inicio.
Las butacas, entonces, son territorio franco, donde
las emociones y los sentimientos pueden vagar libremente
mientras que dure el espectáculo. Ella trastocaría
todo, dijo con la vista fija en la ventanilla, crearía
una confabulación donde todos quedaría
implicados.
La carroza para actores se detuvo una vez más
ante la muchacha que esperaba bajo el sol. Él
le dedicó una sonrisa y siguió con la
mirada su menudo cuerpo, mientras hacía el recorrido
para subir al carro.
- Llegó el momento -dijo ella con un cierto brillo
en la mirada- Estoy lista. El sábado asistirás
a la gran representación. Anoté la dirección
en este papel. ¡Espero que te diviertas!
Cuando se despidieron, él deseó buena
suerte. Se sentía emocionado e impaciente a la
vez.
El sábado compró flores. Estaba convencido
de que la obra sería un éxito y al menos
por un día ella aceptaría un café
y quizás otra cosa. El espectáculo era
en el sótano de una iglesia, en un barrio un
tanto despoblado. Él llegó mucho antes
de la hora señalada. A las ocho abrieron las
puertas y el lugar se fue llenando de gente que ocuparon
las butacas y hasta el piso. Voces de Cantos gregorianos
llenaban el espacio, mientras el público esperaba
entre susurros.
Cuando ella salió a escena, algo dentro de él
comenzó a vibrar. Estaba transformada, los ojos
le brillaban de una forma extraña, y existía
como un halo que delineaba su figura. Era perfecta.
Desde su asiento, comenzó a sentir un extraño
olor que fue llenando la sala, pero apenas lo notó
al principio. Luego el olor proveniente del humo que
invadía el lugar, se fue mezclando con las palabras
del lado de allá del escenario. Perdió
la noción del tiempo y la lógica de las
recitaciones. Todo era ella, la gran actriz y el flujo
de energías que experimentaba desde su butaca.
Por eso cuando la vio desnudarse, el éxtasis
provocó que sus ojos permanecieran abiertos.
Absortos en esa admirable aprehensión de lo perfecto.
Sintió un calor que lo recorría al improviso
cubriéndole todo el cuerpo. Ella desnuda del
lado de allá y él, refugiado en su inconsciencia,
deseando tocarla. Quiso pensar que se trataba de ternura,
pero un latido en el centro de sus piernas, lo hizo
desistir. Era más fuerte que él. Quería
poseerla, gozar del menudo cuerpo que se ofrecía
a su visión. Hacerla carne dentro de su carne,
lengua dentro de su lengua. Y por un momento pensó
que el ardor de sus mejillas podría incendiar
el resto de la sala. Podría delatarlo cómplice
en esta jugarreta de la actriz. Pero los rostros cercanos
se denunciaban partícipes de emociones similares.
Miradas transformadas en lujuria y luego en una morbosidad
que se confundía con la concupiscencia del espectador
de al lado. Todo formando parte de sensaciones colectivas.
Energías que entraban y salían y chocaban
y pedían estallar. Por eso, cuando uno de los
actores levantó el cuchillo que desgarró
la piel de ella, él sintió que se ahogaba.
Cuando la sangre empezó a brotar a él
le brotaron lágrimas. Cuando los otros desde
el escenario agarraron las manos de la actriz para sostenerla,
él sostuvo las de sus vecinos apretándolas
con fuerza. Cuando el telón comenzó a
bajar, estalló en aplausos descomedidos y gritos
de "bravo" y palmadas en las espaldas de los
espectadores que se abrazaban llorando, emocionados,
enternecidos, sobreexcitados.
Afuera la esperó muy ansioso. Los demás
se iban marchando y él caminaba de un lado para
otro. Miraba el reloj y se arreglaba el cuello de la
camisa. Volvía al reloj y olía las flores.
Por fin, cuando no quedaba nadie, divisó que
uno de los actores salía por la puerta del costado.
Se acercó despacio y decidió esperarla
junto a un árbol, justo donde alcanzaba la franja
de luz proveniente del bombillo. El actor volvió
a entrar y salió con unos maletines, que colocó
en el asiento trasero de un auto. Luego salieron otros
dos, uno se sentó al timón y encendió
el motor. El otro abrió el maletero. Entonces
el primer actor volvió a entrar y al momento
apareció haciendo una señal desde la puerta.
El que estaba afuera se acercó y juntos cargaron
un enorme envoltorio aparentemente pesado. Lo colocaron
en el maletero y cerraron. El primer actor volvió
adentro, el otro se metió en el carro. Cuando
las luces de la iglesia se apagaron y el que estaba
adentro salió cerrando la puerta, él sintió
una cosa muy extraña. Dio unos pasos aferrando
sus manos al ramo de flores. El otro caminó hacia
el carro y levantó la vista recorriendo el lugar,
entonces fue que lo vio. Se le acercó despacio,
metió la mano en un bolsillo y extendió
un papel. No dijo nada. Puso el papel en su mano, dio
la vuelta y se unió a los otros. El auto se alejó
veloz.
Él dio unos pasos hasta colocarse bajo el bombillo.
Suspiró profundamente, abrió el papel
y leyó:
"A veces la verdad está delante de nuestra
narices, y nos negamos a creerla. ¡Bravo! Eres
un magnífico espectador. Yo era actriz. Ahora
soy mi sueño."
El papel cayó de sus manos, junto con las flores.
Él comenzó a andar despacio. Atrás
quedaba un extraño perfume. Las flores olían
a cosas vivas.
Karla
Suárez (La Habana) Su novela Silencios obtuvo
en 1999 el premio Lengua de trapo, compartido, y fue
ese el inicio de una carrera que incluyó traducciones
a varios idiomas. El presente cuento pertenece al volumen
de narraciones Carroza para actores, recién publicado
en Colombia. Actualmente reside en Roma.
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