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| El
arte de la paradoja: la poesía de Dulce
María Loynaz.
Zayda Capote |
Yo
estoy más en mis versos que en Jardín
Dulce María Loynaz
"En
el proceloso mar de la poesía", ha dicho
Dulce María Loynaz, "vengo a ser como un
navegante solitario"(1)
; y el reconocimiento de esa "soledad" está
expresa, por ejemplo, en el hecho de que apenas ocupe
una nota al pie en un libro de la importancia de Lo
cubano en la poesía, de Cintio Vitier(2).
Habría que vincular a Loynaz con el resto de
la poesía escrita en el país y en el continente
para ver hasta qué punto esa pretendida soledad
y ese aislamiento son reales.
Su entrada en el ámbito literario público
ocurre de un modo sumamente peculiar. En 1919, cuando
sólo contaba con dieciséis años,
se publican sus primeros poemas en el periódico
habanero La Nación. Con el tiempo, sería
incluida, entre otras, en las antologías La
poesía moderna en Cuba (1882-1925) (1926),
de Félix Lizaso y José Antonio Fernández
de Castro; La poesía lírica en Cuba
(1928) de José Manuel Carbonell, y en 1937, año
en que la Revista Bimestre Cubana publicara su
controvertido Canto a la mujer estéril,
en La poesía cubana en 1936, de Juan Ramón
Jiménez. 1937 es el año en que se publican
en Cuba libros cimeros de nuestra poesía: Cantos
para soldados y sones para turistas y España
de Nicolás Guillén, Muerte de Narciso,
de José Lezama Lima, Doble acento, de
Eugenio Florit y Sabor eterno, de Emilio Ballagas.
En el continente aparecieron, entre otros, Muerte
sin fin, de José Gorostiza, y los Poemas
humanos de Vallejo.
El Canto a la mujer estéril, no suele
gozar del beneplácito de la crítica, quizás
por su fuerza liberadora(3).
Pero prefiero seguir la sutileza de la lectura de Fina
García Marruz, para quien:
Si
bien el poema empieza afrontando el tema desde esta
perspectiva de la "madre imposible", o sea,
de la frustración de la maternidad, y en él
recae en momentos en que sus imágenes se tornan
embrionarias y como de polvo lunar ("gelatina sensible",
"talco herido", etc.), enseguida pasa, con
originalidad y audacia grandes, del inicial tono elegíaco
más bien al ditirambo de la estéril, a
un acercamiento del todo sorpresivo al tema, que lo
vuelve a su categoría de "misterio",
en un sentido sacro(4).
El
de la esterilidad es, en efecto, un tema "difícil".
Y con el sentido programático que le da su autora,
puede antojarse demasiado prosaico. Pero la notable
valentía de ese alegato y la cantidad de esquemas
que dinamita lo señalan como obra única.
Con el telón de fondo de aquellos textos cimeros
de nuestra poesía, leer hoy el Canto...
y leerlo con agrado, puede parecer un osado despropósito.
Y osadía era, en efecto, lo que sobraba a la
joven autora de esos versos. Leído casi siempre
como un pecado de juventud de Loynaz, este largo poema
tiene, sin embargo, evidente valor. Por un lado, como
testimonio poético de su época, porque
incorpora el prosaísmo como vehículo adecuado
para un tema poco "poético"; por el
otro, porque con este primer poema Dulce María
Loynaz deja ver ya temas y referencias que serán
luego constantes en su obra. La indagación filosófica
sobre el destino humano, acudiendo a menudo a motivos
bíblicos o simplemente echando mano de su educación
religiosa; el verso cercano al poema en prosa, cuando
el tema es poco festivo o ligero, que sería utilizado
después con muy buena fortuna en sus inigualables
Poemas sin nombre de 1953; las imágenes
acuáticas, luego tan frecuentadas, y la mujer
como centro de exploración de la experiencia
humana en el universo son motivos recurrentes en toda
su poesía posterior.
Este vasto poema -que algunos críticos consideran
también basto- prefigura su obra futura y el
tono, digamos, de muchos de sus mejores poemas. Esa
suerte de diálogo con la divinidad que permeará
su ejemplar Poemas sin nombre está ya
aquí, encubierto en las imprecaciones a la mujer
estéril, llamada a tener un destino más
elevado, si se quiere, que el de la maternidad natural.
Adviértase asimismo la idea de la Muerte como
generadora de Vida y Amor, que luego reaparecerá
en su Carta de amor a Tut-Ank-Amen (1929), publicado
en 1953; o la extraña imagen del agua estancada,
más que como materia en reposo, como suma de
posibilidades imaginables: "¡Cómo
trasciende a muerte honda/ el agua de tus ojos...!"
y "Agua en reposo tú eres: Agua yerta/ de
estanque, gelatina sensible, talco herido/ de luz fugaz/
donde duerme un paisaje vago y desconocido:/ -El paisaje
que no hay que despertar..."(5)
; o, incluso, para terminar con este texto seminal,
repárese en el parentesco de Bárbara,
la protagonista de Jardín, su única novela,
con la mujer descrita en la estrofa final del Canto...:
¡Eva
sin maldición,
Eva blanca y dormida
en un jardín de flores, en un bosque de olor!...
¡No saben que tú guardas la llave de una
vida!
¡No saben que tú eres la madre estremecida
de un hijo que te llama desde el Sol!... (6)
Por
último: el Canto a la mujer estéril
es un texto feminista. Quizás a eso se debe la
incomprensión de muchos de sus lectores y lectoras.
Amén de su preocupación consciente por
el destino femenino, el poema desecha buena parte de
la tradición poética hispanoamericana,
y los tradicionales símiles que igualan a la
mujer con la rosa, la estrella, etc., son enriquecidos
conceptualmente, con nuevas potencialidades menos apegadas
al referente. En cuanto al concepto, el Canto...
es un alegato feminista contra la maternidad ineluctable,
una defensa del derecho a salirse de la norma, a ser
diferente. Y en esta combinatoria de piedad y desacato,
la maldición, que acude a la divinidad, es el
instrumento mismo de defensa de esta mujer que, sin
embargo, no cumple la ley divina del "parirás
con dolor". "¡Púdrale Dios la
lengua al que la mueva/ contra ti...", sentencia
combativa la poetisa, que hará luego de ese discurso
impugnado por la tradición religiosa una de las
líneas dominantes de su obra posterior, y que
aflorará sin cortapisas en un poema como "La
novia de Lázaro", publicado tardíamente
en 1991.
El segundo libro publicado por Dulce María Loynaz
es la recopilación Versos 1920- 1938,
que recoge, como indica su título, lo escrito
por ella en ese período. Quizás la única
excepción haya sido su magnífico Bestiarium,
una ya legendaria colección de poemas breves
escritos en los años veinte y que se publicará
también después de mucho tiempo, en 1985
(7).
Aunque en el primero de sus poemas se aconseja al lector
que "Las cosas que se mueren / no se deben tocar",
el libro todo es una experiencia casi mística
de acercamiento a la divinidad, por un lado, y, por
el otro, un regocijo mundano con las pequeñas
cosas vivas o no, pero mayormente perecederas, que pueblan
la vida cotidiana. Del espíritu a la sangre,
como rezará uno de sus hermosos Poemas sin
nombre, el itinerario poético de Dulce María
Loynaz va y vuelve, combinando lo banal con lo trascendente,
y contaminándolos para lograr una banalidad trascendental
que marcará los versos de este libro. Los poemas
de tono filosófico-religioso abundan en estas
páginas. "La oración del alba",
"Profesión de fe", "Señor
que lo quisiste", "Oda a la Virgen María",
"La oración de la rosa", "La sonrisa",
"Yo no digo" y "Si me cortan" son
algunas muestras importantes.
Las numerosas imprecaciones a Dios que están
en el centro mismo del libro, por su frecuencia, podrían
considerarse definitorias; pero siguiendo la paradoja
antes descrita, Loynaz se permite combinar el tono filosófico
con una broma que desautomatiza el discurso e introduce
una suerte de extrañamiento que cautivará
a los lectores. No se trata de una poetisa que invoque
a la divinidad mansa, pasivamente, sino que, envuelta
en su misma aparente -y explotada- insignificancia,
juega con la posibilidad de que su existencia no fuera
del todo prescindible. Esa leve ironía final
salta a la vista, por ejemplo, en los últimos
versos de "Señor que lo quisiste...",
un poema dual en varios sentidos: se compone de pareados
con rima consonante (por lo que sugiere sonoramente
las Letanías) y se divide en dos, digámoslo
así, "secciones". La primera, de duda,
está estructurada sobre la base de preguntas
continuas: "¿Para qué habré
nacido? ¿Qué dejaré a la Vida?
¿Qué llevaré a la Muerte?".
En la segunda sección, plena de afirmaciones,
se explica la infalibilidad del Creador. "Que tu
obra es perfecta: ¡Oh Todopoderoso/ Dios justiciero,
Dios sabio, Dios Amoroso!..." Hasta aquí
todo es perfectamente coherente. Pero el último
pareado introduce la duda nuevamente, aunque ahora de
modo menos perentorio y más risueño: "Pero...
No sé, Dios mío: Me parece que a ti /
--¡Un Dios!...-- te hubiera sido fácil
pasar sin mí..."
Esa doble dirección de su poesía en este
libro será fácilmente constatable en la
vecindad de textos como "Cancioncita del perro
Sonie", "Cheché", "Coloquio
con la niña que no habla" y "Premonición"
o "Vino negro". Esos poemas construyen, en
su oposición, el paisaje imposible de una identidad
dolorida que, al tiempo que intenta banalizar las tragedias
vitales (como en el "Madrigal de la muchacha coja")
y retratar la felicidad que ofrecen las pequeñas
alegrías de la vida cotidiana (como en la ya
aludida "Cancioncita del perro Sonie"), cae
repentinamente en el vacío de la insatisfacción
y la misantropía. En esta última cuerda
se incluirían, como los más representativos
del libro e, incluso, como poemas complementarios en
la historia de una sensibilidad, "Premonición"
y "Vino negro". En el primero se anuncia el
advenimiento de la desgracia: "Dejadme sola todos.
[...]/ Presiento que una cosa ancha y obscura / y desolada
viene sobre mí / como la noche sobre la llanura"
(p. 57). En el segundo, cuando la profecía de
desgracia parece haberse cumplido ya, la poetisa sentencia:
"Ya no hablaré más nunca. [...] /
Para siempre estoy llena de silencio / como vaso colmado
/ de un vino amargo y negro..." Es la condena a
la soledad, al desarraigo, al aislamiento, al ostracismo.
Y esos son temas recurrentes en la poesía de
la autora cubana. Su propia vida literaria, apartada
de corrillos y nunca integrada totalmente al mundo cultural,
parecen cumplir esa voluntaria sentencia. Ese "estar
fuera del mundo" aparece también en "La
marcha": "Voy caminando en línea recta;
llevo / las manos vacías, los labios sellados...
/ Y no es tarde, ni es pronto, / ni hay hora para mí";
y es un motivo que estará después en "Tiempo"
o "Los motivos del reloj".
El mismo año de publicación de sus Versos...,
toma la poesía de Dulce María Loynaz,
con la Carta de amor a Tut-Ank-Amen, un giro
definitivo. El giro, antes apenas sugerido, es el de
la poesía en prosa o prosa poética. Si
en sus poemas anteriores -el Canto a la mujer estéril,
por ejemplo- se sugería apenas la entrada de
la prosa a lo que hasta entonces fuera dominio de la
poesía, en Carta de amor... la asunción
de la prosa es plena (8).
Escrita, al parecer, en 1929 --año que cae dentro
del período cubierto por sus Versos...--,
durante un viaje a Egipto, la Carta... no formó
parte de la colección antes citada gracias a
la sabiduría editorial que siempre ha asistido
a su autora. Este breve texto tiene una prestancia difícilmente
igualable, y, por esa razón, el derecho a salir
al mundo sin más compañía que sí
mismo.
Las peculiaridades de un texto como Carta de amor
a Tut-Ank-Amen no llegan, sin embargo, a excluirlo
del ancho universo poético de su autora. Están
ahí, en todo caso, para enriquecerlo. Este delicado
poema es el canto de amor a un muerto (al amado muerto
o, mejor, a un muerto amado), la puesta al día
de un tema que tiene larga tradición lírica,
desde las elegías clásicas hasta el Romanticismo,
pasando por los plantos medievales. En la literatura
cubana su gran antecedente es el poema fundacional de
Juan Clemente Zenea titulado "Fidelia". El
leit motiv de allí ("Yo estoy triste y tú
estás muerta") se repite en el pulido texto
de Loynaz con una ligera variación. La tristeza
a que lo arrastra el tópico romántico
del canto a la amada muerta será sustituida,
en el canto epistolar de Dulce María Loynaz,
por el regocijo doloroso de saberse capaz de amar. El
cadáver del joven faraón tuvo la virtud
de resucitar en ella a un corazón dormido para
el amor. La resurrección invocada para el cuerpo
sin vida de Tutankamen se operará, así,
en el sentimiento de quien la convoca.
Reeditar el viaje de Orfeo en busca de su amada es algo
que suele hacer con cierta frecuencia la poesía.
Y Dulce María Loynaz, invirtiendo los roles de
género del mito, emprende conmovida ese viaje
a la muerte. Pero es un viaje sólo imaginario,
una relación con el príncipe egipcio cuya
imposibilidad ella canta de antemano: "Nada tendré
de ti, más que este sueño, porque todo
me eres vedado, prohibido, infinitamente imposible",
dice, y reconoce así la verdad quimérica
de esa relación. Aquella que, pendiente de la
fragilidad de una breve columna de marfil pintado, ha
ofrecido su vida a cambio de la del joven faraón:
"Por ese pequeño corazón en polvo,
por ese pequeño corazón guardado en una
caja de oro y esmalte, yo hubiera dado mi corazón
joven y tibio; puro todavía" y "Por
esos ojos tuyos que yo no podría entreabrir con
mis besos, daría a quien los quisiera, estos
ojos míos ávidos de paisajes, ladrones
de tu cielo, amos del sol del mundo". La que ha
hecho tales declaraciones de amor se abstiene sin embargo
de otorgar a su sueño otro sentido que el de
una improbable posibilidad. Su renuncia, reforzada por
el uso continuo del subjuntivo, aparece primero apenas
sugerida y luego, ya al final del poema, asumida en
toda su plenitud. La indignación, el escándalo
y la cólera de "las gentes sensatas"
son su más fuerte atadura. Ellas impiden que
la mujer haga realidad su audacia resurrectora. Y aunque
el final emparienta nuevamente al poema con el mito
órfico, por similitud entre el uso de la lira
y las "canciones tropicales" de la poetisa,
el reconocimiento de su impotencia para enfrentar al
destino que los separó sigue mostrándose
en el subjuntivo y, también, en la clausura de
la sensualidad primera, ahora sustituida por el amor
maternal, menos pecaminoso y más sosegado. Y
concluye: "Así te hubiera yo recostado sobre
mi pecho, como un niño enfermo... Y como a un
niño enfermo habría empezado a cantarte
la más bella de mis canciones tropicales, el
más dulce, el más breve de mis poemas".
Este brevísimo libro es único en la obra
poética de Loynaz, un receso en su continuum
lírico. Extraño por su tema y por su forma,
actualiza la tradición elegíaca. La muerte
que hará imposible el encuentro entre los amantes
tiene el mérito incomparable de vivificar a una
mujer desencantada.
La frecuente paradoja de su poesía se renueva
en Juegos de agua. Anunciados como "juegos",
con el subtítulo "versos del agua y el amor",
cuesta imaginar que estos "juegos" vayan más
allá del agua saltarina de las fuentes ornamentales.
El propósito mismo, el de reunir en este cuaderno
únicamente poemas vinculados al agua o a temas
cercanos, es ya una camisa de fuerza de la cual Loynaz
sale ilesa. El libro está dedicado a Pablo Alvarez
de Cañas, su segundo esposo, "en vez del
hijo que él quería" y, de esta manera,
se enlaza con aquel primer gran poema, el Canto a
la mujer estéril, que reconocía en
grado de igualdad el dar a luz vida natural o creaciones
poéticas e intelectuales. Y la esterilidad, apenas
sugerida en la dedicatoria, volverá a aparecer
una y otra vez a lo largo del libro, en poemas como
"Momento" o "Naufragio". En "Estribillo
del amor de mar" recupera el tono festivo y su
contraposición al motivo, nada risueño,
de la esterilidad, confirma nuestra hipótesis
de la paradoja como centro de su sistema poético.
La mujer estéril será "la que se
dará a sí misma, pero no dará/
nada... Más la lluvia la rosa darán"
y, después, unos cuantos poemas más tarde,
volverá la imagen del "Cauce seco"
que ya aparecía en el Canto...: "Un
niño muerto quédale / flotando en el aire...",
y en ese, como en otros textos del libro, el agua toma
un sentido de magma vital, de elemento fundador de la
vida que recuerda los textos bíblicos. Su falta
acercará la muerte; con su llegada, florecerá
la vida. Es ese sentido demiúrgico del agua el
que inaugura (9) el
libro:
Y
primero era el agua:
[...]
... En el vientre
del agua joven se gestaban continentes...
¡Amanecer del mundo, despertar
del mundo!
[...]
Era primero el agua.
La
feminización del principio de la vida, sugerida
al comparar el agua con una joven madre, subvierte el
sentido tradicional de la creación, concebida
frecuentemente no sólo como masculina, sino también
como nacida del intelecto. La famosa aseveración
de San Juan: "En el principio era la palabra"
es sustituida aquí por la repetida alusión
al agua como presencia primigenia. El mundo no sale
de las manos de Dios, sino del vientre de una joven
mujer. Este es el texto tipo de Loynaz. Uno donde todo
el sentido queda a flor del texto, pero donde apenas
se advierten la audacia ideológica y el tono
rebelde de su autora. Cuando se ahonda en su poesía,
sin embargo, pueden ser muchas --y casi siempre muy
gratas-- las sorpresas. El agua-mujer (o la mujer-agua)
libre, sin fronteras, nos conducirá a partir
de ahora (10).
Hay en este poemario un texto, "Agua en el parque",
de reminiscencias machadianas. Dice Dulce María
Loynaz: "La pobre agua está triste / en
la gran taza de mármol / La pobre agua está
triste recogida en el tazón de este parquecillo
urbano [...] En el parquecillo urbano / la pobre agua
está triste / y yo le paso la mano...".
Y escribe Machado: "Las ascuas de un crepúsculo
morado / detrás del negro cipresal humean...
/ En la glorieta en sombras está la fuente /
con su alado y desnudo Amor de piedra / que sueña
mudo. En la marmórea taza / reposa el agua muerta"
(11). Si el poema machadiano
sugiere la quietud y el abandono de la muerte, el de
Loynaz implicará al hablante en el alivio de
esa congoja. Ella no se limita a describir magistralmente
la muerte del agua presa, sino que le da un toque de
optimismo al involucrarse a sí misma en el alivio
de la pena.
Juegos de agua repite el doble sentido, la doble
dirección de toda la poesía de Dulce María
Loynaz. Hay un texto ejemplar, "La tragedia",
uno de los que marca el ritmo de este libro:
Camino
del río va la niña cantando. El río
tiene muerte en el fondo de limos verdinegros, en su
lecho de guijas brilladoras...
Camino de los limos, llamada por las guijas, va la niña
cantando y su canción se quiebra gota a gota
sobre el agua.
Camino del agua en acecho, del agua que se lleva su
canción, va la niña cantando...
Cantando llegará a la orilla --al filo de la
orilla-- y se inclinará a coger unas florecitas...
Aquí
la banalidad del tono, la musicalidad sugerida por la
reiteración, el tono festivo que recuerda, en
ciertos momentos, a la poesía hispanoárabe
y su festividad frente al dolor, resulta dominante.
Es la unidad de los opuestos, el toque de equilibrio
que hace de la poesía de Dulce María Loynaz
un reto no sólo sensorial, sino también
al intelecto (12). El
goce del silencio, de lo no dicho, que nos esquiva,
oculto tras esos puntos suspensivos en los que la obra
de la poetisa cubana será pródiga. Es
el placer de sugerir, más que decir (13).
Las prosas que separan las series de tres poemas son
pequeñas joyas de maestría estilística.
A modo de muestra bastaría citar aquella que
recuerda un koan zen: "Cuando la ola viene impetuosa
sobre la roca... ¿La acaricia o la golpea?",
una "Duda" que nos inducirá a preguntarnos
más, siempre más, sobre el significado
último, si es que existe, de las acciones. O,
aquella, un poco más extensa, --sólo un
poco-- que sugiere la inevitabilidad del destino humano,
la certeza de que cada sentimiento, incluso el deseo,
es una manera de desandar el camino hacia la muerte.
Es "Agua ciega", y dice: "Voy --río
negro-- en cruces, en ángulos, en yo no sé
qué retorcimientos de agonía, hacia ti,
mar mío, mar ensoñado en la punta quimérica
y fatal de nuestra distancia". Pero no es éste
el libro de sus mejores prosas, aunque algunas de ellas
se repetirán en el que sí las reúne,
sus inigualables Poemas sin nombre.
Juegos de agua ha sido considerado por algunos
críticos el mejor de los libros de Dulce María
Loynaz, e incluso Heberto Padilla ha definido a la autora
como "poetisa del agua". Pero yo prefiero
el cuaderno previamente mencionado. Hay algunos poemas
de estos Juegos..., sin embargo, que resultan
definitorios del mundo poético de Loynaz. Su
defensa de lo cubano, por ejemplo, suele ilustrarse
con el poema "Al Almendares", y su última
estrofa: "Yo no diré qué mano me
lo arranca, / ni de qué piedra de mi pecho nace:
/ Yo no diré que él sea el más
hermoso... / ¡Pero es mi río, mi país,
mi sangre!". Aunque el entusiasmo de la crítica
por ese texto me parece ciertamente desmedido (14)
--no es de lo mejor, de lo más suyo--, este canto
revela la asunción raigal y orgullosa de una
cubanía pletórica de símbolos.
Sin embargo, no hay que olvidar que el Almendares es,
más que cubano, un río habanero, y en
su amor a La Habana habría que buscar las razones
de esta declaración de amor al río, otrora
emblema de la ciudad (15).
Más representativo, y de más amplio diapasón
poético resulta el poema "Isla", que
podría leerse como la causa de esos "Juegos...",
como el único modo posible de conjurar el peligro
del agua, pero también como la mejor manera de
rendir homenaje a ese elemento, el único entorno
posible, la única frontera de la isla que habita.
Como dirá en el poema "CI" de sus Poemas
sin nombre, "La criatura de isla trasciende
siempre al mar que la rodea y al que no la rodea. Va
al mar, viene del mar y mares pequeñitos se amansan
en su pecho...", y ella, criatura de isla más
que cualquier otra cosa, lo hará así (16).
Es la isla quien toma la palabra en el poema que lleva
su nombre, con una radical variación en el hablante
lírico, para entonar este himno entrañable:
Rodeada
de mar por todas partes,
soy isla asida al tallo de los vientos...
Nadie escucha mi voz si rezo o grito:
Puedo volar o hundirme... Puedo, a veces,
morder mi cola en signo de Infinito.
Soy tierra desgajándose... Hay momentos
en que el agua me ciega y me acobarda,
en que el agua es la muerte donde floto...
Pero abierta a mareas y a ciclones,
hinco en el mar raíz de pecho roto.
Crezco
del mar y muero de él... Me alzo
¡para volverme en nudos desatados...!
¡Me come un mar batido por las alas
de arcángeles sin cielo, naufragados!
Si
en el poema "Al Almendares" el yo lírico
mantenía aún la distancia que lo separaba
del río, asumiéndolo todavía como
un hecho del mundo exterior, a pesar de la identificación
de sus destinos, en este poema la Isla ocupa por sí
misma el sitio de la poetisa. La imbricación
es tal que será difícil el discernimiento;
ambas son una sola, y esa única individualidad
hablará directamente en el poema. Esa tierra
abandonada a merced del mar marca una tragicidad lacerante
que interroga la esencia misma del ser isleño.
En el extremo opuesto, en el mar sin tierra, está
"Naufragio", que vendría a ser la continuación
conceptual del poema antes citado. La carencia de arraigo
será aquí verdaderamente trágica.
Hay en este libro una especie de poética; es
"Meta" una de las prosas que revela la fortaleza
de espíritu de quien no tiene más que
ser fiel a sí misma: "Yo seré como
el río, que se despeña y choca, y salta
y se retuerce... ¡Pero llega al mar!". Más
que un ars poetica, este poema revela, en su fecundante
concisión, todo un arte vital, una declaración
de principios que deslumbra. Como se ve, las metáforas
acuáticas son útiles. A Dulce María
Loynaz le han servido estupendamente para expresarse
y para comunicar.
Si Juegos de agua marcaba la plena asunción
de un mundo poético propio, con un universo imaginal
definitivo (mas bien definidor), es con Poemas sin
nombre (1953) que Loynaz llevará su poesía
al más alto grado de realización literaria.
Estos textos, innominados al parecer por sugerencia
de otro gran poeta cubano, Emilio Ballagas (17),
se integran como un elocuente manifiesto poético
que retomará tópicos temáticos
y formales de otros libros suyos, pero donde ya su poesía
se adueña del tono filosófico que tantas
veces adoptara de un modo magistral. La poesía,
como destino inevitable, será tema de muchos
de sus poemas. Es curioso, por otro lado, cómo
la vecindad epocal de su poesía con obras tan
significativas como las de César Vallejo, Pablo
Neruda, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Nicolás
Guillén, o los grupos Contemporáneos y
Orígenes, parece haber incidido en cierta insuficiencia
crítica a la hora de abordar su obra.
En Poemas sin nombre Loynaz se aplica a describir
su intenso mundo interior y logra hacerlo sin equívocos,
con una claridad estética y un dominio, por consiguiente,
del verbo, que recuerdan, en muchas ocasiones, la palabra
martiana. La declaración de principios que casi
abre el libro podría resultar ilustrativa. Dice
la poetisa en el Poema II:
Yo
dejo mi palabra en el aire, para que todos la vean,
la palpen, la estrujen o la expriman.
Nada hay en ella que no sea yo misma; pero en ceñirla
como cilicio y no como manto pudiera estar toda mi ciencia.
La
poesía, así, no es destino festivo, sino
sufridor. Es una vía para acercarse a sí
misma, para acercarse, quizás, también
a Dios. Ella no proporciona goces efímeros y
fácil fama; sino motivos de sacrificio. Profundidad
frente a superficie, hondura antes que frivolidad, una
posición ante la poesía y la vida que
Loynaz propone sin tapujos en su Poema III, de filiación
martiana:
Sólo
clavándose en la sombra, chupando gota a gota
el jugo vivo de la sombra, se logra hacer para arriba
obra noble y perdurable.
Grato es el aire, grata la luz; pero no puede ser todo
flor..., y el que no ponga el alma de raíz se
seca.
En
ese poema en prosa, el hablante lírico ha vencido
ya la dura batalla de la vida. Esta mujer se sabe sabia,
y comparte con nosotros su sabiduría. Pero su
mayor mérito será el de humildad, un tema
presente, por ejemplo, en los poemas IV y V, y que aflorará
después en el poema XI, el dedicado a "los
caminos", y a través de todo el libro. Esa
humildad la llevará a autopercibirse como prescindible,
como en el Poema CXIV:
El
mundo entero se me ha quedado vacío, dejado por
los hombres que se olvidaron de llevarme.
Sola estoy...
Y mañana, cuando les falte mi verso tímido,
nadie sabrá que alguna vez yo anduve entre ellos.
Ese
afán de pasar inadvertida, esa desazón
por la poca relevancia del destino propio, serán
definitorios en una poesía que siempre está
increpando a Dios, interrogándole sobre sí
misma, como si no supiera cuál es su destino
sobre la tierra. Como si su poesía fuera la única
posibilidad de explicar su destino, ante el que a veces
se rinde y a veces se rebela. Hay, por otra parte, en
ese estado de humildad, de presunta insignificancia,
como una predisposición al diálogo, a
la participación, en plano de igualdad, de la
experiencia ajena. Es por eso que muchos de los textos
de este libro han adoptado la forma dialógica
y, por medio de ella logra dar Dulce María Loynaz
sus ejemplares contrasentidos. El diálogo es
la mejor manera de entendimiento entre personas; en
la alternancia de las voces se van sustituyendo también
las ideas, adversas o complementarias, y a ese entendimiento
superior de la propia vida es al que intenta llegar
Loynaz con sus Poemas sin nombre.
Hay en este libro una preferencia evidente por la elección
de la prosa como vehículo expresivo idóneo,
y es que a su propósito filosófico, razonador,
es la prosa lo que mejor se aviene. Abundan en él
las sentencias que, lapidarias, afirman, siempre a través
de un nítido mundo imaginal, el ideario de la
autora. He aquí algunos ejemplos:
En
cada grano de arena hay un derrumbamiento de montaña
(Poema XXIX)
Aunque
parece sujeto por el tallo, recogido en la rizada capa
de los pétalos, el perfume está antes
y después de la rosa. (Poema LXXIV)
El
agua que se queda atrás del río descansa,
pero nunca será mar. (Poema CVI)
Y
la mejor, que me parece excelente declaración
del propio conocimiento poético:
He
ido descortezando tanto mi poesía, que llegué
a la semilla sin probarle la pulpa. (CXI)
Uno
de los textos loynacianos mejor comentados por la crítica
y en el que unánimemente se ha reconocido la
maestría poética de esta autora es el
extenso poema Ultimos días de una casa
(1958) (18). Por su
fecha de publicación, el año inmediatamente
anterior al del triunfo de la Revolución, el
poema ha solido calificarse de "premonitorio"
(19). El derrumbe de
un mundo aparentemente bien afianzado y las tremendas
transformaciones sobrevenidas parecen ser su asunto.
Mas bien, según pienso, el poema enfrenta al
lector a esa "pérdida de la ternura"
de la que se queja la casa como un síntoma inequívoco
de la notoria crisis de valores que, de una forma u
otra, marcó los gestos literarios republicanos.
El ensimismamiento de Orígenes, los Cuentos
fríos de Virgilio Piñera, la narrativa
de tema rural -que la propia Dulce María Loynaz
intentó en su novela Los caminos humildes,
que luego destruyó- eran, cada uno con sus peculiaridades,
evidentes o no, reacciones a esa crisis. En una lectura
actual, Jesús J. Barquet le da incluso un sentido
programático:
Hoy,
para nosotros, Ultimos días de una casa representa
una pieza fundamental en esa otra casa que todavía
tenemos que construir. Esperamos que su desgarrada denuncia
de la época y de la inconciencia y fría
codicia del hombre (léase algunos cubanos), no
haya sido en vano. Pero la altura moral de la casa de
Loynaz significa en realidad un desafío: si bien
nos permite invocarla e imitarla como lo que fue -un
instrumento para enfrentar y resistir, aun desde la
mayor traición, soledad y abandono, las adversidades
del cosmos y participar en la historia-, exige a la
vez de nosotros, los cubanos, una mutación, es
decir, un desplazamiento espiritual que éticamente
nos iguale a ella en ese difícil heroísmo
cósmico que tan cristianamente la Casa demostró
poseer. (20)
Pero
sea en este sentido o en el de la disolución
familiar narrada por la casa (21),
la lectura queda demasiado restringida al registro de
lo autobiográfico. Esa perspectiva merece ampliarse.
La casa es, como se sabe, el lugar de lo propio, el
refugio donde se prefiere estar; un remedo del útero
materno donde la persona suele sentirse tan a gusto
como el feto en su limbo intrauterino. La casa protege
del espacio exterior y nos separa de él, nos
constituye en seres con espacio propio, únicamente
nuestro; nos constituye, en fin, en seres con identidad.
Por eso, los "últimos días"
pueden aludir al derrumbe del mundo propio; a la apertura
del claustro y, en cierto sentido, a una expulsión
de ese segundo paraíso. Pero hasta aquí
hemos adoptado la perspectiva humana. Y Dulce María
Loynaz ha asumido la perspectiva contraria, ella registra
la voz de la casa abandonada.
Lo que puede significar la salida del enclaustramiento
para las personas que habiten la casa es, lógicamente,
distinto de ese parlamento imaginario de la casa abandonada
a su suerte por sus antiguos habitantes. Una casa que,
como queda sugerido en el poema, atraviesa la historia
del país en este siglo, y, por eso mismo, puede
ser equiparada a él.
La contraposición entre los humanos y la casa;
ellos incapaces de amar, ella sensible e incluso dolorida,
es la línea temática que estructura este
largo poema. El proceso de humanización de la
casa marcha al unísono que el proceso de cosificación
de quienes la habitaron y de aquellos otros que la enfrentan
armados de picas. La casa ha sido el lugar habitado;
pero es también mucho más que eso, es
la memoria familiar, la historia. En el recuento de
las vidas de sus dueños, la casa, el yo lírico,
parece repetir otros versos de Dulce María Loynaz,
aquellos en que prometía: "Yo cuidaré
la casa y el jardín...", como si la permanencia,
una de sus preocupaciones fundamentales, pudiera lograrse
salvando la memoria(22).
Hay un tema que ya había sido tratado en Jardín:
el desmoronamiento de la casa abandonada llega acompañado
por la entrada de la tecnología en el ámbito
familiar. Como la casa y el jardín que Bárbara
habita deben ceder lugar al avance del progreso, aquí
la vieja casa señorial ve invadido su espacio
por las nuevas construcciones de cemento:
Soy
una casa vieja, lo comprendo.
Poco a poco --sumida en estupor--
he visto desaparecer
a casi todas mis hermanas,
y en su lugar alzarse a las intrusas,
poderosos los flancos,
alta y desafiadora la cerviz. (148)
La
llegada de las nuevas construcciones la cerca, la asfixia
y, lo más importante, le impide ver el mar. El
mar, ese mar que es para Loynaz la esencia misma de
la cubanía. "Criatura de isla" al fin
y al cabo, reconoce en él -y su casa con ella-
el alimento vital de su existencia, el mar tiene en
su obra, como en la de muchos otros autores cubanos
contemporáneos, desde José Lezama Lima
a Reinaldo Arenas, un lugar especial. La pérdida
del mar define el momento de la caída. Si se
deja de verlo, de olerlo, de sentirlo, se deja de ser,
o, al menos, se comienza a seguir el rito de la muerte.
Tal vez el mar no exista ya tampoco.
O lo hayan cambiado de lugar.
O de sustancia. Y todo: el mar, el aire,
los jardines, los pájaros,
se haya vuelto también de piedra gris,
de cemento sin nombre.(150)
La
pérdida del mar anuncia, con la sustitución
del movimiento perenne de las aguas por la impersonal
quietud del cemento (cementerio), la llegada de la muerte.
Por eso la inmediata mención a los "recintos
destinados a recibir la muerte colectiva" (150).
Porque el nacimiento y la muerte dejan de ser hechos
individuales únicos, familiares, para seguir
el mismo destino de las personas, el adocenamiento indistinto.
Todas sus quejas por las variaciones de la vida cotidiana
se refuerzan por la triste soledad de la vejez. La casa,
vieja ya, debe enfrentar sola su destino, la muerte.
Sin embargo, a pesar de la soledad y la tristeza que
ésta le provoca, la casa logra sobreponerse,
orgullosa de su resistencia, de su intocada capacidad
de defender la vida, propia y ajena:
Yo era... Pero yo soy todavía.
En mi regazo caben siete hornadas
más de hombres, siete cosechas,
siete vendimias de sus inquietudes.
Yo no me canso. Ellos sí se cansan.
Yo soy toda a lo largo y a lo ancho.
Y
oponerse a la indolencia de quienes la abandonan le
hace sobreponerse a la tristeza para exclamar, afirmándose:
La
Casa, soy la Casa.
Más que piedra y vallado,
más que sombra y que tierra,
más que techo y que muro,
porque soy todo eso, y soy con alma.
[...]
Y entonces, digo yo: ¿será posible
que no sientan los hombres el alma que me han dado?
(157- 158)
Esa
insensibilidad es la que hace a los humanos menos humanos
cada vez, es la causa de la caída final, de la
muerte que la casa asumirá, sin embargo, con
calma, con toda la prestancia del propio conocimiento.
No es su muerte, pudiera decirse, el detonante de este
largo lamento. Es la soledad a que se ve sometida, el
olvido de aquellos a quienes amó y abrigó.
A fin de cuentas, lo más lamentable no es tanto
la muerte como el cambio que la modernización
trae consigo. Por eso el inmenso reproche:
Pero,
de todos modos,
he de decir en este alto
que hago en el camino de mi sangre,
que esto que estoy contando no es un cuento;
es una historia limpia, que es mi historia:
es una vida honrada que he vivido,
un estilo que el mundo va perdiendo. (157)
Ese
es el centro del poema, la denuncia de esa pérdida
de la honradez, del disfrute de la compañía
humana. De ahí, de lo grave de su acusación
contra los hombres, el dramatismo de este poema, cuya
fuerza invoca la idea de texto representable (23).
Con él, una vez más Dulce María
Loynaz respondía a su propio reto: "Poesía
que deja al hombre donde está, ya no es poesía".
Publicada tardíamente en 1991, la breve colección
de poemas que es Bestiarium, irrumpe en el mundo
poético de Dulce María Loynaz para reclamar
el lugar que no ocupara en su momento. Este manual en
verso, nacido de una "ingeniosa broma" (24)
de su autora cuando, muy joven aún, se presentó
por segunda vez a examen de Historia Natural, fue su
manera de contestar a la intransigencia y el autoritarismo
de sus profesores. El Bestiarium, que fue recibido
con placer por la crítica cubana ha tenido ya
lecturas muy brillantes (25).
Así que intentaré no repetir lo dicho
y ceñirme a lo que el cuaderno en cuestión
puede sugerir.
Escrito como reacción a lo que su autora consideraba
una injusticia, resulta perfectamente explicable la
vocación beligerante del Bestiarium. En
sus breves poemas, Dulce María Loynaz parece
evitar enseriarse demasiado y, sin embargo, ese divertimento
se convierte, una vez leído en su totalidad,
en un contenido alegato contra el mundo que conocemos.
Refugiada en los fulgores de la miel y aprovechando
ciertos motivos vanguardistas, la poetisa enfrenta el
reino animal desde una perspectiva precozmente ecológica.
Su verso pondrá siempre al descubierto los desmanes
de la humanidad contra los animales indefensos. Así,
en muchos de sus poemas, que como propios de un bestiario
deberán aplicarse únicamente a describir
a los animales y, en última instancia, como sucedía
en los bestiarios medievales, a consignar los daños
que los animales, míticos o no, podrían
causar a las personas, lo que hallamos es, por el contrario,
el descubrimiento de la impiedad humana hacia las otras
especies (26).
El tema de la oposición entre hombre y animal,
se sugiere ya en la "Lección quinta",
dedicada a la mosca común, cuando introduce,
como al descuido, el verso: "en la escasa dulzura
de los hombres"; el tema se ampliará y reclamará
mayor atención en la séptima lección,
"Gusano de seda":
Él
se crea su mundo y se lo cierra:
(¡Sueña con romperle pronto con dos alas!)
Mas luego viene el hombre y de aquel hilo
--mínimo mundo, vuelo en la promesa--
hace un vestido para su mujer.
para
revelar su crueldad abiertamente en la próxima
lección, la mariposa padece:
oscura
y dura
tortura: |
|
| |
(Un
alfiler les clava la cintura
que brillara en el cáliz de una rosa...). |
Véase
aquí de qué manera el verso mismo parece
desarticulado. Los versos brevísimos, compuestos
a veces de una sola palabra, sugieren esa ruptura, esa
fragmentación que gana al cuerpo vivo con la
muerte. Cuando alguien clava una mariposa por su cintura
(y la sugerente humanización es evidente), destruye
todo un mundo vivo. En este mismo registro de
la crueldad ubicaríamos la "Lección
décimo séptima", dedicada al conejillo
de Indias, cuyo destino bien conocemos:
Por
todo un mes el conejillo
ha sido alimentado con raíces
tiernas y con jugosos
tallos de alfalfa y frescas florecitas...
Ahora está frente a un hombre calvo
que lo mira y le acerca
una aguja en la mano...
Por un momento el conejillo
lo ha mirado también... --Por un momento...--
con sus ojos rosados e inocentes...
Pero
estos son actos evidentes de crueldad contra los animales.
La muerte, que viene siempre de la mano del hombre,
se transformará luego, en otras lecciones, en
la crueldad festiva del zoológico o del circo:
El elefante "es viejo/ y come azúcar en
las manos/ de los niños..." (XVI); el león
debe aceptar dentro de su boca la cabeza de una ridícula
malabarista y será el oso, vejado en su proverbial
fiereza, quien tomará venganza:
El
oso baila y baila y baila
baila un foxtrot bajo la luna
de la esquina:
El oso baila con su traje
de lentejuelas y su gorro.
El oso baila, el hombre toca
el órgano.
El oso baila, el odio baila
en los ojos
del oso...
El hombre toca, toca el órgano:
toca... todavía (XVIII).
Las
repeticiones del sintagma "el oso baila" crean
un ritmo circular, repetitivo, una sensación
de noria, de juego inocente y atolondrado que se interrumpe
repentinamente y como por sorpresa nos advierte: "el
odio baila". Esa pequeñísima pero
trascendente variación implica un total cambio
de perspectiva. Con esa acrobacia lingüística
(para quedarnos en el ambiente circense), Dulce María
Loynaz trastoca el mundo "inocente" del inicio
e introduce así la enemistad latente entre hombre
y animal. Los puntos suspensivos, signo recurrente en
la obra de la autora, anticipan aquí esa vuelta
al reverso de la escena, reforzada por el sugerente
"todavía".
En otro registro se ubican "lecciones" más
poéticas, como la del ruiseñor, la araña,
la rana o el camello, de una sensibilidad abrumadora.
La del murciélago, que cierra el Bestiarium,
podría identificar esta zona del libro:
Recortado
del raso con que forran
las cajas de los muertos:
Gastador de óleos místicos
y sangre de corderos...
Tú
sabes los caminos de la noche
y en tu menudo cuerpo
caben dos glorias que jamás se unen
en otro ser: alas y pecho.
Y
aun más. Hay ciertos poemas en los que aflora
intermitentemente la sensibilidad vanguardista, en apariencia
muy alejada de esta autora. Como ya advertíamos
con respecto al Canto a la mujer estéril
esas señales de la vanguardia aparecen aquí,
una y otra vez, vinculadas sobre todo al futurismo y
sus alusiones mecánicas. De ese modo, el mosquito
no será otra cosa que un: "Diminuto aeroplano
en que viaja/ la fiebre amarilla.."; de la abeja,
se dan dos visiones, una dinámica y otra estática,
y el cocuyo será una "Lámpara sin
aceite y sin fanal". Esa vecindad inesperada, que
podría resultar sorprendente, no es más
que la naturaleza misma del talento. Dulce María
Loynaz aprovecha con igual fortuna la tradición
romántica o la modernista e incorpora elementos
de la cercana vanguardia, alcanzando siempre una sutil
coherencia.
Naufragar es perder asidero, irse a pique, zozobrar.
Es quedar desvalido en medio del mar o a la orilla de
una playa desconocida. Es enfrentarse a un futuro más
que incierto, es algo que puede cambiar nuestras vidas
en un solo minuto. Y Dulce María Loynaz eligió
esa palabra para nombrar sus Poemas náufragos,
libro que reuniría su "Carta a Margarita
Montero", su "Carta de amor a Tut-ank-amen"
y sus "Poemas del insomnio" con el inesperado
y exigente "La novia de Lázaro" (27).
Este último es un texto único en la poesía
de Dulce María Loynaz, un texto donde el sentido
de naufragio se invierte. Ahora el yo lírico,
la hablante poética, esta novia revisitada, no
padece por la falta de algo, por ausencia, sino por
una presencia que, repentinamente, le parece excesiva.
La historia de Lázaro, hermano de Marta y de
María, es muy conocida. Lázaro ha muerto
y Jesús obra en él el milagro de la resurrección.
Lázaro vuelve a la vida y Jesús gana el
afecto y la fe de algunos judíos. Esa es, digamos,
la anécdota. A partir de ella Loynaz inventa
otra historia, dándole un vuelco ejemplar. "La
novia de Lázaro" es, junto con la "Carta
de amor a Tut-Ank-Amen", uno de los poemas más
significativos de los reunidos en este libro. Si en
la "Carta de amor..." se reeditaba el viaje
de Orfeo, aquí es Lázaro quien regresa
de la muerte a la vida. Es como si a Orfeo se le apareciera
su Eurídice de regreso del Hades, sorpresivamente,
y no tuviera tiempo de reaccionar. El regreso de Lázaro
a la vida no será, como en los evangelios, bienvenido.
La amada, reticente, se pregunta si valió la
pena tanta espera.
Este motivo bíblico, mezclado con el mito clásico
de Ulises y Penélope - pues Lázaro no
tenía, según la Biblia, mujer alguna que
esperase por él-, ha sido reelaborado por la
Loynaz y el resultado es sobrecogedor. Por un lado,
se asocia a una zona temática frecuente en toda
su poesía, donde las referencias bíblicas
son abundantes; por el otro, interpreta metafóricamente
el motivo del regreso y consigue ofrecer un emocionado
monólogo donde la autodefensa y la sorpresa dominan
la voz femenina. Esa mujer inexistente (o ignorada),
nunca mencionada en las versiones conocidas, es rescatada
por Loynaz no sólo para que aparezca de una vez
en la historia de la resurrección de Lázaro,
sino también para que lo haga hablando por sí
misma y de sí misma; usando su voz para narrar
lo sucedido desde otra perspectiva y evaluarlo sin olvidar
su propio lugar en el mundo y en la anécdota
contada.
Como la "Carta de amor...", "La novia..."
es una larga invocación al hombre amado. Con
variaciones. Si en la Carta... la joven hablante
pretendía sustraer al faraón de la muerte,
esta novia sorprendida sólo atina a preguntarse
cómo fue posible la resurrección del amado
sin la participación de ella, a sus espaldas.
"Vienes
--le dice--; sin contar con más esperanza que
tu propia esperanza ni más milagro que tu propio
milagro. Impaciente y seguro de encontrarme uncida todavía
al último beso".
Pero
no es eso lo que hallará el resucitado, sino
a una mujer plena de dudas sobre el futuro, ese futuro
apenas con pasado, que se pregunta una y otra vez -quizás
impíamente (28) -
si el milagro valió la pena. Ella, abandonada
a la muerte del amado, repasa sus dudas una tras otra:
"No sé si es tarde o pronto para ser feliz.
De veras no sé; no recuerdo ya el color de tus
ojos". Y no puede asombrarse gustosa ante el milagro,
como todos. A ella, a quien directamente le concierne
esa resurrección, no le parece del todo incuestionable
y, apenas sin concederle a Lázaro la palabra,
libera su andanada de sentimientos contrapuestos y duras
palabras. Ella, de quien Dios o el destino han dispuesto
sin consultarla, se rebelará y exigirá
su propio lugar, su derecho a decidir. Ella ha sido
relegada a esperar, sólo a ser testigo del milagro,
aunque hubiera preferido participar: "Sólo
yo quedé atrás. Todavía en las
mieses de la mañana aquella, todavía en
el beso perdido entre las mieses. Todavía en
todo lo que ha dejado de ser, o no fue nunca".
La oposición entre ambos amantes se expresa con
total claridad en este fragmento:
Tuve
una noche larga... ¿No comprendes? Tu también
la tuviste, no lo niego. Pero tú estabas muerto
y yo estaba viva; tú estabas muerto y reposabas
en tu propia muerte como en un lago sin orillas, como
el niño antes de nacer en la remansada sangre
de la madre.
En tanto yo seguía viva con unos ojos que querían
taladrar tu tiniebla y unos huesos negados a tenderse
y una carne mordida, asaeteada por ángeles negros
rebelados contra Dios.
¡Tú estabas muerto y yo seguía viva
sintiendo el paso, el peso, el pozo de la noche que
se me había echado encima, incapaz de morir o
conmoverla!
Y
esa incapacidad reconocida al final de la imprecación,
su falta de poderes milagrosos, la imposibilidad de
conmover a la muerte con su llanto y el hecho de que,
como lamenta, "fue otro quien lo hizo", otro
el que resucitó a su amado, han provocado un
sentimiento de despecho del que será ya muy trabajoso
deshacerse: "yo me he quedado fuera del prodigio,
ajena a lo que hacían con tus labios, con tu
cuerpo, con tu alma, con todo lo que antes era mío...",
dice en cierto momento y ese "quedarse fuera",
ese sentimiento de exclusión la marcará
para siempre. Al punto de hacerla dudar sobre la necesidad
de esa resurrección, que le devuelve un hombre
distinto al que ella, también cambiada, ha amado.
Conciliatoria, sin embargo, en el último fragmento
de los seis que componen el discurso de esta novia despechada,
propone la unión. Hay que aprender todo de nuevo;
pero la duda vuelve, irreprimible, a asaltarla. ¿Es
que ella misma no ha cambiado ya? ¿Acaso no ha
renunciado ya a un amor que consideraba perdido? Y lo
recrimina: "Ah, te estremeces, Lázaro, porque
hasta ahora tú sólo has querido seguir
siendo tú mismo y no te has preguntado si yo
sigo siéndolo", reclamando abiertamente
su derecho a decidir. Luego, fúnebremente, concluye:
"Sí, yo soy la que ha muerto y no lo sabe
nadie. Ve y dile al que pasó, que vuelva, que
también me levante... Me eche a andar".
Sólo un milagro más, otro milagro, conseguirá
sacar a esta novia, a esta novia de noviazgo diferido
por la muerte, de su tristeza. Y Lázaro, el interlocutor
invisible, recibirá esa andanada de reproches
al volver de la muerte. Quizás "la novia"
es injusta. Pero no hace más que reaparecer y
apropiarse de su lugar en la historia. Esa mujer nunca
referida, a quien nadie pensó preguntarle si
deseaba o no la vuelta de su amado, osa enfrentar su
destino y la voluntad divina desde su femenina sensibilidad.
La novia de Lázaro contiene una fuerza
apenas predecible en la obra de Dulce María Loynaz.
La poetisa, que suele dialogar con Dios en su poesía,
lo hace por lo general de un modo contenido. Este desbordamiento
irreverente le es extraño. El monólogo
entrecortado de esa impía mujer que duda de la
obra divina y la cuestiona no parece salido de su pluma
pero, como ya sabemos, la paradoja es, para Loynaz,
la materia misma de la poesía.
Cada libro de poesía es, en la peculiar carrera
literaria de Dulce María Loynaz, un hito; cada
uno de ellos se distingue por lo que aporta al resto
de su obra, por su novedad, así como también
por el modo de reelaborar la herencia poética
y vivencial previa. Así, íntimamente ligados
por imágenes, ideas y sentimientos compartidos,
sus poemarios se organizan como la muestra coherente
de esa obra singular que sin dudas son.
notas:
-
Pedro Simón, "Conversación con
DML", en Valoración múltiple. Casa
de las Américas, La Habana, 1991, p. 47.
- "Dulce
María Loynaz merece un estudio aparte. Su poesía
en verso y prosa, y sobre todo su importante novela
lírica Jardín, donde el tema de la mujer
y la naturaleza (no abierta y telúrica, como
en María, sino alucinante y encerrada entre
los muros de la criolla quinta) alcanza una dimensión
romántica y religiosa de primera magnitud,
tendrán que ser cuidadosamente valoradas. Aquí
sólo podría repetir, con otras o parecidas
palabras, la nota que le dediqué en Cincuenta
años de poesía cubana. Prefiero indicar,
nada más, la sugestión de su aislada
y absorta obra, precisamente en relación con
lo cubano y con la esencial feminidad que es su secreto".
Lo cubano en la poesía. Letras Cubanas, La
Habana, 1970, p. 378.
- "El
Canto a la mujer estéril es un texto poco significativo,
inserto dentro de una retórica posmodernista
y muy inferior a otros de la época escritos
por la propia autora quien en esos momentos se encuentra
en proceso de exploración y búsqueda
de un instrumental poético y la consolidación
de un lenguaje personal..." Marilyn Bobes, "La
poesía del silencio", en Pedro Simón,
op. cit., p. 215.
- Fina
García Marruz, "Aquel girón de
luz...", en Pedro Simón, op. cit., p.
169.
- Raúl
Hernández Novás, en un fino trabajo,
había notado la relevancia de la imagen del
estanque en Juegos de agua, lo que resultó,
sin duda, un acicate para esta reflexión. Véase
"Del intimismo y sus conflictos" en Pedro
Simón, op. cit., pp. 227-233, y Asunción
Horno Delgado, "Juegos de agua: el imaginario
de Dulce María Loynaz en su escritura acuático-poética",
en Anthropos, 1993, núm. 151, p. 53.
- Aunque
la autora ha señalado que escribió su
novela entre 1928 y 1935, es decir, dos años
antes de publicar este poema, me referiré a
estos y a todos sus textos teniendo en cuenta sobre
todo la fecha de edición, porque me interesa
privilegiar una lectura contextual.
- Véanse
Annie Plasencia, "Bestiarium: testimonio inapreciable
de oficio poético", en Pedro Simón,
op. cit., pp. 391-396, y Nara Araújo, "Naturaleza
e imaginación: el Bestiarium de Dulce María
Loynaz", en Anthropos.
- "La
prosa" --ha escrito la autora-- "es un terreno
resbaladizo para muchos poetas; el descender a ella
implica siempre un salto en el vacío",
"Memoria acerca de Regino Pedroso", Casa
de las Américas, 1996, núm. 202, p.
97. Ese "salto en el vacío", ese
"descenso", lo ha realizado ella con magistral
dominio, por ejemplo, en su novela Jardín y
en muchos de sus poemas más significativos.
- En
puridad, el poema inaugural es el que da la clave
del título. Es "Juegos de agua" y
aparece aislado, precediendo las tres secciones del
cuaderno. La anécdota, si la hubiera, sería
la de los "juegos de agua" de la fuente.
En su aparente libertad, esta agua que juega tiene
bien delimitado su espacio de existencia. El salto
y la caída (la ascensión y la caída,
en sentido bíblico) son sólo ilusorios.
"(...)Esta es un agua sonámbula / que
baila y que camina por el filo de un sueño,
/ transida de horizontes en fuga, de paisajes / que
no existen...". El agua prisionera es instada
a salirse de sus límites, a deshacer las fronteras
que la cercan, a inundar, en fin, el mundo que la
rodea. Y esa inundación es el libro magnífico
donde el agua entra y sale de su taza de mármol,
va al río y sale del mar. En el libro, el agua,
por fin, será libre, como la poetisa en su
poesía, pues ya en sus Versos... confesaba:
"en mi verso soy libre, él es mi mar".
- El
libro abre con el antes aludido poema homónimo
y se divide en tres secciones: "Agua de mar",
"Agua de río" y "Agua perdida",
divididos a su vez en cinco partes de tres poemas
cada una, y esas subsecciones de tres poemas están
separadas, a su vez, por textos en prosa. Esta rígida
estructura no impide que al final aparezcan poemas
(como "El gato" o "Noé")
cuya inclusión resulta forzada.
- De
Soledades, galerías y otros poemas (1903).
- Uno
de los filósofos publicados por la prestigiosa
Revista de Occidente de Ortega, el Conde de Keyserling,
decía: "En este mundo, ordenado de forma
polar, los términos opuestos dependen unos
de otros de tan necesario modo, que quien establece
algo determinadamente positivo, establece al mismo
tiempo su negación, propia y personalmente".
Conde de Keyserling, El mundo que nace, trad. de Ramón
Tenreiro, Revista de Occidente, Madrid, 1926, p. 12.
- Marilyn
Bobes, "La poesía del silencio",
en Simón, pp. 213- 221, y José Olivio
Jiménez, "Notas sobre la poesía
primera de Dulce María Loynaz", en Antrhopos,
p. 35, han notado la importancia de los silencios
en la poesía de Loynaz. Rafael Marquina, por
su parte, afirmaba: "Esta es la palabra oscura
de Dulce María Loynaz rodeada de silencios.
Y esta palabra oscura que suena de ayer y dice mañana
y siempre, que llega del silencio y al silencio aspira,
que ha escapado de él como una chispa nos habla
de la hoguera, es en ella de una calidad ínclita
y purísima. Toda emoción, anticipación,
creación." Véase "Una poetisa
cubana", en Simón, p. 246.
- Ver
Rogelio Rodríguez Coronel, "Elogio del
agua y de la flor", en Anthropos, pp. 54 -56.
- "El
que no la vio --ha escrito-- no podrá nunca
imaginar lo que era La Habana en aquel momento: una
pequeña Viena, una París en miniatura,
un extracto de Buenos Aires, sin la sosera de tanta
calle ancha y descolorida. Porque La Habana era todo
eso; color, esplendor, refinamiento." En Fe de
vida, Letras Cubanas, La Habana, 1995, p.35. Otras
autoras han usado la ciudad natal como tamiz de su
cubanía: María Mercedes Santa Cruz,
condesa de Merlin, y Dolores María de Ximeno
y Cruz, en sus autobiografías hicieron lo mismo.
- "Como
yo soy criatura de isla, acontéceme que pienso
mucho en ellas. Creo auscultarles el corazón
y percibir el angustiado soplo de la víscera.
Creo saber más de su intimidad, de su naturaleza
singular, que aquellos que les miden cabos, montes
o puertos. Más de una vez he escrito sobre
ellas, y seguiré escribiendo si Dios quiere.
La mía, sobre todo, la tengo como un pájaro
exquisito que nunca toco sin un miedo oscuro de quebrarle
las alas." Un verano en Tenerife, Letras Cubanas,
La Habana, 1994 (1958), p. 118.
- "Debo
participarle que aún no he mandado a Madrid
los poemas en prosa. Todavía a pesar de su
exquisita comprensión sigo vacilando en el
asunto del nombre... Decididamente soy un Hamlet con
faldas", dice ella en carta a Ballagas del 10
de septiembre de 1952, en Virgilio López Lemus
(comp.),Dulce María Loynaz, Cartas a Chacón.
Cartas a Ballagas, CPLL/ ILL, La Habana, 1996, pp.
45-46.
-
Véase la detallada lectura de César
López, "Días en la casa de la poesía",
en Simón, pp. 354-384.
- La
autora ha dicho: "Si creyera en las premoniciones,
podría pensar que fue una de ellas, porque
yo estaba destinada a asistir a la dolorosa destrucción
de una casa. Pero cuando escribí el poema no
podía saberlo. También pudo ser una
coincidencia". En Simón, p. 61.
- Jesús
J. Barquet, "Testimonio de una destrucción:
Ultimos días de una casa, de Dulce María
Loynaz", Revista de la Universidad Veracruzana,
Xalapa, núm. 94, abril-junio de 1995, p. 161.
-
Me pregunto si no habrá aquí una velada
referencia a "La historia del hombre contada
por sus casas", de José Martí,
por la cercanía de perspectiva.
- Es
curioso como esta preocupación tomó
forma luego en obras posteriores: la edición
del Diario... de su padre, Enrique Loynaz del Castillo,
y la biografía de su esposo, Pablo Alvarez
de Cañas, son variantes de ese afán
memorizador y de rescate que ya había mostrado
en sus crónicas periodísticas.
- Tengo
entendido que hay versiones teatrales.
- Dulce
María Loynaz, Poesía Completa, p. 195.
- Véanse
los trabajos de Mirta Yáñez, "Didascálico
y poético", en Simón, pp. 385-390,
y de Nara Araújo, "Naturaleza e imaginación:
el Bestiarium de Dulce María Loynaz",
Anthropos, núm. 151, dic., 1993, pp. 65-67,
y "El alfiler y la mariposa, la sombra y la luz:
convención y transgresión en la poética
de Dulce María Loynaz", Iztapalapa, núm.
37, jul.-dic., 1995, pp. 141-156.
- Mirta
Yáñez ha calado bien en este poemario
y su sentido, llegando incluso a intentar llenar el
vacío de la lección décima con
su breve poema "Homo Sapiens".
- Hay
edición independiente. Betania, 1992.
- Refiriéndose
al poema, Loynaz ha dicho, como curándose en
salud: "No se podía asegurar que esa mujer,
enloquecida, no traspasara en algún momento
los límites de la irreverencia y hasta del
sacrilegio, ya que, una vez creada, yo no podía
detenerla", en Fe de vida, p. 79.
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