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al volver la vista atrás...
Ricardo Riverón Rojas |
Yo
sé que algún día pasará por
mi calle, pregonando violetas, una lindísima muchacha
llamada Sara Montiel, y que en sus ojos brillará
una luz que no será la que brillaba entonces.
También sé que aquel poeta, que en tales
circunstancias no nos parecerá trasnochado, al
mirar las golondrinas que anidan en las cornisas de la
biblioteca, afirmará que no son las mismas que
lo hicieron temblar bajo el temblor de un beso: aquellas
no volverán, jurará, aunque vuelva el
fervor por lo que ayer parecía irrepetible.
En la radio, con su voz de miel, Estela Rabal nos dejará
convencidos de que es un suave terciopelo la medialuz
de amor, en tanto Beny Moré unirá el
hoy con el ayer en mítica superposición
capaz de ignorar los designios de Cronos.
El gusto por lo retro, la devoción por el remake,
la certeza de que el pasado, además de irrepetible,
se reviste de calidades que ni las frutas más utópicas
podrían destilar, parece haberse convertido en
la piedra de toque de la sensibilidad del hombre actual,
moderno o postmoderno, qué importan las categorías:
nuestros padres cuelgan en sus fotos con caras de niños,
las corbatas de nuestros uniformes escolares son tan anchas
como prados para que pasten ilusiones y quepan monogramas.
Vuelve el corazón a desbordarse ante un espejo
y nos pone frente el culto de lo que se fue. El pasado
es azul. El pasado es sutil. El ayer es un vino más
dulce cuanto más añejo.
Muchas veces me he preguntado, porque yo mismo soy de
los que se estremecen cuando un recuerdo resucita, si
tal veneración no parte de la certeza de que todo
pasado nos dejó mucho jugo por extraerle cuando
era hoy; si lo que amamos en lo ido no es precisamente
lo que no fue pese a que pudo serlo. Por tal camino, entonces,
sólo alcanzo a desmentir a César Portillo
de la Luz en tanto afirmo que no son las horas de amor
y de dicha las que vale la pena guardar, sino las
horas que pudieron ser de amor y de dicha y se quedaron
en el esbozo, en la maqueta, en el pespunte.
Si como afirma el poeta Félix Luis Viera, la historia
de los hombres se hace también de las cosas que
no fueron, aunque fueran sueños, ahora yo estuviera
sentado en un portal, ante un paisaje de flamboyanes en
flor y palmas en el fondo de un valle; con aquella muchacha
llamada Ilka -a medialuz los dos- poniéndome
un ramito en el ojal; mis hijos leerían
toda la poesía que escribo y mis padres, orgullosos
de mí, mostrarían a todos mi talento y mi
soberbia: la imagen de un retoño que le dice al
mundo verdades imprescindibles. Por supuesto que no tendría
-¡por nada del mundo!- que explicarle a nadie por
qué actúo de una forma u otra, por qué
digo lo que pienso y no lo que quieren que grite, ni sería
necesario cortarle las pezuñas al oportunista y
al demagogo, porque los oportunistas y demagogos no existen:
el ayer es blando y de cristal. Cobraría un salario
digno, adecuado y suficiente, publicaría mis libros
en menos de tres meses y viajaría con frecuencia
a esos parajes que algún día estarán
en las polícromas postales...¡Ah, que
tú escapes!...
Todo hombre mira a su pasado con tal ingenuidad que olvida
su presente: el hoy con sus cargas, su estrés,
su gravedad terrestre, sus cefaleas. El pasado pasó
y en él estamos ante las puertas de nosotros mismos
-¡cuán claramente nos vemos con esas ganas
de romperlo todo! Creemos en todo. Todo es posible y piensa
suceder de pronto un día. Cuántos no quisiéramos
vivir de nuevo en el pasado para hacerlo todo al revés
de como estuvo. Yo, por ejemplo, tal vez fuera matemático
o cartomántico, esgrimista o reparador de frenos.
¿Quién sabe? Pero sobre todo nunca sería
el que tira la mano y esconde la piedra, el que da la
espalda a la hora de encender la hoguera y se deja a sí
mismo colgando hacia el futuro.
Claro que si me dieran a escoger viviría de nuevo,
y de otra forma, aquellos años cincuenta de mi
infancia y sesenta de mi adolescencia, con John, Paul,
George y Ringo llorando, gentilmente, con sus guitarras,
los Mustang vendiendo globos rojos y las noches con ese
sabor inédito a paz que jamás he vuelto
a percibir. Claro que este yo de los noventa volvería,
con gusto, a vivir en los sesenta para arreglar las cosas
que dejó inconclusas, las citas a donde no acudió,
lo nunca concebido, lo que devino hoy por el camino muerto,
¡claro que volvería!, y llevaría conmigo
cuanta sonrisa me ha sonreído, cuanta mujer me
ha besado, cuanta vanidad me ha sido satisfecha o proscrita.
Ese nuevo yo, hecho entonces de una síntesis del
que soy -o quiero ser- en los noventa y del que fui -o
dejé de ser- en los sesenta, con toda seguridad
incluiría en su inventario de cosas insalvables
aquellos aretes que le faltan a la luna, algunos
volúmenes de poesía coloquial, un pantalón
campana, un vaso de guachipupa de fresa, ciertas
rosas en el mar y otro libro en ruinas que cada
año me recomienda con pasmosa insistencia que ponga
los pies sobre el asfalto, porque las estirpes condenadas
a cien años de soledad no tienen una segunda oportunidad
sobre la tierra. Publicado
en Huella 5-93 (septiembre-octubre de 1993). Santa Clara.
Cuba.
Ricardo
Riverón Rojas (Villa Clara, 1949). Poeta,
editor y crítico. Fundó en 1990 las Ediciones
Capiro, que hoy dirige, además de la Revista
Signos. Integra el Consejo Editorial de la Revista Umbral.
Tiene publicados los libros Oficio de cantar
(1978), Y dulce era la luz como un venado (1989),
La luna en un cartel (1991), La próxima
persona (1993) y Azarosamente azul (2000).
Obtuvo el Premio UNEAC de testimonio 2002.
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