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Para estos minutos de parada en la estación escogemos tres textos referidos a la narrativa hecha por mujeres en Cuba, los cuales, sin dialogar a la usanza de la controversia, enfocan un mismo fenómeno desde aristas diversas. El que encabeza, de la ensayista Luisa Campuzano, revisa el campo narrativo de los últimos años; el que le sigue trae al ruedo a la investigadora holandesa Nanne Timmer con su peculiar análisis de la novela de Ena Lucía Portela El pájaro: pincel y tinta china; en tanto el cierre corresponde a Nina Menéndez y su estudio alrededor del feminismo y las posturas en la década de 1920 cubana ante el lesbianismo, a partir de la novela La vida manda, de Ofelia Rodríguez Acosta.

Narradoras cubanas de hoy: un mapa de bolsillo.
Luisa Campuzano

Paisaje
Amelia Peláez
A diferencia de otras literaturas latinoamericanas, la cubana no se caracterizó en los años setenta y ochenta del siglo pasado por el desarrollo de una narrativa escrita por mujeres. (Sobre esto y lo que considero algunas de sus causas he publicado artículos a los que remito a lectoras y lectores.(1))
Sin embargo, en la segunda mitad de los noventa, década en la que Cuba experimentaba una drástica contracción económica que repercutía en todas las esferas de la vida, se produjo una eclosión de la narrativa femenina que a finales de siglo se ha convertido en una de las marcas de la literatura cubana de hoy.
A comienzos del "período especial" -como recordó Luz Elena Gutiérrez de Velasco en la inauguración del Coloquio de la Casa de las Américas del pasado febrero- un grupo de cubanas recién iniciadas en el estudio de la literatura escrita por mujeres -al que se unieron escritoras, escritores y una artista- fuimos invitadas por el PIEM de El Colegio de México, con el coauspicio de la UAM-I, para hablar de la obra de autoras cubanas en el que sería el primer congreso sobre la producción literaria de las mujeres de Cuba. Pese a que tanto nuestras huéspedes como nosotras nos preparamos lo mejor que pudimos y los trabajos fueron muy serios, los resultados, en sentido general, no pudieron ir más allá de constatar la realidad de que existía una larga e importante tradición de literatura de mujeres en Cuba, pero que ésta se había interrumpido o congelado en los últimos años, particularmente en lo concerniente a la narrativa.
En el 93, año terrible no sólo de la Revolución francesa, sino también del "período especial", en cuyo inicio la imposibilidad de publicar libros y revistas aconsejó multiplicar las antologías, el malogrado Salvador Redonet había incluido en su recopilación de la "ultimísima" cuentística cubana (2) a algunas muy jóvenes autoras, sobre las que él volvería por esos años, entre otros trabajos, en uno inédito -y al parecer perdido-, "Doce mujeres en pugna", cuyo título recuerdo a manera de indicio de cuántas llegaron a ser entonces nuestras noveles narradoras. Poco después Nara Araujo publicaría en Brasil una especie de esbozo preliminar de la poética de estas "novísimas" y "posnovísimas", en la que establecía un contraste ideoestético entre sus textos y los de autoras pertenecientes a promociones anteriores. (3) Pero, salvo contadísimas excepciones, estas jóvenes no tenían a su haber más que algunos cuentos inéditos, recogidos por Redonet en ésta y otras antologías, o aparecidos en algunas revistas. Y ya porque no siguieron escribiendo, o por otras razones, muchas desaparecieron rápidamente del paisaje de las letras de la Isla, donde algunas pocas narradoras de las décadas precedentes o hacían muy escasas contribuciones al género o no podían publicarlas por las razones ya aducidas.
Pero a mediados de los noventa ésta situación empieza a revertirse. Como he dicho en otra ocasión, grupos de académicas, escritoras, artistas y comunicadoras, con apoyo institucional o sin él, comienzan a organizarse y a imaginar programas y acciones, convencidas de la urgencia de intervenir con sus prácticas culturales y profesionales específicas en la azarosa contemporaneidad de la mujer cubana, para promover la asunción de una conciencia de género, otorgar mayor visibilidad a su historia y sus realizaciones culturales, y reforzar por esta vía la autoestima, tan necesaria en momentos de crisis e incertidumbres. (4)
Me parece que las más evidentes muestras del cambio en la narrativa de mujeres en Cuba son las que se manifiestan -para utilizar un terminus post quem bien conocido y consagrado- a partir de la aparición, primero, de Alguien tiene que llorar, de Marilyn Bobes, libro de cuentos ganador del Premio Casa de las Américas de 1995, donde se abordaban nuevas temáticas relativas a la condición femenina desde una perspectiva y una sintaxis narrativas totalmente diferentes.(5) Y estas muestras del cambio también se evidencian, muy marcadamente, con la publicación en 1996 de Estatuas de sal, primera recopilación antológica de textos narrativos de escritoras cubanas, preparada por la también narradora y poeta Mirta Yáñez y por Marilyn Bobes, y concebida como amplio panorama de una larga tradición que serviría a las autoras contemporáneas como genealogía legitimante, al tiempo que se presentaba como abundante compendio ilustrativo de la producción de las últimas décadas, de la cual no se excluía a las autoras que vivían y producían fuera, aunque escribieran en otra lengua. Poco después dos importantes revistas dedicaron sendas entregas a las mujeres cubanas y a la producción cultural femenina: Temas (no. 6 de 1996) y Unión (no. 1 de 1997), y contemporáneamente jóvenes narradoras comenzaron a obtener los más reconocidos premios nacionales: Ena Lucía Portela, el "UNEAC" de novela en 1997; Adelaida Fernández de Juan, el "UNEAC" de cuento en 1998; Anna Lidia Vega y Mylene Fernández Pintado, el "David" de cuento en 1997 y 1998, respectivamente.
No se me oculta que presentar y comentar, aun sucintamente, un corpus que surge y se articula en tan breve tiempo, reclamaría por lo menos un intento de establecer sus relaciones de intercambio con la historia más reciente de Cuba, de revelar las estrategias de su participación, como práctica y producción culturales, en la compleja, dinámica y conflictiva constitución del orden social de estos años, de la producción de transformaciones (y también de resistencias) que están teniendo lugar en la Isla. Pero sobre todo, si pretendiera efectuar una lectura atenta de estos textos, no desconozco que sería de la mayor importancia recordar, siquiera brevemente, las dimensiones de la crisis, su impacto en la mitad femenina de la población cubana, la contradicción entre las condiciones de vida alcanzadas por la mujer en el período revolucionario, su retroceso a comienzos de los noventa, y los modos y cambios con que ellas han intentado sortearla. Por otra parte, también sería imprescindible conocer el rico proceso de la cultura y la narrativa insulares en la última década, marcado por la experimentación formal y la asunción creativa de corrientes del pensamiento y el arte contemporáneos, así como por el desarrollo de una crítica más documentada y polémica, en cuya dinámica han intervenido protagónicamente las revistas literarias y culturales, que no sólo han alcanzado mayor rigor en la selección de lo que publican sino también una apertura en el diapasón de las ideas y de los nuevos temas que abordan, entre los que la producción textual de nuestras autoras y la condición femenina comienzan a ocupar un espacio mayor.
En sentido general, los textos de estas autoras de finales de los noventa tematizan de modo más o menos explícito las distintas dimensiones sociales y, en particular, morales de la crisis, y su repercusión en el ámbito público y privado. Pero todas no centran su interés en referentes fácilmente localizables en la cotidianidad de la vida familiar o del trabajo, súbitamente trastornada por el llamado "período especial", sino que los abordan lateralmente, desde el humor y la ironía, los rozan o aluden en textos que a simple vista no parecen tener relación con ellos, o, por lo contrario, sobrepasan las expectativas de los lectores y lectoras con extraños personajes, espacios y problemáticas que emergen de pronto en estos años. Como se ha señalado por la crítica, las escritoras más jóvenes por lo regular eluden toda referencialidad al contexto social y a un ámbito que no sea el más inmediato, personal, o de grupo; y asumen un discurso de lo individual, de un autoconocimiento que permanentemente se niega o se cuestiona. Son las llamadas posnovísimas, y su producción, expresada a través de formas de poderosa y notable creatividad, se inscribe en una poética transgresora y desestabilizadora que se explayará en los textos de las novelistas que publican en estos años y en un libro sui generis de ficción y ensayos.
Por otra parte, casi todas abordan temas que antes apenas se trataban o que se consideraban tabúes -las sexualidades, el erotismo, la prostitución, la violencia doméstica, la pedofilia, la drogadicción-, mientras que las más jóvenes pueblan sus relatos de personajes "raros", otros que se mueven sin rumbo cierto por espacios cerrados y en cierta medida marginales. Al mismo tiempo, lo fantástico discursivo -tanto en estado "puro" como "instrumental" (en narraciones que lo relacionan con la religiosidad afrocubana o con la ciencia ficción: Gina Picart, El druida)- reaparece en conocidas autoras de promociones anteriores (Esther Díaz Llanillo, Cuentos antes y después del sueño; María Elena Llana, Castillos de naipes), y comienza a ser practicado por otras (Aida Bahr, "Tía Emma", "Soñar", Ana Luz García Calzada, Historias del otro) y aun por las posnovísimas (Karla Suárez, "El ojo de la noche" y "En esta casa hay un fantasma", Anna Lida Vega, "Alguien entró volando").
El recorrido temático que ahora les propongo es una de las posibles cartografías de este corpus, la que pretende, primero, indicar someramente -sin entrar en las complejidades de su urdimbre- las relaciones de estas narraciones con su contexto inmediato de producción, y después, anotar los nuevos caminos que abren a la indagación de la condición femenina cubana actual las narradoras de fines de siglo, es decir, de estos verdaderos y nada épicos "años duros" cuya severidad han sufrido fundamentalmente las mujeres, ya que pese a todos los avances y ventajas alcanzados por ellas en años precedentes, las sociedad cubana sigue siendo eminentemente patriarcal, condición exacerbada, por supuesto, en una situación de crisis.
Así pues, las carencias, el resurgir -con las remesas familiares, el turismo y las empresas de capital mixto- de las diferencias económicas, y, sobre todo, el deterioro moral y las incertidumbres que estas pueden generar, se abordan realista y enfáticamente por ejemplo, por una narradora como Nancy Alonso ("No renegarás", "La paja en el ojo ajeno"). Pero en mayor medida, estas carencias e incertidumbres se tratan desde una perspectiva sesgada o distante, en la que el humor y la ironía subrayan las paradojas que todo esto implica en una sociedad que había sido programáticamente equitativa; y ésta es la perspectiva, por ejemplo, de autoras como Aida Bahr ("Ausencias"), pero sobre todo como Adelaida Fernández de Juan ("Antes del cumpleaños", "Ay, Carlos"), Mylene Fernández Pintado ("Alejandro Magno") y Anna Lidia Vega ("La encomienda")
Vinculada con la crisis y tratada por casi todas las narradoras directa o tangencialmente, de modo explícito o alusivo, la emigración, en sus diferentes dimensiones, parece constituir el motivo dinámico que articula textos de factura e intenciones muy variadas. Así, el retorno de algunos personajes que residían en Cuba a sus países de origen (Fernández de Juan, "Clemencia bajo el sol", Alonso, "Ofrecer el corazón"); o el viaje de cubanos y cubanas ya no sólo en misión internacionalista o en función de trabajo, sino para sortear provisional o definitivamente las penurias del "período especial" (Alonso, "Falsos profetas", Fernández de Juan, "Viaje a Pepe", Suárez 1999 , "Una nueva estación", Fernández Pintado, "Mare Atlanticum"), sirven tanto para contrastar el presente con el pasado, como para interrogar un futuro que se presiente incierto, y para indagar en los derrumbes morales y los desafíos emocionales e identitarios que experimentan los personajes.
Pero en esta narrativa de mujeres habrá un énfasis particular en el tratamiento de los conflictos que promueve la emigración para quienes se quedan, ya sea una anciana a quien el marido le llevó al hijo que ahora regresa de visita y cargado de regalos, o un niño traumatizado por la partida de una madre que ha constituido una nueva familia en el Norte, como se lee en dos cuentos de Anna Lidia Vega ("Tan gris como su nombre" y "Erre con erre"). Y en esa dinámica contrastiva de presente y pasado, también se abordan ocultos conflictos familiares a partir de la historia de una hermana que se queda y un hija que decide escapar para no irse con su madre: de eso trata Aída Bahr en "Blanco y negro"; o, a través de la narración de un regreso, se induce a reflexionar sobre las circunstancias que presidieron hace veinte años las salidas por el Mariel y sobre los modos de pensar y actuar "entonces", lo que narra la siempre severa Nancy Alonso en "Diente por diente".
El tema de los balseros, ampliamente presente en la cuentística masculina contemporánea, encuentra en las autoras que lo tratan un nuevo enfoque a partir de la narración de personajes femeninos que desde la Isla presencian el retorno del que ha fracasado en el intento: este es el tema de "El séptimo trueno", de Nancy Alonso; o no pueden asimilar una muerte inaceptable (es el caso de "Espuma", de Karla Suárez). Pero también la presunta salida clandestina del marido que asediaba a la hija puede servir de seguro alibi a una madre muy decidida a protegerla, como cuenta Aida Bahr en "Olor a limón". Por otra parte, con los avatares de emigrantes llegados a los Estados Unidos, Mylene Fernández Pintado ha conformado todo un ciclo cuentístico que, sin estridencias ni monsergas, al tiempo que traduce la fascinación que, parejamente con una vieja repulsión, este país ejerce sobre el imaginario individual y nacional, deconstruye la mitologización popular de lo que en argot cubano se llama la "Yuma": "El día que no fui a Nueva York", "El vuelo de Batman", "Cosas de muñecas", "Vampiros", "Vivir sin papeles".
Al presentar hace cinco años el libro de Marilyn Bobes y comentar uno de sus textos, "Pregúntaselo a Dios", yo decía que la reaparición y reconceptualización de la prostitución en Cuba podía entenderse como una suerte de emigración que no siempre conducía -como en el caso de la protagonista de este cuento- fuera de las fronteras de la Isla, sino que sobre todo se dirigía hacia esas zonas otras de la geografía nacional surgidas recientemente y destinadas al turismo y, en general, a los extranjeros. En "Aniversario", Karla Suárez explora crudamente a través de las experiencias y la desnuda voz de su protagonista narradora estos desplazamientos hacia esos rutilantes y engañosos espacios.
La otra vertiente temática fundamental de la narrativa femenina de estos años es la que se ocupa, por una parte, de todo aquello de lo que antes no se hablaba, de los tabúes vinculados a los cuerpos silenciados o escamoteados en décadas -y siglos- precedentes; y, por otra parte, de la reflexión, en ocasiones metatextual, sobre la escritura como espacio de duda y realización de las mujeres. En ese sentido, este segmento del corpus va a otorgar visibilidad tanto a las formas más violentamente sutiles de represión "privada" de la mujer, como a sus estrategias letradas de rebelión frente a ellas.
Víctor Fowler ha estudiado el retorno a las letras cubanas de los noventa de un tema cancelado drásticamente en los setenta: el homoerotismo,(6) que a partir de su entrada en la narrativa escrita por mujeres con Ena Lucía Portela -quien ha hecho de la identidad lésbica uno de los principales objetos de su indagación -"Dos almas perdidas nadando en una pecera" (1990), "Sombrío despertar del avestruz" (1996), "Una extraña entre las piedras" (1999)-, ha encontrado espacio, en función de distintas búsquedas, en otras autoras como Marilyn Bobes -"Alguien tiene que llorar"-, Anna Lidia Vega -"La estola" y "En familia"-, Aymara Aymerich -"La mujer en el espejo de la columna" (2000)-, Karla Suárez -"La Estrategia" (2001). Al mismo tiempo, el incesto y la violencia sexual -siempre ignorados, siempre negados- entran en la narrativa femenina con autoras como Aida Bahr con el ya aludido "Olor a limón", con Anna Lidia Vega ("Performance de Navidad",), con Karla Suárez ("Un poema para Alicia") y con Ena Lucía Portela ("Desnuda bajo la lluvia").
Por otra parte, los "raros" y las "raras" de todo rango, sus relaciones grupales, así como algunos espacios de selectiva marginalidad, pueblan la narrativa de Ena Lucía Portela, unas veces al servicio de ese humor pérfidamente culto que va instalándose como rasgo distintivo de su hacer, y otras, constituyéndose en ejes de la trama de algunos de sus textos -"La urna y el nombre (un cuento jovial)", "Un loco dentro del baño" y "Al fondo del cementerio" (1999). "Raros" y "raras", también su dinámica de grupo, y espacios particularmente hostiles -solo en cierta medida relacionados con esos bajos fondos "light", de frikis y empastillados, tan presentes en la cuentística masculina desde fines de los ochenta-, caracterizan, con su torva agresividad, la más temprana poética de Anna Lidia Vega -"Collage con fotos y danzas" e "Instalación con basura" (1998), "Rara avis" (1998)- dejando lugar en sus últimos cuentos a cierto humor negro muy bien administrado -"Esperando a Elio" (2001).
Como dijera Araujo en el artículo antes citado, los temas y conflictos tradicionalmente "femeninos" han desaparecido de los textos de la mayor parte de las novísimas, pero en otras escritoras jóvenes y también en esas, aunque, por supuesto, con otras formas e intenciones, pueden abordarse -entre otros- las incertidumbres, derrumbes y torpezas de las relaciones de parejas de toda edad (Bahr, "Ritual de la despedida", "Pequeño corazón", Fernández de Juan, "El regocijo", "Las aparecidas", Fernández Pintado, "El oso hormiguero", Suárez, "Elena & Elena" (1999).
Otro tema que emerge en los textos de estas autoras, en muchas ocasiones como escenificación, es el de la escritura, dando a la reflexión -tanto en su sentido especular como de pensamiento- sobre el oficio de escribir y el mundo de las letras, un énfasis antes inexistente, lo que al margen de otras consideraciones, sin dudas subraya la importancia adquirida para ellas, en tanto mujeres, por un espacio al mismo tiempo de riesgo y libertad, de indagación íntima y realización personal, de búsqueda formal y proyección pública, de aceptación o rechazo de patrones y autoridades establecidos: Bobes, "¿Te gusta Peter Handke?"; Fernández de Juan, "Bumerang"; Vega, "La estola" y "Gente rara" ; Portela, "El viejo, el asesino y yo"; Aymerich, "Ejercicios de escritura"; Melo, "Examen de la obra de Alberto G.". Tal vez sea este el mejor momento para recordar, en un recorrido tan rápido, ese unicum de Margarita Mateo, Ella escribía poscrítica (1995), en que se funden ensayo y ficción para exorcizar desde el abordaje de diversas manifestaciones culturales y el análisis de poéticas y pensamiento contemporáneos, no sólo los demonios de la azarosa contemporaneidad en que se producen o se discuten estas textualidades y estos temas, sino del entorno vital desde el que escribe y sobre el que también reflexiona la autora, omnipresente en sus distintas personae.
Finalmente, en este período han aparecido diez novelas, la mitad de las cuales, mayormente de signo histórico tradicional, pertenecen a autoras de larga trayectoria, como Mary Cruz -Colombo de Terrarrubra (1994), Niña Tula (1998), El que llora sangre (2001), a la que acaba de añadirse Tula- y Marta Rojas -El columpio de Rey Spencer (1996), Santa Lujuria (1998). Entre las escritoras noveles -aunque con experiencia en los medios-, Margarita Sánchez?Gallinal , con Gloria Isla (2001), también sondea el transcurso nacional a través de su imbricación con la historia de una familia. En Minimal son (1995), Ana Luz García Calzada escudriña igualmente las relaciones de familia y sus conflictos, en un lapso, sin embargo, más cerrado y cercano, y con un lenguaje narrativo que exhibe demasiado un experimentalismo bastante rebasado por poéticas más subversivas. Pero Karla Suárez, y sobre todo Ena Lucía Portela, aportan a la novelística cubana de estos años un nuevo decir. En Silencios (1999), Súarez narra con la mayor efectividad expresiva y, al mismo tiempo, con una gran economía de medios, una moderación y una distancia a las que también alude el título, la formación de una joven en los últimos treinta años del siglo, que se proyectan en la novela a través de los conflictos de su familia y de los amigos más cercanos con la sociedad y con la historia que tanto los ha marcado, que tanto ha demandado de ellos. Por su parte, Ena Lucía Portela, con El pájaro: pincel y tinta china (1998) y La sombra del caminante (2001), ha otorgado ámbito y aliento mayores a ese continuum narrativo que es su obra, sin duda el más nutrido, ambicioso y logrado corpus de esta década, por el que desfilan y se intersectan personajes que en su mayoría pertenecen a un pequeño mundo intelectual, underground y bastante sórdido, desde el que cínica e intensamente es presentado el entorno social, entre bromas y humor que no perdonan a nadie ni a nada. Una tercera novela suya, Cien botellas en la pared, se traduce al francés y será publicada por Seuil este año.
Por suerte, habría mucho más que decir. Queda todo el capítulo de las escritoras cubanas que viven y producen en otros países: tanto las instaladas en ellos desde hace décadas, como las que se fueron hace poco; las que comenzaron a escribir allá, o las que ya tenían una obra acá. Y, por supuesto, las relaciones de todo orden entre su producción y lo que escriben las narradoras que viven en la Isla, relaciones que a veces resultan bien interesantes. Quedaría también por reseñar el amplio espacio que comienzan a ocupar nuestras autoras en la crítica contemporánea, sobre todo en el extranjero: la seriedad con que se abordan, en buena medida, sus textos; pero al mismo tiempo la superficialidad con que a veces son estudiadas en virtud de "la moda Cuba", y lamentablemente no solo en el extranjero, sino también en nuestro entorno. Esto sería aplicable igualmente, tanto en lo positivo como en lo banal y negativo, a las antologías de narradoras, que con frecuencia repiten los mismos cuentos o recogen la efímera producción de quienes sólo han escrito unas líneas.
Por último, una excusa y una aclaración. Si apenas me he detenido a señalar lo que significan la mayoría de estos textos escritos por mujeres en tanto realización estética, o como escritura femenina, es porque he preferido subrayar el valor que tiene el universo simbólico vehiculado por ellos para la interpretación, por lectores y lectoras cubanos, de nuestra realidad social contemporánea, y, más allá, su significación como instancia cultural en cuyo entramado son pensadas las transformaciones de los últimos tiempos y se proponen distintas respuestas a nuestra realidad contemporánea.

Notas

1. Luisa Campuzano. "La mujer en la narrativa de la Revolución: ponencia sobre una carencia" (1984), en: Luisa Campuzano. Quirón o del ensayo y otros eventos. La Habana: Letras Cubanas, 1988, 66-104; y Luisa Campuzano. "Cuba 1961: los textos narrativos de las alfabetizadoras. Conflictos de género, clase y canon", en: Unión, no. 26, La Habana, en.-mar. 1997, 52-58.

2. Los últimos serán los primeros. Salvador Redonet (ed.). La Habana: Letras Cubanas, 1993.

3. Nara Araújo. "A escritura da mudanca: novíssimas narradoras cubanas", en Rompendo o silencio. Márcia Hoppe Navarro (org.) Porto Alegre: UFRGS, 1995.

4. Luisa Campuzano. "Ser cubanas y no morir en el intento", en: Temas, no. 5, La Habana, en.-mar. 1996, 4-10.

5. Luisa Campuzano. "La voz de Casandra. Para presentar alguien tiene que llorar, de Marilyn Bobes", en: La Gaceta de Cuba, no. 4, jul.-ag. 1996, p.52-53.

6. Víctor Fowler. "En apenas una década...", en: Víctor Fowler. La maldición: una historia del placer como conquista. La Habana: Letras Cubanas, 1998, p. 141-160

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