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Entre
los acontecimientos más destacados del noviembre
literario pasado estuvo la visita de la escritora argentina
Luisa Valenzuela a Casa de las Américas. La institución
celebró la segunda edición de la Semana
del Autor, que incluyó charlas y conferencias
alrededor de la obra de la escritora y concluyó
con la presentación de la edición cubana
de su novela Como en la guerra. Reproducimos a continuación
una de las charlas protagonizadas por Luisa en estas
jornadas, donde aprovecha para desplegar su particular
manera de entender la narración corta.
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| Desde
el cuento y sobre cuentos
Luisa Valenzuela
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¿Qué
encuentro cuando encarno un cuento? Un cuento necesita
encontrar una respiración, un aleteo, un ritmo
y la voz que va a contar el cuento. Porque en realidad
no estoy contando; es decir, no estoy hablando: estoy
escribiendo. No es la anécdota implícita
lo que más me interesa -en absoluto-; es sobre
todo la forma de narrarla.
Catherine Mansfield escribió muchos años
atrás en su diario, que recién ahora fue
publicado bajo el título Textos privados:
"Es de noche, tarde, y me comí un hombre
tan insípido que no pude digerirlo. Está
por publicar una antología de cuentos y dijo
que cuanta más trama tuviera el cuento que yo
le diera tanto mejor. Qué tal esa palabra. Me
puso los pelos de punta. Un libro de cuentos con trama...
por favor. La gente es rara".
Eso dijo, y eso que sus cuentos tenían trama,
pero sobre todo tenían como ondas sicológicas
y percepciones de las sutilezas del mundo de las mujeres
y del mundo cotidiano que perforaban esa realidad y
contaban otra cosa.
En ese aspecto puedo decir que yo también soy
rara, pero en sentido contrario al antólogo de
Mansfield, y por eso exijo de un cuento algo mucho más
comprometido que la simple trama o anécdota,
algo que comprometa todo el ser, no como obligación
y/o imposición sino como implicancia.
La historia que pretende ser narrada, que reclama o
busca o intenta ser narrada, me impone un requisito:
que yo logre dar con el justo hilo narrativo y que sepa
tirar de él con la tensión perfecta. Ni
con excesiva fuerza o apuro como para que el hilo se
rompa ni con la desidia y el desentendimiento tan proclives
a que la narración se ablande, pierda mi fuerza
y solo quede el enredo del hilo.
Escribir un cuento debería ser como pescar: el
saber tirar de la línea con la presión
o la tensión exactas; o como empinar un papalote.
Yo prefiero la metáfora del papalote. Al fin
y al cabo, al pescar solo se puede obtener un animalito,
en el proceso de lucha o de agonía, que acaba
por morir de asfixia. Y hay cuentos que sin duda se
mueren de asfixia.
En cambio, con el papalote se alcanza y aspira al espacio
vibrante. Pero uno tiende a querer aflojar el hilo y
dejarlo caer y, por ejemplo, interrumpir todo lo que
está haciendo para hacer esa perentoria llamada
telefónica o hacerse un café o salir a
tomar aire. Cualquier cosa con tal de evitar a toda
costa la escritura.
Pero si se ha dado el milagro de tener el hilo entre
las manos, dejarlo de lado aunque sea por un rato puede
significar perderlo. Pero, ¿vale la pena la constancia?
¿Habrá algo allí en la otra punta?
¿No se nos habrá escapado el papalote?
¿Habremos pescado algo? Esa es realmente una
pregunta seria y un desafío, pues a veces uno
está trabajando y trabajando y de golpe no hay
nada en la línea, el papalote se ha ido. A veces
sí logramos transmitir los mensajes y la situación
se enriquece mucho más allá de lo que
uno supone.
Pienso en una experiencia que tuve hace un tiempo. Me
resultó muy rica. Hacía mucho que no escribía
cuentos y tenía un libro a punto de salir que
eran mis Cuentos completos. Tuve una idea mínima
un domingo por la mañana y me dije: Me voy a
anotar antes de salir a almorzar con amigos, para que
no escape la idea. Empecé a escribir y el cuento
empezó a florecer, a salir esta plantita desde
debajo de la tierra donde está invisible la semilla
que uno ve crecer ante sus ojos: esta es la maravilla
de escribir, cuando se está realmente con aquello
que no sabría como llamarlo, pues hay una zona
inconsciente que empieza a saber más que uno.
Es mucho lo que uno no sabe que sabe sobre aquello que
cree saber.
Entonces llamo a mis amigos y digo que voy a llegar
un poco tarde, empiecen a comer sin mí. Llegué
a las ocho de la noche, ya no quedaba nadie, pero pude
tener un cuento largo que se llama Fin de milenio
y entró en esa colección. Me sorprendió
mucho, pues empecé escribiendo un cuento con
la noción de que tenía estos dos personajes
muy mala gente -pues eran bastante siniestros-, y terminó
siendo una historia de amor. Me hizo bien al corazón.
Pero fue la cuestión de seguir tirando del hilo,
de dejar que esos mismos personajes empiecen a cobrar
vida, a decir sus palabras y a armar su propia historia.
Esto hay que hacerlo con mucho respeto y con reconocida
e irrenunciable valentía. No decir: Esto no me
va a resultar bien; o: Cómo salgo de este atolladero.
Si la cosa está funcionando uno sale del atolladero,
y si no, es una luz roja de alarma para decir: Esto
no tiene valor.
El cuento puede asaltarnos en cualquier momento como
un tren en marcha. Pero algo de nosotros se asusta,
se encoge, y esquivarlo nos parece una forma nada interesante,
por cierto, de salvación. El cuento empieza a
veces a nacer a partir de una palabra, de una sensación,
de una frase apenas susurrada, y es una verdadera caja
de Pandora que puede contener espejos deformantes en
los cuales vamos a descubrir quizás nuestras
peores caras. Pero ahí mismo podemos estar agradecidos.
Al fin y al cabo, uno escribe para entender y no es
jugando al esteticismo que se descorren los velos.
Muchas veces creía al escribir un cuento que
había dado con alguna fórmula que me permitía
completar una serie. Me decía, por ejemplo: Ahora
sé cómo armar un cuento erótico.
Y pensaba escribir el siguiente, pero este nunca estaba
allí. Cada cuento va a encontrar su propia inflexión,
su propia voz para narrar ciertos temas. Una serie,
aunque tenga todas las anécdotas que quiero contar,
queda como trampa si no encuentra la metáfora.
Porque la búsqueda es de una comprensión,
de algo que está en la otra escena. De esa anécdota
que uno quiere narrar uno tiene que derivar un sentido,
algún significado, por lo menos eso es lo que
me interesa. Y un sentido abierto, que permita a los
otros entender algo que quizás ni siquiera nosotros
hemos podido comprender muy bien. Si no se da eso, para
mi no hay cuento. En la novela uno va agregando cosas;
es como la pintura -como decía Miguel Ángel,
"el arte de agregar". Pero el cuento es el
arte de quitar: la escultura. Seguir tallando y encontrar
aquello que está en el bloque de mármol,
latiendo a la espera del escultor. Está en el
lenguaje a veces latiendo en una serie de palabras a
la espera de la persona, de esa persona y no otra, que
lo va a escribir. Lo interesante es poder permitir esa
imaginación, ese punto de inflexión donde
se va a dar la comprensión de la metáfora.
Después se pierden otras cosas; lo que se gana
siempre se pierde.
En cierta oportunidad alguien me contó una anécdota
muy linda sobre una pareja de argentinos bastante humildes.
En la historia se casan y se van a Venecia, pues el
sueño de ella es pasar una noche frente al Gran
Canal. Cuando llegan al hotel no hay canal, no están
las aguas y ella se niega a acostarse con él;
le da un ataque de histeria y no quiere saber nada.
A la mañana siguiente se asoman a la ventana
y sí está el canal; entonces son muy felices:
era la abrupta inundación de Venecia que arrasó
con todo menos con la felicidad de estos dos que por
fin la alcanzaron gracias a la subida de las aguas y
al canal que apareció por una de las callejas
secas. Entonces me lo voy explicando y voy entendiendo
una serie de cosas, con sumo orgullo personal, y me
digo: Qué maravilla es esto de la narrativa,
porque va encontrando el hilo y explicaciones de las
cosas que a veces no están dadas.
De ahí salté a hacer todo tipo de elucubraciones.
A veces la narrativa histórica va a encontrar
puntos de unión de situaciones que la historia
ha escamoteado, o ignora, o ha ocultado. El hilo narrativo
es uno en esta realidad tridimensional en que vivimos.
A veces el narrador lo encuentra y devela aspectos de
la historia que estaban ocultos hasta ese momento y
sin los cuales la coherencia interna de la historia
no estaba completa.
Entonces, en la historia de Venecia encuentro un montón
de estos hilitos preciosos: entre otros, que naturalmente
el hombre de la pareja se emborracha con sus amigos
y no hace la reserva de hotel; cómo juntan la
plata para llegar; cómo realmente tenían
relaciones, pero lo que querían era vivir este
momento crítico de hacer el amor frente al canal;
y cómo terminan encantados e hiriéndose
los pies, porque hasta los vidrios de las ventanas volaron
en esta bruta tormenta que hubo en Venecia creo que
en el 67.
Termino mi cuento, estoy muy orgullosa, me voy al teléfono
y llamo a un amigo que creo que me contó el cuento.
Le digo que ya escribí la historia de Venecia.
"Cómo que la historia de Venecia, yo nunca
te conté esa historia". Busqué entre
todas mis amistades y nunca encontré -de eso
hace diez años- quién me la contó.
Pero no la inventé, me la dieron los hados, y
no sólo no la inventé sino que toda esa
estructura maravillosa que había armado sobre
el hilo narrativo, la coherencia de la narración,
cómo toca la realidad, se me disuelve en esa
realidad desaparecida del original narrador. Pero no
importa, mi cuento existe, y posiblemente exista en
alguna parte esa pareja y algún día me
dirán: "Somos nosotros; pero no se lo digas
a nadie." Y todo quedará encerrado en el
mismo enigma de antes.
Entonces cada cuento debe evocar un universo propio,
que se crea para el solo propósito de conferirle
existencia. Después, por desgracia, ese universo
se apaga y habrá, con suma paciencia, que esperar
hasta que se genere otro o sentarse desesperadamente
ante la mesa de trabajo a pelear contra molinos de viento,
es decir, palabras más que vacías, sin
cáscara, y solo hechas de viento.
En cambio, cuánta sensación de riqueza,
qué visceral alegría cuando las palabras
se van enhebrando casi por sí solas, y con las
que corresponden y son ni una más ni una menos,
la historia se desarrolla con vida propia y sabemos
que se trata de un cuento porque no es una novela cuando
el universo es contenido y redondo y se perfila preciso.
Muchos cuentistas me van a decir que lo importante del
cuento es que sea como una esfera, que pueda caber en
la palma de la mano.
Estuve trabajando en Monterrey la idea del micro-relato,
pero la trabajé un poco tramposamente porque
no sé si creo excesivamente en el micro-micro-micro
relato, que he escrito algunos y me he divertido. Pero
son ideas, no sé en qué medida los puedo
llamar relatos. Me gustan, en cambio, los que tienen
media página de largo o tres cuartos de página
y ahí sí se puede contar todo un universo
con muy pocas palabras, como en un poema, y darles una
coherencia racional.
Y habiendo avanzado por el camino de la escritura, ahora
pienso que los "momentos de ser " de los que
hablaba Virginia Wolf podemos sobrevivirlos en los momentos
de poder, porque es una fuerza creadora que va armando
un tejido, juntando los hilos de palabras hasta que
el dibujo aparece nítido y el matiz queda encuadrado
y separado del magma del fondo. Ciertos cuentos son
máquinas de entendimiento, pequeños engranajes
que nos permiten leer la realidad de otra manera.
Ya no voy más a los cafés con mi cuaderno
para apuntar algunas frases sueltas, algunos sonidos
y sensaciones que cristalicen en un cuento. Sigo eligiendo
los cafés de las esquinas. Pensaba que un café,
sobre todo un café porteño, tiene que
estar en una esquina, que es el cruce de dos mundos.
Después acá en la Habana supe por qué
La Bodeguita del Medio se llama así -y eso me
pareció maravilloso-, y es porque todas las bodegas
estaban exactamente en las esquinas, que es el lugar
lógico. Quizás es por eso que está
tan escrita La Bodeguita del Medio -esta es una conjetura
que se me acaba de ocurrir- porque en las esquinas se
cruza, ahí quedas detenida, la gente destila
escritura, y la escritura hay que atraparla viva como
con una red de cazar mariposas y ponerla en las paredes.
Esporádicamente un cuento me toma por asalto
y esporádicamente tengo la suficiente disponibilidad
para aceptarlo y darle todo el espacio y el tiempo necesario.
Espacio que, naturalmente, es interior. Por fuera solo
aparece el trazado del tiempo. Tiempo y valentía,
como quien se tira de cabeza en la piscina sin saber
si hay agua suficiente.
Ya lo dijo Clarice Linspector, la gran escritora brasileña:
"Tengo miedo de escribir. Es tan peligroso. Quien
lo ha intentado lo sabe. Peligro de hurgar en lo que
está oculto, pues el mundo no está en
la superficie, está oculto en sus raíces
sumergidas en las profundidades del mar. Para escribir
tengo que instalarme en el vacío. Es en este
vacío donde existo intuitivamente, pero es un
vacío terriblemente peligroso. De él extraigo
sangre."
En mi caso el miedo viene después. En el momento
de darse la escritura, solo siento la euforia, por más
tremendo que sea el tema. Mientras escribo soy apenas
una espectadora activa, como cuando me siento en un
bar o en una plaza y miro con un mirar que es una forma
de compromiso. Necesito estar sola, en los rincones
más remotos del mundo, en lo posible necesito
estar sola para poder pertenecer sin necesidad de involucrarme.
Como quien, con todo respeto y dentro de lo posible,
está ejerciendo la comprensión con las
antenas abiertas, sin juzgar, intentando atar cabos.
De eso podría tratarse la escritura y sobre todo
el cuento: un establecer asociaciones ilícitas,
un olfatear el entrecruzamiento de vectores de fuerza
inesperados, un verdadero ejercicio de libertad como
no será nunca la novela, porque con el cuento
solo se puede calar hondo sin la refrescante posibilidad
de irse por las ramas. El cuento es la pura raíz.
Todo esto que suena abstracto no lo es en absoluto.
El pensamiento mismo suele estructurarse en forma narrativa,
siempre quiere armar rompecabezas con los datos sueltos
de la realidad y estructura los cuentos que habrán
de constituir nuestra cosmogonía, nuestra comprensión
del mundo.
¿A qué aspiro en el cuento? A dar con
la tensión y la síntesis precisa para
que el texto luzca una concisión casi matemática,
como en un teorema, con la elegancia de las líneas
más simples, a no apartarme demasiado de las
formas clásicas del cuento, pero estremeciéndolas,
desacralizándolas -si bien todo lo sagrado me
interesa mucho-, a permitir que lo sagrado lata imperceptible
como en un suspiro en todo el cuento. En un cuento yo
necesito el principio, el desarrollo, el clímax,
un desenlace final muchas veces sorprendente, que me
tiene que sorprender a mí primero, si no, es
una cuestión elaborada. Lo interesante es ir
escribiendo y de golpe sorprenderse con algo que es
inevitable, que toda palabra que se fue poniendo lleve
ineludiblemente a ese final.
Estaba pensando en eso de ser como una antena cuando
se escribe. Con la novela es fantástico, porque
uno se convierte como en una antena; es como un estado
terciario. Cuando se habla del cuento siempre se lo
opone a la novela: yo creo que son dos sistemas de ver
el mundo muy distintos. Cuando estoy escribiendo una
novela y tengo que hacer algunos trabajos imperiosos
en el camino, si siempre se está en ese estado
latente de la novela, todo lo que ocurre en derredor
tuyo es alimento para la novela. Ello, si no es un exceso,
una sobrecarga de cosas que son innecesarias. Con el
cuento hay que ser despiadado.
Tengo una anécdota que me encanta contar, porque
es de las pocas donde uno ve funcionar la maquinaria
que es la imaginación. Iba una vez en uno de
los transportes urbanos atestados de gente leyendo -era
una de esas épocas en que necesitaba leer todo
lo legible que hubiera a mi alrededor: los carteles,
la publicidad (que debe ser una forma de no enterarse
de lo que uno está pensando, una forma de estar
en el afuera)- y leo, por encima de muchos hombros de
los pasajeros sentados, un titular de diario que dice:
Generosos inconvenientes bajan por el río.
Me bajo, voy a hacer lo que tengo que hacer, y me queda
esa frase resonando y hay un momento dado en que tengo
tiempo de sentarme en el Jardín Botánico
de Buenos Aires y anoto en mi cuaderno: Generosos
inconvenientes bajan por el río, y lo subrayo.
Se me ocurre una historia, muy loca, muy compleja, de
una rivalidad entre una ciudad río arriba y otra
río abajo. En la de arriba decían que
estaba viniendo la creciente del río -que era
lo que estaba ocurriendo realmente en Buenos Aires en
esa zona-, y que va a traer al Mesías, y que
ellos tiene que cazarlo, que no pueden permitir que
siga río abajo y lo agarren los de la otra ciudad.
Entonces tejen una enorme red y yo sigo escribiendo
muy contenta -era un bello día de primavera,
un día que se prestaba para cazar Mesías.
El intendente de este pueblo da un discurso -parece
que daba muchos-, tienden la red y empiezan a pescar
toda clase de porquerías que trae el río.
Se acumulan todo clase de estas cosas que nosotros llamamos
camalotes -pedazos de islas, tierras aluvionales, troncos
podridos, ramas secas-, Todo eso se empieza a acumular
en la red, que va de una orilla a otra del río,
y se empieza a inundar la ciudad de arriba. Están
desesperados, el intendente va entre el agua, toman
un bote, él dice un discurso y cortan la red.
Al cortarla se va el intendente y todo por la corriente
que se lo lleva. Al tiempo se enteran de que en la ciudad
de abajo está el Mesías, o algo por el
estilo.
Ahí quedo yo dudando: cómo habrían
cortado la red; y corté mi red y mi imaginación
se fue a otra parte. Entonces digo: Esto lo sigo otro
día. Y se me acerca un joven y me dice: ¿Qué
está haciendo? Y yo: Estoy escribiendo. Me dice:
No, pero yo quiero conversar con usted, me siento solo
pues recién acabo de llegar de Venezuela, quería
conversar con usted. Y yo: Ay, no; no me interrumpa.
Pero me da pena y le digo: Bueno, a ver, ¿cómo
te fue por Venezuela? Y me dice: Venezuela no me pareció
para nada interesante; en cambio, estuve en Paraguay
y vi la Victoria Regia, lo que llaman La Flor de Vilupe,
y es una hoja enorme que puede sostener a una persona
parada sobre ella. Entonces nos despedimos, me voy,
y me trajo la Flor de Vilupe donde el intendente y los
de la ciudad de arriba que se enteran de que el Mesías
está en la ciudad de abajo y van a venerarlo,
y se organizan procesiones y nunca se enteran de que
era su propio intendente que había llegado azul
de ahogado, sentado a la manera del Buda sobre una Flor
de Vilupe.
Me lo trajo este personaje salido de la nada -de la
nada para mí; posiblemente él sabía
de donde había salido -y me hizo este enorme
regalo. Le dediqué el cuento. En ese sentido,
también esta historia puede ser un cuento siempre
y cuando le encontremos la metáfora y lo mantengamos
totalmente coherente, matemático. En cambio,
la novela siempre me da una sensación de estructura
geométrica. Cuerpos con volumen.
El cuento es una fórmula que tiene que tratar
de ser lo más perfecta posible.

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