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| Pasando
el trapo
Dean Luis Reyes |
El
sentido común de los vivos difícilmente
aceptaría que tras los ojazos de aguamarina
y la figura casi etérea, de marcada timidez
y fácil sobresalto, de Anna Lidia Vega Serova,
se oculte una mirada aguda y ácida, una obsesión
por las rudezas de la vida y la familiaridad con los
costados sombríos y retorcidos de la condición
humana. Eso no cuadra con su fragilidad aparente;
pero los extremos se tocan y a menudo son despiadados.
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| Limpiando
ventanas y espejos |
Anna
Lidia es despiadada. No le ocupan las lindezas, las
partes blandas y entusiastas de la existencia; rehuye
los lugares comunes; la literatura como somnífero
y el escritor como profeta del Brillante Porvenir. Se
ha ganado fama de mujer procaz, capaz de contar las
cosas más terribles y garabatear las palabras
más duras casi con candidez. El más reciente
premio de cuento de La Gaceta de Cuba ha corrido a cargo
de su figura y narrativa, con una suerte de homenaje
y juego autorreferencial de la holguinera Mariela Varona
a esos momentos en que se diluyen las fronteras entre
el ser civil y su condición animal, cuando el
lenguaje de los cuerpos y deseos sustituye a los tratados
sobre sexología y las máscaras de lo socialmente
correcto.
En su más reciente libro, Limpiando ventanas
y espejos (Unión, 2001), Anna Lidia sale
al ruedo sorprendentemente fiera. No se trata solamente
del tonillo irónico, del circunspecto humor negro
que repta subrepticiamente por sus cuentos de seres
desgarrados, rotos, maltratados por la existencia que
les tocara en suerte, entre atmósferas donde
impera la maldad instintiva, el crimen o el pisoteo
de toda pureza. La acumulación de tensiones suele
llevar a sus personajes y anécdotas a límites
paroxísticos. Los buenos sufren a manos de perversos,
que pueden ser cualquiera; los diferentes sufren por
cuenta de los "normales"; la vida se diluye
en un hastío que convierte a la gente en aprendices
de nihilistas.
En el origen de la narrativa de Anna Lidia está
el desarraigo. Ello explica la dureza, la ausencia de
ideales superiores, la palidez anoréxica que
uno imagina en sus personajes. Y es que hay una biografía
híbrida detrás de esta mujer, nacida en
San Petersburgo y mal sembrada en un edificio de Alamar.
Su escritura es una zona álgida en el diálogo
de la nación con su cuerpo, allí donde
concurren y se hacen ingobernables -y por ello transparentes-
las quiebras, el desasosiego y las pústulas.
El cuerpo de la ciudad en que vive -Ciudad Dormitorio-
tiene esas trazas impersonales.
No importa si se trata de relatos urdidos hasta el detalle
o de crónicas casi documentales sobre -por ejemplo-
un personaje que quiere probar un manjar ruso a base
de col y, tras los tropiezos del trayecto a casa de
la amiga experta en tales recetas, no la encuentra:
para Anna Lidia la escritura es centro de su angustia,
no la anécdota. Eso se paladea mejor en este
segundo libro, donde la prosa renuncia a todo efecto
excesivo, se despoja de floreos descriptivos y padece
una neurosis por ir al grano que deja sentir la piel
lívida y desnuda de la palabra. Ello sintoniza
con la dureza que a sus cuentos endilgan y con las visibles
influencias de la literatura desesperada y solo en apariencia
cruda de Charles Bukowsky.
Del libro, quizás Esperando a Elio sea
ese cuento programático, y los demás apenas
variaciones. Quiero decir: el acorde justo, la afinación
perfecta para el sonido casi inhumano -en la acepción
de Pasternak: más que humano- y lo que sigue
variaciones, improvisaciones, "descarga" en
cuerda semejante. En este cuento que digo la Serova
se extiende en descripciones de ambientes, en detallar
desde afuera las razones de la angustia del personaje
central, una mujer que ha decido suicidarse tras descubrirse
una cana en el pubis. Casi nada anuncia el narrador
de la desazón que despierta en la muchacha esa
señal inequívoca de que su lozanía
va decayendo, de que somos seres desechables; las imágenes
se encargan del resto. El desconcierto se nos hace tangible
de a poco frente a la soledad de la gente que se encuentra
en su paseo, en la falta de escrúpulos de quienes
solo intentan aprovecharse de la fragilidad de ella,
en los modos de ser de personas que viven como al descuido
un día y otro y otro...
Cierto
es que sobra a varias de las fábulas de Limpiando
ventanas y espejos vocación moralizante,
ansia por mostrar y demostrar lo terrible del mundo.
Ello a veces pone demasiado al descubierto las tesis
existenciales que fundan la visión autoral y
quitan fuerza a la revelación. Otras, el recurso,
el ardid de quien escribe organizando convenientemente
a favor de sus propósitos un conjunto de hechos
inconexos no ha sido suficientemente metabolizado, no
se le domina como para hacerlo invisible. Falta en este
libro tomar distancia, explotar todavía más
esa pose de narrador acrítico e inmutable, imperturbable
incluso cuando narra lo más terrible, actitud
esa que ella sabe mantener embridada hasta que le viene
en gana; entonces, la libera y puede ser el éxtasis
o el pandemonio. En Billetes falsos, cuento no
incluido aquí pero antologado en la selección
Palabras de espuma (Ed. Oriente, 2001), hay una
sutileza que pasma y una contención que anuncia
estremecimientos todavía más hondos.
Pero en literatura lo que valen son las obsesiones,
el peso terrible de una idea que no da tregua a la conciencia.
Todo, o casi, debe pasar por allí e irradiar,
dotar de sentido, iluminar desde el simple suceso del
día hasta la interpretación que hacemos
del noticiero. La narrativa de Anna Lidia -y también
la pintura que de sus manos sale- tiene la angustia
permanente de quien se sabe presa del destino. Obsesiones:
para Borges fue el tiempo; para Carpentier, la Historia;
para Baudelaire, la locura.
Mujeres como Anna Lidia lo muestran todo cuando escriben.
Saben que no hay nada digno de ocultar. Siempre he creído
que, en general, las mujeres son más plenas que
nosotros. No viven tan obligadas a cumplirle al personaje
esclavo de la virilidad que somos. Ellas no están
urgidas por tales miedos. Y detrás de cada tipo
duro en verdad se oculta un ser frágil. Hay que
ser muy hombre para reconocerlo. Las mujeres no: ellas
no pierden mucho y ganan la iluminación, la infinita
libertad, cuando se confiesan. Me gusta ver a las mujeres
ser plenas. Me jode cuando se dejan reducir por un tipo
que no tiene la mitad de sus neuronas (aunque algunas
no merezcan mejor premio).
Si se quieren estudiar en toda su complejidad los desplazamientos
ocurridos en el imaginario social de la Cuba de los
años recientes, hay que leer los libros de Ena
Lucía, Anna Lidia, los ensayos de Maggy Mateo,
los trazos finos de sus desnudos, a menudo violentos.
Saben que no hay libertad o revelación posible
sin sacrificio. Deberíamos tomar nota y pulir
nuestros espejos, para vernos sin el velo del azogue;
deberíamos luego desempolvar los ventanales y
asomarnos a la calle sin miedo a acabar incomprendidos.
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| Una
posición femenina de mediación:
Adriana Méndez Ródenas y la condesa
de Merlin
Nara Araújo |
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| La
campiña cubana
Flora Fong |
Fruto
de largos años de estudio, de dedicación
a manuscritos antiguos y amarillentos periódicos,
de revisión de textos canónicos y no
canónicos, es Gender and Nationalism in
Colonial Cuba. The Travels of Santa Cruz y Montalvo,
Condesa de Merlin (Nashville y Londres: Vanderbilt
University Press, 1998), documentado estudio monográfico
de la profesora y ensayista cubana Adriana Méndez
Ródenas. Antecedido por la publicación
parcial de algunos de sus fragmentos en revistas académicas
de prestigio (1986 y 1990), su esperado libro cumple
con las propuestas que se señala y asume las
urgentes tareas de releer y (re)colocar los textos
de la escritora María de las Mercedes Santa
Cruz y Montalvo, condesa de Merlin ( 1789-1852), de
polémica ubicación en las letras de
Cuba en el siglo XIX.
El punto de focalización son los textos de
viaje de una mujer que expresó en francés
los intentos de recuperar, a través de la memoria
afectiva, el espacio perdido del país natal.
Cuestionada por sus compatriotas letrados de entonces,
(mal)tratada por los críticos, usada como paradigma
no canónico por algunos escritores cubanos
del siglo XX, la condesa de Merlin ha sido, desde
su irrupción en el panorama de la literatura
cubana (desde Mes douze premieres années,
1831 a Souvenirs et mémoires, 1836),
un sujeto autorial en discusión por su origen
y posición de clase, su antiabolicionismo y
su filiación con la Madre Patria, por su uso
del francés y su apropiación literaria
de textos de escritores cubanos, por su visión
fantasiosa y outsider de Cuba.
El propósito logrado del libro de Méndez
Ródenas es la discusión, argumentativa,
de todas esas incriminaciones. Y a reserva de la simpatía
de la autora por el personaje de la condesa, debido
a su lejanía física de Cuba, a su diálogo
en tensión con el paradigma masculino ya su
género -tres factores que ambas comparten,
además de la M de sus nombres-, lo que resalta
en el notable esfuerzo de Méndez Ródenas
es el ejercicio del criterio, a partir de un análisis
a conciencia de los textos que dieron lugar a la "mala
fama" de la condesa napoleónica, y a aquellos
que fijaron una imagen de la escritora.
Al hacerlo, Adriana Mendez Ródenas se vale
de diversas y múltiples fuentes -libros, artículos,
prensa periódica-, y apela a diversos referentes
teóricos y disciplinas -psicoanálisis,
dialogismo, crítica feminista, crítica
textual, historia cultural e historia literaria, estudios
coloniales y postcoloniales; a Lacan y Bajtin, Gilbert
y Gubar, Cixous, Anderson y Bhabha, así como
a Roberto Díaz, William Luis, Sylvia Molloy,
Mary Louise Pratt y Doris Sommer. De esta manera el
estudio de los textos de Merlin se dispara hacia ese
otro espacio, que el título del libro anuncia:
el nexo entre el determinante género sexual
y la construcción de la nación, en el
marco de las relaciones coloniales, tópico
destacado del debate cultural en la actualidad.
Ese es a mi juicio la importancia del enfoque de Mendez
Ródenas: más allá del aspecto
propiamente reivindicativo, dentro de un proyecto
de arqueología literaria, propio de una cierta
crítica literaria feminista, y de una desestabilización
del canon -válido en sí mismo-, se distingue
el establecimiento de las coordenadas en las que los
textos de la Merlin se insertan, su diálogo
con la cultura cubana del XIX y con la del XX, y las
redes que teje la Ciudad Letrada.
El contenido de los ocho capítulos desarrolla
la revisión de la obra de Merlin -en particular
de La Havane (1844)- y de su versión
reducida Viaje a La Habana (1844)-, la ubican
en el contexto de su tiempo, de la narrativa de viajes
(Humboldt), de la ideología reformista (José
Antonio Saco); y la discuten a la luz de la crítica
cubana (Domingo del Monté y Félix Tanco
Bosmeniel; Cintio Vitier, Salvador Bueno y Antonio
Benítez Rojo), de sus relaciones con la tradición
y con las prácticas y estilos fundacionales
de los escritores del XIX, y de su recepción
en espacios femeninos de la prensa periódica
cubana, codificados tras seudónimos e identidades
veladas. Los textos autobiográficos de Merlin
(Mes douze premieres années y Souvenirs
el Mémoires), anteriores a los libros del
viaje a La Habana, son colocados en un diálogo
productivo de la construc- ción discursiva
de Merlin.
Mediante un minucioso cotejo textual, con paciencia
de orfebre, Méndez Ródenas hábilmente
desmonta en algunos fragmentos, la operación
"plagiaria" de autores cubanos contemporáneos
a Merlin (Ramón de Palma, Betancourt, Cirilo
Villaverde), demostrando las relaciones problemáticas
de la escritora con las narrativas-maestras de los
hombres -no puede asumirlas totalmente, ni tampoco
prescindir de ellas (p. 124}-; tanto su ansiedad autorial
como su subversión, mediante la parodia o la
revisión, de los dominantes códigos
masculinos.
Igualmente significativa es la contribución
de Méndez Ródenas, al hacer evidente
la compleja posición de Merlin frente al problema
de la relación metrópoli-colonia: la
ambivalencia e hibridez de su discurso colonialista,
así como la mezcla en este, de una imagen negativa
del Otro con una idealización positiva. La
entrada en un espacio público, dominado por
los hombres, el de las relaciones coloniales, la política
y la invención discursiva de la nación,
revela los intentos de Merlin por entrar en el discurso
de la "comunidad imaginada", esfuerzo que,
como argumenta con elocuentes ejemplos Méndez
Ródenas, encontró en la Ciudad Letrada
resistencias y reticencias, descalificaciones y enojos.
Varias ideas claves sustentan la interpretación
que la autora hace en su libro de los textos de Merlin.
Por una parte, la dualidad del personaje autorial
María de las Mercedes Santa Cruz y Montalvo-comtesse
de Merlin, y de su ubicación: cubana-francesa;
de adentro-de afuera; mujer-exiliada. La dualidad
de sus textos (autobiografia y libro de viaje-proyecto
político y costumbrismo ), con la consecuente
escisión entre La Havane, relato de
la racionalidad y Viaje a La Habana, recuperación
nostálgica. La dualidad de lo político
y lo poético.
Por la otra, la necesidad de Merlin de apelar a la
ley (el paternalismo del sistema español en
relación con los esclavos), como un intento
de compensar la ausencia paterna de su vida afectiva
y la aceptación de la Ley del Padre; su voluntad
implícita de recuperar la pérdida afectiva
de los padres, de una genealogía femenina,
y de sí misma, mediante la escritura recreativa
del pasado y su idealización, pues la audacia
de inventar una Cuba era la posibilidad de inventar(se);
las resonancias edípicas y la subversión
de la noción fálica de lo Simbólico
por la poderosa metáfora maternal, presente
en su visión de Cuba y en el diálogo
sostenido con la Madre perdida y con su hija, destinataria
privilegiada de su libro. Por último, la inconsistencia
en los enfoques de tópicos tan difíciles
como la esclavitud y la situación de la mujer
en Cuba, así como la ambivalente posición
política de Merlin, como resultado de una "posición
femenina de mediación" (p. 10). En opinión
de Adriana Mendez Ródenas, este paso conciliatorio,
debería matizar la imagen de escritora procolonialista
que la condesa tiene en el contexto de las letras
de Cuba.
En lo relativo a su recepción en el contexto
cultural cubano, se demuestra en este libro, la resistencia
ambivalente de la élite criolla a dejarla "entrar"
en el texto de la cubanidad, a ser agente activo en
el proyecto de imaginar una nación, como una
reacción más al problema de la autoría
femenina y a las diferentes posturas estéticas
(realismo del círculo delmontino-romanticismo
de la Merlin), que a su "extranjería".
Ilustrada con grabados de la época, algunos
de Mialhe (¿Mialhe como aparece en los pies
de grabado o Miahle como se consigna en el índice
onomástico y en la página 40?), la edición
del libro Gender and Nalionalism..., dejó
escapar erratas tipográficas menores y datos
errados como la fecha de regreso a Francia de Merlin
(1844 por 1840, p. 103); y la autoría de Paul
et Virginie, atribuida a Chateaubriand (p. 177),
aunque en alusiones ulteriores en el libro aparezca
correctamente (Bernardin de Saint Pierre) y en el
índice no se incluya la referencia errada.
En cuanto al propósito de incluir la obra de
la condesa de Merlin en el contexto del romanticismo
hispanoamericano, se siente en Gender and Nationalism
in Colonial Cuba..., la ausencia de al menos una
breve contextualización de esa producción
literaria y sobre todo, de la cubana, aun cuando los
modelos narrativos de Merlín sean franceses
(Saint Pierre y Chateaubriand).
Por otra parte, el vínculo que se establece
con la tradición literaria femenina cubana
se hace sólo a partir del marco establecido
por Cintio Vitier en Lo cubano en la poesía
(1958), en cuanto a su concepto de lejanía.
Sin embargo, tan importante como establecer esa tradición
alternativa femenina de exilio (condesa de Merlin
y Gertrudis Gómez de Avellaneda), paralela
a la de José María Heredia y José
Martí, sería articular un discurso dialogante
al interíor de una escritura femenina cubana.
Escritura que comienza con los textos anónimos
(un memorial al Rey y un poema), de la marquesa
Jústiz de Santa Ana, madrina del esclavo Manzano,
criticando la débil actitud de las tropas españolas
en ocasión de la toma de La Habana por los
ingleses, y que se coloca desde su inicio (siglo XVIII),
en esa coordenada del género y la nación,
subvirtiendo avant la lettre, el modelo (por
establecer) de una poesía femenina apegada
a la naturaleza y a lo privado.
Tratar de ver la relación convergente entre
esas escritoras desterritorializadas (Gómez
de AveIlaneda y la condesa de Merlin) y aquellas que
como Luisa Pérez de Zambrano, permanecen en
Cuba, hubiera servido a la desestabilización
de la lectura esencialista y patriarcal de Vitier,
para quien la poesía de Pérez de Zambrano
es eco de lo cubano, por su cercanía física
y espiritual con la isla.
La reseña de José Martí a la
antología Poetisas americanas, publicada
en la Revista Universal de México (1875),
en la cual el escritor, para representar a la "poesía
femenil", escoge entre Gómez de Avellaneda
y Luisa Pérez, a esta última, es un
antecedente a la postura esencialista de Vitier, que
bien hubiera podido incluirse en este examen de la
articulación patriarcal de un canon literario.
A la autora le interesa establecer un nexo literario
y simbólico entre la obra (y la vida) de Merlin
y de aquella otra dama colonial, Gertrudis Gómez
de Avellaneda, entre los libros de viaje de la primera
y los poemas " Al partir" y "La vuelta
a la patria", de la segunda. Y en efecto el nexo
existe, pero no sólo porque sus discursos articulan
lo que Adriana Mendez Ródenas llama "una
poesía de los recuerdos" (p. 221 ), alternativa
a la "poética viril" de Heredia y
Martí, elogiada por Vitier, sino porque ambas
intervienen en una esfera de discusión, animada
por los hombres del patriciado cubano, la de la esclavitud:
Merlin en La Havane y Gómez de
Avellaneda en una novela fundacional y nacional, Sab
(1841).
La visión de la realidad insular de Gómez
de Avellaneda -no digo nada nuevo- en esta primera
novela no es la de una española, sino la de
una criolla identificada con los intereses de los
suyos. En la ficción se expresan las preocupaciones
y obsesiones de la intelectualidad orgánica
de los dueños de plantaciones, aunque ella
no fuera miembro del grupo delmontino. En La Havane,
los vínculos con esa intelectualidad orgánica
se manifiestan en otro tipo de discurso y son más
que explícitos. Las convergencias de Gertrudis
Gómez y de Merlin van más allá
de los textos comentados por Méndez Ródenas
en su libro.
Gender and Nationalism in Colonial Cuba...
se inserta en dos tendencias de la investigación
académica: por una parte, los estudios dedicados
a las letras hispanoamericanas del siglo XIX; por
la otra, aquellos interesados en la reconformación
del canon literario, mediante la relectura de textos
marginados. Ambas tendencias, por tratarse de ese
contexto epocal, tienen que aludir a la invención
de la nación, uno de los tópicos más
frecuentados en el debate teórico actual, en
tiempos de globalización y transnacionalización,
hibridación e intersticios, dise(mi)nación
y desterritorialización.
En el contexto de los estudios literarios cubanos,
el libro de Adriana Méndez Ródenas no
es definitivo, porque nada es definitivo, pero es
un clímax, una superación de esfuerzos
anteriores, parciales e incompletos, los suyos y los
de otros investigadores que la antecedieron. Por las
demostradas razones, es un libro de lectura imprescindible
y referencia obligada para los especialistas e interesados
en el siglo XIX cubano y su historiografia literaria.
Los nexos familiares de María de las Mercedes
Santa Cruz y Montalvo con la sacarocracia insular
la hacían vocera natural de aquellos -Saco,
del Monte, Luz y Caballero, Aldama, Alfonso, Montalvo
(su tío)- que eran a su momento histórico,
lo que Arango y Parreño, Montalvo (su abuelo),
el conde de Jaruco (su padre), habían sido
al suyo. Es conocido que en la correspondencia de
Luz y Caballero, Saco y del Monte hay alusiones explícitas
a la expectativa que la condesa de Merlin suscitara
entre los Ilustrados cubanos, pero Saco comenta a
Del Monte que la había ayudado con información,
confesándole que había sabido "sacar
el cuerpo" [sic], para no comprometerse con la
revisión del libro, a pesar de los ruegos de
Mercedes.
De las críticas más extremas de Tanco
Bosmeniel, a los elegantes pero ambivalentes comentarios
del venezolano, Domingo del Monte, María de
las Mercedes Santa Cruz y Montalvo, condesa de Merlin,
se enfrentó al discurso letrado cubano en el
XIX, del cual quedó finalmente marginada. Por
una "posición femenina de mediación",
la del razonado libro de Adriana Rodenas, ha entrado
en él. El canon se ha movilizado y, con buen
juicio, se ha hecho justicia.
Publicado
originalmente en la Revista de la Biblioteca Nacional
José Martí. La Habana, enero-junio,
2001.
Nara
Araújo: Ensayista y profesora de la Universidad
de La Habana.
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