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Embarcando
a su mujer e hija en la ruta doce, el Ingeniero recuerda
unos expedientes, imprescindibles para el trabajo del
día. Pero es cuando lo empuja una sensación
incómoda que regresa. Desde la acera observó
las cortinas corridas. A la altura del segundo piso
percibió la caída -sin mucho estrépito-,
de algo sólido contra el suelo. Y se alarma.
La vieja de los bajos llamó a la estación
(1). Por segunda vez
se metían a robarle en pleno día. Ahora
sí no habría escape para él o los
tipos. Mientras improvisaba un cerco el contenido de
su tórax estuvo amenazando con escapársele
del pecho; a ratos se detenía para respirar hondo;
su cabeza a un tris del estallido por la intensidad
de los contracciones en su sien. El prieto que trabaja
de sereno, tirando su jaba de mandados, agarró
una cabilla de esas que alguien olvida durante el proceso
de construcción, y sigiloso monta guardia junto
al Ingeniero frente a la puerta del apartamento. Eso:
como al ratón, cogerlo dentro de la trampa. Quién
sabe si está armado. Evoca los tres meses que
estuvieron viviendo -todos- con una sola muda; la medicina
para el asma de la niña, casi siempre en falta;
se la llevaron, quizás para joder. La impotencia
en que vivió hasta esa mañana, sin apenas
indicios del o los ladrones. Todo aquello le atizaba
una roña tranquila, algo cruel. Su derecho, no
le volverían a robar impunemente. Se quitó
los zapatos dejándolos en una esquina del pasillo,
indicándole al sereno que evitase el menor ruido.
Desciende unos escalones al oír la voz del jefe
de sector (2), que junto a dos
policías más e ignorando al Ingeniero
desenfundó su pistola al tiempo que asestó
dos golpes fuertes a la puerta del apartamento y exigía
la rendición de lo que estuviese allí.
Se abrió el balcón. Ante el asombro de
casi todo el barrio, salió a exterior un muchacho,
sin camisa, que aparentaba unos dieciocho, diecisiete
años. Negro; retinto.
II
Un
balanceo más despacio a medida que el ataque
cede. Paulo frente a la puerta del cuarto, concentrándose
en los ratones que se pasean con desfachatez por el
patio del solar, esquivando el único bombillo.
Otra discusión violenta con su hermana fue el
detonante, por el espectáculo del día
anterior. ¿Cuántas cosas ligó?
No se acuerda. Dicen que se tocó algo grosero
y Lucrecia le contuvo su mano. Suficiente para que Paulo
montase en cólera rompiéndole una botella
de ron, vacía, en la cabeza. Ella misma se lo
llevó para evitar la policía cuando sus
socios hicieron un paraban conque ir camuflando su retirada.
Dio el sí desde un repunte que se convirtió,
mientras se iba diluyendo la gritería de su hermana
-que con razón, aunque torpe gracias a la escasés
de luces, intentaba encararlo con su culpa ante la madre
de ambos-, en un tremendo ataque de asma.
Postrada ante él, la vieja se mesa los pelos
en desorden hasta la impotencia, sufriendo aquella dificultad
de su hijo para respirar. Se incorporó abrazándolo
y salió al medio de la calle. Un camión.
Esa misma ruta hasta el hospital. Dieciocho años
del solar al Cuerpo de Guardia. Casi diario. El agua
no entra quién sabe desde cuándo; veinte
cubos, después el asma. Una barbacoa parecía
la solución con que atenuar algo la promiscuidad.
A Paulo le tocó dormir arriba. Desde el primer
momento otro repunte, que al principio pudo dominar.
Pero como ayudante de albañil en la ECOA-3 (3)
aquellas madrugadas de sillón frente al cuarto,
camino de convertirse en desagradable recuerdo durante
su infancia, volvieron. Por esa época se acostumbraría
a contemplar los ratones y sus desplazamientos de un
extremo al otro del patio. Terapia útil contra
la sensación de ahogo; hasta que despacio cedía
con los primeros resplandores del amanecer. Ni pensar
en estudio con los efectos del fenobarbital bailando
en sus entendederas. La madre conforme con mantenerlo
vivo; oírlo respirar fue suficientemente heroico
para ella.
A diferencia de la mayoría de los muchachos de
su edad, Paulo quedó acorralado dentro de un
círculo vicioso que no tuvo oportunidad de escoger.
Nadie supo que era una persona sensible, montado en
una visión que fluía del techo al piso
de la barbacoa. Alguien pensó en necesidad sexual
y apareció Lucrecia; recién titulada en
Nuevo Amanecer por escándalo público;
dos años menos que él, aunque
monstruo erótico con altísimo grado de
perversión. Mulata apetecida por la gente dura
del barrio, escogió a Paulo, confundiendo su
desesperación, ante la vida difícil a
causa de la enfermedad crónica, por hombría
sui géneris. Vivieron juntos en la barbacoa.
Si por las noches Paulo intentaba soñar en voz
alta, Lucrecia iba deslizando su mano hasta el sexo.
Si los orgasmos no eran suficientes, lo arrastraría
a la adicción por el alcohol, echándole
la culpa a los socios. Su sicología de ex-presidiaria
adolescente, con pocas entendederas, no podía
concebir que algún macho soñase con el
vuelo de unos seres extraños en la imagen de
un cuadro litúrgico, que Paulo colgó coincidiendo
con el día en que terminaron la barbacoa. Esa
voladera era de "gansos", prefería
emborracharlo y que la golpease.
Él mismo empezó a notar, en las últimas
semanas, que la resaca se hacía cada vez más
densa y ese estado lo aliviaba de los continuos ataques
de asma. Si asumía una reflexión más
sincera consigo mismo, debía admitir que la violencia
devino en un mecanismo de venganza contra Lucrecia,
que deliberadamente no quería entrar en su fantasía.
Después se generalizó como implemento
absoluto de defensa espiritual. Su madre siempre estuvo
agradecida de la "nuera", que hizo hombre
al hijo que diariamente ella sacó de la muerte.
Gracias a Yemayá por su vigilia desde la única
ventana de la barbacoa que da al mar. Su hermana se
limitó a entrar y salir a esas guardias de enfermería,
sin subir apenas. Las madrugadas de borracheras se sucedieron,
junto a los ataques de asma. Ya no podía ir al
trabajo. Las limitaciones materiales se hicieron insoportables.
Vinieron golpes de facho (4) -Lucrecia
como compinche-, y la preocupación del CDR (5)
en la cuadra ante la repentina mejoría económico-financiera
de Paulo. Muy buena sazón emanaba del cuarto
y los perfumes de Lucrecia; latas de carne, botellas
de Terry. La propia salud de Paulo, engordando por día;
evidencias de que anduvo en algo productivo. Nadie,
absolutamente nadie se fijó en cómo su
vista se perdía cada vez con más frecuencia
por entre los ángeles de su grabado en la barbacoa,
sobre todo, después de la quinta línea
de aquel añejo Siete Años o el Terry,
con barbitúricos. De ahí salía
con Lucrecia a los golpes, levitando sobre un estado
de liberación absoluta: ¡a la mierda con
el Universo! Desde una azotea a la otra -cinco pisos
o más de altura-, junto a los seres extraños
de su grabado. Sin ápice de ahogo o repunte;
Lucrecia se ocuparía de lo demás: salir
del producto, los contactos, un lugar propicio para
el próximo golpe, algún mecanismo para
esquivar a la policía que en más de una
ocasión estuvo a punto de cortarles el paso.
Hasta convertirse en una adicción para Paulo.
Sexo violento e impune transgresión de la realidad;
bálsamo contra una miseria múltiple y
obsesivamente pegajosa: hedores a orines viejos de perro
y gente, griterías en lenguaje desgarrado que
diariamente martilleaban las paredes del solar y su
cerebro; aquel repunte anunciándole otra madrugada
al sereno, meciéndose con su vieja sentada en
un banquito a sus pies, mirando a un lado y otro del
patio -más canosa y arrugada de la cuenta-; y
más sola ante el mundo. El ronroneo de su hermana
adentro del cuarto con pies hinchados por las guardias
en el hospital, a cambio de unos centavos más
por concepto de nocturnidad.
Semejante a cualquier vicio, Lucrecia un día
se agotó por prisión preventiva. A Paulo
le sobrevino un repunte esa misma noche. Se zampó
media botella de ron malo con Altedrón. Huyó
de la barbacoa y navegando toda la ciudad el amanecer
lo sorprendió ante un edificio de microbrigada,
bueno para vivir con la vieja y Lucrecia; su hermana
que se mudase para el carajo con el primer negro que
quisiera soportarle sus paquetes.
Ahí mismo, en el cuarto piso donde están
aquellas arecas altas, salir a respirar todas las madrugadas.
Dos sillones de aluminio: uno para la vieja, así
cambia ese dichoso banquito; y otro para él.
Lucrecia bien lejos, en el cuarto para no mezclar la
perversión de ella con su fantasía de
él. Le entró una ansiedad irresistible
por sentarse allí.
La curda con pastillas le permitió usar el mismo
método que para los robos: trepar como un gato
por los balcones. Junto a él subían los
ángeles con cara de fiñe de su grabado,
cosquilleándole en la cara. Alcanzó el
balcón sin jadear. Hizo estallar los pestillos
para toparse de bruces con una sala linda, mucho espacio
y cosas para él difíciles de conseguir
allá abajo. Se acomodó sobre aquel interminable
sofá que hacía juego con dos butacas.
Desde una de ellas su madre, reclinando hacia adelante
su magro físico como si nunca pudiese cambiar
la posición del banquito, le indicó que
fuese a la cocina para desayunar. Paulo se quitó
la camisa lanzándola por ahí.
III
El
Ingeniero no soportaría la tensión; decidió
dejarle el trabajo a la policía con ese negrito
de mierda colado en su casa. Quién sabe si hasta
se cagó en medio de la sala, o hizo alguna indecencia
encima de la sábana de Marianita. El sereno lo
alentó en su determinación porque estaba
incontrolable. El muchacho desde el balcón tenía
cara de loco y jadeo de fiera asustada ante la situación
de
acorralamiento. Algunos testigos repetían hasta
la alienación que seguro subió como un
simio por entre los balcones. Desde abajo, el mismo
Ingeniero le gritaba oprobios. A medida que transcurría
el tiempo y ese muchacho no hacía nada por entregarse
disminuyeron los sentimientos de venganza y rabia para
ceder a una angustia opresiva ambiente. El jefe de sector
y otro vigilante decidieron saltar al balcón,
mientras le hablaban al muchacho, que seguía
con los ojos desorbitados, sin entender. Todos dijeron
después que eso fue lo peor. En vez de forzar
la puerta de entrada.
El Ingeniero soltó un jcoñó! Desgarrador.
Mucha gente viró su cara; menos él. No
le dio tiempo.
IV
Paulo
oyó que golpeaban duro. Mientras se volvía
desde la puerta de la cocina hacia su madre, ella le
gritó que la policía venía a buscarlo
por lo de Lucrecia; le señaló el balcón
entreabierto. En medio de la precipitación ocurrió
algo raro. Al tropezar con una mesa de centro, derribó
un cuadro donde había cuatro personas desconocidas
para él. Miró a la butaca y ya su madre
no estuvo. Solo su voz repitiendo, chillando: jvete!
Salió al balcón. A su derecha, desde alguna
ventana, dos policías gesticulan para que se
tire al piso. Abajo gente desconocida abriendo desaforadamente
sus bocas hasta el espanto.
Fue entonces que en el interior de un golpe azul que
tenía enfrente, encontró a su madre sentada
en el banquito, junto a los ángeles raros del
grabado que le decían que fuera hacia ellos.
Paulo brincó sin pensarlo dos veces.
V
El
Ingeniero siente un rebote seco y fuerte de cosa que
revienta al primer choque. Abrió sus ojos, despacio,
para separarse. Y chocó con el negrito: roto,
púrpura como un melón lanzado contra el
suelo desde una gran altura.
Barrio
de Cayo Hueso-Centro Habana
Invierno
de 1992
Notas
1
Estación de policía en Cuba.
2 Oficial de policía a cargo del área
determinada de un barrio.
3 Empresa de construcción en Cuba.
4 Robo en el argot marginal.
5 Comité de Defensa de la Revolución.
Organización de masas en Cuba.
Víctor
Andrés Gómez Rodríguez (La Habana,
1959): Narrador y crítico. Fundador de los
talleres literarios en Cuba.
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| Nené
traviesa
Luis
Felipe Rojas
|
Para
mí la noche no ha sido más que una pila
de ruidos. Mi papá dice que soy una berraca.
Sucia. Mongólica., Lo único que siento
son ruidos. Riiir. Riiir. Riiir. Grillos. Suenan toda
la noche. El único recuerdo mío de cuando
niña son ellos. Anochecía. Me acostaba.
Me emburujaba con la sábana. Cabeza y todo. Fui,
Fuá. Como si hubiera rezado. Qué Padrenuestro,
ni qué coño, si yo tenía un miedo
que me cagaba. Me orinaba. ¿Te orinaste otra
vez?. Me decía mi papá. ¿Te orinaste
otra vez?. Cabrona. Negra cabeza de clavo. Berraca.
Puerca. Sucia. Tú verás. Toma. Negrita
choncholí. Con un palo. Toma. Toma. Coge. Agarra.
Toma. Mi papá se entretenía dándome
con el palo en la cabeza hasta que yo le decía,
ya no me des más. ¿Ya?. Sí, chico.
Ya no me des más. ¿Tú no me querías
ver chorreando sangre?. Sí, mi hija. Pues ya.
Pero, ven acá, chica... ven acá, ven acá,
ven acá, ¿de dónde es esa sangre?
¿de la cabeza o de allá abajo?. Ah, viejo,
y eso qué importa. ¿Que qué importa?,
tú verás ahora. Y entonces venía
la otra mano de palos. Pero de eso casi no me acuerdo.
Yo me tapaba cabeza y todo y hacía como si rezara.
Fui, Fuá. Hacía una cruz y movía
los labios. Yo creo que Dios me oía, porque cuando
amanecía, ni me dolía la cabeza ni tenía
sangre ni encontraba el palo conque me habían
dado aquella tunda.
Cuando amanecía, solamente veía a mi papá
con la cabeza tumbada sobre la mesa y la botella vacía.
Mi papá tenía peste a rayos en la boca.
Lo único que tomaba era alcohol de bodega. Entonces
me daba cuenta que mi papá no me daba esos golpes
ni un carajo. Después le cogí odio a los
grillos. Creo que por culpa de los grillos yo soñaba
toda esa guanajería. Pero, qué faina yo
era. Mira que pensar que mi papá me iba a dar
esa mano de palos. Por eso le tengo tanto odio a los
grillos. Un día me puse y cacé cuarentipico
de grillos. Los agrupé de cinco en cinco. A los
primeros, les amarré las paticas. Los puse en
una caja de fósforos familiares CHISPA. Y les
di candela. Parecían chicharroncitos. Qué
mierda chicharroncitos, parecían bichitos de
la luz. Después cogí dos bulticos de a
cinco y les eché un poquito de azúcar
y una migajitas de paniqueque. Y... Al ataqueee... ¡fuera!
se los comieron las hormigas. Oye, lo bien que las hormigas
se comen a los grillos. Primero se llevan las paticas.
Luego le destripan los ojos y la cabeza, y así
hasta que se lo van llevando todo. Como yo vi que se
los comían tan bien, probé uno. Mal rayo
me parta. Sabía a demonio vivo. Aunque, ¿tú
sabes qué...? el primero casi nada, el otro más
o menos. Y el otro. Y el otro. Y terminé comiendo
grillos. Desde entonces me daba una hartera de grillos,
que para qué me iba a preocupar por comer en
el día si por la noche me la iba a desquitar.
Sí, pero mierda. Pasé un hambre del carajo.
Por la noche me encuevaba. En los primeros días
metía la cabeza debajo de la almohada. Si mi
papá llegaba temprano, me decía, ¿qué
tú tienes? ¿yo?. Nada. Saca la cabeza
de ahí, muchacha de porra. Te vas a ahogar. Sal
de ahí, ahora mismo. Y yo. Ya la saqué.
¿Así?. Sí, así. Berraca.
Cabeza de yaqui. Habráse visto qué
gente para estar jodía de la cabeza!. Esto es
el colmo. Y de ahí se pegaba a meter ron. Y mete
ron. Y mete ron. Eso era el día de pago. Después
lo único que hacía era beber alcohol de
bodega. Una botella de alcohol. Un jarrito de leche.
Media tapa de limón. Un colador, y... una gotica.
Dos goticas. Tres goticas. Seiscientas goticas. En el
primer vaso lleno, se daba un fuatacazo. Se le ponían
los ojos como dos ruedas de longaniza. Yo creo que le
llegaba al culo. Cuando se daba el otro trancazo de
alcohol, decía ahhhahhh, y se ponía a
cantar no me olvides, Lupita, acuérdate de mí.
Qué risa me daba. Qué tipo más
cheo. Cantaba como una chiva berreando.
Al caer la noche yo creía que me iba a dormir,
la otra pila de grillos entraban a trabajar. Los primeros,
los que hacían biiir, biiir, biiir, se iban,
parece que se les cansaba la bemba de hacer así
y venían los otros que eran menos, pero hacían
fuiii, fuiii, fuiii, y como era tarde, yo sabía
que a mi papá no le quedaba alcohol y estaba
borracho, no me iba a decir nada. Yo me metía
debajo de la colchoneta de saco. Pa su escopeta, qué
clase de calor. No es que yo creyera en Dios ni en un
caballo blanco, pero volvía a hacer la cruz.
Fui, Fuá. Fui, Fuá. Fui, Fuá. Movía
los labios un ratico como si fuera a decir el Avemaría.
Después Fui, Fuá. Fui, Fuá. Fui,
Fuá. Y después movía los labios
como si fuera el Padrenuestro. Casi siempre se me quitaba
el calor. Desde que me metía debajo de la colchoneta
de saco, se me quitaba el calor. Después de eso
casi no sentía los grillos, y si los sentía,
como eran poquita cosa, yo los dejaba que gritaran un
ratico. Pobrecitos. Yo creo que los grillos no eran
tan malos. Lo que pasa es que a mí me jodía
estar desvelada toda la noche como una guanaja. A veces,
si me dormía era peor porque empezaba a soñar.
Siempre soñaba con mi papá. Yo salía
por un camino largo como una cinta. Durante el camino
había carteles que decían NENE TRAVIESA.
NEGRA CABEZA DE CLAVO. BURRA. GUANAJA. MONGOLICA. BERRACA.
Y yo creo que Dios me oía o me veía, porque
yo nada más que hacía como si fuera a
hacer el fui, fu de la cruz y era como si se fuera la
luz. Se apagaba la luz. A la mierda, se llevaron la
luz. Qué jodedera, caballeros, no dejan a una
ni soñar tranquila. Eso yo lo decía bajito
y enseguida volvía la luz. Entonces yo iba como
por un cocal. Eran matas de coco lindas, gordas, altas,
pero en lo alto en vez de cocos, estaban los condenados
cartelitos, con una letra más chiquita. Yo los
leía con trabajo, pero se entendían. PAPÁ
NO ME DES CON EL PALO EN LA CABEZA. PAPÁ NO ME
DES CON EL PALO EN LA CABEZA. PAPÁ NO ME DES
CON EL PALO EN LA CABEZA. Como eran tantas matas de
coco, yo agarraba a correr. Correquetecorre. Correquetecorre.
Me halaba las grenchas de pelo. Escupía. Me mordía
los brazos. Berreaba como una chiva. Y cuando ya casi
no podía botar el aire ni por la boca ni por
la nariz, se me iba la luz. Válgame eso. Si no
un día me hubiera ahogado. Menos mal que me llevaban
la luz. A veces yo misma me salía del sueño.
Me salía de abajo de la colchoneta de saco. Me
bajaba de la cama. Meaba en el piso. No salía
al patio ni muerta. Le tenía miedo al cuco. Al
coco. Al negro Jacinto. A Cobiella, el guarapito. A
Salabarrio. A la taconúa. A Barranquilla, el
tipo sin cabeza que se paseaba por el terraplén
de Marciano y Siguanea en un caballo blanco. Le tenía
miedo, coño, a todo el mundo. Meaba. Me subía
el blúmer (si podía) y... Los fósforos.
Cuchuplúm. A encuevarme otra vez. Ahí
venían los grillos. Los dos grupitos. Los que
hacían Riiir, Riiir, y Biiir, Birrr y los otros,
pobrecitos que nada más hacían Fuiii,
Fuiii, como si nada más que tuvieran una flautica
chiquitica. Oyeme, me daba una rabia toda aquella bichería
junta. Fíjate que ni con el Fui, Fuá de
la cruz, ni moviendo la boca. Ni a palos. Cuando yo
me orinaba en el piso o la cama, Dios ni aparecía
ni se llevaba la luz. Y ahí la bichería
a meter la bulla y bulla y bulla. Yo cogía un
subío como una mula ciega y decía bichos
de mierda, (pero gritando) váyanse a joder a
casa de la madre que los parió. Lo decía
bien gritado y se iban. Pero mi papá se despertaba
y si no encontraba la tranca de la puerta o una estaca,
cogía una correa con una hebilla grandota. Se
acercaba a la cama. Tosía. Escupía. Se
acercaba. Cuando yo lo sentía cerca, el corazón
me hacía túcutu - túcutu - túcutu.
Se acercaba más y metía las cutaras en
el charquito de meao. Ahí mismo se le olvidaba
que yo había estado gritando. Me decía
¿te measte de nuevo?. Ahora prepárate.
Berraquita. Puerquita. Nuevita. Asquerosita. A ver,
coge. Cuando me daba los primeros correazos, me volvía
a mear. Si se cansaba de darme correazos, viraba la
correa. Le daba vueltas como si fuera a enlazar a una
ternera. Le daba vueltas al brazo. A la una. A las dos.
Y... Fuácata. Si la hebilla me daba en la cabeza,
yo me cagaba. Yo decía, coño, papá
, qué peste a mierda. Mira eso, qué mosquero.
Arriba, moscas, váyanse al cipote, fuera, fuera.
Había tanta peste que mi papá se iba,
se le olvidaba lo de la paliza. Si se le olvidaba, yo
le decía, voy a salir a ponerme un trapo en la
cabeza. Mira para eso, qué furaco me has hecho
en el cráneo. Me paraba y empezaba a botar sangre
del hoyo de la cabeza. Se me iba la luz. Las moscas
se iban. Parece que le tenían miedo a la oscuridad.
Hacía así y ... paticas pa qué
te quiero, se formaba un huéleme el peo con el
miedo de las moscas, que yo empezaba a reírme
y a reírme, y a reírme. Se iba la luz,
se iban las moscas. Volvía la luz.
A veces el sueño era mejor. Si no era de tanto
trajín, yo me quitaba la colchoneta de arriba,
me tapaba con la sábana sola. Mi papá
venía y me volvía a decir un montón
de cosas. Lo mismo. Guanaja. Zoqueta. Tarambana. Alcornoque.
Arranca ahora mismo a buscarme lo mío. Dale,
tumba de aquí antes de que me encabrone y te
parta para arriba. Sal . Cabeza de yaqui. Te voy a despellejar
a cutarazos. Me tiraba una botella. Yo me apartaba.
Con las dos manos, dos botellas. Era un malo tirando
botellas, no me daba ni a dos metros. Ocho botellas.
Mi papá se volvía un pulpo. Me tiraba
ocho botellas vacías y no me daba. Como no quería
seguir jodiéndolo, me iba a buscarle lo suyo.
Me metía en la primera librería que me
topara. Buenos días, pero que niña más
educada, ¿qué desea esta niñita?.
Si yo estaba de buena, le decía no, si yo no
tengo dinero, yo nada más quiero mirar. Y miraba.
Miraba. Me metía entre la gente. Caminaba. Daba
salticos. Y yo creo que hasta volaba. La librera me
decía, bájate de ahí, corazoncito,
te vas a partir un hueso. Bájate, anda. Y yo
me bajaba. Cuando no me estaban mirando, me metía
dos libros en el blúmer. Uno por delante y otro
por detrás, y me volvía a bajar la blusa
y echaba a correr para la casa. Ponía los libros
en la mesa, donde estaban las botellas vacías.
Mi papá miraba los libros. Leía lo que
decían delante. Escarranchaba los ojos. Si no
eran los que él quería, volvía
a decirme come bola o tracatana, ocho o nueve veces.
Y le preguntaba ¿por qué no te gustan
éstos? Esos no sirven, mongólica. Mira
para acá. Este es de Borges, ese no lo compran
los extranjeros. ¿Los qué?. Los Yumas,
estúpida. Mira para acá. Este es de Milán
Kundera, guacarnaca. Dale, arranca. No, no. Ven acá,
para que aprendas. Cogía los dos libros, uno
arriba del otro, y me hacía... bímbata.
Me los encasquetaba en la cabeza. Zonza. Dale. Arranca
y trae los que sirven. Tienen colores afuera. Florecitas.
Pececitos. Maripositas. Palmitas. Piérdete, que
te voy a arrancar el pellejo. Yo me iba. Pero escuchaba
cómo se quedaba maldiciendo. Bruta de mierda.
Burra, si supiera leer, comeríamos mejor. Yo
salía a correr. Calle arriba. Calle abajo. Ahaaaaaaaa.
Como una ambulancia. Me metía en una librería.
Uno. Dos. Tres libros. Calle arriba. Calle abajo. La
puerta de mi casa. A ver. Este sí, éste
es de peces tropicales. Este no, yo oía como
decía este es de Faulkner. La tuya por si acaso.
Hemingway. La tuya, papá . A ver mi hija. Este
sí, es de muebles coloniales, anjá. Dale,
piérdete. Yo le decía. ¿Ah, sí?
tú verás ahora, cabrón. En sus
marcas, listos, fuera. El gato que tumbó la olla.
Cogía por aquí. Por allá. Tres
libros. Siete libros. Quince libros en el día.
Y él me decía, a ver, pónlos todos
en el piso. Una filita de libros, que voy a revisar
si trabajaste bien. Tú procura, si no te los
voy a meter por las orejas, dos libros. Por los ojos,
dos libros. Por el culito, un librito enrolladito, enrolladito.
A ver. A ver. Cuando él empezaba a dar paseítos
y a decir a ver, a ver, yo medio que me viraba y movía
los labios como si fuera el Padrenuestro, como en la
película de las monjas. Y, uno. Los volvía
a mover, y... dos. Y después hacía fui,
fuá como si fuera la cruz ¿tú puedes
creer que nada más le daba con el pie a dos o
tres libros? Ufff. Qué alivio. Cojollo. Muchachita.
Te salvaste, vaya. Estás de suerte. Yo me quedaba
como una vela. Caliente, pero fría. Blanca. Muda.
Tiesa como un poste de la luz. Cuando yo veía
que él recogía los libros, los metía
en un bolso y se iba, era que yo descruzaba los dedos.
Si él se iba y no me arreaba ni un pellizco,
yo me tiraba en un balance a descansar. Era como si
me hubieran dado una tunda de palos. Qué sueño
más malo, más largo. Me daba balance,
aunque se descuajeringara. Me balanceaba, rácata...
rácata... rácata. Una tarde entera dándome
balance. Un día y una noche. Un mes. un año.
si mi papá vendía los libros, venía
como a los tres años. Ya estaba descansada. El
ponía las jabas en la mesa y me decía,
levántate, haragana. Traje comida. Traía
chorizo Miño, queso Parmesano, arroz Jon Chí,
pan de Caracas, jalea de guayaba, harina lacteada, leche
en polvo (pero de latica), bacalao, arenque, turrón
de Jijona. Tres o cuatro botellas, él decía,
el ron del enemigo, una botella grandota. Cuando se
metía dos tragos, cogía una peste a aserrín
del carajo. Ese día sí comíamos
bien. Me dormía y ni oía a los grillos
ni tenía que hacer las murumacas de las monjas.
Pegaba a roncar hasta el otro día. Un trozo de
queso, fuá . A la boca. Un pedazo de chorizo,
fuá. A la boca. Leche. Harina. Fuá. Fuá.
Y a veces, así mismo me volvían a llevar
la luz.
Un día me llevaron la luz y no veía nada.
Puse los brazos delante, como los ciegos. Pum. Un trastazo
a una silla. Sigue, sigue, negrita. Pum. Sonaron unos
platos en el piso. Pero, señores ¿no van
a traer la luz?. Pum. Un florero. Pum. Unas botellas
vacías. Sigue, sigue, negrita. Y zas. La luz.
¿Qué coño es esto?. Qué
clase pila de libros. Montones de libros. Pero con todos
los libros que yo he robado se puede volver a llenar
este cuarto. Ahí mismo la luz se hizo más
fuerte. Más clara. Veía mejor. Como para
que viera bien. Y me dije, a ver. Este no. Este grandón.
Qué panzudo. Casi me aplasta. Cuidado, Nené.
Cuidado negrita loca, si tu papá te agarra...
Mal rayo te escupa el güiro. El carro de la peste.
El último la mierda. A correr si viene tu papá
. Pero cuidado, cuidado si te cae este libraco encima.
Así está bien. Ahí mismo pegué
a decir sanacadas. ¿Quién es este guanajo
del bigote que le está dando palos a esa niña?.
A ver, grandulón. Zas. Zas. Fuera página.
Tris. Tras. Adiós página. Adiós
golpiza. Bueno, sigamos. A ver. Este que está
haciendo cochinadas con una puerca. Ah, no. Espérate,
marrano. Tú verás. Dame acá una
tijera. Fuácata. Al carajo esas páginas.
Bueno, ¿y éste? ¿ah, sí?.
Guárdate eso, cochino. ¿Y en la otra página?.
Pero, miren para allá. La verdad es que esta
gente no sirve. Miren que ponerse todas esas mujeres
en cuero a reírse y estarse tocando unas a otras.
No. Qué va, este libro no sirve. Déjame
coger los fósforos. Un poquito de alcohol. Ahora:
¡fueeegooo!.
Cuando vi la candela aquella me paré. Cuando
me paré, eché tres pasitos hacia atrás
y... Ay, coño!. Mi papá . El papazote.
El papón. El papote. No sabía para dónde
coger. Casi me cago, pero no me cagué. Se me
amarraron las patas. Era un hielo. Una momia. Qué
guanaja, en vez de salir corriendo y gritar. El vió
el libro ardiendo, con aquella gente en cueros, retorciéndose,
quemándose, haciéndose carbón,
cenizas, dejando de hacer las cochinadas aquellas. Se
enfureció. Alzó la tranca con los dos
brazos. Alto, bien alto. Yo le dije, más alto
papá, alto, alto, como un pino y que no pese
ni un comino, sube más, más... y la descargó
en mi cabeza.
Al parecer han pasado unos cuantos años. Ya mi
papá no está en ningún lugar. Mira
que ponerse bravo por esa bobería. Yo sigo en
el mismo sitio, pero acostada. Después que me
dió el palo en la cabeza, me toqué abajo
y no me había orinado. Me toqué atrás,
y ni mojado ni con peste. Es extraño que no haya
moscas aquí. Es el mismo sitio, pero no he sentido
más los grillos. Ya no suenan. Estoy en el piso,
pero es una esponja de tan blandito y rico. Es como
si flotara. No me duele la cabeza, por eso ya no odio
a los grillos ni a mi papá. Pobrecito. Qué
bobo. Mira que asustarse por esta bobería.
Luis
Felipe Rojas (San Germán, Holguín, 1971):
Poeta y narrador. Estudió Filología en
la Universidad de La Habana. Fue mención en 1998
del Premio de la Ciudad de Holguín con el cuaderno
Los secretos del monje Louis y premio del concurso
de poesía de la revista Revolución y Cultura.
Ganó el Premio Celestino de cuento en 2000. Es
juglar, titiritero y trabaja como instructor de teatro
en su pueblo.

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