uno
dos
tres
cuatro

 
     
El último vuelo de la piedad
Víctor Andrés Gómez Rodríguez
"No despegues tus pupilas del azogue
si atraviesa tu conciencia"
 

Embarcando a su mujer e hija en la ruta doce, el Ingeniero recuerda unos expedientes, imprescindibles para el trabajo del día. Pero es cuando lo empuja una sensación incómoda que regresa. Desde la acera observó las cortinas corridas. A la altura del segundo piso percibió la caída -sin mucho estrépito-, de algo sólido contra el suelo. Y se alarma. La vieja de los bajos llamó a la estación (1). Por segunda vez
se metían a robarle en pleno día. Ahora sí no habría escape para él o los tipos. Mientras improvisaba un cerco el contenido de su tórax estuvo amenazando con escapársele del pecho; a ratos se detenía para respirar hondo; su cabeza a un tris del estallido por la intensidad de los contracciones en su sien. El prieto que trabaja de sereno, tirando su jaba de mandados, agarró una cabilla de esas que alguien olvida durante el proceso de construcción, y sigiloso monta guardia junto al Ingeniero frente a la puerta del apartamento. Eso: como al ratón, cogerlo dentro de la trampa. Quién sabe si está armado. Evoca los tres meses que estuvieron viviendo -todos- con una sola muda; la medicina para el asma de la niña, casi siempre en falta; se la llevaron, quizás para joder. La impotencia en que vivió hasta esa mañana, sin apenas indicios del o los ladrones. Todo aquello le atizaba una roña tranquila, algo cruel. Su derecho, no le volverían a robar impunemente. Se quitó los zapatos dejándolos en una esquina del pasillo, indicándole al sereno que evitase el menor ruido. Desciende unos escalones al oír la voz del jefe de sector (2), que junto a dos policías más e ignorando al Ingeniero desenfundó su pistola al tiempo que asestó dos golpes fuertes a la puerta del apartamento y exigía la rendición de lo que estuviese allí.
Se abrió el balcón. Ante el asombro de casi todo el barrio, salió a exterior un muchacho, sin camisa, que aparentaba unos dieciocho, diecisiete años. Negro; retinto.

II

Un balanceo más despacio a medida que el ataque cede. Paulo frente a la puerta del cuarto, concentrándose en los ratones que se pasean con desfachatez por el patio del solar, esquivando el único bombillo. Otra discusión violenta con su hermana fue el detonante, por el espectáculo del día anterior. ¿Cuántas cosas ligó? No se acuerda. Dicen que se tocó algo grosero y Lucrecia le contuvo su mano. Suficiente para que Paulo montase en cólera rompiéndole una botella de ron, vacía, en la cabeza. Ella misma se lo llevó para evitar la policía cuando sus socios hicieron un paraban conque ir camuflando su retirada. Dio el sí desde un repunte que se convirtió, mientras se iba diluyendo la gritería de su hermana -que con razón, aunque torpe gracias a la escasés de luces, intentaba encararlo con su culpa ante la madre de ambos-, en un tremendo ataque de asma.
Postrada ante él, la vieja se mesa los pelos en desorden hasta la impotencia, sufriendo aquella dificultad de su hijo para respirar. Se incorporó abrazándolo y salió al medio de la calle. Un camión. Esa misma ruta hasta el hospital. Dieciocho años del solar al Cuerpo de Guardia. Casi diario. El agua no entra quién sabe desde cuándo; veinte cubos, después el asma. Una barbacoa parecía la solución con que atenuar algo la promiscuidad. A Paulo le tocó dormir arriba. Desde el primer momento otro repunte, que al principio pudo dominar. Pero como ayudante de albañil en la ECOA-3 (3) aquellas madrugadas de sillón frente al cuarto, camino de convertirse en desagradable recuerdo durante su infancia, volvieron. Por esa época se acostumbraría a contemplar los ratones y sus desplazamientos de un extremo al otro del patio. Terapia útil contra la sensación de ahogo; hasta que despacio cedía con los primeros resplandores del amanecer. Ni pensar en estudio con los efectos del fenobarbital bailando en sus entendederas. La madre conforme con mantenerlo vivo; oírlo respirar fue suficientemente heroico para ella.
A diferencia de la mayoría de los muchachos de su edad, Paulo quedó acorralado dentro de un círculo vicioso que no tuvo oportunidad de escoger. Nadie supo que era una persona sensible, montado en una visión que fluía del techo al piso de la barbacoa. Alguien pensó en necesidad sexual y apareció Lucrecia; recién titulada en Nuevo Amanecer por escándalo público; dos años menos que él, aunque
monstruo erótico con altísimo grado de perversión. Mulata apetecida por la gente dura del barrio, escogió a Paulo, confundiendo su desesperación, ante la vida difícil a causa de la enfermedad crónica, por hombría sui géneris. Vivieron juntos en la barbacoa. Si por las noches Paulo intentaba soñar en voz alta, Lucrecia iba deslizando su mano hasta el sexo. Si los orgasmos no eran suficientes, lo arrastraría a la adicción por el alcohol, echándole la culpa a los socios. Su sicología de ex-presidiaria adolescente, con pocas entendederas, no podía concebir que algún macho soñase con el vuelo de unos seres extraños en la imagen de un cuadro litúrgico, que Paulo colgó coincidiendo con el día en que terminaron la barbacoa. Esa voladera era de "gansos", prefería emborracharlo y que la golpease.
Él mismo empezó a notar, en las últimas semanas, que la resaca se hacía cada vez más densa y ese estado lo aliviaba de los continuos ataques de asma. Si asumía una reflexión más sincera consigo mismo, debía admitir que la violencia devino en un mecanismo de venganza contra Lucrecia, que deliberadamente no quería entrar en su fantasía. Después se generalizó como implemento absoluto de defensa espiritual. Su madre siempre estuvo agradecida de la "nuera", que hizo hombre al hijo que diariamente ella sacó de la muerte. Gracias a Yemayá por su vigilia desde la única ventana de la barbacoa que da al mar. Su hermana se limitó a entrar y salir a esas guardias de enfermería, sin subir apenas. Las madrugadas de borracheras se sucedieron, junto a los ataques de asma. Ya no podía ir al trabajo. Las limitaciones materiales se hicieron insoportables.
Vinieron golpes de facho (4) -Lucrecia como compinche-, y la preocupación del CDR (5) en la cuadra ante la repentina mejoría económico-financiera de Paulo. Muy buena sazón emanaba del cuarto y los perfumes de Lucrecia; latas de carne, botellas de Terry. La propia salud de Paulo, engordando por día; evidencias de que anduvo en algo productivo. Nadie, absolutamente nadie se fijó en cómo su vista se perdía cada vez con más frecuencia por entre los ángeles de su grabado en la barbacoa, sobre todo, después de la quinta línea de aquel añejo Siete Años o el Terry, con barbitúricos. De ahí salía con Lucrecia a los golpes, levitando sobre un estado de liberación absoluta: ¡a la mierda con el Universo! Desde una azotea a la otra -cinco pisos o más de altura-, junto a los seres extraños de su grabado. Sin ápice de ahogo o repunte; Lucrecia se ocuparía de lo demás: salir del producto, los contactos, un lugar propicio para el próximo golpe, algún mecanismo para esquivar a la policía que en más de una ocasión estuvo a punto de cortarles el paso. Hasta convertirse en una adicción para Paulo. Sexo violento e impune transgresión de la realidad; bálsamo contra una miseria múltiple y obsesivamente pegajosa: hedores a orines viejos de perro y gente, griterías en lenguaje desgarrado que diariamente martilleaban las paredes del solar y su cerebro; aquel repunte anunciándole otra madrugada al sereno, meciéndose con su vieja sentada en un banquito a sus pies, mirando a un lado y otro del patio -más canosa y arrugada de la cuenta-; y más sola ante el mundo. El ronroneo de su hermana adentro del cuarto con pies hinchados por las guardias en el hospital, a cambio de unos centavos más por concepto de nocturnidad.
Semejante a cualquier vicio, Lucrecia un día se agotó por prisión preventiva. A Paulo le sobrevino un repunte esa misma noche. Se zampó media botella de ron malo con Altedrón. Huyó de la barbacoa y navegando toda la ciudad el amanecer lo sorprendió ante un edificio de microbrigada, bueno para vivir con la vieja y Lucrecia; su hermana que se mudase para el carajo con el primer negro que quisiera soportarle sus paquetes.
Ahí mismo, en el cuarto piso donde están aquellas arecas altas, salir a respirar todas las madrugadas. Dos sillones de aluminio: uno para la vieja, así cambia ese dichoso banquito; y otro para él. Lucrecia bien lejos, en el cuarto para no mezclar la perversión de ella con su fantasía de él. Le entró una ansiedad irresistible por sentarse allí.
La curda con pastillas le permitió usar el mismo método que para los robos: trepar como un gato por los balcones. Junto a él subían los ángeles con cara de fiñe de su grabado, cosquilleándole en la cara. Alcanzó el balcón sin jadear. Hizo estallar los pestillos para toparse de bruces con una sala linda, mucho espacio y cosas para él difíciles de conseguir allá abajo. Se acomodó sobre aquel interminable sofá que hacía juego con dos butacas. Desde una de ellas su madre, reclinando hacia adelante su magro físico como si nunca pudiese cambiar la posición del banquito, le indicó que fuese a la cocina para desayunar. Paulo se quitó la camisa lanzándola por ahí.

III

El Ingeniero no soportaría la tensión; decidió dejarle el trabajo a la policía con ese negrito de mierda colado en su casa. Quién sabe si hasta se cagó en medio de la sala, o hizo alguna indecencia encima de la sábana de Marianita. El sereno lo alentó en su determinación porque estaba incontrolable. El muchacho desde el balcón tenía cara de loco y jadeo de fiera asustada ante la situación de
acorralamiento. Algunos testigos repetían hasta la alienación que seguro subió como un simio por entre los balcones. Desde abajo, el mismo Ingeniero le gritaba oprobios. A medida que transcurría el tiempo y ese muchacho no hacía nada por entregarse disminuyeron los sentimientos de venganza y rabia para ceder a una angustia opresiva ambiente. El jefe de sector y otro vigilante decidieron saltar al balcón, mientras le hablaban al muchacho, que seguía con los ojos desorbitados, sin entender. Todos dijeron después que eso fue lo peor. En vez de forzar la puerta de entrada.
El Ingeniero soltó un jcoñó! Desgarrador. Mucha gente viró su cara; menos él. No le dio tiempo.

IV

Paulo oyó que golpeaban duro. Mientras se volvía desde la puerta de la cocina hacia su madre, ella le gritó que la policía venía a buscarlo por lo de Lucrecia; le señaló el balcón entreabierto. En medio de la precipitación ocurrió algo raro. Al tropezar con una mesa de centro, derribó un cuadro donde había cuatro personas desconocidas para él. Miró a la butaca y ya su madre no estuvo. Solo su voz repitiendo, chillando: jvete!
Salió al balcón. A su derecha, desde alguna ventana, dos policías gesticulan para que se tire al piso. Abajo gente desconocida abriendo desaforadamente sus bocas hasta el espanto.
Fue entonces que en el interior de un golpe azul que tenía enfrente, encontró a su madre sentada en el banquito, junto a los ángeles raros del grabado que le decían que fuera hacia ellos.
Paulo brincó sin pensarlo dos veces.

V

El Ingeniero siente un rebote seco y fuerte de cosa que revienta al primer choque. Abrió sus ojos, despacio, para separarse. Y chocó con el negrito: roto, púrpura como un melón lanzado contra el suelo desde una gran altura.

Barrio de Cayo Hueso-Centro Habana
Invierno de 1992


Notas

1 Estación de policía en Cuba.
2 Oficial de policía a cargo del área determinada de un barrio.
3 Empresa de construcción en Cuba.
4 Robo en el argot marginal.
5 Comité de Defensa de la Revolución. Organización de masas en Cuba.

Víctor Andrés Gómez Rodríguez (La Habana, 1959): Narrador y crítico. Fundador de los talleres literarios en Cuba.


Nené traviesa
Luis Felipe Rojas

Para mí la noche no ha sido más que una pila de ruidos. Mi papá dice que soy una berraca. Sucia. Mongólica., Lo único que siento son ruidos. Riiir. Riiir. Riiir. Grillos. Suenan toda la noche. El único recuerdo mío de cuando niña son ellos. Anochecía. Me acostaba. Me emburujaba con la sábana. Cabeza y todo. Fui, Fuá. Como si hubiera rezado. Qué Padrenuestro, ni qué coño, si yo tenía un miedo que me cagaba. Me orinaba. ¿Te orinaste otra vez?. Me decía mi papá. ¿Te orinaste otra vez?. Cabrona. Negra cabeza de clavo. Berraca. Puerca. Sucia. Tú verás. Toma. Negrita choncholí. Con un palo. Toma. Toma. Coge. Agarra. Toma. Mi papá se entretenía dándome con el palo en la cabeza hasta que yo le decía, ya no me des más. ¿Ya?. Sí, chico. Ya no me des más. ¿Tú no me querías ver chorreando sangre?. Sí, mi hija. Pues ya. Pero, ven acá, chica... ven acá, ven acá, ven acá, ¿de dónde es esa sangre? ¿de la cabeza o de allá abajo?. Ah, viejo, y eso qué importa. ¿Que qué importa?, tú verás ahora. Y entonces venía la otra mano de palos. Pero de eso casi no me acuerdo. Yo me tapaba cabeza y todo y hacía como si rezara. Fui, Fuá. Hacía una cruz y movía los labios. Yo creo que Dios me oía, porque cuando amanecía, ni me dolía la cabeza ni tenía sangre ni encontraba el palo conque me habían dado aquella tunda.
Cuando amanecía, solamente veía a mi papá con la cabeza tumbada sobre la mesa y la botella vacía. Mi papá tenía peste a rayos en la boca. Lo único que tomaba era alcohol de bodega. Entonces me daba cuenta que mi papá no me daba esos golpes ni un carajo. Después le cogí odio a los grillos. Creo que por culpa de los grillos yo soñaba toda esa guanajería. Pero, qué faina yo era. Mira que pensar que mi papá me iba a dar esa mano de palos. Por eso le tengo tanto odio a los grillos. Un día me puse y cacé cuarentipico de grillos. Los agrupé de cinco en cinco. A los primeros, les amarré las paticas. Los puse en una caja de fósforos familiares CHISPA. Y les di candela. Parecían chicharroncitos. Qué mierda chicharroncitos, parecían bichitos de la luz. Después cogí dos bulticos de a cinco y les eché un poquito de azúcar y una migajitas de paniqueque. Y... Al ataqueee... ¡fuera! se los comieron las hormigas. Oye, lo bien que las hormigas se comen a los grillos. Primero se llevan las paticas. Luego le destripan los ojos y la cabeza, y así hasta que se lo van llevando todo. Como yo vi que se los comían tan bien, probé uno. Mal rayo me parta. Sabía a demonio vivo. Aunque, ¿tú sabes qué...? el primero casi nada, el otro más o menos. Y el otro. Y el otro. Y terminé comiendo grillos. Desde entonces me daba una hartera de grillos, que para qué me iba a preocupar por comer en el día si por la noche me la iba a desquitar. Sí, pero mierda. Pasé un hambre del carajo. Por la noche me encuevaba. En los primeros días metía la cabeza debajo de la almohada. Si mi papá llegaba temprano, me decía, ¿qué tú tienes? ¿yo?. Nada. Saca la cabeza de ahí, muchacha de porra. Te vas a ahogar. Sal de ahí, ahora mismo. Y yo. Ya la saqué. ¿Así?. Sí, así. Berraca. Cabeza de yaqui. ­Habráse visto qué gente para estar jodía de la cabeza!. Esto es el colmo. Y de ahí se pegaba a meter ron. Y mete ron. Y mete ron. Eso era el día de pago. Después lo único que hacía era beber alcohol de bodega. Una botella de alcohol. Un jarrito de leche. Media tapa de limón. Un colador, y... una gotica. Dos goticas. Tres goticas. Seiscientas goticas. En el primer vaso lleno, se daba un fuatacazo. Se le ponían los ojos como dos ruedas de longaniza. Yo creo que le llegaba al culo. Cuando se daba el otro trancazo de alcohol, decía ahhhahhh, y se ponía a cantar no me olvides, Lupita, acuérdate de mí. Qué risa me daba. Qué tipo más cheo. Cantaba como una chiva berreando.
Al caer la noche yo creía que me iba a dormir, la otra pila de grillos entraban a trabajar. Los primeros, los que hacían biiir, biiir, biiir, se iban, parece que se les cansaba la bemba de hacer así y venían los otros que eran menos, pero hacían fuiii, fuiii, fuiii, y como era tarde, yo sabía que a mi papá no le quedaba alcohol y estaba borracho, no me iba a decir nada. Yo me metía debajo de la colchoneta de saco. Pa su escopeta, qué clase de calor. No es que yo creyera en Dios ni en un caballo blanco, pero volvía a hacer la cruz. Fui, Fuá. Fui, Fuá. Fui, Fuá. Movía los labios un ratico como si fuera a decir el Avemaría. Después Fui, Fuá. Fui, Fuá. Fui, Fuá. Y después movía los labios como si fuera el Padrenuestro. Casi siempre se me quitaba el calor. Desde que me metía debajo de la colchoneta de saco, se me quitaba el calor. Después de eso casi no sentía los grillos, y si los sentía, como eran poquita cosa, yo los dejaba que gritaran un ratico. Pobrecitos. Yo creo que los grillos no eran tan malos. Lo que pasa es que a mí me jodía estar desvelada toda la noche como una guanaja. A veces, si me dormía era peor porque empezaba a soñar. Siempre soñaba con mi papá. Yo salía por un camino largo como una cinta. Durante el camino había carteles que decían NENE TRAVIESA. NEGRA CABEZA DE CLAVO. BURRA. GUANAJA. MONGOLICA. BERRACA. Y yo creo que Dios me oía o me veía, porque yo nada más que hacía como si fuera a hacer el fui, fu de la cruz y era como si se fuera la luz. Se apagaba la luz. A la mierda, se llevaron la luz. Qué jodedera, caballeros, no dejan a una ni soñar tranquila. Eso yo lo decía bajito y enseguida volvía la luz. Entonces yo iba como por un cocal. Eran matas de coco lindas, gordas, altas, pero en lo alto en vez de cocos, estaban los condenados cartelitos, con una letra más chiquita. Yo los leía con trabajo, pero se entendían. PAPÁ NO ME DES CON EL PALO EN LA CABEZA. PAPÁ NO ME DES CON EL PALO EN LA CABEZA. PAPÁ NO ME DES CON EL PALO EN LA CABEZA. Como eran tantas matas de coco, yo agarraba a correr. Correquetecorre. Correquetecorre. Me halaba las grenchas de pelo. Escupía. Me mordía los brazos. Berreaba como una chiva. Y cuando ya casi no podía botar el aire ni por la boca ni por la nariz, se me iba la luz. Válgame eso. Si no un día me hubiera ahogado. Menos mal que me llevaban la luz. A veces yo misma me salía del sueño. Me salía de abajo de la colchoneta de saco. Me bajaba de la cama. Meaba en el piso. No salía al patio ni muerta. Le tenía miedo al cuco. Al coco. Al negro Jacinto. A Cobiella, el guarapito. A Salabarrio. A la taconúa. A Barranquilla, el tipo sin cabeza que se paseaba por el terraplén de Marciano y Siguanea en un caballo blanco. Le tenía miedo, coño, a todo el mundo. Meaba. Me subía el blúmer (si podía) y... Los fósforos. Cuchuplúm. A encuevarme otra vez. Ahí venían los grillos. Los dos grupitos. Los que hacían Riiir, Riiir, y Biiir, Birrr y los otros, pobrecitos que nada más hacían Fuiii, Fuiii, como si nada más que tuvieran una flautica chiquitica. Oyeme, me daba una rabia toda aquella bichería junta. Fíjate que ni con el Fui, Fuá de la cruz, ni moviendo la boca. Ni a palos. Cuando yo me orinaba en el piso o la cama, Dios ni aparecía ni se llevaba la luz. Y ahí la bichería a meter la bulla y bulla y bulla. Yo cogía un subío como una mula ciega y decía bichos de mierda, (pero gritando) váyanse a joder a casa de la madre que los parió. Lo decía bien gritado y se iban. Pero mi papá se despertaba y si no encontraba la tranca de la puerta o una estaca, cogía una correa con una hebilla grandota. Se acercaba a la cama. Tosía. Escupía. Se acercaba. Cuando yo lo sentía cerca, el corazón me hacía túcutu - túcutu - túcutu. Se acercaba más y metía las cutaras en el charquito de meao. Ahí mismo se le olvidaba que yo había estado gritando. Me decía ¿te measte de nuevo?. Ahora prepárate. Berraquita. Puerquita. Nuevita. Asquerosita. A ver, coge. Cuando me daba los primeros correazos, me volvía a mear. Si se cansaba de darme correazos, viraba la correa. Le daba vueltas como si fuera a enlazar a una ternera. Le daba vueltas al brazo. A la una. A las dos. Y... Fuácata. Si la hebilla me daba en la cabeza, yo me cagaba. Yo decía, coño, papá , qué peste a mierda. Mira eso, qué mosquero. Arriba, moscas, váyanse al cipote, fuera, fuera. Había tanta peste que mi papá se iba, se le olvidaba lo de la paliza. Si se le olvidaba, yo le decía, voy a salir a ponerme un trapo en la cabeza. Mira para eso, qué furaco me has hecho en el cráneo. Me paraba y empezaba a botar sangre del hoyo de la cabeza. Se me iba la luz. Las moscas se iban. Parece que le tenían miedo a la oscuridad. Hacía así y ... paticas pa qué te quiero, se formaba un huéleme el peo con el miedo de las moscas, que yo empezaba a reírme y a reírme, y a reírme. Se iba la luz, se iban las moscas. Volvía la luz.
A veces el sueño era mejor. Si no era de tanto trajín, yo me quitaba la colchoneta de arriba, me tapaba con la sábana sola. Mi papá venía y me volvía a decir un montón de cosas. Lo mismo. Guanaja. Zoqueta. Tarambana. Alcornoque. Arranca ahora mismo a buscarme lo mío. Dale, tumba de aquí antes de que me encabrone y te parta para arriba. Sal . Cabeza de yaqui. Te voy a despellejar a cutarazos. Me tiraba una botella. Yo me apartaba. Con las dos manos, dos botellas. Era un malo tirando botellas, no me daba ni a dos metros. Ocho botellas. Mi papá se volvía un pulpo. Me tiraba ocho botellas vacías y no me daba. Como no quería seguir jodiéndolo, me iba a buscarle lo suyo. Me metía en la primera librería que me topara. Buenos días, pero que niña más educada, ¿qué desea esta niñita?. Si yo estaba de buena, le decía no, si yo no tengo dinero, yo nada más quiero mirar. Y miraba. Miraba. Me metía entre la gente. Caminaba. Daba salticos. Y yo creo que hasta volaba. La librera me decía, bájate de ahí, corazoncito, te vas a partir un hueso. Bájate, anda. Y yo me bajaba. Cuando no me estaban mirando, me metía dos libros en el blúmer. Uno por delante y otro por detrás, y me volvía a bajar la blusa y echaba a correr para la casa. Ponía los libros en la mesa, donde estaban las botellas vacías. Mi papá miraba los libros. Leía lo que decían delante. Escarranchaba los ojos. Si no eran los que él quería, volvía a decirme come bola o tracatana, ocho o nueve veces. Y le preguntaba ¿por qué no te gustan éstos? Esos no sirven, mongólica. Mira para acá. Este es de Borges, ese no lo compran los extranjeros. ¿Los qué?. Los Yumas, estúpida. Mira para acá. Este es de Milán Kundera, guacarnaca. Dale, arranca. No, no. Ven acá, para que aprendas. Cogía los dos libros, uno arriba del otro, y me hacía... bímbata. Me los encasquetaba en la cabeza. Zonza. Dale. Arranca y trae los que sirven. Tienen colores afuera. Florecitas. Pececitos. Maripositas. Palmitas. Piérdete, que te voy a arrancar el pellejo. Yo me iba. Pero escuchaba cómo se quedaba maldiciendo. Bruta de mierda. Burra, si supiera leer, comeríamos mejor. Yo salía a correr. Calle arriba. Calle abajo. Ahaaaaaaaa. Como una ambulancia. Me metía en una librería. Uno. Dos. Tres libros. Calle arriba. Calle abajo. La puerta de mi casa. A ver. Este sí, éste es de peces tropicales. Este no, yo oía como decía este es de Faulkner. La tuya por si acaso. Hemingway. La tuya, papá . A ver mi hija. Este sí, es de muebles coloniales, anjá. Dale, piérdete. Yo le decía. ¿Ah, sí? tú verás ahora, cabrón. En sus marcas, listos, fuera. El gato que tumbó la olla. Cogía por aquí. Por allá. Tres libros. Siete libros. Quince libros en el día. Y él me decía, a ver, pónlos todos en el piso. Una filita de libros, que voy a revisar si trabajaste bien. Tú procura, si no te los voy a meter por las orejas, dos libros. Por los ojos, dos libros. Por el culito, un librito enrolladito, enrolladito. A ver. A ver. Cuando él empezaba a dar paseítos y a decir a ver, a ver, yo medio que me viraba y movía los labios como si fuera el Padrenuestro, como en la película de las monjas. Y, uno. Los volvía a mover, y... dos. Y después hacía fui, fuá como si fuera la cruz ¿tú puedes creer que nada más le daba con el pie a dos o tres libros? Ufff. Qué alivio. Cojollo. Muchachita. Te salvaste, vaya. Estás de suerte. Yo me quedaba como una vela. Caliente, pero fría. Blanca. Muda. Tiesa como un poste de la luz. Cuando yo veía que él recogía los libros, los metía en un bolso y se iba, era que yo descruzaba los dedos. Si él se iba y no me arreaba ni un pellizco, yo me tiraba en un balance a descansar. Era como si me hubieran dado una tunda de palos. Qué sueño más malo, más largo. Me daba balance, aunque se descuajeringara. Me balanceaba, rácata... rácata... rácata. Una tarde entera dándome balance. Un día y una noche. Un mes. un año. si mi papá vendía los libros, venía como a los tres años. Ya estaba descansada. El ponía las jabas en la mesa y me decía, levántate, haragana. Traje comida. Traía chorizo Miño, queso Parmesano, arroz Jon Chí, pan de Caracas, jalea de guayaba, harina lacteada, leche en polvo (pero de latica), bacalao, arenque, turrón de Jijona. Tres o cuatro botellas, él decía, el ron del enemigo, una botella grandota. Cuando se metía dos tragos, cogía una peste a aserrín del carajo. Ese día sí comíamos bien. Me dormía y ni oía a los grillos ni tenía que hacer las murumacas de las monjas. Pegaba a roncar hasta el otro día. Un trozo de queso, fuá . A la boca. Un pedazo de chorizo, fuá. A la boca. Leche. Harina. Fuá. Fuá. Y a veces, así mismo me volvían a llevar la luz.
Un día me llevaron la luz y no veía nada. Puse los brazos delante, como los ciegos. Pum. Un trastazo a una silla. Sigue, sigue, negrita. Pum. Sonaron unos platos en el piso. Pero, señores ¿no van a traer la luz?. Pum. Un florero. Pum. Unas botellas vacías. Sigue, sigue, negrita. Y zas. La luz. ¿Qué coño es esto?. Qué clase pila de libros. Montones de libros. Pero con todos los libros que yo he robado se puede volver a llenar este cuarto. Ahí mismo la luz se hizo más fuerte. Más clara. Veía mejor. Como para que viera bien. Y me dije, a ver. Este no. Este grandón. Qué panzudo. Casi me aplasta. Cuidado, Nené. Cuidado negrita loca, si tu papá te agarra... Mal rayo te escupa el güiro. El carro de la peste. El último la mierda. A correr si viene tu papá . Pero cuidado, cuidado si te cae este libraco encima. Así está bien. Ahí mismo pegué a decir sanacadas. ¿Quién es este guanajo del bigote que le está dando palos a esa niña?. A ver, grandulón. Zas. Zas. Fuera página. Tris. Tras. Adiós página. Adiós golpiza. Bueno, sigamos. A ver. Este que está haciendo cochinadas con una puerca. Ah, no. Espérate, marrano. Tú verás. Dame acá una tijera. Fuácata. Al carajo esas páginas. Bueno, ¿y éste? ¿ah, sí?. Guárdate eso, cochino. ¿Y en la otra página?. Pero, miren para allá. La verdad es que esta gente no sirve. Miren que ponerse todas esas mujeres en cuero a reírse y estarse tocando unas a otras. No. Qué va, este libro no sirve. Déjame coger los fósforos. Un poquito de alcohol. Ahora: ¡fueeegooo!.
Cuando vi la candela aquella me paré. Cuando me paré, eché tres pasitos hacia atrás y... ­Ay, coño!. Mi papá . El papazote. El papón. El papote. No sabía para dónde coger. Casi me cago, pero no me cagué. Se me amarraron las patas. Era un hielo. Una momia. Qué guanaja, en vez de salir corriendo y gritar. El vió el libro ardiendo, con aquella gente en cueros, retorciéndose, quemándose, haciéndose carbón, cenizas, dejando de hacer las cochinadas aquellas. Se enfureció. Alzó la tranca con los dos brazos. Alto, bien alto. Yo le dije, más alto papá, alto, alto, como un pino y que no pese ni un comino, sube más, más... y la descargó en mi cabeza.
Al parecer han pasado unos cuantos años. Ya mi papá no está en ningún lugar. Mira que ponerse bravo por esa bobería. Yo sigo en el mismo sitio, pero acostada. Después que me dió el palo en la cabeza, me toqué abajo y no me había orinado. Me toqué atrás, y ni mojado ni con peste. Es extraño que no haya moscas aquí. Es el mismo sitio, pero no he sentido más los grillos. Ya no suenan. Estoy en el piso, pero es una esponja de tan blandito y rico. Es como si flotara. No me duele la cabeza, por eso ya no odio a los grillos ni a mi papá. Pobrecito. Qué bobo. Mira que asustarse por esta bobería.

Luis Felipe Rojas (San Germán, Holguín, 1971): Poeta y narrador. Estudió Filología en la Universidad de La Habana. Fue mención en 1998 del Premio de la Ciudad de Holguín con el cuaderno Los secretos del monje Louis y premio del concurso de poesía de la revista Revolución y Cultura. Ganó el Premio Celestino de cuento en 2000. Es juglar, titiritero y trabaja como instructor de teatro en su pueblo.

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