Entre los cuadernos de poesía que en breve harán
su aparición en Cuba se encuentra Escrito sobre
el hielo, de Alberto Rodríguez Tosca, uno de los
poe-tas crecido al calor del grupo lírico de los
años 80. De ese libro seleccionamos un puñado
de textos como anuncio y adelanto.
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| Escrito
sobre el hielo (fragmentos)
Alberto
Rodríguez Tosca
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Sigo
llenando papeles
como si fueran hojas secas
Sigo escribiendo del cielo
sin comprender la tierra
Y de la tierra
sin comprender el cielo
Sigo escribiendo...
Jorge
Eduardo Eielson
Nada
de lo que escribes es real
para
Luis Carmona Ymas
lo
que escribes
te lo impone la página en blanco
como penitencia de lúgubre profesor
de geografía porque no sabes
dónde desemboca el río Nicodemo
en el mapamundi de su horror.
No
es real la porfía de tu mano
por escalar abismos como si fueran
cataratas en celo: nadie
te está esperando al final
de ese laberinto que tampoco existe.
No
son reales las trompetas
que proclaman a la entrada del muro
la aparición de una palabra tuya.
Porque no es tuya la palabra y tampoco
de quien la dejó abandonada en tu memoria
para que la escribieras.
Quien lo hizo, quienes lo hicieron,
quienes lo hacen todavía, se desquitan
contigo. No creas que estás solo
en este trance de burlas y deslealtades
en donde cada cual se defiende como puede.
(No
hay que aborrecer a los canallas...
debes planear algo peor)
Sin
embargo no escribas, no te defiendas
escribiendo, porque nada de lo que escribes
es real y los fantasmas del papel
suelen ser tan temibles como los canallas
de la realidad que, por supuesto, tampoco
son reales. Son más reales las tinieblas
en donde se extravían cuando salen
en busca de una canción para cantarse
a sí mismos porque se sienten solos.
Ninguna
soledad justifica la escritura.
Ninguna lluvia, águila o sol; barco ebrio
a la deriva o puente que no se ve. Nada
la justifica. Cuando escribes
ya no estás más solo, cesa la lluvia,
el águila
funda nido en la luna, el barco en la bahía
y el puente se hace visible para que lo desandes
y puedas dar contigo... No das contigo
porque escribes: clavas las uñas en la página
para no derrumbarte y entras en la bruma
con un farol prestado y ya
no regresas.
(Adiós)
Una
rosa no es una rosa no es
una rosa. El jardín donde no es no es un jardín
sino una cárcel. La cárcel donde puja
por ser
es un pliego de agua tendido sobre un tablero
donde ahora mismo escribes una rosa no es
una rosa no es
una rosa...
(¿Escribir
para no morir, Maurice Blanchot?)
Nada
de lo que escribes es real,
ni siquiera la metáfora aquella
que te salvó una vez de morir engullido
por un tigre o (no recuerdas muy bien)
devorado por un frontón de lava
intercambiando ultrajes con las piernas
de una mujer desnuda; ni aquel verbo
que jamás escribiste por temor a que estallara
la Tercera Guerra o se incendiara el mar.
(Era
posible entonces: ya no, ya no)
A
qué horas te volviste coleccionista
de cadáveres, a qué horas violador
de tumbas ya violadas, desvergonzado
a qué horas y a qué horas miembro
de número de un coro hinchado
por el ego de Dios y por su ego
(de Dios, del coro)
idiota,
idiota... Idiota
a qué horas, dime, inofensivo y útil,
como aquel niño que escribía
palabras inocentes en la arena
e ignoraba totalmente el arte de escribir.
En
escribir no hay arte, hay vértigo.
Hay alucinación
en lo que escribes y cuando irrumpe
el arte con su mano de seda
entonces hay espasmo: colapsan los espejos
y entran los cómicos ataviados con máscaras
de antiguos cabalistas y hablan de la belleza
y de la reina de Saba y de los manuscritos
y de Gregorio de Nicea y de la apocatástasis
y hablan de ti en hebreo
para que no lo entiendas porque saben
que aún no estás listo para verle la cara
a ese resplandor.
Es
real la página en blanco y ese resplandor,
no la página en blanco y tu insistencia
por transformarla en algo que no es,
porque es campo baldío y engendra lilas
de la tierra muerta y si no te apresuras
a admitirlo corres el riesgo de ceder
a su irresistible adulación de proxeneta
tomando el sol en el techo del mundo
y apuntalando con hieles en el índice
la próxima línea que debes escribir.
Canción
de identidad
sobre
una idea de Ortega y Gasset
Fragosa
hilaza
separa
lo que es mío
de lo que soy.
Míos
son el cuerpo la cicatriz
la argucia el respirar mas
no son yo.
No
soy yo el pesar que es mío:
le pesaría a otro si fuera yo
y no a mí.
Si
fuera yo el sendero
a otro me brindaría
para que me cruzara y diera al fin
conmigo.
Si
fuera el pez pascual o
el alcohol de la víspera
la danza o el reloj,
pero
reloj y danza
alcohol pez y sendero
son míos contra mí.
¿Todo
es mío
pero nada es yo?
Silencio.
¿Todo
es mío?
Un altar un mapa una cuerda
un verbo una mujer.
¿Nada es yo?
Silencio.
El
enfermero regresa
con el laudo en la mano
y dice:
"Tuyas son la perfecta familia y la homilía
del cara-col, pero comprende hermano: aunque tuyos son
tu rostro y tu crimen, no son tú.
Comprende:
si fueras tú la herida, ¿no morirías
al sanar? Si la pena, ¿no habrías de marchar
siempre penando?".
Desciende
y
sus lados son él mismo que mira.
No hay desfiladeros si no
en su retina de aguas cuidadas
por los anillos del viaje.
Desciende,
ciego de su flecha
y hambriento de todo cuanto el aire
apedreado por su velocidad
le depara como reclusión y peligro.
Pero
desciende y ejercita
descender con postura. Pero desciende y no
ejercita nada; desciende simplemente,
como se suicida una orca
o se despereza un cuartelero medieval
sobre la empuñadura de su espada.
Desciende
y dice:
"quién alude a mi mano con olvido de su
mano".
Y
dice:
"de niño quise ser un gran pianista pero
no se lo di-je a mi madre pero no se lo dije a mi padre
y estoy seguro de que tampoco lo estoy diciendo ahora.
"Es
una mueca, un rumiar no mío la musiquita que
mana de mi garganta y nos hace creer a todos que es
mi voz.
"No
es mi voz: es el teclear de mi piano imposible y un
niño que duerme con pena sobre un deseo sin porvenir".
La
imagen sitiada
huérfana
entre náufragos
Indago en el origen de la noche
por el cerco que a la imagen le tiende
lo semejante. No con los ojos indago. No
con las manos que desconocen por completo
el arte de indagar.
Con una mueca y un sollozo me escurro
entre lo visto y lo tocado para perderme
en las entrañas de un cero que a fuerza
de no ser se corporiza.
No con la punta
de un alfiler invisible sino con el vaho
de una ilusión que se evapora en la corriente.
No con la lengua sino con un tajo de baba
que silba mientras cae y se impacienta
porque mi rostro no expresa los modales
de un rostro sangrante.
La imagen eres tú en el instante
en que escapas de la proximidad de la imagen.
El rayo que penetra en tu cuerpo y enlaza
con una hebra de agua muscular
las rutas escindidas. El reverso de la realidad
que discurre en la superficie del espejo.
Espejo
rayo
y escapada
se
confabulan en una extensión ajena
a tu existencia más próxima para completar
lo que habría de ser el sacramento de la imagen.
Pero férreo es el cerco que en el origen
de la noche a la imagen le tiende lo semejante.
Pero férreo es el cerco
e indago.
No con la piel las uñas el licor de la frente
que desconocen por completo el arte de indagar.
No con las rodillas manchadas el abdomen
ahíto de espasmos sacros la soledad de la hoja
rasgando con odio inexplicable la belleza
del otoño múltiple.
Indago
pero no
con música sino con rabia pero no con rabia
sino con miedo a extraviar los fragmentos
del círculo donde se yergue sobre la claridad
de la imagen la mascarada de lo semejante.
Lo semejante
le cercena las piernas a la imagen le saca
los ojos le quema las manos y la deja
huérfana
entre náufragos.
Pero férreo es el cerco y el indagar se torna
arte rumoroso. En el origen de la noche
y en la postrimería.
Paralexias
I
Montaigne
habla de una ignorancia abecedaria que antecede a la
ciencia y otra doctoral que la sucede. Ignorancia que
la ciencia hace y engendra del mismo modo que deshace
y destruye la primera. Acaso en la ignorancia doctoral
con respecto a la ciencia empiece la ignorancia abecedaria
con respecto a la poesía.
II
Alguien,
no yo, ha cantado: "¡de prisa de prisa!".
Y yo: "¿de prisa?". Y alguien nuevamente:
"sea la palabra anhelo la que reinicie la liviandad
del día". Y nadie: "sea el Anhelo,
no la Palabra, su circundante, no la cámara ritual
donde lo anhelante perece".
III
"El
mundo es un puente -dijo, o pudo haber dicho, Jesús-.
Pasad por él pero no os instaléis en él".
De una sed desmedida de instalación nace nuestra
incapacidad para acomodarnos en el mundo. De un insaciable
terror a asumirlo como puente. De nuestra candorosa
cobardía de pasar.
IV
Yo
reconocería a Cristo por el olor.
V
Nietzsche
citando a Joubert: "El salvaje no es sino el antiguo
moderno". Y Ortega y Gasset: "Es el hombre
de Plutarco sin Plutarco". Así, el moderno
de hoy es el futuro salvaje. Y siempre, el hombre de
Plutarco sin Plutarco. El hombre moderno y el salvaje
se tocan por el brillo de la calavera.
VI
"La
única sabiduría que podemos pretender
alcanzar es la humildad, la infinita humildad".
Así habla Eliot de ese cosmético siempre
faltando en el tocador del salvaje contemporáneo.
VII
Un
cráneo de hombre:
depósito de lo que pudo ser un dulce maullido.
VIII
El
gato, ha dicho alguien, fue creado por Dios para dar
al hombre el placer de acariciar un tigre. ¿Entonces
para qué fue creado el tigre?
IX
Todo
el mundo ha amanecido una mañana convertido en
un monstruoso insecto. Pocos han tenido el coraje de
reconocerlo. Habría que llamarse Gregorio Samsa,
cuya grandeza -si es que tuvo alguna- radica en haber
aceptado sin falsas dudas su estado de miseria.
X
Dormir
morir
soñar vivir.
No despertar no despertar.
Pero al cabo de muchos sueños
despertar.
Pero al cabo de muchas vidas.
XI
¿Cómo
se vería el mundo si yo viajara sobre un rayo
de luz? ¿Cómo se vería la luz si
yo viajara sobre un rayo de mundo?
XII
Dice
Sartre que uno escribe para sus vecinos o para Dios
y que él escribe para Dios con la intención
de salvar a sus vecinos. Yo no escribo, pero si lo hiciera,
también escribiría para Dios, pero no
con la intención de salvar a mis vecinos sino
de salvar a Dios cuya vida peligra en lengua de mis
vecinos.
XIII
La
mente en blanco
como la palma de la mano
que dice contener
las líneas de mi vida.
XIV
"Si
es débil -si soy débil, pues estas palabras
de Flaubert parecen menos dirigidas a Lucrecio que a
mí- es por no haber dudado bastante. Ha querido
explicar ¡concluir!".
XV
¿Quién
le teme a Virginia Woolf?
XVI
¡Yo
le temo a Virginia Woolf!
XII
Hay
vocación en el miedo.
XVIII
César:
los que van a morir no te saludan. Más bien te
compadecen. En sus cuerpos de condenados cambian a su
favor las mil razones que tuviste para hacerlos matar.
XIX
Así
habla Breton, en Nadja, sobre el psicoanálisis:
"Método que pretende expulsar al hombre
de sí mismo y del que espero algo más
que hazañas porteriles".
¡Hazañas porteriles!
¡Hazañas porteriles!
¿Alguno de los presentes espera algo más
que hazañas porteriles?
XX
¡Yo
expulsado de mí para ser más yo!
XXI
Está
bien señor George Ivanovitch Gurdjieff: "Sacrificar
los importados yoes sucesivos que conforman mi personalidad
hasta que aparezca, lentamente, el verdadero yo".
Pero... ¿y si sacrifico mi verdadero yo y los
mediocres sucesivos continúan viviendo?
XXII
Para
que yo deje de ser yo y comience a ser, no el otro que
quisiera o pudiera ser sino el otro que soy, es preciso
que haya cambios de ser cambios de vida. Si en el principio
"yo es otro" Rimbaud sentó las bases
de una teoría, en el grito "cambiar la vida"
Marx sentó el principio de una acción.
XXIII
Narciso
introduce su mano en la fuente. No es el reflejo de
su rostro el que se rompe. Es su rostro, que cae hecho
pedazos sobre la imagen intacta.
XXIV
Los
cuervos de la imaginación de los hombres
picotean los ojos de los hombres de la realidad.
XXV
En
1920 Fernando Pessoa se enamora de una empleada de comercio.
"Mi destino -le anuncia en una carta de despedida-
pertenece a otra ley, cuya existencia no sospecha usted
siquiera". Tampoco la sospechaba Pessoa.
XXVI
Cada
día el que soy
traiciona al que fui.
El que fui
traiciona al que seré.
Cada día
de traición en traición
avanzo.
XXVII
"Acaban
de regalarme un teléfono para hablar con Dios"
-Andy Warhol a Jim Morrison. "Pero tómalo
tú, pues yo no tengo nada que decirle".
XXVIII
Faetón
se estrella conduciendo el carro de Apolo. Yo todavía
me estrello conduciendo el carro estrellado de Faetón.
XXIX
¿Por
qué se habla?
XXX
Las
palabras no pueden
¡ay!
pero si las palabras pudieran.
Letanía
del dragón
de Claudiantonia
En el tatuaje de tu espalda consigo adivinar las líneas
que faltan
en las palmas de mis manos.
Sobre la tinta verde se despliega la angosta geografía
que alguna vez
configuré en un sueño y nunca más
y nunca
volvió a rasgar con su filosa realidad el entusiasmo
de mis noches.
Ahora recorro el paisaje el dibujo encerrado la silenciosa
explosión
que retiene tu piel
como un mensaje para nadie escrito en una piedra invisible
y lanzado
con amorosa furia y para siempre al abismo del mar.
Confusión de los peces
que se refugian en torno y murmuran con acento grave
la voluptuosidad
de la grafía el sonido interior las canciones
el peso
de los significados que ahora asciende y yo escucho
encima de este
océano inmenso
mal repartido entre la severidad de mi insomnio y el
sabor el vaho
la amarga paz que despide tu cuerpo al dormir.
A duras penas
logro
separar la corporeidad del vacío y los alegatos
de la alucinación. Grabo
en el aire una falsa leyenda y comienzo mi lectura de
la soledad
con
un gesto aprendido a propósito en las madrugadas
de ayer. Hay
una predestinación en la agonía no
despiertes ahora duerme finge que estás viva
duerme no despiertes
nunca.
Si al menos cesara el tableteo del reloj su inclemente
neón arrojando
números a la pantalla con la misma celeridad
con que avanzan las sombras
hacia las fantasmales afirmaciones del espíritu
¡si irrumpiera
al menos en la habitación la memoria de este
instante grabado con lava
rencorosa en el mapa de una vida anterior! Yo
sabría qué hacer
cómo acunar la lengua del dragón para
que fuera salterio su fuego y no
himno crónica de la miseria y no
recuento miserable del fuego común respirando
por la lengua
de los dragones comunes para complacer el hambre de
fiesta de este circo
ya no humano
que desborda sus graderías de aplausos sombreros
al viento vivas
al dragón que sufre en silencio porque nadie
comprende
su ademán su grito su mueca profunda detenida
en la alta noche
sobre la espalda de una mujer desnuda.
Duerme.
Ya no tienen remedio los caminos que erré. Encontrarán
su castigo
en los tribunales del alba. No despiertes ahora duerme
no
conozcas mi nuevo rostro. Ruego
porque no hayan entrado a tu sueño los artificios
de mi dolor duerme.
No escuches
ni siquiera mi ruego. Duerme duerme no despiertes ahora.
Nunca.
Bogotá,
1994
Toda
la dicha está en una cabina de teléfonos
para Rafael Alcides
y toda la mugre y todo
el desamparo.
Ningún sitio mejor
para iniciarse en el conocimiento
de las grandes ausencias: aquí
está el hombre solo y ni siquiera
el otro lado es alguien.
Yo
soy
el hombre solo y tú eres Dios
y yo soy de nuevo el hombre.
No
hay diferencia entre tu palabra
y la mía, salvo que
nuestros interlocutores son sordos.
No hay diferencia entre tu sordera
y la mía, salvo que nuestros interlocutores
hablan demasiado.
Asoma
tu nariz a la nube y di
si me faltan motivos cuando gasto
tiempo y monedas en vaciar
en tu barba encrespada un poco
de este horror.
Señor,
yo no creo en Ti, pero te pido
que me defiendas esta noche
de los dioses en los que creo. Míralos
caminar entre los hombres disfrazados
de hombres.
Reconócelos
por su seguridad: están seguros.
Remontan calles, clubes, oficinas
y los persigue la seguridad
como una sombra. Y si llueve les sirve
de paraguas y de pañuelo si hace sol.
No
necesitan tu perdón pues
saben lo que hacen. No se dan cuenta
de que los has abandonado y por eso
no preguntan ¡Dios mío Dios mío!
No es
por soberbia sino por ignorancia
que no preguntan, Señor.
La
tierra
sigue girando a tu pesar. Los tigres
todavía respiran, se aluniza en la luna
y el corazón de mi madre se rompió
como cáscara de huevo el día más
injusto
de 1993.
No te culpo por eso. Al fin
y al cabo, alguna noche su hijo menor
tenía que aprender a caminar herido
y con los ojos abiertos por entre riscos
untados de sangre, candilejas
rebosantes de nieve y otros arduos caminos
de tu divina creación.
Infelices
las multitudes
que nunca han entrado a una cabina
de teléfonos. Pobrecitas Dios mío lo saben
todo: se conocen ellas y me conocen a mí
que soy el hombre y no me conozco.
Pero
no se preocupe, Señor: la ciudad
no conoce a sus padres los hijos
no conocen a sus hermanos los hermanos
compran alcohol en los suburbios
y se emborrachan con un niño demente
que lo conoce todo y siempre
está en silencio.
Yo
estoy más cerca de todo eso
que los padres que los hijos que los
hermanos y hasta que el niño demente.
Y me emborracho más
y estoy más en silencio, sólo que ya es
muy tarde para limpiar el buen nombre
de esta sabiduría venida a menos.
¿Se
comprende que hablo por mí,
que no comprometo a nadie, que soy
el hombre solo y tú eres Dios
y que soy de nuevo el hombre, alzado
sobre dos piernas y hablando por mí,
luego de soportar durante tantos años
que las palabras de otros me definieran?
¡Ah
si ser el hombre
y Dios y ser de nuevo el hombre
significara algo! Si estar aquí si hablar
si estar callado. Pero nada de eso significa.
Perdemos el tiempo, Señor. Se me acabaron
las monedas.
Adiós.
La
Habana-Bogotá
1994-2000
Alberto
Rodríguez Tosca (Artemisa, 1962) Poeta, narrador,
periodista. Fundador del programa de radio Hablar de
poesía. Premio David 1989 por el cuaderno Todas
las jaurías del rey. Publicó además
Poemas y Mi reino por una pregunta. Actualmente
reside en Colombia.
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