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| Ángel
Escobar (1957-1997) |
Hablaré
sobre la eticidad, es decir, sobre la muerte, el vacío,
el dolor y el esfuerzo para resistirlo, la destrucción,
el orden, el límite, su traspaso, sobre la poesía
como posibilidad y lugar desde donde resistir. Al decir
"ética" supongo la integridad de una
postura ante las cosas y el mundo que el individuo toma
como finalidad y cimiento del Ser; sea vista como sustancia
o esencia, la ausencia de ella implicaría la
inconjunción definitiva de las partes, libradas
desde entonces al azar, a la deriva. Comenzaré
tomando del poema "Contradicciones de canto",
perteneciente a Epílogo famoso (1985),
una serie enumerativa que nos sirva de introducción
a lo que llamo gesto ético; y, puesto
que tan intensa vocación de capturar el mundo
en sus opuestos apunta a una inmediata filiación
romántica, rasparemos la serie para leer en su
fondo. Lo que estoy con lo anterior adelantando es la
sospecha de que, detrás de sus anhelos, lo que
estructura la serie es otra cosa que la transparente
imagen de unos brazos que se abren a capturar el todo,
no es de lo conseguido por alguna poética anterior
que se desprende la energía que anima el texto:
Mas
quiero recalcar
que nunca podría ser un instrumento,
ni nadie va a tocarme a su capricho.
Voy a cantar con paz, prisa, paciencia,
regresos, guerras, garras, gozos y despedidas.
(Epílogo famoso, p. 41)
Además
de con su ansia, el fragmento nos toca con otra intensidad:
conservar frente a los otros una salvadora independencia.
Apunto aquí a una otredad que no sólo
se manifiesta en el universo interpersonal, sino que
se multiplica hasta incluir la Historia como otredad;
el individuo definido por el fragmento se coloca a sí
mismo, y junto con él a su poesía, en
una simultánea posición de participación
/ lejanía ante el mundo. De lo anterior podemos
suponer que participará para conocer todo lo
que enumera y que lo llevará más tarde
al texto poético; actor y testigo a un tiempo,
su dignidad nos queda asociada a su fidelidad a lo que
considere como su verdad. Todavía merecen otro
comentario el par de versos enumerativos y es en lo
que concierne al carácter binario de sus oposiciones:
paz / guerra, prisa / paciencia, regresos / despedidas,
garras / gozos. En eso que hemos llamado "relaciones
interpersonales", el sujeto del texto nos habla
de la anterioridad de alguna interpelación tensa
en la que se ha pretendido de él, sin que sepamos
la exacta circunstancia, algún tipo de declaración
que rompería la eticidad que se ha propuesto
como marca definitoria de la identidad; de otro lado,
la significación política -en el sentido
de no posibilitar una fácil clasificación
del autor- que en su fondo tienen las oposiciones de
la serie nos abre a la Historia. Llegados aquí,
lo último que en la binariedad nos interesa es
el tercer mundo hacia el que apunta la pareja garras/
gozos, es decir: el espacio interior.
La poesía de Ángel Escobar comienza con
lo que nos será develado, mientras su obra aumenta,
como una escena de orden primordial, un coherente mundo
de infancia en el que la hostilidad, en este caso traducida
en la muerte, es consecuencia siempre de una fuerza
exterior al sujeto lírico; lo mismo en la muerte
real/ simbólica que encarnan los guardias rurales
del poema "X" que "Queriendo meter miedo,
meten ruido", que como sucede con la Sombra que
en el poema "XIII" visita al abuelo para que
este muera. La eticidad que sirve de hilo a los poemas
de Escobar está presente en ambos poemas; durante
la visita de los rurales cuando estos lo ven, a él
niño, en los siguientes términos:
y
ven un ardor pleno en mis pupilas
y una innombrable espera
que me estira los huesos
{Viejas palabras de uso, p; 16),
o
en la coherencia que con su pasado conserva el abuelo
en el momento de morir. A este respecto la descripción
merece ser citada, puesto que introduce la presencia
de la audición como componente básico
en el universo poético del autor: Como mismo
los guardias rurales del poema "X" nos demuestran
su Vocación de muerte en la caoticidad del sonido
que los acompaña, a lo que el poeta/ niño
opone la integridad de su mirada, la sombra / muerte
que visita al abuelo igual se particulariza por una
violencia sonora, cuya negación está en
la carga de sucesos de que es portador el machete mambí:
Entra
la Sombra en casa,
va y le toca en el pecho.
Él deja su machete mambí
sobre la mesa.
Le dice: -Afuera hablamos;
camina hasta el traspatio
como puedas-
Ella a traición le grita en el oído,
lo empuja a su cajón inquisitivo. ..
(p. 19)
Integridad,
coherencia, son palabras con las que nos referimos a
lo que parece constituir una de las constantes articuladoras
de la expresión del poeta: la relación
del individuo con la Historia. Como adelantándose
a la posibilidad de un punto límite futuro, que
parecía correr entonces a la muerte en cualquier
guerrilla libertaria, pero que sabemos hoy que se hallaba
en la mente, el poeta nos dice en el número "XXVIII"
:
...Y
bien, soy de este lado.
Si falla algún andamio
y caigo
de mi osamenta individual
abajo. ..
(...) sépase bien que caigo de este lado.
(pp. 29-30)
"...de
este lado" eran la Revolución y Cuba, por
quienes el poeta dio abundantes muestras de su fe en
sus diversos libros. De entre todos los poetas de su
grupo generacional, y, en general, de la poesía
cubana contemporánea, es Escobar -junto a Hemández
Novás y Carlos Alfonso- acaso quien de manera
más agónica establece un vínculo
entre el país y la escritura. Lo leemos en la
importancia que la represión batistiana y la
pobreza familiar tienen en el iniciático Viejas
palabras de uso (1978); en los siguientes versos
de "Affabile", poema que abre Allegro de
sonata (1984):
Cuba
sí,
resultado de mar;
tendón, talón de mar;
filo
de
sueño.
Aunque
no cante el gallo
y
me sacuda el ladrido de los perros.
Cuba sí.
Más que cualquier regreso o cualquier ruego.
(p.20)
Igual
afinidad hallamos en "Mezza voce", texto del
mismo poemario, donde en la declaración de fe
irrumpe el hálito del antiguo amor por el paisaje
que teníamos en Viejas palabras de uso:
Todo
este inmenso tiempo
es mi país.
Sobre él puse mis pasos,
y en él hallé mi origen,
mi simple envergadura;
y este pequeño antojo
de vivirle hasta el fin las estaciones.
Me
gusta
el
agua
suave
en
las cañadas
o encrespada en las lomas.
(pp.36-37)
Lo
encontramos en "La piedra" y "El paraíso
perdido", ambos pertenecientes a Epílogo
famoso (1985), pero mejor, ahora como un gran estallido,
en "Sobre un lugar común", del mismo
libro, texto que se establece como respuesta segunda
a la pregunta de un otro, u otros, innominado(s): "Me
preguntaron y no supe cómo decirlo. / Me callé,
o dije otras sandeces / que eran menos comunes, menos
lugar, / y menos ciertas. .." (p. 42). A la luz
de la manera en la que finaliza el texto, hemos de dar
por hecho que la pregunta que desconocemos ha de haber
sido aquella referente a la filiación política
del poeta; nos interesa en su contenido pero, más
allá, en lo que enseña acerca del desdoblamiento
del Yo y la compleja dialéctica que, luego del
suceso, permite al individuo recuperar el control y
coherencia de su eticidad:
...grito
viva Fidel dale duro a los yanquis
quiero que no se muera el Patria o Muerte
y terminar diciendo torpemente
que soy hijo de la Revolución.
Nunca un lugar común fue más exacto.
(p.43)
Vuelve
a colarse, central y subrepticia, en "Resguardo
del orden", poema de Cuando salí de la
Habana (1997) cuyo título es ya una declaración
de principios y que termina: "...Tengo miedo, /
pero mañana me voy p'a Sibanicú, mañana."
(p. 19) Se transforma en divinidad terrible en "Así
y aquí", donde la increpa para que se asuma
como matadora del suicida Novás. Y todavía
más, esta vez en imagen alucinante, en "Danza
noble", tomado de La sombra del decir: "El
baile aguarda: / la inscribo, señora, en mi carnet.
Présteme / su abanico: allí pondré
mi hombre, y un número -/ es Cuba, Cuba, esta
es Cuba -" (La Gaceta de Cuba, núm.
3, mayo/ junio de 1997, p. 6). Lo que me interesa destacar
con tan largo escudriñaje es la centralidad que
para el sujeto poético de Escobar tiene su identificación
con el destino de la Nación, pues ello nos ilustra
acerca de la magnitud de su desamparo en los instantes
en que se aleja de este referente para descender a las
profundidades del Ser; en este momento, cuando la Historia
deja de ser una coartada, se va avanzando sin protección
alguna. No es hasta Epílogo famoso (1985)
que da comienzo este descenso; ya en el poema titulado
"Perro guardián" las jerarquías
de la realidad se desorganizan cuando el mundo de las
cosas empieza a cobrar una extraña vida propia,
agresiva y hostil, a lo que se agrega la presencia de
un personaje innominado de falsa perfección:
Algo
ladra padeciendo su número en la calle,
frente al garaje del otro que domina perfectamente el
traje, la interrogante,
el hilo, los manteles.
(p.6)
En
"Eclipse", del mismo poemario, las frases
del texto se hacen veloces, entrecortadas, reproducciones
de una respiración agitada, en un procedimiento
que en lo adelante el poeta utilizará repetidas
veces para transmitirnos su experiencia de una hostilidad
ambiental e inexplicable. "No sé que habrá
en esos rincones que se cierran. Es que hasta los olores
se me ocultan, los tapan en lo oscuro." (p. 7)
Las figuras sin nombre, ni rostro, ni forma, actúan
como insolentes enemigos que parecen penetrar cuando
lo desean, aunque todavía resulte posible expulsarlos.
No es hasta La vía pública (1987)
que las intervenciones empiezan a ganar terreno y el
verdadero viaje al interior principia; coincidentemente,
es en este libro que Escobar se despide definitivamente
de la seguridad que nos brinda el universo infantil:
ya
no soy el muchacho que mira
desde el reborde aquel de la ventana
ya no se oye la tarde empujando el calor
a sus corrales
ya no hay tarde por donde venga la madre
a consolarnos.
(p.
18)
Hubiéramos
debido saber, leer, entonces, que había comenzado
a despojarse, que a partir de ahora se extendería
el larguísimo combate. Una de las mayores miserias
de la muerte es que resulte ser la certificación
de una angustia y reúna en un núcleo de
significación lo que semejaba antes de ella pedazos,
imitaciones. La calidad orgánica que a partir
de aquí cobran las palabras para Escobar, encuentra
su pareja únicamente en aquella carta de Antonin
Artaud que fascinó al Deleuze de la Lógica
del sentido; donde Artaud funde el excremento con
las palabras, y asegura que no deja escapar una gota
de excremento sin sentir que en ello se le va la vida,
Escobar escribe:
pero
sabe que no hay tendón sin antes
ni una sola articulación sin prehistoria
por eso es que no pueden dormir las
consonantes
y las vocales se abren como esfinges
que gota a gota nombran el enigma y
(pp.23-24)
Allegro
de sonata, libro de 1984, incluía un texto
titulado, quizás con plena conciencia, "Voz
en off", donde todavía el poeta hacía
rechazo (haciendo uso aquí de un término
Binswanger) de su ex-centricidad: "Todo cuanto
digas al hombre le quedará también como
estatuto perpetuo a sus edades, por todas sus generaciones.
Y no porque hayas sido el elegido, o le aventajes al
habla, o midas algún centímetro más,
sino porque creciste entre ellos, laboraste en su dicha
siendo parte esencial en sus asuntos." (p. 39)
Pero apenas tres años más tarde, en 1987,
la poesía apunta a convertirse en un islote solitario
por su desemejanza con casi todo lo escrito antes en
nuestra literatura; acaso con un único libro
se le pueda relacionar, con las Aventuras sigilosas
de Lezama, autor con el que Escobar siempre mantuvo
un diálogo tan reverencial como fecundo. El procedimiento
de presentarnos el texto como parte de una conversación
de contenido hostil para el sujeto poético, había
sido antes utilizado en aquel libro donde la risa de
algo innominado igualmente persigue al sujeto del texto;
pero lo que en Lezama se manifiesta en etapas marcadas
por el rechazo social -pues algo de eso mismo hay también
en Fragmentos a su imán- en Escobar brota
desde el interior del cuerpo y de modo creciente se
articula desde ahora hasta el final. Todavía
en La vía pública, en el poema
titulado "Tercer acto", el poeta controlaba
las apariciones de eso a lo que ni siquiera sabemos
cómo nombrar; "Y viene el tipo y díceme:
/ "Mira, pinta un paisaje. .." (p. 20). Desconocemos
lo que haya significado este paisaje, ni el origen anecdótico
que pudo tener la escena, pero sí es clara la
conexión entre ello y la eticidad que movilizaba
al poeta en este texto de sorpresiva sonoridad martiana:
Y
bueno, pinta y píntalo, dale,
eso se vende y vuela -me dice-. Verás
con los turistas.
Yo
no pude. Le doy un bofetón; allí, justo
le daba y digo:
"Pues bien, toma un paisaje." -Y cae, el
tipo cae.
Vieras, vieras los huesos saliéndose del traje.
Y la guadaña, lejos, rechinando.
(p.
21 )
Las
presencias que atraviesan a Escobar en estos poemas
de ningún modo son figuras dialógicas,
sino que pretenden siempre constituirse en una voz de
autoridad inapelable; ejemplo de ello lo encontramos
en "Tránsito", poema en el que la textura
del mundo rodeante va cobrando un áspero carácter
militar, guerrero, en el que se escuchan permanentes
órdenes:
-
Y bien, hemos llegado. Quítense las
alforjas.
"¿Adónde, si es posible? -gime casi
el Ajeno-. ¿Qué alforjas?
(p.
38)
Con
respecto a "Tercer acto" el cambio de tono
es revelador de un traslado del control hacia lo Otro.
Si anteriormente el acto de la escritura, como momento
de supremo dominio de la razón, corría
paralelo a la hegemonía del autor sobre sus circunstancias,
la centralidad ahora es establecida a posteriori, durante
la rememoración del sucedido; el poema es entonces
un acto de exorcismo cuya finalidad es doble: desea
expulsar lo que haya podido ser aquello y también
descomponerlo para su comprensión. A partir de
aquí no queda otro remedio para Escobar que aceptar
su excepción, él es el Elegido y su escritura
intensificará cada vez más la función
que por su lugar le corresponde: dar testimonio del
dolor, la pérdida, el desastre. Un texto como
"El ajeno" escenifica la tragedia de la soledad
raigal en que se encuentra, de la enormidad del deseo
y también de la existencia de un lugar donde
todo fue calmado:
El
Ajeno venia deseando que la acera
doblara su silencio en un portal,
que acabara en un hueco, un tragaluz,
en una hendija donde quepa el alma,
este muro que sigue sigue y
sólo encuentra un cartel diciendo: NUNCA.
(p.48)
El
lugar de que hablamos pertenece al pasado, como nos
lo enseñan los siguientes versos colocados pocas
líneas debajo de la cita: "Y menos el Ajeno,
que ya no puede más/ con los nudillos/ de dar
en el recuerdo de otra puerta." (ibíd.).En
lo adelante irán en aumento, hasta pasar a primer
plano del conjunto, los textos organizados en el espacio
pendular entre los versos que abren y cierran el poema
"Paranoicos" : "qué hacer cuando
desde tu boca grite este otro tipo" (p. 69) y "a
mí déjenme preguntar / déjenme
preguntar". (p. 71) Hasta ahora el poeta se había
aproximado en ocasiones al límite, pero llegó
el momento en el que se apresta a traspasarlo; su mundo
hierve, el aparente silencio de las cosas del mundo
exterior no se corresponde más con la animación
con que la mente las percibe. Incluso la imagen del
espejo resulta falsa entonces, pues ante tal desconcierto
el gesto congelado tiene que pertenecer a un orden secreto
y enemigo, agazapado a la espera del daño; es
pura lógica: si en el interior de la mente y
el cuerpo las presencias se mueven, no hay sentido en
que se mantenga quieta la imagen del cuerpo en el espejo.
Puesto que el delirio sucede y la existencia necesita
ser coherente hay entonces que avanzar, al interior
del caos, sobreponiendo la percepción al razonamiento:
por
qué sigue tan fijo
en nombre de qué juego
por qué muerde el muy terco estos
despojos
o es que quedará siempre sopesando
mi talante de topo trajinado
y lo que cada día empuja este andamiaje
hacia no sé qué límite
inconexo
hacia no sé qué borde todavía inconcluso
y
(p.77)
Lo
mismo que en "se fueron" y "donde se
pudre", el poema termina en una paradojal apertura
gracias al uso de esa conjunción copulativa que
enlaza lo escrito con algún insospechado término
no dicho y más que ausente; lo que resta por
integrar transcurre dentro de la mente del poeta y de
continuo remite a un saber intransmisible porque está
donde las palabras explotan antes de llegar. En "se
fueron" se trataba de esa convicción del
carácter corporal/ orgánico del lenguaje,
nacida de la función monumental que cobra hasta
el más diminuto trozo de carne; el cuerpo resulta
estar hecho así de conmemoraciones fechadas,
eventos, monumentos. En "donde se pudre" la
apertura conducía al sentido de la carcajada
del loco del pueblo, personaje reprimido, ausente del
lugar que debió de corresponderle en las Viejas
palabras de uso y que Escobar ahora rescata, quizás
porque lo descubre en semejanza. En "Ante el espejo"
la conjunción relata lo inenarrable de la desintegración
de la mente. Debemos ver esto como preludio del difícil
trono, pues no queda otro remedio a Escobar que saberse
y aceptarse como el elegido; está ya preparado
para concebir su última poética en las
palabras introductorias a Todavía (1991):
"Se explaya el testimonio de una expulsión
(de las tantas, una) desde el sí y desde el no.
Estas figuras desalojan al contrito perseguidor de algo.
Vitier las vió: la segunda como una "escalera
al vacío", la primera como "un muro
en ruinas" (Lo cubano en la poesía,
p. 385)." Sabemos que el "algo" perseguido
es un equilibrio que nos es dable identificar con lo
maternal; como nos decía en uno de los poemas
de La vía pública: "ya no
hay tarde por donde venga la madreI a consolarnos."
Madre real, pero también simbólica, como
dos caras de lo mismo bajo cuyo cobijo lo mismo esplende
la historia familiar y Cuba que se cumplimenta la demanda
de coherencia y compañía; bajo la advocación
de ambas se recompone el desorden, leídas en
clave de semántica profunda son todo lo protector
que se opone al desamparo-muerte-vacío-caos,
lo que recibe detrás de la puerta que el Ajeno
añora. La lectura de la trayectoria del texto
como biografía del poeta y su cuerpo, nos conduce
al sitio donde las conexiones son zafadas, aunque también
al gesto de eticidad definitiva: ". ..nunca podría
ser un instrumento, ni nadie va a tocarme a su capricho",
había prometido. El desmesurado acto que la razón
lacerada se propone tiene que haber estado dominado
por aquella eticidad que equivalía a identidad
y poesía: poeta y escritura se desplegarán
contra lo que deshace la conciencia, adoptarán
la penetración en eso como su programa, testimoniarán,
no importa si en ausencia, el estado de orden simbolizado
en la escena primordial y desde allí narrarán
lo que se desintegra: "Logros son para los que
el vacío no es tal, sino una totalidad abierta,
la simultaneidad de los reflejos: llevan al ser a su
entidad indagadora, y esa indagación ve, no las
ruinas, sino el muro anterior a toda pérdida."
(ibíd) Se trata, pues, de una herejía
salvaje: lo que la razón no ha conseguido callar,
lo que se encuentra en la raíz del dolor, la
poesía tratará de componerlo. Esta aventura
de intelección poética organiza el deseo
en Abuso de confianza, libro escrito cuando Escobar
ya no se pregunta más, sino que es el
Elegido.
Desde el primero de los textos el poeta se va despojando
de máscaras para viajar a su verdad. "El
castigo" es un poderoso adiós al pensamiento
utópico que animaba sus primeras creaciones,
la violencia narrada está recortada encima del
espacio social y no habla de la situación individual
de un Yo desastrado, sino del nosotros. Su gran sombra,
su preocupación, es la de conservar la coherencia
ética hasta el fin ("No estoy aquí
para alegrarlos"), incluso hasta quedarse sin coartadas:
y
mienten esos altavoces solícitos
que alguna vez dijeron: "Sí. Seréis
Príncipes.
(p.9)
No
encenderé esas lucecitas que gimen:
Mañana, Mañana, Maña-, nada de
eso.
(p.
11 )
-
No olvidaremos llamar a Campanella.
- Nos reconforta tener esta butaca.
(p.
12)
Las
referencias a una crisis en el tejido social, antigua
apoyatura de sus textos, son claras y exactas en este
nuevo paso de Escobar; pero no se trata de una dialéctica
simple, porque también entonces aparecen los
personajes con los que se prolonga una conversación
comenzada en otro sitio y también lo maligno
del ruido. "El castigo" los mezcla, acaso
esos personajes sean los responsables de lo sucedido,
por lo menos se ríen, para colmo quisieran obligar
a que el poeta afirme que todo sigue bien; son, en su
fondo, extensiones de la muda petición que hacía
aquella figura del espejo. Altavoces, almenas, quepis,
reflectores ("El castigo"), tanques, máquinas
("Desde el suelo"), la crisis de la Historia
encuentra su reverso en la conformación del delirio
dentro de una jerarquía represivo-militar de
órdenes, apelaciones, incitación y castigo.
Los versos finales resuenan como un grito de guerra
que se enfrenta a la Historia tanto como escapa de ella:
"Vengan. Sí. Vengan y les preguntaré:
/ "Tengo acaso la biografia de un héroe"
(p. 12) Son actos de resistencia porque van dirigidos
contra lo innominado que lo arrasa, se fugan porque
hemos visto que la palabra "biografia" adquiere
en el sistema del poeta una dimensión más:
prehistoria de la articulación y los tendones,
devenir de consonantes que no duermen nunca, de las
vocales abiertas como enigmas. En "Apuntes para
una biografia de Helene Zarour" el tiempo social
queda definido según la más cruel imagen,
máxime escrita por alguien para quien el daño
comienza por la inarmonía sonora: "Nació
en el siglo cuyo orden va del ciego / ruido / al ruido."
(p. 18)
Hay que llamar "sistema" a lo que ocurre dentro
de su poética: interdependencia del todo con
las partes (cuerpo y fragmentos), absorción y
liberación de energía (memoria del evento
y escritura), marcaciones que separan lo externo de
lo interno (constantemente violadas por la intromisión
de los otros), desarrollo (hacia la desintegración),
el cuerpo que quisiera sujetarse y las voces que se
lo llevan. "Dónde estamos. O para qué
quiere / mi tranquilidad / toda esa gente" (p.
24), la cita es del poema "Dos capítulos"
y abunda en la relación entre el individuo y
las voces de esos que no sabremos nunca quiénes
son; intentan ellas arrastrarlo y la lucha es entonces
por continuar terrenal o atado, eliminar la levedad
que lo gana, que le gana. Quien escribe es doblemente
heroico entonces, primero con su dolor común
y compartido, de ser otro de los que habita la utopía
dañada y que lo regresa al tiempo cuando le parecía
posible ser uno más de los que crecen entre los
hombres, después, y en simultaneidad, heroico
en la soledad de la temporalidad que su cuerpo devora.
Y heroico hasta la desesperación porque se contempla
desposeído, incapacitado para evitar el regreso
de la hora amarga; un texto como "Huéspedes"
nos da idea del carácter intermitente de esa
posesión del cuerpo por los otros: "No me
riñen; vienen a tocarme la boca. / Ya habrá
tiempo para desbaratarla de un / pisotón / o
una trompada. Ahora palpan mi boca." (p. 48) De
repente, nos enfrentamos a un estiramiento del tiempo
hacia la infinitud para que sea ocupado por la angustia;
los que vienen no estaban antes, se posesionan ahora,
tocan la boca acaso con delicadeza, pero el Elegido
sabe que en cualquier momento se la pueden destrozar.
Como un perro acariciado lo vemos quedarse quieto, esperando
qué le harán y entonces aparece el recuerdo
de la madre perdida: "Mi madre la lavaba con apazote
/ Pero ha salido." (ibíd) En semejante plano
de sincronizaciones (ayer, ahora, mañana y siempre
en una sola vivencia) tenemos que leer lo que desde
aquí sucede en su poesía para asimilar
el cansancio que lentamente se apodera de lo que escribe;
"meneando como loros borrachos las cabezas cansadas"
nos dice en "Veintiuno y diez. Me fijo", "Fatiga
ser dos sombras" en "Los cuatro cuentos".
Olvidar, olvido, cansancio, fatiga, son palabras que
se multiplican bajo diversas formas: el Elegido ha vivido
tanto como no podemos sospechar porque lo ha hecho con
las partes y el todo. Si en uno de los poemas de La
vía pública leímos este par
de nostálgicos versos: "ya no soy el muchacho
que mira/ desde el reborde aquel de la ventana",
la escisión pasa a tomarse irremediable con estos
otros tomados del poema "Desde el suelo":
No
puedo ser ya otro -un estudiante
acaso
al que fascinan
los hasta luego específicos del viernes-
Esto es al fin el sol. No hay además,
Ni antes,
Ni algún día.
Sólo las voces
que poco a poco anulan los emblemas.
Esto que pasa sobre mí son ellos.
Y el azar y su lápiz malogrado.
(p.
15)
Parodiando
los versos que, a propósito del dibujo de la
luz sobre las losas de una de las habitaciones hospitalarias
en que estuvo, cierran el poemario homónimo,
se trata de "malos pasos". El instalarse de
las voces es territorio de una agotadora pelea escrita
como para escenificar la derrota. El ya citado "Huéspedes"
es un buen ejemplo: a la pregunta que se hace como si
pudiese controlar la situación, "¿Les
abro?", se contesta él mismo quitándose
toda esperanza: "No hay fantasía ni fábula.
Donde se dice: / entrar, entran." (p. 49) El enemigo
interior puede ofenderlo en lo que para el poeta constituye
un elemento central de su identidad, su condición
racial, tal como vemos en estos versos de "Funny
Papers": "Tú eres un negro sucio que
no agradece / tanto", / me dicen (p. 69); la imprecación
se opone a la plenitud de hombre negro que nos transmitía
un texto como "Una voz sobre la danza" de
Allegro de sonata o "Cortesía pagana"
de Epílogo famoso. Puede incluso burlarse
de lo que de inicio definimos como centro articulador
del Ser en el sujeto, su eticidad: "Viva en el
poeta de veras", me dice uno / "aquella actitud
rebelde a cualquier / método", nos cuenta
en "Huéspedes". Mi insistencia en detalles
es para precisar que lo que presenciamos es una hecatombe
vivida, reflejada por su relator como una caída
universal; los visitantes saben todos los detalles y
están en todas partes, libres, dueños.
El carácter eminentemente teatral de sus intervenciones
nos recuerda que no en vano el autor trabajó
largos años dentro de las artes dramáticas;
un poema como "Gestos", donde la mente del
sujeto viaja de la desarticulación al intento
de tomar el control sobre lo que sucede, es ejemplar
en cuanto a lo que son esos minutos durante los cuales
el delirio ha vencido:
No
hay playas ni cisternas, no hay otros
huecos solos
como diez jubilados cacareando en torno
al maíz
de los agromercados" -dice-
Y el hablador del parque deja pudrirse
el vaho
de su cigarro entre los dientes -dice-
Hasta que pase aquella que le pregunte
la hora.
Eso además. "Yo no soy un borracho
todavía".
-Ya está bueno, ya. Que se callaran coño,
dijo-.
Se echa a dormir no en el primer descanso
de la escalera sino en el vano del infierno.
(p.22)
La
búsqueda de la verdad en la escena se anota un
primer tanto en lo naturalista de la narración,
porque ahora no quiere poetizar la realidad ni distanciarla,
sino reproducirla en el detalle mínimo (la muchacha
que pregunta la hora y lo extrae momentáneamente
de la fantasía), como bajo lente de laboratorio
para localizar la quebradura o dejar el testimonio del
dolor a otros. A este respecto el poema mayor, el que
se propone lidiar con el hecho de la verdad misma, es
"El escogido". La lucidez con la que el autor/
texto analiza su sumergimiento es ahora escalofriante
y cumple la promesa que nos había hecho de reconstruir
el muro con la poesía, en este caso él
mismo; los versos están controlados y se mantienen
dentro de un incansable discurso autorreferencial, la
enfermedad y la muerte pasan por sus líneas,
habla como uno y también se reconoce como dos
o varios, derivaciones de la palabra "saber"
se repiten varias veces a lo largo del texto, la soledad
esencial en que se encuentra y la presencia invasora
de los otros igualmente están. Lo sabe todo al
fin. El encadenamiento del discurso está puesto
al servicio de una conciencia que perdió todo
pudor y se nos da desnuda, el secreto de alguien que
ha visto lo que ni siquiera sospechó Rimbaud;
para apoyar este movimiento de ahora puedo citar estos
versos tomados de "Huéspedes" : "Me
incomodan estas líneas que firmé como
si I fuera I otro. Ni para Rimbaud hay otro." (p.
51) Está, entonces, en la región que no
supo el que aparece como ídolo en "Hospitales"
: "Yo vi a Rimbaud amarrado en una cama I y al
Papá Protagónico amarrándolo duro.
.." (p. 42) Sorpresivamente aquí, cuando
incluso de los ídolos se desprende, el único
que sobrevive es el otro paranoico secreto: Lezama;
debió de haberlo leído en esa clave, a
un nivel de diálogo que acaso ningún otro
haya tenido, para salvarlo en ese instante y aún
reverenciarlo. En el poema "José Lezama
Lima", inserto como parte central del titulado
"Otro texto sobre otra prueba y otra prueba",
encontramos el verso que relaciona ambas sensibilidades:
"El sol es ahora el sol, no un embullo ni un /
símbolo. / No puedo escapar del conocimiento."
(p. 64) Como momento autorreferencial resulta este ser
el final de "El escogido":
Vienen.
Lo harán. Yo, el escogido. Ya ni
excepción
ni norma. Me aferran. Todo lo que temí
me envuelve. Todo lo que anhelé me acoge.
Insolencia, pavor; anhelo, error acuden.
Son este blanco y terco día entre
todos los días. Son el minucioso tajo
del cuchillo. Son esta franja oscura y son
este recinto donde lo más arduo es
no poder escapar del conocimiento.
(p.
38)
Al
tiempo que las nociones de corporalidad se desintegran,
asciende a la superficie este conocimiento otro que
se nos escapa a quienes no hemos vivido allí;
desconocemos lo que sea, pero sabemos que Escobar está
en uno de los recintos más reveladores y hondos
de la poesía cubana de cualquier tiempo, de la
poesía universal de cualquier tiempo. La desmesura
de mi elogio brota de imaginar una desmesura mayor en
el esfuerzo que él hizo para construir, sin otro
asidero que la misma desintegración, poemas como
un hilo con el que obligarse a seguir atado a la realidad.
¿Qué otras palabras decir ante esa confianza
sin límite en la poesía ahora sí,
en un absoluto o dramatismo que apenas podemos entrever,
testimonio del ser en el mundo al tiempo que averiguación
de las esencias del yo? Moldear esa sustancia aterrorizante
de los orígenes y transmitirla es algo que muy
contados artistas consiguen. Como revelación
de la compleja relación entre el destino del
país y el propio Escobar escribió estos
versos del poema "Consideraciones (respondiendo
a un argumento racista)", del libro Cuando salí
de la Habana:
Tal
cual el adelantado supremo,
Martí, que nos unió en la vida, muerte,
azar y destino,
veo una novia pasar; me atolondro y me callo.
Viuda de mí, no sé qué busca cuando
me come el frío.
Ni sé si al menos sabe que soy su muerto, el
muerto,
el último muerto de su amor callado.
El
poema al cual se toma como substrato de la intertextualidad
es el célebre "Dos patrias" de José
Martí, cuyos versos iniciales ("Dos patrias
tengo yo: Cuba y la noche. / ¿O son una las dos?")
adquieren nueva resonancia dentro de la existencia en
crisis de Escobar; primero porque la noche martiana
de la soledad y el sufrimiento es ahondada al límite
en la experiencia de la desintegración, segundo
porque Cuba es ahora novia incapaz de salvar al poeta
cuando lo "come el frío". Otro poema
de Escobar, titulado "Escarlata" y perteneciente
a igual libro, comienza con una descripción de
las medicinas que necesitaba ("psicotrópicos,
tranquilizantes, neurolépticos, antidepresivos
-tienes suerte, pues todo me aniquila. ..") y concluye
en una nueva tensión con esa Cuba que ahora,
nada menos que eso, lo lleva hasta el caos: "Me
llevó una canción / de Cuba; me trajo
otra canción, y escribo todo y digo / que allí
no hay autor ni obra ni espíritu." Y un
tercer poema, "Resguardo del orden", que nos
da las claves que necesitamos para concluir; si hacia
la mitad del texto, citando a Horderlin, escribe Escobar:
"Creo creer, con él, que lo que queda lo
fundan los poetas", termina con este conmovedor
llamado a la canción popular: "Tengo miedo,
pero mañana me voy p´a Sibanicú,
mañana. .." Conservar, a punto de ser tragado
por la desorganización, esa unidad esencial -Cuba
y la poesía- que ni siquiera en el delirio estalla,
es la lección de su ética. Ojalá
ese amuleto imaginario lo haya acompañado cuando
todo acabó.
Bibliografia
Escobar
Varela, Ángel: Viejas palabras de uso.
Unión, La Habana, 1978.
Allegro
de sonata. Unión, La Habana, 1984.
Epílogo
famoso. Unión, La Habana, 1985.
La vía pública. Letras Cubanas,
La Habana, 1987.
Malos pasos, Letras Cubanas, La Habana, 1988.
Todavía. Unión, La Habana, 1991.
Abuso de confianza. Unión, La Habana,
1994.
El examen no ha terminado. Zaragoza, Galería
Lausín y Blasco, 1997.
La sombra del decir. Galería Lausín
y Blasco, Zaragoza, 1997.
Cuando salí de La Habana. La Habana, Unión,
1997.
La Gaceta de Cuba, núm. 3, mayo/ junio de 1997.
Víctor
Fowler Calzada (La Habana, 1960). Poeta, crítico
y ensayista. Es autor de los libros La maldición.
Una historia del placer como conquista (1998), Rupturas
y homenajes (1998), ambos de ensayo; Caminos
de piedra (1999) y Malecón tao (2000),
de poesía. Preparó además la antología
poética La eterna danza (2000). Su más
reciente libro es Historias del cuerpo, serie
de ensayos aparecidos en 2001.
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