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Desde
hace un tiempo, el espacio Último jueves,
que organiza la revista Temas, convoca a debatir diferentes
asuntos de la realidad sociocultural cubana. Esas sesiones
cuentan con especialistas invitados y la durísima
intervención de un público libremente
convocado. A menudo, tales sesiones acaban reproducidas
en las páginas de la publicación.
La isla en peso dedica su Estación
crítica a un reciente debate que alrededor
del tema de la marginalidad acogiera Último
jueves. Agradecemos a los colegas de Temas la posibilidad
de llevar a nuestros lectores las controversias que
de puertas hacia adentro se producen y que, en este
caso, dibujan el complejo panorama de la cultura cubana
de cara a su utopía social.
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¿Que
significa ser marginal?
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RAFAEL
HERNÁNDEZ (Ensayista y director de la revista
Temas): Queremos que esta mesa de hoy esté
centrada en el fenómeno de la marginalidad entendiéndola
como vivencia, como identidad y como problema, en el
cual la dimensión cultural tiene una significación
especial.
La primera pregunta sería: ¿Existe una
identidad cultural marginal? ¿Podríamos
hablar -y en qué medida- de una cultura marginal?
AURORA
VÁZQUEZ (Profesora de Sociología de
la Universidad de La Habana): Empezaré por
valorar aspectos que me parecen de interés como
punto de partida. Para poder comenzar a hablar de si
existe o no una identidad cultural marginal, tendríamos
que comenzar por definir y aceptar convencionalmente
cuáles son las dimensiones en que definimos esa
identidad cultural marginal, porque pienso que la propia
construcción de la identidad supone una serie
de ángulos que necesariamente son multidisciplinarios,
y quien pudiera subrayar la imposibilidad de echar a
un lado los elementos económicos y materiales,
también tendría que aceptar que es imprescindible
valorar lo psicológico, es decir, las motivaciones,
los intereses esenciales de los sujetos -vamos a llamarlos
sujetos sociales en tanto son individuales o colectivos.
Por eso pienso que el punto de arrancada sería
tratar de precisar en qué dimensiones vamos a
valorar esa identidad cultural marginal y, a partir
de ahí, precisar si existe, y de qué manera
la vamos a conceptualizar, viendo, efectivamente, que
una cosa es el correlato material -es decir, el fenómeno-
y otra, su conceptualización.
MIGUEL
MEJIDES (Narrador): ¿Qué hago yo
aquí?, me preguntaba, porque yo nunca manejo
conceptos, manejo el lenguaje artístico, el lenguaje
de la metáfora. Me cuesta mucho conceptuar; o
sea, el pensamiento científico, para mí,
siempre fue muy problemático; nunca puedo tener
un pensamiento científico. Por eso, a la hora
de acercarme al mundo de la marginalidad lo hago desde
la literatura. Me encantan los personajes marginales;
no hay como un personaje marginal para desarrollar un
hecho literario. Yo le decía al director de la
revista Temas, que él y yo, muchachos buenos
-yo, un guajirito lépero de Camagüey, y
él un académico que ha viajado por muchas
universidades-, no damos novela, somos tipos que nos
acostamos temprano, y quizás nos tomamos un vaso
de agua antes de hacer el amor, no somos novelables.
La novela está -lo decía la profesora
Aurora-, en lo psicológico, está en la
locura y está en lo marginal. Siempre he pensado
al marginal como mirando un buque, un barco lleno de
luces; quizás una pareja amorosa en la proa,
y desde la orilla, el marginal mirándolo.
A la hora de enfrentar los temas marginales y conceptualizarlos,
lo hago desde la metáfora y la parte artística.
Yo quería escribir un cuento sobre un marginal
-y perdonen que hable de mí-, un cuento sobre
el mercado negro, la economía sumergida, ese
submundo, y me dije: ¿cómo enfrentar ese
problema?, ¿voy a describir naturalistamente
la realidad? Y me dije: no; me inventé un bizco,
que viene a La Habana a trabajar en el turismo, y no
le dan trabajo en ningún hotel porque es bizco,
y aquello es el Palacio de la Belleza. Se encuentra
en una estación de trenes a unos enanos y descubre
cómo esos enanos, que viven bajo la ciudad de
La Habana, que venden, matan vacas, entran automóviles,
sueños y no sueños, reconstruyen el mundo
marginal de la vieja ciudad de La Habana. Ese es el
concepto de marginal para mí; esa metáfora
de un bizco, unos enanos, una realidad muy dura. ¿Y
cómo escribo estos temas? Hago trabajo de campo
en ese sentido, aunque no científico. Me siento
en el Prado y simplemente, observo. Me senté
meses en el Prado y yo miraba a los personajes y así
descubría lo marginal. Para esta mesa redonda
yo me quise hacer el científico. Me he pasado
seis días en Internet, leyendo artículos
sobre marginalidad, y me di cuenta de algo: los problemas
de la marginalidad en Sao Paulo, Buenos Aires, Madrid
-eso es un reto para el pensamiento científico
cubano- en nada se parecen a los problemas nuestros.
Si vemos los índices de desempleo en Río
de Janeiro, en Buenos Aires, la falta de salud pública,
la muerte de muchos niños por 1 000 nacidos vivos,
todos son grandes problemas en esos países, y
hay un crecimiento enorme de la marginalidad. Pero en
Cuba, ¿no están resueltos esos problemas?,
¿y no crece la marginalidad? Hemos resuelto esos
problemas, ¿pero no existe la marginalidad?
A la hora de hacer el análisis de la marginalidad
en Cuba, yo lo haría en dos partes; porque no
es la misma en La Habana que en el interior del país.
Hay situaciones muy específicas en la gran ciudad,
que son como una gran incubadora de marginalidad, que
no existen, por ejemplo, en Camagüey, en Manzanillo,
en Santiago o en Matanzas. Luego, generalizamos la marginalidad
y decimos: en Cuba no, o en Cuba sí. Yo sería
más específico a la hora de analizar.
Es muy diferente en La Habana: dos millones de habitantes,
problemas acumulados, situaciones, historia, memoria,
etc.
Y como decía Aurora, separar lo económico
en los análisis de la marginalidad, sería
un desastre. Podemos acercarnos, llevar la cultura a
zonas marginales, pero si no hay un análisis
económico, ni una solución a necesidades
económicas acuciantes, el problema de la marginalidad
no se puede resolver. No es suficiente garantizar la
educación, la cultura, la salud pública.
Es lo que pienso. El problema de la marginalidad es
un ente integral que tenemos que entrar a analizar en
su conjunto, y ¿por dónde empezar? Por
la economía, que desempeña un papel fundamental;
ese vivir diario, eso que los marginales dicen que hay
que "lucharla".
RUBÉN
ZARDOYA (Profesor de Filosofía de la Universidad
de La Habana, director de la Escuela de Trabajadores
Sociales de Cojímar): Lo que yo puedo aportar
es trasmitir algo de las experiencias que he acumulado
durante estos últimos ocho meses, trabajando
en la dirección de la Escuela de Trabajadores
Sociales de Cojímar, y lo que he podido conocer
sobre los programas que está desarrollando la
Revolución para atacar, entre otros males, la
marginalidad.
Debo reconocer que no he hecho investigaciones específicas
sobre el tema de la marginalidad; solo algún
que otro artículo aislado que he leído.
No cabe la menor duda -sin economicismo de ningún
tipo, que haga depender directamente conductas, formas
de pensamiento, hábitos, etc., de determinadas
condiciones materiales-, de que hay una determinación
económica. Ahora bien, de determinación
económica a determinismo ya habría un
paso. Yo sí creo en el inmenso papel que puede
desempeñar el trabajo cultural y educativo en
la eliminación de formas de marginalidad, porque,
en buena medida, la marginalidad responde a determinadas
normas, valores, hábitos, conceptos sobre la
vida, concepciones del mundo, sistemas de relaciones
humanas, formas de percepción.
Recientemente, se han hecho investigaciones que, por
ejemplo, logran determinar que solo un 2% de los jóvenes
presos son hijos de profesionales y, curiosamente, también
solo un 2% -en estudios que se han realizado en la ciudad
de La Habana- de los jóvenes desempleados, son
hijos de profesionales. Pienso que no son necesarias
muchas mediaciones teóricas para, por lo menos,
poder establecer que existe una relación entre
cultura, marginalidad, desempleo (como una forma de
marginalidad) y educación. Me parece que eso
es algo incontrovertible.
Sí quiero insistir en lo siguiente: vemos un
papel clave en el factor económico para crear
marginalidad. No cabe la menor duda de que esto está
asociado a graves limitaciones económicas, a
la incapacidad de lograr un pleno empleo productivo;
pero incluso el plano económico está asociado
a la idea de que el problema del empleo -que lo veo
directamente vinculado a la marginalidad-, no puede
ser resuelto en la esfera de la producción material,
de la industria, de la agricultura, porque allí
la mano de obra compite con la tecnología. Y
no digo que tan peligroso, pero casi tan peligroso y
preocupante como el subempleo es el sobreempleo, del
cual, en determinadas épocas, padecimos. Recuerden
aquellas cafeterías en las cuales se vendía
pan con croqueta y se ofrecía agua, y había
cinco empleados.
RAFAEL
HERNÁNDEZ: En las tres intervenciones se ha hecho
referencia a lo importante que es entender la naturaleza
económica de la marginalidad para poder definirla.
¿Ser marginal es ser pobre? La respuesta es:
no. Hay gente que son pobres y no son marginales. ¿Ser
marginal es ser delincuente? No; se puede ser marginal
y no ser delincuente. ¿Ser marginal es no tener
dinero? No; se puede tener mucho dinero y ser marginal.
La problemática económica, por consiguiente,
está presente, pero a través de una forma
de vida específica, que tiene manifestaciones
como fenómeno cultural. Esto no quiere decir
que está expresado exclusivamente en las maneras
de hablar o en las maneras de caminar, sino en todo
un mundo de imágenes, de conductas concretas,
de acciones y prácticas concretas que se realizan
y que se autorreproducen. No todo marginal tiene una
necesaria autoconciencia, pero sí se da como
una identidad que se objetiva socialmente. Como decía
la economista británica Jane Robinson, "puede
ser que no se pueda definir lo que es un hipopótamo,
pero todo el mundo se da cuenta de un hipopótamo
cuando lo ve". Y con la identidad del marginal
como fenómeno cultural sucedería algo
así.
Antes de saber cómo superar la marginalidad -que
es la última pregunta-, antes de poder profundizar
en qué significa superar la marginalidad, tenemos
que pensarla antes en su naturaleza, en su identidad
y en sus manifestaciones concretas; es decir, en sus
manifestaciones como cultura. En este sentido, les preguntaba
antes, ¿podríamos hablar de una identidad
de lo marginal?, pero ¿podríamos hablar
de cultura, una cultura, o de culturas marginales que
podrían ser descritas de la misma manera que
podríamos describir -quizás no definir,
pero sí describir-, al hipopótamo?
AURORA
VÁZQUEZ: Las intervenciones de los compañeros
que antes hablaron, me llevan necesariamente a considerar
algunas cosas en relación con cómo definir
o cómo ver una o varias culturas de la marginalidad.
Creo que la primera de las cosas que sería interesante
tener presente está en el sentido del otro, de
la cualidad de diferente que tiene la marginalidad en
su propia definición; es decir, cualquier definición
de marginalidad parte de un centro que se instituye
como el afirmativo. Es evidente, entonces, que la marginalidad
en su propia definición, se está dando
a partir de un lente de prejuicio.
Porque si nosotros, conscientemente, comprendemos que
hay algo de esto en la propia definición de lo
marginal, entonces podremos darnos cuenta de que esas
culturas no tienen por qué tener un sentido negativo,
ni por qué considerar una cultura como peor y
otra como mejor. Lo diferente no tiene por qué
ser mejor ni peor. Esos juicios de valor, si acaso tuvieran
sentido, sería con el objetivo de medir su funcionalidad
respecto al desarrollo de las relaciones sociales dentro
de una cultura o de otra. Si valoramos la decantación
de aquellos elementos de las relaciones, el estilo de
vida, incluso las connotaciones éticas con respecto
a determinados conceptos cargados de una perspectiva
de género -como por ejemplo el de hombría-;
si decantamos, repito, estos elementos que subyacen
en algunas culturas marginales y que afectan, lastran
el desarrollo o lo impiden, o de alguna manera coartan
las posibilidades de crecimiento personal, de bienestar,
de enriquecimiento humano de algunos de estos sectores,
ya se vea en términos de género o no,
esos son perfectamente comprensibles en algunas culturas,
que aportan una visión positiva, constructiva,
incluso enriquecedora, del mundo. De manera que la cuestión
no es tan simple, no es tan sencilla como apostar por
uno u otro medio de superación de la marginalidad.
Creo que esa es una tarea que, evidentemente, está
en terrenos resbaladizos y que nos están haciendo
caminar al borde del prejuicio y de posiciones inconsistentes
respecto a una política social coherente con
el desarrollo personal y colectivo de todos los sectores
y todos los segmentos de la sociedad cubana.
RAFAEL HERNÁNDEZ: Déjenme agregarles algo
a las preguntas anteriores, que tiene mucho que ver
con algo que mencionó rápidamente Aurora.
Cuando hablamos de una cultura marginal, estamos hablando
más bien de aquellos elementos que consideramos
enajenantes o negativos en la cultura popular, ¿no
hay, dentro de ese entorno que es la cultura marginal,
elementos que no son enajenantes y negativos?
MIGUEL
MEJIDES: Yo comparto las ideas de la profesora; toda
cultura aporta. El intercambio de culturas aporta. Chano
Pozo era un marginal, y la música cubana se integró
al jazz, porque existió Chano Pozo. La música
de cajón o el golpe de cajón en los solares
habaneros, el güagüancó, la oralidad,
Yarini, el mito. Y seguimos: la literatura, el arte,
se han nutrido de todo esto, y ha sido muy positivo
para la cultura cubana: y, en fin, la propia cultura
cubana, en su conjunto, mirándola en el contexto
del mundo completo, es marginal. Nosotros somos marginales
en relación con el Primer mundo.
Yo pienso que el mundo se convierte en una especie de
trasmisión de marginalidad; unos marginan a otros,
y estos a otros, y así sucesivamente. Vemos en
Brasil los procesos de marginalidad en Sao Paulo y otras
regiones; pero, a la vez, en Brasil los indios marginados
están exterminando la selva del Amazonas. Nosotros
mismos, una isla tropical, con un determinado nivel
cultural, desarrollo científico, de la humanística,
del pensamiento y la cultura; pero para el Primer Mundo
somos unos marginados, unos inditos del Caribe.
Ahora, en cuanto a lo específico de la pregunta
de Rafael, sigo insistiendo que esto es muy difícil
y muy peligroso, y andamos en una especie de cuerda
floja. ¿Decidir qué es negativo en una
cultura o en una trasmisión de cultura y qué
es positivo? Muy peligroso, porque en cualquier momento
nos podemos convertir en censores; en cualquier momento
nos podemos convertir en gente que discrimina, que quita,
que tacha, que decide qué es positivo o qué
es negativo. A la larga, la cultura no se mide en un
año, ni en diez años, sino en un tiempo
mucho más largo. El tiempo de la cultura, para
medirlo, contabilizar influencias y retroalimentaciones,
es mucho más largo.
Yo no creo que exista una total cultura de la marginalidad.
La cultura es una cosa muy compleja; sí pienso
que existen atisbos culturales, dentro del conjunto
de la nación cubana, que son aportados por los
sectores marginales.
RUBÉN
ZARDOYA: No hay la menor duda de eso. Solo quiero añadir
algo, más bien, sobre lo que hablábamos
del problema económico. Si el problema económico
es clave, a mi juicio, no lo es tanto por cuánto
se produce, qué cantidad de riqueza social se
produce, eso es hasta cuantificable, sino, ¿cómo
se distribuye esa riqueza? La cuestión está
en encaminar pasos que permitan lograr una igualdad
real de posibilidades para todos los ciudadanos; no
solo se trata de oportunidades en sentido general. Podemos
decir que, en abstracto, existe igualdad de oportunidades
para todos los ciudadanos cubanos; en la realidad, sabemos
que no es así, y eso depende de una cultura,
de una situación económica, de un status
familiar, de un barrio donde se viva, de escuelas a
las cuales se va.
Yo pienso que hoy día nosotros solo estamos en
capacidad de superar todos los valores negativos que
circulan en la marginalidad en una posición que
se mantiene al margen del sistema institucional de la
sociedad, de su torrente sanguíneo fundamental
en el proceso de producción y reproducción
de la vida social, si nosotros logramos, sin tener que
achatar el polo superior y levantando progresivamente
con toda una serie de medidas concretas capaces de incidir
en la familia y ante todo en los niños, los adolescentes
y los jóvenes, una igualación real de
posibilidades.
RAFAEL
HERNÁNDEZ: Bueno, sobre este tema que ha iniciado
ahora de una manera más estructurada propiamente
Rubén, ¿qué significa para ustedes,
qué significa para nosotros la idea de superar
la marginalidad? ¿En qué términos
-si estamos hablando de un fenómeno que tiene
esa complejidad-, que es un fenómeno económico,
a la vez social, a la vez cultural, cuando hablamos
de superar, se trata de superar qué marginalidad?
¿Qué rasgos de esa cultura de la marginalidad
son aquellos rasgos de los cuales hablamos que se trata
de superar, y qué significa superar?
AURORA
VÁZQUEZ: Pensando en todo lo que hasta aquí
se ha venido trabajando y todo, además, lo que
se ha venido haciendo en los dos últimos años
en el marco de los programas de la Revolución,
que están indiscutiblemente dirigidos a la superación,
a la transformación cualitativa de las circunstancias
que se acumularon a lo largo de los diez años
de mayor presión del período especial
(a partir de 1991) es que intento darle respuesta a
esta pregunta partiendo de algunas reflexiones que tienen
un carácter conceptual.
Les digo esto porque a mí me parece que -y considero
que esto no es privativo solo del estado cubano-, en
general las superaciones de los grandes problemas sociales
siempre dependen de un diseño desde la política
social; claro está que este diseño desde
la política social, que de alguna manera también
se puede definir como los procesos preventivos en cualquier
sistema social, estarán, evidentemente, sujetos
a los objetivos fundamentales de ese sistema, de acuerdo
con lo cual es evidente que la política social
de nuestro estado está en garantizar -desde una
manera mucho más efectiva-, lo que desde la visión,
desde el ángulo jurídico, estaba ya legitimado
y legalizado desde muchísimos años antes
de los '90, que es la garantía del disfrute de
los derechos plenos en igualdad de condiciones, para
todos los ciudadanos cubanos. Ahora bien, esa política
social diseñada macrosocialmente tiene, a partir
del año 2000, una contraparte microsocial; es
decir, una contraparte que ya no solamente va a atender
a las ciencias jurídicas en el ámbito
de la legalización general, sino que va a buscar,
a hacer atenciones focalizadas, de alguna manera descentralizar
esas propuestas de garantías de derechos, y yo
pienso que realmente este es un paso muy importante,
un paso fundamental y decisivo en torno a la superación
de la marginalidad.
Yo pienso que lo principal dentro de esta focalización
sería tratar de evitar la reproducción
de los conceptos paternalistas y tutelaritaristas en
la atención a estos grupos. Con esto lo que quiero
decir es buscar que este tipo de atención focalizada
vaya no a reproducir la asimetría entre una cultura
y la que denominamos cultura marginal, sino a buscar
en la participación más consciente, más
responsable, en la co-participación, y en la
co-responsabilidad entre el profesional que atiende
a estos focos, y los sujetos activos que tienen que
responsabilizarse y que, de hecho, lo que se busca es
que se responsabilicen con sus transformaciones, con
su enriquecimiento, hacia esa, digamos, hacia ese cambio
social y, en este caso, cambio cultural, sin perder
-y esto es justamente lo más delicado- las riquezas
culturales que estos grupos atesoran.
De manera que el problema no está suficientemente
visto si pensamos en hacer ascender o en cubrir brechas
desde posiciones de alturas; creo que las posiciones
de alturas van a estar entorpeciendo un poco el proceso;
la visión estaría en el enriquecimiento,
en la co-participación, en el estímulo
de las motivaciones culturales, en el estímulo
del desarrollo, y a partir de ese estímulo del
desarrollo y del enriquecimiento, entonces están
los cambios a partir de ellos mismos, porque nadie cambia
por encargo, nadie aprende por encargo, nadie se supera
por voluntad de otro, sino única y exclusivamente
por voluntad propia. Y llegar a esos núcleos
comunitarios, ya sean de zonas urbanas o rurales con
una propuesta de desarrollo comunitario desde su centro
mismo, desde la médula de su vivencia, y desde
sus propias necesidades, iniciativas, desde sus propias
expectativas, sería el punto, la chispa de arrancada
para facilitar esos cambios en función de los
intereses de esa macroestructura social y de la política
social que nosotros estamos persiguiendo, que son objetivos
humanistas y que son objetivos del enriquecimiento y
del bienestar de toda nuestra población.
MIGUEL
MEJIDES: Usted ha explicado perfectamente lo que pienso
yo. Hay que acercarse por el lado humano; si vamos a
ser misioneros, somos misioneros de la integración,
junto a ellos. No somos los jesuitas que vamos a cambiar
a los pobres indios guaraníes y les vamos a cambiar
las costumbres, aunque los jesuitas fueron bastante
respetuosos, no es el buen ejemplo.
¿Por qué digo esto? Muchas veces hacemos
las cosas mecánicamente y cada ser humano, cada
individuo, cada casa, cada barrio, cada lugar, es un
corazón viviente diferente y al que tenemos que
acercarnos con el lenguaje de otro corazón, y
no estoy haciendo una novela mexicana, como decía
un amigo mío.
¿Qué problemas hay en el alma de nuestra
sociedad que crea marginales? ¿No tendríamos
que hacer un autoanálisis también sobre
qué problemas se han acumulado que no son ya
ni económicos solamente, que han hecho que la
marginalidad se mantenga y en algunos momentos ha crecido?
¿Qué problemas tenemos dentro de nuestra
sociedad que tenemos que analizar y estudiar y un día
discutir a camisa quitada, en que la marginalidad ya
no está basada en barrios o zonas, sino la marginalidad
ha ido a formar parte de entornos cercanos a cada uno
de nosotros?
Yo, en la noche, hice un recorrido hace tres años
con El Ambia, el de la UNEAC, un recorrido con varios
amigos, y nos metimos en los barrios marginales. Me
dio mucha tristeza, porque al final descubrí
que estaba haciendo lo que critico ahora; casi estaba
como el explorador descubriendo algo que conocía
por referencias: se vive mal. Muchas veces en muchos
barrios de La Habana, Dickens podría escribir
grandes capítulos de sus novelas; muchas veces
en barrios de La Habana está la Corte de los
Milagros. Por lo tanto, para acercarnos a la Corte de
los Milagros, no tiene que haber solo una gran bailarina
en su gran danza; tiene que haber la danza del alma;
tenemos que ser un evangelio vivo al acercarnos a ese
lugar porque, insisto, si no vamos limpios de alma y
de corazón, sin esquemas, es muy difícil,
porque vamos a topar con otros esquemas, otros prejuicios,
y entonces se va a cerrar el diálogo. Debemos
hablar el idioma de Dios, pero no del Dios evangélico,
del Dios del alma, ese es el que tenemos que hablar.
RUBÉN
ZARDOYA: Me parece muy importante lo que decía
Miguel, y por eso es tan importante el problema de la
cultura, de la asimilación de la cultura, de
la creación de cultura.
Yo pienso, por principio, que la marginalidad, lo que
hoy llamamos marginalidad, es congénita al capitalismo;
no parece caber ninguna duda a partir del análisis
de las leyes de la reproducción capitalista,
de que el capitalismo es incapaz; el capitalismo se
ve obligado a una superproducción de población
con respecto a sus posibilidades reales de la producción;
de ahí surgen los conocidos ejércitos
de desempleados, los excluidos, los sobrantes, de la
gente que le sobra al capitalismo, tanto en las naciones
capitalistas desarrolladas como en el mundo subdesarrollado;
al capital le sobran pueblos enteros; para reproducirse
y para una reproducción ampliada, él puede
prescindir de pueblos enteros que nunca serán
capitalizados.
Ahora bien, yo pienso que por principio, en el socialismo,
en una sociedad socialista, no pueden existir ni presos,
ni desempleados ni marginados, y en la medida en que
existen presos, desempleados o marginados, en el sentido
amplio de población superflua, que es el término
también que se logra, habla de lo mucho que nos
queda por andar, de lo balbuceantes que son estos pasos
iniciales en aras del socialismo y de las derrotas cotidianas
junto a los grandes éxitos que nosotros tenemos.
La gran tarea consiste en hacer estallar todo el conjunto
de trabas sociales -tanto las que hemos heredado como
las que nosotros hemos creado y reproducimos- que impiden
que individuos y grupos de individuos se integren al
pulso vivo de una sociedad, que sean capaces de realizarse
como seres humanos en funciones socialmente útiles,
en funciones que tengan validez no solo para sí
mismos, sino para colectivos humanos, comunidades humanas
y, sin duda, existen todavía muchas barreras
que imposibilitan esto; que son barreras históricas,
barreras económicas, barreras culturales y barreras
de lo que llamábamos en sentido más general,
una diferenciación real de posibilidades. Toda
idea grandiosa o toda idea importante siempre corre
riesgo de ser vulgarizada, de ser tergiversada, de encontrarse
con formas -como decía Aurora- de paternalismo,
-como decía Miguel-, de esquematismo.
Intervenciones
del público:
ISABEL
LEÓN (Arquitecta): Bueno, no es que haya
venido aquí a aprender o qué sé
yo, es a oír, pero salgo tan confundida como
entré sobre un supuesto significado que pueda
tener una cultura marginal.
El primer problema que veo es que hasta ahora las personas,
los individuos aquí, han sido, en general, en
el país, tratados como cifras, como números,
que se mueven de una columna a otra y se manejan; entonces,
las individualidades son las que crean todas estas distintas
marginalidades, como se ha ido obviando; son problemas
muy profundos, pero problemas, y no se tocan.
Yo, por ejemplo, me siento marginal desde el punto de
vista, digamos, de la información. Yo oigo la
mesa redonda y me dicen: "en internet, tal cosa";
yo no tengo acceso a internet; por lo tanto, yo, mis
propios análisis no me los puedo hacer de una
primera lectura que yo haga. No, yo tengo que analizar
lo que ya otro analizó por mí y me presenta;
o sea, yo me siento marginal porque no tengo acceso
a internet.
Lo
último que quería hacer, un comentario
que no es exactamente, directamente, sobre la marginalidad,
pero que me picó un poco como arquitecta, cuando
el compañero Rubén Zardoya estuvo hablando
del problema de la vivienda. Yo creo que el país
sí tiene formas de resolver el problema de la
vivienda; por decantación, lo primero es reconocer
la falta de una política diseñada para
implementar la solución del problema de la vivienda
en Cuba; y segundo, reconocer que las vías que
se han abordado hasta ahora no han dado resultado positivo.
Entonces, ya eso está probado, porque hasta ahora
llevamos cuarenta años y no hemos resuelto; por
lo tanto, no podemos seguir machacándonos en
las mismas vías que hemos estado desarrollando
hasta ahora. De manera que lo primero que hay que hacer
es aceptar que hay otras vías, que hay otras
escalas. Hay países pobres, y que nosotros somos
pobres, que han aplicado otra serie de cosas con determinados
éxitos, a escalas que socialmente ellos pueden
aplicar y nosotros pudiéramos todavía
aplicar mucho mayor por la sociedad en que vivimos.
Los éxitos más reconocidos de la Revolución
han sido aquellos que se han masificado: educación,
alfabetización, salud pública, médico
de la familia, ¿y en la arquitectura, qué?,
¿en la vivienda, qué? Si cada vez lo que
hay es más y más y más y más
trabas para la autoconstrucción y para que sea
la población la que resuelva los problemas de
la vivienda en Cuba. Por lo tanto, yo creo que hay que
partir de eso, pero eso sería otro tema, otra
mesa, de rehacer la ciudad, del tema anterior; en fin,
pero de ahí, pero de ahí lo que quiero
decir, pero lo que sí quiero decir es; me chocó
lo de la vivienda, porque es que a partir de la vivienda
se reflejan cientos de marginalidades en este país;
cuando tú tienes resuelto el problema ese, puedes
resolver otra serie de cosas.
No
se identifica: Quiero referirme al instrumento analítico
con que se está valorando qué es la marginalidad
hoy en esta sociedad socialista, porque yo soy negro,
nací en un solar en el barrio de Los Sitios,
y los pobres de ese barrio éramos marginales.
Sin embargo, de esa población marginal -y por
eso digo que lo marginal está asociado a la estructura,
a la división de clases y a lo que impone la
clase dominante-, surgieron valores de nuestro pueblo.
Chano Pozo no fue un marginal, con todo el respeto del
compañero; Chano Pozo fue un hombre valiente,
temerario, machista, pero no era marginal, porque su
producción incorporó a la cultura nacional
y a la cultura norteamericana un valor; luego entonces,
¿qué cosa es lo marginal? ¡Ah! Por
eso digo que el instrumento todavía que escucho
al valorar lo marginal tiene detrás un aparato
conceptual que fija el fenotipo, que fija el barrio,
y eso es un problema de conducta, de actitud, de mentalidad.
Hoy, en barrios residenciales que pueden ser Miramar,
La Víbora o Vedado, Santos Suárez, hay
más deterioro de valores que en esos barrios
que hoy se les llaman insalubres, porque eso está
dado por la formación de valores en la familia,
conceptos de solidaridad, de fraternidad. Hoy hay jineteras
que no tienen necesidad de vender su carne por cuatro
dólares, y donde yo nací las mujeres de
la vida eran guajiras que tenían diez niños,
pero tenían que prostituirse porque la sociedad
las obligaba, pero nadie le decía prostituta,
le decíamos "mujer de la vida", y tenían
valor. Por lo tanto, yo creo que hay que entrarle con
la manga al codo; la Revolución está haciendo
una labor grandiosa. Yo he tenido la oportunidad de
estar en África, en la India, en países
donde la gente se muere de hambre, y lo que está
haciendo la Revolución no tiene paralelo con
nada. Si hay todavía problemas en la vivienda,
no está al alcance nuestro resolverlo. Lo que
hay que entrarle es al deterioro de valores que tenemos
muchos de nosotros, a la mentalidad consumista, individualista,
egoísta, que nos acaba, que nos corrompe.
Y no le podemos dejar solamente al estado socialista
que resuelva el problema de lo marginal. Lo marginal
es una actitud ante la vida, que no está dada
por un sector de la población, sino que está
dada por esa forma en que usted enfrenta la vida; por
eso, yo llamo la atención sobre el aparato conceptual
con que todavía decimos "esos barrios marginales
donde están hacinados". En mi casa vivíamos
cuatro, dos padres en un cuarto, y allí nadie
robó ni nadie se prostituyó, y estábamos
hacinados. La pobreza no da marginalidad; la pobreza
da marginalidad en el capitalismo porque están
cerradas las puertas, y ahí es que entonces hay
que ir contra el sistema. Gerardo Abreu Fontán,
Arístides Viera, El Curita, esos mártires
que dieron la vida por la Revolución, salieron
de esos barrios, y en aquel entonces se consideraban
marginales. Marginales hay que usan hoy cuello y corbata
y son más marginales que los marginales reales.
MARÍA
ISABEL: Yo creo que de una manera u otra aquí
se ha puesto en evidencia -y lo decía Aurora
muy atinadamente-, que hay prejuicio a la hora de evaluar
qué cosa es lo marginal o no. Y yo creo que por
eso el tema de la marginalidad no puede verse al margen
del tema de la integración social. Entonces,
en definitiva, ¿qué cosa es lo marginal?
Todo aquello que excluye al individuo de la posibilidad
de integrarse socialmente en una economía, en
una sociedad, en una cultura, que es diversa, que es
diferente y que no se rige por un patrón único.
En la medida en que seamos capaces de ver eso y que
podamos ver todos esos aportes que los diferentes elementos
hacen a esa cultura y a esa sociedad, es que podremos
realmente ubicar dónde es que está la
marginalidad.
De todas maneras, yo creo que este es un tema muy polémico;
o sea, que es difícil ponerse de acuerdo, y yo
siento que el tema de la relación entre lo económico
y lo cultural es un tema en el que hay que seguir abundando,
en el que, quizás, haya mucha tela por donde
cortar, porque yo estoy de acuerdo que es un tema de
valores, que es un tema de estilos de vida, que la educación
y la cultura juegan un papel imprescindible, pero también
hay un elemento de condiciones de vida, de condiciones
económicas, que contribuyen y favorecen a asumir
determinadas actitudes y conductas ante la vida.
Y yo comprendo lo que dice el compañero y lo
comparto en términos de los barrios insalubres,
del hacinamiento, pero lo que sí no cabe duda,
que a un joven que vive en una casa donde no cabe, porque
como aquí mismo se ha dicho, viven dieciocho
a veces en dos habitaciones, es muy difícil llevarle
la Biblioteca familiar para que lea las obras de la
literatura universal, porque, entre otras cosas, no
tiene donde leerlas. Entonces, hay una relación
entre lo económico y lo cultural que yo creo
que no se puede obviar y que sería erróneo
absolutizar cualquiera de los dos polos. No se trata
de esperar a que se resuelva el problema económico,
que haya viviendas, para entonces dar educación,
pero tampoco se puede pensar que solamente con educación
y con cultura se van a resolver problemas en condiciones
económicas como las que existen no solo en nuestra
capital, sino también en el resto de nuestro
país, porque aunque la capital tiene sus características
particulares, hay que visitar otras provincias para
ver que hay otro tipo de condiciones difíciles
que también, si no se les llama de marginalidad,
por lo menos sí hay que llamarlas de exclusión
social en el acceso a determinados bienes y servicios.
MARÍA
DEL CARMEN ZABALA: Dos cuestiones solamente. Pienso
que tal vez lo polémico, lo álgido sobre
la discusión sobre el tema, obedece al hecho
de que muy recientemente hemos visibilizado este fenómeno
en nuestra sociedad, y por tanto son muy recientes las
discusiones acerca del tema y eso -me parece a mí-
lo torna muy difícil de abordar, porque desde
lo conceptual, lo teórico, nos faltan todavía
herramientas para poderlo discutir.
Más que la pregunta de qué significa ser
marginal en nuestra sociedad actual, me preguntaría
cuáles son las condiciones que favorecen la reproducción
de este fenómeno social; es decir, cuáles
son las causales de diverso orden que están haciendo
que se reproduzca -y con cierta acentuación,
además-, este fenómeno. Me parece que
la respuesta, que no la tengo, tiene que estar en consonancia
con lo último que expresaba María Isabel:
no es un fenómeno que tenga una sola causa, es
un fenómeno multicausal, y absolutizar cualquiera
de esas causas me parece que nos conduce a error. Ni
solamente se resuelve por la vía de la educación,
la cultura, ni tampoco se resuelve únicamente
por la vía del mejoramiento de las condiciones
materiales de vida, aunque coincido plenamente en que,
evidentemente, mejorar estas condiciones de vida, y
en primer lugar la condición de la vivienda,
es un factor esencial.
Lo segundo que quería plantear es situarme en
el problema desde la acera opuesta; es decir, por un
lado está la marginalidad. Yo me preguntaría:
bueno, por el otro, ¿qué es lo que hay?
La respuesta está en buscar las formas que garanticen
una participación social efectiva de las personas
en la sociedad. Participar no significa inscribirme
en ni estar integrado a; participar significa,
realmente, poder involucrarme, comprometerme, decidir,
poder como persona, como comunidad, como espacio físico,
tener la posibilidad de hacer gestiones, de tomar decisiones.
Retomando lo que planteaba Zardoya en su intervención,
del conjunto de programas sociales que se están
realizando actualmente en nuestro país, se impone
en este momento buscar los puntos de comunión
entre esos programas y un conjunto de iniciativas que
del lado de las comunidades se vienen realizando desde
los últimos años. Todavía no percibo
el punto de encuentro entre estas iniciativas comunitarias,
estos proyectos culturales, y algunos de los programas
que se vienen realizando. Es algo sumamente importante.
OVIDIO:
Nos hemos estado refiriendo a la marginalidad, los marginales,
los otros, que no somos nosotros mismos, y yo invertiría
la mirada: ¿acaso todos no somos también
un poco marginales?
El concepto de marginalidad, Rafael señalaba
que no se identifica con el de pobreza, no se identifica
necesariamente con el de delincuencia, pero está
muy asociado a la ilegalidad, a algo que fuerza a determinadas
relaciones sociales adecuadas; y de alguna forma todos
los aquí presentes no solo es que convivamos
en medios donde la marginalidad ha penetrado, porque
ya no está circunscrita a determinados barrios,
a determinadas zonas, sino que ha penetrado en nosotros
mismos. Es esa la única manera de sobrevivir,
porque cada uno de nosotros compra productos mal habidos,
y sabemos que son mal habidos; cada uno de nosotros
trata en algún momento de obtener ingresos por
medios que sabemos que no son los legales, pero hay
que hacerlo porque hay que vivir. Entonces, ¿hasta
qué punto el estado actual de nuestras normas
jurídicas y de las relaciones estatales favorecedoras
de la producción o no-producción de la
vida, tienen una incidencia en que nos estemos convirtiendo
todos a una cultura de la marginalidad? Estoy planteándolo,
quizás, en términos extremos, porque no
se trata de eso y hay diferenciadores, pero señalo
este aspecto como un aspecto problemático, y
le sigo concediendo la prioridad absoluta en este sentido
a la política económica, que creo que,
independientemente de que este es un problema global,
integral, realmente lo que desencadena la posibilidad
de cambios, a mi juicio, es salirse del cuadro de percepción
de la política económica actual, trascenderlo
y poder remontar este problema social.
| |
| Fidel
Castro with to loca boys in a Washingtonl, D.C.,
park. From the Baltimore Afro-american (1959) |
ELAINE
MORALES CHUCO: Pienso que hay que partir de saber que
existe; como mismo de heterogéneo es el mundo,
heterogénea es también nuestra sociedad,
heterogénea es también la marginalidad,
y por tanto los modos de abordarla y de trabajar para
erradicarla. Es muy importante hacer hincapié
en la marginalidad de tipo económico, porque
hay una diferencia con respecto a una norma x de consumo,
y una diferencia en cuanto al consumo de determinados
bienes importantes como a los que acaba de hacer referencia
Ovidio, o al problema de la vivienda. Eso es un consumo,
es un bien importantísimo a tomar en cuenta,
pero hay otros tipos de marginalidad que no parten de
la tenencia o no de determinados bienes económicos;
es decir, de determinados bienes materiales, sino que
parten de este otro segundo aspecto, y es la auto-percepción
en general, la percepción que tiene la persona
de sí mismo o de los espacios, de las oportunidades
de integración que tiene dentro de una determinada
sociedad, que lo hace sentirse, verse, o ver a otras
personas marginales o no. Y eso es un aspecto importante,
porque se pueden tener todas las condiciones materiales,
pero si no se percibe incluido dentro, partícipe
de determinados procesos, pues entonces nos percibimos
como marginales, y encontramos y buscamos determinadas
formas de expresión alternativas. En esas formas
de expresión, y en dependencia del tipo de marginalidad,
puede ser lícita, porque puede ser una alternativa
totalmente lícita, una expresión lícita,
o puede ser entonces una expresión, una conducta
de las que acostumbramos a ver siempre como marginal,
que entonces son las francamente antisociales, delictivas,
y no debemos mezclar esas cosas, no son iguales. Por
tanto, las maneras de enfrentar -y de enfrentar en el
mejor sentido de la palabra- la marginalidad, depende
de ese tipo de marginalidad y de esa percepción
que tenga la persona, el grupo social e, incluso, la
sociedad entera, en función de la situación
en la que se encuentra.
YANISBEL
PÉREZ: Desde mi formación profesional
y como pensador sobre la vida, tengo el criterio de
que estamos abocados a la marginalidad desde el momento
en que nos insertamos en un mundo social donde nos enseñan
quiénes tenemos que leer, a quiénes tenemos
que aprender y cómo y de qué manera los
tenemos que leer y que aprender.
Me pregunto dónde existe el tipo de educación
que realmente eduque a un individuo, que construya su
propio mundo y que no reproduzca -digamos, casi mecánicamente-,
el mundo que le han impuesto y al que ha venido; o sea,
cuántos individuos realmente auténticos
construimos; esos individuos realmente auténticos
que construimos, quizás sean los únicos
individuos que yo no considere marginales.
ARIEL
FERNÁNDEZ: Yo aún no sé si soy
marginal, porque pertenezco a la segunda generación
de la Revolución cubana, nací en la década
del '70; me tocó mi juventud vivir la década
del '90, y en mi juventud me tocó relacionarme
con el movimiento de rap cubano, ¿no?, con los
raperos cubanos.
Cuando comencé con el movimiento de rap, decían:
"los raperos son marginales, porque nacen, viven
en Alamar la gran mayoría, porque son de Cayo
Hueso, porque son de Jesús María, son
marginales". Yo decía; te juro que hasta
ese tiempo nunca había escuchado la palabra marginal
ni nunca había escuchado la palabra prejuicio
racial. Yo creo que esos dos términos fueron
tabú en esta sociedad durante muchísimo
tiempo, en que se negaba que aquí había
marginalidad, que se negaba que aquí había
prejuicio racial, personas de pueblo me lo negaban,
y resulta ser que en el año 2000, en las palabras
del Comandante en Jefe yo encuentro la verdad; que es
el discurso que dio Fidel cuando él fue a la
Cumbre del Milenio en el año 2000, que se reunió
en Harlem con los negros y latinos amigos de la Revolución;
en este discurso, Fidel pronuncia estas palabras: "Tiempo
tardamos en descubrir que la marginalidad, y con ella
la discriminación racial, de hecho, es algo que
no se suprime con una ley ni con diez leyes, y aún
en cuarenta años nosotros no hemos logrado suprimirla
totalmente.
"Hay zonas marginales, hay cientos de miles de
personas que viven en zonas marginales, pero no solo
negros y mestizos, sino también blancos. Hay
marginación blanca que posee la sociedad anterior.
"Yo le decía que en nuestro país
se ha iniciado una nueva época; espero algún
día poder hablarles de las cosas que hoy estamos
haciendo y cómo las vamos a seguir haciendo.
Dinero para construir la vivienda donde viven todas
las personas que podemos llamar en condiciones de marginalidad,
no lo tenemos, pero tenemos otras muchas ideas que no
esperarán para las calendas griegas, con las
cuales nuestro pueblo unido, enteramente justo, hará
desaparecer hasta el más mínimo residuo
de marginalización y discriminación de
cualquier tipo. Y tengo confianza absoluta de que lo
alcanzaremos, porque a ello está dedicada hoy
toda la dirección de nuestra juventud, de nuestros
estudiantes y de nuestro pueblo."
Él conversa unas cosas más, pero yo en
las palabras de Fidel escucho una verdad, una realidad,
que la propia sociedad me niega, que las personas que
trabajan en cultura, que trabajan en miles de lugares
me están negando y que es una realidad evidente.
Yo creo en unas palabras que está diciendo Rubén
Zardoya, en cuanto a igualar, en no subir y no bajar.
Es imposible pensar que todos vamos a ser iguales; no
podemos ser iguales; somos los mismos, pero nunca vamos
a poder ser iguales, es imposible, cada uno tiene unos
códigos de comportamiento, de convivencia, cada
cual tiene una cultura. Yo creo que para combatir lo
que apesta o lo que puede sobrar de la marginalidad,
hay que contar con el marginal; no hay que traerlo a
un lugar y explicarle. No; hay que preguntarle qué
es lo que quiere, cómo piensa, cómo respira,
cómo vive, cómo desea salir de eso, qué
le molesta realmente a él. No creo que la marginalidad
sea un defecto, conozco miles de personas que son señaladas
como marginales, que son personas felices, que viven
mucho más felices que los que no se consideran
marginales. Yo aún todavía no sé
qué cosa es la marginalidad, pero yo creo que
todo proviene también de la cultura, de la historia;
esos marginales o esas personas que consideramos marginales,
esos negros, no conocen su historia, porque yo no la
conozco y fui a la escuela, y con 25 años compro
un libro en la Fundación Fernando Ortiz, un libro
que se llama Lo que nos corresponde, y me entero
de una parte de la historia cubana que no está
en la historia que yo he estudiado, una parte de la
historia de mis ancestros africanos, indios, de los
mulatos de esta patria, que lucharon y dieron la sangre
por esta Revolución, que no la estudié
en la escuela.
Leo un libro como Diálogo imaginarios,
de Rogelio Martínez Furé, y me transporto
a otro mundo al cual nunca había llegado; busco
Fundación de la imagen, de Nancy Morejón,
y me transporto a otro mundo que no me han enseñado.
Yo creo que hay que pensar ahora en estos nuevos proyectos
de la Revolución en qué vamos a darle
a esas personas que tienen estos problemas como material
de estudio, porque si ellos no conocen su historia,
nunca sabrán qué son, ¿entienden?
No
se identifica: Aunque los fundamentos del concepto
marginalidad puedan ser de naturaleza económica,
se refiere más a lo cultural, a lo que el último
compañero refería; códigos, maneras
de comportamiento, visiones del mundo, conjuntos de
valores que son marginales con relación a la
cultura dominante, a lo central y a lo aceptado, y que,
por lo tanto, hay ahí unas relaciones de poder
y de dominación que no podemos olvidar.
En los inicios de la sociología latinoamericana,
que fue muy pródiga en este tema de la marginalidad,
el término se usaba más bien para ver
los obstáculos a la modernización capitalista.
Y se trataban de modificar aquellos factores que obstaculizaban
el proceso de modernización.
Y hago esta introducción para decir que a mí
me llama la atención que después de tantos
años en que nos olvidamos de este concepto de
marginalidad, que yo personalmente creo que hubiera
sido útil para analizar las transformaciones
que sufrimos ha llegado ahora -y me parece muy bueno
que haya llegado-, pero está llegando de la forma,
a mí me parece menos revolucionaria y menos radical,
porque después de esos inicios para oponer, digamos,
lo moderno a estas conductas que obstaculizaban el desarrollo,
ha habido toda una recreación del concepto que
lo ha radicalizado, y que entiende también lo
marginal como una estrategia de enfrentamiento a un
tipo de dominación, y que encuentra también
en lo marginal una propuesta otra. Es un fenómeno
complejo, donde hay un componente de resistencia porque
mis códigos no siempre son entendidos, porque
mis productos culturales no siempre son valorados como
cultura, sino que son entendidos como algo subalterno,
secundario, incluso molesto.
Entonces, a mí me preocupa un poco que esta nueva
llegada del concepto de marginalidad, que aplaudo, que
haya permiso oficial para que llamemos a lo marginal
marginal, pero que lo estemos usando en su arista que
reproduce la idea de la dominación y la alienación
y la enajenación, desde una cultura central que
dice que lo que se debe leer. Creo que superar la marginalidad
desde una perspectiva socialista es, en primer lugar,
participación, y auto-transformación.
Ahora encontramos programas muy humanos, muy buenos,
que aplaudo, pero resulta que no los sabe nadie; no
los conocemos hasta que no den resultado, y se los estamos
insuflando a los que consideramos marginales.
Me parece incluso que todo esto está teniendo
una impronta paternalista, centralista, que va a reproducir
problemas que tenemos, y que va a debilitar su origen
y su vocación humanista, que es evidente, pero
que si no pasa por esta auto-transformación,
y si no pasa por un debate público -este es el
gran mal: jamás hay debate público de
lo que necesitamos y de cómo nos vamos a transformar
nosotros mismos. Tenemos que esperar que a alguien se
le ocurra cómo debemos transformarnos y cómo
vamos a mejorar.
GLORIA
ROLANDO: Quien visualizó este problema ahora
se había fue porque lo marginó; marginó
a los marginales y marginó la historia del negro
en este país, porque los que vivimos en el barrio
de Colón y somos intelectuales, o vivimos en
la Habana Vieja, o vivimos en muchos de estos lugares,
o en el Moro, cualquiera de esos repartos, sabemos que
este problema de la marginalidad tiene un nombre y un
apellido; aunque somos hijos de esta raza humana, tenemos
un color, y este es un país donde todavía
existe la discriminación racial y donde existe
el prejuicio racial. Hace muchos años Sara Gómez,
la primera mujer que hizo cine aquí en Cuba,
dirigió De cierta manera, y en esa película
ella dijo que el socialismo, que este país había
que construirlo con todos, y presentó una de
las parejas más polémicas del cine cubano,
que fue la de una maestra blanca y de un mulato que
quería ser abakuá y al mismo tiempo estaba
dentro de nuestro proceso social.
AURORA VÁZQUEZ: De acuerdo con todo lo que se
ha dicho acá, salta a la vista, por lo menos
yo lo percibo así, que si hay algo sumamente
complejo y todavía muy lejos de lograrse, es
el ponernos de acuerdo sobre qué vamos a entender
por marginalidad, a pesar de que todo el mundo -como
decía alguien por acá-, identifica al
hipopótamo.
Lo cierto es que los enfoques desde los puntos de vista
psicológico, culturales, económicos o
de cualquier tipo, son los que están, de una
manera o de otra, viéndose como prioritarios.
Eso lo único que nos hace es ponernos delante
el reto de seguir investigando y, digamos, tratando
de con esas investigaciones dar nuevas dimensiones a
la valoración de la marginalidad, porque una
solución puede ser decir "hay muchas marginalidades",
creo que esa pudiera ser una, y otra cosa es decir "la
marginalidad tiene dimensiones tales como", y cuando
vayamos a hacer un estudio concreto, puntualizar en
qué dimensiones estaríamos abordando el
estudio en cuestión.
Pero lo que sí es perfectamente comprensible
-y creo que muy claro-, es que todos estamos muy identificados
con la necesidad de renovación de las ideas en
torno a los métodos y mecanismos de superación
de esta marginalidad, que todos estamos muy sensibilizados
con eso, y que si en la misma medida en que nos preocupa,
intentamos también poner nuestras ideas en función
de actuar, creo que mucho se va a poder recoger como
fruto y como cosecha de estas acciones, no solamente
reflexiones.
MIGUEL
MEJIDES: Ahora tengo un prejuicio, ¿yo no escribiré
desde una cultura dominante? Me metieron el bicho en
el cuerpo. Muy bueno. ¿No estaré escribiendo
desde una cultura dominante? ¿Cómo son
mis personajes? Estoy analizando solito aquí
mientras ustedes hablaban, ¿cómo son?,
y he salido mal parado a la hora del análisis,
y me reservo las cosas que me he dicho por dentro.
Cuando hablé, amigo, de Chano Pozo, lo dije como
amor de la cultura; quizás seguimos los excluyentes,
me encantó eso también. Yo decía
a la hora de meterme en este lío de hacer el
ridículo, yo me decía: ¿qué
demonios es marginal? Chano Pozo era producto no de
la cultura dominante, era producto del pueblo, de lo
marginal, excluyente y demás. No lo quise decir
en sentido peyorativo, quise decirlo como valor, porque
la rumba, la conga y la música negra en aquel
momento hasta Caturla y demás y demás,
era excluyente totalmente. Me parece que muchas veces
escribo desde una cultura dominante, porque me doy cuenta
que sí, que soy un blanquito culito blanco -perdonen
la expresión-, haciendo literatura, y que luego
no detectamos los problemas en realidad de lo que nos
rodea. Nos creemos que a partir de la ficción,
la metáfora y demás, hemos hecho el mundo,
y el mundo está hecho mucho más complejo
de lo que nosotros pensamos.
RUBÉN
ZARDOYA: Sobre la idea de que en Cuba hemos tratado
y tratamos a los individuos como cifras; creo que esta
idea sería más correcto expresarla de
la siguiente forma: en el mundo se tiende a tratar a
los individuos como cifras; se sustituyen las tragedias
y los problemas individuales por macrocifras que encubren
polarización de riqueza y pobreza, marginación,
explotación, opresión, y todas las palabras
que nos aprendimos de los manuales. Si algo caracteriza
esta nueva etapa del proceso revolucionario y de los
programas que se están realizando, es que hemos
abandonado las macrocifras. Cifras es: la cantidad es
una determinación de la realidad y el pensamiento,
y, por suerte, existe para que nos podamos entender,
y hay que manejar cifras. Pero si algo está caracterizando
estos programas es que hemos abandonado los porcientos,
y que se están tratando los problemas de Juan,
de María, de la joven de 29 años con nueve
hijos y el padre de los nueve hijos preso.
En cuanto al problema de la vivienda, yo no soy especialista.
Sí creo que se diluyen los términos y
se degeneran cuando los ampliamos de tal manera que
concluimos que todos somos marginales. No creo que nos
acerque mucho a la comprensión decir que somos
marginales porque no tenemos una computadora. Sí
pienso que en estos momentos no hay posibilidades reales
económicas de darle una computadora a todo el
mundo, o de poner a la venta una computadora que la
pueda adquirir todo el mundo a precios elementales.
Lo que nosotros podemos hacer es repartir 60 000 computadoras
por las escuelas, lograr que nuestros niños,
desde el pre-escolar, tengan la enseñanza de
computación, crear escuelas de formación
de profesores de computación que enseñen
a esos niños, crear Clubes de Computación,
hacer un programa racional de asignación de computadoras
a centros de investigación, centros académicos.
Por supuesto, estoy convencido de que no solo con educación
y cultura se resuelve el problema -no vamos a reproducir
aquí las consideraciones, en particular, del
iluminismo francés-, pero también señalo
que no es eso lo que piensa la Revolución. Insisto
en que a veces suele manejarse un concepto estrecho
de cultura que excluye lo económico. Es como
cuando decimos Ministerio de Cultura, y resulta que
se está entendiendo en una de las acepciones
del término de cultura, que se centra fundamentalmente
en el arte. Hay una cultura económica, y la economía
forma parte de la cultura, y una Revolución socialista
es una obra de gigantesca transformación cultural
en todo, desde la base hasta la superestructura, desde
las condiciones materiales más elementales de
reproducción de la vida hasta las ideas nebulosas
que pueda albergar la mente de un individuo o colectivos
de individuos.
Desde ese punto de vista también hablar en términos
de cultura implica, no implica, una ignorancia del momento
económico. Yo realmente no encuentro elementos
de ningún tipo para afirmar que nos estamos convirtiendo
en una cultura de la marginalidad. Yo creo que es todo
lo contrario, que estamos dando pasos acelerados para
acabar con formas de reproducción de cultura
marginal en el sentido tradicional del término
en que se identifica al hipopótamo; en lo que
uno suele identificar, individuos excluidos de, separados
de, que no, a los cuales se les cierran las puertas
y las posibilidades de integrarse.
Cuando se habla de igualar, no se trata, por supuesto,
qué triste y gris e imposible sería un
mundo donde fuéramos iguales: se trata de igualar
posibilidades, donde igualar quiere decir trabajar para
que haya un movimiento social para igualar posibilidades,
no es hacernos a todos iguales, no es que todos vivamos
abajo, todos vivamos a dan dén. Se trata de igualar
posibilidades, de abrirte un abanico de posibilidades,
de acabar con todos los obstáculos que frenan
la igualdad de esas posibilidades reales, no declarada,
no de discurso.
Creo que se pueden leer los veinticinco clásicos
en un parque, y se puede leer en una choza, y se puede
leer en un cuarto, y no creo que eso sea que la cultura
central le imponga a la gente que tiene que leer los
veinticinco clásicos. Eso es superficial; esa
es mi opinión, con todo respeto. Aquí
se le ofrece la posibilidad a los que quieran comprarla
de hacerlo, pero como no tenemos recursos para publicar
las decenas y cientos de clásicos o de obras
interesantes, pues colectivos de especialistas del Ministerio
de Cultura seleccionaron estos. ¿Qué vamos
a hacer, un plesbicito para que haya una votación?
¿Cuáles son los veinticinco títulos
de acuerdo a esto? Y a la gente se les ofrece esa posibilidad.
De la misma forma, identificar la idea de superación
de la marginalidad con participación es importante
pero, a mi juicio, incompleto. Pienso que los programas
de la Revolución por lo que se están caracterizando
es por cada vez involucrar una mayor participación
de la gente. Todos estos programas no los puede hacer
un hombre, no los pueden hacer dos hombres; trabajamos
cientos y cientos de profesionales consagrados, doce,
catorce, dieciséis horas diarias, y en todos
los programas son miles y decenas y cientos de miles
de compañeros involucrados con sus ideas, porque
hay una idea de lograr una escuela, pero eso nadie lo
concibe en su cabeza; eso sencillamente se consulta
a las autoridades universitarias, se reúne a
los claustros de profesores; ellos son los que crean
los programas, ellos son los que crean los planes de
estudio, crean la bibliografía, la reproducen
y, además de eso, se está incorporando
a jóvenes compañeros, que corrían
el riesgo de convertirse en marginales -en cualquiera
de los sentidos aquí esbozados--, a una obra
de realización personal que, al mismo tiempo,
implica un proceso de participación social en
la solución de estos problemas.
Ahora, con respecto a los prejuicios raciales, sobran
los prejuicios raciales. Yo lo digo de corazón,
que yo me indigno cuando un muchacho mío, heredero
de formas de expresión y de discriminación
secular, me dice: "vino a verte un negro".
Y yo le tengo que decir: "¿y por qué
tú no me dices vino a verme un blanco cuando
viene un blanco", y me dices: "vino a verte
un señor?" Porque, de alguna manera, pese
a la educación que uno le da, en el espíritu
de Fernando Ortiz y El engaño de las razas,
en el espíritu de Martí, se reproducen
los esquemas. La obra de la Revolución ha sido
gigantesca en aras de la emancipación racial
y de la eliminación de la discriminación
racial, que nos quedan miles de problemas. Justamente
estos programas intentan atacar eso en su raíz
y ofrecer posibilidades a aquellos sectores sociales
que por razones históricas y culturales han estado
afectados.
Yo
me siento optimista. Creo que cuando se conoce plenamente
lo que se está haciendo, hay razones suficientes
para sentirse optimista. Optimista en la acción,
en el trabajo, en la consagración, que supone,
por supuesto, una concepción clara, una teoría
clara, una conceptualización clara, pero que
encuentra un lastre pesado en el intelectualismo barato,
y en las elucubraciones abstractas que conducen a la
inmovilidad. |
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