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Azoteas no. 2, invierno de 2002
Azoteas, número 2, inviernos del 2002

Cada gran tendencia literaria, aún cuando desaparezca, deja secuelas, epígonos y actualizadores. Así que aunque dentro de Cuba la estética del grupo Orígenes parezca materia de historiografía literaria o de la sociología de la cultura, existen mucho más que continuadores dentro del panorama de las letras cubanas.
El neo-origenismo de ahora no resulta de un agrupamiento de voces que, al compartir una cosmovisión, inquietudes y apego por cierto concepto de lo literario, pretende remedar aquel que creó una de las utopías poéticas más sustanciosas del pasado siglo en Cuba. Se trata más bien de autores situados en geografías diversas aunque inequívocamente tocados por los fantasmas del origenismo, en tanto síntesis -incluso- de sus probables antípodas: Lezama y Piñera.
La revista Azoteas ha querido ser el escenario de confluencia utópica para esas voces. O quizás el expediente de los cruces estéticos verificados alrededor de la azotea de Reina María Rodríguez, allí donde reúnense desde hace años escritores no precisamente de hábitos gremiales.
Editada por Antón Arrufat y la propia Reina, Azoteas se parece en algo a Orígenes. No solamente por su tendenciosidad elocuente, sino incluso por su estirpe como publicación. Sus dimensiones son las del papel bond en que imprimen los textos, pasados por la tinta de una impresora corriente y reunidos en un mazo de 80 páginas obturadas por el borde y unidas entre sí por un hilo oscuro. Cada número es ilustrado, además, por algún pintor vecino a los discursos barrocos: en esta ocasión tocó el turno a Ramón Alejandro.
El diamante, narración de Pieyre de Mandiargues traducida por Virgilio Piñera, abre esta entrega, que incluye poemas de José Kozer, Lorenzo García Vega, Eugenio Rodríguez, Rafael Alcides y Tobías Burghardt, así como un texto donde Antón Arrufat se bate con aquella sentencia de Samuel Johnson: "Tal vez un día el hombre, cansado de preparar, de vincular, de explicar, llegue a escribir solo frasgmentos".
Jacques Roubaud reubica a los trovadores, los juglares primitivos, al interior de un legado cultural dentro del cual no han sido reverenciados cuanto debíase; Luis Cremades explica su particular artefacto analítico en Una prisión en sexta (algo sobre técnica en poesía); Edoardo Sanguineti estudia los cruces posible entre rap y poesía y Ricardo Alberto Pérez valora las señales singulares de Catatau, extraño ejemplar de novela del brasileño Paulo Leminsky, que es parte del mito recogido por Lévy-Strauss en sus periplos antropológicos por la amazonía. Duanel Díaz revisa a Barthes y la singularidad ensayística de sus estudios sobre literatura, mientras las páginas finales rescatan un curioso texto de Anselmo Suárez y Romero aparecido en El Mundo Nuevo en 1873.
Azoteas no está en los estanquillos. Tiene su estrategia silenciosa para comunicar los aromas de lo mágico.

Música sacra
Ismael González Castañer

Música sacra (David López Ximeno, Matanzas, 1970), publicado por Ediciones Vigía, Matanzas, 2001 y Merci Ediciones, La Habana 2002, está dividido en cuatro cuadernos que agrupan treinta y tres poemas de un lirismo fino, cosmopolita y evocador, con predominio de la sobriedad sobre el tremendismo. Es un libro diurno y cordial.
Con lenguaje sensualmente barroco, Antiguas Canciones de Guerreros y Príncipes -primer cuaderno-; habla del linaje de la negritud. No canta al negro evidente con sus problemas raciales cotidianos, sino al negro de clase que tenía reinos y, como escribió Lezama, los animales más finos. El negro de amor que en su retrato Belén el ashanti Manach dotó de callada seducción para la amita blanca. El rey de color que dominaba el paisaje natural y el paisaje de los símbolos, hollado, ambos por Occidente, que aún hoy manda por trofeos a Burkina Faso, por ejemplo.
La empatía es una de las tantas formas que existen para jnterpretar o asimilar el hecho estético, y, según Borges, sólo hay hecho estético cuando se escribe o se lee. El lector encontrará elementos que le permitirán asociar momentos similares que ya tuvo, y el revival que sólo otorga palabra tan fecundante como la poesía.
Caminaba por 51 y, de momento, comencé a sentir el portentoso ritmo de los tambores batá. Entonces, y no lo evité, no podía, no sabía cómo, me puse a buscar de dónde provenía. Subí a 53, entré a una escuela, la atravesé, y al final había un muro, que escalé. No era allí... pero la percusión -monárquica- continuaba. Quizá -me dije- en sentido contrario. Bajé a 51, crucé, llegué a 49; a 47, a 45 y por fin a 43: Religiosos cantaban y bailaban al compás de las tumbas biparches. ¿Cómo pude escuchar un sonido situado a más de 500 metros, interferido constantemente por el ruido transportino de avenida tan populosa como 51? Probablemente, se daban condiciones especiales (viento favorable/ estabilizado éter) que junto a precedentes (familia religiosa igual) constituían una señal... .no para que me iniciase en alguna afrocubanía creyente, sino -tal vez- en poesía ."Quien tenga oídos para oír, que oiga" -Biblia a través de Mateo.
Hoy los versos de David legitiman mi experiencia; legitimando también el poder de la música ritualista, y el debate en torno a la célebre generalización de Walter Pater La música es el ideal de todo arte I Todas las artes convergen a la música.
En su poema Música sacra, David escribió: Asómate al sendero/ Enjuga las pupilas/ Con el polen de los dioses. El "sendero" sería Ia trama de calles que recorrimos bajo mandato del okónkolo, del itótele y del iyá, denominación respectiva, de menor a mayor, de los tres tambores bimembranófonos batá, que acogen en su seno a la deidad aña, o el profano de ilú, que suenan -con verdadera alcurnia- en las ceremonias de los cultos que en Cuba practican los Iucumís o yorubas, y sus descendientes criollos. Así (aunque no lo sabíamos entonces, no podíamos, cómo), quedaba claro que la función de la poesía nunca era más artística que divina...y lo divino es el ser, el ser de las cosas, su ánima.
David recoge el sumum, el halo, el espíritu de los fenómenos que poetiza con el sentido de lo que en Portugal y Brasil llaman saudade, en Galicia morriña, y en Cuba, vulgarmente, gorrión: Recuerdo triste y suave de personas o cosas distantes o extintas, acompañado del deseo de volverlas a poseer o ver presentes. Suele traducirse por 'nostalgia', pero el significado es más complejo y las connotaciones desbordan el área LINGÜÍSTICA. Se trata de una actitud existencial compleja, en la cual se halla siempre como referencia la presencia de la ausencia. Como ver o escuchar el luar: 'luz de luna' o 'claro de luna' I determinado estado del sentimiento, indefinida presencia del misterio.
Cuando uno lee Plaza de la VIgía/ Aguarda con paciencia/ Tu tranvía Importado/ De Carolina del Norte.// No temas que vuelva a pasar/ Con su rostro gris metálico/ Hasta quedar desnudo/ De las viejas murallas/ Del Almacén del puerto
, regresa la empatía... Recordamos enseguida que vive uno en una calle que todavía tiene y nada más los rieles del tranvía desalojado hace tanto tiempo que... tuvimos que esperar a cumplir trejnta y nueve años para verlo de verdad -no más en pinturas ni en películas- por caminos del Norte igualmente.
Así -en los Cuadernos Holandeses de este poemario-; nostalgias por Amsterdam, por la mujer sobreviviente/ nacida en Amsterdam [¡qué nostalgia la del ardor sido!], la lluvia de la primavera, la vista de los cuadros de Rembrandt y Van Gogh -su drama-, acercan imágenes para crear y re-vivir. En París, en el Museo de Orsay [por cierto, fue una estación de trenes, lo que vincula temas entre las secciones del poemario], no hay cuadros más luminosos que los pertenecientes a quien -desesperado- hubo de cortar su propia oreja... lo que ya no importaba, pues -en la Génesis y Fundamentos de la Pintura Anobjetual de Wallis (Criterios, 5-12, 1983-1984)- las líneas y colores sustituyen los intervalos musicales; en el puesto de la armonía de los sonidos se coloca la armonía de los colores /en los cuadros, si algo se habla, es la música...
Y los poetas de nuestra clase, todavía, prestamos particular atención al costado sonoro del verso, sobre todo a la melodía de los fonemas suscitadora de estados de ánimo, como la del davidiano Pajarillo azul/ de la Rambla // Pajarillo sonoro disfrazado de brumas/ Escapado del hastío, que -similar al ave de mi Estructura del Pájaro- no podremos retener .

Una genealogía de la sexualidad en la literatura cubana: la trilogía de Víctor Fowler
Nara Araújo

La revisión de conceptos propios a la cultura occidental, entre ellos, el del sujeto, encontró en teóricos franceses de la segunda mitad del siglo XX, un gran impulso. Por su escepticismo hacia ciertos valores de la modernidad -entendida como el proyecto del racionalismo ilustrado del cual el sujeto cognoscente cartesiano era pivote universal-, en la obra de Roland Barthes, Jacques Lacan, Jacques Derrida y Michel Foucault, se desarrolla una crítica de la razón individual. Aun cuando el post-estructuralismo se resiste a una clasificación definitiva y homogénea, es posible encontrar en estos autores la discusión con el modelo epistemológico heredero de la Ilustración, el binarismo, y lo que Derrida llamará la metafísica de la presencia.
En un momento en que teoría y crítica borraban sus fronteras delimitadoras, la literatura fue, como ha explicado Jonathan Culler, en su Prefacio a Sobre la deconstrucción, una zona ideal para ser atravesada por diferentes disciplinas de lo que los franceses han nombrado les sciences humaines/las ciencias humanas. Frente al problema del sujeto, el post-estructuralismo, como ha señalado Hal Foster, sólo llegó a declarar su muerte, y a una inquietud por la diferencia. Pero esta inquietud era el barrunto de la irrupción de sujetos múltiples que los estudios culturales y los estudios post-coloniales convertirían, más tarde, en su objeto de estudio.
Uno de los pensadores que elaboró una teoría del sujeto fue Michel Foucault. En vez de usar el modelo lingüístico -como lo hiciera el primer Barthes-, Foucault se adentró en la historia de las instituciones y los discursos políticos y sociales. A partir de una genealogía -trazar un linaje, localizar antecedentes-, y de una arqueología -reconstrucción de paradigmas históricos-, Foucault rastrea debajo de una historia tradicional de las ideas, intentando reconstruir los procesos a través de los cuales los objetos se vuelven objetos de conocimiento, y los sujetos, en sujetos de conocimiento.
Al plantearse la dimensión del saber como un episteme o archivo, que controla la marcha del pensamiento en un tiempo y sociedad determinadas, Foucault se interrogó sobre la configuración sistemática de los discursos. Indagando en zonas enterradas como la locura, los métodos y centros penales y la sexualidad, concluyó que tal configuración resulta reveladora porque los modelos que construye están determinados por sus relaciones con prácticas no discursivas, es decir, con instituciones y costumbres.

Historias del cuerpo

Un diálogo conceptual y un nexo con el pensamiento de Foucault se establece en Rupturas y homenajes (1998), La maldición. Una historia del placer como conquista (1998) e Historias del cuerpo (2001), de Víctor Fowler, uno de los ensayistas más productivos en la Cuba de los 90, también poeta y crítico literario. El vínculo con el autor de Historia de la sexualidad y de Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, no es mera consigna en la nota introductoria de La maldición..., pues en la trilogía la manera de leer la construcción de la sexualidad en la literatura dialoga con la idea foucaultiana sobre la importancia de la configuración sistemática de los discursos.
A tono con su tiempo, colocado en la frontera difusa entre teoría y crítica, y entre disciplinas (historia y filosofía, antropología, sociología y psicoanálisis), usando como corpus la literatura cubana, Fowler lleva a cabo en estos ensayos una tarea de genealogía y de arqueología. Al indagar en campos intelectuales fuera del canon cubano, al rescatar textos olvidados o leídos desde una perspectiva tradicional, al buscar bajo los cimientos de la historia literaria "nacional", Fowler se interroga sobre las maneras en que se ha construido la sexualidad, como la entendiera Foucault, en tanto que constituyente fundamental de la moralidad y base para la percepción de un individuo sobre sí mismo.
En un recorrido fragmentado de la historia cultural cubana Fowler establece frescas asociaciones (entre la Autobiografía de Francisco Manzano y Reyita, sencillamente de Daisy Rubiera, o entre El vuelo del gato de Abel Prieto y el pensamiento orticiano, por ejemplo). Como Foucault, no busca tanto una relación de causa/efecto, como las maneras en que se construye el sujeto en redes que se entretejen en el espacio y el tiempo, aunque la relación entre diacronía y sincronía esté presente.
Pero, a diferencia del autor de Microfísica del poder, Fowler no establece un contrapunto explícito con las instituciones que conformaban el discurso de la sexualidad en las distintas etapas de la historia del "sujeto cubano", pero de forma implícita dialoga con las expectativas predominantes en las costumbres de la Isla a lo largo de un período que cubre, en lo esencial, los siglos XIX y XX.
Siempre à la page, en el diálogo de Fowler con el saber teórico contemporáneo, se instrumentan para el análisis otras zonas del pensamiento francés: de George Bataille (el erotismo), de Luce Irigaray (su discusión con Freud), de Jacques Lacan (el goce), de la deconstrucción derrideana (la crítica del binarismo: instinto/razón, desorden/orden, locura/control), por ejemplo. Pero sobresale su apropiación creativa de ciertas ideas de Foucault: la "puesta en discurso" del sexo; el control y la vigilancia que en Fowler se vuelve, por el tipo de discurso que analiza, el control de la representación (y específicamente, la representación estética de lo erótico/sexual); y el panóptico, en tanto que dispositivo de control y poder, así como la función de la mirada, en tanto que elemento regulador.
Como a Foucault, a Fowler le interesa la manera en que se ha construido el sujeto, en su caso, en el discurso literario cubano. En esta lectura se sirve tanto de la narrativa como de la poesía y del periodismo, de la producción literaria dentro de la Isla como de la diáspora, de autores legitimados como de los olvidados. Así amplía el canon mediante la incorporación al corpus de textos enterrados o silenciados, centrados o excéntricos. Con este propósito arqueológico, construye una genealogía, a partir de la práctica, representación y control de la sexualidad en estos textos.
Esa Historia del placer como conquista, título de uno de los libros y del primer capítulo de Rupturas..., alude a una nueva historia, aquélla que se construye a partir de la toma de un territorio que es el del cuerpo. Por eso el proyecto va más allá del erotismo heterosexual para indagar sobre el homosexual y su construcción literaria, en la afirmación, o en la represión. Fowler ha escrito una historia de la sexualidad cubana en su literatura.
De sus textos está ausente, sin embargo, una valoración más amplia, a la manera de Foucault, de las instituciones y los mecanismos de poder, control y vigilancia. El ensayista podría argumentar en este punto -y con razón-, que la autocensura de algunos de estos textos, o la manera en que en otros hay una resistencia al paradigma, es ejemplo de la represión ejercida por el poder de los discursos y de la representación, que se manifiestan así por negación.
Pero lo que Fowler añade a la pregunta foucaultiana sobre la constitución del sujeto, en este caso en el discurso literario, es que en su pesquisa sobre la etiología del falologocentrismo, el ensayista llega a la estructura de la nacionalidad cubana, pues le interesa la búsqueda de un canon nacional de lo erótico, y el sustrato sexista y patriarcal de dicho canon: el nexo entre el cuerpo y la nación.
A la interrogante sobre la nación -fundamental en estos tiempos "postnacionales", diaspóricos y globales-, Fowler añade la de raza, convencido de que el texto literario es un lugar de negociación de la interracialidad (Historias..., p.128), así como la del género sexual. De esta manera el sujeto del discurso literario cubano de la sexualidad se ve confrontado con el sujeto colonial, el sujeto blanco, el sujeto negro, el sujeto homosexual y el sujeto femenino.
Apelando a los estudios culturales y post-coloniales, Fowler avanza hacia aquellos problemas que estos enfoques han puesto al descubierto, completando la crítica al sujeto universal de los post-estructuralistas. En un aggiornamento incesante, el también investigador de la Biblioteca Nacional ha estado al tanto del debate teórico, a pesar de la escasez material y bibliográfica en Cuba.
Con esa voluntad de superar "la maldita circunstancia del agua por todas partes", de la que hablaba Piñera, desde los años 90 y en pleno Período Especial, algunos jóvenes conseguían en la Isla textos de Foucault (Las palabras y las cosas, Arqueología del saber) que se pasaban de mano en mano, para luego discutirlos en círculos de estudios privados. Ignoro si Fowler era uno de ellos, pero en él habita la misma sed de saber y vocación aperturista.
En un fragmento de Rupturas y homenajes, se pone de manifiesto el enriquecimiento "cubano" de Foucault, con una mirada desde la periferia. En un análisis de poemas de Poveda, el autor afirma:

La mera posibilidad de que ello ocurra en el texto, implica un desbordamiento de los límites impuestos por la cultura colonial, el deshacerse del panóptico desde donde -el que fue saber dominante- actuaba como centro desde el cual vigilar, controlar y sancionar a los restantes miembros de la sociedad en cuestión. Es entonces que un recorrido por la "historia del cuerpo" permite reconstruir la permanente ruptura del panóptico y seguirle las pistas al devenir de la Nación desde los modelos de representación erótico-sexual que adopta cada época; semejante relato nos abre a una historización que reconstruye la lucha y el total albedrío sobre sí de los sujetos que conforman la Nación (55).

La conceptión foucaultiana del poder se basa en la idea de que el poder no es una institución, ni tampoco una estructura; está en todas partes y viene de todas partes, y se articula como "relaciones de poder". Por ello, donde hay poder, hay resistencia (Historia de la sexualidad. La voluntad de saber pp.112-16). En Historias del cuerpo, Fowler explora lo que Foucault llama "el carácter relacional del poder", al revelar cómo los subordinados ejercen una oposición a las prácticas de dominación, haciendo del discurso literario zona idónea para estudiar tal contienda:

Como forma privilegiada de representar qué es la literatura, resulta entonces un formidable campo de batalla donde continuamente se dirimen el pasado, presente y futuro de las naciones, así como los proyectos históricos que en ellas tienen lugar (155).

Concebir a la literatura como territorio de luchas donde se enfrentan fuerzas antagónicas alrededor de la sexualidad, la raza y el género, implica desmontar los presupuestos tradicionales en la articulación de la historia literaria nacional, al renovar las maneras de leer. Al movilizar los paradigmas, el proyecto de Víctor Fowler desestabiliza a la institución cultural y a los espacios de saber, inaugura cartografías y funda cronologías, desempolva la historia, mediante la puesta en texto de los esfuerzos del sujeto de alcanzar la emancipación, mediante el goce. Por eso la suya es una historia del placer como conquista y su trayectoria vital, una empresa libertaria.

La Habana/ febrero 2002

El hambre de Virgilio
Dean Luis Reyes

A poca gente le ha gustado la actualidad de Virgilio Piñera. A decir verdad, su literatura -la cual no puede separarse de sus opiniones, que en su caso siempre son escandalosas- ha venido a imponerse por voluntad de un grupo que avanzaba silencioso por el panorama cultural nacional. No ha sido el revival piñeriano, entonces, caprichito de melancólicos o mero pase de cuenta a las exclusiones de tiempos fieros para expresarse en Cuba.
Mas, quienes protestan podrían tener sus razones. Cada vez que celebramos la gloria de alguien, se ahorran alabanzas a terceros. Toda recordación encierra algún trozo de olvido. Y todo olvido es injusto, aunque sea involuntario. Luego, empezar a descubrir a ese contemporáneo inagotable fue para mi generación perecer ante la insoportable seducción del otro, seducción más profunda por cuanto venía acompañada por una repulsión no menos magnética.
Conocí a Virgilio Piñera de la mano del negro Redonet, que se me apareció un día con un ajado volumen de sus Cuentos fríos. De aquella lectura rescato sobre todo el hambre, la conciencia de mi panza hueca y ululante en los serenos balcones de la beca de F y Tercera, intentando saciarme con brisa de mar y pan viejo. Esa era mi hambre, una condición bien física que hasta ese instante buscaba exorcizar con los libros, la música, lo Bello. Pero en uno de los cuentos de Piñera había varios tipos que calmaban los alaridos de sus tripas con los soberbios olores de su imaginación. Se encerraban en una habitación y aspiraban los aromas de sus deseos: un potaje de frijoles, unas carnes fritas, dulces platanitos crocantes y tibios. Se levantaban satisfechos y eternos de los camastros de soñar-comer y quedaba en mi alma un ansia de calma que todavía no cesa.
Sentí que aquellos seres famélicos eran todos Piñera. Que cada una de mis hambres se cruzaba en esa narración que rehuía jugueteos técnicos o manoseos formales. Intuía que aquella desnudez ejemplar obedecía a la transposición de la angustia de los hambreados tal cual. Más aún: descubría por debajo de la piel del cuento el experimento con la ficción en calidad de vehículo de escape de tan álgida condición. Escape que es reencuentro y evocación de un estado profundo de frustración ante la realidad y su posterior vaciado por vía de la escritura en un mundo donde la circunstancia es lo de menos, pues ha quedado detenida en su instante de mayor ebullición, de codeo con la eternidad. Por eso los hambrientos del cuento se alimentan de sus ficciones, y en ello cabe una lectura autobiográfica.
Por entonces también yo andaba a la caza de mi particular conducto de escape hacia una realidad menos pobre que la que parecía depararme mi profesión. Como pichón de periodista, agobiado por toda clase de manuales y dicterios profesorales cuyo único fin era mostrarnos cómo mensurar la inmensurable realidad para hacerla entendible por cualquier hijo de vecino, podía percibir que detrás de ello ocultábase una rotunda traición a esa realidad. Puedo aclarar: si estoy reportando una ardua movilización popular jamás podré incluir en medio del tedio masivo y la obediencia a un ritual casi mecánico, a una pareja de adolescentes que se besa tiernamente, cual si himnos y banderas no existiesen. Podré verlos, reales, ajenos a tanta turbulencia, pero jamás imaginarlos. Eso sería violar el pacto de respeto retiniano y quebrar la obediencia debida a la postura de relator objetivo. Pero los imagino y entonces habré preñado la realidad de una simbología menos marcial, que es decir de contraste, que es decir de belleza. En esa búsqueda andaba. Así que Piñera vino a ser mi anhelado extrañamiento.
Lo fue además para mi generación. Los hijos de los 60 y 70, que hemos ido recorriendo con sosiego sus páginas -para nada afectados por su destierro momentáneo de las letras cubanas-, que hemos visto las puestas de sus textos para la escena, que no tuvimos el sobresalto amargo de topárnoslo en la cola del picadillo con la jaba de saco en ristre, nos hemos dedicado a devorar su cadáver literario. Su carne escasa se ha vuelto sustancia vital de nuestros cuerpos. Más que un "deshielo", el retorno de Piñera ha tenido perfecta sintonía con las obsesiones de una generación agotada de himnos mesiánicos y disfrazamientos de la contradictoria realidad humana. Es la de Virgilio una obra precursora que, para colmo, responde a una vida vivida al mismo tiempo que era escrita y de una escritura concebida en la forma de guión para ser interpretado.
Después de la experiencia con Virgilio, fui más consciente de mi cuerpo. Me habían diseñado para ser el hombre nuevo, una suerte de titán para la sociedad, y aquel irresponsable se esmeraba en ponerme a la altura de mis huesos frágiles y de estas entrañas caprichosas y molestas de que dependen las decisiones capaces de cambiar el mundo. Creo que con él vimos claro que no hay otro camino que ser auténticos; es decir: actuar según los principios tutelares de la existencia de cada cual, en una lucha a muerte, diaria y eterna, contra los prejucios y valores adquiridos, tendientes a desdibujar los perfiles del ser individual, del individuo auténtico.

Virgilio Piñera: un hombre, una isla

Me parece una conclusión bien valiosa esta de la autenticidad, con que se inicia el ensayo de Alberto Abreu Virgilio Piñera: un hombre, una isla. Nótese esto: si quitamos la coma, un hombre sería una isla, y viceversa. El modelo de análisis del autor sería entonces bojear los contornos de esa isla que Virgilio Piñera es, descomponerlo en perfiles y trozos de geografias diversas para hilar desde la diversidad los rasgos más visibles de la autenticidad del Virgilio cubano. Autenticidad vivida como pelea, como angustia permanente por sacarse de adentro, como en el ideal estoico, la Verdad que se es, por desbrozar el camino del tupido yerbajo de las verdades de la ideología, la cultura, los procesos vitales. Verdades ajenas, fijas como costra indistinguible a las verdades propias, esas que, si no son salvadas del confuso territorio de la indistinción, acaban extinguiéndose.
Este debía ser el libro de mi generación. Un libro que rescata a Piñera como animal tímido y como dios, como hombre mundano y como sibarita. Pero que sobre todo lo rescata allí donde más brilla como ejemplar único, odioso y puro, culpable de la blasfemia y la coherencia que los normales no perdonan, salvado por la ansiedad de quienes vemos en él no precisamente un Mesías u objeto de culto, sino un destino posible, parecido a la plenitud del ser, plenitud que no excluye la angustia o el sarcasmo, pero que tiene el hambre por el sentido más limpio de la existencia.

 
 

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