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| Azoteas
no. 2, invierno de 2002 |
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| Azoteas,
número 2, inviernos del 2002 |
Cada
gran tendencia literaria, aún cuando desaparezca,
deja secuelas, epígonos y actualizadores. Así
que aunque dentro de Cuba la estética del grupo
Orígenes parezca materia de historiografía
literaria o de la sociología de la cultura,
existen mucho más que continuadores dentro
del panorama de las letras cubanas.
El neo-origenismo de ahora no resulta de un agrupamiento
de voces que, al compartir una cosmovisión,
inquietudes y apego por cierto concepto de lo literario,
pretende remedar aquel que creó una de las
utopías poéticas más sustanciosas
del pasado siglo en Cuba. Se trata más bien
de autores situados en geografías diversas
aunque inequívocamente tocados por los fantasmas
del origenismo, en tanto síntesis -incluso-
de sus probables antípodas: Lezama y Piñera.
La revista Azoteas ha querido ser el escenario de
confluencia utópica para esas voces. O quizás
el expediente de los cruces estéticos verificados
alrededor de la azotea de Reina María Rodríguez,
allí donde reúnense desde hace años
escritores no precisamente de hábitos gremiales.
Editada por Antón Arrufat y la propia Reina,
Azoteas se parece en algo a Orígenes. No solamente
por su tendenciosidad elocuente, sino incluso por
su estirpe como publicación. Sus dimensiones
son las del papel bond en que imprimen los textos,
pasados por la tinta de una impresora corriente y
reunidos en un mazo de 80 páginas obturadas
por el borde y unidas entre sí por un hilo
oscuro. Cada número es ilustrado, además,
por algún pintor vecino a los discursos barrocos:
en esta ocasión tocó el turno a Ramón
Alejandro.
El diamante, narración de Pieyre de
Mandiargues traducida por Virgilio Piñera,
abre esta entrega, que incluye poemas de José
Kozer, Lorenzo García Vega, Eugenio Rodríguez,
Rafael Alcides y Tobías Burghardt, así
como un texto donde Antón Arrufat se bate con
aquella sentencia de Samuel Johnson: "Tal vez
un día el hombre, cansado de preparar, de vincular,
de explicar, llegue a escribir solo frasgmentos".
Jacques Roubaud reubica a los trovadores, los juglares
primitivos, al interior de un legado cultural dentro
del cual no han sido reverenciados cuanto debíase;
Luis Cremades explica su particular artefacto analítico
en Una prisión en sexta (algo sobre técnica
en poesía); Edoardo Sanguineti estudia
los cruces posible entre rap y poesía y Ricardo
Alberto Pérez valora las señales singulares
de Catatau, extraño ejemplar de novela
del brasileño Paulo Leminsky, que es parte
del mito recogido por Lévy-Strauss en sus periplos
antropológicos por la amazonía. Duanel
Díaz revisa a Barthes y la singularidad ensayística
de sus estudios sobre literatura, mientras las páginas
finales rescatan un curioso texto de Anselmo Suárez
y Romero aparecido en El Mundo Nuevo en 1873.
Azoteas no está en los estanquillos. Tiene
su estrategia silenciosa para comunicar los aromas
de lo mágico.
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| Música
sacra
Ismael González Castañer
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Música
sacra (David López Ximeno, Matanzas, 1970),
publicado por Ediciones Vigía, Matanzas, 2001
y Merci Ediciones, La Habana 2002, está dividido
en cuatro cuadernos que agrupan treinta y tres poemas
de un lirismo fino, cosmopolita y evocador, con predominio
de la sobriedad sobre el tremendismo. Es un libro
diurno y cordial.
Con lenguaje sensualmente barroco, Antiguas Canciones
de Guerreros y Príncipes -primer cuaderno-;
habla del linaje de la negritud. No canta al negro
evidente con sus problemas raciales cotidianos, sino
al negro de clase que tenía reinos y, como
escribió Lezama, los animales más
finos. El negro de amor que en su retrato Belén
el ashanti Manach dotó de callada seducción
para la amita blanca. El rey de color que dominaba
el paisaje natural y el paisaje de los símbolos,
hollado, ambos por Occidente, que aún hoy manda
por trofeos a Burkina Faso, por ejemplo.
La empatía es una de las tantas formas que
existen para jnterpretar o asimilar el hecho estético,
y, según Borges, sólo hay hecho estético
cuando se escribe o se lee. El lector encontrará
elementos que le permitirán asociar momentos
similares que ya tuvo, y el revival que sólo
otorga palabra tan fecundante como la poesía.
Caminaba por 51 y, de momento, comencé a sentir
el portentoso ritmo de los tambores batá. Entonces,
y no lo evité, no podía, no sabía
cómo, me puse a buscar de dónde provenía.
Subí a 53, entré a una escuela, la atravesé,
y al final había un muro, que escalé.
No era allí... pero la percusión -monárquica-
continuaba. Quizá -me dije- en sentido contrario.
Bajé a 51, crucé, llegué a 49;
a 47, a 45 y por fin a 43: Religiosos cantaban y bailaban
al compás de las tumbas biparches. ¿Cómo
pude escuchar un sonido situado a más de 500
metros, interferido constantemente por el ruido transportino
de avenida tan populosa como 51? Probablemente, se
daban condiciones especiales (viento favorable/ estabilizado
éter) que junto a precedentes (familia religiosa
igual) constituían una señal... .no
para que me iniciase en alguna afrocubanía
creyente, sino -tal vez- en poesía ."Quien
tenga oídos para oír, que oiga"
-Biblia a través de Mateo.
Hoy los versos de David legitiman mi experiencia;
legitimando también el poder de la música
ritualista, y el debate en torno a la célebre
generalización de Walter Pater La música
es el ideal de todo arte I Todas las artes convergen
a la música.
En su poema Música sacra, David escribió:
Asómate al sendero/ Enjuga las pupilas/ Con
el polen de los dioses. El "sendero" sería
Ia trama de calles que recorrimos bajo mandato del
okónkolo, del itótele y del iyá,
denominación respectiva, de menor a mayor,
de los tres tambores bimembranófonos batá,
que acogen en su seno a la deidad aña,
o el profano de ilú, que suenan -con
verdadera alcurnia- en las ceremonias de los cultos
que en Cuba practican los Iucumís o yorubas,
y sus descendientes criollos. Así (aunque
no lo sabíamos entonces, no podíamos,
cómo), quedaba claro que la función
de la poesía nunca era más artística
que divina...y lo divino es el ser, el ser de las
cosas, su ánima.
David recoge el sumum, el halo, el espíritu
de los fenómenos que poetiza con el sentido
de lo que en Portugal y Brasil llaman saudade, en
Galicia morriña, y en Cuba, vulgarmente, gorrión:
Recuerdo triste y suave de personas o cosas distantes
o extintas, acompañado del deseo de volverlas
a poseer o ver presentes. Suele traducirse por 'nostalgia',
pero el significado es más complejo y las connotaciones
desbordan el área LINGÜÍSTICA.
Se trata de una actitud existencial compleja, en la
cual se halla siempre como referencia la presencia
de la ausencia. Como ver o escuchar el luar: 'luz
de luna' o 'claro de luna' I determinado estado del
sentimiento, indefinida presencia del misterio.
Cuando uno lee Plaza de la VIgía/ Aguarda con
paciencia/ Tu tranvía Importado/ De Carolina
del Norte.// No temas que vuelva a pasar/ Con su rostro
gris metálico/ Hasta quedar desnudo/ De las
viejas murallas/ Del Almacén del puerto,
regresa la empatía... Recordamos enseguida
que vive uno en una calle que todavía tiene
y nada más los rieles del tranvía desalojado
hace tanto tiempo que... tuvimos que esperar a cumplir
trejnta y nueve años para verlo de verdad -no
más en pinturas ni en películas- por
caminos del Norte igualmente.
Así -en los Cuadernos Holandeses de
este poemario-; nostalgias por Amsterdam, por la mujer
sobreviviente/ nacida en Amsterdam [¡qué
nostalgia la del ardor sido!], la lluvia de la primavera,
la vista de los cuadros de Rembrandt y Van Gogh -su
drama-, acercan imágenes para crear y re-vivir.
En París, en el Museo de Orsay [por cierto,
fue una estación de trenes, lo que vincula
temas entre las secciones del poemario], no hay cuadros
más luminosos que los pertenecientes a quien
-desesperado- hubo de cortar su propia oreja... lo
que ya no importaba, pues -en la Génesis y
Fundamentos de la Pintura Anobjetual de Wallis (Criterios,
5-12, 1983-1984)- las líneas y colores sustituyen
los intervalos musicales; en el puesto de la armonía
de los sonidos se coloca la armonía de los
colores /en los cuadros, si algo se habla, es la música...
Y los poetas de nuestra clase, todavía, prestamos
particular atención al costado sonoro del verso,
sobre todo a la melodía de los fonemas suscitadora
de estados de ánimo, como la del davidiano
Pajarillo azul/ de la Rambla // Pajarillo sonoro
disfrazado de brumas/ Escapado del hastío,
que -similar al ave de mi Estructura del Pájaro-
no podremos retener .
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| Una
genealogía de la sexualidad en la literatura
cubana: la trilogía de Víctor
Fowler
Nara Araújo |
La
revisión de conceptos propios a la cultura
occidental, entre ellos, el del sujeto, encontró
en teóricos franceses de la segunda mitad del
siglo XX, un gran impulso. Por su escepticismo hacia
ciertos valores de la modernidad -entendida como el
proyecto del racionalismo ilustrado del cual el sujeto
cognoscente cartesiano era pivote universal-, en la
obra de Roland Barthes, Jacques Lacan, Jacques Derrida
y Michel Foucault, se desarrolla una crítica
de la razón individual. Aun cuando el post-estructuralismo
se resiste a una clasificación definitiva y
homogénea, es posible encontrar en estos autores
la discusión con el modelo epistemológico
heredero de la Ilustración, el binarismo, y
lo que Derrida llamará la metafísica
de la presencia.
En un momento en que teoría y crítica
borraban sus fronteras delimitadoras, la literatura
fue, como ha explicado Jonathan Culler, en su Prefacio
a Sobre la deconstrucción, una zona
ideal para ser atravesada por diferentes disciplinas
de lo que los franceses han nombrado les sciences
humaines/las ciencias humanas. Frente al problema
del sujeto, el post-estructuralismo, como ha señalado
Hal Foster, sólo llegó a declarar su
muerte, y a una inquietud por la diferencia. Pero
esta inquietud era el barrunto de la irrupción
de sujetos múltiples que los estudios culturales
y los estudios post-coloniales convertirían,
más tarde, en su objeto de estudio.
Uno de los pensadores que elaboró una teoría
del sujeto fue Michel Foucault. En vez de usar el
modelo lingüístico -como lo hiciera el
primer Barthes-, Foucault se adentró en la
historia de las instituciones y los discursos políticos
y sociales. A partir de una genealogía -trazar
un linaje, localizar antecedentes-, y de una arqueología
-reconstrucción de paradigmas históricos-,
Foucault rastrea debajo de una historia tradicional
de las ideas, intentando reconstruir los procesos
a través de los cuales los objetos se vuelven
objetos de conocimiento, y los sujetos, en sujetos
de conocimiento.
Al plantearse la dimensión del saber como un
episteme o archivo, que controla la marcha del pensamiento
en un tiempo y sociedad determinadas, Foucault se
interrogó sobre la configuración sistemática
de los discursos. Indagando en zonas enterradas como
la locura, los métodos y centros penales y
la sexualidad, concluyó que tal configuración
resulta reveladora porque los modelos que construye
están determinados por sus relaciones con prácticas
no discursivas, es decir, con instituciones y costumbres.
Un
diálogo conceptual y un nexo con el pensamiento
de Foucault se establece en Rupturas y homenajes
(1998), La maldición. Una historia del placer
como conquista (1998) e Historias del cuerpo
(2001), de Víctor Fowler, uno de los ensayistas
más productivos en la Cuba de los 90, también
poeta y crítico literario. El vínculo
con el autor de Historia de la sexualidad y
de Vigilar y castigar. Nacimiento de la
prisión, no es mera consigna en la nota
introductoria de La maldición..., pues
en la trilogía la manera de leer la construcción
de la sexualidad en la literatura dialoga con la idea
foucaultiana sobre la importancia de la configuración
sistemática de los discursos.
A tono con su tiempo, colocado en la frontera difusa
entre teoría y crítica, y entre disciplinas
(historia y filosofía, antropología,
sociología y psicoanálisis), usando
como corpus la literatura cubana, Fowler lleva a cabo
en estos ensayos una tarea de genealogía y
de arqueología. Al indagar en campos intelectuales
fuera del canon cubano, al rescatar textos olvidados
o leídos desde una perspectiva tradicional,
al buscar bajo los cimientos de la historia literaria
"nacional", Fowler se interroga sobre las
maneras en que se ha construido la sexualidad, como
la entendiera Foucault, en tanto que constituyente
fundamental de la moralidad y base para la percepción
de un individuo sobre sí mismo.
En un recorrido fragmentado de la historia cultural
cubana Fowler establece frescas asociaciones (entre
la Autobiografía de Francisco Manzano
y Reyita, sencillamente de Daisy Rubiera, o
entre El vuelo del gato de Abel Prieto y el pensamiento
orticiano, por ejemplo). Como Foucault, no busca tanto
una relación de causa/efecto, como las maneras
en que se construye el sujeto en redes que se entretejen
en el espacio y el tiempo, aunque la relación
entre diacronía y sincronía esté
presente.
Pero, a diferencia del autor de Microfísica
del poder, Fowler no establece un contrapunto
explícito con las instituciones que conformaban
el discurso de la sexualidad en las distintas etapas
de la historia del "sujeto cubano", pero
de forma implícita dialoga con las expectativas
predominantes en las costumbres de la Isla a lo largo
de un período que cubre, en lo esencial, los
siglos XIX y XX.
Siempre à la page, en el diálogo
de Fowler con el saber teórico contemporáneo,
se instrumentan para el análisis otras zonas
del pensamiento francés: de George Bataille
(el erotismo), de Luce Irigaray (su discusión
con Freud), de Jacques Lacan (el goce), de la deconstrucción
derrideana (la crítica del binarismo: instinto/razón,
desorden/orden, locura/control), por ejemplo. Pero
sobresale su apropiación creativa de ciertas
ideas de Foucault: la "puesta en discurso"
del sexo; el control y la vigilancia que en Fowler
se vuelve, por el tipo de discurso que analiza, el
control de la representación (y específicamente,
la representación estética de lo erótico/sexual);
y el panóptico, en tanto que dispositivo de
control y poder, así como la función
de la mirada, en tanto que elemento regulador.
Como a Foucault, a Fowler le interesa la manera en
que se ha construido el sujeto, en su caso, en el
discurso literario cubano. En esta lectura se sirve
tanto de la narrativa como de la poesía y del
periodismo, de la producción literaria dentro
de la Isla como de la diáspora, de autores
legitimados como de los olvidados. Así amplía
el canon mediante la incorporación al corpus
de textos enterrados o silenciados, centrados o excéntricos.
Con este propósito arqueológico, construye
una genealogía, a partir de la práctica,
representación y control de la sexualidad en
estos textos.
Esa Historia del placer como conquista, título
de uno de los libros y del primer capítulo
de Rupturas..., alude a una nueva historia,
aquélla que se construye a partir de la toma
de un territorio que es el del cuerpo. Por eso el
proyecto va más allá del erotismo heterosexual
para indagar sobre el homosexual y su construcción
literaria, en la afirmación, o en la represión.
Fowler ha escrito una historia de la sexualidad cubana
en su literatura.
De sus textos está ausente, sin embargo, una
valoración más amplia, a la manera de
Foucault, de las instituciones y los mecanismos de
poder, control y vigilancia. El ensayista podría
argumentar en este punto -y con razón-, que
la autocensura de algunos de estos textos, o la manera
en que en otros hay una resistencia al paradigma,
es ejemplo de la represión ejercida por el
poder de los discursos y de la representación,
que se manifiestan así por negación.
Pero lo que Fowler añade a la pregunta foucaultiana
sobre la constitución del sujeto, en este caso
en el discurso literario, es que en su pesquisa sobre
la etiología del falologocentrismo, el ensayista
llega a la estructura de la nacionalidad cubana, pues
le interesa la búsqueda de un canon nacional
de lo erótico, y el sustrato sexista y patriarcal
de dicho canon: el nexo entre el cuerpo y la nación.
A la interrogante sobre la nación -fundamental
en estos tiempos "postnacionales", diaspóricos
y globales-, Fowler añade la de raza, convencido
de que el texto literario es un lugar de negociación
de la interracialidad (Historias..., p.128),
así como la del género sexual. De esta
manera el sujeto del discurso literario cubano de
la sexualidad se ve confrontado con el sujeto colonial,
el sujeto blanco, el sujeto negro, el sujeto homosexual
y el sujeto femenino.
Apelando a los estudios culturales y post-coloniales,
Fowler avanza hacia aquellos problemas que estos enfoques
han puesto al descubierto, completando la crítica
al sujeto universal de los post-estructuralistas.
En un aggiornamento incesante, el también
investigador de la Biblioteca Nacional ha estado al
tanto del debate teórico, a pesar de la escasez
material y bibliográfica en Cuba.
Con esa voluntad de superar "la maldita circunstancia
del agua por todas partes", de la que hablaba
Piñera, desde los años 90 y en pleno
Período Especial, algunos jóvenes conseguían
en la Isla textos de Foucault (Las palabras y las
cosas, Arqueología del saber) que
se pasaban de mano en mano, para luego discutirlos
en círculos de estudios privados. Ignoro si
Fowler era uno de ellos, pero en él habita
la misma sed de saber y vocación aperturista.
En un fragmento de Rupturas y homenajes, se
pone de manifiesto el enriquecimiento "cubano"
de Foucault, con una mirada desde la periferia. En
un análisis de poemas de Poveda, el autor afirma:
La
mera posibilidad de que ello ocurra en el texto, implica
un desbordamiento de los límites impuestos
por la cultura colonial, el deshacerse del panóptico
desde donde -el que fue saber dominante- actuaba como
centro desde el cual vigilar, controlar y sancionar
a los restantes miembros de la sociedad en cuestión.
Es entonces que un recorrido por la "historia
del cuerpo" permite reconstruir la permanente
ruptura del panóptico y seguirle las pistas
al devenir de la Nación desde los modelos de
representación erótico-sexual que adopta
cada época; semejante relato nos abre a una
historización que reconstruye la lucha y el
total albedrío sobre sí de los sujetos
que conforman la Nación (55).
La conceptión foucaultiana del poder se basa
en la idea de que el poder no es una institución,
ni tampoco una estructura; está en todas partes
y viene de todas partes, y se articula como "relaciones
de poder". Por ello, donde hay poder, hay resistencia
(Historia de la sexualidad. La voluntad de saber
pp.112-16). En Historias del cuerpo, Fowler
explora lo que Foucault llama "el carácter
relacional del poder", al revelar cómo
los subordinados ejercen una oposición a las
prácticas de dominación, haciendo del
discurso literario zona idónea para estudiar
tal contienda:
Como
forma privilegiada de representar qué es la
literatura, resulta entonces un formidable campo de
batalla donde continuamente se dirimen el pasado,
presente y futuro de las naciones, así como
los proyectos históricos que en ellas tienen
lugar (155).
Concebir
a la literatura como territorio de luchas donde se
enfrentan fuerzas antagónicas alrededor de
la sexualidad, la raza y el género, implica
desmontar los presupuestos tradicionales en la articulación
de la historia literaria nacional, al renovar las
maneras de leer. Al movilizar los paradigmas, el proyecto
de Víctor Fowler desestabiliza a la institución
cultural y a los espacios de saber, inaugura cartografías
y funda cronologías, desempolva la historia,
mediante la puesta en texto de los esfuerzos del sujeto
de alcanzar la emancipación, mediante el goce.
Por eso la suya es una historia del placer como conquista
y su trayectoria vital, una empresa libertaria.
La Habana/ febrero 2002
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| El
hambre de Virgilio
Dean Luis Reyes |
A
poca gente le ha gustado la actualidad de Virgilio
Piñera. A decir verdad, su literatura -la cual
no puede separarse de sus opiniones, que en su caso
siempre son escandalosas- ha venido a imponerse por
voluntad de un grupo que avanzaba silencioso por el
panorama cultural nacional. No ha sido el revival
piñeriano, entonces, caprichito de melancólicos
o mero pase de cuenta a las exclusiones de tiempos
fieros para expresarse en Cuba.
Mas, quienes protestan podrían tener sus razones.
Cada vez que celebramos la gloria de alguien, se ahorran
alabanzas a terceros. Toda recordación encierra
algún trozo de olvido. Y todo olvido es injusto,
aunque sea involuntario. Luego, empezar a descubrir
a ese contemporáneo inagotable fue para mi
generación perecer ante la insoportable seducción
del otro, seducción más profunda por
cuanto venía acompañada por una repulsión
no menos magnética.
Conocí a Virgilio Piñera de la mano
del negro Redonet, que se me apareció un día
con un ajado volumen de sus Cuentos fríos.
De aquella lectura rescato sobre todo el hambre, la
conciencia de mi panza hueca y ululante en los serenos
balcones de la beca de F y Tercera, intentando saciarme
con brisa de mar y pan viejo. Esa era mi hambre, una
condición bien física que hasta ese
instante buscaba exorcizar con los libros, la música,
lo Bello. Pero en uno de los cuentos de Piñera
había varios tipos que calmaban los alaridos
de sus tripas con los soberbios olores de su imaginación.
Se encerraban en una habitación y aspiraban
los aromas de sus deseos: un potaje de frijoles, unas
carnes fritas, dulces platanitos crocantes y tibios.
Se levantaban satisfechos y eternos de los camastros
de soñar-comer y quedaba en mi alma un ansia
de calma que todavía no cesa.
Sentí que aquellos seres famélicos eran
todos Piñera. Que cada una de mis hambres se
cruzaba en esa narración que rehuía
jugueteos técnicos o manoseos formales. Intuía
que aquella desnudez ejemplar obedecía a la
transposición de la angustia de los hambreados
tal cual. Más aún: descubría
por debajo de la piel del cuento el experimento con
la ficción en calidad de vehículo de
escape de tan álgida condición. Escape
que es reencuentro y evocación de un estado
profundo de frustración ante la realidad y
su posterior vaciado por vía de la escritura
en un mundo donde la circunstancia es lo de menos,
pues ha quedado detenida en su instante de mayor ebullición,
de codeo con la eternidad. Por eso los hambrientos
del cuento se alimentan de sus ficciones, y en ello
cabe una lectura autobiográfica.
Por entonces también yo andaba a la caza de
mi particular conducto de escape hacia una realidad
menos pobre que la que parecía depararme mi
profesión. Como pichón de periodista,
agobiado por toda clase de manuales y dicterios profesorales
cuyo único fin era mostrarnos cómo mensurar
la inmensurable realidad para hacerla entendible por
cualquier hijo de vecino, podía percibir que
detrás de ello ocultábase una rotunda
traición a esa realidad. Puedo aclarar: si
estoy reportando una ardua movilización popular
jamás podré incluir en medio del tedio
masivo y la obediencia a un ritual casi mecánico,
a una pareja de adolescentes que se besa tiernamente,
cual si himnos y banderas no existiesen. Podré
verlos, reales, ajenos a tanta turbulencia, pero jamás
imaginarlos. Eso sería violar el pacto de respeto
retiniano y quebrar la obediencia debida a la postura
de relator objetivo. Pero los imagino y entonces habré
preñado la realidad de una simbología
menos marcial, que es decir de contraste, que es decir
de belleza. En esa búsqueda andaba. Así
que Piñera vino a ser mi anhelado extrañamiento.
Lo fue además para mi generación. Los
hijos de los 60 y 70, que hemos ido recorriendo con
sosiego sus páginas -para nada afectados por
su destierro momentáneo de las letras cubanas-,
que hemos visto las puestas de sus textos para la
escena, que no tuvimos el sobresalto amargo de topárnoslo
en la cola del picadillo con la jaba de saco en ristre,
nos hemos dedicado a devorar su cadáver literario.
Su carne escasa se ha vuelto sustancia vital de nuestros
cuerpos. Más que un "deshielo", el
retorno de Piñera ha tenido perfecta sintonía
con las obsesiones de una generación agotada
de himnos mesiánicos y disfrazamientos de la
contradictoria realidad humana. Es la de Virgilio
una obra precursora que, para colmo, responde a una
vida vivida al mismo tiempo que era escrita y de una
escritura concebida en la forma de guión para
ser interpretado.
Después de la experiencia con Virgilio, fui
más consciente de mi cuerpo. Me habían
diseñado para ser el hombre nuevo, una suerte
de titán para la sociedad, y aquel irresponsable
se esmeraba en ponerme a la altura de mis huesos frágiles
y de estas entrañas caprichosas y molestas
de que dependen las decisiones capaces de cambiar
el mundo. Creo que con él vimos claro que no
hay otro camino que ser auténticos; es decir:
actuar según los principios tutelares de la
existencia de cada cual, en una lucha a muerte, diaria
y eterna, contra los prejucios y valores adquiridos,
tendientes a desdibujar los perfiles del ser individual,
del individuo auténtico.
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| Virgilio
Piñera: un hombre, una isla |
Me
parece una conclusión bien valiosa esta de
la autenticidad, con que se inicia el ensayo de Alberto
Abreu Virgilio Piñera: un hombre, una isla.
Nótese esto: si quitamos la coma, un hombre
sería una isla, y viceversa. El modelo de análisis
del autor sería entonces bojear los contornos
de esa isla que Virgilio Piñera es, descomponerlo
en perfiles y trozos de geografias diversas para hilar
desde la diversidad los rasgos más visibles
de la autenticidad del Virgilio cubano. Autenticidad
vivida como pelea, como angustia permanente por sacarse
de adentro, como en el ideal estoico, la Verdad que
se es, por desbrozar el camino del tupido yerbajo
de las verdades de la ideología, la cultura,
los procesos vitales. Verdades ajenas, fijas como
costra indistinguible a las verdades propias, esas
que, si no son salvadas del confuso territorio de
la indistinción, acaban extinguiéndose.
Este debía ser el libro de mi generación.
Un libro que rescata a Piñera como animal tímido
y como dios, como hombre mundano y como sibarita.
Pero que sobre todo lo rescata allí donde más
brilla como ejemplar único, odioso y puro,
culpable de la blasfemia y la coherencia que los normales
no perdonan, salvado por la ansiedad de quienes vemos
en él no precisamente un Mesías u objeto
de culto, sino un destino posible, parecido a la plenitud
del ser, plenitud que no excluye la angustia o el
sarcasmo, pero que tiene el hambre por el sentido
más limpio de la existencia.