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| Prosa |
Aunque
de entre las múltiples facetas que como escritor
tuvo Samuel Feijoo la de narrador no ha sido menos favorecida
por el reconocimiento general -como que extremadamente
popular es su novela Juan Quin Quin en Pueblo
Mocho-, a menudo se escapa esa zona otra de su
prosa, abundante en apuntes y notas de viaje, que reúnen
sus primeros libros. En 1985 se publicó en Cuba
una selección de tales textos, allí donde
mejor se catea el choque de hombre y paisaje en su vida
y obra. La isla en peso ofrece a sus
lectores una escueta selección de los mismos. Lástima
de la letra, impotente para asir la belleza de la tierra,
el río y la montaña. Lástima, aunque
en estos pasajes casi lo logra. Prosas
Samuel Feijóo |
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Blanca
de ligeras nubes apareció la mañana. El
viento se echó sobre el campo. Por las largas hileras
de los bienvestidos se puso a silbar, halando el ramo
del diminuto botón rosado. Las palmas echaban un
ruido de palomas.
Atraído por la fiesta matinal, salgo por el camino
de los marabusales, todo erizado de púas. El viento
barre la sabana, que crepita como una vasta hoguera, verde.
Al pasar, embriaga de juventud. Se oye, poderosa, la gran
canción de millones de hojuelas batidas por las
rachas del aire. La oigo: quedo envuelto de su olvido.
Ando. La marcha es viva. Bordeo relucientes charcos, atravieso
húmedos llanos. Subo y bajo. A veces, en las altas
cercas de alambre, que separan los potreros, los aguinaldos
ofrecen el agua en sus blancas copuelas. Infinita alegría
ya se mueve desordenada dentro de mi. El júbilo
de la brisa, entre olores y abejas, entre la blancura
de tantos porvenires de generosas navidades, se me refleja
rápido.
Al paso de dos o tres talanqueras: las reses. Los redondos
ojos miran con paz densa. Ellas trillan mucho, y, así
el camino es, aunque estrecho, mas libre de púas
y de tronquillos que dejan los desmoches de los carboneros.
Estos andan cortando el marabú, que ya hace un
peligroso bosque. Trabajan hábiles, y, por un instante,
me detengo a mirarlos. Dan cortes en la base de los duros
arbustos con sus afilados machetes, y luego, con destreza,
cogen el palo en su parte menos espinosa y lo desarman.
Lo depositan después en cortas pilas, que, en curioso
orden, redondean, hasta darles un volumen adecuado. Me
hablan invitándome a la vela, cuando el horno primitivo
humee y crepite, a la noche, entre cantos campestres.
Digo que sí, que volveré, y me voy, con
la luz mañanera, por donde los paredones de hojoso
verdor del marabú me invitan a una suerte de aventura
adolescente. Con el viento loco en silbo, ando muy difícil
trecho, de curveado camino, agachándome a veces
para evitar las alborotadas púas, o, en otras,
dando golpes con un garrote a los amenazantes brazos.
Ando en delicia. A poco, la cúpula vegetal se espesa
y la luz se cuela brumosa y submarina, en su fantasía
verde. Luego se ensancha y clarea el camino, y diviso
un pozo, circulado de marabú, en un pequeño
claro. Un peón bombea y sale el agua por un herrumbroso
tubo y de él salta a un trozo de cañabrava,
cortado por su mitad, que hace de canal. El agua corre
hasta una ancha paila de hierro donde se arremolina ante
las sedientas fauces de las bestias. Se desespera el ganado.
El agua es poca y el pozo se agota pronto. Mugen algunos,
se golpean impacientes con las astas. Estoy sobre las
tablas que tapan la boca del pozo, y les veo a todos sin
temor a su violento deseo. Por variar, aparto lentamente
los ojos y miro sobre un movible mar verde, a las montañas
embestidas de un azul matinal, mas liviano que el aire.
A mi lado el mugerío crece. Los toretes se precipitan
a la seca paila. No da mas agua el pozo. Con tristeza
humana, las reses miran. Formando un compacto grupo, aguardan.
No se van. ¡Ah, es que esperan por mi, que divago
cercano, mirando el valle que se estrecha por los guasimales
del fondo! Me percato de que me necesitan. No puedo resistir
esas miradas buenas, de mujeres dulces que buscan amparo.
Bombeo. Saltan unas gotas. El pozo está seco. Confuso,
me siento en el brocal. Esperan. Maravillado quedo una
hora, entre astas y miradas. Nadie se va. Al cabo, doy
a la bomba y el agua brota. Sudo. Pero el chorro es fuerte.
Lleno tres veces la gran paila. Poco a poco se retira
el ganado.
Después, satisfecho, comienzo a lavar mis sucias
manos en el ligero chorro que aún cae sobre la
gran paila de hierro. De pronto, veo con asombro la juvenil
y graciosa cabeza de un ternero retratada en el fondo,
que mira muy gentil, muy suave, aguardando su turno para
beber. |
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| Peón
libre
(Nuevo viaje donde las vacas sedientas)
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Vuelvo
al potrero de Entenza. El ambiente es apartado, y el aire
juega mucho, y la alegría viene a ser libre y fácil
de tomar. Ando y ando, sintiendo el placer de caminar
soledades. Distingo que están cambiando ahora sus
hojas algunos árboles, como la ceiba y la guásima.
Pero otros vienen a sustituir, en hábil ritmo de
color, la verdura perdida. Y así, están
las bienvestidas, con sus finas varillas llenas de flores
en apretados racimos, y el piñón, que ya
levantan su llamada roja, del rojo mas intenso conocido,
del mas dramático rojo, en la fantástica
copa relampagueando sanguinas violentas.
También están las cercas campesinas, tan
raras, de palos enterrados en punta, unidos con pelos
de alambre. Muchas de esas estacas crecen y florecen como
el palo blanco, la bienvestida, el almácigo...
o como las cercas del itamorreal, lechosas.
Los terneritos me miran pasar, curiosos. Alguno me sigue,
quizás me conoce, pero como voy por un trillo angosto,
cruzado de ramas de marabú, me deja, con el sol
metiendo su cuchillo por el varillaje de las crueles plantas.
Llego al viejo pozo desaguado. Tomo por la vereda que
de él nace, y, andando, golpeo con una fuerte vara
a las púas salientes, ávidas, y me abro
paso hasta el fresquísimo praduelo, de corta yerba,
verde, en sombra, donde uno puede, a pesar de su pequeño
círculo, pensar o leer un libro, cara al cielo,
de manera que al tener fatiga de las letras los ojos puedan
dirigirse a las nubes volanderas y leer otras páginas,
para variar la íntima lectura. Es muy hermoso este
retiro rodeado de amenazantes púas.
Reiniciado el viaje, pasando otras cercas, por donde se
mueven limoneros, llegan los trillos de las vacas y tomo
uno, el que lleva a un cuartón de buen pasto con
un árbol de oro. Luego por otro trillo estrecho
me vuelvo, escoltado de espinas, oloroso el aire a tierra
y hojas agrias, al lugar donde el ganado acostumbra a
beber. Subo a la rústica tarima del pozo artesano,
junto a la bomba, y me veo pronto rodeado de astas y ojos
ansiosos, como un supremo rey del agua. Rey yo al que
imploran sedientos ojos. Bombeo y acuden ellas, todas,
a poner sus belfos, a golpearse por llegar al tazón
rumoroso. El poniente tiñe ya llenando de color
el agua que cae. Bombeo mirando las nubes moradas. Oigo
como mugen de placer. Bombeo hasta no poder mas. Me tiro
cansado sobre el brocal mientras seco el sudor de mi rostro.
Descanso contento. Al rato, echo la vista a mi alrededor
y alcanzo que no he terminado aún, quedan unos
ojos implorantes. Brillan en la semioscuridad... Bajo
el sangroso anochecer, bombeo otra vez, y siento el trote
de las vacas, que acuden de nuevo, como a un milagro,
al trabajador nocturno. |
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| Montaña
bañada de sol |
Dos
vacas y una burra muerden la yerba al llano, casi cerrado
por la neblina. En los árboles se inicia el anochecer,
en suaves humos. Tiemblan los inmensos colores del cielo.
Fríos, muy lejanos, los azules de las montañas.
El firmamento estrecha. Sentado soy, en el silencio hondo,
sobre las grises piedras que bordean los pinos. Pienso
un viejo pensamiento: no me basto. Esto es demasiado poderoso
para mí. Quiero un alma con quien compartir esta
inmensidad de bella rareza, estos cielos calmos, estos
milagros que me sé que los tengo que sentir solos,
a solas, sin que pueda entenderlos, jamás, sabiendo
que me piden algo mas, algo que no tengo... |
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| Aventuras
con los aguinaldos (1942)
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| Y
a veces semejan volcanes de luz.
F. P.
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| A
la memoria de Francisco Pobeda, poeta guajiro que escribiera,
en mi tierra, la primera metáfora para cifrar el
aguinaldo |
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¡Ya
están aquí!
La más delicada oreja ha oído el anuncio.
Su eco, de toque embriagador, ha despertado los parajes
de su caudalosa poesía. Y rápido me echo
al campo, y los veo.
Remecidos, los aguinaldos resurgen, con la misma íntima
blancura penetrante de su primera sorpresa a los antiguos
ojos. Diosecillos, de fulminante halago, de la niñez
en devorante vista vegetal, ya abren sus vasillos del
sacro aliento del mañanero ser celeste, ya alisan
la olorosa lengua infantil de las livianas flores, ya,
perfumes del color, olor del blanco, ondulan sus tintas
puras, tan leves que el terso aire tiembla al romperlas.
Como esencias de un cielo felicísimo sus nevados
cuernecillos reposan, al repaso de las narices de la luz,
sobre frágil sonido. Y el constante niño
de los ojos, el tejedor herido, tembloroso, ya se asoma,
empinándose por mi retina suya, para ver de cerca
su atesorado pueblo de pétalos. Y ya se está
traspasándome por los felices prados de la respirante
marea, deseoso de caminar tanta salud, tan fresca navidad
del júbilo campesino con el sol bailarín
nadando por las yerbas. Y siento, yo, ya, conquistado
sin rumor ni movimiento de batalla, teñirse aire,
cielo y suelo, con vertiginosas gotitas albas, muy albas,
bañadas por albas recién llovidas, ya azoradas
de su caída a la leche, albas como almendra de
la blancura de las albas, albas sin pares, albas de amuletos
blancos, diminutos, danzando en las largas danzas del
blanco sobre la tierra.
...Fue por el camino donde se agrupan las malvas, ahora
descoloridas por la gran seca, después de pasar
la ceiba, al costado del platanal que la luminosa mañana
llenaba de verdosos vidrios. Las chinchillas y los tomeguines
susurraban con su chispeo habitual. La onda de la luz
vagaba generosa por los sentidos, y, aunque no me traspasaba,
como yo siempre quisiera, la traspasaba yo, o tal creía
con fina búsqueda de sus matices. De súbito,
vi sus afortunados capullos sobre las cercas, entretejidos
en las alambreras. Y me deslumbré reciamente tocado
en lo recóndito fiel de la entraña. No los
creí hallar tan tempraneros. Eran bolsas cortas
de un único pétalo rizado de campanilla,
en república brillante, factoría de perfume,
revoladas de mariposas y abejas, rozadas por la ligereza
de pardos lagartos. El aire derramaba también al
azul firmamento, el perfume de los nervios tocados de
hechizos de flor (para ser respirado por aquellos adolescentes
que se durmieron con cuellos y tobillos enredados de aguinaldos,
sin aguinaldo de ojos claros detenidos en la final nariz).
Las abejas: jinetes de las ondas del campo en navidad,
las mariposas: aguzadas canciones. Y luego, atravesándome,
entró en mi destino trémulo, un furioso
amarillo de bien labradas campanas pequeñitas,
trepadas en desordenados bejucos hasta las bienvestidas
en flor. Ritmo profuso de color erraba entre gentil niebla,
diversa, movida por las aguas, ondulada en pequeñas
serpientes. Miraba yo, allí, sobrecogido y certero,
cuando un menudo azulejo, danzarín del viento nuevo,
vino a posarse, distraído, en mi hombro. Sentí
su breve luz de carne y plumas tocándome con un
toque de hoja de relámpago.
Andaba entre aguinaldos. Caminaba sobre el perfume. Entraba
a sus desvaídas estancias y de sus tiernas alcancías
me hería y alimentaba. Rutas de olor mañanero
se abrían sobre aéreos mares de feliz alusión.
Andaba gloriosa presencia. El ojo firme, claro a sus flechas,
sus genios y sus ramajes. Tejidos de sol un toro pacía,
cercano, en un recortado círculo de yerba rodeando
un arbusto. Allí, entre sus pezuñas, crecían
las airosas vasijas de miel. Rumoroso abejeo a ras de
sus patas, y perfume de machacado pétalo. Blanco
pisoteado contra el verde. Oloroso resplandor. Arranqué,
movido como niño, las bejuqueras cuajadas de aguinaldos
y las enredé veloz en los cuernos de la bestia,
que quedó vestida de feria de fábulas. Me
miró el toro con mansos ojos, ornado de claro héroe,
y muy despacio, se metió la rizada lumbre belfos
adentro.
Aún le miraba yo, riendo de verde tan rey rompehuesos
cómico, cuando me tropecé con el pequeño
grupo de los júcaros, donde, en silvestre desconcierto,
un tumulto de ramas sobrenadaba. Por el suelo de plomizos
cuyujíes: caracoles nácar despedazados.
En lo alto, bien trepadas: las blancas puchas, en la festiva
mañana. Con gesto de puro ausente, las cogí,
a manojos, como quien recoge ola blanca de versos o levanta
colonia de encajes. Pensaba ya, cosechando tanta torrecita
de élitros, en el Regalo. Y con ellas, de oloroso
guante de mi puño derecho, seguí el silbante
camino. Ya el arroyo se me venía a los pies entre
provincias de berros y malanguillas. ¡Qué
mañana de griterío libre de cotorras salvajes!
El mundo todo era un verde resplandor para mi sumida mirada
de hoja recién nacida. Movían los cocoteros
sus ramas en dura lentitud. Erectos aguacateros rozaban
sus frutas con las bajas hojas de los cedros elevados.
Se mecía el sol sobre la arboleda en el macizo
jade puro que orillea y marca allí la curva del
agua corriente. Varios cochinatos cubiertos de musgo salieron
gruñendo de una cañada y un paredón
de tierra bermeja se agujereó de los ávidos
hocicos. La brisa tañía los instrumentos
del oído, pegado a sus elásticos nervios.
¡Arriba estaban ellos meneando sus cumpleaños
erizados de fúlgidos faritos! Derramada música
cabalgaba sobre las copas. ¡Qué revueIo de
los blancos de la luz, brillantísimos, sobre el
fondo carne de coco de la diminuta flor! Ya trepaba yo,
alto. Un alado farolito cayó sobre mi nariz. Tomé,
para ayudarme, la mano de una palmera, y alcancé
la frágil media copilla de un almácigo leproso
de lepra de plata. De allí pasé a un ateje,
ya rojo, y les toqué. A los dedos venían,
trenzados, en su fuga temblorosa, de rama diferente en
desigual rama. En la altura, tocaba yo las bandurrias
del aire del mas elevado follaje, y sus güiros cosquillosos
y sus soñolientas marímbulas y sus claves
de agua verde. Me servía el aire, llevándomela
en blandas bandejas, la rubia comida del pájaro.
Tocaba allí, redonda, a la feliz infancia que subía,
en lo primero nítido, por la ola de ardiente blancura
sumergiendo las hojas; y era yo, allí, náufrago
al relumbre del amanecer, fresco sobre la espuma del campo,
héroe maromero de un glorioso naufragio de temblorosos
trinos en la marejada mágica de los ágiles
blancos. El firme rumor de la vida se me levantaba allí,
desde mis venas al cielo, al son del cielo cerrado sobre
mí. Y en aquella transparente y hojosa roca del
matutino polen, con aires y sonidos centelleando la vegetal
alegría, apretaba yo esa Música Única,
maravillosa, con mis dedos verdes de rameadas yemas, con
mis dedos arbóreos, mis dedos de muerte, dedos
de poeta, tembloroso, mis dedos de ojos tristes y puros
y flameantes, dedos del azorado náufrago de la
blancura.
Reunía aguinaldos, de cálices morados y
amarillentos, en la hermosa guirnalda. Estrellas de nieve
campestre, enlazadas por el perfume al aro verde rescatando
la mano de carne. Con mano de flores me retiraba ya, emperador
silvestre, de conquistado tesoro de olor, cuando, a mis
pies, se iniciaron de nuevo. Por entre las puyas del reciente
chapeo de los marabúes se regaban en manchones
centelleantes de innumerables jabuquitos de sol. Y me
nombraban... ¡Los últimos! Y comencé
a colectarlos, con deleite de recoger sal solar, fresco
hálito astral. De pronto, al alzar un manojo, la
seca cabeza destarrada de un venado, en fantástica
isla, me clavó los ojos. Me metió su mirada
de aire y sombra volando sobre la fiesta de las hojas,
por la cordillerita de la luz en mis dedos, hasta las
mismas entrañas sorprendidas. Sus ojos de selva
barrían la espesura. El silbo del ramo, los versos
de la yerba, abejas dulces, otras hojas de oro, revoIaban
sobre la mirada ósea seca.
Alegre y confuso de borbotante poesía flotaba yo
sobre el pelado cayo del rayo de los bosques. La mañana
barría el mundo con sus olas encendidas. ¡Vámonos
pronto! Y la huesuda cabeza quedó allí,
con su corona de abejas. Violentos consejos de poesía
me mareaban. Del brumoso coralillo nacían las horas,
las campanas, el baño. Matiz claro, delicado. Frescos
vapores abrían y cerraban flores misteriosas. Vaga
llamada en la tierra rodaba por el follaje nácar,
entre racimos carmines en paz suavísima, como susurro
reconocido, sobre el oído fiel. ¡Vámonos
ya! Nada tenemos pero esto. Órgano feliz de alegres
lenguas yendo de fino fin a distinto fin de ávidas
maravillas. ¡Adiós azul!... Y agité
mi gran corona blanquísima estallando al fuego
del aire. Y era la enredadera de nieve lanza encandilada
de las hojas. Río de locura feliz; locura del blanco
balbuceante.
Andaba. Andaba por los castillos de la brizna, por las
ascuas del ornado polvo. Sentía zumbar mis dedos
en las libres banderas pascuales. ¡Oh, aguinaldos!...
¡Oh, vosotros, descensos del celaje! ¡Vosotros,
carneritos de la hierba! Me tomáis locura... Sí,
sí, librada sangre blanca arrancáis de mí,
y lengua volandera de risueñas voces. ¡Oh,
aguinaldos, bailarines de la leche! Campanas de pálidas
agujas de olor. Niñitos de alba sobre las verdes
tetas del paraíso de la memoria. Cueva auroral
donde morir devorado por una estrella. Tejido columpio
de la bruma. Encrespada neblina herbolaria. Ramillete
de trémulas hadas hiladas de novia. Toritos dulces
de la abeja. Fiebres del cristal. Pocitos heridores del
rocío. Trillos de la estrella. Triunfo apoteósico
de la raíz. Ágiles alfileres de la hierba.
Ojitos de la nieve. Desayuno del sol. Dulce de coco de
la malva. Almendra del caracol. Hogar de la oruga. Oro
blanco del zunzún. Tacto de la esencia. Mandarines
con lámparas botánicas. Versos de la sal.
Formas del perfume. Colmenar de la espuma. Almenares del
rocío. Alba despedazada por la música. Aletear
de la grama. Estandartes de azúcar. Tejedores del
Reino. Marejada de conchas. Telescopios del ángel.
Hoteles del encaje. Bateleros del juego. Libros de la
espuma. Figurados poetas del orto. Maniquíes del
granizo. Vírgenes de la hechicería. Infantes
de la cal. Sultanes de la luna. Custodios del azahar.
Pajes de la garza. Jardines enanos de la lechuza. Saludos
del Ejército Cautivo. Mojados ángeles de
un Liliput festivo. Baile de los conejos. Faroles de la
arcilla. Licor de los luceros recién ancianos.
Lecho de los ángeles. Leche del fango. ¡Oh,
aguinaldos conquistadores! ...
Y ya enajenado de poderosa blancura: ¿quien para
la locura joyosa de mi habla, borbotear fresco, mi delirio
de la flor de mi infancia en la campiña, ¡la
niñez misma! ¡Llanuras de San Juan! ¡Luz
viva de La Jorobada! Si, amado rebaño mío,
mar mañanero de la sabana, amadísimos, perennes
amistades de mi fiesta, os nombro, liviano bautizo os
doy, de mi lengua que desatáis. Os regalo la única
música que tengo. Que mi voz sea vuestro unido
acento, camino tierno a sus ecos, que parta amorosa vuestro
seno jovial con sólida lanzada sonora, para beber
la tan mágica leche derramada. Si, Ordeñadores
de la lana, Cegadora disputa de la Salina, Consejeros
de la Mañana, ¡victoria! ¡Victoria
sobre la Nube Escondida, sobre la Perla y el Azahar del
Duelo, sobre la Estrella enterrada en las podridas algas!
¡Oh, sueños largos!
...La alegre orgía por el llano no terminaba aún.
Derramaban sus islas al aire, ante el temblor de los asustados
zapatos. Más allá, por el palerío
donde sombrean los flamboyanes estaban, en porciones diminutas,
desorden blanco. Tenía que escapar. No resistía
aquel baño milagroso. Me mareaba. Mis venas se
abultaban bajo la olorosa piel, recargadas de despojos
blancos.
Aún tomé algunos capullos y los uní
a la gran guirnalda. De los labios se me escapó
la última mariposa:
- ¡Flautines del cocuyo, aguinaldos!...
Feliz, acortaba mi paso. Sereno cielo. Serena brisa. Suave
retorno. Limoneros y huesos de chivo. A una margen del
trillo, una palangana rota, el asa de un balancín.
Y allí, allí mismo, el islotito verde y
su botón sonriente. ¡Adiós, olita
virgen! Caminaba lento en la lenta ventolina de los nervios.
Maduraba un anón. Ardía el sol en el pico
de una botella. De las primeras casas, un tomeguín
chispeaba. Gentes. Pereza. Y como ya me acercaba, grite:
- ¡Niño! ¡Niño!
Y, enseguida, asomó su cabecita entre las cercas
del patio, de palos retoñados. Sus negros ojos
me buscaban ya, curiosos. Miró asombrado el enorme
tumulto, el baile argénteo de la millarada de flores,
y olió la miel del aire nevado circundándolo.
Sentí su traspasado azoro. Las puse en su abrazo.
Y le dije:
- Niño, estos son los aguinaldos pascuales, los
que llenan el campo del temblor del alba cuando rompe
el cielo mas fino de tu tierra...
Y él me dijo lento:
- Trae..., tráeme más... |
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Hay
una enmaravillada estética en la caca de la vaca.
Esto es realismo también. Fresca, su color verde
esmeralda brillante es insuperable; seca, su pardo fascina,
color ala de sinsonte. Hablo a pintores verdaderos y a
amantes del color.
En ella se posa y crece el hongo nevado, la preciosidad
del blanco, una umbela estriada de deliciosa urdimbre.
Ni la carne de la azucena, que es blanco opaco, ni la
textura de la rosa blanca compiten con su blancura, que
es traslúcida. Y es de ver el fascinante pueblo
de los hongos cuando crecen varios en cada torta y las
tortas son millares de islas blancas en el potrero, deslumbrante,
bajo el sol.
De la caca he utilizado su torrosa forma en mi pintura.
Arquitectura la suya varia y fantástica.
He construido con su cuerpo formaciones plásticas
a mi entender bellas.
Toda realidad que guarda hermosura es apreciable, trabajable.
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| Carbonero
en vara en tierra |
Y
la despreciada, ignorada belleza de las preciosas gemas
de la vaca bovina siempre me ha obligado a trabajarla
como material de noble calidad.
Y piense la inmensa y casi siempre "ilustre"
mediocridad lo que quiera.
Hablo a pintores, a naturalistas.
Y no olvidéis, poetas, que en la época del
mosquito el campesino la recoge, seca, la echa en latas
de luz brillante vacía y le da fuego. Los aposentos
se llenan de humo blanco, huye el mosquito y las personas
hablan entre una niebla espesa que las desdibuja.
Potrero de La Josefa
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