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| Presencia
ancestral
Ever
Fonseca
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Todo
tendrá que ser reconstruído,
y los viejos mitos, al
reaparecer, de nuevo nos ofrecerán
sus conjuros y sus enigmas con un
rostro desconocido. La ficción de
los mitos son nuevos mitos, con
nuevos cansancios y terrores.
José Lezama Lima.
Cuba
está poblada de leyendas (1) cuya
evolución es semejante al sincretismo cultural
de la Isla. Algunas provienen de África, y en este
lado del Atlántico, se entremezclan con otras de
procedencia indígena o española, produciendo
un enriquecimiento en el texto original. Cada región
de la Isla ha hecho sus propias variaciones, creando versiones
que producen pluralidad semántica en los temas
legendarios, e incluso, éstos pueden continuar
ofreciendo nuevos significados textuales en dependencia
de las interpretación más recientes que
se hagan de ellas. Las leyendas más populares (2)
están recreadas en la literatura nacional mostrando
versiones que se corresponden con determinadas regiones
o con el punto de vista que le adiciona el autor que las
intertexualiza. Así por ejemplo, la leyenda del
güije, tal y como es presentada por Nicolás
Guillén en La Balada del Güije
(1936) permite una novedosa lectura de matiz homoerótico.
Este tipo de interpretación llega a crear sus propios
códigos, los cuales reaparecen reforzados años
más tarde en el cuento Bestial entre las
flores (1966) de Reinaldo Arenas y en la novela
Cocuyo (1990) de Severo Sarduy. Para
demostrar esta posible tesis, tomo como punto de partida
el bien conocido poema de Nicolás Guillén
y establezco las posibles relaciones que en él
pueden observarse entre la figura ficcional del güije
y el naciente discurso homoerótico de la literatura
cubana.
La figura mitológica
del güije.
Los campos de Cuba constituyen un lugar propicio para
la conservación y trasmisión oral de todo
tipo de leyenda. Siguiendo la tradición de los
esclavos africanos, y como ellos, después de
haber trabajado largas horas, los campesinos solían
reunirse a disfrutar los relatos, anécdotas,
fábulas, mitos y leyendas que entre ellos se
contaban. La carencia de entretenimientos más
sofisticados como la radio, la televisión o el
cine, convertían estas veladas en una aclamada
distracción. Entre tanto las historias se multiplicaban
y se nutrían con elementos novedosos que provenían
de la imaginación de sus narradores.
Entre los sujetos legendarios más mencionados
en estas tertulias estaba el güije, ser fantástico,
el cual se creía que vivía en los ríos
y las charcas de las sabanas. Sin embargo, éste
no era el único residente extraordinario de semejantes
parajes. Existían otras narraciones que se referían
y hasta describían a un segundo personaje que
llamaban el jigüe. Debido a la semejanza de sus
nombres y a que habitaban el mismo espacio físico,
ambas figuras fueron paulatinamente fundiéndose
en una sola.
Samuel Feijóo, en su texto El negro en
la literatura folklórica cubana (1975),
recopila todos los materiales escritos sobre el binomio
del güije/jigüe desde el siglo XIX. En dicho
compendio, Feijóo advierte que este mito es quizá
el primero del país (283) y que llega a la actualidad
totalmente sincretizado pues en él confluyen
leyendas indígenas, españolas y africanas.
Cita las investigaciones de Alfredo Zayas, quien, en
su Lexicología Antillana, se
refiere al ser sobrenatural como "el jigüe"
y le atribuye la condición de aparecer como un
indio enano, con cabellos largos (284). Por otra parte,
señala cómo Fernando Ortiz en Historia
de una pelea cubana contra los demonios, identifica
al fantasma con la tradición indígena
pero no le llama jigüe sino güije. Sin embargo,
Ortiz asegura que lo más común es suponerlo
no como un indígena sino como un negrito (285).
Sigue comentando Feijóo que Fernando Ortiz ve
en el nombre "jigüe" un vocablo de origen
africano, que se utilizó por los antiguos esclavos
para nombrar a los duendes de las aguas cubanas; y por
esta razón, en el espacio insular, es asociado
con el güije, quien era ya considerado como un
monstruo acuático por los indígenas. En
fin, con este juego de voces paralelas, parecidas, con
intercambio de sílabas quedaron fundidas dos
figuras semejantes por su condición sobrenatural
y por su vivencia en las aguas dulces. Dichas figuras,
güije o jigüe, proceden de dos tradiciones
diferentes: la aborigen y la africana. En su evolución,
el ser sobrenatural prevaleció como un negrito
enano, quien en un inicio era juguetón y un tanto
inocente y que, finalmente, adquirió características
agresivas, violentas y aún asesinas.
Ramón Güirao es otro autor cubano que escribe
sobre ambas figuras legendarias, manteniéndolas
separadas. En 1942, publica su colección Cuentos
y leyendas negras de Cuba, en donde recopila
un conjunto de narraciones breves procedentes de la
tradición oral de la Isla. Algunas de estas historias
tienen temas religiosos, otras presentan temas morales,
sobrenaturales o son simples aventuras que tienen por
personajes a diferentes animales. Sólo una de
ellas hace referencia al güije, lo describe como
un ser fantástico que tiene forma de pez. Se
asemeja a una sirena masculina puesto que "su cola
es de pescado y su cabeza de negro" (Feijóo
2:75). En lo que respecta a su personalidad, advierte
Güirao: "Hábil como él (el diablo)
en transformarse, cuando le conviene toma la forma humana,
ya de hombre o de mujer, siguiendo la moda para mejor
disimular su presencia (75)."
Por otro lado, Güirao llama "Leyenda del güije"
al texto donde este ser es descrito, mientras que titula
"Cuento del jigüe," a otra narración
de la misma colección en la que aparece como
sujeto sobrenatural un enano negro, paticorto y manilargo,
con orejas puntiagudas y ombligo abultado, quien también
habita ríos y charcas, pero cuya historia está
asociada a un niño negro. Esta leyenda se refiere
a un negrito quien, no conforme con su color, quiere
convertirse en blanco, por lo que se sumerge en las
aguas limpias de un río cercano. Se desnuda para
frotarse la piel y, mientras lo hace, surge de las profundidades
el jigüe quien, con sus largos y flexibles brazos,
le anuda el cuello y lo sumerge en el agua. El cuento
termina con una especie de moraleja: "los jigües
no aman a los niños negros que reniegan de su
piel oscura" (80).
Samuel Feijóo recopiló algunas leyendas
relacionadas con el güije que provienen de diferentes
zonas desde el centro hasta la parte oriental de la
Isla. Estos relatos añaden significaciones al
sujeto sobrenatural, resultando algunas verdaderamente
interesantes. Por ejemplo, en la narración que
se conoce como El güije de la Bajada, Feijóo
relata una leyenda oriunda de un lugar conocido por
El Charco del Güije, en la zona de Remedios, al
sur de la provincia de Las Villas.(3)
En dicha historia se cuenta cómo un vecino de
la comarca, Don Manuel González, descubrió
el misterio que envolvía al güije al encontrar
antiguos documentos vencidos por los años en
el derrumbe de la ermita del Cristo. En ellos, se encontraba
la "verídica" historia del güije
de la Bajada y la fórmula para cazarlo, mecanismo
éste que bien podría parecer un conjuro
o exorcismo (Feijóo 2:156). La idea del exorcismo
se repite, esta vez hecha por un sacerdote, en la narración
del güije relacionada con la ermita del Buen Viaje
(Feijóo 1:288) dejando entrever un parecido entre
el güije y los demonios medievales que retrocedían
ante la presencia de Dios.
En ambas leyendas la presencia sobrenatural del habitante
de las aguas dulces ha adquirido elementos provenientes
de la tradición cristiana medieval. En estos
casos la conexión entre leyendas muestra al güije
como una figura maligna, ya que el segundo elemento
del paralelo metafórico es el mismo diablo. Existe,
sin embargo, otro tránsito a la cultura cristiana
donde el güije no aparece en un sentido negativo.
Por ejemplo, según señala Feijóo,
Francisco Marín Villafuentes, historiador oficial
de Trinidad, publicó en 1945 su Historia
de Trinidad (citado en Feijóo 1:292-295)
y en dicho texto, se refiere a la costumbre de los habitantes
de la región de ir en peregrinación hasta
el llamado Charco del Negrito en los días de
la celebración de San Juan Bautista, para identificar
al personaje de la leyenda campesina con el personaje
bíblico. Según Villafuentes,
Pasaron los años, y la imaginación
popular mezcló esta leyenda con el recuerdo del
Viernes Santo en que los ojos de fuego del Negrito brillaban
intensamente, afirmándose que era el propio San
Juan Bautista el que aparecía en el charco. Por
eso, también, se asoció la leyenda a la
clásica fecha del día de San Juan. No
faltaban los que decían haber visto al Negrito
derramando agua con una jícara sobre la cabeza
de alguno que otro muchacho que acudía a bañarse
a la orilla del charco. Así fue aumentando la
leyenda, y, arrastrados por ella, el día de San
Juan, acudían al charco del Negrito, hombres,
mujeres y niños, y nadie dejaba de ver sentado
en una piedra, alisándose el cabello con un peine
de oro, al legendario Negrito, con los ojos hechos ascuas
(143).
Finalmente menciono una leyenda que cita Feijóo
procedente de la zona del Escambray, también
en la provincia de Las Villas, donde se habla de un
güije con alas, que intentó secuestrar a
una niña de unos doce años sin éxito
alguno porque fue sorprendido por los vecinos de la
región y obligado a huir (Feijóo 2:301).
En esta nueva versión popular, al güije
se le han añadido las alas por lo que puede situarse
como ángel malvado (ya que su actuación
es la de secuestrador) o diablo o, simplemente, las
alas pueden servir para asemejarlo a un pájaro,
nombre dado a los homosexuales en Cuba.
De las informaciones recogidas hasta el momento por
los relatos de Güirao y el resumen investigativo
de Feijóo, se puede considerar que desde el siglo
pasado aparecen textos donde se intenta explicar la
presencia de un ser extraño, sobrenatural y fantasmal
en los campos cubanos, al cual llaman "güije."
Segundo, paralelo a esta figura, existe otra, semejante
y diferente, que se le nombra "jigüe"
y que en ocasiones (como lo muestran las narraciones
de Feijóo) estas dos figuras aparecen superpuestas,
intercambiando significaciones. Tercero, en ninguna
de las narraciones referidas al güije o al jigüe
aparece una relación entre estos sujetos y la
sexualidad, más bien son recogidos como ejemplos
de lo real maravilloso cubano.
En adición a las investigaciones de Feijóo
y Güirao debo incluir en la formación del
corpus de la figura mitológica del güije
los aportes hechos por Lydia Cabrera. Cabrera hace alusión
a la figura del güije en su texto La laguna
sagrada de San Joaquín (1993). Sus investigaciones
se hicieron en la zona de Matanzas.(4)
Las creencias que existen en este lugar permitieron
a la autora establecer una semejanza entre la figura
del güije, las divinidades acuáticas y las
sirenas. Como resultado, el güije es identificado
con Olokun,(5) deidad yorubá
masculina, y en consecuencia con la bella Yemayá,
ya que en Cuba se han sincretizado ambas deidades dando
lugar a Yemayá-Olokun quien es simultáneamente
hombre y mujer.
Lectura homoerótica de
"La balada del güije," poema de Nicolás
Guillén.
El poeta cubano Nicolás Guillén es el
representante más destacado de la poesía
negra cubana que tiene su nacimiento en la primera mitad
del siglo XX. El evoca el mestizaje cultural de la Isla
a través de múltiples poemas. En algunos
de ellos se destaca la vida marginal de los negros durante
la república; en otros, surgen estereotipos de
los mismos. Existen aquéllos que se relacionan
con los criterios religiosos; también, los que
muestran mitos y leyendas heredados de la tradición
africana. Junto a Guillén, otros poetas como
Ramón Güirao, José Zacarías
Tallet, Eugenio Florit, Emilio Ballagas, Nancy Morejón,
Excilia Saldaña, han trabajado el tema africano
con magníficos resultados.
El novelista Alejo Carpentier se encuentra entre los
primeros autores cubanos que intenta interpretar el
mundo mágico y refulgente de los ritos y ceremonias
pertenecientes al Africa ancestral. Tanto en su novela
Ekué Yamba-O (1933) como en
su poema Liturgia (6)
se describen iniciaciones de la Sociedad Secreta Abakuá
o Ñáñiguismo. El mundo misterioso
que capta Carpentier en estas composiciones lo encontramos
nuevamente en los poemas de Guillén titulados
"Sensemayá" y "La balada del güije,"
ambos integrantes de la colección West
Indies Ltd (1934). El primero de estos poemas
se apoya en un ritual ancestral africano dedicado a
dar muerte a la culebra mientras que el segundo, parte
de la leyenda sincrética que sustenta que los
ríos están habitados por entes sobrenaturales.
Mediante imágenes surrealistas, la balada narra
la historia de una madre desesperada que ve cómo
el monstruo acuático se lleva a su hijo a las
profundides y le da muerte. Dice el poema de Guillén:
 |
| Güije
extraterrestre
Nivia
de Paz |
¡Ñeque,(7)
que se vaya el ñeque!
¡Güije, que se vaya el güije!
Las turbias aguas del río
son hondas y tienen muertos;
carapachos de tortuga,
cabezas de niños negros.
De noche saca sus brazos
el río, y rasga el silencio
con sus uñas, que son uñas
de cocodrilo frenético.
Bajo el grito de los astros,
bajo una luna de incendio,
ladra el río entre las piedras
y con invisibles dedos,
sacude el arco del puente
y estrangula a los viajeros,
¡Ñeque,
que se vaya el ñeque!
¡Güije, que se vaya el güije!
Enanos de ombligo enorme
pueblan las aguas inquietas;
con cortas piernas, torcidas;
sus largas orejas rectas.
!Ah, que se comen mi niño,
de carnes puras y negras,
y que le beben la sangre,
y que le chupan las venas,
y que le cierran los ojos,
los grandes ojos de perla!
!Huye, que el coco te mata,
huye antes que el coco venga!
Mi chiquitín, chiquitón,
que tu collar te proteja...
¡Ñeque
que se vaya el ñeque!
¡Güije, que se vaya el güije!
Pero Changó no lo quiso
Salió del agua una mano
para arrastrarlo. Era el güije
Le abrió en dos tapas el cráneo
le apagó los grandes ojos,
le arrancó los blancos dientes
e hizo un nudo con las piernas
y otro nudo con los brazos.
Mi chiquitín, chiquitón
sonrisa de gordos labios,
con el fondo de tu río
está mi pena soñando,
y con tus venitas secas
y tu corazón mojado...
¡Ñeque, que se vaya el ñeque!
¡Güije, que se vaya el güije!
¡Ay, chiquitín, chiquitón,
pasó lo que yo te dije!
El poeta ha mezclado en el texto las leyendas del güije
y el jigüe; y aunque el poema lleva el nombre del
primero, la historia que narra se corresponde con la
leyenda del segundo. Este acoplamiento de leyendas permite
que el güije, como personaje poético de
Guillén, se permee de las características
de ambos seres fantásticos. Y, como resultado
de esta simbiosis, el sujeto poético queda hipercodificando,
o sea, es portador de los códigos que caracterizan
a cada uno de los seres sobrenaturales. Así,
en el poema, el güije, además de tener la
apariencia de un enano negro, patilargo y deforme puede
entenderse como una especie de sirena masculina (cabeza
de negro y cola de pescado) que adopta figura de hombre
o mujer según le convenga (hermafrodita), y que
usa disfraces para no ser reconocido (trasvestista.)
Guillén anuncia al principio del poema una desgracia.
En los versos inciales, la voz narrativa aboga por la
ayuda de una fuerza superior, y lo hace a partir de
una especie de exorcismo o conjuro, (¡Ñeque,
que se vaya el ñeque!; ¡Güije, que
se vaya el güije!), que se repite en cuatro momentos.
La madre es un personaje que Guillén añade
a la leyenda pues su existencia no se recoge en las
versiones escritas por Güirao o Feijóo.
Sólo ella conoce en el poema las razones por
las cuales el niño se acerca al río y
es ella la que busca protección ante el peligro
que se avecina. La madre desempeña, por tanto,
un papel importantísimo en la posible lectura
homoerótica de este poema que deseo explorar.
Para una mejor interpretación de la misma es
conveniente, en primer lugar, tomar en consideración
a los personajes de la madre y el hijo. La madre ha
advertido al niño del peligro que corre y el
hijo desobedece. Entre ellos existe una oposición
inicial relacionada con el poder y la obediencia. Particularizando
el evento, éste puede ser entendido, en el transcurso
de la lectura, como la oposición básica
entre una madre de concepción caribeña
(8) y un hijo que tiene tendencias
a la homosexualidad. El hijo aparece en el texto como
un niño, pero no se precisa su edad, por lo que
puede entenderse, siguiendo el lenguaje popular de la
Isla, como un adolescente.(9) Un adolescente
proclive al homoerotismo, a quien su madre, para apartarlo
de ese camino, le ha puesto collares y lo ha dedicado
a Shangó. En este punto es preciso detenerse
para explicar la significación del collar y del
orisha o dios yorubá mencionado.
Una de las ceremonias más populares en la Santería
es la puesta de los collares o ileke, los cuales son
destinados a un orisha determinado y representan la
protección de dicha deidad para el creyente que
se ha iniciado. Lydia Cabrera explica:
Los
ileke son para quienes lo reciben "un paso adelante
para el camino que lleva al Santo", a la iniciación,
un reconcimiento de su nexo con la divinidad.
Tienen un poder, una vez sacramentados, que ata al creyente
a la divinidad que adora. Y se da el caso que una vez
en posesión de los collares, el Oricha se muestra
satisfecho con él y lo socorre sin exigirle más
de inmediato. Actúan como nuestros "detentes"
o escapularios y todo isayu o practicante de la Regla
de Ocha debe llevar siempre puesto el ileke de su Oricha
tutelar como distintivo y protección (121).
Aunque
la ceremonia determina la imposición de cuatro
collares sacramentados, uno para cada orisha mayor (Yemayá,
Oshún, Obbatalá y Shangó), el inciado
puede portar solamente el dedicado a su deidad tutelar.
En el caso que se ocupa, el niño lleva un collar
único,(10) posiblemente el
dedicado a Shangó, espiritualidad yorubá
quien representa en Cuba la virilidad.
Retomando la cita de Lydia Cabrera, se entiende que
el orisha tutelar puede quedar satisfecho con la imposición
de los ileke y a cambio, dar protección al iniciado.
O, por lo contrario, queda abierta la posibilidad de
que el orisha exija algún rito adicional a cambio
de su cuidado. En la balada de Guillén, Shangó
no socorre al ahijado. Dado que Shangó es la
deidad de la masculinidad en la Santería, su
ayuda puede leerse en términos sexuales. De aquí
que Shangó no desee proteger al niño ante
su inclinación hacia una sexualidad incongruente
con su biología. Esta actitud del orisha puede
ser debido a dos posibles razones: por no estar satisfecho
con la iniciación que el niño ha recibido
(siguiendo el criterio de Lydia Cabrera) o por no considerar
necesario apartarlo de su inclinación sexual.
Se utilizará la segunda variante que se desprende
del contexto religioso.
Las significaciones procedentes de la Santería
permiten codificar la historia narrada en La
Balada del Güije, de manera que una madre
busca protección para su hijo, un adolescente
proclive al homoerotismo, y no la recibe de parte del
orisha. Shangó, el protector, no evita el "desvío"
del niño, quien no quiere aceptar la sexualidad
que le corresponde a su biología (recuérdese
la leyenda inicial que hablaba de un niño que
no quería ser negro), y permite su encuentro
con el ser diferente, sobrenatural, quien puede iniciarlo
en el placer prohibido. Shangó, según
la lectura procedente de la Santería tiene un
criterio sobre la sexualidad diferente al de la madre
ya que se mueve en un sistema "divino" donde
abundan los orishas hermafroditas (Obbatalá,
Yemayá, Inle). Él mismo, siendo sobradamente
masculino en el panteón yorubá, se sincretiza
con una mártir en el santoral católico
(Santa Bárbara/Shangó); por tanto, su
visión de la sexualidad no necesariamente tiene
que coincidir con la de la madre, quien tiene una ética
occidental.
Existe otra vía para llegar a la lectura homoerótica
del poema que no se apoya precisamente en las significaciones
de los códigos de la Santería sino que
emana de la propia descripción que hace Guillén
sobre el güije. En ninguna de las versiones escritas
sobre la leyenda que se ha observado, se menciona que
el ente sobrenatural y fantástico chupe la sangre
de sus víctimas. Si se amplía la visión
del güije/jigüe tomando la descripción
del mismo que ofrece Armando González-Pérez,
se observará la forma usual en que esta malignidad
causa la muerte,
El
güije/jigüe es un espíritu o duende
antropomorfo de la mitología afrocubana. Según
los creyentes tiene forma de pez y cabeza de hombre
o mujer. Una especie de gnomo fluvial que se come a
los niños que se bañan en los ríos
(159).
La vía del vampirismo (11)
es otra adición de Guillén a la leyenda
y permite relacionar el texto poético con un
nuevo signo del homoerotismo.(12)
El habitat del güije, según la creencia
popular, ya sugiere un acercamiento al vampiro porque
este sujeto vive en las sabanas y, abandona las charcas
cuando la noche se deja iluminar por la luna llena.(13)
Las leyendas de vampiros o cazadores nocturnos de víctimas
han sido leídas como las de los cazadores de
amor o sexo. Estos seres se describen como personas
que fueron en vida criminales o suicidas, por lo que
se constituyen en habitantes de un microcosmos que se
encuentra fuera de la ley que emana del sistema judeo-cristiano.
El vampiro está muerto pero opera como si no
lo estuviera. Es, por tanto, una "copia" del
ser vivo. Esta condición de vida le permite dos
roles: uno pasivo (por cuanto de día está
muerto) y otro activo (por cuanto de noche está
vivo). Además, su capacidad de trasformación
es manifiesta, al igual que su deseo por individuos
de su mismo sexo. Su leyenda los relaciona con algunos
símbolos válidos para la lectura homoerótica,
a saber: la estaca, la cual por su forma se asemeja
a un falo; el hecho de alimentarse de líquidos
(sangre/semen); la vida al estilo del "closet"
pues de noche van a chupar sangre, y de día están
encerrados en el féretro; y, finalmente, la propiedad
de iniciar a sus víctimas, las cuales después
de ser mordidas se convierten en vampiros también.
Sería fácil de asumir que el güije,
por su condición de ser fantástico, se
asemeje al vampiro, y que ambos, se muevan bajo reglas
diferentes a las "humanas". Esta diferencia
de sistemas entre el güije/el vampiro y los hombres
puede leerse en variados caminos, incluida la relación
sexo/sexualidad. El concepto clásico(14)
adoptado por las culturas cristianas considera necesaria
la concurrencia del sexo biológico y la sexualidad
en los seres humanos. Sin embargo, en el sistema religioso
de la Santería, a nivel divino, este concepto
no es válido debido a que, como dije anteriormente,
existen dioses u orishas hermafroditas, y otros, que
lo son producto del sincretismo con la religión
Católica, como es el caso de Shangó/Santa
Bárbara. El güije, al igual que Shangó,
cambia su sexo según convenga, por tanto, es
una especie de modelo trasvestista. El personaje poético
de Guillén analizado en esta dirección
puede considerarse como un sujeto que no sólo
cambia de sexo, sino también de sexualidad para
convertirse en un sujeto homoerótico que encuentra
placer en su igual.
Resulta, entonces, que el poema de Guillén se
puede leer como la historia de un niño o adolescente
con posibles inclinaciones homoeróticas, quien
va al encuentro de la aventura sexual, aún en
contradicción con la madre, y la encuentra en
términos de violencia erótica como corresponde
a los "ritos" de iniciación.(15)
Según esta lectura, la muerte del niño
en el espacio del poema, es metafórica y no real.
Puede representar el final de la niñez o, de
las relaciones entre madre e hijo por la inclinación
sexual que éste ha seleccionado o, simplemente,
el fin de su vida social "normal" dentro de
los límites de una sociedad patriarcal porque
ahora el niño, como "gay", tendrá
que recurrir al encierro del "closet."
Al hacer esta interpretación, se codifican en
el poema elementos semánticos como el enano,
referido al seductor homoerótico; el niño
como el sujeto iniciado; el río como espacio
de la iniciación y del placer; y, las oposiciones
enano/madre, hijo/madre. El escritor cubano Reinaldo
Arenas, años más tarde, toma algunos de
estos signos y los incluye en su narrativa como portadores
de las significaciones a que se ha hecho alusión.
Bestial entre las flores es un buen
ejemplo.
Bestial entre las flores, de Reinaldo Arenas.
Este cuento largo, escrito por Reinaldo Arenas en 1966,
es una de las obras menos conocidas del autor. Es un
canto al homoerotismo que combina el más exquisito
lirismo con la lucha despiadada de todos los personajes
por mantener el propio "yo". Su trama es sencilla.
Se refiere a un niño campesino, de nombre y edad
no determinados, que vive en compañía
de su abuela y su madre. El suicidio de una de sus tías
permite que llegue a la casa el primo Bestial, (único
personaje que posee un nombre propio) quien es unos
años mayor que él. Por su parte, Bestial
tiene costumbres y actitudes hasta entonces desconocidas
por el niño. De aquí la fascinación
que su personalidad despierta en el infante y que él
aprovecha astutamente para convertirse en su maestro.
Desde esta posición, le enseña a descubrir
nuevos espacios: la noche, el monte, el río y
el homoerotismo.
La abuela representa el poder en el texto. La carencia
de hombres en la casa le otorga ese derecho. Ella es
dominante, rígida y enfrenta el nuevo poder que
pretende instaurar Bestial, hecho que trae la guerra
inevitable entre ambos. Bestial es vencido por la abuela
momentáneamente, pero una nueva oposición
se constituye en el texto, esta vez entre el niño
y la madre, quienes han heredado los roles de los contrincantes
anteriores. La lucha entre estos segundos sujetos adquiere
otras modalidades y se establecen cambios que anuncian
la llegada de un nuevo poder. La temática narrativa
se desenvuelve en un ambiente machista, entendido éste
como la cultura de la violencia, la cual produce intimidación
y lucha en términos de roles sexuales.
En el primer párrafo de la narración,
Arenas describe a Bestial con características
sobrenaturales, las cuales parten del mismo nombre que
recibe el personaje. Bestial más que un nombre
es un mito con significaciones religiosas provenientes
del cristianismo. La bestia es el anticristo del Apocalipsis,
lo irracional y brutal: y al igual que el güije,
también se mueve fuera de la ley moral establecida.
Con
Bestial las cosas eran distintas: él cambiaba
los ojos de color; él comía vivas las
codornices; él me dijo una vez "ponte en
cuatro para que veas lo que es bueno", (yo eché
a correr); él también odiaba a mi abuela
y se subía en las matas de coco; él me
dijo que sabía volar; él tiraba los gatos
al río y orinaba en el tinajero. Él sabía
leer (113).
Bestial tiene propiedades fantásticas. El cambia
los ojos de color; come animales vivos y es extremadamente
cruel. Es homoerótico y le gusta bañarse
en el río. Bestial decide iniciar al primo en
las relaciones sexuales. La casa no es el espacio indicado
para hacerlo porque está bajo el control de la
abuela. El río es diferente. Las mujeres le temen
y no se acercan a él. La descripción que
Arenas hace del río es semejante a la hecha por
Guillén en el poema del güije. No es la
visión de un cauce limpio y sereno, sino que
muestra la vida interna de sus aguas sucias, llenas
de troncos y desperdicios; muestra además, la
violencia y la energía que genera la tormenta
que se está produciendo en el momento de la inmersión
de los muchachos y que puede leerse como una construcción
paralela y semejante a la iniciación homoerótica
del primo por parte de Bestial. El niño, que
es en este texto la voz narrativa, nos dice:
Cuando llegué al río bullente, Bestial
se había quitado la ropa y se lanzaba al agua.
Pero el río no era lo que yo había pensado:
una hilera de agua deslizándose bajo muchos árboles,
sino un torrente rojizo donde flotaban, en grandes balizas
los árboles más grandes arrancados de
raíz. Sobre una de esas balizas surgió
Bestial, dando voces y levantando los brazos, invitándome
a que también me lanzara. En un momento en que
no recuerdo, me deshice de la ropa y, lanzándola
hacia los árboles, me acerqué más
a la corriente y sentí cómo mis pies se
hundían en el fango frío que no ofrecía
resistencia. Los aullidos de Bestial seguían
confirmando sus triunfos (117).
Arenas, además de utilizar al ser fantástico
y al niño, incluye en el cuento la relación
de oposición güije-Bestial/madre que conlleva
a la de negrito-niño/madre en segunda instancia.
La figura de la madre se duplica en esta historia porque
no solamente Bestial enfrenta a la madre del niño
sino también a la abuela, quienes son sinónimos
de homofobia. Bestial ha llegado a esta casa porque
su madre biológica se ha suicidado. Sin embargo,
en ocasiones, él habla de que previamente la
ha matado; refiréndose no a la muerte física
sino a la represión que ella representaba para
él con respecto a su sexualidad. Bestial le sugiere
al niño que debe hacer lo mismo.
Esa
tarde, después de comernos crudas dos biajacas
que Bestial había pescado con la boca, le dije
que mi madre me había confesado que me quería
y que si yo desaparecía ella se quitaba la vida.
"Mátala", me dijo entonces, mientras
se llevaba un fleco de yerba a la boca como para limpiarse
los dientes, "mátala antes que te mate".
Pero ese día no comprendí lo que me quiso
decir, aunque él hizo silencio durante el resto
del día para que meditara sus palabras (130).
Tanto en Guillén como en Arenas la figura de
la madre es vencida por el ser fantástico, güije
o Bestial, que representa al homoerotismo. Pero, los
métodos que ambos autores utilizan no son semejantes.
Guillén toma elementos provenientes de la Santería,
Arenas no. La madre, en el poema de Guillén,
busca protección del orisha de la masculinidad,
Shangó, y le pone collares al niño. Su
intento fracasa, como ya dije antes, porque el homoerotismo
que para la madre es un hecho tabú, para el orisha
no lo es. Arenas no recurre al plano de los orishas
por lo que los tabús de la sexualidad funcionan
para todos sus personajes. Sin embargo, su método
no excluye los elementos religiosos. Si Arenas no toma
la tradición yorubá de la Isla, sí
toma la doctrina cristiana que viene de las raíces
culturales europeas. Además, el proceso de incorporación
religiosa es diferente en él. El autor no se
apoya en la religiosidad buscando protección
contra el homoerotismo sino que, a través de
un paralelismo metafórico cargado de creatividad,
unifica las figuras de Bestial y Jesucrito llevando
al plano de la divinidad al iniciador homoerótico.
El
discuro cristiano en la figura de Bestial.
Arenas identifica el homoerotismo con la moral que lo
combate: el cristianismo. Busca un ajuste en la oposición
de principios éticos, al comparar a Bestial,
el homoerótico, con Jesús, el Maestro.
Para lograr su objetivo, utiliza situaciones y símbolos
bíblicos que hipercodifican su discurso. En ocasiones
intercambia las figuras (Bestial/Jesús), dejando
una brecha abierta entre ambas, la cual equivale a un
puente transferible entre el homoerotismo y el cristianismo.
Con este paso, Arenas anula o desarticula la homofobia
en cualquiera de sus posibles variantes, pues, lo que
el Maestro hizo, no es cuestionable para los creyentes.
El sincretismo de figuras se logra mediante escenas
que se basan en el sacrificio de la muerte en la cruz
y su consecuente resurrección. Este hecho, desde
una óptica teológica, significa la muerte
del pecado del hombre primeramente. Y, en segundo lugar,
el derecho otorgado por Dios, a través de su
hijo Jesús, a que sus seguidores sean considerados
también sus hijos y puedan entrar al reino de
los cielos. Entonces, resulta novedoso leer a Bestial,
sujeto homoerótico bien delimitado, como protagonista
del programa divino. Arenas escribe:
(La
abuela) caminó hasta Bestial, lo levantó
por el cuello como a una gallina muerta, y lo sostuvo
un rato en el aire, mirándolo sin pestañar
[...] (114).
La suspensión en el aire y la semejanza con una
gallina muerta son los elementos del discurso que permiten
la asociación, operando ésta en dos direcciones.
La imagen de un joven colgado, semejante a Jesús,
quien es sostenido en el aire por la abuela; y, la visión
de un pájaro muerto,(16) que
nos remite al aspecto femenino del personaje Bestial.
La segunda semejanza ocurre cuando Arenas hace referencia
a los tres días de muerte, descenso al infierno
y resurrección de Jesús. Sin embargo,
en el caso de Bestial, se produce una inversión
del tiempo bíblico original. O sea, primero resucita,
y luego aparece el momento del cataclismo que produce
su muerte. Bestial cae en un sueño anormal; sus
ronquidos nos remiten a un lugar de cadenas que son
arrastradas, parecido al infierno. Finalmente, al tercer
día de semejante situación,
Fue
entonces cuando se oyeron pisadas muy rápidas
sobre la hierba del patio: estaba cayendo un aguacero.
Con el aguacero también venían relámpagos
que aterrorizaban a los árboles y les hacían
soltar gajos y silbidos. Se oyeron truenos que a cada
momento se acercaban más, hasta que se convirtieron
en rayos que cayeron sobre el corredor de la casa, achicharrando
la enredadera y pulverizando el espejo de la sala. Bestial
dejó de roncar, abrió los ojos, y saltó
por la ventana hacia el aguacero. Pero antes me dijo
"vamos." Fue entonces cuando se oyeron los
primeros gritos de mi madre, apagando el aguacero, pero
ya estábamos empapados (115-116).
La descripción de Arenas concuerda en ciertos
aspectos con la descripción bíblica de
la muerte física de Jesús: el aguacero,
los relámpagos, los rayos y truenos, la ruptura
del espejo, por la ruptura del velo. En este momento
se cierra el lazo temporal que se ha hecho anteriormente
en la narración y resucita Bestial de los tres
días de sueño, o de infierno, para proponerle
al niño un ¡vamos!, equivalente al ¡sígueme!
de Jesús. Esta es una expresión que puede
leerse como una invitación al homoerotismo. La
madre, que de ello se percata, trata de imponer su autoridad,
de ejercer su control sobre su hijo, aunque con escaso
resultado, a través de los gritos (actitud y
resultado semejantes al de la madre del negrito en el
poema de Guillén.) En las escenas siguientes,
los signos cristianos se suceden para fomentar códigos
que multiplican las significaciones.
Ambos muchachos, huyendo del poder de la madre, van
al monte. El monte se manifiesta como un espacio donde
rigen leyes más amplias; leyes naturales, no
sociales. Allí está el río que
es el lugar donde el niño, como he dicho anteriormente,
tendrá su iniciación. Los signos y las
metáforas nos guían para comprender la
consumación de la cópula. Así,
por ejemplo, la turbulencia de las aguas y la oscuridad
pueden evocar la pasión entre estos seres. El
fango, sustituye la supuesta degradación, para
la moral occidental, que conlleva la homosexualidad.
Sin embargo, acompañando este cuadro está
el hecho de la sumersión en el río, escena
que puede rememorar el bautizo de Jesús por su
primo Juan; más aún, si tomamos la gallineta
blanca, que se eleva desde el agua al cielo durante
la actividad de los niños, como una variante
de la paloma que representa al Espíritu Santo
en la narración bíblica. Ahora se aprecia
nuevamente la inversión que rige el texto de
Arenas con respecto a la intertextualización
bíblica. Bestial es el maestro, pero ahora, bautiza,
mientras que el niño es el bautizado.(17)
Bestial ha pasado de representar a Jesús al papel
de Juan el Bautista, en su función de iniciador,
mientras que el niño, ya iniciado en el placer
homoerótico, ha asumido el rol de Jesús
al recibir el bautizo.
Como se ha observado hasta ahora, el desenlace de ambos
textos literarios se obtiene por diferentes vías:
pero, sin duda, la lectura que se desprende del poema
de Guillén es legitimada en su intertextualización
a Bestial entre las flores. Arenas
no ha necesitado, como Guillén, entrar en un
sistema de valores morales diferentes que proviene de
dioses con sexualidades múltiples. Solamente
ha creado un intercambio de roles que elevan al personaje
Bestial a la categoría de "divino"
y que santifica sus actividades homoeróticas
al calor del mismo sistema de valores que generan los
principios cristianos.
Cocuyo:
versión de Severo Sarduy.
Cocuyo (1990), muestra una nueva repetición
del código propuesto a partir de la lectura homoerótica
del poema de Guillén. Conviene señalar
que, previamente a Cocuyo, Sarduy presenta
en su novela Maitreya la figura de
un enano deforme, conocido por el sobrenombre de "Pedacito
de Cuba." Este personaje es homoerótico
y tiene una agresividad extraordinaria en el intento
de violación a los hombres. En Cocuyo,
los elementos provenientes de la lectura de Guillén
se pluralizan y, además del enano, encontramos
la figura del niño, la madre, los ritos de iniciación
y la simulación que caracteriza al güije.
Sarduy toma estos elementos básicos, los desmonta
y los reorganiza dando lugar a originales estrategias
constructivas.
La narrativa de Sarduy se caracteriza por su estructura
móvil, donde principio y fin se intercambian
y donde, más que un centro, encontramos la posibilidad
de muchos que se conectan y/o superponen. Los signos
homoeróticos a los que se han hecho referencia
previamente, funcionan en el texto de Sarduy como elementos
caleidoscópicos que en ocasiones se identifican
con uno o varios personajes, o con una o varias escenas.
Este proceso es reconocible en la novela Cocuyo
donde el eje argumental es la simulación y el
tema, la iniciación sexual a partir de múltiples
tipos de sexualidades. Asimismo, los personajes constantemente
intercambian papeles y, por tanto, es posible analizar
a Cocuyo (18), protagonista principal,
en el papel del güije o en el del negrito, o incluso
en el papel de la madre.
El primer personaje descrito por Sarduy es Cocuyo, quien
en esta ocasión actúa como niño
y güije simultáneamente. Cocuyo no es negro
sino chino, deforme y cabezón, semejante al güije
o ente fantástico que tenía las piernas
torcidas, los brazos alargados y las orejas de puntas.
Pero
y quién es ese cabezón? Cocuyo? Dios mío,
yo que lo creía más proporcionado, menos
revigío,(19) digamos que lo
adivinaba como un pequeño atleta griego con ojos
de vidrio claro y tetillas de oro (11).
La descripción física del personaje va
seguida de la relación con el agua. Pero en esta
ocasión la presentación es novedosa ya
que el espacio acuático no es precisamente una
charca o un río sino un orinal en el cual Cocuyo
se encuentra sentado y producto de sus movimientos,
la vasija se resbala hasta el fondo del tinajón
donde se encontraba apoyada, ambos espacios llenos de
"agua."
Posteriomente Sarduy nos indica las preferencias sexuales
de Cocuyo a través del código cultural
de la Isla cuando lo asemeja a los pájaros, y
los pargos. En el lenguaje popular cubano, ambos vocablos
se usan para nombrar a los homosexuales. Se completa
el retrato cuando el autor compara al niño con
el santo patrón de los maricas: "fue un
diminuto San Sebastián excretante, flechado en
plena fechoría, un culicagado hazmerreír,
feto indefenso" (14).
Si la relación de Cocuyo con el orinal/tinajón/agua
es utilizada primeramente para indicar el habitat del
personaje deforme semejante al güije, en la continuidad
del texto, expresa el deseo del niño de solucionar
su problema existencial. El niño siente miedo
de la mirada de los otros, y sufre por la represión
y la burla de que es objeto. Quiere ir al fondo del
agua por la inconformidad que tiene de ser quien es.
O sea, el personaje de Cocuyo/güije (habitante
fantástico de las charcas) se transforma en el
mismo pasaje en Cocuyo/negrito, quien ve en el río/tinajón
la posibilidad de cambiarse a sí mismo.
Quería
hundirse para siempre en el tinajón, ahogarse
entre las ranas y gusarapos, llegar al sedimento verde
tornasolado del agua y, atravesando el fondo de barro,
fundirse en la capa de tierra minera, furruginosa y
fría, allí quedar acurrucado, feto arenoso,
o herrumbrosa momia: a la vez prenatal y póstuma
(14).
A lo largo del texto, Sarduy relata la historia de Cocuyo,
personaje que, al sentirse rechazado por su familia,
decide envenenarla en medio de un ciclón. Con
el fin de no ser descubierto, ingiere una pequeña
dosis del cocimiento mortífero y simula ser una
víctima más del crimen. En aparente inconsciencia,
es llevado al hospital de donde tiene que huir luego
de ser descubierto su engaño por los "doctores"
Caimán e Isidro. Es entonces cuando se refugia
en una institución mitad oficina legal, mitad
orfanato, dirigida por una mujer de elevada estatura
a quien llaman la Bondadosa. Allí conoce a Ada,
una adolescente hermosa, por la cual Cocuyo sufre una
atracción anormal. La siente como su hija; y,
a través del relato se dedicará a protegerla
como lo haría su verdadera madre.
Cocuyo y Ada han sido iniciados, metafóricamente
hablando, en la práctica de relaciones homoeróticas,
en casa de la Bondadosa. En el caso de Cocuyo fueron
Caimán e Isidro, quienes lo obligaron a fumar
un inmenso tabaco. La escena se apoya en una metáfora
producto del lenguaje popular cubano, la cual permite
sustituir el pene de Caimán por el tabaco que
éste le ofrece al niño. La iniciación
de Ada tiene una estructura semejante. Dos mujeres que
visitan el orfanato en unión de la Bondadosa
le perforan las orejas a la muchacha para que en el
futuro pueda usar zarcillos. Cocuyo y Ada resultan víctimas
en los procesos iniciáticos pues en cada caso
son tomados a la fuerza por los mayores. Ada desaparece
poco tiempo después del incidente y Cocuyo decide
abandonar la casa y salir a encontrarla dondequiera
que esté.
Durante la búsqueda, Cocuyo actuará en
dos papeles diferentes siguiendo el patrón construido
a partir de la lectura homoerótica que reconstruye
la leyenda del güije en el poema de Guillén.
Volverá a su papel de "negrito" porque
será reiniciado en el placer homoerótico,
en esta ocasión, por dos prostitutas vestidas
de sevillanas. Y, a continuación, funcionará
como madre de Ada para enfrentar a aquellos sujetos
que la convierten en un objeto sexual.
La segunda iniciación homoerótica de Cocuyo,
en manos de las sevillanas, le da un vuelco al texto.
Cuando el muchacho alcanza el punto del orgasmo revive
en su imaginación la escena inicial del orinal,
(la cual tomé como punto de partida para identificar
a Cocuyo y al güije). Al hacer Sarduy la conexión
entre estos dos pasajes del texto, Cocuyo queda doblemente
hipercodificado y representa a los dos personajes básicos
de la leyenda a un mismo tiempo, ya que en la escena
doble del bacín (primera y segunda superpuestas),
es güije (sujeto penetrador, quien aparece en la
escena primera) y niño (sujeto penetrado, personaje
de la segunda escena) simultáneamente.
Cocuyo
cerró los ojos, respiró muy hondo, como
si fuera a sollozar, recordó lo que había
sentido cuando el orinal rodaba, y él prendido
de sus asas, tinajón abajo, a la sombra morada
del flamboyán repleto de cacatúas, en
medio de las risotadas de las tías, hasta que
el bacín de loza se estrelló contra el
suelo. Volvió a sentirlo ahora: un calambre que
le subía el vientre (134).
La relación madre/güije y madre/niño
también afloran en la historia. Cocuyo, quien
ha sido presentado con una sexualidad homoerótica
en su rol biológico masculino, socialmente se
asemeja a una mujer. En él se desarrollan características
femeninas cuando, por un lado, desea, como madre, defender
a Ada ante la posibilidad de ser un objeto sexual; y,
por otro, totalmente desilusionado/a, llega a considerar
al mundo como un engaño, como una farsa, simulación
que viene de todos los que le rodean. Tanto el papel
maternal como la actitud pasiva y de derrota ante las
circunstancias adversas son sentimientos propios de
la mujer según el código del poder patriarcal.
Si Arenas no tomó en consideración los
elementos religiosos de la Santería que había
utilizado primeramente Guillén, Sarduy sí
lo hace. Las figuras de Eleguá, Obbatalá
y Santa Bárbara (la forma femenina de Shangó)
poseen significaciones en el texto. Santa Bárbara
sólo aparece en forma de imagen, situada en el
lupanar donde ejercen la prostitución las sevillanas.
Este lugar es descrito como una torre por lo cual es
semejante a la casa de Santa Bárbara/Shangó.(20)
Si en el espacio físico perteneciente al orisha,
Cocuyo es reiniciado en la práctica homoerótica,
es debido a que ahora, al igual que en el de Guillén,
Santa Bárbara/Shangó no se opone al homoerotismo.
Aún más, de alguna manera lo aprueba por
permitirlo en su propio "reino."
Eleguá y Obbatalá son personajes insertados
en la novela, lo que permite considerar que Sarduy combina
los espacios humano y divino, al hacer que coexistan
orishas y hombres en su historia. Eleguá tiene
un rol limitado. Se reconoce como calesero o como quien
cuida el orden en el espectáculo erótico
de Ada. En ambos casos, controla los caminos, las entradas,
y el destino de los presentes. Obbatalá,(21)
como ser supremo en la tradición yorubá,
es hombre y mujer a la vez. Él/ella aparece en
dos escenas de la novela de Sarduy y en ambas está
humanizado en su forma femenina: Orinchalá. La
diosa es una santera cuya primera actuación es
determinante en la vida de Cocuyo, pues lo recoge de
la calle y lo lleva donde la Bondadosa para que allí
le den "creme de vie."(22)
Recogió
al pobre Cocuyo una negra que pasaba, anciana y pulcra,
toda vestida de lino blanco y con collares, aretes y
pulseras de caracoles diminutos, también blancos,
que sonaron al oído de Cocuyo, cuando lo levantó
para acariciarle la cabeza, como las marugas de su infancia,
como el rumor maternal. -Yo no puedo ocuparme de ti,
mi hijo, le susurró compungida, mientras le alisaba
el pelo con las manos, porque ya tengo bastante con
los que Dios me ha dado y esperan en el solar. Pero
te voy a llevar a una casa grande y muy linda, con ventiladores
en el techo y la nevera y todo, donde una señora
blanca, bondadosa y limpia como ella sola, te va a dar
un vasito de creme de vie (55).
Las divinidades yorubás más que repudiar,
aceptan a un Cocoyo homoerótico, por lo que reafirman
que la visión "divina," que procede
de la Regla de Ocha, carece de los prejuicios propios
de la visión humana occidental.
Ambas obras, Bestial entre las flores
y Cocuyo son ejemplos de cómo
la leyenda del güije crea y trasmite símbolos
homoeróticos; significados y códigos (enano,
niño, río) que, al pasar a otros textos,
se legitiman en la escritura sin limitarse a Arenas
y Sarduy, puesto que se desplazan abiertamente llegando
a escritores jóvenes como es el caso de Ángel
Lozada (Puerto Rico, 1968) en su novela La Patografía
(Planeta,1998).
Los elementos procedentes de la cultura africana cada
día son más claramente apreciados en la
literatura contemporánea cubana. Los estilos
literarios tomados del mundo occidental se presentan
permeados de personajes y temas que provienen de una
tradición oral sostenida durante siglos y ya
con características criollas. Este caudal folklórico
ha creado su propio espacio, trayendo sus coloridos
y fantasías; personificando a los orishas y a
la figuras mitológicas; contribuyendo a hacer
aún más valioso y activo el lugar de la
cultura masiva y popular en el espacio cubano y del
Caribe.
Notas:
1
Samuel Feijoó, en el prólogo de su texto
Leyendas Cubanas, enfatiza los conceptos
sobre cuento folklórico, leyenda y mito que toma
en consideración para sus investigaciones. Estos
conceptos no son propios sino que están basados
en los criterios de William Bascom. Considera Feijoó
al cuento folklórico como una narración
en prosa cuya acción se ubica en cualquier tiempo
y lugar y cuyos personajes son humanos y no humanos.
Al mito lo define como una narración de un hecho
ocurrido en un pasado remoto; usualmente son sagrados
y están asociados a rituales pero también
pueden estar vinculados a seres sobrenaturales. La leyenda
es una narración considerada verdadera por su
auditorium, ha ocurrido en un pasado no muy remoto y
cuenta con un espacio y tiempo localizado (5-6.)
Siguiendo este criterio la figura del güije puede
considerarse mítica puesto que es un ser sobrenatural
pero también legendario.
2 Entre las leyendas más conocidas
en Cuba se encuentran el güije/ jigüe, la
madre de aguas, el cangüeiro y la luz de Yara.
3 Las Villas era la provincia central
de la isla de Cuba, cuya capital era Santa Clara. En
el año 1975, por decisión del Comité
Central del Partido Comunista de Cuba, la Isla es nuevamente
dividida políticamente y lo que había
sido Las Villas se convirtió en tres provincias:
Villa Clara, Sancti Spiritus y Cienfuegos.
4 Matanzas es una provincia de la zona
occidental de Cuba.
5 Tanto el güije como Olokún
están relacionados a través de las leyendas,
con un peine de oro. Feijóo y Cabrera hacen mención
de dichas historias.
6 La letra del poema "Liturgia",
escrito por Alejo Carpentier la tomo del texto de Armando
González Pérez Acercamiento a la literatura
afrocubana, primera edición, Ed. Universal.
Miami, 1994.
7 Ñeque, según el glosario
de términos afrocubanos que recoge Armando González
Pérez, es una fatalidad, un maleficio. Se dice
que una persona está ñeque cuando
es capaz de causar mala suerte (165).
8 Los países caribeños
colonizados por España conservan el principio
ético de las sociedades de base judeocristiana
ante la homosexualidad: la rechazan como algo amoral
y pecaminosa.
9 Un adolescente y hasta un joven puede
ser llamado "niño" en el habla popular
cubana. Esta acepción de la palabra posiblemente
provenga del uso que durante la esclavitud se le dio
al vocablo. "Niño" llamaban los esclavos
a los jóvenes blancos hasta el momento en que
contraían matrimonio.
10 Armando González Pérez,
expresa que la fuerza maligna del ñeque
se ataca con la protección de un azabache como
talismán (165). En el poema de Guillén
no es posible considerar la variante del collar protector
como un azabache y no como un resguardo dedicado a un
orisha por cuanto el azabache se usa como una piedra
única que se cuelga en un pasador pequeño
o en un "imperdible", y nunca en forma de
collar.
11 La tradición indígena
del Caribe está relacionada con el canibalismo
y no con el vampirismo que es un tema que ha sido considerado
propiamente europeo. Sin embargo, A. Owen Aldrige en
su ensayo The Vampire Theme in Latin America explica
tres momentos interesantes del tema del vampiro que
pueden servir de antecedentes a la visión del
"güije" que ofrece Guillén. En
primer lugar está la visión folklórica
precolombina de los indígenas mexicanos quienes
creían en lobos u hombres que se transformaban
en lobos para chupar la sangre de sus víctimas.
Esta misma creencia pero limitada a la figura del hombre
transformado en lobo, la cita el autor en relación
a los araucanos de Chile.
En segundo lugar, Owen Aldrige habla de una compilación
de historias fantásticas provenientes de la tradición
popular del sur de España publicadas en 1804
(Jan Potocki. Manuscrit trouve a Saragosse.
Saint Peterburg.) donde la figura del vampiro aparece
con características propias pues no se refiere
precisamente a un muerto/vivo sino que se trata de espíritus
que animan el primer cuerpo que encuentran a su paso
para chupar la sangre de los humanos. En estas historias
la figura del vampiro está relacionada con temas
eróticos y en especial con el incesto. Finalmente
el autor se refiere a cómo durante el período
romántico empieza el tema del vampirismo a aprecer
en la poesía culta de latinoamérica. El
poema La novia de Corinto del cubano José María
Heredia es el primer ejemplo que señala. Para
más información puede consultarse este
interesante ensayo.
12 La crítica contemporánea
ha valorado al "vampiro" como un sujeto homoerótico.
Para obtener información sobre este tema puede
consultarse Coming out of the Coffin. Gay Males and
Queen Goths in Contemporary Vampire Fiction
(1997) y The Encyclopedia of the Undead. The
Vampire Book (1994).
13 Jesús Cos Causee escribió
un poema titulado Balada del Tambor. En sus versos encontramos:
"pero los güijes se asoman a la superficie
de la noche/cuando la luna está muy llena y se
derrama sobre la tierra." (36)
14 Entiéndase el concepto emanado
de Aristóteles y que retoma San Agustín
al considerar la necesaria correspondencia entre el
sexo biológico (hombre/mujer), el rol social
de cada uno de ellos y la sexualidad. Para más
información puede consultarse el ya citado texto,
Between Men, English Literature and Male Homosocial
Desire.
15 Si tomo la figura del vampiro,
la iniciación se logra a través de la
mordida y la succión de sangre de la víctima,
mientras que si utilizo los códigos de Santería
reconozco los ritos de iniciación religiosa acompañados
de sacrificios de animales, donde la sangre se usa como
ofrenda a los dioses y como elemento de purificación
para el iniciado. El río desempeña también
un papel importante en muchos rituales por ser parte
integrante del espacio de los dioses u orishas y habitáculo
de algunos de los mismos. Puede obtenerse más
información sobre este tema en los textos de
Lydia Cabrera y de Jorge Castellanos e Isabel Castellanos.
16 La gallina es en el habla popular
cubana sinónimo de mujer, al igual que pollo,
pato, pájaro son sinónimos de homosexual.
17 Resulta interesante como en este
episodio, al Arenas superponer la figura de Bestial
a la de Juan el Bautista nos remite a la leyenda que
ya hemos referido donde el güije también
es identificado con el personaje bíblico y con
el acto de bautizo.
18 Cocuyo, por su físico, puede
remitirnos al chichirikú o muñeco de palo,
el cual ha sido vaciado de su mente y funciona como
un zombie. Su trabajo es la de ser mandadero al igual
que lo es el personaje del niño durante su estancia
en casa de la Bondadosa.
19 El vocablo revigido o "revigío"
se utiliza en Cuba para hacer referencia a una persona
pequeña y enjuta, más bien enfermiza.
Metafóricamente este término puede referirse
a un enano.
20 La torre es el habitáculo
tanto del orisha yorubá Shangó como el
de la Santa Bárbara católica por lo que
es un eslabón común entre ambos que refuerza
las semejanzas que permiten que las figuras se sincreticen.
21 Obbatalá se sincretiza con
la virgen de las Mercedes de la iglesia católica.
En el camino yorubá, Obbatalá es hermafrodita
y aparece vestida de blanco. Olofi le dio la misión
de crear a los hombres por lo que es madre y padre de
los humanos. Para más información puede
consultarse el texto de Mercedes Cros Sandoval.
22 A través de toda la novela
se ha utilizado el término creme de vie como
metáfora de la copulación; copulación
que puede ser heterosexual o homoerótica. El
elemento masculino está presente en los ingredientes
del licor (huevos, leche, azúcar, ron). Esta
construcción paralela ya la encontramos en Maitreya,
donde Sarduy amplía las relaciones entre el sexo
y la comida.
Bibliografía
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el desfile, Seix Barral, España, 1981.
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Universal, Miami, 1990.
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Universidad Central de Las Villas, Santa
Clara, 1995.
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Letras Cubanas. La Habana,1987.
GONZÁLEZ PÉREZ, ARMANDO: Acercamiento
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GUILLÉN, NICOLÁS: Obras Completas,
tomo 1, Arte y Literatura, La Habana, 1975.
GÜIRAO, RAMÓN: Cuentos y leyendas negras
de Cuba, Mirador, La Habana, s/f.
SARDUY, SEVERO: Cocuyo, Tusquets, Barcelona,
1990.
Alicia
Vadillo (La Habana) Graduada en 1975 como licenciada
en Pedagogía de la Lengua y la Literatura Española
en la Universidad de La Habana. Actualmente imparte
conferencias sobre su especilidad (la literatura caribeña
contemporánea) en la Universidad de Syracuse,
Nueva York. Una versión de este texto apareció
publicada en la revista Signos 46, 2001 |
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