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| Lourdes
Arencibia |
El
libro Reinaldo Arenas entre Eros y Tánatos
es quizás uno de los acercamientos más serios
realizados a la figura del autor de El mundo alucinante
desde dentro de Cuba. Durante su presentación en
La Habana, la autora comentó algunas de las claves
de su génesis en un tono nada profesoral. Así
que, aunque no sea la costumbre de este recodo del parque
venir a hablar de trabajo, sino de pelota, política
y gente, invitamos a Lourdes Arencibia a sentarse bajo
los álamos ahítos del sol de agosto.
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En las arenas de Reinaldo
Lourdes Arencibia Rodríguez |
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El
proyecto de escribir sobre Arenas devino una realidad
no sólo porque fue para mi un reto al que estaba
dispuesta a ponerle pasión y osadía, sino
porque me acompañó siempre la fe y el ánimo
de muchas personas, amigos todos con los que acabé
sintiéndome más que comprometida a no defraudar
la confianza que me habían demostrado alentándome
a escribir sobre una figura tan atractiva como polémica
y herética; tan desafiante y voluntariamente contestataria
como compleja, tan huérfana de referencias abarcadoras
de toda su obra publicada en nuestro común país,
como prolija en bibliografía foránea escrita
desde todos los ángulos, enfoques, intencionalidades,
desde el más serio hasta el más sensacionalista.
No hace falta que les asegure que intentar un acercamiento
a la obra de Arenas -por múltiples razones- no
resultaba empresa nada fácil. En primer lugar,
porque todavía sin tener escrita la primera página,
fue obvio para mí que ningún enfoque que
propusiese sobre tan polémico y coherentemente
contradictorio autor, si quería ser veraz, jamás
podría ser inocente, y menos aún mantenido
un imposible equilibrio entre la apología y la
reprobación.
Había que vérselas con un personaje de enorme
talento para manifestarse transgresoramente, absolutamente
freudiano en sus dualidades de odio y amor, de anhelo
y rechazo en que se debatía con turbulencia rayana
en la irracionalidad, lo cual potenciaba los riesgos de
cualquier zambullida en su personalidad, eliminando de
cuajo aquello de "nadar y guardar la ropa",
propósito que, huelga decirlo, nunca me inspiró.
De entrada, no cabía un abordaje condenado a la
repetición de lo sabido, con la documentación
disponible en el país. Homosexual por añadidura
en la Cuba de los años setenta; así, por
lo bajito, y entre otras cosas, Arenas defendía
su derecho a legitimar en Latinoamérica una literatura
gay en un mundo donde, pese a que los rasgos hermafroditas
en los seres animados, animales y vegetales, son un hecho
palpable en la naturaleza desde que el mundo es mundo,
la homosexualidad en estas latitudes no se admite y cuando
más se tolera, siempre que no se proyecte en la
conducta social del ser humano, ni arañe la imagen
pública del "macho" latino. Como si fuera
poco, quería hacer valer desde su creación,
criterios difícilmente refrendables sobre la función
política de la literatura, con un tratamiento irreverente
y vindicativo de símbolos y personas, y plantear
el rol del escritor en la sociedad a partir de una defensa
sin concesiones de su particular concepto de la libertad
y, de paso, sacudir todos los cánones literarios,
que su enorme talento le permitía sacudir, echando
por tierra los convencionalismos de la trama ficcionalizada
en la novela moderna, que los anteriores cultivadores
del género en Latinoamérica habían
sacralizado. Osado, realmente osado, el guajirito.
El resultado era una obra copiosa, alucinante, de valores
heterogéneos, prácticamente, -por no decir
absolutamente- desconocida en su país, por demás
proscrita e inaccesible al lector común y al investigador
cubanos de a pie, ausente de las salas de nuestras bibliotecas,
como no fuera con autorizaciones muy especiales, y así
y todo... y manejada con enorme celo y clandestinaje declarado
por un sector de poseedores definidamente minoritario.
Esa obra inadmitida no sólo por la ortodoxia política
-justo es reconocerlo-, sino de difícil digestión
a veces para cualquiera -cubano o no, contra y más,
si cubano- trasmitía no obstante e increíblemente
una extraña y arrolladora pasión por su
país, por su mar, por su campo, por su oficio de
escritor, una muy peculiar, alucinada y freudiana -insisto-
manera de amar y defender todo aquello que los cubanos
solemos amar y defender con no menos devoradora pasión
-sólo que de otra manera. Arenas se convirtió
entonces en un disidente, todos lo sabemos, pero también
en un mito, que no sólo nutría el encanto
del fruto prohibido, sino la certeza del talento que se
avizoraba tras las páginas de Celestino
antes del alba, novela sin la cual, como dije
en los premisas iniciales de mi ensayo, juzgo imposible
hablar de los valores de nuestra literatura.
Pero entre tanto ¿qué pasaba fuera de Cuba
con Arenas? Se publicaban una tras otra sus obras, y se
llevaban a varios idiomas, Se multiplicaban los estudios
críticos de su producción a cargo de plumas
de todo calibre: Arenas entró a formar parte, de
manera individual, del plan de estudios de la mayoría
de las cátedras de literatura latinoamericana de
universidades de prestigio en el mundo entero -no sólo
en Estados Unidos-; los estudiantes lo elegían
para sus tesis doctorales. Arenas vivo es invitado a dar
conferencias en centros académicos de renombre,
Arenas muerto es objeto de ediciones especiales, homenajes
de recordación, hasta de una película cuya
historia ya sabemos. ¿Era éste acaso sólo
un fenómeno político? Ese sería un
elemento en el análisis, porque su vida y su obra
son inseparables: necesario, todo lo imprescindible que
se quiera, pero no suficiente.
Me vino a la mente la frase famosa que devino el leit
motiv de la película emblemática de Alain
Resnais: "Tú no viste nada en Hiroshima".
Y seguí estudiando y descartando hipótesis.
A todas éstas, y cansada de esperar por los libros
de la Nacional que no se me facilitaban como yo quería,
empecé a aceptar el ofrecimiento que suelen hacerle
a uno los amigos, familiares y conocidos que viajan o
que viven o en el exterior ¿Qué te hace
falta? Que me mandes, que me traigas, las obras de Arenas,
respondía invariablemente. Y me fueron llegando.
Y las fui leyendo y las fui anotando y repensando. Me
revelaron muchas cosas sobre el extraordinario escritor
que es Arenas. Y empecé a darle forma a mi trabajo
habiendo tomado una decisión que nunca he estado
dispuesta a cambiar: iba a intentar un acercamiento sólo
a la figura literaria. Con el convencimiento de que Arenas
podía quizás no figurar nunca en la historia
política de Cuba, pero siempre pertenecería
a la historia de su literatura.
A mi tampoco me gusta todo Arenas. Hay propuestas suyas
que rechazo, que me atolondran, que sencillamente no puedo
digerir, ni por la forma ni por el contenido. Pero lo
que descubría en el corpus más medular de
su obra, hacía no sólo cada vez menos sorpresivo,
sino que justificaba con creces que se le conociera, que
se incorporara a los planes de estudio de literatura hispanohablante
donde quiera y en su país; me acercaba a un autor
cuya producción, además, rehusé desde
un principio ubicar entre los "marielistas",
porque cuando salió de Cuba, en 1980, Arenas ya
la tenía escrita, llevaba su marca estilística
y semántica, cargaba con sus aciertos y desaciertos,
y había tenido que pagar caro por ellos. En realidad,
salvo por El Portero y algunos cuentos
más, el estilo y el contenido de la producción
de barricada del exilio, muy menor, está lejos
de sustentar la notoriedad literaria de Arenas, aunque
se pretenda lo contrario, sobre todo en los medios del
exilio, -no me refiero, claro está, a la notoriedad
alcanzada por su disidencia oficializada por Mariel. Y
dicho sea de paso, que yo recuerde, el único nombre
que la cultura universal ha incorporado en los tiempos
modernos, no solo ni mucho menos, por transitar en una
balsa, es el de Thor Heyerdal. Otro tipo de tránsito,
cualquiera que sea su motivación, su medio de transporte,
o sus resultados, no le abre automáticamente un
espacio en la cultura a nadie. Y cuando pedí y
me mandaron algunos de los planes de estudio de las cátedras
arenianas, comprobé que, al menos en los medios
académicos más serios, las obras que se
analizaban como paradigmas de su quehacer eran, de su
narrativa, en su mayoría concebidas y escritas
en Cuba. Ninguno de esos cursos estaba diseñado
en torno a su producción periodística "de
barricada", si bien sus esbozos biográficos,
los calados en su estilística, el inventario de
sus aportes y de sus transgresiones, de su decir y hacer,
lógicamente se insertaban en el contexto de sus
vivencias totales, también de sus fábulas
y, por supuesto, de sus desventuras.
Y cuando amigos extranjeros que fueron personalmente editores
en Europa de las obras de Arenas y contribuyeron con su
difusión a su fama inicial me entregaron los originales
de su correspondencia con Dador, con Montesinos, con Mondadori
y propuestas de ordenamiento de su obra, de su puño
y letra -que por cierto están en mi poder- y la
copia de sus contratos con las editoriales suscritos por
él, la mayoría ya desde Nueva York, en el
exilio, no es la preservación de su producción
de barricada lo que le preocupa, sino de su obra fundamental,
de no ser un objeto manipulado más del trapiche
editorial capitalista que le saca una obra al autor por
un pago exiguo y a los pocos días la desaparece,
la finge agotada, la retira, que ahora Tusquets en el
marco de los éxitos alcanzados por la película
está reeditando, dándole al autor un nuevo
aire, para activar a su antojo los mecanismos del mercado,
porque allí Mephisto siempre le cobra el alma a
su Fausto. Y ese fue otro de los precios que Arenas tuvo
que pagar fuera de su país, casi hasta el mismo
día en que decidió morir.
Poco me queda por añadir a esta historia que no
haya plasmado en este librito. Quizás mencionar
cómo aborda el tema de la discriminación
racial, el análisis sobre la condición del
negro y del esclavo en Cuba en las duras condiciones del
corte de caña, en una economía de monocultivo
desde los tiempos de la conquista explicitados sobre todo
en La loma del ángel y El Central.
Tema de señalamiento poderoso en Arenas y de presencia
disminuida en la literatura posterior a Alejo, a Fernando
Ortiz, a Novás Calvo, a Barnet y a Guillén.
Hacer hincapié en lo que considero auténticos
logros del escritor. Destacar sobre todo, amén
de sus aportes al tema de la homosexualidad ya señalados,
el tratamiento del carácter dual del ser humano,
patente no sólo en las manifestaciones del erotismo,
sino en los planos superficiales y profundos del pensamiento
y del comportamiento, en las tendencias contrincantes
entre el bien y el mal, presentes en el derrotismo de
sus personajes, en la singular descripción de la
violencia en el medio rural que lleva a primeros rangos
de su narrativa como pocos autores cubanos, manejando,
también como pocos, el tratamiento específico
del doble, que explica Freud e introduce Piñera
en la literatura, a partir de la manipulación sin
tapujos de su propia dualidad, de su propio desdoblamiento.
Asimismo, son auténticos logros la utilización
del lenguaje en la construcción-deconstrucción
que hace de la palabra con un propósito tal vez
más ejemplarizante de esa dualidad que transgresor,
aunque transgresora sea efectivamente la vía.
¿Qué me queda por mencionarles? Sobre la
plasticidad de sus descripciones, la utilización
de la música, la danza, el imaginario fantasmagórico,
el tratamiento de la fábula, la sátira,
la risa, los intertextos, sobre la factura de sus antihéroes
y el acercamiento a sus grandes temas: la insularidad,
el mar, el verano, la muerte como solución de trascendencia,
la madre, la identidad. Del paseo a la redonda por casi
todos los géneros, de todo ello, hay referencias
sobradas a lo largo del trabajo y no tiene caso anticiparme
a la lectura que harán otros. Esa es la historia
de este ensayo, a lo que dio mi mocha.
Reinaldo Arenas entre Eros y
Tánatos, de Lourdes Arencibia Rodriguez,
fue editado por Soporte Editorial de Colombia (2001),
finalista en el concurso de ensayo Alejo Carpentier
2000. Presentado en el Instituto Cubano del Libro el
21 de junio de 2002.
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