R.R.R: Entre Componiendo
un paisaje y Los bueyes del tiempo
ocre se desliza una agónica trayectoria
donde, a expensas de un acendramiento en la devoción
por lo popular -a veces lo "pueblerino"- y
una persistencia y paciencia que envidiarían
los asiáticos, has logrado configurar un proyecto
de suma coherencia en aras de iluminar, desde las páginas
de la mítica revista Signos, esas zonas olvidadas
de la cultura que fueron las obsesiones de Samuel Feijóo;
¿podrías darnos noticia, o más
bien testimonio, de las claves y vivencias que te condujeron
de un extremo al otro?
R.B.M: Como nosotros somos descendientes de isleños,
cuando yo nací en la colonia Ofelia (municipio
de Camajuaní) rápidamente colocaron, debajo
de mi almohada, una tijera en cruz, una cabeza de ajo
y una bolsita con mostaza para que las brujas no me
robaran, ni utilizaran mi sangre como ungüento
bajo las axilas para volar en sus escobas. Eso ocurrió
en 1941 y por aquellos tiempos se habían reportado
muchos robos de niños recién nacidos,
no solamente en esa zona, sino en todo el país.
Mi nacimiento, como podrás ver, estuvo muy relacionado
con el mito de las brujas en Cuba y acaso esta pudiera
ser -tal vez de manera indirecta- una de las causas
de mi amor por las investigaciones folklóricas.
A lo mejor lo que pasa es que no fui raptado, pero sí
"embrujado". El caso es que pude iniciarme
como folklorista posteriormente, nutrido con toda la
imaginería de esa zona. Porque resulta que durante
mi niñez en el campo, además, asimilé,
degusté y disfruté otros mitos y leyendas,
costumbres, tradiciones, y supe no solo de brujas, sino
también de jinetes sin cabeza, güijes, madres
de agua; llegué a conocer mucho de muertos y
aparecidos, de bandoleros famosos, de grandes decimistas;
participé en muchos velorios de campo, canturías;
aprendí refranes, dicharachos campesinos; me
enseñaron también la eficaz medicina verde.
En conclusión, que cuando yo vengo a vivir a
Camajuaní traía ya sembrado en el espíritu
mucho folklor, tesoro que pude enriquecer aún
más porque alterné siempre mi vida, hasta
finales de la década del sesenta, entre la ciudad
y el campo. Puedo decirte que nací con un mito
y de alguna manera he vivido siempre dentro de los mitos.
R.R.R: Los bueyes del
tiempo ocre es un libro que se abre a muchas
propuestas, pero es sobre todo -según aprecio-
el testimonio de una amistad a la que supiste extraerle
los mejores caldos. Y de una colaboración-aprendizaje
donde se hacen evidentes las coincidencias estéticas
que te han permitido continuar (¿acaso tratar
de concluir?) lo que Feijóo nos dejara en el
tintero. ¿Podrías darnos algunos detalles
no revelados en el libro acerca de esa amistad, de ese
intercambio, de las virtudes y caprichos de esa persona
de exquisita extravagancia que fuera Samuel Feijóo?
R.B.M: Cuando conozco a Samuel Feijóo, ya yo
era prácticamente un folklorista, empírico
tal vez, y en consecuencia no creo que Samuel me haya
enseñado mucho en materia de recopilación.
Muchas veces, incluso, él consultaba conmigo
y otras tantas también le alerté de cosas,
porque yo tuve más contacto con el campo. Él
nació en La Jorobada, después fue a vivir
un tiempo a distintas ciudades y su búsqueda
del folklor muchas veces tenía un carácter
aleatorio, algo que no me pasaba a mí, porque
yo, cuando iba al campo a recoger, sabía lo que
buscaba y dónde encontrarlo. Esa era una de las
grandes diferencias que siempre noté entre nosotros:
que yo viví más tiempo en el campo, en
una zona folklórica muy rica, mientras él
vivió más en los perímetros urbanos.
Él me decía que siempre que iba al campo
aprendía algo. Yo, sin embargo, iba a buscar
igual que él, o junto con él, pero conocía,
en una intrínseca magnitud que a él no
le era accesible, de todo lo que se me hablaba.
De los pocos elogios que me hizo -él era muy
parco en elogios- siempre aprecié que me atribuyera
un gran instinto folklórico: "Isleño,
¡qué grande tú eres, qué
instinto folklórico tienes, carajo!", recuerdo
que me dijo una vez. Y bueno, eso para mí fue
un gran elogio. Cuando lo conocí yo tenía
treinta años y él sesenta; estaba en su
plena madurez como persona. A pesar de eso estoy completamente
seguro de que nadie estuvo, por aquel entonces, más
tiempo que yo junto a Feijóo. Puedo decir también
que Feijóo estuvo más tiempo conmigo que
lo que yo estuve con otra persona cualquiera, porque
fueron cerca de diez años saliendo juntos, hospedándonos
en la misma habitación, viajando a veces de botelleros,
pasando hasta necesidades.
R.R.R: Me imagino que esa amistad
de ustedes esté repleta de anécdotas...
R.B.M: Pese a que Samuel Feijóo y yo nacimos
en lugares algo distantes y con una diferencia de 30
años, cuando él empezó a visitar
mi casa y nos fuimos conociendo, yo me asombraba a cada
rato con la identificación que nos unía:
con ese deseo común por recopilar constantemente
todo lo que tuviera que ver con la cultura popular.
Yo lo veía como mi otro yo: ese carácter
rebelde, su sentido de lo justo, ese impulso por la
promoción cultural para ayudar a muchos creadores,
eran cualidades que ambos poseíamos. Claro, teníamos
diferencias de intereses también, historias y
hábitos muy particulares, pero yo recuerdo que
en una de esas noches que él pasaba en mi casa,
cojo y le digo: "Mire, le voy a enseñar
mis tesoros". Entonces saco unos álbumes
de postalitas: El fantasma de la calavera,
Los tres Villalobos, Blanca Nieves,
Tarzán y la diosa verde, Tarzán
el indomable y álbumes y más álbumes
y él se quedó como lelo, y me preguntó:
"¿Tú también eras coleccionista
de postalitas cuando muchacho?", a lo que yo le
respondí: "Sí, esos son mis tesoros;
ya le dije que eran mis tesoros" y entonces él
se entusiasmó y me dijo: "Mira, ese de Tarzán
yo lo tengo, y tengo este también, igual que
tú, y tengo este, y este..." el hombre también
era un coleccionista de álbumes de postalitas;
entonces le enseñé los cancioneros de
tangos y me dijo: "Sí, a mí también
me gusta el tango y ese cancionero lo tengo" y
yo le dije: "Pero esto qué cosa es, chico..."
Imagínate tú, tanta coincidencia.
Un día él descubrió que yo también
atesoraba historietas de Supermán, Frentes
de guerra, Batman, Popeye el Marino,
Clásicos Ilustrados, y al ver aquella
caja, la cogió y la sacudió, se quitó
la camisa y los zapatos, fue para el box spring donde
dormía, que estaba pegado a la pared, se calzó
con dos almohadas y me dijo: "Déjame quieto,
que voy a disfrutar otra vez, ¡qué cosa
más linda, cómo yo he leído muñequitos
en mi vida!". Como yo, en mi infacia, había
sido un gran devorador de historietas, tenía
cientos de ellas. Y dígole entonces: "Uno
de los grandes crímenes que cometió mi
familia conmigo fue que, como decían que yo estaba
bobo, que los muñequitos me tenían loco,
me los quemaron todos en el patio: eran unos inquisidores".
Y él me respondió: "A mí también
mi mamá me los quemó, porque decía
que yo estaba bobo, que iba a enloquecer". Parece
que eso era muy común.
R.R.R: ¿Tienen razón
los que afirman que a Feijóo no le interesaba
el folklor negro?
R.B.M: Mira, esa es una cosa que debe ser bien interpretada,
porque él no era racista, como insinuaron, en
cierto momento, algunos detractores: él era un
folklorista, indudablemente, y trabajó un poco
con el folklor negro, pero el folklor negro nunca le
interesó mucho. Le gustaba el folklor campesino,
solo que en el campo, por esa época, predominaban
las personas blancas. Fíjate si es así
que por toda esa zona donde yo nací y viví,
que era muy amplia, no había ni un solo negro.
Recuerdo que una vez mi papá le dijo en una conversación
que los negros eran como los gorriones: "pájaros
de pueblo", y él se esmoreció de
risa; decía que aquello era lo más grande
que había oído en su vida. Investigaciones
afrocubanas hizo muy pocas, incluso publicó libros
donde incluyó algunas cosas, pero no, él
no cultivaba esa línea de trabajo, yo tampoco,
¿sabes? Había tanta identificación
entre nosotros.
R.R.R: Bueno, eran muchas las
afinidades entre ustedes, y también, al parecer,
había sus diferencias, ¿qué me
puedes decir de estas últimas?
R.B.M: Algo que nunca me gustó mucho de Feijóo
era la rapidez con que hacía las cosas: una velocidad
que tal vez haya conspirado contra la calidad de sus
investigaciones. Él me reprochaba ser lento como
una tortuga, pero lo que pasaba es que a mí me
gustaba investigar más, me gustaba estar seguro
de lo que hacía, verificarlo. A veces algunas
de sus recopilaciones se resienten de falta de rigor;
tenía como una ansiedad por concluir y empezar
otro proyecto. Padecía una especie de conciencia
culposa por todo lo que sabía se le iba a quedar
sin recoger. Entonces, bueno, siempre me dijo que yo
era una tortuga y que él era una gente demasiado
rápida, como un conejo, pero yo espero que el
tiempo acabe por darme la razón, pues si él
hubiera sido un poco más pausado en lo que hacía,
sus resultados fueran mucho más trascendentes
de lo que ya son. Nosotros tuvimos dos o tres problemas
por eso. Ese es un punto en el que diferíamos
bastante.
Si alguna otra diferencia evidente hubo entre nosotros
fue que él vivió muy silvestre, muy libre,
sin ataduras laborales. Sin embargo yo... tú
conoces mi vida: he tenido que trabajar como asalariado:
fueron muchos años de entrar por una tarjeta
y trabajar ocho horas diarias. En tal sentido me acuerdo
de un día en que Samuel me dijo: "Qué
vago tú eres", y yo le dije: "No, vago
no, yo soy una persona más trabajadora que usted,
porque tengo dos jornadas laborales; mi familia se sostiene
con un salario, que es el que me paga el estado por
trabajar ocho horas, y tengo un solo día franco
a la semana, sin embargo usted ha contado con todo el
tiempo del mundo; usted no ha tenido esa responsabilidad".
Debo entonces reconocer que me dijo: "Chico, bueno,
sí, eso es verdad" y lo complementó
con mucho énfasis: "Pero no te dejes capar,
porque cuando tú caes en un mecanismo burocrático
del estado, te autocapaste, y se puede sobrevivir sin
caer en eso". El consejo era bueno, pero irrealizable
en las condiciones de la Cuba de los setenta porque:
¿qué podía saber Feijóo
de Ley Contra la Vagancia y aquellas disposiciones que
hacían obligatorio el vínculo con un centro
laboral?
R.R.R: ¿Entonces, no
caben dudas de que su relación con las instituciones
siempre fue altamente conflictiva?
R.B.M: Puedo decirte, y esto no es un secreto, que él
tenía una especie de guerra particular contra
la corrupción y la burocracia -literaria y política.
Hablaba pestes de ellos. Nunca se dejó atrapar
por las instituciones.
R.R.R: Tú, que estuviste
tan cerca de Feijóo en todo ese tiempo, ¿podrías
narrarnos algunas de sus vicisitudes y "locuras"
para sostener una revista tan inusual como Signos en
el contexto de la cultura cubana de los setenta y los
ochenta?
R.B.M: La revista Signos fue para él una especie
de vía crucis: le pusieron coronas de espinas,
lo flagelaron, le hicieron cargar una cruz gigantesca,
que era la maledicencia, porque mucha gente envidiaba
esa revista, muchos funcionarios e intelectuales arremetían
contra él: no concebían que un hombre
-decían ellos- tuviera una revista para él
sólo. Ante esos y otros ataques, a él
no le quedó más remedio que enmascarar
por momentos la publicación cargando la mano
en el énfasis político, enrareciendo con
ello un poco su perfil, porque también, entre
otras cosas -en los momentos de más extrema ortodoxia-
los más intrigantes murmuraban que Signos no
estaba en el tono del discurso cultural que necesitaba
la revolución.
Después, cuando Samuel comienza a publicar sus
memorias, aquello fue el acabose. Ya en esos momentos
yo tengo la impresión de que Cultura piensa quitarle
la revista, pero bueno, él enfermó y entonces
hubo una justificación para ello. A mí
me parece que había ya una componenda, cocinada
no se sabe dónde, para clausurarla, porque él
nunca fue santo de la devoción de mucha gente.
Hay una cosa muy penosa, que recuerdo con mucha tristeza:
el famoso número perdido, que es el 36. Resulta
que un día él me pide que lo acompañe,
pues iba para Cultura Provincial a ver a la directora
de entonces. Traía una jaba y, dentro, un paquete
amarrado con una soguita. Cuando llegamos allá,
él entra a la dirección y yo me quedo
afuera, pero la puerta permanece entreabierta -había
otra persona en el despacho: Violeta Vera, que podría
atestiguar todo esto- y oigo cómo él le
decía a la directora: "Usted tiene que defender
esta revista" -y le enseñaba el paquete
que llevaba dentro de la jaba- "porque la revista
Signos, sobre todas las cosas, es una revista de esta
provincia, y usted tiene que luchar, usted tiene que
hablar, usted tiene que imponer criterios y tratar de
publicar ya este número, que es mi autobiografía
desde el triunfo de la revolución hasta el año
setenta y pico", y ella le respondió: "Yo
no puedo hacer nada por la revista, Feijóo, yo
no tengo poder, yo no tengo fuerza para eso". Él
venía recalando con su paquete, que al parecer
no había podido publicar en las imprentas de
La Habana. Aquello era patético. Estamos hablando
del año ochenta y pico. Ya Raúl Roa y
mucha de la gente que lo apoyara en otro momento había
fallecido. Recuerdo que ese día, cuando regresábamos,
él me dijo: "¿Para donde tú
vas, isleño?" y yo le dije: "Yo voy
para la casa, de todas maneras, cualquier cosa que se
acuerde con la revista, usted me ve como siempre"
a lo que él me respondió: "Yo creo
que esto se acabó, hijo" -primera vez que
me decía hijo: iba muy triste- "me siento
muy mal, hoy he recibido un golpe terrible". Nadie
sabe el destino de aquellos originales, porque Feijóo
no logró publicarlo: el 35 fue su último
número.
R.R.R: ¿Cómo vivía
Feijóo? ¿Era realmente tan ascético
como le gustaba autoreflejarse?
R.B.M: Su vida, en el contexto de la realidad cubana,
sobre todo en sus últimos años, fue muy
agónica: él, en cierto momento, fue una
gente en la que aparentemente no confiaba mucha gente;
fue también difamado a más no poder, y
lo que pasa es que era un hombre con unas cualidades
extraordinarias y, a su modo, un pelador con una estrategia
muy personal. Lo dio todo por la cultura cubana y recibió
muy poco, porque en sus momentos más estelares,
cuando publicó toda aquella cantidad de libros
y de artículos, el derecho de autor no se pagaba
y su economía era pésima, como la de cualquier
persona humilde. Yo no sé si publicó algo
en el extranjero y se lo pagaron por allá, aunque
entonces eso no era práctica común. Además,
parece que, ciertamente, no tenía tantas necesidades
y demandas y era, eso sí me consta, un gran consumidor
de frutas. Puedo decirte que él utilizaba una
buena parte de lo que cobraba en función de la
revista; a esa revista le dio su economía, su
vida, todo su esfuerzo. No olvides nunca que él
no ganaba tanto para darse ese lujo de persona itinerante,
y todo eso lo hacía con su dinero: los sellos
los compraba él, las dietas y el importe de los
pasajes no los pedía nunca. Pero puedo decirte
también que en la actualidad tampoco ha sido
muy reconocido: baste saber que se murió sin
el Premio Nacional de Literatura, que ya es bastante.
R.R.R: Si nos acogiéramos
a las terminologías actuales, ¿cómo
definirías a Feijóo?
R.B.M: Feijóo fue, sobre todas las cosas, un
promotor de la cultura; siempre estaba publicando: muchas
cosas de profesionales, pero también de personas
que él había involucrado en sus proyectos
y daban sus primeros pasos, tanto en el dibujo como
en las investigaciones. Gracias a él personas
muy talentosas, pero que todavía no habían
publicado nada, se estrenaron en la revista Signos (o
en Islas, o en la editora de la Universidad Central
de Las Villas), algo que también tratamos de
hacer nosotros ahora. Aspiramos a "ser fieles"
a su tradición de promover. Él era muy
consecuente con eso. Gracias a esa política salieron
a la luz pública, entre otros: Alberto Anido,
Leoncio Yanes, Ramón Rodríguez Limonte,
Adalberto Suárez, Aida Ida Morales, Pedro Osés
y muchísimos otros. En la actualidad tenemos
los casos de Jesús Medrano (Jesulín),
María López Martínez, Nivia de
Paz, Frank Michel Yohnson, el niño Carlos Girado
Castillo y muchos otros que sería muy tedioso
enumerar.
R.R.R: ¿Y Feijóo,
como editor, no influyó en ti?
R.B.M: Una de las grandes alegrías que me dio
fue cuando me regaló toda su folletería:
lo que había publicado durante los años
30, 40, y 50 hasta principios de la revolución,
algo que atesoro con verdadera fruición, porque
son textos muy raros ya. Fue dándome gradualmente
las revistas Signos hasta completar mi colección;
-que he seguido fomentando- y lo mismo hizo con Islas.
Tengo casi todo lo que él ha publicado, y quizás
toda esa folletería -que son como ocho- ilustrada
y editada por él mismo en San Juan de los Yeras,
en la imprenta de Cancio y Lafont, me motivara a publicar
Los músicos populares camajuanenses,
La cabezones de Camajuaní, Camajuaní
folklórico y toda esa otra folletería
mía, que ronda ya los 20 títulos.
R.R.R: En 1967 fundaste la revista
Hogaño, pocos meses después, una casa
editora que animó el pasmado panorama editorial
provinciano de los setenta villaclareños, todo
ello -ya lo hemos visto- desde modestísimos empleos
en unidades gastronómicas, unas veces como cajero,
otras como almacenero, en ocasiones como dependiente;
ahora, con más de sesenta años, eres el
editor de Signos, ¿estuvo alguna vez en tus más
remotos sueños de atardeceres, al peinar junto
a Feijóo esos preciosos campos camajuanenses,
tal condición? ¿Cómo te ves a ti
mismo en sitio tan "comprometido"?
R.B.M: Cuando Samuel comienza a visitar mi casa ya yo
había pasado por la experiencia de la revista
Hogaño; había publicado también
varios títulos de la editora Hogaño y
recogía textos para la compilación Poetas
de Camajuaní, de la cual, como tú
sabes, él hizo la cubierta y los dibujos interiores.
Vale aclarar que entre Feijóo y yo hubo también
otra afinidad: el gusto por la gráfica. A mí
me gusta montarle mucha gráfica a los trabajos,
porque es también memoria histórica que
se rescata. Él, igualmente, utilizó con
gran profusión la gráfica en su revista.
El proceso de la revista Signos lo conozco bien, porque
he estado mucho tiempo vinculado con ella. Las investigaciones
que yo hacía siempre se basaron en el trabajo
de campo, con entrevistas y fotos que tomaba yo mismo.
No soy un teórico del folklor y si algo disfruto
de las investigaciones es la búsqueda y el trabajo
con la fuente viva. Si me preguntaras cuál creo
que debe ser el sello distintivo de Signos, te diría
que ese: el trabajo fresco, sin grandes intermediarios
bibliográficos.
Pero yo nunca tuve el interés, la aspiración,
el más remoto sueño de ser el editor de
Signos. Además, como las revistas se parecen
mucho a sus dueños, (o a quienes las dirigen)
cuando Samuel deja Signos, ésta comienza a asumir
un perfil diferente; se va como desvirtuando: ya no
incluye tantas fotos, tanta gráfica, se enfila
con mucha fuerza hacia lo teórico y el trabajo
de campo casi desaparece del todo: tenía poco
que ver con mi método y mis afinidades. Sin embargo,
cuando su primer editor de la etapa post-feijosiana,
Carlos Alé, emigra hacia los Estados Unidos y
me plantean la opción, yo acepto sin pensarlo
mucho.
Recibí entonces su herencia: un fondo de colaboraciones
conformado con materiales totalmente teóricos.
Tomé (tomamos) una decisión: si íbamos
a hacer la revista, la haríamos a nuestro modo
(no olvido que tú eres el director y compartimos
plenamente estos principios) y debíamos compensar
tal desbalance: utilizar algunos de esos trabajos, los
más relacionados con el tema del número,
y lograr el equilibrio con investigaciones de campo.
Así lo hicimos y ahí está el número
46, que es, para mí, de transición.
De la etapa precedente a la nuestra, puedo decir que
la revista fue hecha por personas inteligentes, honestas
y calificadas, pero con una idea muy distinta del proyecto
fundacional del órgano. Para mí está
más que claro que la revista Signos necesita
de un eficaz activismo que la sitúe en el mismo
nivel horizontal de las capas populares que aspira a
reflejar. Eso es lo que hacía, con tanto éxito,
Feijóo. Es también lo que yo hacía
antes de conocerlo, y después también,
cuando colaboraba con él.
R.R.R: ¿Podrías
revelarle a los lectores qué nuevas propuestas
les tenemos preparadas desde las páginas de Signos?
R.B.M: Opino que los números monográficos
son ideales, de hecho se agradecen y se venden más.
El número 47, que está dedicado al "Folklor
del pelotero", casi en su totalidad está
hecho siguiendo los principios que antes te enunciaba,
y es a partir de él, según mi apreciación,
que comienza otra etapa en la revista, más próxima
al perfil editorial que Feijóo creó y
conservó durante treinta y cinco números.
El número 48: "Los pequeños pueblos"
va a seguir esa línea y el proyecto del 49: "Las
nobles bestias" se concibió de la misma
manera. Y todos los números que se publiquen
en el futuro, mientras existamos nosotros, deben pemanecer
en la misma tónica, porque quizás el día
de mañana esa revista caiga en otras manos y,
bueno, yo no puedo predecir el futuro, aunque sueño,
para bien de la cultura popular, con que no cambie.
R.R.R: Ponte a recordar a aquel
pichón de isleño de la colonia Ofelia
que lograba colarse a regañadientes en las canturías,
o cambiar unos huevos de su patio de gallinas por el
folleto Camilo y Estrella, de Chanito Isidrón,
y compáralo con el otro, con El sensible zarapico
que hiciera cosas parecidas por los campos de San Juan
de los Yeras, ¿ves por alguna parte a "otro
niño" como aquellos capaz de continuar con
el "levantamiento" del imaginario popular
que constituyó -y en tu caso aún constituye-
el obsesivo sentido de sus esfuerzos? ¿Permite
la realidad sociocultural del campo y los poblados cubanos
actuales, con una población que vive cada día
más al amparo de los códigos urbanos,
suponer un buen destino para proyectos como Signos?
R.B.M: Eso es algo que yo miro con mucha preocupación.
Resulta que la vida me ha puesto, no sólo en
el plano de ser el editor de Signos, sino también
de ser un continuador de esa obra; me preocupa porque,
bueno, un ser humano puede desaparecer en cualquier
momento y entonces, ¿quién sería
el continuador de la obra que inició Feijóo?
Para nadie es un secreto que en la actualidad goza de
gran difusión el folklor afrocubano; parece que
tiene mucha demanda, o mejores perspectivas económicas.
Pero eso no quiere decir que el "otro folklor"
haya muerto, pues lo que ocurre es que se ha movido
del campo a la ciudad, en lógica reorientación,
dada la insoslayable realidad de que ahora más
de un 80 % de la población cubana vive en áreas
urbanas. Entonces el folklor campesino hay que buscarlo
en la ciudad. Ahí ostenta fuerza y vitalidad
y se elabora, en buena medida, con temas, elementos
y códigos urbanos, para dar origen a un nuevo
producto. Pero no te quepan dudas de que donde hay que
buscarlo es en la ciudad.
Y paso a contarte algo: Yoaxy, una muchacha de 23 años
que opera la computadora en Cultura Municipal y me teclea
los materiales del libro que estoy preparando desde
hace años: Mitos y leyendas cubanos,
un buen día me dijo: "Yo le puedo contar
algo que me decía mi abuelita" y entonces
me narró cuatro o cinco mitos; también
unas leyendas: como seis. Yo las copié, y me
sorprendió que no fueran versiones de otras,
sino bastante originales. Imagínate tú,
qué iba a pensar yo que esa muchacha, una niña
casi, tuviera asimilada esa memoria. Y te podría
contar otras anécdotas como esa, porque yo sé
de otras personas jóvenes que disfrutan ese imaginario.
Así que el folklor se sigue transmitiendo: está
en boca de otras generaciones, por eso digo que sigue
vigente, lo único que se transmite en otros entornos
y de otra forma: ya no es algo que se asume como que
"yo lo vi, tal día y en tal lugar"
sino como algo que alguien contó. Este país
sigue lleno de mitos y leyendas.
Casi concluyo entonces, adhiriéndome una vez
más al principio feijosiano -me lo repitió
muchas veces- de que la nuestra no es una revista para
codificar el folklor sino para recopilarlo, ficharlo
y devolverle al pueblo la gran poesía que él
ha sido capaz de crear, bajo cualquier circunstancia,
a través de todos los tiempos. Y en consecuencia
con ello enuncio mi profecía final, que anhelo,
como ninguna cosa en la vida, ver convertida en verdad
indemolible: mientras haya pueblo y, en el pueblo, imaginación,
habrá cultura popular. Y mientras haya cultura
popular -y algún que otro loco cazador de maravillas-
sobrevivirá, cuando menos, el espíritu
de Signos.