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Otro loco cazador de maravillas
(Entrevista a René Batista Moreno, editor de la revista Signos)
Ricardo Riverón Rojas
 
De izquierda a derecha, Samuel Feijóo y René Batista Moreno en los campos
de Camajuaní.
2 de agosto de 1974
Conocí a René Batista Moreno en 1975, cuando ingresé en el taller literario que él había fundado y presidía en su impermutable casa de Camajuaní. Estaba fresco en el ambiente aún el asombro por la noticia de su premio UNEAC de poesía con el libro Componiendo un paisaje. Todas las mañanas uno lo podía ver, sin ínfulas de ningún tipo, llegar temprano al restorán El Pavito para hacer su trabajo de gastronómico.
Con mucha frecuencia por aquel entonces vi también aparecer, siempre a media mañana, hiperquinético y portando sus inseparables sombrero de vinyl y jaba de yarey, a Samuel Feijóo, quien, disponiendo de todo y de todos, al estilo de un mayoral -o mejor: un jefe de lote- se movía por aquellos espacios nuestros como Juan Quinquín por Pueblo Mocho.
Al calor de esas jornadas tallerísticas supe que ellos, Samuel y René, sostenían una honda y rumorosa amistad de profundísimo calado, sustentada en la colaboración y el amor común por la cultura popular. No pocas veces, cuando ya pasé a ser un "miembro destacado" del taller -condición que me daba el derecho a asistir a su "consejo de ancianos"- vi a Feijóo "delirar" con los "descubrimientos" que René ponía delante de sus ojos, los que después aparecían siempre, con muchas fotos e ilustraciones, publicados en la revista Signos. Fue la de ellos, por otra parte, una bella, fructífera y contradictoria amistad desbordante de amorosas discrepancias.
Recientemente René publicó dos libros que dejan constancia de aquellos intercambios: uno de ellos es Paisaje habitado (Ediciones Capiro, 1998) y el otro Los bueyes del tiempo ocre (Editorial Mecenas, 2001).
El planeta giró miles de veces. Hubo distanciamientos y conatos de bronca. Llovió mucho. Enfermó y murió Feijóo y un buen día, en el año 2000, coincidimos nuevamente, en lo profesional, René Batista Moreno y yo: él como editor de Signos y yo como su director, ¡vaya herejía! En defensa nuestra debo alegar que no fue la ambición la que nos condujo a esas respectivas posiciones: fueron, en cada caso y en distinto momento, según podrían atestiguar muchos, circunstancias de compromiso con la cultura las que nos "obligaron" a asumir las responsabilidades.
Entonces, ¡mire usted qué cosa!, esta es la entrevista que el director de una publicación le hace a su editor -¡tremendo disparate periodístico!-. Pero como todo lo relacionado con Signos, por fidelidad a la rabiante heterodoxia y la "dulce locura" feijosiana, tendrá que ser, siempre, inusual, insólito, descabellado, me despreocupo y regreso a 1975: soy otra vez el debutante del taller literario "José García del Barco" y no vacilo en hacerle mi primera pregunta a su eterno presidente de honor:

R.R.R: Entre Componiendo un paisaje y Los bueyes del tiempo ocre se desliza una agónica trayectoria donde, a expensas de un acendramiento en la devoción por lo popular -a veces lo "pueblerino"- y una persistencia y paciencia que envidiarían los asiáticos, has logrado configurar un proyecto de suma coherencia en aras de iluminar, desde las páginas de la mítica revista Signos, esas zonas olvidadas de la cultura que fueron las obsesiones de Samuel Feijóo; ¿podrías darnos noticia, o más bien testimonio, de las claves y vivencias que te condujeron de un extremo al otro?
R.B.M: Como nosotros somos descendientes de isleños, cuando yo nací en la colonia Ofelia (municipio de Camajuaní) rápidamente colocaron, debajo de mi almohada, una tijera en cruz, una cabeza de ajo y una bolsita con mostaza para que las brujas no me robaran, ni utilizaran mi sangre como ungüento bajo las axilas para volar en sus escobas. Eso ocurrió en 1941 y por aquellos tiempos se habían reportado muchos robos de niños recién nacidos, no solamente en esa zona, sino en todo el país. Mi nacimiento, como podrás ver, estuvo muy relacionado con el mito de las brujas en Cuba y acaso esta pudiera ser -tal vez de manera indirecta- una de las causas de mi amor por las investigaciones folklóricas. A lo mejor lo que pasa es que no fui raptado, pero sí "embrujado". El caso es que pude iniciarme como folklorista posteriormente, nutrido con toda la imaginería de esa zona. Porque resulta que durante mi niñez en el campo, además, asimilé, degusté y disfruté otros mitos y leyendas, costumbres, tradiciones, y supe no solo de brujas, sino también de jinetes sin cabeza, güijes, madres de agua; llegué a conocer mucho de muertos y aparecidos, de bandoleros famosos, de grandes decimistas; participé en muchos velorios de campo, canturías; aprendí refranes, dicharachos campesinos; me enseñaron también la eficaz medicina verde. En conclusión, que cuando yo vengo a vivir a Camajuaní traía ya sembrado en el espíritu mucho folklor, tesoro que pude enriquecer aún más porque alterné siempre mi vida, hasta finales de la década del sesenta, entre la ciudad y el campo. Puedo decirte que nací con un mito y de alguna manera he vivido siempre dentro de los mitos.

R.R.R: Los bueyes del tiempo ocre es un libro que se abre a muchas propuestas, pero es sobre todo -según aprecio- el testimonio de una amistad a la que supiste extraerle los mejores caldos. Y de una colaboración-aprendizaje donde se hacen evidentes las coincidencias estéticas que te han permitido continuar (¿acaso tratar de concluir?) lo que Feijóo nos dejara en el tintero. ¿Podrías darnos algunos detalles no revelados en el libro acerca de esa amistad, de ese intercambio, de las virtudes y caprichos de esa persona de exquisita extravagancia que fuera Samuel Feijóo?
R.B.M: Cuando conozco a Samuel Feijóo, ya yo era prácticamente un folklorista, empírico tal vez, y en consecuencia no creo que Samuel me haya enseñado mucho en materia de recopilación. Muchas veces, incluso, él consultaba conmigo y otras tantas también le alerté de cosas, porque yo tuve más contacto con el campo. Él nació en La Jorobada, después fue a vivir un tiempo a distintas ciudades y su búsqueda del folklor muchas veces tenía un carácter aleatorio, algo que no me pasaba a mí, porque yo, cuando iba al campo a recoger, sabía lo que buscaba y dónde encontrarlo. Esa era una de las grandes diferencias que siempre noté entre nosotros: que yo viví más tiempo en el campo, en una zona folklórica muy rica, mientras él vivió más en los perímetros urbanos. Él me decía que siempre que iba al campo aprendía algo. Yo, sin embargo, iba a buscar igual que él, o junto con él, pero conocía, en una intrínseca magnitud que a él no le era accesible, de todo lo que se me hablaba.
De los pocos elogios que me hizo -él era muy parco en elogios- siempre aprecié que me atribuyera un gran instinto folklórico: "Isleño, ¡qué grande tú eres, qué instinto folklórico tienes, carajo!", recuerdo que me dijo una vez. Y bueno, eso para mí fue un gran elogio. Cuando lo conocí yo tenía treinta años y él sesenta; estaba en su plena madurez como persona. A pesar de eso estoy completamente seguro de que nadie estuvo, por aquel entonces, más tiempo que yo junto a Feijóo. Puedo decir también que Feijóo estuvo más tiempo conmigo que lo que yo estuve con otra persona cualquiera, porque fueron cerca de diez años saliendo juntos, hospedándonos en la misma habitación, viajando a veces de botelleros, pasando hasta necesidades.

R.R.R: Me imagino que esa amistad de ustedes esté repleta de anécdotas...
R.B.M: Pese a que Samuel Feijóo y yo nacimos en lugares algo distantes y con una diferencia de 30 años, cuando él empezó a visitar mi casa y nos fuimos conociendo, yo me asombraba a cada rato con la identificación que nos unía: con ese deseo común por recopilar constantemente todo lo que tuviera que ver con la cultura popular. Yo lo veía como mi otro yo: ese carácter rebelde, su sentido de lo justo, ese impulso por la promoción cultural para ayudar a muchos creadores, eran cualidades que ambos poseíamos. Claro, teníamos diferencias de intereses también, historias y hábitos muy particulares, pero yo recuerdo que en una de esas noches que él pasaba en mi casa, cojo y le digo: "Mire, le voy a enseñar mis tesoros". Entonces saco unos álbumes de postalitas: El fantasma de la calavera, Los tres Villalobos, Blanca Nieves, Tarzán y la diosa verde, Tarzán el indomable y álbumes y más álbumes y él se quedó como lelo, y me preguntó: "¿Tú también eras coleccionista de postalitas cuando muchacho?", a lo que yo le respondí: "Sí, esos son mis tesoros; ya le dije que eran mis tesoros" y entonces él se entusiasmó y me dijo: "Mira, ese de Tarzán yo lo tengo, y tengo este también, igual que tú, y tengo este, y este..." el hombre también era un coleccionista de álbumes de postalitas; entonces le enseñé los cancioneros de tangos y me dijo: "Sí, a mí también me gusta el tango y ese cancionero lo tengo" y yo le dije: "Pero esto qué cosa es, chico..." Imagínate tú, tanta coincidencia.
Un día él descubrió que yo también atesoraba historietas de Supermán, Frentes de guerra, Batman, Popeye el Marino, Clásicos Ilustrados, y al ver aquella caja, la cogió y la sacudió, se quitó la camisa y los zapatos, fue para el box spring donde dormía, que estaba pegado a la pared, se calzó con dos almohadas y me dijo: "Déjame quieto, que voy a disfrutar otra vez, ¡qué cosa más linda, cómo yo he leído muñequitos en mi vida!". Como yo, en mi infacia, había sido un gran devorador de historietas, tenía cientos de ellas. Y dígole entonces: "Uno de los grandes crímenes que cometió mi familia conmigo fue que, como decían que yo estaba bobo, que los muñequitos me tenían loco, me los quemaron todos en el patio: eran unos inquisidores". Y él me respondió: "A mí también mi mamá me los quemó, porque decía que yo estaba bobo, que iba a enloquecer". Parece que eso era muy común.

R.R.R: ¿Tienen razón los que afirman que a Feijóo no le interesaba el folklor negro?
R.B.M: Mira, esa es una cosa que debe ser bien interpretada, porque él no era racista, como insinuaron, en cierto momento, algunos detractores: él era un folklorista, indudablemente, y trabajó un poco con el folklor negro, pero el folklor negro nunca le interesó mucho. Le gustaba el folklor campesino, solo que en el campo, por esa época, predominaban las personas blancas. Fíjate si es así que por toda esa zona donde yo nací y viví, que era muy amplia, no había ni un solo negro. Recuerdo que una vez mi papá le dijo en una conversación que los negros eran como los gorriones: "pájaros de pueblo", y él se esmoreció de risa; decía que aquello era lo más grande que había oído en su vida. Investigaciones afrocubanas hizo muy pocas, incluso publicó libros donde incluyó algunas cosas, pero no, él no cultivaba esa línea de trabajo, yo tampoco, ¿sabes? Había tanta identificación entre nosotros.

R.R.R: Bueno, eran muchas las afinidades entre ustedes, y también, al parecer, había sus diferencias, ¿qué me puedes decir de estas últimas?
R.B.M: Algo que nunca me gustó mucho de Feijóo era la rapidez con que hacía las cosas: una velocidad que tal vez haya conspirado contra la calidad de sus investigaciones. Él me reprochaba ser lento como una tortuga, pero lo que pasaba es que a mí me gustaba investigar más, me gustaba estar seguro de lo que hacía, verificarlo. A veces algunas de sus recopilaciones se resienten de falta de rigor; tenía como una ansiedad por concluir y empezar otro proyecto. Padecía una especie de conciencia culposa por todo lo que sabía se le iba a quedar sin recoger. Entonces, bueno, siempre me dijo que yo era una tortuga y que él era una gente demasiado rápida, como un conejo, pero yo espero que el tiempo acabe por darme la razón, pues si él hubiera sido un poco más pausado en lo que hacía, sus resultados fueran mucho más trascendentes de lo que ya son. Nosotros tuvimos dos o tres problemas por eso. Ese es un punto en el que diferíamos bastante.
Si alguna otra diferencia evidente hubo entre nosotros fue que él vivió muy silvestre, muy libre, sin ataduras laborales. Sin embargo yo... tú conoces mi vida: he tenido que trabajar como asalariado: fueron muchos años de entrar por una tarjeta y trabajar ocho horas diarias. En tal sentido me acuerdo de un día en que Samuel me dijo: "Qué vago tú eres", y yo le dije: "No, vago no, yo soy una persona más trabajadora que usted, porque tengo dos jornadas laborales; mi familia se sostiene con un salario, que es el que me paga el estado por trabajar ocho horas, y tengo un solo día franco a la semana, sin embargo usted ha contado con todo el tiempo del mundo; usted no ha tenido esa responsabilidad". Debo entonces reconocer que me dijo: "Chico, bueno, sí, eso es verdad" y lo complementó con mucho énfasis: "Pero no te dejes capar, porque cuando tú caes en un mecanismo burocrático del estado, te autocapaste, y se puede sobrevivir sin caer en eso". El consejo era bueno, pero irrealizable en las condiciones de la Cuba de los setenta porque: ¿qué podía saber Feijóo de Ley Contra la Vagancia y aquellas disposiciones que hacían obligatorio el vínculo con un centro laboral?

R.R.R: ¿Entonces, no caben dudas de que su relación con las instituciones siempre fue altamente conflictiva?
R.B.M: Puedo decirte, y esto no es un secreto, que él tenía una especie de guerra particular contra la corrupción y la burocracia -literaria y política. Hablaba pestes de ellos. Nunca se dejó atrapar por las instituciones.

R.R.R: Tú, que estuviste tan cerca de Feijóo en todo ese tiempo, ¿podrías narrarnos algunas de sus vicisitudes y "locuras" para sostener una revista tan inusual como Signos en el contexto de la cultura cubana de los setenta y los ochenta?
R.B.M: La revista Signos fue para él una especie de vía crucis: le pusieron coronas de espinas, lo flagelaron, le hicieron cargar una cruz gigantesca, que era la maledicencia, porque mucha gente envidiaba esa revista, muchos funcionarios e intelectuales arremetían contra él: no concebían que un hombre -decían ellos- tuviera una revista para él sólo. Ante esos y otros ataques, a él no le quedó más remedio que enmascarar por momentos la publicación cargando la mano en el énfasis político, enrareciendo con ello un poco su perfil, porque también, entre otras cosas -en los momentos de más extrema ortodoxia- los más intrigantes murmuraban que Signos no estaba en el tono del discurso cultural que necesitaba la revolución.
Después, cuando Samuel comienza a publicar sus memorias, aquello fue el acabose. Ya en esos momentos yo tengo la impresión de que Cultura piensa quitarle la revista, pero bueno, él enfermó y entonces hubo una justificación para ello. A mí me parece que había ya una componenda, cocinada no se sabe dónde, para clausurarla, porque él nunca fue santo de la devoción de mucha gente. Hay una cosa muy penosa, que recuerdo con mucha tristeza: el famoso número perdido, que es el 36. Resulta que un día él me pide que lo acompañe, pues iba para Cultura Provincial a ver a la directora de entonces. Traía una jaba y, dentro, un paquete amarrado con una soguita. Cuando llegamos allá, él entra a la dirección y yo me quedo afuera, pero la puerta permanece entreabierta -había otra persona en el despacho: Violeta Vera, que podría atestiguar todo esto- y oigo cómo él le decía a la directora: "Usted tiene que defender esta revista" -y le enseñaba el paquete que llevaba dentro de la jaba- "porque la revista Signos, sobre todas las cosas, es una revista de esta provincia, y usted tiene que luchar, usted tiene que hablar, usted tiene que imponer criterios y tratar de publicar ya este número, que es mi autobiografía desde el triunfo de la revolución hasta el año setenta y pico", y ella le respondió: "Yo no puedo hacer nada por la revista, Feijóo, yo no tengo poder, yo no tengo fuerza para eso". Él venía recalando con su paquete, que al parecer no había podido publicar en las imprentas de La Habana. Aquello era patético. Estamos hablando del año ochenta y pico. Ya Raúl Roa y mucha de la gente que lo apoyara en otro momento había fallecido. Recuerdo que ese día, cuando regresábamos, él me dijo: "¿Para donde tú vas, isleño?" y yo le dije: "Yo voy para la casa, de todas maneras, cualquier cosa que se acuerde con la revista, usted me ve como siempre" a lo que él me respondió: "Yo creo que esto se acabó, hijo" -primera vez que me decía hijo: iba muy triste- "me siento muy mal, hoy he recibido un golpe terrible". Nadie sabe el destino de aquellos originales, porque Feijóo no logró publicarlo: el 35 fue su último número.

R.R.R: ¿Cómo vivía Feijóo? ¿Era realmente tan ascético como le gustaba autoreflejarse?
R.B.M: Su vida, en el contexto de la realidad cubana, sobre todo en sus últimos años, fue muy agónica: él, en cierto momento, fue una gente en la que aparentemente no confiaba mucha gente; fue también difamado a más no poder, y lo que pasa es que era un hombre con unas cualidades extraordinarias y, a su modo, un pelador con una estrategia muy personal. Lo dio todo por la cultura cubana y recibió muy poco, porque en sus momentos más estelares, cuando publicó toda aquella cantidad de libros y de artículos, el derecho de autor no se pagaba y su economía era pésima, como la de cualquier persona humilde. Yo no sé si publicó algo en el extranjero y se lo pagaron por allá, aunque entonces eso no era práctica común. Además, parece que, ciertamente, no tenía tantas necesidades y demandas y era, eso sí me consta, un gran consumidor de frutas. Puedo decirte que él utilizaba una buena parte de lo que cobraba en función de la revista; a esa revista le dio su economía, su vida, todo su esfuerzo. No olvides nunca que él no ganaba tanto para darse ese lujo de persona itinerante, y todo eso lo hacía con su dinero: los sellos los compraba él, las dietas y el importe de los pasajes no los pedía nunca. Pero puedo decirte también que en la actualidad tampoco ha sido muy reconocido: baste saber que se murió sin el Premio Nacional de Literatura, que ya es bastante.

R.R.R: Si nos acogiéramos a las terminologías actuales, ¿cómo definirías a Feijóo?
R.B.M: Feijóo fue, sobre todas las cosas, un promotor de la cultura; siempre estaba publicando: muchas cosas de profesionales, pero también de personas que él había involucrado en sus proyectos y daban sus primeros pasos, tanto en el dibujo como en las investigaciones. Gracias a él personas muy talentosas, pero que todavía no habían publicado nada, se estrenaron en la revista Signos (o en Islas, o en la editora de la Universidad Central de Las Villas), algo que también tratamos de hacer nosotros ahora. Aspiramos a "ser fieles" a su tradición de promover. Él era muy consecuente con eso. Gracias a esa política salieron a la luz pública, entre otros: Alberto Anido, Leoncio Yanes, Ramón Rodríguez Limonte, Adalberto Suárez, Aida Ida Morales, Pedro Osés y muchísimos otros. En la actualidad tenemos los casos de Jesús Medrano (Jesulín), María López Martínez, Nivia de Paz, Frank Michel Yohnson, el niño Carlos Girado Castillo y muchos otros que sería muy tedioso enumerar.

R.R.R: ¿Y Feijóo, como editor, no influyó en ti?
R.B.M: Una de las grandes alegrías que me dio fue cuando me regaló toda su folletería: lo que había publicado durante los años 30, 40, y 50 hasta principios de la revolución, algo que atesoro con verdadera fruición, porque son textos muy raros ya. Fue dándome gradualmente las revistas Signos hasta completar mi colección; -que he seguido fomentando- y lo mismo hizo con Islas. Tengo casi todo lo que él ha publicado, y quizás toda esa folletería -que son como ocho- ilustrada y editada por él mismo en San Juan de los Yeras, en la imprenta de Cancio y Lafont, me motivara a publicar Los músicos populares camajuanenses, La cabezones de Camajuaní, Camajuaní folklórico y toda esa otra folletería mía, que ronda ya los 20 títulos.

R.R.R: En 1967 fundaste la revista Hogaño, pocos meses después, una casa editora que animó el pasmado panorama editorial provinciano de los setenta villaclareños, todo ello -ya lo hemos visto- desde modestísimos empleos en unidades gastronómicas, unas veces como cajero, otras como almacenero, en ocasiones como dependiente; ahora, con más de sesenta años, eres el editor de Signos, ¿estuvo alguna vez en tus más remotos sueños de atardeceres, al peinar junto a Feijóo esos preciosos campos camajuanenses, tal condición? ¿Cómo te ves a ti mismo en sitio tan "comprometido"?
R.B.M: Cuando Samuel comienza a visitar mi casa ya yo había pasado por la experiencia de la revista Hogaño; había publicado también varios títulos de la editora Hogaño y recogía textos para la compilación Poetas de Camajuaní, de la cual, como tú sabes, él hizo la cubierta y los dibujos interiores. Vale aclarar que entre Feijóo y yo hubo también otra afinidad: el gusto por la gráfica. A mí me gusta montarle mucha gráfica a los trabajos, porque es también memoria histórica que se rescata. Él, igualmente, utilizó con gran profusión la gráfica en su revista.
El proceso de la revista Signos lo conozco bien, porque he estado mucho tiempo vinculado con ella. Las investigaciones que yo hacía siempre se basaron en el trabajo de campo, con entrevistas y fotos que tomaba yo mismo. No soy un teórico del folklor y si algo disfruto de las investigaciones es la búsqueda y el trabajo con la fuente viva. Si me preguntaras cuál creo que debe ser el sello distintivo de Signos, te diría que ese: el trabajo fresco, sin grandes intermediarios bibliográficos.
Pero yo nunca tuve el interés, la aspiración, el más remoto sueño de ser el editor de Signos. Además, como las revistas se parecen mucho a sus dueños, (o a quienes las dirigen) cuando Samuel deja Signos, ésta comienza a asumir un perfil diferente; se va como desvirtuando: ya no incluye tantas fotos, tanta gráfica, se enfila con mucha fuerza hacia lo teórico y el trabajo de campo casi desaparece del todo: tenía poco que ver con mi método y mis afinidades. Sin embargo, cuando su primer editor de la etapa post-feijosiana, Carlos Alé, emigra hacia los Estados Unidos y me plantean la opción, yo acepto sin pensarlo mucho.
Recibí entonces su herencia: un fondo de colaboraciones conformado con materiales totalmente teóricos. Tomé (tomamos) una decisión: si íbamos a hacer la revista, la haríamos a nuestro modo (no olvido que tú eres el director y compartimos plenamente estos principios) y debíamos compensar tal desbalance: utilizar algunos de esos trabajos, los más relacionados con el tema del número, y lograr el equilibrio con investigaciones de campo. Así lo hicimos y ahí está el número 46, que es, para mí, de transición.
De la etapa precedente a la nuestra, puedo decir que la revista fue hecha por personas inteligentes, honestas y calificadas, pero con una idea muy distinta del proyecto fundacional del órgano. Para mí está más que claro que la revista Signos necesita de un eficaz activismo que la sitúe en el mismo nivel horizontal de las capas populares que aspira a reflejar. Eso es lo que hacía, con tanto éxito, Feijóo. Es también lo que yo hacía antes de conocerlo, y después también, cuando colaboraba con él.

R.R.R: ¿Podrías revelarle a los lectores qué nuevas propuestas les tenemos preparadas desde las páginas de Signos?
R.B.M: Opino que los números monográficos son ideales, de hecho se agradecen y se venden más. El número 47, que está dedicado al "Folklor del pelotero", casi en su totalidad está hecho siguiendo los principios que antes te enunciaba, y es a partir de él, según mi apreciación, que comienza otra etapa en la revista, más próxima al perfil editorial que Feijóo creó y conservó durante treinta y cinco números. El número 48: "Los pequeños pueblos" va a seguir esa línea y el proyecto del 49: "Las nobles bestias" se concibió de la misma manera. Y todos los números que se publiquen en el futuro, mientras existamos nosotros, deben pemanecer en la misma tónica, porque quizás el día de mañana esa revista caiga en otras manos y, bueno, yo no puedo predecir el futuro, aunque sueño, para bien de la cultura popular, con que no cambie.

R.R.R: Ponte a recordar a aquel pichón de isleño de la colonia Ofelia que lograba colarse a regañadientes en las canturías, o cambiar unos huevos de su patio de gallinas por el folleto Camilo y Estrella, de Chanito Isidrón, y compáralo con el otro, con El sensible zarapico que hiciera cosas parecidas por los campos de San Juan de los Yeras, ¿ves por alguna parte a "otro niño" como aquellos capaz de continuar con el "levantamiento" del imaginario popular que constituyó -y en tu caso aún constituye- el obsesivo sentido de sus esfuerzos? ¿Permite la realidad sociocultural del campo y los poblados cubanos actuales, con una población que vive cada día más al amparo de los códigos urbanos, suponer un buen destino para proyectos como Signos?
R.B.M: Eso es algo que yo miro con mucha preocupación. Resulta que la vida me ha puesto, no sólo en el plano de ser el editor de Signos, sino también de ser un continuador de esa obra; me preocupa porque, bueno, un ser humano puede desaparecer en cualquier momento y entonces, ¿quién sería el continuador de la obra que inició Feijóo?
Para nadie es un secreto que en la actualidad goza de gran difusión el folklor afrocubano; parece que tiene mucha demanda, o mejores perspectivas económicas. Pero eso no quiere decir que el "otro folklor" haya muerto, pues lo que ocurre es que se ha movido del campo a la ciudad, en lógica reorientación, dada la insoslayable realidad de que ahora más de un 80 % de la población cubana vive en áreas urbanas. Entonces el folklor campesino hay que buscarlo en la ciudad. Ahí ostenta fuerza y vitalidad y se elabora, en buena medida, con temas, elementos y códigos urbanos, para dar origen a un nuevo producto. Pero no te quepan dudas de que donde hay que buscarlo es en la ciudad.
Y paso a contarte algo: Yoaxy, una muchacha de 23 años que opera la computadora en Cultura Municipal y me teclea los materiales del libro que estoy preparando desde hace años: Mitos y leyendas cubanos, un buen día me dijo: "Yo le puedo contar algo que me decía mi abuelita" y entonces me narró cuatro o cinco mitos; también unas leyendas: como seis. Yo las copié, y me sorprendió que no fueran versiones de otras, sino bastante originales. Imagínate tú, qué iba a pensar yo que esa muchacha, una niña casi, tuviera asimilada esa memoria. Y te podría contar otras anécdotas como esa, porque yo sé de otras personas jóvenes que disfrutan ese imaginario. Así que el folklor se sigue transmitiendo: está en boca de otras generaciones, por eso digo que sigue vigente, lo único que se transmite en otros entornos y de otra forma: ya no es algo que se asume como que "yo lo vi, tal día y en tal lugar" sino como algo que alguien contó. Este país sigue lleno de mitos y leyendas.
Casi concluyo entonces, adhiriéndome una vez más al principio feijosiano -me lo repitió muchas veces- de que la nuestra no es una revista para codificar el folklor sino para recopilarlo, ficharlo y devolverle al pueblo la gran poesía que él ha sido capaz de crear, bajo cualquier circunstancia, a través de todos los tiempos. Y en consecuencia con ello enuncio mi profecía final, que anhelo, como ninguna cosa en la vida, ver convertida en verdad indemolible: mientras haya pueblo y, en el pueblo, imaginación, habrá cultura popular. Y mientras haya cultura popular -y algún que otro loco cazador de maravillas- sobrevivirá, cuando menos, el espíritu de Signos.

Santa Clara, 9 de agosto de 2002


 

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