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| Samuel
Feijóo |
Religión
Me enseñaron
a confiar en un Dios y me llenaron de cristianismo protestante.
Agradezco, sí, el Evangelio cristiano que me
instruía sobre el amor al prójimo, al
bien, y que me aclaraba acerca de los sucios caminos
del vicio, el egoísmo, la riqueza económica,
la mentira y la traición, y a distinguir la firmeza
de su abnegado jefe, soñador y poeta, Jesucristo.
Si mito: bello mito ensangrentado por los miserables
falsos cristianos que en su nombre llenaron de viles
guerras, de crímenes y de explotación
al mundo. Jesucristo, traicionado y crucificado por
la sanguinaria turba de dogmáticos, fanáticos,
de la religión dominante de su tiempo.
Se hallaba Jesucristo junto a los humildes, predicando
justicia, sembrando flores de sueños, bello iluso
en un mundo brutal, queriendo llevar el espíritu
humano al espiritual reino, todo amor, sueño,
indefenso... Lo crucificaron miles de veces, en cada
hoguera contra el justo disidente de la corrupción
religiosa, que se decía caracterizado, en cada
mártir de la ciencia asesinado en su nombre,
cada pensador que no se resigne a llenar de cadenas
inmundas su pensamiento. Trágico destino de los
claros pensadores que avanzan sobre su tiempo...
Humildad
Mientras más verdadera humildad,
más acero en el pecho, más diamante en
la idea, más flor en el ojo que vela fiel al
ciego fanatismo, la irresponsabilidad del necio y, tiernamente
al ser puro, al abnegado, al valiente, que ama y obra.
Alma humilde la mía, más no injuriable,
no sumisa al mal, no degradable, no sobornable. Ella,
con sus goces, sueños enormes y tragedias sin
final, con humor alegre y limpio, con su infantil ser,
su imaginación que no le cabe adentro, de tanta
robusta ala abierta que tiene, con su espanto, sus enfermedades
nerviosas dando el conocimiento del infierno que la
naturaleza ha encerrado en el cuerpo humano, y su amor,
su deseo de servir, de ser útil a los buenos
por ese mismo amor a los desgraciados, mis únicos
iguales, los únicos con los cuales puedo entenderme
a fondo. Los victoriosos, los felices, no me necesitan,
ni yo los necesito a ellos: ¿qué he de
hacer con mis músicas de compañía
sino llevarlas al sufridor, que puede, hambriento de
ellas, gozarlas más, con más provecho
y, por lo tanto, darme más goce?...
Arte
Del arte saco una alegría serena.
Y de la punta del pincel, destellante en los colores,
en los paisajes de mi patria, un éxtasis, vigilador.
No un transporte total, sino un éxtasis observador,
listo a enmendar la pérdida. Porque en el arte
puedo lograr un ámbito amado, y conformarlo a
esa realidad. Y ello es una labor propia del hombre,
porque se da a sí mismo compañía
hechicera, consolante de veras, y puede darla a sus
semejantes, aquellos que necesitan la belleza como distinción.
Porque es una verdad sin fin que "no sólo
de pan vive el hombre". Y el hombre, tras su trabajo,
necesita calmar las hambres de su espíritu. Pero
se goza el artista en repetirlo, pues lo cierto no puede
ser lo banal...
Distinto
¿Cómo
pude resistir estas diferencias, estas soledades? Cómo
entendí esta singularidad natural de mi persona,
en medio tan ajeno, ser mío que se apartaba de
los gustos dominantes, en medio de las seguras ideas
y maneras de cuantos me rodeaban, es cosa que no pude
precisar. Poco a poco me daba cuenta de que, muy a mi
pesar, entonces, era distinto: que no gustaba de las
baratas ideas y de las conversaciones lujuriosas de
los jóvenes de mi barrio, llenas de palabras
groseras. Allí todo hombre se dividía
en macho o maricón. A la menor cortesía
y fineza, sonrisa cariñosa, se corría
el riesgo de pasar por maricón. Había
que presentar violencia y rudeza de maneras, y hablar
en idioma brutal, para definirse como macho. Y, yo con
mis poesías, mis subidas a la azotea para ver
la luna, leyendo mis libros que no eran pornográficos
ni de cowboys, conversando sobre temas de música,
de filosofía, del origen de los astros, de arte,
de la patria imposible, de la incultura. Me hacía
sospechoso, me remiraban, hasta que mi carácter
viril estallaba, entonces se me tenía como inteligente,
o por medio chiflado, y así borraban las viles
sospechas. No iba yo jamás a un burdel, ni fui
jamás. Miraba a las bellas muchachas, buscándole
sueños como los míos...
Mujeres
Las admiraba. A alguna amé, pero eran tan altas
para mí. No me atrevía. Algunas de ellas
eran feas, desgarbadas. Nadie las cortejaba. Nadie las
mencionaba como bellezas en el barrio. Eran delgadas,
de rostros incorrectos. Entonces comprendí bien,
y para toda la vida, que aquellas muchachas espirituales,
finas, con brillos, limpios y cariñosos, no eran
admiradas por el resto de mis amigos. Después
lo seguí viendo, donde quiera: el amor, un mercado
de la carne. Ello decidía el enlace. Las flacas,
las jorobaditas, las narizonas... no inspiraban amor.
Los senos grandes y las caderas decidían. Las
hormonas sexuales decidían, por lo general. Así
comprendí y me hice sabio en el conocimiento
del titulado "amor"que no era más que
puro sexualismo, disfrazado, sin que los preciosos,
indelebles, creativos, asombrosos valores espirituales
se tuvieran en cuenta para nada, por lo general...
Ètica
La ética, como dominio primero. Conozco por millares
y millares y supermillares a los dominados por sus glándulas
sexuales, centro ideal de sus vidas. Ellas piensan por
ellos, determinan sus vidas y destinos, piensan inclusive
por sus estómagos, sus vicios, todos carnales.
Esclavos de la carne, no se han levantado todavía
al Ser. Son intentonas de seres humanos, hijos de la
violencia y de los apetitos viscerales. ¡Qué
guerra de liberación necesitan, en su organismo
general! Sin órganos de placer espirituales,
la lectura, las artes, la belleza y la naturaleza, la
conversación creativa, el verdadero amor, los
goces de la ética y la filosofía, la amistad
prodigiosa, sin el amor entero a la ciencia profunda...
Esos paraísos le están vedados. En puesto
de mando, representan una amenaza social enorme; en
la educación, son rémoras; en la política,
frenos; en las artes, reaccionarios; en la vida viva,
curas dogmáticos, buitres del soñador.
Rencorosos egoístas, aduladores infinitos, sonrientes
con el superior, trepadores de oficio: donde ponen sus
manos dejan las huellas de un carbón venenoso
y todo, porque no hay ética...
Dogmatismo
Siempre he tenido choques con los dogmáticos,
reaccionarios, gente inflexible y resabiosa, queriendo
imponer sus criterios a rajatablas, cerrada ya para
todo el desarrollo interior, "fósiles en
dos patas". ¡Y qué susceptibles! ¡Y
qué perseguidores para quienes no acatan, sin
chistar, sus criterios de mediocres, que jamás
dudan, pues la duda les desharía la ignorancia,
tan agradable para ellos, base de sus seguridades y
de sus soberbias!
Despertaba malestar mi amor al pensamiento libre. ¿Pensamiento
encadenado? No sé que puede ser un pensamiento
encadenado. Si un pensamiento no es libre, ni es bueno
ni es pensamiento. ¿Qué puede surgir del
pensamiento esclavo? Despertaba malestar entre orondos
sabichosos con quienes a veces topaba hombres mayores,
maduros de tiempo. Estos pensaban: "Si yo acato,
¿por qué tú no? ¿ Por qué
tú no? ¿ Te consideras superior?"
¡Cuántas sospechas sobre mí de los
cómodos asentidores y repetidores en artes, religión,
ciencia y política! ¡ Ah, con que no te
doblegas a la repetición cotorrera! ¿
Y no sigues nuestra tendencia, costumbres y modos de
vida? ¿ No arguyes? ¡Pues ahí va
la maza...!
Sueños
El hombre triunfará sobre la bestia. Es un maravilloso
sueño. Lo sueño y lo sigo soñando.
Si la bestialidad y el odio pueden más que la
inteligencia amorosa actuante, soñé lo
contrario. Y fui mejor por haber soñado el más
bello sueño. Si vence la inteligencia humana
amorosa, justiciera: soñé o luché
por ese sueño, de mil modos, si tuve ese coraje,
esa valentía, lo soñé y no fui
traidor a mi sueño, y así muero, ya cercano
mi fin, que deseo bien oscuro, como los millones de
ignorados seres humanos que mueren sin una línea
de recordación en prensa alguna, ni conmemoraciones
ni duelo oficial o cultural alguno. Como el más
humilde y anónimo quiero ser enterrado...
Búsqueda
Soy, pues, el que lanza el puente, para ganar conversación,
calor humano... Así me acostumbré, y enorme
sorpresa me es ver, fuera del amor de mujer, la imagen
de un puente, que llega hasta mi casa para traerme al
hermano esperado, limpio, libre, espiritual, creador,
sufriente y risueño, valiente, humilde... Siempre
salgo a buscarlo. El perro sale a buscar el mendrugo,
no hay filosofía para él. Esa filosofía
de perro es la mía. Ese can soy yo. Alegre, salgo
a buscar, sin vergüenza, sin sufrimiento, el mendrugo
del amor. Y lo he encontrado, feliz can. Pero tenía
que ser firme a sí, en mi joven personalidad,
en mi yo creciente, en mis raíces propias. Crearme
una individualidad fuerte, o sería arrastrado
por la opinión y el mediocre estilo de vida de
los números otros. Un yo poderoso, jamás
satélite. Listo a sumarme al bueno, a las causas
buenas, pero jamás confiado a las palabras sino
a los hechos limpios...
Pesimismo
Me
rebelé contra el pesimismo, porque comprendí
que el pesimismo es estéril y no abre futuro
bello alguno: es la arena, donde no crece la yerba y
sí el cardo, la punzante tuna. Tampoco acepté
el optimismo arajatablas, que también lleva a
la derrota. No. No barnizar con lacas extasiadas ni
cubrir con pintura deleitosa la puerta tras la cual
el dragón espera a los jóvenes. Sí
enfrentarse a ese dragón de los sucios convencionalismos,
de las miserias físicas y morales, de los vicios
horrendos de la complacencia organizada, ciega, de la
persuación banal, la trampa del mediocre y aún
del ruín, de rejas mohosas, del solenme dogmático
"yo lo sé todo, yo soy infalible".
Sí enfrentarme al sucio dragón de las
envidias, a las alabanzas productivas, a los jardineros
de la mentira, y al esputo final de la vejez y la muerte.
Si solo, no importa, porque la soledad del amoroso y
libre es la soledad de la cumbre bella, que se elevó
para pagar su precio, cerca del sol, del azul, de los
astros, pero con la nieve perpetua en su pico.
Pero ese optimismo ciego, es un crimen. Ese optimismo
irracional cultivado como una planta de invernadero,
es peor que el pesimismo miserable, porque nos entrega
confiadísimo y sin armas al dragón.
Crueldad
No puedo tolerar abusos con los niños y su mundo
de veras mágico, mundo sensible a la injusticia
como nadie, porque es pequeño el niño
y débil, y privarle, por indefensión,
del disfrute de su paraíso, cuenta entre las
mayores crueldades. He visto mucho, mucho, pegarle a
los niños. ¡Qué ira me coge ante
esos padres miserables, cobardísimos, infames
cerdos sin fin! El niño sensible conoce la miseria
moral de padres y allegados muy pronto. Algunos se reponen
y comprenden y hasta perdonan. Otros no. Y ahí
comienza la gran batalla contra la injusticia y la violencia
en el mundo. Después he visto cómo padres
estúpidos y cobardes han pegado cruelmente a
sus hijos, para "enseñarlos". Grito,
voces brutales, golpes. Las indefensas criaturas tiemblan
antes las crueldades de sus progenitores. No comprenden
su presunto error, no sabe bien por qué se les
castiga bestialmente. El miedo los daña, sus
nervios se torturan. Azorados, sufren por lo que no
entienden. ¡Cómo tiemblan, ante la ira
de esos sementales despiadados que son sus padres, golpeándoles,
insultándoles!. Tales bestias entienden que el
maravilloso, aterrorizado niño es propiedad de
ellos. A través de toda la vida he visto ese
espectáculo de horror y degradación suprema:
padres enfurecidos que no ceden en sus golpes ante las
lágrimas y los gritos de espanto de sus niños.
Recuerdo
El primer recuerdo que tengo es de La Jorobada, el primer
recuerdo en mi vida, limpio y permanente, es de una
mañana de invierno muy clara, de sol muy blanco.
Me veo empapado de una luz maravillosa barriendo el
portal de la botica, sosteniendo la escoba con dedos
helados. Recuerdo éste de una gran belleza, de
un deslumbramiento por la luz matinal de mi tierra,
del "invierno" de mi tierra. Persiste en mí.
Aún siento esa fuerza preciosa de la luz de la
mañana fría. Han pasado muchos años
y siempre la siento con una nitidez asombrosa. A veces
entra con nostalgia, a veces con alegría. Veo
el polvo que levantaba la escoba, recuerdo el polvo...recuerdo
la luz blanca... el viento de los amaneceres de invierno,
el viento tan blanco como la luz de esos amaneceres
que vio la indefensa infancia penetrándola con
una poesía arrasante...
Escritor
Sé que el malvado inquisidor, de mente siempre
sospechante, menos para él, de mente envenenada,
lo malinterpretará todo: pero para él,
no escribo, jamás escribiré, aunque fatalmente,
su ojo "infalible"me leerá, hacha en
mano, rabiosa hacha. Ahí ese dogmático
con sus sospechas, sus odios connaturales, su pensamiento
fecal, sus grilletes, siglo a siglo. Escribo para seres
sanos, libres, amorosos, gente del mejor pueblo, justicieros,
con humor y paz, y con justicia espiritual y material.
No soy un escritor perfecto, y a ninguna perfección
de estilo o manera le dejo que me embarace la vida,
el ser propio y su expresión y su modo. Cautivo
de la estética, nunca. Sea la estética,
lectores, cautiva del hombre artista, sea "lo adecuado"vencido
por el estilo adecuado del ser, por sus corrientes disparadas,
su dominio natural o su dominio es, a nuestro juicio,
la más segura de las vías para que una
naturaleza humana, que escriba sincera, no se amañe,
ni se turbe las esencias, ni se le cuarteen los cuajos,
ni a las yemas se les curtan los bríos de la
flor que trae...
Poesía
Qué
lejos estaba mi padre de considerar, con tantas caminatas
camperas, lo que estaba haciendo con su niño,
lo que estaba sembrando en su sangre absorta y hechizada.
Me sembraba la poesía y el hechizo, la pasión
vegetal, a todo riesgo, la sabiduría de la naturaleza,
el vicio poderoso de ramas y pájaros y aguas
y cielos y preciosas soledades en el monte. Criaba a
un poeta. Le llenaba con el pueblo de las ramas y las
aguas, de los verdes y los silbos, de la libertad del
espíritu en la belleza, que aprendió de
niño y para siempre...
Patria
En
este país me puso la naturaleza, de él
tomé muchas cosas: bellezas del paisaje, bondades
camperas, artes populares... No. Nunca abandoné
mi isla para irme a vivir en los civilizados New York,
París, Roma... Como se me instó tantas
veces por artistas que se fueron. No podían resistir.
No tenían resistencia ni mi amor al paisaje natal
y a los inocentes campesinos.. Sí, aquí
me quedé por años y años, creando
mi pobreza, aprendiendo, leyendo, creciendo, a veces
expuesto a la dentellada innumerable, a la incomprensión
agresiva, porque aquí nací. Allá
se fueron los asqueados, los delicados, los irritados...
Pero yo he cumplido la ley esencial de la naturaleza:
aquí, en esta islita, ella me puso, y aquí
debo sembrar, ayudar, aprender, ganar o perder, amar,
luchar... Aquí nací y aquí muero,
hijo de muchas patrias...
Política
Bajo las ruinas de la política ha surgido siempre
una cultura universal, que permanecía oculta,
casi aplastada, henchida de justicia, lenta, firme,
inextinguible. Extinguirla es el sueño de los
tiranos y de los espantosos dognmáticos, frenadores
del desarrollo de la humanidad hacia mejores y mejores
metas. Alguna vez una legítima hermandad universal
alegrará nuestro planeta. No se matarán
más los pueblos entre sí, no se perseguirá
al inocente, no habrá explotadores del ser humano,
ni miseria social, ni espiritual ni cultural, ni guerras,
ni imperialismo. El más apreciado será
entonces el más poderoso creador bueno, el más
servicial, el más modesto y valiente servidor,
cercenada la ambición malvada, el orgullo vil,
la arqueante doblez... ¿Es un sueño? Soñarlo
es mejor que aceptar una realidad eterna de crímenes,
abusos, tiranías, las corrupciones del oro, los
colonizadores, la explotación material y espiritual
del ser humano...
Llanto
Dominado por mi pasión de coleccionar postales
que aparecían en las cajetillas de cigarros,
me animé a visitar una de las terribles casuchas
del barrio, y allí me encontré a su poseedor,
un negrito de ocho años, flaco, flaquito en extremo,
reposando en su lecho de sábanas amarillentas.
No lo olvido, mi alma de once años lo recogió
para siempre: el rostro lindísmo y consumido
del negrito tuberculoso, tuberculosis de hambre, y lo
alegre que se puso al verme. Apenas podía hablar.
Su linda, delgada madre negra, atentísima conmigo,
agradesidísima por la visita, me introdujo en
la covacha, y allí ví las postales, no
sé cómo, y hablé con mi nuevo amiguito.
Y me fui. Unos días después, cuando volví
por él, ya había muerto. Aun hoy no puedo
reprimir las lágrimas por aquel niño inocente
y precioso, de sonrisa tan dulce, tan agradecida para
mi. Lo recuerdo y lloro. Sin pena de llorar. Mi llanto
es una realidad, son mis flores a su memoria que posiblemente
nadie, nadie recordará ya en el mundo, con lágrimas
tan puras...
Miedo
Ocurrió en el cementerio de La Habana. Se enterraba
al general Cabreco, héroe de la guerra contra
España, con solemnes ceremonias. Esto no lo sabía
yo, pero mi padre lo supo de algún modo, y arreó
conmigo y con mi hermano Nano al camposanto. Había
allí una multitud esperando. Nos colocamos casi
ante la fosa, enfrente de varios cañones. Cuando
bajaban el ataúd, a diez varas de nuestros oídos
comenzaron las salvas. A la primera; mi padre, con la
muchedumbre, gozó del gran trueno. Temblé
de miedo, horrorizado. Veía volar papeles encendidos
desde la boca de los cañones, y a cada salva
gritaba yo de un dolor intenso. Mis nervios estaballan.
"Vámonos, papá, gritaba". Nano
no decía nada. Al fin papá se alejó
un poco, pero volvieron las salvas. El no quería
perderse un detalle. Me sentí cogido, sin salida,
por el miedo y el espanto. Indefenso, sin poder escapar
de un lugar extraño y de tal estruendo, que hacía
temblar la tierra y mi poca carne sobre ella. Mi terror
contrastaba con la general complacencia. No olvidé
el nombre del muerto, ligado a mi vida por pavoroso
estampido.
Amistad
Buscaba amistades, muy deseoso de ellas, de alta espiritualidad,
quietas, ansiosas de una cultura profunda. Pocas hallaba.
Ni ciencias, ni artes, ni filosofía ni poesía
les interesaban. Ningún sueño creativo.
Sólo, en la mayoría, la jerga panza y
sexo: ni un asomo de alguna dimensión radiante
de espíritu. Pero no estaba solo porque existían
algunos buenos muchachos con los cuales charlaba, jugaba
a la pelota o iba al cine o al boxeo. En lo que mucha
gente conocida se regocijaba no hallaba placer. No bebía
alcohol, no fumaba, no frecuentaba burdeles, no era
politiquero, chismoso, "bicho", zorro... no
jugaba al azar. Leía, meditaba, me apartaba a
ver árboles y costas. Al pasar los lustros conocí
del fracaso interior de aquellos sementales sin más
destino que el festín de sus testículos,
y aquellos viciosos del barrio.
Eché esa cruz sobre mis jóvenes, débiles,
pero ya invencibles espaldas. ¡Qué fuerza
hallé para soñar dentro de mí sangre
sueños propios. Apartado de la grosería
y de los consejos y conductas del mediocre egoísta,
caminaba las calles. Claro que existían mis iguales
en La Habana, en las prodigiosas provincias... pero
no los hallaba aún. En los campos encontré
maravillas de hombres y mujeres: ingenuos, claros, sanos,
serviciales, alegres, sonrientísimos del alma.
Y la amistad que vino después con los árboles,
arroyos, lomas, yerbas, pájaros, valles...donde
hallé hogar, enseñanza, medicina. Así
andaba, quitándome los collares del medio perdido:
ni su estética, ni su religión, ni su
filosofía banal. El desarrollo pujante de mi
espíritu necesitaba de esencias y formas nuevas,
vivas, limpias, libres, y de la amistad. |
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