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Bajo el signo de la inquietud
Dean Luis Reyes
 
Cubierta de Signos
Hay un instante de los diarios monteses de Samuel Feijóo, de los cuadernos que emborronara mientras enrumbaba por esas lomas y potreros, que revela una inaudita autoconciencia. Tras enfrentarse al paisaje -con el que siempre quiso fundirse- y padecer el cerco intenso de la belleza natural como instante de placer estético más que como sed por domeñar geografías físicas, tras derrochar admiración y sorpresa, de maravilla en maravilla, escribió el viejo que se sentía como un "mariposón de muchas mieles".
Mariposón, y revoloteante, quería verse. Su inquietud no se contuvo hasta parar en la locura, pues la incesancia -esa ansiedad ambulatoria del escribiente observada por Maurice Blanchot y que más tarde Cintio Vitier achacara a Feijóo- lo obligó a buscar la iluminación y la belleza menos aparente. De La Jorobada a San Juan de las Yeras y de ahí a La Habana y otra vez a Las Villas hizo una vida de correrías, como de aquí y allá son sus saberes, pues solamente podría haber sido hijo del autodadidactismo el enciclopedismo suyo.
Como hombre de las artes, Samuel fue poeta (de los más extraños y osados de esta tierra), narrador, autor de obras teatrales, anotador de dicharachos, cuentos, chistes, alardes o musiquillas -de esas que por la calle lleva la gente de boca en boca-, dibujante, pintor (sin demasiada seriedad), padre de una de las colecciones de apuntes de viajes más extensa y delirante de la literatura nacional, periodista, traductor, editor, antologador, caminante y jodedor inoxidable.
En su faceta de hombre de revistas quiero detenerme. Signos, publicación que fundara en 1969, es uno de los proyectos culturales en materia editorial más singulares del siglo XX en Cuba. Y parece mentira, pero tiene intenciones de persistir en este. En sus páginas ganó cuerpo y perdura la manía feijoosiana por el folclor, la antropología cultural, su estirpe de olfateador de los aromas esquivos y cambiantes de la cultura popular, allí donde toda la espiritualidad humana se expresa creativamente en su condición más pura, donde los valores ancestrales de la civilización persisten todavía aniñados, sin la estetización del arte canónico o la complicación de los lenguajes propios de cada manifestación artística. Allí donde un cuento de camino es inmejorable sobremesa para esperar el sueño, las voces de mando de un arriero la mejor música y los flancos recios, marmóreos casi, de un potro trotón, impecable lienzo pintado sobre el mundo.
Signos, que resulta mucho más que el órgano oficial del conjunto de pintores reunidos en el grupo del mismo nombre, lleva más de 30 años repitiendo en sus páginas aquel eslogan donde revélase la tesis que lo sostiene como proyecto cultural: "En la expresión de los pueblos". Y lleva además la invocación de Feijóo a favor de un espacio ecuménico: Signos pretende "la concertación en sus páginas de numerosos intereses de vida, a veces opuestos en sus afirmaciones, con el solo fin de servir al progreso cultural de un modo directo y verdadero, sin capillismo ni cerrazón dogmática. Otra cosa no tendría noble significación ni serviría de veras."
Con esa misma idea como proa fue Samuel el alma de los primeros tiempos de la revista Islas, publicación de la Universidad Central de Las Villas. Allí prefiguró su apego por el denominado art brut, opuesto de las llamadas artes culturales, vivo en el "artista silvestre", en el mito como recurso de aprehensión sensible de la realidad y en el rescate de lo puramente cubano, de un nativismo radical que no por ello rehuyó expresiones semejantes del pensamiento y las artes plásticas internacionales con altas dosis de riesgo estético.
Después de su salida de Islas, fue Signos el cubil de aquella ansia incluyente, que la hace todavía hoy, después de fallecido el inspirador, una de las tribunas más importantes para los estudios folclóricos en América Latina. Hojear un par de números basta para reconocerle su singularidad. El último, que pinta sobre su lomo la cifra 46, arremete con el tema identitario en algunas de sus inabarcables aristas. Y van desde el estudio de un fenómeno descriptor de rituales locales (sobre la parranda criolla o la vida del músico Julio Cueva) hasta alguna sabrosa aproximación a hábitos y personajes nuevos dentro de la sociedad cubana (sea una mirada no exenta de ironía a un personaje que Alexis Castañeda nos presenta por vez primera en Regularidades socio-sicológicas del buen sapingo). Súmesele un análisis de las oraciones terapéuticas más extendidas dentro de la religiosidad popular, de conjunto con testimonios recogidos entre personas dedicadas a tales prácticas rituales; estudios de la obra de Fernando Ortiz en su relación con los procesos de inmigración y construcción nacional; la presencia del circo en la obra de Feijóo o cierta curiosa revisión de la imagen fotográfica que en Cuba ha aprisionado una manera de mirarnos en El reino del revés, de Miguel Castro Muñiz. No olvido la vertiente que emplaza el estudio de los mitos propios de la cultura popular cubana, a partir aquí de una audacia filológica de Alicia Vadillo, quien relee la leyenda del güije desde una perspectiva homerótica.
Signos, hay que decirlo, tiene diseño de libro, y sale del poligráfico en número de 500 ejemplares. Demora más de la cuenta entre una entrega y otra, y se sigue haciendo a sangre y fuego. Se vende en librerías y, aunque trae erratas y publica textos no del todo despojados de cierto aire de tesis filológica o informe de investigación, no flaquea ante la tendencia -tan de moda entre las multiplicadas aunque mayormente inocuas revistas de tema cultural en Cuba- a rellenar cuartillas con narrativa o poesía y persiste en el pensamiento cultural, las ciencias sociales y el estudio desprejuiciado, menos apegado a la disciplina metodológica que al libre y vivificante juego de la especulación.
También es notable su acabado. En el caso que me ocupa, aparece profusamente ilustrado por pintores que convergen mayormente en el estilo denominado naif o primitivo -y esa es otra de las líneas de alimentación y continuidad frente al proyecto original feijoosiano. Aún contiene en su cuerpo "gráfica, pentagrama y letra". Y las fotos interiores lucen como algo más que manchas de tinta.
Da gusto tal sobrevida. Porque aunque ahora falte Feijóo, nos quedan los humos de su sensibilidad. Y el viejo nos dejó Signos. Para salvarnos del aburrimiento y de la pereza del no mirar hacia otro lado.
 
El tiempo luminoso de Feijóo y René
Ricardo Riverón Rojas
 
Es de sobra sabido que la causalidad responde a los llamados que le hace la poesía, como sabido es que las grandes empresas culturales, muchas veces, son hijas de casualidades no menos elocuentes. Nada como estar en el sitio exacto, a la hora exacta en que ocurren los milagros.
Acaso porque es suscriptor y también avezado coformulador de esta peregrina tesis mía, en Camajuaní estaba René Batista Moreno en aquellos años setenta en que Samuel Feijóo dio inicio a sus "correrías" por esa bella zona.
Ahí estaba René, con toda una vida de preparación y fervor por la cultura popular y su gran humilde devoción por el culto a lo sencillo. Estaba en el sitio exacto. A la hora exacta. Cuando llegó el hombre exacto.
Los bueyes del tiempo ocre
El encuentro de esas dos personas que habían venido cultivando y detallando con puntillosa fruición -cada uno por su propio camino y con distintos niveles de proyección- el inventario de ensoñaciones del campo cubano, se nos ofrece ahora como testimonio en la bella edición del libro Los bueyes del tiempo ocre (Ediciones Mecenas, Cienfuegos, 2002): un volumen donde se consigna detalladamente -como en un registro estadístico de cotidianidades inusuales- el anecdotario, las poesías y dibujos, el ideario, los recuerdos musicales, las fotos y la calidez afectiva que el gran sanjuanero universal derrochara por aquellos días en el siempre sugerente, pintoresco y sugestivo pueblo de Camajuaní.
Es este un testimonio peculiar, construido sobre la base de "recoger lo desechado", actitud que desde siempre ha caracterizado el ángel investigativo de Batista Moreno. Por eso ahí están esos poemas que Samuel echara al cesto, los dibujos deliberadamente näif con que "El doctor pata'e chivo" (Feijóo) ilustrara las siempre pragmáticas y apremiantes cartas que le enviara a "El doctor Manigua" (René) y que hoy podrían llegar a constituir un documento programático para los teóricos y cultores de la poesía visual.
Brilla con relumbres especiales el ideario feijoosiano, que inteligentemente supo extraer Batista Moreno de la bejuquera sintáctica que le dejara Samuel en una entrevista hasta hoy inédita. Pero también armonizan en el conjunto el sugerente botón de muestra que el gran folclorista hilvanara con sus recuerdos musicales a la manera de performance de inquietante mixtura. Y qué decir de las fotos, donde aflora ese Feijóo por momentos cínico y desconcertante -hablando con un caballo- casi siempre embebido en la contemplación de un paisaje que desde su agreste y tierna humildad supo dictarle con murmullos lo mejor de sus páginas.
De manera particular (conocida es mi propensión al humor) disfruté el anecdotario que inicia el libro, pues ofrece, tal vez como pocos materiales, la vigorosa imagen delirante que Samuel Feijóo acuñara en su loco marketing a favor de la cultura popular tradicional. Ahí están: esa búsqueda de lo inconcebible, ese huir de la planicie de lo común sin renunciar a la enjundia de pueblo que apreciamos -un ejemplo- en Teo Cabrera, el clásico pícaro pueblerino que deviene dialogante del avezado del intelectual.
Para finalizar, sólo añadiré que en este hábil cuaderno el autor, René Batista Moreno, no sólo nos deja el testimonio de la personalidad de un Feijóo auténtico y plural, culto e impredecible, sino también su propio testimonio coprotagónico que sitúa en la simpática posición del cazador cazado a ese incansable captor del saber popular que fuera Samuel Feijóo. Y nos deja también una apreciable y fabulosa lección de la visión de futuro que debe caracterizar a un folclorista, pues supo recopilar y guardar con envidiable celo todo eso que en su momento, a cualquier otro, pudo haberle parecido alimento de lo perecedero y que acabó en la envidiable categoría de rigurosa y lúcida disección de una de las personalidades más singulares del siglo XX cubano.

Santa Clara, 3 de abril del 2002

 

 

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