| Después
del I Congreso de Nuevos Narradores, organizado en Madrid
en 1998, los escritores Jorge Volpi, Francisco Alejandro
Méndez, Edmundo Paz Soldán y Amir Valle
viajaron a París. Como turistas de otro tipo,
encaminaron sus pasos a la tumba de Julio Cortázar.
A sus pies, evocó Soldán la posibilidad
de que la historia que sigue pudiese ocurrir. Casi como
un reto quedó entre los amigos escribirla. Y
lo ha hecho Amir, con tan buena suerte que el cuento
resultante acaba de obtener el premio en su categoría
dentro de la más reciente edición del
concurso Casa de Teatro, convocado por la institución
homónima, de República Dominicana. La
isla en peso ofrece a sus lectores en exclusiva
este texto, que contiene un París donde la llovizna
no cesa, sino que levita, como si de la mismísima
melancolía se tratara.
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| Los
Cronopios, las putas y un ruinoso Café
en el París de entonces |
| Amir
Valle |
A
Sylvia Iparraguirre y Abelardo Castillo
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Todo
lo que usted necesita es amor
Flavio
Garciandía
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Había
que pensar en Bebé Rocamadour. Era gordo. Muy
gordo y cabezón, y usaba unas viejas pantuflas
y tacos para las orejas porque, decía, los ruidos
del mundo no lo dejaban dormir. Se enredaba una bufanda
rota alrededor del cuello, orgulloso de que la había
robado de una de las habitaciones del Museo del Greco,
en Toledo.
Ahora estaba sentado con la punta de las nalgas en una
de las sillas de hierro. Llovía afuera y París
había dejado de ser una fiesta de luces para
encharcarse y tener los tonos tristes de un cuadro de
Van Gogh: los colores de la ciudad, a esa hora de la
noche, parecían chorrearse y perderse en el agua
sucia que se colaba hacia los tragantes de las aceras.
Hacía frío. Bebé Rocamadour castañeteó
los dientes sin darse cuenta y La Maga se cambió
de silla para sentarse a su lado y pasarle el brazo
por encima de los hombros, protector, mirando a los
demás como orgulloso de cumplir a cabalidad con
sus funciones sentimentales.
- Cuando tiene frío se acurruca en mis costillas
- nos dice, y realmente vemos que el gordo se encoge,
tiritando de frío, y se pega a La Maga, abrazándola
como lo haría un niño.
La Maga es enorme. Cuando la vimos aparecer bajo las
primeras gotas gruesas de la lluvia nos pareció
cómica su carrerita afeminada, el movimiento
lento de sus grandes extremidades, sus patas enormes
apretadas en unos tacones altísimos que la hacían
trastabillar y dar trompicones mientras corría,
su pelo largo todo mojado chorreándole el agua
hacia el sobretodo negro, en las espaldas.
- Parece un elefante con tacones - dijo Edmundo y reímos.
Un elefante con tacones. No había otras palabras.
Esa era la imagen justa que dejaba a primera vista La
Maga, una idea de majestuosidad escandalosa, aunque
se desvaneciera todo cuando empezara a hablarle, peleando,
a los otros tres, con una vocecilla de rata asustada
que nos hizo estallar a carcajadas y que, a fin de cuentas,
fue lo que provocó que ahora estemos en esta
mesa, conversando de muchas cosas que ni imaginamos
allá, bajo la Torre Eiffel, acabados de llegar
de Madrid, donde nos encontramos los cuatro, invitados
al Primer Congreso de Nuevos Narradores Hispánicos,
en la Casa de América. Cuatro jinetes de un apocalipsis
de ron y canciones y ron y lecturas y ron y cacerías
de las muchachas escritoras que asistían al Congreso,
apostadores todos de quién se llevaba a la mejor
de todas, a la Eva Bodensted, LA GRAN EVA, como comenzamos
a nombrarla, poco después de que el machismo
latinoamericano sufriera cuatro derrotas ante la belleza
de aquella narradora que, cosa rara, era muy hermosa
y escribía bien: una combinación que en
muy escasas ocasiones se podía disfrutar.
- No sé porqué maldita razón las
escritoras o son lesbianas o son horrorosas - dijo el
Gordo Francisco y se vacío una jarra de cerveza
de un trago largo y sin respirar.
Estábamos en un barcito pequeño, a un
costado de la Puerta de Alcalá, y de algún
modo andábamos celebrando nuestra derrota, sin
saber que allí surgiría la idea de irnos
de farra a París, para brindar con "Havana
Club, colegas, el mejor ron del mundo", sobre la
mismísima tumba de Cortázar y a la salud
del alma eterna del argentino. Tampoco imaginamos que
dos horas después, justo cuando se clausurara
el Congreso, bastó un intercambio de miradas
para salir hacia el Hotel, hacer las maletas, decididos
a comprobar por cuenta propia si París seguía
siendo aquella fiesta innombrable que alguna vez Hemingway
había bautizado.
Ahora Gregorovius y Olivera sorbían de la misma
copa una cola dietética "que no queremos
perder la figura como estas dos", dijeron señalando
a Bebé Rocamadour y a La Maga, cuando les preguntamos
qué preferían tomar. Cada uno halaba el
líquido negruzco con un absorbente, uniendo las
cabezas y lanzándose risillas maliciosas cada
vez que sus caras también se juntaban, dirigiéndonos
miraditas furtivas, al estilo de las viejas putas. Gregorovius
vestía una sayita de cuero negro y unos botines,
también negros, pero como de piel. Olivera se
había aparecido con la cabeza cubierta por una
pamela rosada con vuelos de encaje blanco imitando plumas
y tenía los labios pintados de negro y el marbelline
corrido alrededor de los ojos. Reía escandalosamente,
con unas carcajadas estridentes que obligaba a todos
los que escampaban en el café a mirarnos, seguro
preguntándose qué hacían aquellos
tipos con pinta de latinos junto a esos travestis patéticos
y de fachas ridiculísimas.
Habíamos llegado a París esa misma mañana,
del modo en que nos pareció mejor para conocer
una parte de España, Andorra y Francia: por carretera,
de terminal en terminal y hasta, haciendo autostop,
en la camioneta despintada y que roncaba como una vieja
locomotora de unos rockeros que se pasaron el camino
retratándose con nosotros cuando le dijimos que
éramos escritores, "para la posteridad,
fieras", nos dijeron, que ellos también
llegarían a ser importantes y llenarían
los estadios con sus fans y recordarían el día
en que todavía eran pobres y eran jóvenes
y se encontraron con unos escritorazos "de los
grandes, de esos que venden en las librerías
del Corte Inglés" y pueden darse el lujo
de perder el tiempo conociendo por carretera "un
país tan aburrido como este", y contarían
que hasta nos habían recomendado un hotelucho
baratísimo en las afueras, en donde dejamos las
maletas antes de irnos al primer lugar que queríamos
visitar: la Torre Eiffell.
Había un mundo de gente. Y llovía mucho,
como ahora. Pudimos subir. Y los cuatro jinetes mirábamos
a una ciudad que se nos hacía imprecisa, acuosa,
difuminada entre las cortinas de lluvia. Jorge Volpi,
siempre detrás de sus gafas y con sus ojillos
de sabio antiguo, miraba las hileras de carros que se
agolpaban en una avenida que parecía poder tocarse
si uno estiraba la mano. Edmundo Paz Soldán respiraba
profundo y desviaba la mirada de algún campanario
de iglesia a las nalgas escuetas y orientales de una
japonesita de grandes ojos que le explicaba a un grupo
de retacos japoneses algún secreto de París,
en su idioma de gruñidos y gritos. Francisco
Alejandro Méndez, las manos cruzadas a la espalda,
la vista perdida en un lugar indefinible y lejano, en
el sitio donde el horizonte se tragaba la ciudad, cambiaba
el peso de la mole de su cuerpo de una pierna a la otra
y tarareaba alguna canción de los sesenta que
me pareció de Aznavour. Yo me sentía dueño
del universo. De La Habana a Madrid a París al
cielo: era increíble, diciéndome que era
del carajo estar allí, y poder mirar y caminar
y oler y silbar y cantar bajo la lluvia en los mismos
sitios por donde el Cardenal Richeliu, un tipo que siempre
me llamó la atención por su vida como
para escribir cien novelas, se había paseado
en toda la gloria de su poder, tan sólo siglos
antes.
- Vaya, cubanito, disfruta, que si Castro te agarra
con esos ojazos de indio asustado ante las maravillas
del mundo exterior, no te deja salir más del
país - me soltó el gordo Francisco, acercándose
y pasándome una mano por los hombros -. Es bella,
¿verdad?
Y asentí. París, vista desde la torre,
conservaba la aureola de ser esa fiesta innombrable
de la que hablaba el Papa. Quedamos en silencio, apenas
sin escuchar el rumoreo de los idiomas entremezclados
en aquel sitio metiéndome en la cabeza la idea
de que esa era la única Torre de Babel que Dios
no había podido destruir en el mundo.
- Hasta Fidel se debe haber cagado de admiración
cuando subió aquí - dije al cabo de un
buen rato.
Edmundo sonrió.
- ¿Sabes? - dijo, mientras descendíamos
y corríamos hasta un taxi que nos dejaría
luego en un pequeño bar desde donde podíamos
mirar la torre que a esa hora ya comenzaba a llenarse
de lucecitas, tímidas en contraste con la agónica
luz de la tarde que iba muriendo -. Hay una tesis sobre
los cubanos: los que le dicen Castro lo odian; los que,
como tú, le dicen Fidel, lo aman y respetan.
¿Es así para ti?
- Desde que abrí los ojos al mundo, él
estaba ahí - respondí, y entonces pude
verlas: se desmontaban de una camioneta Peugeot blanco
cuatro puertas y corrían bajo el aguacero hasta
el bar donde fuimos a sentarnos: "cuatro whiskys
bien cargados", había pedido Volpi. Sólo
en el momento en que se detuvieron cerca de nosotros
fue que supimos que no eran mujeres. Aguantamos la risa
por los pasitos de paquiderma de La Maga cuando Edmundo
susurró: "Parece un elefante con tacones",
pero no pudimos resistir cuando escuchamos: "Gregorovius,
Olivera, Bebé Rocamadour, adelante, que este
cafetucho es nuestro", y echamos a reír
porque no había modo humano de comparación
entre la idea que teníamos de los personajes
de Cortázar y aquellos esperpentos tristes y
empapados que vinieron a escampar en la mesa más
cercana a la nuestra.
- Es cuestión de espíritu, niño
- dijo La Maga poco después, cuando el rumbo
de la conversación, bajo una confianza desparpajada
impuesta por ellos, nos permitió preguntar si
se habían leído realmente Rayuela
-. Yo conozco a un gordo con más carnes y grasa
que yo, se pinta el pelo de rubio y se cree Marilyn
Monroe. Y yo quisiera que la vieras bailando el pasillo
ese en el que un extractor de aire en una acera le levanta
la saya. Es genial. La prefiero a ella que a la Monroe
verdadera. Es menos ficticia.
Sí, habían leído Rayuela.
Se conocían del mismo sex-show para gays, pero
sólo una vez la coincidencia las había
reunido en un idéntico escenario: el inmenso
lavaplatos de la cocina, adonde habían ido a
parar cuando comenzaron a halarse los pelos , "sí,
las cuatro", aclaró La Maga, "esa noche
el show lo dimos nosotras", por llevarse a una
de las habitaciones a un joven actor de película
que no querían mencionar porque el escándalo
había sido de madre y padre y el hombrín
les había amenazado con una reclamación
legal por acoso y difamación y un montón
de cosas más, si no lo dejaban tranquilo y se
olvidaban de que "si no hubiera sido porque andaba
buscando relajito con esos ojos lánguidos y esa
carita de mujer posesa" ellas no se hubieran tenido
que quedar encueras, las ropas ripiadas, las tetas de
plástico al descubierto, las nalgas de esponja
seca desniveladas o tiradas de mesa en mesa por los
jodedores que se divertían con la pelea.
Todavía se eriza Olivera: "quinientos o
seiscientos platos y cubiertos y copas fregamos esa
noche, niño", porque en la discusión
habían ido a dar a una esquina contra un parabán
de madera preciosa africana que el dueño del
local había traído en uno de sus viajes
a Mali, hacía como quince años, "y
como no teníamos ni un centavo... ya sabes".
Pero allí, conversando mientras fregaban y la
espuma se llevaba los restos de comida y el agua dejaba
limpia la loza y el aire del secador le devolvía
el brillo original, descubrieron que las cuatro eran
argentinas, tenían un Dios común, argentino,
por demás: Cortázar, y hasta se confesaron
que tenían sus fotos y que habían leído
Rayuela miles de veces y soñado
en las noches frías de París que el argentino
resucitaba y venía a conquistarlas y que hacían
el amor largamente y terminaban exhaustos, "porque
alguien que escriba con violencia tan hermosa debe ser
así mismo de hermoso y violento entre las sábanas,
niño".
Les encantaba el teatro. Y para demostrarle a las viejas
locas parisinas que se podía ser loca y tener
buen gusto para algo más que los hombres y sus
vergas - La Maga concluía que era una prueba
más de la necesidad de demostrar la superioridad
intelectual de los argentinos a los engreídos
franceses de la ciudad luz --, decidieron montar una
pequeña obra de teatro con una de las escenas
de Rayuela.
- Fue todo un éxito - contó Gregorovius
-. Cuando sentí la algarabía que despertó
nuestra actuación, supe porqué, siempre
que los ajenos nos ven reunidas, se refieren a "la
pajarera".
Llamaba "los ajenos" a los heterosexuales,
"porque todo hombre es básicamente homosexual,
niños, tienen algo de mujer, que aflora sólo
cuando dejan de ser ajenos y sueltan sus trajes de marionetas
sociales para sacar al sol sus sentimientos".
- Desde entonces asumimos esos nombres - concluyó
La Maga -. Todas las locas quieren llamarse Marilyn
Monroe o Madonna, y ahora hay una moda entre las locas
africanas por llamarse Tina... por la Turner. Nosotras
no, para decirlo como lo dirían ustedes: somos
locas intelectuales.
- ¿Y qué hacen en París? - había
preguntado Edmundo.
- París es una enorme metáfora,
niño - respondió Gregorovius -. Ahora
mismo, en este momento, estamos despidiéndonos
del mundo.
No entendimos y nos cruzamos, sin proponerlo, unas miradas
donde la duda era el único signo visible. El
gordo Francisco lo dijo: "como dirían los
gallegos, no entendemos ni hostia". Y ellas contaron.
- Hace siglos que llegamos a esta ciudad, niño
- comenzó La Maga con su voz de rata asustada,
los ojos clavados en Volpi, siempre callado detrás
de sus espejuelos, como lejano. Era obvio que quería
atraerlo al ruedo donde los otros tres permanecíamos
fascinados por aquellos cuatro adefesios con alma de
personajes de Cortázar.
También llovía en la París que
encontraron a las tres de la mañana cuando salieron
de fregar platos el primer día de su encuentro.
"Hedíamos a detergente y grasa", comentó,
asqueando, Olivera, y por eso habían decidido
ir a la buhardilla alquilada por La Maga, para darse
un baño y calentarse el cuerpo con algún
poco del ron barato que debía quedar de la cópula
con su última conquista: un camionero español
que buscaba donde tirar de gratis sus huesos hasta el
día siguiente en que regresaría a Barcelona.
Traía tal borrachera que no había notado
siquiera que su conquista era un travesti y cuando lo
vio desnudo, quedó mirando fijamente y por un
buen rato las grasas de La Maga, en un silencio espeso
y larguísimo. Luego se puso de pie y vino hacia
ella: "ya estoy aquí y no me voy a quedar
con las ganas", dijo, la volteó y se puso
de frente a sus enormes nalgas blancuzcas.
- Cuando terminó, se empinó de la botella,
eructó y se tiró de espaldas en la cama,
patiabierto - les dijo La Maga, poco antes de abrir
la puerta con una diminuta llave dorada -. A los pocos
segundos roncaba.
Ese había sido un mes lluvioso. Gregorovius dormía
en la casa de una vieja francesa, Olivera había
resuelto haciéndole favores sexuales a un celador
del metro que le permitió traer sus cosas para
una casilla de mantenimiento, Bebé Rocamadour
pasaba la noche en las camas de sus conquistas y La
Maga, maquillista en un miserable teatro de variedades,
lograba pagar a duras penas aquella buhardilla donde
"cabemos los cuatro, chica, anda", insistió
Olivera hasta que la tuvieron convencida: entre todos
podían compartir el alquiler y les alcanzaría
hasta para comer mejor, cosa que en aquel invierno ya
les hacía mucha falta.
- Nos tiraremos de la Torre - había dicho Olivera.
Bebé Rocamadour empezó a llorar bajito
y La Maga lo apretó más contra su cuerpo
y comenzó a acariciarle con ternura la cabeza.
"Es patético", me susurró Edmundo
y asentí, mirando hacia la torre, como para que
no notaran que hablábamos de ellos, aunque seguro
no lo sabrían nunca: el hipido mocoso de Bebé
Rocamadour se regaba sobre todas las mesas como una
letanía religiosa, un cántico estridente
y bajo que apenas dejaba poner atención a otra
cosa.
- Cortarse las venas o arrojarse a las aguas del Sena
es demasiado cursi - dijo Olivera -. Todo el mundo se
arroja al Sena.
- O se corta las venas - masculló Bebé
Rocamadour.
- O se tira delante de los carros - agregó Gregorovius.
Querían algo espectacular, de mucho revuelo,
y estarían muy complacidas, "eufóricas",
pensé: era lo que se saltaba desde sus palabras,
viendo volar sus cuerpos como pajarillos por el aire
sucio de París y sintiendo el tropel de la gente
aglomerándose a su alrededor, para verlas escachadas
sobre el pavimento, ensangrentadas y con pedazos de
sesos regados como hongos blancos por todas partes.
- Imagino los titulares - dijo La Maga, cerrando los
ojos, como para soñar -: Se suicidan cuatro inmigrantes
argentinos lanzándose desde la Torre Eiffell.
Aunque confesaban que no les gustaba mucho el titular,
al menos su ego argentino quedaría por las nubes
de la satisfacción. Les encantaría que
algún periodista osado escribiera: Locas argentinas
acaban con sus miserables vidas tirándose desde
la Torre Eiffell, pero eso era pedirle demasiado a la
suerte.
La noche anterior, alumbrados por cuatro velas, cebaron
un mate y comenzaron a conversar. La Maga se había
envuelto en su inmensa frazada azul con la cabeza de
Rocamadour, acostado de lado, sobre uno de sus muslos,
de frente a los otros. Gregorovius se había demorado
cebando un mate bien cargado: ese día no habían
comido y las malas noticias llegaron con la misma insistencia
de esas gotas de lluvia que hacían de París
una ciudad mojada, pestilente, asquerosa. Al menos así
les había parecido antes de ir a guarecerse en
la buhardilla.
- París es una enorme metáfora - dice
Gregorovius.
- Cortázar lo sabía bien - asiente La
Maga -. Por eso le hace decir eso a Gregorovius, al
real Gregorovius.
- ¿Y nosotros?, ¿qué somos nosotros?
- replicó Olivera.
- Fantasmas - dijo La Maga -. Unas putas fantasmas.
Me pregunto si Cortázar supo alguna vez que sus
personajes eran fantasmas: La Maga, Gregorovius, Wong,
Babs, Etienne, Rocamadour... fantasmas ilustres gracias
a su pluma, pero en definitiva fantasmas.
- Sí, es verdad - dice Bebé Rocamadour
y se ovilla casi pegándose los muslos al pecho,
aunque el volumen de su barriga se lo impide -. Desde
Rayuela ya los latinos que vivimos
acá no somos los mismos. Nos persigue la tragedia
que el Gran Julio creó.
- No la creó, Bebé, la descubrió.
Ya existía cuando él la descubrió
en estas calles.
La gordura de Bebé había empezado desde
muy niño y poco tiempo después supo que
su enorme nalgatorio despertaba la lujuria de los muchachos
de grados superiores del colegio católico en
el que lo habían matriculado sus padres en Buenos
Aires. Los mayores comenzaron a engañarlo con
golosinas que "debemos comer en el baño,
para que los profesores no nos cojan", le decían,
hasta que una tarde lo sujetaron entre cuatro y cada
uno lo poseyó de un modo brutal que, recuerda
ahora, le pareció hermoso: había descubierto
que le gustaba ser montado por aquellos machos enormes
a los cuales antes veía jugar al fútbol,
sin saber que su admiración - un alborozo que
no podía explicarse entonces - llevaba escondido
también algo del deseo sexual de la hembra en
celo.
- Mi padre lo descubrió un día - dice.
No sabe cómo, pero se había convertido
en vicio llevar a otros amigos de su aula "a estudiar,
papá, que tenemos exámenes" y, ya
encerrados en su cuarto, bajarse sus enormes pantalones
y pedirles que se lo hicieran allí, en fila y
sin desesperarse, "pues sentía que yo tenía
para todos ellos, para el mundo entero si fuera necesario".
Imagina qué sentiría su padre, un abogado
respetadísimo, "de esos que salen siempre
en las noticias de pleitos importantes, que no era poca
mierda mi viejo", cuando abrió la puerta
y lo vio en cuatro montado por el negro Ezequiel, con
una fila de muchachos desnudos esperando su turno.
- Nunca me perdonó - esta vez en voz muy baja,
casi inaudible. Da una fuerte chupada al mate y lo pasa
a Olivera.
También, como ellos ahora, había decidido
suicidarse cuando hacía ya mas de siete años
de haber renegado de su único hijo.
- Lo pillaron en el baño del mismísimo
Ministerio de Justicia dejándose hacer por un
jovenzuelo acusado de robo, a quien ese mismo día
defendía en juicio.
Olivera ha tenido el mate en la mano, escuchando a Bebé
con los ojos entornados y el ceño fruncido, como
quien oye algo que le parece muy conocido. Sorbe un
poco de mate, vuelve a echarle agua caliente del termo
y lo pasa a Gregorovius.
- Historia triste esa - dice -. Hay que ver cómo
la gente se frustra por las convenciones sociales.
Nunca conoció a su padre. Desde que tuvo uso
de razón sólo recuerda a su madre: una
alcohólica que vendía su cuerpo, en los
arrabales de Corrientes, a cambio de una botella de
ron barato que se la fue comiendo por dentro hasta que
una mañana Olivera la encontró con la
boca literalmente llena de los cangrejitos rojos que
venían del río que corría a unos
doscientos metros de la casucha en que vivían
cerca del puente que unía a la ciudad de Corrientes
con Resistencia. Había sido enterrador en el
cementerio de la ciudad, compartiendo una casita de
madera con un viejo sepulturero al que de niño
le huía por sus ojos siniestros, "más
muertos que los mismos difuntos que enterraba",
asegura, hasta que se supo que aquel lúgubre
señor que aterrorizó siempre a los niños
de los barrios cercanos en las noches desenterraba los
cuerpos y les quitaba las joyas, los dientes de oro
y otras baratijas que luego vendía a un comerciante
árabe de Resistencia. Estaba pescando en el río,
por hobby, cosa que hacía todos los días,
cuando no había tantos muertitos por sepultar,
cuando alguien que no precisa bien quién fue
vino a decirle que se fuera del pueblo: al viejo sepulturero
y al comerciante árabe los había colgado
de un árbol casi milenario frente a la iglesia
del parque, como escarmiento, "y te están
buscando", le dijeron, "que dicen que seguro
también andabas en eso".
No paró hasta llegar a Posadas. Tenía
veintiún años y aún no sabía
del gusto de otros hombres. Le gustaba escribir. Por
las noches, cuando su madre vivía, garabateaba
en hojas que se robaba de las tiendas cosas que le venían
a la mente con las escasas palabras que una vecina le
había enseñado. Años más
tarde sabría que aquellos eran poemas, aunque
sólo conserva en la memoria un verso, no sabe
porqué razón.
- Como la niebla del río es mi vida - recita.
Luego, en los años en que vivió junto
al viejo enterrador, decidió escribir un diario.
- Lo conservo - dice -. Y cuando leo esas páginas
creo saber porque ese verso nunca se me olvida. Mi vida
es una niebla.
Sonaba melodramático, sí, lo sabe, pero
"mi vida es un melodrama, Maga, que si algún
novelista me conociera, se daría banquete con
mi historia". Y que por desgracia el único
escritor de fama que conoció fue un viejo poeta
de Posadas, "bien famoso por aquellos lares y hasta
con un taller literario propio", que le dio casa,
cama y comida, "como un padre al principio, muchachas,
que hasta di gracias a Dios por habérmelo mandado",
pero que a los pocos meses le dio por cobrar los favores.
Había tenido que acostarse con el viejo no sabe
cuantas veces, dispuesto a no dejar la comodidad de
aquella casona y aquella comida caliente y tanto lujo.
"Y me asqueaba, créanme", porque tenía
que oficiar de macho y sólo cuando el viejo en
una bacanal invitó a un negrazo inmenso, de sexo
descomunal, que se los sonó a los dos luego de
una estrepitosa borrachera con drogas, se dio de cuenta
que ante su vida se abría una puerta en la cual
ni siquiera había pensado.
- Supe que me gustaba ser mujer - dice.
- A todas nos gusta - aclara Gregorovius.
Era de Río Gallegos y no puede olvidar el frío.
Por las noches se sentaba con sus hermanos a contemplar
las luces del pueblo. Conversaban hasta tarde, siempre
escuchando al buenazo de Haroldo, que sacaba de la manga
historias de muertos que desandaban por las montañas
de la Tierra del Fuego desde tiempos inmemoriales, poseyendo
los cuerpos de los que habitaban aquellos parajes y
chupando sus almas.
Le daba miedo. Se acurrucaba junto a su hermano Ernesto
y sentía su verga caliente y dura, y no podía
precisar en esas noches si estaba así por su
cabeza recostada al muslo del segundo de sus hermanos
o si era por el frío: había descubierto
que cuando nevaba afuera su sexo se endurecía
bajo las sábanas y el edredón y encontraba
un placer raro en sobarse las entrepiernas. Una noche
de mucho frío Ernesto le pidió dormir
juntos. Entre las brumas del sueño dijo sí,
o algo que le pareció un sí, y sintió
cómo su hermano se arrebujaba junto a él
y todavía recuerda aquel calor hirviente y agradable
entre sus nalgas. No sabe qué lo hizo moverse
y empinar el trasero, pero sí precisa que su
hermano pareció entender en aquel movimiento
una señal, pues le bajó el pantalón
del pijama y luchó y luchó hasta que lo
penetró y comenzó a moverse.
- Desde entonces convencimos a mamá de la conveniencia
de dormir juntos para ahorrarle el trabajo de tener
que lavar tantas sabánas - dice y sorbe un poco
del mate que ha vuelto a caer en sus manos.
Con Ernesto se fue a vivir a Salta varios años
después, cuando decidieron buscarse trabajo para
ayudar a su madre, convertida para entonces en una viejecilla
reumática y con arrugas hasta en los pelos y
que nunca supo que el dinero que "le mandábamos
salía de la venta de droga en los bares de gays
y hasta en la mismísima casa que compramos en
las afueras, que se convirtió en un sitio donde
iban otros vendedores a comprarnos".
- Robaba mucho ese Ernesto - y se le aguan los ojos,
con un brillo allá adentro que la luz de las
velas mueve y hace titilar -. Lo mataron a puñaladas.
Ese día me enteré que le debía
miles de pesos al dueño de "La pampa baja",
el bar show donde teníamos laburo día
a día. Me buscaban para cepillármela.
- Vaya historias - murmura la Maga y acaricia a Bebé
Rocamadour. Cierra los ojos y disfruta con el rumoreo
de la lluvia sobre los tejados. De cuando en cuando,
el claxon de los autos intentando apurar algún
atasco, se mezcla con el ruido del agua y los silbidos
de un viento frío que, a ratos, se cuela en la
buhardilla por algún sitio que no puede determinar.
Una historia de amor. Eso era su vida. Sin traumas.
Sin malos recuerdos. Una infancia feliz junto a unos
padres tiernos, la adolescencia en compañía
de los abuelos maternos en Rosario adonde lo mandaron
a estudiar.
-
"Cerca, Rosario siempre estuvo cerca.
Tu vida siempre estuvo cerca... Y esto es verdad.
Vida, tu vida fue una hermosa vida
Tu vida transformó la mía... Y esto es
verdad
Los ojos cerrados, la voz gangosa, de rata asustada,
llorosa, como si la canción de Fito lo remontara
a unos años que creía olvidados y de pronto
están ahí.
Los demás han escuchado la canción respirando
levemente, sin tocar para nada el mate que está
detenido en las manos de Olivera. Saben que La Maga
merece ese silencio. Pueden ver hasta sus lágrimas
chispeando en sus pómulos gordos, sonrosados,
y bajan la cabeza para que ella no descubra que ellos
saben que, pese a esa historia tan rosada y dulce, su
vida, quizás, era la más miserable de
todas.
- Vine a París por amor - dice.
Lo saben. El primer cuento que les hizo fue ése:
sus amores de niño con un vecino del barrio,
Héctor, el juramento de pasión eterna
cortándose las muñecas, sangre con sangre,
con sólo doce años, los viajes semanales
desde Rosario para verlo, la suerte de poder estudiar
juntos en la Universidad de Buenos Aires, el descubrimiento
mutuo de que nada les importaba la carrera, se querían
ellos dos, solos ellos dos, y que la vida que les querían
imponer sus padres nada tenía que ver con sus
sueños de vivir juntos, de amarse cada noche,
de adoptar un bebé ante la imposibilidad natural
de tenerlos, de hacerse viejos recordando los tiempos
en que se amaban con más fuerza.
- Y que nos enterraran juntos - termina. La voz se le
quiebra con las últimas palabras.
"La vida es una mierda, ¿saben?", dice
en un tono casi inaudible, "y no es una simple
frase". Todas allí lo saben. El SIDA es
otra mierda. Si los americanos la inventaron, Dios les
enviará su castigo. "Hay que ser bien hijoeputa
para inventar algo así", agrega y le hace
una seña a Olivera para que le entregue la pipa
del mate.
- Si hubiera sabido que aquí, inyectándose
droga, Héctor cogería el SIDA, me hubiera
quedado en Argentina - dice La Maga.
- El SIDA es una gran mierda - suelta Bebé, casi
masticando las palabras.
- Sí - dice Gregorovius -, una perfecta mierda.
- La mierda más grande que existe - acota Olivera.
Pero estaban en París, la ciudad luz, la capital
de la tolerancia, el imperio de las libertades sexuales.
Detrás habían quedado los sustos de Olivera
para colarse en el barco mercante que lo trajo a Francia,
pagando el pasaje y la estancia en la bodega con felaciones
rápidas, casi multitudinarias, a los maquinistas;
el chantaje de Gregorovius al funcionario de Inmigración
que iba al sex-show buscando que lo vistieran de Sophia
Loren y lo clavaran y que le resolvió el pasaporte,
el visado y hasta el pasaje; las cartas que Bebé
mandaba semana tras semana a la tía lejanísima
que vivía desde hacía siglos en Nantes
para que le permitiera ir con ella a Francia. Estaban
en París y debían ser felices. O al menos
eso querían creer.
- Moriré en París con aguacero - recita
Olivera.
- Eso no es de Cortázar, traidora - censura La
Maga.
Y aseguró que Vallejo, por peruano y por feo,
no tendría jamás la grandiosidad del argentino.
Seguía lloviendo. En las grandes avenidas, la
luz de los autos sacaban chispas de colores a las gotas
de lluvia y creaban la ilusión de que el asfalto
estaba cubierto por una inmensa nata de plata luminosa,
fosforescente. A esa hora de la noche, sobre la tumba
de Cortázar, abrimos la botella de Havana Club,
y luego de que echara el poquito de ron "para los
santos cubanos, colegas", les dije, nos sentamos
a compartir un silencio sólo interrumpido por
el chocar de la botella con los dos vasitos de cristal
que La Maga, siempre previsora, se había robado
del café donde nos encontramos.
- No queremos que unos machazos como ustedes se contagien
con este bicho que llevamos dentro, niños - dijo
Olivera.
- Y tampoco soportaríamos la culpa de que por
una simple acostadilla con nosotros, se infectaran y
perdieran el chance de ganarse el Nobel cuando lleguen
a viejos - agregó La Maga.
Justo ese día, como muchos otros desde que se
supieron enfermas, habían decidido salir a descargar
su odio acumulado contra el mundo. Querían que
el SIDA se esparciera sobre toda la ciudad como esporas
que florecerían bajo la primera llovizna, que
cada pedazo de carne humana que se moviera en aquel
lugar padeciera la infección, que el mundo todo
cabalgara por la vida marcado por la pandemia, para
que sintieran en la mismísima sangre lo triste
de ver los sueños arrojados a un estercolero
de olvido y mierda, para que supieran cómo es
vivir bajo el saludo cotidiano y fastidioso de la Muerte
contemplando sus pasos, esperando en una esquina, sonriente,
convencida de su triunfo.
- ¿Y Cortázar? - preguntó Edmundo.
- ¿Qué pasa con Julio? - quiso saber Olivera.
Se dio un trago largo que mantuvo en la boca, como quien
pretende hacer gárgaras con el líquido,
pero finalmente lo tragó de golpe y pasó
el vasito vacío a Bebé Rocamadour.
- ¿Estarían dispuestos a contagiar a Cortázar?,
si pudieran revivirlo, claro - aclaró Edmundo.
Gregorovius mueve la cabeza, negando, con la vista baja
hacia el embaldosado del piso. Está sentado en
una de las tumbas cercanas y luego busca con la mirada
las letras que dan fe de la muerte del argentino.
- Lo que se venera no puede agredirse - dijo.
- Con Julio no - contestó Bebé.
- El odio no alcanza a lo que tanto se ama - sentenció
Olivera.
- No lo entienden - dijo La Maga -. Cortázar
es el Dios. De algún modo somos sus marionetas.
- No puede atentarse contra Dios - volvió a sentenciar
Olivera.
Cuando abandonamos el cementerio, una fría llovizna
seguía cayendo sobre los edificios y las avenidas,
y las luces de los carros atravesando las gotas de lluvia
pintaban la ciudad con ese tono nocturno, típico
de las postales turísticas. "Es patético",
murmuró de nuevo Edmundo y asentí. Desde
que había hecho aquella pregunta: "¿Y
Cortázar?", los esperpentos del argentino
se habían desnudado, grises y mustios en su única
piel de hombres travestidos, como fantasmas condenados
a vagar bajo una luminosidad falsa, por primera vez
en silencio desde que los conocimos. Se veían
tristes. Bebé Rocamadour iba delante, como siempre
junto a La Maga, ahora sólo tomados de las manos
y mirando los lumínicos y los autos que pasaban
junto al ómnibus que tomamos de regreso a este
bar. Gregorovius también miraba afuera, la cabeza
recostada contra el cristal de la ventanilla, los ojos
perdidos en el movimiento nocturno de las avenidas.
Olivera se había recostado a su hombro y dormitaba,
o quería hacer ver que el sueño intentaba
dominarlo.
- La vida es una mierda, niños - dice La Maga
y se moja los labios, metiendo la lengua en el trago
de whisky a la roca que acaba de servir una muchacha
alta y muy flaca, casi esquelética, típica
francesilla de barrios pobres.
Nadie agrega nada. Olivera y Gregorovius han vaciado
la cola y ahora asumen la pose más varonil que
les permite sus trajes de viejas prostitutas. Bebé
chupa su whisky con un absorbente, con los ojos clavados
en el trasiego tumultuoso de los carros en la avenida,
justo frente a nosotros. La Maga tiene la mirada fija
en el líquido amarillento de su vaso.
- ¿Para qué engañarnos? - dice
-. Cuando uno se va de donde nace, se arranca muchas
cosas. Nosotros huimos del hombre que fuimos allá,
y aquí estamos. Seguimos siendo lo único
que podemos ser: hombres. Y esta ciudad no tiene esa
libertad que tanto soñamos. Tanto que lo leímos,
y nunca nos quisimos dar cuenta de que Rayuela
era eso: la crónica de un fracaso. París
no es una fiesta. Es una mierda.
- París es una enorme metáfora, niños
- vuelve a decir Olivera -. Ese fue el único
mensaje del Gran Julio que nunca quisimos entender.
Hasta la noche anterior. La Maga había descubierto
bajo sus ojos unas enormes arrugas y se lo había
dicho a los otros: "Me estoy poniendo vieja, ¿saben?".
Y se fue desvistiendo, prenda a prenda, buscando en
cada parte de su cuerpo, desesperada, nerviosa, el signo
de que los años no pasaban en vano, y se espantó
ante la certeza de que la vejez iba dejando de ser una
posibilidad remota para enseñarle su cara amarga,
raída. Todos se desnudaron. Fueron pasando frente
al espejo grande que La Maga había colocado ante
la cama para contemplarse poseída en las largas
noches de amor con sus conquistas, buscaron y encontraron,
y se sentaron en el suelo alfombrado de la buhardilla,
todavía desnudos, aterrados por la idea de que
alguna vez serían unas viejas horribles, nada
deseables, a quienes entonces no llamarían "hermosas
putas" y sí "mariconas arrugadas".
- Por los cronopios - dice La Maga luego del espeso
silencio que siguió a su largo discurso -. Por
estos hermosos cronopios que nos han tratado como a
mujeres ilustres - agrega, señalándonos.
Las cuatro levantan los vasos hacia nosotros y pronuncian
un "salud" que suena triste y bajo, casi carrasposo.
- Y por el Gran Julio - dice Edmundo y levanta su vaso.
- Por las putas más hermosas de esta mierda de
ciudad - digo, y siento que el silencio regresa otra
vez a nuestra mesa, espeso, acuoso como esa lluvia que
golpea allá afuera aceras y autos, y no sé
porqué, pero creo adivinar una humedad luminosa
en esos ojos pintarrajeados que nos miran y chocan sus
vasos de whisky con los nuestros.
Pido permiso y avanzo entre las mesas hasta el baño.
Edmundo me sigue. "Es patético", vuelve
a decir. Y asiento. "Y del carajo, hermano, que
uno viene a París buscando una cosa y te encuentras
a unas locas que te sacan las lágrimas",
digo, y también asiente. Entro en una taza y
descargo el líquido de mi vejiga, casi con rabia,
como intentando vaciarme, contra la loza blanquísima
del inodoro. Luego voy a lavarme las manos, la cara,
y después dejo que el vapor me caliente los dedos,
con los ojos cerrados, respirando profundo, como preparándome
para seguir escuchando algo que ya empieza a molestarme:
"nunca he soportado ser paño de lágrimas
de nadie", le digo a Edmundo y lo veo asentir de
nuevo.
Cuando regresamos a la mesa ya se han ido. Volpi parece
mirar el aguacero que ha arreciado sobre la ciudad y
que ahora se percibe como un zumbido fuerte, monótono,
llegándonos en ventoleras muy frías, cargadas
de humedad. El gordo Francisco tose y nos mira: "no
soportan la lástima", dice, "por eso
se fueron". "De todos modos, esta misma noche
se lanzarán desde la Torre", comenta Volpi.
"Vámonos al hotel", digo, "estoy
hecho leña". Y todos asienten.
Quizás ya hayan saltado desde la Torre Eiffel
y ahora estén volando sobre París. Las
cuatro envueltas en la realidad de volar sobre un sitio
que tantos sueños les ha frustrado. De camino
al hotelucho en las afueras, mientras veo pasar los
autos, mientras contemplo a las putas protegerse de
la lluvia bajo los toldos de los bares y comercios cerrados
a esta hora de la noche, a varios grupos de turistas
caminando como zombies bajo el aguacero intentando capturar
el olor nocturno de este emporio de la luz, y a los
carros, carros y más carros de este lugar del
mundo, voy pensando en que quizás tenían
razón: París no existe sin el Gran Julio,
Rayuela y las cuatro putas más
ilustres que hayan pisado jamás estas calles
mojadas con sus pasitos de damiselas mustias. Me digo
que cuando estén como ellas querían: escachadas
sobre el asfalto, con los sesos desparramados por todas
partes y la sangre coagulándose en grandes grumos
que todos mirarán como un espectáculo
más que ofrece esta ciudad, no podrán
imaginar, por suerte, que cuando la luz del día
vuelva a sacar reflejos metálicos a la Torre
Eiffel, y se propague como una neblina luminosa sobre
todas las cosas y las gentes, sólo un mísero
periódico marginal, en un pequeñísimo
recuadro en una esquina nada visible de la última
plana, anunciará: cuatro inmigrantes argentinos
se suicidan lanzándose desde la Torre Eiffell.
Tampoco yo quiero imaginarlo. Por eso recuesto la cabeza
al cristal de la ventanilla de este taxi y cierro los
ojos. Afuera llueve. París, pese a todo, sigue
siendo una fiesta de luz y frío, mucho frío.
Amir
Valle, La Habana y 2002
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