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Sigfredo Ariel ganó el premio de poesía Nicolás Guillén el pasado año con un cuaderno donde resumía los textos que, desperdigados, quedaran de sus andanzas de humano a traves de los tortuosos años de la década de los 90. Manos de obra fue el resultado del sobrecogimiento del hombre ante su tiempo, y posee evidencias de la madurez definitiva de un escritor que desde los 80 cubanos destacaba por su particular apego a una poesía intimista, irónica y de innegable caladura en los surcos de la vida cotidiana, de los márgenes o eso que llevan y traen por ahí con el cartelito de "lo popular". La isla en peso quiere hacer cómplices a sus lectores de la obra de Sigfredo con una selección de esos textos, del producto de tantas manos de obra.

 
 
El Oasis
 
Manos de obra
Sigfredo Ariel

Con ella de la mano estás llegando siempre
a la posada EI Oasis

desdoblas tu dinero frente a dos o tres hombres
con cabeza de buey

te proponen alcohol de manera amistosa
eres el hombre
vino casero de bárbaras cosechas

en días de escasez en nudo de penuria
extienden unas llaves con sus manos flojas
no dan más.

Para ella estiras la sábana enemiga
para ella extiendes un campo de henequén.

No ha venido hasta aquí para tomar lecciones.

Un espejo en el techo y otro al frente
y otro espejo del cual entras y sales
eres el pez
contienes la emoción
pez que nadas hacia todas direcciones
aunque poseas un nombre inverosímil
y alguna cicatriz en la barbilla
eres quien da la cara
o sea un semidiós.

A menos que ella olvide intentarás dormir
a la manera persa a menos que consigas
un tesoro de agua para toda la noche
eres el aguador
te abrazas al extraño cuerpo semejante

no había sucedido
en ninguna otra noche pero sucede siempre
hazte a la idea

dura la víspera demasiado dura.

 

 
Pura literatura
 
Cumpleaños de Omar Pérez

Tras haberse fugado con los indios, los poetas
acuden al olor de un vino abominable.

La interminable
lista la repasa H.D. leyendo con las tetas.

Se reúnen los muertos con los vivos
con lo que no se sabe: aún los convidados
se permiten el goce primitivo
de escribir en ciertos días. Están sentados
los mejores pejes entre gente del hampa
discos del setenta y del ochenta
segundones de cine y algún bonzo.

A la derecha yo, que cuento treinta.
Del otro lado tú, al borde de la estampa
y entre nosotros dos, un tal Carlos Alfonso.

 

 
Fumador activo
 

Buenas noches en pleno mediodía
si es que pueden conciliar el sueño
buenas noches, ciudad, quiero decir
recuerdo cada una de aquellas madrugadas
en que estuve sin deseo alguno
escuchando por ustedes a Air Supply
copiando un disco de zarzuela, revisando
unas líneas construidas con emoción
quiero decir, con emoción fingida
engendrando trabajosamente los domingos
libretos de radio, no los hijos.

Luego el bar hórrido -Cibeles- donde nos
mezclamos con aquellos viejos
con el pelo azafrán, actores de comedia
devenidos actores de dramas colectivos
y esperar en el lobby que el estudio
despegara los labios, su caverna enorme
para ser la princesa y su amante, los caballos
augustales, el púrpura de sus bocas
una sangrienta mano que da fin a la garganta
y luego un cierre musical y el crédito

no me quejo no me quejo no me quejo
he mantenido durante todo este tiempo
la posición de firmes pero cómo no fumar.


 
Bajo el cielo de Cáncer
 

Yo esperaba sentado
ver caer sobre la acera cualquier cosa:

la mano que va al hombro
un globo chino de papel
ver al Arquero persiguiendo un vaho.

Bajo el cielo de Cáncer, en Cuba
cualquier cielo

ellos también entonces esperaban
quién sabe al final de un corredor
en la oficina calurosa de los segundos pisos

ni arrastrándose por las yerbas ya
ni batiendo al tigre o al camión blindado

ellos también mientras dormían
los honrados y los simuladores

probablemente más jóvenes que yo

entre sus desconocidos y sus indiferentes
cuando el cielo de esa noche se encajaba
gran carámbano
en la esquina principal

vi cruzar la gente hermosa
niñas, reclutas
que atraviesan San Rafael
cuando amanece
amando a gente simple
adolescentes, dioses
sin ninguna gloria.

 
Cónyuges
 

Sospecho de quien amo y está dormida al fondo
-lo pueden comprobar- mientras el aire
desordena su cabeza convenientemente.

Es ella quien gobierna
la ilusión de una casa construida en el extremo
es ella quien viene a alimentar
el trajín del cerrojo interminable
mientras roncan y espían los barrios de Belén
y Cayo Hueso afuera.

Ella es quien hace funcionar
la vieja maquinaria metafísica.

Hace poco perdí de vista el huerto
que venía cultivando con aplicación
y había rociado con agua verídica

litoral heroico defendido por mí
de la invasión oscura:
del brazo de un remero
que ha sido fatigado muchas veces
por el mismo menester.

Mi brazo permanente.

Sospecho de quien amo.
He puesto para ello renovado empeño.

 

 
La mano en realidad
 
Cuando mi alma no sufría
Canción de C. Delfín

Si una tarde
das la mano a leer a una persona

y encuentra en tu palma sorprendida
la figura de un pez abierto en dos grandes mitades
expuesto a la intemperie como una ruina

o un condenado a la dura penitencia
de la contemplación .
es posible que recuerdes "cuando mi alma no sufría".

Es posible
si dieras la mano en realidad
quiero decir la entregues
al idioma aquel oscuro
que entienden los que nada saben

ni interpretan siquiera
que un pez o un hombre condenado
nos devuelven a la antigua temporada
en que estuvimos
lobo hermano cuerpo encima de una rueda
mantenida a duras penas, indócil equilibrio

pendientes todavía del teléfono
el fax, el pasaporte
con sus lenguas tortuosas
que la mano no entiende
que nunca va a entender.

Habrá un modo de evadir estas alegorías
yo no me sé esa ruta.

Habrá un modo de burlar al idioma sin clemencia
que echa una sombra doble y edifica corrales de cartón
y escaleras de yeso

paredes de mi casa en realidad, lengua en que estoy

golpeo con el hombro
con la espalda animal
con un cuajo en la boca
de sangre por supuesto
celda, idioma, ergástula:

si quisieras podrías describir con esta mano
algo del tiempo aquel cuando "mi alma "
mi alma en realidad
no sufría

por nada.

 

 
Las negras uvas
 

Para Naty y Jesús

El río ya no fluye heraclitano ni la Torre de Oro
es una edificacion sino una luz.

Las calles transcurren como las fotografías
de los padres, fiestas con mis desconocidos
y los muertos.

Llegamos a la casa de San Juan, pueblo ínfimo
metido en las costillas de itálica famosa

comemos cosas dulces bajo la parra bruna
la casa es oreada y diligente, parece levantada
sobre un gran silencio.

Las manos se dan, recién hechas: moriscos y judíos
negros y cristianos, tienen suerte.

Carnes siempre vigilantes / vigiladas siempre
a punto de abrirse como uvas al sol

las negras uvas en cierta patria en cierto patio
estirpe peregrina de una parra que hincamos
en el suelo y en la tierra apasionada

en realidad donde se pueda plantar algo
donde permitan plantar algo y que se dé.

 

 
Textangust
 

La mano que va al hombro y luego escribe
suele a menudo adormecerse.

Liberada de su peso, si acaso sobrevive
podrá verse
a mitad de una cabriola en manos
de un halcón, la sombra de otras garras.

Mi forma se disuelve
ante ojos que aparentan ser humanos
y otra mano acróbata va y vuelve
sigilosa del amor o del desierto.

Corta, limpia los garfios, ablanda sus amarras.

Aplaude un poco la gente
impresionable, la población avara
abandona la estancia.

Ante la muy manoseada soledad
la noche baja
un ruido de monedas (dos o tres).

La mano aprende así a sacar cierta ventaja
del circo personal, del azar y el estrés.

Conoce que a los años de su edad
los diáIogos consigo carecen de importancia.


   
LAS ESTACIONES
 

Camajuaní

Recuerdo la época de las cosechas
cuando separábamos la ceniza de los frutos

la pulpa de los ojos endulzaba la almendra
la ceniza feroz sobrevolaba en círculos

después íbamos a entrarnos en el río
y olvidábamos cosechas y vapores del horno

entrábamos al río, entrábamos
uno en otro bajo las cañas verdes que en la altura
chocaban sus troncos jóvenes, su fronda delicada.

Planes para esta noche: comer con la familia
deplorar la palidez, los brazos delgadísimos

para esta noche: camisas blancas limpias
zurcidas por la madre
el parque de provincia y el arribo del tren.

Recuerdo la época de las cosechas
la ceniza, los frutos, la gente impredecible
nada más.

 

Acerca de algunas perspectivas

Qué dijeron una vez sobre el filo del sable
de las chispas en las ruedas de aquel tren
que se hunde en la maleza cavilando

qué decían que éramos entonces
qué alentaban en nosotros con los brazos en cruz
qué juraban sobre las constantinoplas
adonde arribaríamos

qué dijeron una vez sobre la casa nuestra
de las playas fluorescentes
donde cada quien se reconocería

qué dijeron de la fiera aguijoneada
de la gente en círculo, de lo que dura una mano
buscando la otra mano en esta oscuridad

que decían por fin perdiéndose en el maniguazo
mientras cargamos nuestra pipa con la flor
y el agua arrastraba nuestra balsa
hacia el agua interminable.

 

Inclinaciones del rey

Sentado en la punta de sus dedos
un hombre que no es precisamente soberano
observa la escritura que va dejando uno
y Ie parece hermosa, razonablemente absurda
como la pasión de una princesa por un joven
apuesto jardinero pero que no está bien.

Cuece sus pocas viandas el monarca
detrás de un lago falso que contornea un cisne.

Desciende con dificultad los escalones
pasa entre nosotros dos en dirección del patio
murmura contra el fisco
contra el agua acumulada en mi canasta:
la escritura, la música, el dibujo
se detiene en la puerta, nuestra puerta

y lanza un puñado de maíz
en medio de los pollos salvajes.

 

Provisiones

En mesas de otra gente comí con juventud
casi comí con alegría y tuve a mi mujer
en la cama de los padres

y una vez tuvimos una casa, un caballo
que tiraba del carro en las tardes encendidas

una mesa para dividir el pan, un solo vaso
de beber, de arcilla

este es el torno, mira, la rueda de afilar
esta cuerda sirvió para bajar la forma sierva
a la raíz del pozo

en mesas de otra gente chocamos
como dos jarras que desbordan cerveza

y los campos cuajaron del arroz
y en los pantanos unas garzas enormes
esconden a sus crías

es verdad
ya no se puede controlar a los que amas.

Cuando el día se filtraba en las junturas
yo oteaba el horizonte viendo mar
alrededor y viendo mar sobre nosotros

y bajo nuestros pies

una sombra del tamaño de un hombre
que oía y desoía cómo es
levantar en una cuarta de arena
la familia.

 

Sigfredo Ariel (Santa Clara, 1962) Tiene publicados los libros de poesía Algunos poco conocidos (1987), El cielo imaginario (1996), Las primeras itálicas (1997), Hotel Central (1998) y Los peces & la vida tropical (2000). Es además realizador de radio y productor discográfico, oficio en el cual se ha embarcado en el rescate de la música tradicional cubana.

 

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