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Camajuaní
Recuerdo
la época de las cosechas
cuando separábamos la ceniza de los frutos
la
pulpa de los ojos endulzaba la almendra
la ceniza feroz sobrevolaba en círculos
después
íbamos a entrarnos en el río
y olvidábamos cosechas y vapores del horno
entrábamos
al río, entrábamos
uno en otro bajo las cañas verdes que en la altura
chocaban sus troncos jóvenes, su fronda delicada.
Planes
para esta noche: comer con la familia
deplorar la palidez, los brazos delgadísimos
para
esta noche: camisas blancas limpias
zurcidas por la madre
el parque de provincia y el arribo del tren.
Recuerdo
la época de las cosechas
la ceniza, los frutos, la gente impredecible
nada más.
Acerca
de algunas perspectivas
Qué
dijeron una vez sobre el filo del sable
de las chispas en las ruedas de aquel tren
que se hunde en la maleza cavilando
qué
decían que éramos entonces
qué alentaban en nosotros con los brazos en cruz
qué juraban sobre las constantinoplas
adonde arribaríamos
qué
dijeron una vez sobre la casa nuestra
de las playas fluorescentes
donde cada quien se reconocería
qué
dijeron de la fiera aguijoneada
de la gente en círculo, de lo que dura una mano
buscando la otra mano en esta oscuridad
que
decían por fin perdiéndose en el maniguazo
mientras cargamos nuestra pipa con la flor
y el agua arrastraba nuestra balsa
hacia el agua interminable.
Inclinaciones del rey
Sentado
en la punta de sus dedos
un hombre que no es precisamente soberano
observa la escritura que va dejando uno
y Ie parece hermosa, razonablemente absurda
como la pasión de una princesa por un joven
apuesto jardinero pero que no está bien.
Cuece
sus pocas viandas el monarca
detrás de un lago falso que contornea un cisne.
Desciende
con dificultad los escalones
pasa entre nosotros dos en dirección del patio
murmura contra el fisco
contra el agua acumulada en mi canasta:
la escritura, la música, el dibujo
se detiene en la puerta, nuestra puerta
y
lanza un puñado de maíz
en medio de los pollos salvajes.
Provisiones
En
mesas de otra gente comí con juventud
casi comí con alegría y tuve a mi mujer
en la cama de los padres
y
una vez tuvimos una casa, un caballo
que tiraba del carro en las tardes encendidas
una
mesa para dividir el pan, un solo vaso
de beber, de arcilla
este
es el torno, mira, la rueda de afilar
esta cuerda sirvió para bajar la forma sierva
a la raíz del pozo
en
mesas de otra gente chocamos
como dos jarras que desbordan cerveza
y
los campos cuajaron del arroz
y en los pantanos unas garzas enormes
esconden a sus crías
es
verdad
ya no se puede controlar a los que amas.
Cuando
el día se filtraba en las junturas
yo oteaba el horizonte viendo mar
alrededor y viendo mar sobre nosotros
y
bajo nuestros pies
una
sombra del tamaño de un hombre
que oía y desoía cómo es
levantar en una cuarta de arena
la familia.
Sigfredo
Ariel (Santa Clara, 1962) Tiene publicados
los libros de poesía Algunos poco
conocidos (1987), El cielo
imaginario (1996), Las primeras
itálicas (1997), Hotel
Central (1998) y Los peces
& la vida tropical (2000). Es además
realizador de radio y productor discográfico,
oficio en el cual se ha embarcado en el rescate de la
música tradicional cubana.
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