Para
Antonio, y la música
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| Día
de Reyes
Grabado
de época
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En
La isla que se repite (1996), Antonio
Benítez Rojo define la región caribeña
en términos del ritmo y el polirritmo, variaciones
melódicas que remiten no solamente al tempo
de la música caribeña, sino que apuntan
a la compleja concatenación de razas, culturas,
y pueblos que componen el "meta-archipiélago"
del Caribe. En un doble compás, la noción
de ritmo y polirritmo se convierte en la metáfora
mas apta para representar los altibajos de la historia
caribeña, la conexión transatlántica
fraguada en la trata de esclavos, y, en consecuencia,
el paso asimétrico y asincrónico hacia
la modernidad.(1) Paralelamente,
la noción del complejo cultural del Caribe
como producto y entrecruce de un complejo ritmo de
producción deriva de los estudios socioeconómicos
sobre la plantación azucarera, en los cuales
se destaca el cambio cuantitativo entre la plantación
y la Plantación que dio origen a la gran factoría
a mediados del siglo XIX (Moreno Fraginals, Benítez
Rojo). A la vez, la noción del polirritmo se
hace eco de la teoría de la transculturación
ideada por Fernando Ortiz para explicar el entramado
cultural del Caribe.(2) En su
ya clásico estudio, Contrapunteo cubano
del tabaco y el azúcar ( 1963) , la
danza entre azúcar y tabaco sirve de clave
para auscultar la nacionalidad y la cultura cubanas,
danza que culmina en el ron como producto híbrido
entre azúcar y tabaco, metáfora genética
que proyecta, a la vez, a un sujeto nacional.(3)
No obstante el peso e influencia de las teorías
de Ortiz, en la historia literaria caribeña
el baile africano emerge con igual vigor como metáfora
del proceso de transculturación entre Europa
y América, dando lu- gar a los pueblos y cultura
del Nuevo Mundo, y al sesgo original de la cultura
caribeña como actuación o espectáculo.(4)
En este ensayo, me interesa trazar la imagen de la
danza africana en tres momentos de nuestra historia
nacional -mediados del siglo XIX, mediados del siglo
XX, y posterior a la revolución del ' 59- y
en tres géneros representativos: el relato
antropológico, el grabado de la época,
y la poesía afroantillana de autoría
femenina. El propósito de mi investigación
es mostrar cómo la danza ha figurado en el
imaginario nacional como emblema e icono de la transculturación.
Las variaciones de la danza sugieren, asimismo, un
gesto artístico que afianza y afirma la presencia
africana en el Caribe a la vez que resiste y subvierte
-a la manera de un rito incantatorio- el doble yugo
del colonialismo y la esclavitud. Primero me remonto
a las cartas de Félix Tanco a Domingo del Monte,
quien apunta la influencia africana en los bailes
de salón de la sacarocracia matancera. Como
"disidente" de la tertulia habanera, Tanco
es el primero en señalar la lenta compenetración
en lenguaje, gestos, y costumbres gestándose
entre negros y blancos mas allá de la rígida
barrera que dividía a amos y esclavos. A partir
de esta poética de la transculturación,
me remito a la imagen plástica, especialmente
al famoso grabado de Frédéric Mialhe
sobre el "Día de Reyes," deteniéndome
en la figura del diablito como eje y punto climático
de la representación. Comparo el texto pictórico
con el ya clásico estudio de Fernando Ortiz,
La antigua fiesta afrocubana del "Día
de Reyes", quien destaca el significado
de esta fiesta como rito colectivo de liberación
y afirmación del sentir africano. La tercera
parte del trabajo recurre a la poesía escrita
por mujeres, y especialmente a la obra de Nancy Morejón,
como réplica al silencio milenario a que se
ha sometido la "Mujer negra."
Desde una perspectiva antropológica, el baile
africano escenifica el encuentro entre Ser y Otro
-problemática que aflora en principalmente
en el relato de viajes decimonónico y en el
arte visual de la época, especialmente el grabado
colonial. En el siglo xx, en cambio, la poesía
negra incorpora el baile africano dentro de la
dinámica del verso como figura que proyecta
el ideal racial y cultural del mestizaje, y por tanto
como emblema de la unidad caribeña. Los "poemas
espectáculos" de Nicolás GuilIén
escritos durante los años 30 y 40 escenifican
una práctica literaria de la transculturación,
un "ritmo transculturado" a la vez que una
"transculturación del ritmo," es
decir, un espectáculo (en el sentido del inglés
performance) , o puesta-en-escena del cruce
de razas que tipifica el Caribe. En la literatura
caribeña del siglo XX, entonces, el baile africano
funciona como metáfora privilegiada del sentimiento
de pertenencia e inclusión, mas allá
de las tensiones raciales y jerarquía social.
Después de 1959, poetas como Nancy Morejón
re-escriben la expresión lírica de la
danza, en un gesto liberador que reclama el cuerpo
de la bailarina, colocándola no solamente al
centro del espectáculo sino también
dotándola de plena subjetividad. Críticas
como Vera Kutzinski han detectado en la poesía
afroantilIana la representación unilateral
de la mujer mulata como objeto del deseo e instrumento
del placer, de esta manera silenciando su voz y eliminando
su capacidad de actuación histórica.
(5) En réplica a esta
imagen un tanto estereotípica, el poemario
Elogio de la danza (2da ed., 1996)
de Nancy Morejón, retrata a una bailarina enérgica
que resiste las imágenes pasivas, casi mecánicas,
de "la negra Tomasa" descrita en La
rumba de José Zacarías TalIet.(6)
A través de un ritmo que parece emanar de las
potencias femeninas afrocubanas, la poesía
de Morejón remite a un nuevo ideal de la nacionalidad.
Remontémonos, entonces, al siglo XIX, cuando
se forjan los proyectos nacionales en la antesala
de la Independencia. De acuerdo a Benítez Rojo,
la novela juega un papel fundacional en el discurso
del na- cionalismo hispanoamericano, ya que sirve
como vehículo retórico para integrar
los elementos heterogéneos que pugnan por expresarse
en medio de los múltiples proyectos nacionalistas
forjados antes y después de la Independencia.(7)
Al frente de este deseo de la nación emerge
una serie de figuras literarias (predominantemente
masculinas) que encabezan el discurso nacional.(8)
En Cuba, este papel inaugural lo cumple la tertulia
de Domingo del Monte, reunida en La Habana en los
años 1835-1844 bajo el ojo vigilante de la
autoridad colonial. En su función de mecenas
y animador cultural, Domingo del Monte lanza un proyecto
narrativo en torno a dos géneros complementarios:
por un lado, el costumbrismo, una literatura
criolla y criollizada dirigida a representar tipos
nacionales como el guajiro o el calesero;
por otro, la narrativa antiesclavista, que resistía
el embate de la industria azucarera al denunciar la
transgresión de normas de conducta ética
en una sociedad basada en el trabajo esclavo. Ya es
conocida la colaboración de Del Monte con Richard
Madden, cónsul británico en La Habana,
quien se prestó a publicar en Inglaterra una
serie de obras censuradas en la isla. Menos difundido,
quizás, es el conflicto del grupo delmontino
frente al imperativo de incluir al africano dentro
del "tiempo de la nación." Cuando
en 1829 se prohíbe la iniciativa de los intelectuales
criollos de formar una Academia de Literatura Cubana
autónoma del poder colonial, Del Monte recurre,
precisamente, a la imagen de la danza para alegorizar
el frustrado impulso nacionalista:
Se
ha consultado al gobierno sobre su establecimiento,
y se ha negado el permiso. -"Los negros no bailan"
puso Cienfuegos a un memorial que le presentaron los
negros pa hacer un bayle.(9)
Le
debemos a Félix Tanco y Bosmeniel, el "disidente"
de la tertulia delmontina, la visión mas innovadora
de un proyecto integrador de lo nacional. La contemporaneidad
de su mirada quizás radique en el hecho de
que Tanco pudo presenciar los brotes de rebelión
en los ingenios de Matanzas durante los años
1840, ya que residía en esta provincia, justo
en el corazón de la "Cuba grande"
al este de la isla.(10) Debido
a su posición privilegiada, Tanco pudo reconocer
muchos antes que los otros contertulios la presencia
e influencia de las diversas poblaciones africanas
arrastradas a las costas de Cuba. Hasta cierto punto,
entonces, los escritos de Tanco -perdidos hasta 1925,
cuando se publica el primer relato de su tríptico,
Escenas de la vida privada en la isla de Cuba-
resisten el proyecto de unidad nacional propuesto
por Del Monte y sus congéneres.(11)
Actitud contestataria que aflora en una apurada carta
escrita en 1837 que Tanco dicta a Del Monte desde
Matanzas. En esta carta, piedra angular de una "poética
de la transculturación" Tanco le advierte
a Del Monte acerca del impacto creciente de la cultura
africana, aún dentro de la sociedad criolla.
En la visión de Tanco, esta influencia se palpa
mas allá de la estricta jerarquía de
clase y de raza que dividía a la sociedad esclavista
de la época. De acuerdo a Tanco, la presencia
africana no se podía ni eliminar ni suprimir
superflua o pasivamente, ya que esta había
saturado toda la esfera de la sociedad criolla, manifestándose
en gestos, danzas, giros lingüísticos,
hasta en los ritos sociales de la alta sociedad. No
hay prueba mayor de la influencia africana, prosigue
Tanco, que en la danza celebrada en los elegantes
salones de la sacarocracia criolla, rito que aún
entonces se consideraba emblema de una emergente conciencia
nacional o sentido de cubanía: "La
influencia se advierte en nros. bailes, y en nuestra
música." El ágil ritmo de la contradanza
provoca la siguiente pregunta: "¿Quién
no ve en los movimientos de nuestros mozos y muchachas
cuando bailan contradanzas y valses, una imitación
de la mímica de los negros en sus cabildos?"(12)
La conclusión de Tanco -"todo es africano"-
anticipa la imagen de la danza en Nicolás Guillén
como metáfora de la intensa compenetración
entre blancos y negros en Cuba. Vocero de la vanguardia
poética que desata el vigor de la cultura afro-cubana,
Guillén adelanta el concepto de una "Cuba
mulata" consecuencia de la fusión entre
el elemento hispánico y el africano. Desde
Motivos de son hasta Sóngoro
Cosongo, poemarios publicados en 1930 y 1931
respectivamente, el son, ritmo transculturado
compuesto por el polirritmo africano y el coro que
acompaña los cantos celebratorios, y de una
forma poética heredada de España, deviene
el símbolo de la transculturación y
de la "mulatez" de la cultura cubana. Escuchen
el eco entre la poética integradora de Tanco
y el "Son número 6":
Los negros en la Isla de Cuba son nra. Poesía
y no hay que pensar en otra cosa; pero no los negros
solos, sino los negros con los blancos, todos revueltos.(13)
Estamos
juntos desde muy lejos,
jóvenes, viejos
negros y blancos, todo mezclado.(14)
De
esta manera, la amalgama racial y cultural propuesta
por Tanco a mediados del XX aflora un siglo más
tarde en los versos del poeta nacional. Tanto Félix
Tanco como Nicolás Guillén acuñan
la imagen del baile como sitio privilegiado de la
transculturación, no en términos de
un efecto posterior al espectáculo, sino, todo
lo contrario, como agencia o práctica cultural
activa que pone en marcha un ritmo transculturado.
Repasemos brevemente la teoría propuesta por
el antropólogo Fernando Ortiz en su Contrapunteo
cubano del tabaco y el azúcar (1940),
para quien el término "transculturación"
mediatiza la noción unidireccional de flujo
y contacto cultural implícito en el término
aculturación, en boga en la literatura antropológica
de la época.(15) Pocos
han notado que el término "transculturación"
tiene un doble filo en Ortiz: en primer lugar, designa
el complejo flujo y reflujo migratorio que han conformado
la identidad cubana, y, por extensión, la caribeña.
De esta manera, este primer sentido de transculturación
lo acerca a definiciones contemporáneas del
fenómeno de la diáspora, especialmente
cuando el autor declara que "[l]a verdadera historia
de Cuba es la historia de sus intricadísimas
transculturaciones."(16)
Ortiz presenta una cápsula histórica
de los tres principales movimientos diaspóricos
que convergen en Cuba para conformar su compleja identidad
cultural: el exterminio de la población indígena,
el ánimo colonizador del español, y
el violento cruce en el barco negrero impuesto a los
africanos, a los que se unen la importación
de trabajadores asiáticos hacia el principio
del siglo XX unido al constante vaivén de inmigrantes
europeos. Tanto el Contrapunteo cubano...
como el ensayo "Los factores humanos de la cubanidad",
publicado en la Revista Bimestre Cubana en 1940, apelan
a una nueva práctica de la antropología
en tanto expresan una profunda empatía por
la suerte de esas poblaciones dramáticamente
desarraigadas a causa de la es- clavitud:
[L]a
transculturación de una continua chorrera humana
de negros africanos, de razas y culturas diversas,
procedentes de todas las comarcas costeñas
de África, desde el Senegal, por Guinea, Congo,
y Angola,[...] hasta las de Mozambique [...] .Todos
ellos arrancados de sus núcleos sociales originarios
y con sus culturas destrozadas, oprimidas bajo el
peso de las culturas aquí imperantes, como
las cañas de azúcar son molidas entre
las mazas de los trapiches.(17)
De
acuerdo a Ortiz, el flujo demográfico que resulta
de una emigración forzada determina el segundo
sentido del término "transculturación",
el que ha sido apropiado, a la vez, por los estudios
culturales: "los variadísimos fenómenos
que se originan en Cuba por las complejísimas
transmutaciones de culturas que aquí se verifican".
(18) Proceso compuesto, a la
vez, por un doble movimiento: "la pérdida
o desarraigo de una cultura precedente", con
"la creación de nuevos fenómenos
culturales", resultando en una tercera cultura
"híbrida" que comparte características
de ambas.(19) Esta segunda acepción
del término está a solo un paso de la
hibridez cultural o fusión racial y social
implícita en la poética de Tanco y en
la poesía de Guillén.
En La isla que se repite, Antonio
Benítez Rojo se hace eco de la teoría
antropológica de Ortiz al explicar el impacto
de la sociedad azucarera en la cultura caribeña:
En
las condiciones de Plantación, a pesar del
enorme porcentaje que alcanza el número de
esclavos con respecto a la población total,
el africano está reducido a vivir bajo un régimen
carcelario de trabajo forzado, el cual obstaculiza
sus posibilidades de influir culturalmente sobre la
población europea y criolla.(20)
A
la vez, esta influencia "deculturalizadora"
resulta de la transición a la factoría
efectuada durante el siglo XIX, cuando el capital
y la técnica extranjera se entremetieron en
la industria azucarera.(21) Esta
expansión económica se debe al auge
del ingenio mecanizado, denominado "la máquina
cultural caribeña" dado el hecho de que
recorre por toda la región.(22)
De acuerdo a esta interpretación, el grado
de africanización de la cultura caribeña
se determina por la fecha en que se introduce el sistema
de plantación; en el caso de Cuba, donde la
plantación entra en vigor relativamente tarde
(mediados del siglo XIX), las poblaciones africanas
ayudaron a fraguar una cultura criolla, especialmente
en las zonas orientales regidas por la economía
del cuero y del contrabando.(23)
Esto explica por qué, tal como apunta Tanco,
para mediados del siglo, la influencia africana ya
había dejado su impronta indeleble en la cultura
nacional. No obstante su función como ideal
poético, la imagen de la danza se afianza en
el factor histórico compartido por todas las
sociedades caribeñas: el colonizador europeo
y la esclavitud.
La imagen de la danza como ritual liberador de esta
doble opresión se remonta al siglo XIX, concretamente
al Día de Reyes o Fiesta de la Epifanía
celebrada hasta casi finales del siglo. La
antigua fiesta afrocubana del "Día de
Reyes" (1925; re-ed. 1960) de Fernando
Ortiz comunica el profundo significado que este día
acarreaba para la masa silenciosa de esclavos: era
el único día en que podían, literalmente,
exorcizar sus penas mediante el baile. Esto porque
cada 6 de enero los amos relajaban las restricciones
a que sometían al cuerpo del esclavo, tanto
en el campo como en la ciudad. En un sentido real,
la fiesta del Día de Reyes se convertía
en un momento de epifanía, ya que la promesa
del ritual era la liberación incondicional
-al menos por un día. Para el festejo del 6
de enero, los cabildos, "asociaciones
de negros y esclavos libertos que se agrupaban de
acuerdo a su nación de África",(24)
elegían a un Rey, bailaban comparsas
en traje tribal, y se paseaban frente a los palacios
de los amos para pedir el aguinaldo.(25)
Estos bailes no solamente simulaban la liberación
de los esclavos mediante el ritual simbólico,
sino que además mostraban mediante el espectáculo
-escenificado en la plaza pública y el mercado
(el mismo sitio, recordemos, en que se negociaba con
carne humana)- lo que debía haber sido la meta
mas codiciada del esclavo: el retorno al hogar ancestral,
la África lejana.(26)
En el imaginario caribeño, fue un extranjero
quien mejor captó el secreto de la celebración
del Día de Reyes: Frédéric Mialhe,
un artista francés quien residió en
La Habana entre 1838 y 1854, conocido principalmente
por su pintura paisajística y bocetos de escenarios
tropicales. Correspondiente al género costumbrista,
la magnífica litografía dedicada al
Día de Reyes fue incluida en la colección
Viage pintoresco alrededor de la isla de Cuba
dedicado al Señor Conde de Villanueva,
publicada en La Habana de 1840, aproximadamente el
mismo año en que Moreno Fraginals sitúa
la transición hacia la economía de Plantación
y la escalada industrial que condujo a la "meta-máquina"
del Caribe.(27) La litografía
de Mialhe capta la resistencia contra la economía
de plantación así como la esperanza
de liberación de las condiciones opresivas
de la factoría mecanizada.
En la interpretación de Mialhe, resalta la
figura del diablito, quien domina el centro
del cuadro, en medio del gentío danzante que
ocupa caóticamente la plaza. Tal como vemos
aquí, la elevación de esta figura sirve
como eje pictórico del conjunto así
como foco del movimiento de la danza. No hay que olvidar
que el Día de Reyes significaba un reto al
control colonial, ya que la danza se bailaba en el
patio del Palacio de los Capitanes Generales, "ante
la suprema autoridad" que dirimía los
asuntos de la isla con poderes omnímodos; efecto
que se nota en el conjunto a la extrema derecha.(28)
La fiesta del Día de Reyes representa, entonces,
"la apropiación colectiva del espacio
público", una práctica espacial
localizada que, de acuerdo al paradigma de De Certeau,
se despliega para controlar y ocupar, si bien por
un solo día, el espacio vedado de la cúpula
del poder.(29) El "Día
de Reyes" de Mialhe funciona, entonces, como
in- versión carnavalesca de jerarquías,
espectáculo popular que subvierte la cultura
oficial, en este caso, la rígida burocracia
del imperio español, sustituyéndola,
al menos provisionalmente, por las líneas giratorias
de la danza y su ánimo anti-jerárquico.(30)
Pero veamos mas atentamente la representación
de la danza. Con sus brazos en alto, el diablito
asume la pose de posesión ritual por un espíritu
o divinidad que, de acuerdo a Ortiz caracteriza al
ritual afro-cubano:
Entre
los abakuá de Cuba, los diablitos, propiamente
llamados ñañas, ñáñigos,
írime, o íreme, son los personajes que
figuran la transitoria personificación ritual
de un espíritu ultramundano, exactamente como
en África.
Ortiz
detalla exactamente la transculturación de
esta figura, a quien él considera una "directa
importación de África".(31)
Los gestos esporádicos del ñáñigo,
imitados por los tres otros diablitos situados al
frente, aluden a una presencia ultramundana "que
impresiona y atemoriza a los espectadores"; efecto
dirigido especialmente a hacer temblar o inclusive
ablandar el endurecido corazón de los amos.(32)
El contundente efecto logrado por la imagen de Mialhe
lo describe Rafael Brea López en otro contexto:
el diablito, "montado" "o poseso es
dueño de la fiesta, un rey que exige ser atendido
y reconocido por los presentes".(33)
Aquí, la euforia de posesión ritual
se expresa mediante los movimientos corporales del
diablito, que, según Ortiz, eran erráticos,
"inusitados," e impredecibles, ya que no
seguían una coreografía precisa o predeterminada.(34)
En efecto, los bailarines alrededor del diablito
parecen imitar sus gestos, como el danzante a la izquierda,
quien eleva sus brazos en rezo o posesión.
La celebración del Día de Reyes resiste,
entonces, el efecto desculturador del régimen
esclavista, en el cual "el africano está
reduci- do a vivir bajo un régimen carcelario
de trabajo forzado".(35)
Este sentido se capta en la pantomima con que concluía
la fiesta del Día de Reyes -el ritual pan-caribeño
de "Matar la culebra" ejecutado para desprenderse
de los malos espíritus, cumpliendo la función
de "un rito de purificación colectiva."(36)
Si bien Ortiz asocia este ritual con prácticas
ancestrales africanas dedicadas a la "'expulsión
de los diablos", el acto climático de
"Matar la culebra" podría dramatizar,
en efecto, la ruina del amo con el concomitante triunfo
del esclavo.
En La rebambaramba, ballet afrocubano
animado por música de Amadeo Roldán,
y escenificado "en La Habana durante el primer
tercio del siglo XIX," Alejo Carpentier retoma
la descripción y el lenguaje ritualístico
documentado por Ortiz, ya que la comparsa de la culebra
antecede el climático final de un Día
de Reyes.(37) La rebambaramba
pone en evidencia una erótica de la
nación, ya que la trama gira en torno a la
coquetísima Mercé, quien, a manera de
una Carmen caribeña, opta por el soldado español,
privilegiando así el poderío del blanco,
y rechazando a su anterior amante, un calesero denominado
por el simbólico nombre de Aponte y señalado
como mulato auténtico. Este personaje, calcado
en el histórico José Antonio Aponte,
líder de la rebelión anti-racista de
1812,(38) pierde al objeto de
su deseo, lo cual motiva su persecución de
la pérfida mulata en medio del bullicio de
la fiesta. Al final de La rebambaramba,
mientras los dos componentes de la nación,
el soldado y el calesero, pugnan por la conquista
de la arquetípica Mulata, esta se aleja del
escenario en brazos del artificioso Negro Curro, frustrando
su ambición de escalar social y racialmente.
El frenesí bailable compuesto de "Ñáñigos,
Congos y Lucumíes" atestiguan lo que para
Ortiz era el significado último de la fiesta
de Epifanía -el baile como celebración
de la transitoria libertad de los esclavos.(39)
Tanto en el relato antropológico de Ortiz como
en el ballet afrocubano de Carpentier, la danza africana
adquiere fuerza retórica como imagen proyectada
de una futura nacionalidad en la cual todos los esclavos
serán libres, un día.
Discípula de Guillén y poeta que ha
forjado su propio lenguaje, Nancy Morejón re-escribe
la tradición de la poesía afro-antillana
en su hermoso poemario Elogio de la danza,
publicado en 1982 para concelebrar "el eterno
signo de la danza", la danza como significante
que vincula sensualmente cuerpo, rito, y movimiento.(40)
El tambor revira el retrato estereotípico
de la bailarina negra como objeto sexual, cuya voz
es relegada al silencio al mismo grado que se exagera
su sexualidad -de acuerdo a la interpretación
feminista de la poesía afro-antillana.(41)
En cambio, otras lecturas, como la de Miguel Arnedo,
sugieren que el movimiento exagerado de caderas y
la desarticulación del cuerpo femenino evidente
en poemas como La rumba de Tallet,
corresponden a la estética corporal yoruba,
y por lo tanto forman parte del conjunto integral
del baile.(42) La poesía
de Nancy Morejón abre un espacio entre uno
y otro extremo, al otorgarle alto valor simbólico
al cuerpo de la bailarina como también a la
ejecución de la danza.
En El tambor, la voz poética
se apropia del instrumento ritual, haciendo del cuerpo
de la danzante el motor de la ejecución y la
fuente del ritmo. Es el cuerpo de la bailarina que
se convierte en fuente de la energía del ritmo
-nuevo "tambor" litúrgico que responde
con sutileza métrica al frenético polirritmo
africano de las danzas de iniciación-
Mi
cuerpo convoca la llama.
Mi cuerpo convoca los humos (16)
-como
también a esas fuerzas naturales que esculpen
el movimiento en forma:
Mi
cuerpo como islas.
Mi cuerpo junto a las catedrales.
Mi cuerpo en el coral. (16)
En
Elogio de Nieves Fresneda, homenaje
a "la más genial bailarina de las danzas
folklóricas cubanas", Morejón coloca
al cuerpo de la bailarina en el centro del escenario,
en una evocación o tributo a la ejecución
perfecta de Fresneda del baile en honor a Yemayá,
diosa del mar en la mitología yoruba. El poema
evoca así la memoria ancestral de África
como el cruce marino que forzó a la mujer-danzante
a una tierra extraña:
Un
rumor de Benín
la trajo al fondo de esta tierra (21)
Al
yuxtaponer el cuerpo de Nieves Fresneda con el icono
de la divinidad evocada tanto en el baile como en
el poema, la bailarina solitaria convoca a una procesión
en honor a Yemayá, diosa que aparece aquí
en su más venerado avatar como Yemayá-Olókun,
reina de las profundidades del mar.(43)
Este baile recuerda a su vez la descripción
de Ortiz del baile sagrado de los orishas,
ejecutado durante la Cuba republicana solo en circunstancias
extraordinarias.(44) Este baile
enmascarado en honor al panteón yoruba coincidía,
significativamente, con el Domingo de Resurrección,
y terminaba con una danza ritual en honor a Olókun,
"Señor del océano o de las tenebrosas
profundidades del mar," cuya presencia era tan
poderosa que no se les permitía ni a los participantes
ni a las mujeres mirar directamente a la máscara
ritual.(45) La elegía
de Morejón a Nieves Fresneda evoca la seriedad
ceremonial de este baile único, como también
la descripción de Ortiz de Ña
Matilde Zayas, esclava liberta famosa por las celebraciones
de la danza de Olókun en su templo de Regla.(46)
En contraste al paralelo Tanco-Guillén, con
las artistas mujeres hay una curiosa inversión
entre la ejecución decimonónica y su
variante contemporánea. Si Matilde Zayas en
el pasado evoca a la diosa marina por medio del artificio
y la mímica, la bailarina moderna (Nieves)
parece encarnar la sustancia y atributos de la divinidad.
Compárese las dos performances divididas
en el tiempo:
La
careta de esa diosa fue tallada en Madera por Atandá,
un Negro imaginero, y su vestido le cubría
todo el cuerpo del cual nada carnal se translucía,
marcándose su feminidad de diosa-madre
por unos grandes pechos de trapo que le brincaban
al bailar.(47)
AlIí
están
sus culebras,
sus círculos,
sus cauris,
sus sayas,
sus pies,
buscando la manigua
abriendo rutas desconocidas
hacia Olókun.(48)
No
obstante estas diferencias, tanto Ortiz como Morejón
aluden a la belleza de la danza;(49)
en cambio, en Morejón, el rito funciona como
metáfora de pertenencia a una comunidad imaginada,
ya que la bailarina toma posesión, no solo
del espíritu de la diosa, sino del amplio territorio
insular:
Y
en el espacio
luego
entre la espuma,
Nieves,
girando sobre el mar,
Nieves,
por entre el canto
inmemorial del sueño,
Nieves
en los mares de Cuba,
Nieves.(50)
Como
en respuesta a la mulata sin-nombre y sin voz de la
poesía antillana, Morejón otorga a la
bailarina no solo su plenitud como sujeto, sino también
la carga afectiva del símbolo.
Por último, el bellísimo poema La
rebambaramba, filigrana intertextual al ballet
afrocubano de Carpentier, designa la comparsa liberadora
sin una sintaxis narrativa previa; es decir, el verso
capta el movimiento bailable en el momento preciso
de la actuación o ejecución. Los mitos
fundantes del panteón yoruba aparecen también
en filigrana -como la referencia al "volcán"
en la primera estrofa, que alude al nacimiento de
"Agayú-Oricha", dios "fuego
del planeta", quien fue "'parido por un
volcán".(51) Este
elemento a primera vista extraño a la geografía
insular ayuda a crear una atmósfera a la vez
inmediata e inmemorial, a la manera de un rito transhistórico:
La
farola, el ciempiés
la brújula del tacto
y la comparsa
disuelta hacia el volcán
Al
mismo tiempo, los elementos narrativos de La
rebambaramba carpenteriana -el triángulo
amoroso entablado entre el calesero Aponte, el soldado
español, y la codiciada mulata- se reducen
aquí a mínimos esbozos, fragmentos anecdóticos
que, si bien sugieren el mismo desenlace trágico
que su precursor ( el ballet carpenteriano) , someten
el sintagma del poema a la impresión total
del movimiento:
La
sombrilla en la mano,
la volanta prendida,
el sapo en el portal,
el calesero impávido,
la tumba abierta y cálida,
en el solar perdido.
Si
bien el poema culmina asimismo con la euforia colectiva
del rito ("la furia firme del final") ,
la re-escritura de La rebambaramba
apunta a otro compás o ritmo -el de la totalidad
de los sujetos reunidos armónicamente en el
espacio de la nación:
Tango,
tango real.
Todos
somos hermanos.(52)
De
esta manera, se cierra el círculo de la utopía
fraternal ejecutada mediante la repetición
del estribillo en el "Son número 6"
de Nicolás Guillén.
Tanto historiadores como críticos culturales
han establecido al ingenio y la plantación
como "super-estructura" que determina el
curso de la identidad caribeña al igual que
el devenir de la nación, hasta el punto que
el complejo azucarero se convierte en metonimia de
todo el país (Moreno Fraginals, Benítez
Rojo). Los textos contemplados aquí apuntan
a otro tipo de modelo para idear las comunidades caribeñas.
En los diablitos/intermediarios entre el
ámbito celestial y el terrenal, como también
en la ceremonia ritual de Nieves/Yemayá, se
acorta la distancia entre bailarín y "sacripotencia",(53)
sosteniendo así la noción de Benítez
Rojo de que la cultura del Caribe se caracteriza por
la actuación o performance. Escenario
del encuentro entre Ser y otro, el baile africano
elimina asimismo "el espacio que separa al observador
contemplativo del participante"; como ritmo o
"meta-ritmo," el baile es también
el cruce-de-caminos del "supersincretismo"
de los fenómenos culturales caribeños
-una "transculturación en movimiento".(54)
Este breve recuento de la representación del
baile africano evoca, asimismo, un Eros nacional.
Leída al lado de los textos antropológicos,
la poesía de Morejón sugiere un punto
de equilibrio entre energías viriles y femeninas,
cuya culminación sería la enérgica
danza del guaguancó que celebra "mágicamente
la fecundidad, el crecimiento y la vida"(55)
En este momento pos-milenario y encrucijada en la
historia de Cuba, es de esperar que esta evocación
de la danza africana cumpla plenamente su significado
alegórico.
Notas:
1 Antonio Benítez Rojo, La
isla que se repite: El Caribe y la perspectiva posmoderna
(Hanover, New Hampshire: Ediciones del Norte, 1989),16-17.
2 "El concepto de la transculturación
es cardinal y elementalmente indispensable para comprender
la historia de Cuba y, por análogas razones,
la de toda la América en general." Fernando
Ortiz, Contrapunteo cubano del tabaco y el
azúcar (La Habana: Consejo Nacional
de Cultura, 1963), 104; énfasis del autor.
3 La aIegoría que propone
Ortiz termina felizmente con "la boda del tabaco
con el azúcar", dando lugar a la "[t]rinidad
cubana: tabaco, azúcar y alcohol". Se
compara el parto del primogénito con el nacimiento
del sujeto nacional, quien, "hijos de tales padres,
es fuego, fuerza, espíritu, embriaguez, pensamiento
y acción". Ortiz, Contrapunteo
cubano..., 94.
4 Benítez Rojo, La
isla que se repite, 11, 16-17
5 Vera Kutzinski, Sugar's
Secrets: Race and The Erotics of Cuban Nationalism
( Charlottesville: University of Virginia Press, 1993),
7; Catherine Davies retoma la misma tesis en A
Place in the Sun? Women Writers in Twentieth-Century
Cuba (Londres y Nueva Jersey: Zed Books,
Ltd., 1997), 170-171.
6 Kutzinski, Sugar´s
Secrets; págs. 163-198. Para una lúcida
discusión del poema de Tallet y una réplica
a la interpretación feminista, véase
Miguel Arnedo, The Portrayal of the Afro-Cuban
Female Dancer in Cuban Negrista Poetry,
Afro-Hispanic Review, vol. 16, num. 2 (Otoño
1997), 26-33.
7 Antonio Benítez Rojo, "Nacionalismo
y nacionalización en la novela hispanoamericana
del siglo XIX," Revista de crítica
literaria latinoamericana, vol. 19, núm.
38 (1993), 187-189.
8 Benítez Rojo, "Nacionalismo
y nacionalización...", 188-189.
9 Carta de Domingo del Monte a Tomás
Gener, 27 marzo 1830; citado en Lorna Valerie Williams,
The Representation of Slavery in Cuban Fiction
(Columbia: University of Missouri Press, 1994), 6.
Para una discusión del cierre de la Academia
de Literatura Cubana y el impacto que tuvo en la formación
del discurso nacional, véase Antonio Benítez
Rojo, "Azúcar/poder/literatura",
Cuadernos Hispanoamericanos, núm.
451-452 (enero-febrero 1988), 206-210.
10 Para la distinción fundamental
entre "Cuba Grande" -la del ingenio
azucarero y los poderes omnímodos- y la "Cuba
Pequeña" -depositaria de valores
autóctonos y regida por una economía
regional- véase Benítez Rojo, "Azúcar/poder/literatura,"
201; énfasis del autor.
11 Para una lectura de El niño
Fernando de Tanco, véase mi anterior Tropics
of Deceit: Desire and the Double in Anti-Slavery Narrative,
Cuban Studies 28 (1999),83-99.
12 Domingo del Monte, Centón
Epistolario, vol. 7 (1823-1843) (La Habana: Academia
de Historia de Cuba, 1957), 86-87. Citado en Ivan
Schulman, Tanco y la literatura antiesclavista,
en Homenaje a Lydia Cabrera, Reinaldo Sánchez
y José Antonio Madrigal, editores (Miami: Ediciones
Universal, 1978), 325, y en Méndez Rodenas,
Tropics of Deceit, 96.
13 Del Monte, 1957, 51. Citado en
Kutzinski, 240, y en Schulman, 319.
14 Nicolás Guillén,
Summa Poética, edición
de Luis iñigo Madrigal, 9na. Ed. (Madrid: Ediciones
Cátedra, 1997),141.
15 Para un lúcido comentario
de la ambivalente apropiación de Bronislaw
Malinowski del neologismo de Ortiz, véase el
prólogo de Fernando Coronil a la edición
en inglés, Cuban Counterpoint-Tobacco
and Sugar (1945; Durham: Duke University
Press, 1995) , xliii-xlv.
16 Ortiz, Contrapunteo cubano,
99.
17 Ortiz, Contrapunteo cubano,
98.
18 Ortiz, Contrapunteo cubano,
99.
19 lbid.
20 Benítez Rojo, La
isla que se repite, 48.
21 Moreno Fraginals, El ingenio,
tomo I (La Habana, Ed. Ciencias Sociales, 1978).
22 Benítez Rojo, La
isla que se repite, xvii.
23 Benítez Rojo agrega que
"la clave de la africanización estuvo...
en el grado de movibilidad que tuvo el africano al
llegar al Caribe; " La isla que se repite,
45-47; 49.
24 Benítez Rojo, La
isla que se repite, 46.
25 Fernando Ortiz, La antigua
fiesta afrocubana del "Día de Reyes"
(1925; re-ed. La Habana: Ministerio de Relaciones
Exteriores, Departamento de Asuntos Culturales, División
de Publicaciones, 1960), 9-20.
26 Roberto González Echevarría,
"Socrates Among the Weeds: Blacks and History
in Carpentier's Explosion in a Cathedral
;" en William Luis, editor, Voices from
Under-Black Narrative in Latin America and the Caribbean
(Westport, Connecticut: Greenwood Press, 1984),49.
27 Benítez Rojo, La
isla que se repite, xxiv.
28 Ortiz, La antigua fiesta
afrocubana del "Dia de Reyes, 42.
29 Rafael Brea López, La
africanía en la danza caribeña,
Caribe, 26 (1997), 37-40.
30 González Echevarría,
49. Fernando Ortiz, Los bailes y el teatro
de los negros en el folclore de Cuba (La
Habana: Editorial Letras Cubanas, 1981), 420-472.
Brea López, 39.
31 Las dos citas provienen de Ortiz,
Los bailes y el teatro de los negros,
464-465, respectivamente.
32 Ortiz, Los bailes y el
teatro de los negros, 471.
33 Brea López, La
africanía en la danza caribeña,
37-40.
34 Ortiz, Los bailes y el
teatro de los negros, 470; Brea Lopez, 39.
35 Benítez Rojo, La
isla que se repite, 48.
36 Ortiz, La antigua fiesta
afrocubana del Día de Reyes,42-43.
37 Alejo Carpentier, La rebambaramba,
incluido en sus Obras completas, vol. I (México:
Siglo XXI Editores, 1983),195, 205. .
38 Benítez Rojo, "Azúcar/poder/literatura",
203.
39 Carpentier, La rebambaramba,
206-207.
40 Nancy Morejón, Elogio
de la danza, incluido en Elogio y
paisaje (La Habana: Ediciones Unión,
1996),13.
41 Kutzinski, Sugar's Secrets,
164-165,172-173,182-183.
42 Arnedo, The Portrayal
of the Afro-Cuban Female Dancer, 26-27.
43 Lydia Cabrera explica cómo
Yemayá se considera la "manifestación
femenina" de Olókun, mientras que a este
se le venera como potencia masculina; algunos informantes
creen, sin embargo, que Olókun es andrógino.
Véase Yemayá y Ochún-Kariocha,
Iyalorichas y Olorichas (Nueva York: Colección
del Chicherukú en el exilio, Eliseo Torres,
1980), 36. El poema resalta la encarnación
femenina de la diosa Yemayá.
44 Ortiz, Los bailes y el
teatro de los negros, 452.
45 Ortiz, Los bailes y el
teatro de los negros, 451-452.
46 Ortiz, Los bailes y el
teatro de los negros, 452.
47 Es interesante observar que Ortiz
define a esta divinidad como femenina; Los
bailes y el teatro de los negros, 453; énfasis
propio.
48 Morejón, Elogio
de la danza, 21.
49 "Su baile era el mas bello
de todos e inspiraba el entusiasmo y la devoción
unánime de los olochas. " Ortiz,
Los bailes y el teatro de los negros,
453.
50 Morejón, Elogio
de la danza, 22.
51 Cabrera, Yemayá
y Ochún, 22.
52 Morejón, Elogio
de la danza, 23-24.
53 Ortiz Los bailes y el
teatro de los negros, 477.
54 Benítez Rojo, La
isla que se repite, xxii, xxiv-xxv, xv. .
55 Ortiz, Los bailes,
248.
Adriana
Méndez Rodenas (La Habana). Profesora
de literatura hispanoamericana en la Universidad de
Iowa. Entre sus libros, Severo Sarduy: el
neobarroco de la transgresión (1983),
Gender and Nationalism in Colonial Cuba-The
Travels of Santa Cruz y Montalvo, Condesa de Merlín
(1998) y Cubans in America, estudio
sobre la expresión literaria de los hijos de
la diáspora.