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LA VIOLENCIA, COMO DIOS, ESTÁ EN TODAS
PARTES
Amir
Valle |
Parra
es, para decirlo en perfecto cubano, un tipo fuera de
liga, encopetao, un pan con patas. Si a eso añades
que, pese a ser desconocido en Cuba, es uno de los escritores
más respetados en su país, cosa que confirmé
cuando leí algunos de sus libros -pues en México,
como en Cuba, hasta los cuerdos quieren escribir-, entonces
podríamos decir que Parra, además de buena
gente, buen amigo y buen escritor, es un tipo al que
muchos mencionan cuando de literatura mexicana actual
se trata.
Pero dicho así, a corazón abierto, conociendo
como conozco al cubano, dirán: "otra vez
Amir haciendo loas de un socio, mezclando la gimnasia
con la magnesia, exagerando como siempre hace".
Por eso debo rectificarme y escribir:
Eduardo Antonio Parra y yo caminábamos por la
avenida de la playa en Gijón, una especie de
Malecón habanero donde se concentra la vida social
de esa ciudad española, como dicen hace siglos
se concentraba en el Paseo del Prado chismografía,
romance, lujuria y sueños de grandeza.
Debo agregar que Lorenzo Lunar caminaba con nosotros,
que hablábamos de que en Cuba había miles
de condiciones para hacer cultura pero faltaba el dinero
y que en México sobraba el dinero para la cultura
pero faltaban las condiciones y un deseo real de promover
la cultura. La tarde era muy fría y regresábamos
de otro día más de feria y jolgorio en
la Semana Negra que cada año el hermoso loco
de Paco Ignacio Taibo II se inventa por aquellos sitios.
Es justo decir, además, que nos fue bien. Volví
a reencontrarme con Jorge Franco Ramos y Santiago Gamboa,
amigos de varios años ya; conocí a Mario
Mendoza (colombianos los tres); supe de los desvelos
y algo más de las locuras de Paco Ignacio (y
su inseparable Paloma), Justo Vasco (cubano que anda
por Gijón tras las faldas de una hermosa Cristina,
escritora por demás), Mauricio Schwartz (otro
mexicano gijonés) y descubrí por qué
razones aquellas semanas anuales para discutir sobre
la llamada literatura negra, policial, etc., revolvía
las aguas quietas de ese lago de costumbres antiquísimas
que se llama Gijón: el propio Paco Ignacio me
lo contó.
-- Acá nos enfrentamos a las viejas beatas, a
los partidos de la oposición, a los extremistas
que quieren imponer otra lengua, a los que odian la
cultura, a los que quieren reprimir a las beatas, a
los partidos, a los extremistas y a los lingüistas.
El año pasado, en una reunión de viejas,
dijeron que lo que hacíamos acá era inaudito,
que lo único que faltaba era que atentáramos
contra el ilustre Tritón, Rey del Mar, una especie
de ídolo para los gijoneses, que han visto pasar
su vida, generación tras generación, al
lado de un mar siempre frío, pero hermoso y subyugante.
Era obvio el escándalo en aquella nueva edición
de la Semana Negra: a la entrada del recinto ferial,
una estatua de más de doce metros de Tritón,
desnudo, daba la bienvenida a los visitantes, sin pudor
ninguno por andar mostrando una verga impresionante
de unos tres metros, coronada por un glande descomunal.
Allí conocí a Eduardo Antonio Parra, quien
desde entonces es simplemente Parra. Allí me
habló enamorado de su mujer, otra escritora mexicana,
vi su vista perderse en el azul intenso del mar, fulgurando
con los mismos brillos que estallaban en las crestas
de las olas bajo el único sol duro de esos días,
mientras me habló de que ella estaba embarazada,
que ansiaban ese hijo. Me prometió que hablaría
con unos amigos suyos en CONARTE (el Consejo de las
Artes de Nuevo León) para un evento que preparaban
sobre "los territorios de la violencia".
Por eso, gracias a sus gestiones y a un intercambio
de emails con la organizadora de aquellas Jornadas,
que tendrían lugar del 9 al 12 de octubre de
2002: Isabel Ortega, otro ser encantador y dedicado
por entero a la responsabilidad de que todo engranara
como un reloj, luego de nueve años desde mi primera
estancia mexicana, fui a parar a Monterrey, una ciudad
casi idéntica a esas ciudades americanas de las
películas de terror y crímenes, rodeada
de altísimas montañas, modernísima,
con calles y autopistas colmadas de autos lujosos, llenas
de una paz que se descubre cuando notas que todos conocen
a todos, o a casi todos.
Los sueños comenzaban a cumplirse: Guillermo
Vidal me habló de que allí precisamente
conoció al venezolano Luis Britto García,
uno de esos nombres que conmovieron el panorama del
cuento en Cuba y Latinoamérica cuando ganara
el Premio Casa con su libro de cuentos Rajatabla, obra
definitiva para la formación de Vidal y de otros
muchos, entre ellos yo, pues mi primer libro de cuentos
(Tiempo en cueros), premiado en el por entonces importante
Concurso 13 de Marzo de 1986, nació de la lectura
de ese libro, y mucho le debe. Britto resultó
ser una persona indescriptible, matizada por esos vicios
que marcan la vida de los genios, de pronto convertido
en especialista de la violencia practicada por los piratas
en siglos pasados. "Iré a Cuba este año",
me confesó, porque andaba recorriendo los lugares
donde los piratas habían tenido asentamientos,
explorando los hundimientos (es, además, un excelente
buzo), revisando en los viejos archivos históricos.
Su conferencia pasmó a todos: piratas famosos
y desconocidos desfilaron ante nosotros, volvieron a
encaramarse en sus barcos y a pacer por nuestras islas.
A Noé Jitrik le pareció un deleznable
sancocho lo que nos dieron de cena una de las noches
en un bar donde escuchamos a un grupo local destrozar
las letras y la armonía de La Guantanamera y
otras canciones típicas de nuestros países.
Argentino como hay pocos: es decir, nada autosuficiente,
fue el miembro de la llamada "tercera edad"
que siempre anduvo con nosotros, o lo que es lo mismo,
con Mario Mendoza (que andaba por México presentando
su novela Satanás, premio Biblioteca Breve 2002),
el también colombiano R. H. Moreno Durán,
y otros escritores muy jóvenes que asistimos
a las sesiones maratónicas de aquel encuentro
(¿He dicho que se hace anualmente, con un tema
específico, que lo convoca CONARTE y que ese
año el tema era: "Los territorios de la
violencia"?). La ponencia de Jitrik explicó
una zona desconocida en la historia de la literatura
argentina: los orígenes de la violencia antes
de los que se consideran iniciadores, en textos perdidos
en la memoria, pero no en las letras.
Muchos nombres ilustres, muchas ponencias serias, muchas
horas hablando de los territorios cada vez más
amplios de la violencia: el cine, las artes plásticas,
la danza, la familia, la sociedad. La violencia en todas
las formas de comunicación inventadas por el
hombre; una violencia a debate, que nacía desde
el mismo poster que presidía todas las sesiones:
un inmenso ojo ciego bajo la violencia de grapas metálicas
que desgarraban, sellando sádicamente, el párpado
cerrado.
Puedo olvidar los nombres. Es decir, obvio los nombres.
De pronto, ante mis ojos, bien abiertos por cierto,
apareció, comprobada, renovada, mi propia tesis:
la violencia, como Dios, está en todas partes.
En todas partes, incluso en Cuba. Por eso dije: "Cuba,
donde se supone que existe un sistema creado para eliminar
esa marginalidad, eliminando primero los males que la
provocan, es hoy un país que bien pudiera llamarse
Marginalia. Eso he dicho en muchos escenarios nacionales
e internacionales. Me explico: si en otras naciones
del mundo, incluso subdesarrolladas como Cuba, la marginalidad
puede verse como una bestia que irrumpe en la vida de
muchos no marginales escapando de su hábitat,
generalmente bien localizado en esas sociedades; en
la sociedad cubana esos márgenes, esas líneas
limítrofes, se han perdido, y el cubano medio
hoy se comporta como un marginal. El escritor argentino
Abelardo Castillo, en una entreviste que le realicé
hace un año, en su casa de Buenos Aires, propuso
una tesis interesante para entender este fenómeno.
Decía Abelardo que el cubano Era un nuevo modelo
de socialismo. No era el socialismo tradicional. Era
un socialismo hecho a ver cómo se puede hacer
de cualquier manera. Era más criollo, menos teórico.
Y con un sentido que no era distribuir la riqueza, porque
Rusia, cuando hizo su revolución, era un país
muy poderoso, y lo que se estaba distribuyendo era la
riqueza. Acá, en Cuba, se estaba distribuyendo
lo que había y había que distribuir hasta
la pobreza. Precisemos entonces: al distribuir la pobreza,
cosa que hoy sigue sucediendo aún cuando sean
ciertos los reconocidos logros en el terreno de la educación,
la salud y la seguridad social, y de otros éxitos
parciales en la cultura, el deporte y el desarrollo
de las ciencias, se iban sembrando los terrenos de la
nación con la semilla de la marginalidad, que,
efectivamente, creció como la yerba mala, y alcanzó
un verdor impresionante, alarmante, cuando cayó
estrepitosamente el muro de Berlín, los países
socialistas cambiaron de bandera y la Unión Soviética
se dividió como una ameba, debilitándose."
Planteamiento que estuvo a tono cuando un joven argentino
habló de la realidad de su país y la violencia,
de la herencia violenta de la dictadura en el hoy de
su nación, de lo que se había perdido;
cuando un "ciberdicto" hablaba de cómo
se enfrentaban, mediante la técnica de los hackers,
al poder internáutico de las transnacionales
de la comunicación; cuando un reconocidísimo
poeta mexicano leía los poemas y las cartas escritas
por indígenas violadas, mancilladas y mutiladas
en Chiapas; cuando el mismo diseñador norteamericano
que hizo el poster del evento mostraba las imágenes
de la última exposición visual en la que
trabajaba, basada en esa violencia cotidiana en la vida
de la Norteamérica marginal, la que raras veces
sale en las grandes películas de ese país;
cuando una profesora y psicóloga hablaba de la
violencia bajo la cual la mujer mexicana intentaba sobrevivir
al machismo ancestral de esa nación signada por
un pensamiento absolutamente patriarcal; o cuando un
joven escritor mexicano jaraneaba, criticando, el mundo
violento de las conocidas rancheras y corridos: voces
que concluyeron que los territorios de la violencia,
cada día, en el mundo moderno, dejaban menos
espacio vital a la paz, la comprensión y el entendimiento
humano.
Comencé mis palabras diciendo:
"La especie humana fue una plaga. Existió
alguna vez hace muchos siglos en un lugar del Universo
que ellos mismos llamaron Tierra". Así dice
un espigado extraterrestre a uno de sus hijos en una
pésima película de ciencia ficción
que tuvo, al menos, la suerte de hacerme reflexionar
con esa frase. Acababa de regresar de Gijón,
impactado, entre otras muchas cosas, por las palabras
apocalípticas de mi amigo, el escritor colombiano
Mario Mendoza, cuando anunciaba algo similar: el mundo
avanzaba hacia su propia destrucción, en un descenso
a los infiernos que él quería atrapar
en sus novelas; criterio que compartí absolutamente,
lanzando la memoria hacia mi país, hacia la realidad
social, convulsa y cambiante de mi país, a miles
de kilómetros de la carpa donde escuchábamos
aquellas palabras, creo que, por desgracia, proféticas.
De modo que, precisemos: la especie humana es una plaga
que hoy vive en el Planeta Tierra. Que se autodestruye.
Que se odia a sí misma. Hambre, miseria, desigualdad
social, explotación, egoísmo, prostitución,
drogas, violencia (y muchos otros términos que
omito para no hacer demasiado extensa esta lista de
desgracias) se expanden hoy como una pandemia gracias
al mejor y al peor invento del hombre moderno: la globalización.
Me duele decirlo. Quisiera soñar que no es cierto."
Y terminé con estas otras:
"La marginalidad en su relación con la realidad
social cubana y su reflejo en la narrativa es tan complejo
que podemos encontrar matices disímiles, siempre
interesantes, incluso en autores cubanos que escriben
fuera de la isla, o de origen cubano que escriben en
inglés o en otras lenguas. Toda esa literatura
es la más pura muestra de que existimos, de cómo
existimos, y si hace un par de siglos ya se dijo que
para entender la Francia de Balzac había que
leer sus novelas, hoy se puede decir que cuando se quiera
comprender la verdadera cara de la realidad cubana actual,
acudir a la prensa y al discurso oficial será
un craso error: para eso están las novelas que
hoy se escriben, los cuentos que hoy se escriben: un
universo ficcionado que reconstruye una realidad literaria
a partir de la mirada crítica a una realidad
real. En simples palabras: será ése el
más fiel documento histórico que recibirán
las generaciones venideras sobre la problemática
actual de la isla.
Finalmente, quiero seguir soñando con que la
especie humana ha sido lo mejor que le ha pasado a este
planeta. Quiero seguir soñando que el sistema
en el cual vivo es el más humano y espero tener
fuerzas para hacerlo más perfecto. Quiero seguir
creyendo en la utopía de no ser una plaga extinguida.
Quiero creer que no hemos sido el más terrible
error de Dios. Quiero soñar, simplemente, en
que lo que escribo sirva para que mi especie rectifique,
asuma su papel en la escala evolutiva y comprenda que
Dios no nos trajo al mundo para destruirnos, sino para
amarnos. Que así sea."
Recuerdo el aplauso. Fui el último de la mesa
y sentí como que mis palabras cerraban un ciclo
abierto el primer día, tal cual luego me lo dijeron
muchos de los escritores invitados. "Nada cuesta
soñar", me dijo Noé Jitrik. "Ese
mundo del que hablas es demasiado perfecto. El nuestro
es absurdamente siniestro", me confesó en
voz baja, casi al oído, Luis Britto García.
"Cada vez caigo más en la cuenta de que
la humanidad es una sola: idiota y suicida", soltó
minutos después de terminada la mesa redonda
R. H. Moreno Durán.
No puedo olvidar, tampoco, a ese humilde oyente que
se paró al final de nuestra intervención,
durante el receso, y se acercó para decirme algo
que casi es un lugar común en todas las conferencias
de algún cubano en el exterior (cuando es justo,
objetivo, y no se va ni un lado ni del otro): "De
todos modos, quiero creer que la utopía existe.
Y ustedes, los cubanos, abrieron la puerta para creer
que la utopía podía ser cierta. Ojalá
no dejen que se la cierren".
El último día, luego de la despedida,
y mientras volaba hacia el DF acompañado por
un Luis Britto que se disponía a bucear en las
cálidas aguas del Caribe mexicano, mi último
pensamiento sobre el evento fue de un modo nada casual
para el culpable de que allí estuviera: Parra,
mi querido amigo Parra, el escritor Eduardo Antonio
Parra (un nombre cientos de veces mencionado en aquellas
jornadas) finalmente, no había podido ir al evento.
Su mujer había perdido aquella criatura que le
nublaba los ojos en Gijón, luego de una prueba
que debía determinar si todo estaba en regla
en el embarazo. El pinchazo médico (otra forma
de la violencia, esta vez contra natura) que debía
cerrar en unas semanas, abrió la compuerta que
vacío el vientre de la madre de todo el líquido
amniótico, asfixiando al bebe nonato. Y por eso,
recordando el momento en que escuché a las escritoras
Monica Lavín y Anamari Gomís contando
con detalles cómo había sido todo, no
pude dejar de pensar: "Carajo, Parra, la violencia,
como Dios, está en todas partes. Esta vez te
ha tocado". Y supe que escribiría esta historia.
La
Habana, 20 de octubre de 2002
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