| |
| |
|
| |
|
|
La
isla en peso inaugura aquí una nueva
sección, que pretende dar cuenta de las observaciones
de autores e investigadores foráneos sobre la
literatura cubana. Algo de eso hemos venido haciendo
hasta ahora, de una manera u otra, pero queremos otorgar
categoría al espacio con la voz del investigador
norteamericano John Beverley. El ensayo que a continuación
reproducimos va más allá del análisis
filológico o la crítica literaria, pues
su estimulante y polémica reflexión involucra
la reflexión acerca de la posibilidad de una
sociedad otra, tras haberse demostrado la crisis crónica
de las ideologías de sistema contemporáneas.
Sea bienvenida entonces la mirada ajena, la del otro
que nos completa.
| |
|
|
Calibán
después del comunismo (subalternidad,
multiculturalismo, y hegemonía en el
contexto de la globalización)
John
Beverley
University of Pittsburgh
|
¿La
filosofía no ha hecho ningún progreso?
Si uno rasga donde pica, ¿no se trata de progreso?
Wittgenstein
|
La
marioneta
Julio
César Rodríguez Aguilar
|
La
lógica del Calibán
de Roberto Fernández Retamar es una lógica
de otredad cultural potencialmente subversiva.
Calibán es el sujeto latinoamericano formado
por la civilización europea en su doble movimiento
de colonialismo y capitalismo, pero cuya identidad
como sujeto le lleva necesariamente a impugnar esa
civilización. Para Retamar, como para gran
parte de su generación, la posibilidad de Calibán
fue concretamente la posibilidad del comunismo: es
decir, la posibilidad (o la necesidad) de "cambiar
la vida". Por contraste, el fenómeno principal
que define la posmodernidad como tal es precisamente
el desmoronamiento del comunismo. ¿Sería
posible re-imaginar y reanimar al proyecto del comunismo
-es decir, a Calibán- no sólo en
la posmodernidad, sino en cierto sentido desde
la posmodernidad? La pregunta parece a la vez perversa
y quijotesca. Perversa por todo lo que sabemos del
Gulag, de los campos de matanza de Cambodia, de los
crímenes de Stalin (y de todos los pequeños
Stalins), de la represión y la falta de democracia
aun en condiciones de lo que se solía llamar
"normalidad socialista". Quijotesca por
el simple e inescapable hecho del fracaso histórico
de un sistema y de una ideología que justificaban
esa represión y esos crímenes en nombre
de construir un futuro humano más justo.
Es cada vez más evidente que los regímenes
que han surgido de ese fracaso han resultado en mayor
o menor grado problemáticos, especialmente
en lo que era la URSS y Yugoslavia. Este hecho ha
provocado dentro y fuera del mundo post-soviético
una nostalgia por lo que puede aparecer en las condiciones
actuales como una "época dorada"
del estalinismo de los años cincuenta y sesenta.
Sin embargo, es evidente también que la simple
restauración del estalinismo -o la instauración
de nuevos regímenes de ese tipo (como podría
haber ocurrido en el Perú con Sendero Luminoso,
por ejemplo)- aun si fuera todavía posible,
llevaría con el tiempo al mismo impasse y crisis
que experimentó el campo del "socialismo
real" en los ochenta, porque las semillas de
ese impasse y crisis estaban presentes en la forma
misma de centralización económica, política
y cultural de la dictadura del partido comunista,
forma que puede parecernos hoy una variante particular
de una dictadura de la burguesía.(1)
Hay muchas razones para defender el derecho de Cuba
de seguir su propio camino contra la presión
del bloqueo impuesto por el gobierno norteamericano,
o para preferir el modelo chino de transición
hacia una economía mixta al ruso. Pero nadie
-ni los mismos cubanos o chinos- piensa hoy que China
o Cuba son modelos ejemplares de un nuevo tipo de
sociedad post-capitalista. Esta carencia de normatividad
socialista es precisamente lo que expresa el concepto
cubano de "período especial en tiempos
de emergencia". La proyección estratégica
de estos regímenes es más bien usar
el monopolio político-burocrático del
partido para facilitar la integración del país
a la economía global, sin los desajustes vertiginosos
que ocurrieron en el caso de la URSS.
Paradójicamente, algo parecido ocurre con las
variantes contemporáneas de la social democracia,
desde el PT brasileño o el PRD mejicano hasta
el Nuevo Laborismo de Tony Blair y la Tercera Vía
(debo indicar que mi propia filiación política
ha sido con esta corriente). Como Clinton, que es
en cierto sentido su modelo, las nuevas formas de
la social democracia representan un reajuste hábil
a las condiciones actuales impuestas por la globalización.
Configuran lo que el socialista norteamericano Michael
Harrington solía llamar the left-wing of
the possible, "la izquierda de lo posible".
Pero, al fin y al cabo, ese reajuste consiste esencialmente
en que acepten la hegemonía del capital globalizado.
Reproducen la función tradicional de la social
democracia de ajustar las reivindicaciones obreras
y populares a los intereses capitalistas, y viceversa,
ofreciéndose como mediadores más eficaces
de la lucha de clases que los tradicionales partidos
de la burguesía. No proponen una alternativa
a la globalización o a la lógica del
capital -otras formas de comunidad, valores, producción,
cultura, democracia, regocijo.
Lo que compartían, más allá de
su antagonismo secular, la social democracia y el
comunismo, es que se presentaban ideológicamente
esencialmente como formas de la modernidad.
El argumento entre capitalismo y el comunismo que
subyace la Guerra Fría fue hasta cierto punto
un argumento sobre cuál de las dos sistemas
podía mejor llevar a cabo la posibilidad de
una modernidad política, económica,
científica-tecnológica, y cultural latente
en el mismo proyecto burgués. La premisa básica
del marxismo como ideología modernizadora era
que la sociedad burguesa no podía cumplir con
su propia promesa de emancipación y bienestar
debido a las contradicciones inherentes en el modo
de producción capitalista -contradicciones
sobre todo entre el carácter social de la producción
y el carácter privado de propiedad y acumulación.
Liberando las fuerzas de producción de los
lazos de las relaciones de producción capitalistas
-así decía el argumento clásico-
los regímenes de socialismo de estado podrían
más o menos rápidamente sobrepasar esas
limitaciones y "ganar" sobre el capitalismo.
La respuesta -en última instancia ganadora-
del capitalismo fue que la fuerza del mercado libre
sería más dinámica y eficaz en
producir la modernidad y el desarrollo económico.
Lo que no estaba en cuestión en este argumento,
sin embargo, era la categoría de la modernidad
en si, ni la idea -de clara, aunque no siempre reconocida,
procedencia hegeliana- de un proceso teleológico
necesario para producir esa modernidad. Esta ambivalencia
estaba implícita en la teoría de la
dependencia, y explica el cambio de rumbo ideológico
de un hombre como Cardozo en Brasil. Si la teoría
de la dependencia fue esencialmente una explicación
del retraso (o "subdesarrollo")
de los países de la periferia capitalista con
respeto a una modernidad (económica, política,
etcétera) supuestamente lograda del centro,
entonces la modernidad es la meta o el principio de
valor en relación al cual se juzga el abyecto
presente nacional, y el mercado libre, o el capitalismo
de estado, o el socialismo son sólo medios
para conseguir esa modernidad, medios que en última
instancia deben ser juzgados por su efectividad pragmática
en producir la modernidad. Pero, ¿puede existir
una idea del socialismo/comunismo que no está
conectada con el telos de la modernidad? Como se sabe,
Marx y Engels sólo comenzaron a entrever esta
posibilidad en sus últimas reflexiones sobre
las comunas campesinas rusas como base posible de
un colectivismo agrario.(2)
La modernidad conlleva el ideal y, a la vez, la posibilidad
material de una sociedad transparente a si misma -la
generalización del principio de la "razón
comunicativa", para recordar el concepto de Habermas.
Por lo tanto, la lógica de la modernización
es aculturadora o transculturadora.(3)
Lo que opone la posibilidad de una sociedad transparente
a sí misma es la proliferación de diferencias
y heterogeneidades producidas por el mismo proceso
de colonización europea, esclavitud, economía
de plantación, sexismo y racismo, desastres
y flujos demográficos, desarrollo combinado
y desigual, etcétera, que acompaña la
historia del capitalismo y la circunstancias particulares
de su implantación en América Latina.
Propongo llamar a esa heterogeneidad -que representa
diferentes lógicas de lo social y diferentes
maneras de experimentar y conceptualizar a la historia
dentro de una misma formación social o estado-nación-
el multiculturalismo.
Para muchos lectores latinoamericanos o caribeños,
el término tendrá la desventaja evidente
de estar asociado con ciertos debates norteamericanos,
y de allí de sugerir la intromisión
de una agenda ajena a "nuestra América".
Pero es evidente que algo que los Estados Unidos y
los países del Caribe y América Latina
comparten, en mayor o menor grado, dependiendo de
sus circunstancias históricas, es un carácter
multiétnico, multilinguístico y multicultural
que deriva en parte de la herencia o "sobrevivencias"
en la modernidad de estamentos raciales coloniales.
Como se sabe, Néstor García Canclini
ha propuesto algo parecido a la idea de un multiculturalismo
interior a la sociedades latinoamericanas
en su idea de "tiempos mixtos" y el resultante
carácter "híbrido" de las
formas de producción y consumo cultural en
América Latina. Para Canclini, como para el
proyecto de estudios culturales latinoamericanos en
general, la sociedad civil es el lugar privilegiado
de la heterogeneidad y la hibridación multicultural,
contra la lógica supuestamente homogeneizante
y monológica del estado-nación moderno.
Curiosamente, sin embargo, la identificación
entre hibridez multicultural (y de allí nuevas
formas de ciudadanía) y sociedad civil -identificación
que nace de un esfuerzo para desplazar la autoridad
cultural y hermenéutica de la "ciudad
letrada" hacia la producción/recepción
cultural de las clases populares -termina legitimando
hasta cierto punto la hegemonía del mercado
y el actual proceso de globalización. La lógica
misma de las políticas de identidad que acompañan
el principio del multiculturalismo apunta en la dirección
de asumir que el proyecto gramsciano de conquistar
la hegemonía ya no es una posibilidad, porque
ya no existen las bases para formar un nuevo sujeto
nacional-popular. Hay sólo identidades fronterizas
-desterritorializadas o en proceso de desterritorialización
o reterritorialización. A la manera de Foucault,
el poder es visto como una relación diseminada
en todos los espacios sociales, en vez de estar concentrada
en el estado y los aparatos ideológicos del
estado.
De allí que el multiculturalismo pueda aparecer
a primera vista como congruente con la hegemonía
del neoliberalismo. Implícito en esta paradoja
está el reto más profundo que el neoliberalismo
ofrece a la izquierda: En principio, la doctrina neoliberal
no presupone ninguna jerarquía de valor a priori,
aparte de la función del mercado y de market
choice en sí. Si market choice
es un acto esencialmente racional (de acuerdo con
el fin de maximizar ventaja y minimizar desventaja),
y además "libre" en un sentido formal
(es decir, no sujeta a una normatividad ajena al sujeto),
entonces la racionalidad comunicativa de Habermas
ya está latente en cierto sentido en la generalización
de las relaciones de mercado y la democracia parlamentaria,
y estamos, como opinaba Fukuyama, en el fin de la
historia. Pero, ¿sería posible derivar
del principio del multiculturalismo una posibilidad
más radical, ya que, para repetir lo que designa
el multiculturalismo (como la figura de Calibán
para Retamar) es lo subalterno: es decir, desigualdades,
diferencias, y antagonismos producidos o reproducidos
por la historia misma del colonialismo y el capitalismo?
En general, la respuesta de la izquierda -tanto comunista
o ex-comunista como social demócrata- a esta
pregunta ha sido negativa. El multiculturalismo implica
en mayor o menor grado un principio de relativismo
cultural y epistemológico. La izquierda, por
contraste, ha preferido en general refugiarse en la
idea del socialismo como una forma de racionalidad
crítica-científica moderna, pero opuesta
a la vez a la "razón instrumental"
del mercado y del estado burgués, y a las enajenaciones
de la industria cultural capitalista, representadas
sobre todo en el consumo.
El proyecto de Beatriz Sarlo en la Argentina de Menem
y la redemocratización -una variante de la
crítica negativa de la Escuela de Frankfurt-
,por ejemplo, depende precisamente de la capacidad
de movilizar la normatividad de los valores científico-humanistas
y estéticos de la alta cultura burguesa contra
la hegemonía del capitalismo en su forma actual.(4)
En otra dirección, Hugo Achugar revindica,
contra lo que él ve como el prestigio de las
nuevas corrientes teóricas "postcoloniales"
(entre ellas los estudios subalternos y el discurso
del multiculturalismo) en la académica metropolitana
y, sobre todo, norteamericana, una defensa de la tradición
de pensamiento cultural representada por la "ciudad
letrada" criolla latinoamericana en su capacidad
de recuperar y movilizar las formas de la "memoria
local" contra la hegemonía de la globalización.(5)
La crítica de Sarlo de las nuevas formas de
la sociedad de consumo implantadas en América
Latina y la defensa de la función benjaminiana
del escritor como flaneur o "receptor"
de la memoria local de Achugar surgen de un reconocimiento
vivencial de que la globalización implica,
entre otras cosas, un descentramiento de la autoridad
del intelectual tradicional (para recordar el concepto
de Gramsci) -descentramiento que exige una contra-respuesta
o reterritorialización de autoridad cultural
por parte del intelectual tradicional. Nadie negaría
la fuerza de resistencia crítica que puede
ofrecer la tradición letrada latinoamericana
o la memoria local en la globalización. Sin
embargo, puede haber en estas propuestas el peligro
de un neo-arielismo. La ansiedad del intelectual tradicional
ante los efectos supuestamente nocivos de la cultura
de masas globalizada es, en parte, una ansiedad ante
la democracia. Si una postura arielista (o frankfurtiana)
representa de hecho una forma de resistencia cultural
dentro de la globalización -lo que algunos
críticos coinciden en llamar un "regionalismo
crítico"- hay que reconocer que representa
también un estamento social y un proyecto cultural
todavía hegemónicos (aunque en crisis)
en su propio espacio nacional y/o regional.(6)
¿Ofrece entonces lo que lo que Sarlo denuncia
como el "neopopulismo de los medios" de
estudios culturales una alternativa coherente a este
neo-arielismo? Para Retamar la posibilidad de Calibán
fue sobre todo una cuestión de un nuevo tipo
de intelectual letrado. Pero en cierto sentido el
lugar de Calibán esta pasando de la "ciudad
letrada" nacionalista-progresista que celebra
su ensayo (es decir, en el propio contexto cubano
del ensayo, el lugar de Orígenes y/o Casa de
las Américas) a estudios culturales, donde
Calibán reaparece travestido como Teresa -la
protagonista popular de la película cubana
Retrato de Teresa- o Rigoberta Menchú
- bajita, gorda, indígena (es decir, literalmente
el deformed slave de la comedia de Shakespeare).
Lo que está en juego en la propuesta de estudios
culturales -George Yúdice hace esto explícito
en su deseo de hablar de "políticas culturales"
(cultural policies) en vez de política
cultural (cultural politics)- es la posibilidad
de pensar y a la vez alentar nuevas formas de ciudadanía
y "participación" en el contexto
de la globalización y la desterritorialización
y reterritorialización cultural que se está
produciendo en América Latina. De allí
la articulación estratégica de estudios
culturales como una especie de correa de transmisión
entre la sociedad civil, el estado, las corporaciones
transnacionales, las ONGs y fundaciones, y la academia.
Pero el proyecto de estudios culturales, aunque se
suele presentar en un registro postmodernista, corre
el riesgo de simplemente transferir la dinámica
cultural de modernización de la "ciudad
letrada" -es decir, de las formas de high
culture nacional-burguesa- a la cultura de masas
globalizada, vista ahora como más eficaz, más
capaz de producir la desfamiliarización cultural
esencial a la formación de una sensibilidad
moderna. En particular, el énfasis que -partiendo
de la teoría de la recepción- los estudios
culturales dan a la refuncionalización de la
producción de mercancías a través
del consumo conduce en la dirección de ver
al consumo como una especie de praxis política
en sí (o de pensar que la política funciona
hoy dentro de una lógica de consumo). Lo que
expresa la famosa consigna de Canclini: "el consumo
también sirve para pensar", es que con
la globalización económica, la sociedad
ha llegado a un umbral histórico en el cual
ya no es posible pensar la ciudadanía y la
democracia independiente del consumo.
La despolitización de estudios culturales,
o más bien su captación como parte de
la superestructura ideológica de la globalización,
reside no tanto en lo que Sarlo caracteriza como su
"populismo" sino en el hecho de que el campo
perpetúe inconscientemente la ideología
estética vanguardista que pretende desplazar
-una ideología que Sarlo precisamente defiende.
En las propuestas de Canclini sobre hibridación
cultural, la posición de sujeto desde el cual
se puede registrar los efectos de la hibridación
no es exactamente la del sujeto popular supuestamente
involucrado en esos procesos de transmutación.
Se trata más bien de una apropiación
esencialmente intelectual de la cultura de
masas por intelectuales tradicionales, ubicados esencialmente
en la academia o en las ONGs, y socialmente en una
clase media o clase media alta profesional.
En ese sentido, el proyecto de estudios culturales
no rompe con los valores de la modernidad. Los "tiempos
mixtos" de Canclini se resuelven en el presente
caótico y dinámico de la grande megalópolis
capitalista como Sao Paolo, ciudad de México,
o Buenos Aires, y los nuevos flujos demográficos
y culturales que posibilita. El proceso de hibridación
reproduce -pero ya a nivel de las culturas populares
o de masa, y en un registro post- o para-nacional-
la teleología moderna expresada anteriormente
en la idea de mestizaje cultural o transculturación.
Estudios culturales llega a ocupar el lugar de un
proyecto revolucionario de la izquierda no sólo
fracasada, sino vista ahora como imposible y/o indeseable.
En un nuevo libro sobre la relación entre cultura
y política en Guatemala hoy (7),
Mario Roberto Morales critica a la vez la estrategia
de lucha armada de la guerrilla guatemalteca en los
años ochenta y el "binarismo" que
subyace en la emergencia de las nuevas políticas
de identidad indígena en su país. En
su lugar, defiende un proceso de "mestizaje cultural"
modelado sobre la base del concepto de hibridez de
Canclini. Reconoce la persistencia del carácter
multiétnico y multilinguístico de un
país como Guatemala, la justicia de muchas
de las revindicaciones indígenas, y la posibilidad
de cierta autonomía relativa de los grupos
indígenas dentro del espacio nacional; y diferencia
en particular su uso del concepto de mestizaje de
su aceptación tradicional en el discurso mundonovista
(vgr. en Martí o Vasconcelos). Por lo tanto,
entiende por "mestizaje cultural" no tanto
la superación de diferencias etno-culturales
sino la ampliación, negociación, e hibridación
de esas diferencias en condiciones de democratización
(para parafrasear su propia formulación). Esta
posibilidad implica a su vez una nueva forma de lo
nacional, modelada sobre la representación
que ofrece estudios culturales de lo social como proceso
de hibridación (y, en efecto, el libro de Morales
es una nueva forma del ensayo nacional tradicional).
Pero cabe preguntar: si tanto la cultura indígena
como la ladina en Guatemala participan de un proceso
común de mestizaje/hibridación/transculturación,
entonces, ¿en qué consisten en primer
lugar las diferencias que se articulen en ese proceso?
Los efectos de la globalización que Morales
señala en la cultura guatemalteca actual también
llevan -por la lógica de desarrollo combinado
y desigual- a intensificaciones de diferencias -en
este caso, a una agudización radical de una
conciencia basada en una identidad "maya".
Uno puede estar de acuerdo o no con la expresión
ideológica ("esencialista", según
la caracterización de Morales) de esta conciencia,
pero el fenómeno de su surgimiento y fuerza
es innegable. Es precisamente esta intensificación
de la diferencia lo que potencia y hace necesario
a la vez el "diálogo interétnico"
que Morales promueve en su libro contra la política
de identidad mayista. Pero no puede haber un diálogo
(etimológicamente dia-logos, o dos
verdades) -o, para usar el término de Rorty,
"conversación"- posible entre posiciones
de sujeto fundamentalmente desiguales no sólo
en términos socio-económicos pero también
epistemológicos. Es decir, para que haya "diálogo
interétnico" uno tiene que conceder en
primer lugar la autoridad de la voz del otro. Pero
esto implicaría, otra vez, un desplazamiento
de la autoridad del letrado -es decir, del propio
Morales- como el "conductor de pueblos"
nacional-popular.
Volveremos a este problema en seguida. Por el momento,
es suficiente notar que para una rearticulación
propiamente postmoderna de estudios culturales me
parece más útil que el concepto de hibridez
de Canclini la idea de una "heterogeneidad no
dialéctica" bosquejada por Antonio Cornejo
Polar en uno de sus últimos ensayos.(8)
Pensando en el fenómeno del gran flujo migratorio
de la sierra hacia las ciudades costeñas del
Perú en las últimas décadas (que
equivale a una especie de diáspora interior
al país), Cornejo rechaza la opción,
que asocia explícitamente con Canclini, de
pensar la identidad del sujeto de esa migración
como desterritorializada. Aunque de hecho varias identidades
y territorialidades coexisten en ese sujeto, no debe
entenderse como transculturado o híbrido. Más
bien, es un sujeto descentrado o esquizofrénico,
construido alrededor de dos (o más) ejes de
identidad que son contradictorios de una forma que
no resulta en una supresión-superación
(según el concepto hegeliano de Aufhebung)
de la contradicción: "Acoge [el sujeto
migrante] no menos de dos experiencias de vida que
la migración, contra lo que se supone en el
uso de la categoría de mestizaje, y en cierto
sentido en el del concepto de transculturación,
no intenta sintetizar en un espacio de resolución
armónica" (844-845).
Si se entiende a la hibridez o el mestizaje como el
campo de "negociación" o (para usar
el concepto de Homi Bhabha) de "traducción"
de diferencias, entonces la disputa es sólo
terminológica: híbrido o heterogéneo,
da más o menos lo mismo. Pero detrás
de la apelación a la hibridez y/o la transculturación,
perdura una ansiedad: una ansiedad de clase (burgués
o pequeño burgués), de estamento (letrado),
de etnia (ladino-criollo-pituco), y de género
(en su mayoría masculino) de ser desplazado
por un sujeto popular-subalterno multiforme, ansiedad
que se traduce en un deseo de contener el protagonismo
y la posibilidad desbordante de ese sujeto dentro
de un marco aceptable para nosotros, por
decirlo así.
La propuesta de Cornejo sugiere la posibilidad de
un nuevo discurso de lo nacional en relación
a posiciones de sujeto multiculturales. Pero, si pasamos
de una lógica de hibridez o transculturación
a la de una de "heterogeneidad no dialéctica"
-es decir, a una lógica de diferencias que
no se resuelven en un proceso teleológico de
formación de una cultura "nacional"
o (como prefiere Canclini) "glocal"- surge
entonces la pregunta inherente en la crítica
que hace Morales de la política de identidad
mayista en Guatemala: ¿No es por definición
la articulación de las "diferencias"
en sí una limitación a la posibilidad
de formar un bloque potencialmente hegemónico,
ya que esta posibilidad requiere la articulación
de una "voluntad colectiva", según
la conocida expresión de Grasmci?
Podemos replantear el problema de esta manera: si
las políticas de identidad son esencialmente
una demanda de igualdad de oportunidad o de representación
formal -de acuerdo con la categoría constitucional
del sujeto- entonces son compatibles con la hegemonía
neoliberal. Según un conocido argumento de
Mouffe y Laclau (en Hegemonía y estrategia
socialista), en el grado en que las identidades
multiculturales encuentran en sí mismas el
principio de su propia racionalidad, sin tener que
buscar ésta en un principio trascendente o
universal que garantizara su legitimidad ontológica
o histórica, producen una posición de
sujeto "democrática". Es decir, el
multiculturalismo se conforma con la utopía
neoliberal de una interacción de sujetos autónomos
plurales gobernados en última instancia sólo
por las reglas del juego democrático y del
mercado. Es más: las demandas multiculturales
expresan el deseo y la posibilidad de la integración
de sectores relativamente privilegiados de grupos
anteriormente subalternos al estado y al mercado capitalista.
A su vez, el estado y el mercado comparten la necesidad
de organizar poblaciones heterogéneas e híbridas
en categorías identitarias fijas: indígena,
gay, mujer, victima de SIDA, protestante, etc. (El
problema, por supuesto, es que una persona concreta
puede ser todas estas cosas a la vez: esa persona
sería precisamente el nuevo Calibán).(9)
Pero si estas demandas no son sólo para igualdad
o representación formal, sino para una igualdad
cultural, económica, cívica, y epistemológica
a la vez, entonces la lógica de las políticas
de identidad multiculturales sobrepasa la posibilidad
de ser contendida dentro de la hegemonía neoliberal,
y conduce hacia lo que Mouffe y Laclau llaman una
posición de sujeto "popular" -es
decir, capaz de dividir el espacio político
en dos campos opuestos: el campo de un "bloque
popular" y el campo de la élite o del
"bloque de poder"- en la medida en que la
autoconstitutividad de cada uno de las identidades
diferenciales es, a la vez, el resultado de un desplazamiento
de un "imaginario igualitario" compartido
-un imaginario que nace de las desigualdades (económicas,
etno-raciales, de género, de cultura, etc.)
producidas por la modernidad capitalista.
En su concepto de "imaginario igualitario"
Mouffe y Laclau coinciden con el conocido argumento
del filósofo canadiense Charles Taylor de que
el multiculturalismo implica una "presunción
de valor igual" que se traduce socialmente como
una demanda de "reconocimiento".(10)
En una discusión reciente de Taylor, Homi Bhabha
señala que, para Taylor, esta presunción
"no deriva del lenguaje universal de valor cultural...
porque se enfoca exclusivamente en el reconocimiento
para lo excluido". En otras palabras, la presunción
no depende de un principio ético o epistemológico
que existe anterior a la demanda de reconocimiento
cultural en sí misma. Un juicio valorativo
auténtico no puede presumir un valor. Más
bien, la demanda pone en marcha un "juicio procesal"
(processual judgement) que involucra la necesidad
de "negociar" diferencias de valor para
llegar a una nueva "fusión de horizonte"
(fusion of horizon) que no estaba presente
antes de la demanda.
Pero estas ideas de processual judgement
y fusion of horizon sugieren en el argumento
de Taylor una teleología de transculturación
(parecida a la del "diálogo inter-étnico"
de Morales) que parece negar la fuerza de la otredad
que se trata de "negociar" en primer lugar
(entre otras cosas, porque esa otredad no tiene que
expresarse necesariamente en una teleología
de transculturación o hibridación).
Como señala Bhabha, "[L]o que Taylor encuentra
particularmente inaceptable en la presunción
de valor igual es la extensión de derechos
civiles al dominio de juicio cultural" (449).
Pero su solución, "trabajar a través
de la diferencia cultural para ser transformado por
el otro", continua Bhabha,
no es tan claramente abierto al otro como suena.
Esto es porque la posibilidad de una 'fusión
de horizonte" de valores --el nuevo patrón
de juicio-- no es tan nuevo; está fundada sobre
la noción del sujeto dialógico de la
cultura que teníamos precisamente en el comienzo
del argumento. Ese patrón no ha cambiado....
Hay [en Taylor] una presunción de reconocimiento
dialógico como forma de reciprocidad social
y psíquica que hace de la fusión de
horizontes una norma de valor o entereza cultural
esencialmente consensual y homogeneizante, basada
en la idea de que la diferencia cultural es fundamentalmente
sincrónica.(11)
Bhabha quiere enfatizar aquí que no puede ser
un principio abstracto ético o epistemológico
de reciprocidad o "reconocimiento" -es decir,
un principio particular al supuesto universalismo
de la moderna cultura burguesa occidental- lo que
dinamiza la "presunción de igual valor";
es más bien el carácter históricamente
específico de las relaciones de subalternidad,
marginalización, y explotación producidas
por la hegemonía de esa misma cultura. Para
Taylor, "La diferencia está constituida
y totalizada dentro de cada cultura"; de allí
que el diálogo multicultural "involucra
dos sujetos culturales unitarios (individuales o colectivos)".
Pero el problema de lo que Bhabha llama "el sujeto
minoritario" (aunque debe estar claro que está
hablando de la inmensa mayoría de la humanidad)
"no es la cuestión de reciprocidad
-'la relación de los dos"- sino la problemática
de proximidad.... El sujeto minoritario producido
por la proximidad de diferencia (en vez de reciprocidad)
emerge de una historia de prácticas discriminatorias
y excluyentes sin la temporalidad que el dialogismo
necesita para un reconocimiento exitoso" (450).
Taylor representa para Bhabha la limitación
de las energías subversivas generadas por el
multiculturalismo a la lógica de lo que en
los Estados Unidos solemos llamar liberal multiculturalism
(cuando no corporate multiculturalism). Pero
Bhabha señala también el peligro de
que una política de identidad que no depende
de la "fusión de horizontes" puede
quedar atrapada en una articulación defensiva,
rígida de dolor y resentimiento, no sólo
"incapaz de participar en una política
transformativa, colectiva" sino en cierto sentido
colusorio con sus propias condiciones sociales de
producción y reproducción como sujeto
subalterno o minoritario" (452).
La idea inherente en mi argumento aquí, por
contraste, es que se puede derivar la posición
de sujeto colectiva necesaria para la articulación
de una nueva forma de hegemonía desde el principio
del multiculturalismo. Como señalan Mouffe
y Laclau, la posibilidad de sobrepasar los límites
de la actual hegemonía burguesa sería,
en un sentido primario, nada más que la lucha
por lo que llaman la "autonomización máxima
de esferas" sociales de acuerdo con la generalización
de una lógica igualitaria. Pero esto ocurre
precisamente cuando se presiona desde dentro de las
varias formaciones culturales y políticas de
identidad para llegar al extremo de sus demandas;
es decir, a un extremo en que estas demandas (por
"reconocimiento", derechos, libertad, igualdad
formal, autonomía territorial, bi o multilinguismo,
etc.) ya no pueden ser contendidas dentro de las formas
legales y los aparatos ideológicos del estado
actual y la lógica económica impuesta
por la ley de valor capitalista.
Esta ecuación entre lo popular y lo heterogéneo
no implica, por lo tanto, generalizar el principio
del multiculturalismo a todo el espacio social, como
ocurre en la celebración del poder de gestión
de la sociedad civil en estudios culturales. Si la
posición de sujeto popular es precisamente
la expresión política-cultural de un
principio de igualdad implícito en la heterogeneidad
multicultural, entonces no puede incluir dentro de
sí la "diferencia" representada por
el bloque de poder. El carácter multicultural
de lo popular tiene que ser articulada contra algo
que no es -lo que Laclau designa como su
"afuera constitutivo". En las condiciones
de la globalización y de las hegemonías
locales de élites burguesas, este "afuera
constitutivo" tiene que ser la lógica
de aculturación o transculturación asociada
con la modernidad burguesa y la ley de valor del modo
de producción capitalista, vista ahora como
incompatible en última instancia con las demandas
tanto de las clases populares como de las identidades
subalternas o multiculturales que cruzan esas clases
para una condición de igualdad social y democratización
máxima en todas las esferas.
En otras palabras, la unidad de los elementos del
"pueblo" dependen de un reconocimiento de
la inconmensurabilidad o del carácter heterotópico
de esos elementos y, por lo tanto, de la proliferación
de "contradicciones en el seno del pueblo"
como valores positivos en vez de "problemas"
(de desarrollo, de falta de educación o normatividad
socialista). Lo que define la -renovada- posibilidad
del "pueblo" como sujeto hegemónico
hoy no es, por lo tanto, la noción jacobino-nacionalista
del pueblo como sujeto idéntico a sí
mismo -noción que hace del pueblo esencialmente
el sujeto predilecto del estado moderno- sino precisamente
la articulación del pueblo como un sujeto internamente
fisurado y heterogéneo.(12)
Un proyecto renovado de la izquierda para "cambiar
la vida" -el nuevo Calibán- sería
la expresión política de este reconocimiento
de la heterogeneidad e inconmensurabilidad de lo social,
sin sentir la necesidad de resolver las diferencias
en una lógica unitaria o transculturadora de
modernización.
Unas observaciones finales:
1) Como hemos visto, para Mouffe y Laclau las políticas
de identidad multicultural pueden apuntar a la vez
hacia una posición de sujeto democrático
compatible con la hegemonía neoliberal, o
hacia la posición de sujeto popular de un
nuevo bloque histórico potencialmente hegemónico.
Pero lo que es evidente es que lo que prima en ambas
alternativas es la misma lógica socio-cultural
(de subalternidad, explotación, exclusión,
discriminación, falta de igualdad). Esta
coincidencia sugiere la posibilidad de una convergencia
entre las formas más avanzadas del liberalismo
(como, por ejemplo, el feminismo, el movimiento
gay, el ecologismo, los movimientos en favor de
derechos humanos) y el proyecto de recomenzar o
reanimar el proyecto de la izquierda, una convergencia
que sobrepasaría en sus demandas e interpelaciones
los límites inherentes en los gobiernos social-demócratas
o comunistas actuales.
2)
Si en un registro "post" se ha insistido
mucho en la sobredeterminación de la identidad
de clase por otras identidades y lógicas
de lo social, también hay que reconocer que
esas identidades a su vez están sobredeterminadas
por las relaciones de clase, y que la lógica
de esas relaciones es una lógica fundamental.
Si el multiculturalismo es solo una manera de producir
un nuevo yuppie étnico o femenino
o gay -lo que en Miami se suele llamar un yuca (de
young, upwardly mobile Cuban-American-
entonces no hemos avanzado mucho en la dirección
de un nuevo Calibán. Más bien hacemos
el juego del neoliberalismo. Pero esto es reconocer
que la clase es también, al nivel de lo político-cultural
(es decir, como clase-por-si), una identidad.
3) Muchos pensadores de la izquierda arguyen la
"incompatibilidad sistemática"
(la frase es de Frederic Jameson) entre el principio
del mercado y el socialismo, haciendo referencia
a la enormes consecuencias destructivas -tanto en
lo cultural-ideológico como en lo económico-
de la reintroducción descontrolada de relaciones
de mercado capitalistas en las sociedades post-comunistas.
Pero el principio de la relación entre el
mercado y la democratización en el pensamiento
neoliberal no implica necesariamente una identificación
absoluta entre el mercado y el capitalismo, o del
principio del mercado como tal con el "mercado
libre" creado por el capitalismo histórico.
Esa identificación depende más bien
de la función ideológica del neoliberalismo
de asegurar la hegemonía del capital global.
Pero, el mercado no es una institución social
exclusiva del capitalismo, ni es la existencia de
relaciones de mercado como tal lo que define el
capitalismo como modo de producción: puede
haber modos de producción -como un sistema
generalizado de producción de pequeña
mercancía- que dependen del mercado pero
que no son capitalistas; viceversa, puede haber
modos de producción basados en relaciones
de producción explotadoras que no dependen
del mercado -vgr. el feudalismo. El problema entonces
no es en sí mercado versus planificación,
o sociedad civil versus estado, sino qué
configuración social ejerce la hegemonía
tanto en el estado como en la economía o
las instituciones de la sociedad civil: es decir,
en última instancia se trata de un problema
político y cultural más que puramente
económico.
4)
El espacio geo-político de la modernidad
esta formada por la nación-estado. Como se
sabe, la globalización implica una superación
relativa de la nación-estado. Sin embargo,
el espacio de la hegemonía -su territorialidad-
es todavía nacional (y, viceversa, en cierto
sentido la nación es, como Gramsci vió,
un efecto de la hegemonía). Por lo tanto,
en vez de abandonar la idea de la nación
y de movernos exclusivamente a un registro post-nacional,
entonces, es necesario desarrollar desde el multiculturalismo
y la/s cultura/s popular/es un imaginario nuevo
de la nación-estado y de su relación
con nuevas formas de territorialidad supra o subnacionales.(13)
Desde el multiculturalismo, porque este imaginario
no puede ser simplemente una reafirmación
de la nación histórica, ya que la
nación histórica -y sus instituciones,
como el canon de la literatura nacional- es en parte
inconmensurable con la heterogeneidad radical de
las clases y grupos sociales subalternas que pretende
representar dentro de su territorialidad.
5)
La secularización como valor, y las formas
de una cultura propiamente secular (la ciencia, la
literatura y el arte moderno, la historia y las ciencias
sociales, el lenguaje de derechos civiles, etcétera)
son, como los ideales de democracia e igualdad social,
productos de la modernidad, y están, hasta
cierto punto, interrelacionadas con esos ideales.
Pero el objeto de una sociedad igualitaria y democrática
no debería ser la secularización en
sí (una meta además imposible de conseguir),
o el dominio de la ciencia o los "expertos"
(que, en las condiciones actuales, equivaldría
a decir el dominio de las grandes multinacionales
que han monopolizado o están en proceso de
monopolizar la tecnología y la informática).
Si para ganar la hegemonía las clases y los
grupos sociales subalternos tienen que devenir esencialmente
lo que ya es hegemónico -es decir, la "moderna"
cultura burguesa (científica, literaria, etc.)-
entonces las clases dominantes (nacional o transnacionales)
y la cultura dominante continuarán prevaleciendo,
aun después de ser derrotadas (como se sabe,
esta paradoja definió en parte la crisis del
proyecto del comunismo). Por otro lado, el principio
del igualitarismo en sí presupone a la vez
que cabe dentro de el "imaginario igualitario"
formas de subordinación dentro de los parámetros
de sociedades o religiones tradicionales simplemente
por ser no-modernas o anti-modernas, o locales (vgr.
formas de subordinación patriarcal o de casta
o etnia). Como hemos visto, un neo-tradicionalismo
o fundamentalismo religioso puede ser altamente compatible
con la reproducción de una sociedad y un estado
moderno autoritario (como en el caso de Chile bajo
la dictadura de Pinochet o Irán). La posibilidad
radical del multiculturalismo reside estrictamente
en una insistencia constitutiva en la igualdad social.
Pero (para recordar el argumento de Bhabha mencionado
arriba), esta insistencia no depende simplemente de
un "principio" ético o filosófico
de igualdad. Cualquier relación de subordinación
o desigualdad social concreta produce su contrario:
una negación de la autoridad de la posición
dominante. Es esa "negación" lo que
crea, en primer lugar, una identidad subalterna.
Por razones evidentes, el proyecto de reanimar o reimaginar
la posibilidad de Calibán tiene que ser por
el momento más un proyecto en el campo de la
cultura que en la política o en la economía.
Pero lo que Lyotard llama "la condición
postmoderna" también implica un cambio
en el lugar de la cultura. Según el famoso
ensayo de Jameson (que ha devenido en sí, en
su diseminación global, un artefacto de la
postmodernidad), en el contexto de la generalización
social y la diseminación de la cultura de masas,
el modelo weberiano de la modernidad, en que el arte
y la cultura funcionan como esferas autónomas
o semi-autónomas (de ahí que el formalismo
estético sea su representación teórica-crítica),
comienza a desmoronarse.(14)
La cultura hoy atraviesa lo social en formas nuevas
y todavía no teorizadas, de tal manera que
todas las instancias de lo social -desde la estructura
del psique revelada por la teoría psicoanalítica
hasta la economía política y la organización
del estado- son "culturales" en alguna medida.
).
La nueva centralidad de la cultura (o del tema de
la cultura, que no es exactamente lo mismo), y su
correlativo, el concepto semiótico de la identidad,
confirió al campo académico de la crítica
literaria la función de una vanguardia conceptual,
paradójicamente en un momento en que ese campo
comenzaba a perder su propósito y su autoridad
tradicional. De allí nace el poder de gestión
y la correspondiente responsabilidad que la actual
coyuntura confiere a nuestro quehacer como practicantes
de crítica cultural. Pero el reconocimiento
de la dimensión cultural de la hegemonía
también viene acompañado por un sentido
de la necesidad de abandonar lo que José Joaquín
Brunner ha llamado "la visión 'cultural'
de la cultura"(15) propia
de la crítica literaria y de las humanidades
en general, y de cuestionar nuestra propia función
pedagógica en formar los sujetos de la modernidad.
En el final del ensayo de Retamar, la posibilidad
de Calibán esta simbolizada todo en una visión
-representada por un fragmento de un discurso de Che
Guevara- de una "nueva" universidad post-revolucionaria
abierta al pueblo. La posibilidad de un nuevo Calibán
no puede fundarse en una similar creencia en la función
redentora de la educación -una creencia sui
generis "moderna" (y sarmentina). Implicaría
no sólo un imaginario político-cultural
de la izquierda nuevo, sino un cuestionamiento radical
de la función de la universidad y de nuestra
propia complicidad como intelectuales en producir
y reproducir relaciones de desigualdad social y cultural.
En este sentido, la tarea de los estudios subalternos
en la coyuntura actual es, en parte, constituirse
como una especie de crítica de la razón
académica.
Notas:
1 Es quizás pertinente observar al
respecto que la transición del comunismo al
capitalismo fue o está siendo efectuada sin
una verdadera revolución social -lo que equivale
a decir, sin un cambio de clase dominante.
2 Es interesante notar que los límites
del proyecto de la URSS se revelaron sobre todo en
su enfrentamiento con el fundamentalismo islámico
en la guerra de Afghanistán.
3 La política cultural de
la izquierda más relacionada con la teoría
de la dependencia fue la idea de transculturación
propuesta por Ángel Rama, sobre la base del
aporte inicial -que incluye la invención del
neologismo- de Fernando Ortiz en Contrapunteo
cubano del tabaco y el azúcar.
4 Vgr. Beatriz Sarlo, "Los estudios
culturales y la crítica literaria en la encrucijada
valorativa". Revista de Crítica Cultural
15 (1997).
5 Hugo Achugar, "Leones, cazadores e
historiadores: A propósito de las políticas
de la memoria y del conocimiento", Revista Iberoamericana
180 (1997). Vgr.: "[L]a construcción que
se propone de América Latina, dentro del marco
teórico de los llamados estudios postcoloniales,
parecería apuntar a que el lugar desde donde
se habla no es o debe ser el de la nación sino
el del pasado colonial.... [El] lugar desde donde
se lee América Latina parece ser, por un lado,
el de la experiencia histórica del Commonwealth
y por otro... el de la agenda de la academia norteamericana
que está localizada en la historia de su sociedad
civil" (381).
6 Quizás sea útil recordar
aquí que uno de los argumentos fundacionales
de la nueva derecha latinoamericana fue la crítica
del arielismo literario hecha por Carlos Rangel en
su libro Del buen salvaje al buen revolucionario
(Caracas: Monte Ávila, 1976).
7 Mario Roberto Morales, La articulación
de las diferencias, el síndrome de Maximón:
Los discursos literarios y políticos del debate
interétnico en Guatemala (Guatemala:
FLACSO, 1999).
8 Antonio Cornejo Polar, "Una
heterogeneidad no dialéctica: Sujeto y discurso
migrante en el Perú moderno," Revista
Iberoamericana 176-177 (1996).
9 Como se sabe, Foucault designa
a esta manera de categorizar a poblaciones el "biopoder".
10
Charles Taylor, "The Politics of Recognition,"
en Multiculturalism, ed. Amy Gutman (Princeton NJ:
Princeton University Press, 1994).
11 Homi Bhabha, "Editor's Introduction,"
Front Lines/Border Posts, número especial de
Critical Inquiry 23/3 (1997) 449-450.
12
Este sentido del "pueblo" está cercano
a lo que Lyotard entiende por "lo pagano"
o Paolo Virno por "la multitud" -es decir,
un sujeto social colectivo, pero heteretópico,
pero no totalizable en una identidad.
13 Un ejemplo de esto es la idea de borderlands
o territorialidad "familiar" en las obras
de escritoras latinas en Estados Unidos: vgr. Dreaming
in Cuban de Cristina García, How
the García Girls Lost Their Accents
de Julia Álvarez, Translated Woman
de Ruth Behar, o Borderlands/La frontera
de Gloria Anzaldúa.
14 Fredric Jameson, Postmodernism,
or the Cultural Logic of Late Capitalism
(Durham NC: Duke University Press, 1995).
15 Es decir, la visión que identifica
a la cultura en efecto con los suplementos de los
diarios de domingo. José Joaquín Brunner,
"Notes on Modernity and Postmodernity in Latin
American Culture," en The Postmodernism
Debate in Latin America, eds. John Beverley,
José Oviedo, y Michael Aronna (Durham NC: Duke
University Press, 1995).
El
presente texto fue publicado originalmente en el cuaderno
Roberto Fernández Retamar y los estudios
latinoamericanos, de la serie Críticas,
preparada por Elzbieta Skolodowska y Ben A. Heller
(editores) para la Universidad de Pittsburg. John
Beverley se desempeña como profesor de español,
literatura latinoamericana y estudios culturales de
la Universidad de California en San Diego.
|
| |
|
|
| |
|
|
|