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Cintio Vitier acaba de obtener el Premio Juan Rulfo 2002 por toda su obra literaria. Ha sido la suya una de las carreras literarias más singulares del último medio siglo cubano, desde que se diera a conocer como miembro activo del grupo Orígenes. Su poesía, narrativa y textos ensayísticos no han dejado de desvivirse por recrear la insularidad a partir de su espiritualidad, de una idea de lo nacional comprometida con una visión teleológica que no cesa de ser polémica. La isla en peso ha querido reverenciar al Vitier crítico rescatando un texto que apareciera primeramente como prólogo a la antología Los grandes románticos cubanos, de 1960, donde yacen algunas de sus tesis más constantes sobre la lírica nacional.
 
     
 
Introducción a los grandes románticos cubanos
 
  Cintio Vitier  
 


El intelectual
Marcelo Pogolotti

Como se ha hablado de un barroquismo natural americano, puede también afirmarse una esencia romántica de América. Todos los rasgos del romanticismo son resumibles, para la caracterización rápida, en uno solo: hipertrofia del yo. En vano sabemos que hay un romanticismo evolutivo y conservador, el de Wordsworth y Coleridge: la imagen de Byron y Shelley predomina, con su perfil rebelde y libertario. Comprimido por siglos de teología y racionalismo, el yo hace volcánica irrupción cuando se resquebrajan las estructuras religiosas, económicas y sociales de la Europa moderna. Las chispas llegan pronto a nuestras playas, en el momento en que Suramérica, desgarrada de España, se enfrenta con su propio caos, y Cuba despierta a la agitación revolucionaria. Tal es la coyuntura histórica de la escuela romántica, como en el XVII se produce la corriente barroca bañando las dos orillas. Lo que ahora subrayamos es un hecho constitutivo, no episódico. "¿Quién que Es, no es romántico?", dijo Darío, aludiendo hiperbólicamente a una categoría del ser que en América se ve mas clara y avasalladora que en Europa. El paisaje gigantesco o idílico, el choque de culturas y la mezcla de sangres, la revolución preñada de hazañas inauditas y sacudimientos geológicos, todo eso que Sarmiento sintetizó como una encarnizada lucha de "civilización y barbarie" y que provoca, desde los Conquistadores hasta los Libertadores y Caudillos, un individualismo arrasador frente al reto de la naturaleza y la historia, ¿no son elementos naturales y fatales de un romanticismo vital?
Un crítico español compara la plétora de Balbuena en su Grandeza Mexicana con el desenfrenado colorismo de la escuela romántica. Ya el criollo de los primeros tiempos era mas goloso, mas derrochador, mas exquisito. Su temperamento se va configurando como un contraste de lánguidas abulias y súbito arrebato. Así se describe una criolla típica, la Condesa de Merlin. Históricamente, el contraste se evidencia: la Colonia parece un agua estancada, donde prolifera una fauna social y una flora cultural viciosas; de pronto, de ese cultivo de injusticias salta el fuego y "¡a caballo, la América toda!", como dice Martí. Claro que ha habido un proceso interior, que los gérmenes ideológicos han volado de Francia y Norteamérica. La imagen de una rápida mutación emocional no es por ello menos poderosa, y vemos salir del mutismo de la pampa las aullantes montoneras. (1) En el fondo es el frenesí del hombre lanzándose, no solo contra la opresión y contra Europa, sino también contra la infinitud de los monstruosos espacios americanos: la selva, la puna, los Andes, la pampa. De un lado están los violentos, de que es prototipo romántico Facundo; del otro, los sensitivos, que producirían en el verso y la prosa las extrañas irisaciones, los tonos ardientes y lánguidos del romanticismo americano.
Sabido es, por otra parte, que en América se da simultáneo lo que en Europa es sucesivo o polémico. Sor Juana escribe como Fray Luis y como Góngora; Darío es a la vez un romántico, un parnasiano y un simbolista. Por eso no sorprende que en nuestro romanticismo se concilien o yuxtapongan elementos neoclásicos, lo que en Europa ocurre mas bien como herencia y asimilación: así Pope en Byron o el alejandrino de Racine en Hugo. De aquel modo americano, Heredia alterna sus ofrendas a Byron, al falso Ossián y a Cienfuegos e incluso a Jovellanos, sin perder casi nunca de vista su Horacio y Virgilio tutelares; Plácido trasluce juntas, con absoluto desenfado, las huellas de Meléndez, Zorrilla y Garcilaso; Milanés desempolva un fresquísimo Lope; el robusto Luaces, anticipador de Casal, no abandona a Bello; Zenea, trémulo, se rinde a Musset, Lamartine y los lakistas para sacar cubanísimas ganancias, y de pronto le sorprendemos los mas castizos acentos; Julia Pérez, en fin, evoca a Young en medio de un bosque preciosista. Pero hay otra razón de la supervivencia neoclásica en nuestra poesía romántica. El paisaje insular no es el continental: aquí hay una dimensión cariñosa, al alcance del hombre; una sobriedad de estructura, una suavidad en las tintas. El mismo sol a plomo, destella sobre un mar clásico. La proporción únicamente se deshace en evaporadas lejanías. Nuestro romanticismo, arrebatado y todo, pagando en oro o cobre sonante su tributo a la pompa epocal, muestra una visible tendencia, por un lado, a los vagos deliquios vesperales, por otro, a la contención lapidaria del soneto.
Mucho habría que decir, y algo hemos dicho en otro sitio, sobre lo que hay de precioso y profundo en la línea más ingenua y simple de nuestro romanticismo, y cómo lo francés y lo nórdico nos sirve de piedra de toque para expresar esencias nuestras, y cómo en el tono blanco y la monótona dulzura de Milanés, Zenea, Luisa Pérez, se esconden secretos irrenunciables de nuestra alma. No podemos detenernos aquí en estos y otros aspectos. Sólo queremos recordar que el desdén ante las ingenuidades románticas suele ser mas ingenuo que su presunta víctima. Sin duda aquella época, como esta y todas, mecanizó sus recursos; pero en su centro había una intuición prodigiosa, que identificaba la naturaleza y el corazón, la realidad y los sueños, la mujer y la quimera. Si lo contemplamos en todo su horizonte, el mundo romántico es un remolino trastornador de los límites, cuya fundamental vehemencia (y Ortega nos recuerda, a propósito de la criolla, que esta palabra significa en su origen "soplo vivaz, viento"), puede todavía, y siempre, fecundarnos. De hecho, el existencialismo y el surrealismo, para bien o para mal, son en buena parte retoños del impulso romántico. Entre nosotros, debemos subrayar el acendrado eticismo de los hombres que lo sustentaron, porque a través de tantos suspiros, imprecaciones y lágrimas, latía una poderosa vitalidad fundadora y una fe inquebrantable en el sentido radical de la existencia. El ¡oh! romántico no es solo una fórmula hueca: es también, desde la inspiración que lo hizo nacer, una profesión de fe y de impulso creador cuyas implicaciones deberíamos revisar.

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Lo mas granado de nuestro romanticismo abarca dos generaciones: las de Heredia y Zenea. Después lo romántico sobrevive en formas menos características, opacas y transicionales, hasta que, con la aparición de Martí y de Casal, se integra en el renacimiento modernista. La generación de Heredia coincide con el excepcional grupo de mentores que forman Varela, Saco, Del Monte, Luz y Caballero, y con los primeros cuentistas y novelistas de calidad: Villaverde, Suárez y Romero, Echeverría, Palma. Todos actúan entrañablemente vinculados al despertar de la Nación, iluminando sus problemas, definiendo su sensibilidad, orientando sus objetivos inmediatos y lejanos. Es el período de la agitación liberal que en seguida empalma con el de las conspiraciones previo a la guerra del 68. En esta segunda fase preparatoria de la maduración revolucionaria, tiene su apogeo la generación de Zenea, que ve florecer la obra de Luz en El Salvador, cuyas esencias van a llegar a Martí a través de Mendive. La continuidad y cohesión del siglo XIX es asombrosa.
El romanticismo era una revolución estética y filosófica, sobre todo en su mas profunda revelación, la de los poetas y pensadores alemanes: Novalis, Tieck, los hermanos Schlegel, Hoffmann; pero era también una revolución política, que traía sus orígenes sentimentales y pedagógicos de la obra de Rousseau. La corriente alemana apenas influye en América: era demasiado especulativa y fantástica para el momento. Luz declaró que no había considerado útil enseñar el idealismo germánico, raíz de esa corriente. Por lo demás, su influjo en el resto de Europa tampoco es decisivo en el XIX y solo llega a mostrar las violentas posibilidades que escondía, con el advenimiento del surrealismo. Los románticos franceses e ingleses que, de un modo u otro, son hijos de la Revolución, constituyen los modelos e impulsores del romanticismo americano. De ahí que nos adelantáramos al español, tardío y superficial; de ahí que aparezca entre nosotros siempre ligado a la idea de independencia y libertad, aun antes de que puedan señalarse manifestaciones literarias definidas. Bolívar, fanático de Rousseau, es un romántico completo; lo es ya, incluso, su maestro Simón Rodríguez. En Cuba, ese aspecto vital y político del romanticismo resplandece en la figura del primer Heredia, que además, en lo literario, como ha demostrado Manuel Pedro González, se adelanta al Duque de Rivas en España y a Esteban Echevarría en la Argentina. Él es, en efecto, "el primogénito del romanticismo hispano" .Por eso es un desterrado y por eso, cuando abjura de la revolución, lo abandona también el entusiasmo romántico. Y es la resaca revolucionaria del romanticismo la que se apodera trágicamente de Plácido y Zenea, fusilados ambos por los soldados españoles.
Es curioso, sin embargo, que, salvo el caso de Heredia, los poetas principales de nuestra época romántica no hayan sido cultivadores muy afortunados ni muy frecuentes, del tema patriótico y político. (Digo los principales: conocida es la multitud de poetas menores que cantaron ardientemente el separatismo y la guerra.) Es difícil incluir en una antología El juramento de Plácido. La Epístola a Ignacio Rodríguez Galván, de Milanés, vale solo por su última línea; en La fuga de la tórtola, el sesgo alusivo no desvirtúa el tono idílico. La Avellaneda, tan recia y dominadora en lo suyo, no sintió la revolución. Mendive, a pesar del 27 de Noviembre, carece en sus versos perdurables del vigor cívico evocado por Martí. Luaces adoptó el tratamiento simbólico de temas remotos: en este género (representado también dignamente por el Salmo de Pedro Santacilia), alcanzó, con la Oración de Matatías, un canto de enorme sugestión revolucionaria; todo el resto de su obra es preferentemente descriptiva y retórica. Los versos de intención política de Fornaris, Cantos del Siboney, apenas pueden interesarnos hoy como realización poética. ¿Qué hacer con el 18 de Agosto de 1851 de Zenea? Y Luisa y Julia Pérez ni siquiera nos plantean ese problema: su lirismo transcurre al margen de la agitación revolucionaria.
No podemos, no obstante, llamarnos a engaño: aunque la mayor y mejor parte de la obra de estos poetas consista en pura efusión de alma o trabajo de artífice, todos ellos (apartando ahora el caso especial de la Avellaneda), tuvieron una sola obsesión: Cuba. Refiriéndose a la utilidad de Luz para su patria, dice Sanguily: "El la buscó por senderos apacibles. Otros después la buscaron también, pero entre abismos y tempestades." De estos románticos nuestros puede decirse que la buscaron, no solo en la lucha política, a la que algunos se entregaron y otros no, sino además, sencillamente, en la poesía misma. Cuba en la poesía, la poesía en Cuba, tal fue el ideal que los sostuvo y que en nuestros días hemos intentado recoger. Por eso después de estudiar los aspectos mas íntimos, secretos y puros de nuestro romanticismo aparentemente desligados de toda connotación extrapoética, concluimos que: "la libertad es lo único esencial para esta criatura americana e insular; no solo la libertad política o de las ideas, sino también la libertad del alma, del corazón, de los sentidos: la independencia misteriosa de su ser lejano." Porque la poesía no hace la historia, sino el mito, y el mito es esencialmente lejano e intangible; pero, sin participación en el mito, no hay historia fecunda; sin poesía, no hay realidad creadora. Y estos poetas estaban haciendo la imagen de la patria que de pronto un día, después de tantas frustraciones, pudimos ver encarnada en el tiempo histórico.

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Extrañará quizás que no aparezca en esta colección un poema de Federico Milanés, Aniversario, incluido en un florilegio anterior. La razón está en que aquella era una antología de poetas, es decir, de autores que tengan una obra lírica importante, lo que no ocurre con el hermano de José Jacinto. Por esto, también, aparece aquí Mendive, excluido de la anterior selección. En mi concepto este noble maestro, aunque poeta indudable, no escribió ningún poema de primera línea, y el propio Chacón y Calvo (que me reprochó su exclusión), después de afirmar que "no es un poeta típicamente cubano", juicio que desde luego no comparto, asegura que "no asciende a las cumbres del arte lírico". Entonces, ¿por qué situarlo entre las mejores poesías? Su valor histórico, en cambio, dentro de cierta amable y mantenida calidad, como representante de lo que se ha llamado "la reacción del gusto", es innegable. Con Mendive se perfilan los contornos de nuestro segundo romanticismo, basado en la intimidad, el claroscuro, el tono menor. Y no es uno de sus menores méritos haber dejado reminiscencias visibles en los Versos sencillos y en el último Diario de Martí.
Si nuestro criterio hubiese sido de poemas, y no de poetas, hubiéramos incluido otras composiciones aisladas, como La lágrima del huerto, de Sebastián Alfredo de Morales; La Música, de Juan Francisco Manzano; Retorno al delirio, de José Agustín Quintero y Flores y estrellas, de Ramón Jiménez de León. Después de estos sacrificios, no se nos pida la inclusión de Domingo del Monte, tan admirable por otros motivos, ajenos al entusiasmo lírico. Además, salvo algunos versos que completan los rasgos de Plácido, Milanés, Luaces y Fornaris, hemos excluido el lado nativista de nuestro romanticismo, que tiene fisonomía propia y podría figurar en volumen aparte. De este modo hemos dispuesto de espacio suficiente para ofrecer una representación generosa de cada poeta, porque lo que buscamos aquí no es tanto el texto insólito, la flor preciada, como la impresión viva del conjunto, el largo rumor de la arboleda.

Enero de 1960

Notas:

1.- Poco antes de partir de La Habana, el Barón de Humboldt pidió que le trajeran unos caimanes y cocodrilos de la Ciénaga de Batabanó. Encaramado con su ayudante en "un mueble muy alto" (seguramente un escaparate), quiso ver el espectáculo de los cocodrilos atacados por grandes perros. "Habiendo estado en el Orinoco -explica-, en el río Apure y en el Magdalena durante seis meses en medio de cocodrilos, nos gustaba observar de nuevo, antes de regresar a Europa, estos animales singulares que pasan con una rapidez asombrosa de la inmovilidad a los movimientos más impetuosos." La alucinante escena demuestra que también los sabios tienen oscuras intuiciones.

 
     
 
 

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