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El
intelectual
Marcelo
Pogolotti
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Como
se ha hablado de un barroquismo natural americano, puede
también afirmarse una esencia romántica
de América. Todos los rasgos del romanticismo
son resumibles, para la caracterización rápida,
en uno solo: hipertrofia del yo. En vano sabemos que
hay un romanticismo evolutivo y conservador, el de Wordsworth
y Coleridge: la imagen de Byron y Shelley predomina,
con su perfil rebelde y libertario. Comprimido por siglos
de teología y racionalismo, el yo hace volcánica
irrupción cuando se resquebrajan las estructuras
religiosas, económicas y sociales de la Europa
moderna. Las chispas llegan pronto a nuestras playas,
en el momento en que Suramérica, desgarrada de
España, se enfrenta con su propio caos, y Cuba
despierta a la agitación revolucionaria. Tal
es la coyuntura histórica de la escuela romántica,
como en el XVII se produce la corriente barroca bañando
las dos orillas. Lo que ahora subrayamos es un hecho
constitutivo, no episódico. "¿Quién
que Es, no es romántico?", dijo Darío,
aludiendo hiperbólicamente a una categoría
del ser que en América se ve mas clara y avasalladora
que en Europa. El paisaje gigantesco o idílico,
el choque de culturas y la mezcla de sangres, la revolución
preñada de hazañas inauditas y sacudimientos
geológicos, todo eso que Sarmiento sintetizó
como una encarnizada lucha de "civilización
y barbarie" y que provoca, desde los Conquistadores
hasta los Libertadores y Caudillos, un individualismo
arrasador frente al reto de la naturaleza y la historia,
¿no son elementos naturales y fatales de un romanticismo
vital?
Un crítico español compara la plétora
de Balbuena en su Grandeza Mexicana
con el desenfrenado colorismo de la escuela romántica.
Ya el criollo de los primeros tiempos era mas goloso,
mas derrochador, mas exquisito. Su temperamento se va
configurando como un contraste de lánguidas abulias
y súbito arrebato. Así se describe una
criolla típica, la Condesa de Merlin. Históricamente,
el contraste se evidencia: la Colonia parece un agua
estancada, donde prolifera una fauna social y una flora
cultural viciosas; de pronto, de ese cultivo de injusticias
salta el fuego y "¡a caballo, la América
toda!", como dice Martí. Claro que ha habido
un proceso interior, que los gérmenes ideológicos
han volado de Francia y Norteamérica. La imagen
de una rápida mutación emocional no es
por ello menos poderosa, y vemos salir del mutismo de
la pampa las aullantes montoneras. (1)
En el fondo es el frenesí del hombre lanzándose,
no solo contra la opresión y contra Europa, sino
también contra la infinitud de los monstruosos
espacios americanos: la selva, la puna, los Andes, la
pampa. De un lado están los violentos, de que
es prototipo romántico Facundo; del otro, los
sensitivos, que producirían en el verso y la
prosa las extrañas irisaciones, los tonos ardientes
y lánguidos del romanticismo americano.
Sabido es, por otra parte, que en América se
da simultáneo lo que en Europa es sucesivo o
polémico. Sor Juana escribe como Fray Luis y
como Góngora; Darío es a la vez un romántico,
un parnasiano y un simbolista. Por eso no sorprende
que en nuestro romanticismo se concilien o yuxtapongan
elementos neoclásicos, lo que en Europa ocurre
mas bien como herencia y asimilación: así
Pope en Byron o el alejandrino de Racine en Hugo. De
aquel modo americano, Heredia alterna sus ofrendas a
Byron, al falso Ossián y a Cienfuegos e incluso
a Jovellanos, sin perder casi nunca de vista su Horacio
y Virgilio tutelares; Plácido trasluce juntas,
con absoluto desenfado, las huellas de Meléndez,
Zorrilla y Garcilaso; Milanés desempolva un fresquísimo
Lope; el robusto Luaces, anticipador de Casal, no abandona
a Bello; Zenea, trémulo, se rinde a Musset, Lamartine
y los lakistas para sacar cubanísimas
ganancias, y de pronto le sorprendemos los mas castizos
acentos; Julia Pérez, en fin, evoca a Young en
medio de un bosque preciosista. Pero hay otra razón
de la supervivencia neoclásica en nuestra poesía
romántica. El paisaje insular no es el continental:
aquí hay una dimensión cariñosa,
al alcance del hombre; una sobriedad de estructura,
una suavidad en las tintas. El mismo sol a plomo, destella
sobre un mar clásico. La proporción únicamente
se deshace en evaporadas lejanías. Nuestro romanticismo,
arrebatado y todo, pagando en oro o cobre sonante su
tributo a la pompa epocal, muestra una visible tendencia,
por un lado, a los vagos deliquios vesperales, por otro,
a la contención lapidaria del soneto.
Mucho habría que decir, y algo hemos dicho en
otro sitio, sobre lo que hay de precioso y profundo
en la línea más ingenua y simple de nuestro
romanticismo, y cómo lo francés y lo nórdico
nos sirve de piedra de toque para expresar esencias
nuestras, y cómo en el tono blanco y la monótona
dulzura de Milanés, Zenea, Luisa Pérez,
se esconden secretos irrenunciables de nuestra alma.
No podemos detenernos aquí en estos y otros aspectos.
Sólo queremos recordar que el desdén ante
las ingenuidades románticas suele ser mas ingenuo
que su presunta víctima. Sin duda aquella época,
como esta y todas, mecanizó sus recursos; pero
en su centro había una intuición prodigiosa,
que identificaba la naturaleza y el corazón,
la realidad y los sueños, la mujer y la quimera.
Si lo contemplamos en todo su horizonte, el mundo romántico
es un remolino trastornador de los límites, cuya
fundamental vehemencia (y Ortega nos recuerda, a propósito
de la criolla, que esta palabra significa en su origen
"soplo vivaz, viento"), puede todavía,
y siempre, fecundarnos. De hecho, el existencialismo
y el surrealismo, para bien o para mal, son en buena
parte retoños del impulso romántico. Entre
nosotros, debemos subrayar el acendrado eticismo de
los hombres que lo sustentaron, porque a través
de tantos suspiros, imprecaciones y lágrimas,
latía una poderosa vitalidad fundadora y una
fe inquebrantable en el sentido radical de la existencia.
El ¡oh! romántico no es solo una
fórmula hueca: es también, desde la inspiración
que lo hizo nacer, una profesión de fe y de impulso
creador cuyas implicaciones deberíamos revisar.
*
* *
Lo
mas granado de nuestro romanticismo abarca dos generaciones:
las de Heredia y Zenea. Después lo romántico
sobrevive en formas menos características, opacas
y transicionales, hasta que, con la aparición
de Martí y de Casal, se integra en el renacimiento
modernista. La generación de Heredia coincide
con el excepcional grupo de mentores que forman Varela,
Saco, Del Monte, Luz y Caballero, y con los primeros
cuentistas y novelistas de calidad: Villaverde, Suárez
y Romero, Echeverría, Palma. Todos actúan
entrañablemente vinculados al despertar de la
Nación, iluminando sus problemas, definiendo
su sensibilidad, orientando sus objetivos inmediatos
y lejanos. Es el período de la agitación
liberal que en seguida empalma con el de las conspiraciones
previo a la guerra del 68. En esta segunda fase preparatoria
de la maduración revolucionaria, tiene su apogeo
la generación de Zenea, que ve florecer la obra
de Luz en El Salvador, cuyas esencias van a
llegar a Martí a través de Mendive. La
continuidad y cohesión del siglo XIX es asombrosa.
El romanticismo era una revolución estética
y filosófica, sobre todo en su mas profunda revelación,
la de los poetas y pensadores alemanes: Novalis, Tieck,
los hermanos Schlegel, Hoffmann; pero era también
una revolución política, que traía
sus orígenes sentimentales y pedagógicos
de la obra de Rousseau. La corriente alemana apenas
influye en América: era demasiado especulativa
y fantástica para el momento. Luz declaró
que no había considerado útil enseñar
el idealismo germánico, raíz de esa corriente.
Por lo demás, su influjo en el resto de Europa
tampoco es decisivo en el XIX y solo llega a mostrar
las violentas posibilidades que escondía, con
el advenimiento del surrealismo. Los románticos
franceses e ingleses que, de un modo u otro, son hijos
de la Revolución, constituyen los modelos e impulsores
del romanticismo americano. De ahí que nos adelantáramos
al español, tardío y superficial; de ahí
que aparezca entre nosotros siempre ligado a la idea
de independencia y libertad, aun antes de que puedan
señalarse manifestaciones literarias definidas.
Bolívar, fanático de Rousseau, es un romántico
completo; lo es ya, incluso, su maestro Simón
Rodríguez. En Cuba, ese aspecto vital y político
del romanticismo resplandece en la figura del primer
Heredia, que además, en lo literario, como ha
demostrado Manuel Pedro González, se adelanta
al Duque de Rivas en España y a Esteban Echevarría
en la Argentina. Él es, en efecto, "el primogénito
del romanticismo hispano" .Por eso es un desterrado
y por eso, cuando abjura de la revolución, lo
abandona también el entusiasmo romántico.
Y es la resaca revolucionaria del romanticismo la que
se apodera trágicamente de Plácido y Zenea,
fusilados ambos por los soldados españoles.
Es curioso, sin embargo, que, salvo el caso de Heredia,
los poetas principales de nuestra época romántica
no hayan sido cultivadores muy afortunados ni muy frecuentes,
del tema patriótico y político. (Digo
los principales: conocida es la multitud de poetas menores
que cantaron ardientemente el separatismo y la guerra.)
Es difícil incluir en una antología El
juramento de Plácido. La Epístola
a Ignacio Rodríguez Galván, de
Milanés, vale solo por su última línea;
en La fuga de la tórtola, el
sesgo alusivo no desvirtúa el tono idílico.
La Avellaneda, tan recia y dominadora en lo suyo, no
sintió la revolución. Mendive, a pesar
del 27 de Noviembre, carece en sus
versos perdurables del vigor cívico evocado por
Martí. Luaces adoptó el tratamiento simbólico
de temas remotos: en este género (representado
también dignamente por el Salmo
de Pedro Santacilia), alcanzó, con la Oración
de Matatías, un canto de enorme sugestión
revolucionaria; todo el resto de su obra es preferentemente
descriptiva y retórica. Los versos de intención
política de Fornaris, Cantos del Siboney,
apenas pueden interesarnos hoy como realización
poética. ¿Qué hacer con el 18
de Agosto de 1851 de Zenea? Y Luisa y Julia
Pérez ni siquiera nos plantean ese problema:
su lirismo transcurre al margen de la agitación
revolucionaria.
No podemos, no obstante, llamarnos a engaño:
aunque la mayor y mejor parte de la obra de estos poetas
consista en pura efusión de alma o trabajo de
artífice, todos ellos (apartando ahora el caso
especial de la Avellaneda), tuvieron una sola obsesión:
Cuba. Refiriéndose a la utilidad de Luz para
su patria, dice Sanguily: "El la buscó por
senderos apacibles. Otros después la buscaron
también, pero entre abismos y tempestades."
De estos románticos nuestros puede decirse que
la buscaron, no solo en la lucha política, a
la que algunos se entregaron y otros no, sino además,
sencillamente, en la poesía misma. Cuba en la
poesía, la poesía en Cuba, tal fue el
ideal que los sostuvo y que en nuestros días
hemos intentado recoger. Por eso después de estudiar
los aspectos mas íntimos, secretos y puros de
nuestro romanticismo aparentemente desligados de toda
connotación extrapoética, concluimos que:
"la libertad es lo único esencial para esta
criatura americana e insular; no solo la libertad política
o de las ideas, sino también la libertad del
alma, del corazón, de los sentidos: la independencia
misteriosa de su ser lejano." Porque la poesía
no hace la historia, sino el mito, y el mito es esencialmente
lejano e intangible; pero, sin participación
en el mito, no hay historia fecunda; sin poesía,
no hay realidad creadora. Y estos poetas estaban haciendo
la imagen de la patria que de pronto un día,
después de tantas frustraciones, pudimos ver
encarnada en el tiempo histórico.
*
* *
Extrañará
quizás que no aparezca en esta colección
un poema de Federico Milanés, Aniversario,
incluido en un florilegio anterior. La razón
está en que aquella era una antología
de poetas, es decir, de autores que tengan una obra
lírica importante, lo que no ocurre con el hermano
de José Jacinto. Por esto, también, aparece
aquí Mendive, excluido de la anterior selección.
En mi concepto este noble maestro, aunque poeta indudable,
no escribió ningún poema de primera línea,
y el propio Chacón y Calvo (que me reprochó
su exclusión), después de afirmar que
"no es un poeta típicamente cubano",
juicio que desde luego no comparto, asegura que "no
asciende a las cumbres del arte lírico".
Entonces, ¿por qué situarlo entre las
mejores poesías? Su valor histórico, en
cambio, dentro de cierta amable y mantenida calidad,
como representante de lo que se ha llamado "la
reacción del gusto", es innegable. Con Mendive
se perfilan los contornos de nuestro segundo romanticismo,
basado en la intimidad, el claroscuro, el tono menor.
Y no es uno de sus menores méritos haber dejado
reminiscencias visibles en los Versos sencillos
y en el último Diario de Martí.
Si nuestro criterio hubiese sido de poemas, y no de
poetas, hubiéramos incluido otras composiciones
aisladas, como La lágrima del huerto,
de Sebastián Alfredo de Morales; La Música,
de Juan Francisco Manzano; Retorno al delirio,
de José Agustín Quintero y Flores
y estrellas, de Ramón Jiménez
de León. Después de estos sacrificios,
no se nos pida la inclusión de Domingo del Monte,
tan admirable por otros motivos, ajenos al entusiasmo
lírico. Además, salvo algunos versos que
completan los rasgos de Plácido, Milanés,
Luaces y Fornaris, hemos excluido el lado nativista
de nuestro romanticismo, que tiene fisonomía
propia y podría figurar en volumen aparte. De
este modo hemos dispuesto de espacio suficiente para
ofrecer una representación generosa de cada poeta,
porque lo que buscamos aquí no es tanto el texto
insólito, la flor preciada, como la impresión
viva del conjunto, el largo rumor de la arboleda.
Enero
de 1960
Notas:
1.-
Poco antes de partir de La Habana, el Barón de
Humboldt pidió que le trajeran unos caimanes
y cocodrilos de la Ciénaga de Batabanó.
Encaramado con su ayudante en "un mueble muy alto"
(seguramente un escaparate), quiso ver el espectáculo
de los cocodrilos atacados por grandes perros. "Habiendo
estado en el Orinoco -explica-, en el río Apure
y en el Magdalena durante seis meses en medio de cocodrilos,
nos gustaba observar de nuevo, antes de regresar a Europa,
estos animales singulares que pasan con una rapidez
asombrosa de la inmovilidad a los movimientos más
impetuosos." La alucinante escena demuestra que
también los sabios tienen oscuras intuiciones.
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