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De la experimentación en la literatura nunca se hablará lo suficiente, como tampoco dejará semejante asunto de ser pasto para la controversia. El narrador Alberto Garrandés, que asume sin prejuicios las ficciones y el ensayo casi con idéntica asiduidad, acaba de publicar el cuaderno CiberSade, que reúne seis piezas narrativas. La nota de contracubierta a la edición las define como "textos-instalaciones", cuando en verdad habría que mencionar su rabioso ánimo autoreflexivo, pues la literatura en ellos quiere pensarse desde sí misma. Es lícita la aventura, mas también acaba siendo empresa casi imposible. La isla en peso hace la propuesta, riesgosa y urgente.

 

CIBERSADE
un síndrome vertiginoso en estudio
Alberto Garrandés

El emperador Napoleón decretó en 1803
la reclusión del Marqués de Sade
en el asilo-manicomio de Charenton.
Sade murió once años después.

CiberSade
Alberto Garrandés
Tengo mil doscientos sesenta años... He creído conveniente que nos situemos aquí, en este ángulo, de modo que la escena no escape, por así decir. Que el escenario no se diluya en la muerte de la imaginación, como antes. Pues lo que vamos a ver -imaginen- no admite observadores morosos. Yo quiero que ustedes sepan cuánto ha costado traerlas aquí, a ellas, viles esclavas, para después seleccionar tan solo a una. La que, perdiéndose en muselinas y hechuras de fleece, subirá

una dulcísima ninfeta

al tabloncillo bajo mis órdenes. Me han transportado en andas, dentro de un caldero de lata que los jefes de la Misión Alimenticia, ¿verdad, Pim?, dejaron en el borde de la calle por inservible. Me trajeron ellos, los Exploradores, porque ya están convencidos de quién soy en verdad. Poseo un turbio rostro de fiera. Sin embargo, mi nombre no importa ahora. Vamos a ver qué ocurre allí, arriba. Miren.
Salta, salta, cangurita, la noche es una diadema de brillos negros y no necesitas más, no necesitas sino saltar. No puedo acompañarte porque no tengo piernas. Hace tiempo me las cortaron, se veían muy mal -deficientemente hechas- y alguien dijo córtenselas, rebánenle esas porquerías hidrópicas, y lo hicieron sin preámbulos de ninguna especie, antes de que el bobo generosísimo de la colonia -un hombrecito leporino y casi sagaz, experto en canjear patatas dulces por huevos de gallina, mantequilla y pescado seco- me dijera: sssh, no haga ruido, hay un número, el 112, y voy a discarlo, señor Marqués. Bueno, es preciso declarar que me hicieron un favor. Ya no dependo de mi esfuerzo personal. Me buscan, me traen y ya. Ellos cuidan mucho de mí, o sea, de mi cabeza. Se comenta que poseo una mente tan monstruosa que es necesario preservarla, admirativamente, a cualquier precio. Mi testa es blanca, sin arrugas, pero muy blanca y sin pelos, y muestra coágulos venosos, perfectamente azules y visibles. Qué quieren ustedes.
¡Ah, pero ya empieza, mírenla! No se pierdan ese reconcentrado fervor. Y ahora, mi primer secreto: yo mismo la he rasurado. Y con mi propia navaja, una toledana inmejorable que me sirvió de mucho. Gracias a ella, preso aún en la Bastilla, entre ratas de agua y mancebos impíos, brujas y petimetres seminales, siguieron llamándome: Señor Marqués, Señor Marqués... .
Alguien, no recuerdo si un hombre o una mujer, me pidió ejercer una fineza. Algo muy suyo, dijo esa persona. Yo acababa de rasurar a la elegida, y la escuadra que nos había escoltado hasta llevarnos ante Él ya estaba dispersándose. Esa persona y yo estábamos solos y era obvio que me admiraba. Después me lo dijo: no sabe el Señor Marqués cuánto estimo su... su... Y se quedó trabado en un cochino balbuceo de aprendiz. Por fortuna se destrabó y me pidió la fineza. Me la pidió góticamente, ocultando sin la menor gracia detalles de una absoluta depravación. Yo asentía de antemano, no necesitaba de sus explicaciones. Busque mi brocha de afeitar, un frasco con miel y mi bolsa de pimienta molida, le ordené. Los ojos de él o de ella, no me acuerdo, se agrandaron. Sonreía. Qué aburrimiento.
Fue entonces cuando determiné que, luego del afeitado, cuidadoso y a fondo, vendría el paso y el repaso, de pelo y contrapelo, de mi brocha empapada en miel,

Esta técnica la aprendí en los American Notebooks de mi fiel amigo Sir William Stephens, en quien he visto una devoción extraordinaria al estudiar las costumbres de los nativos de Puerto Chico, quienes viven en armonía con los portugueses de esa región de la Amazonia.

en busca de una tersura mayor. Y que después me traerían la pimienta, soplada de mi mano mecánica, o más bien puesta -un montoncito- sobre el guante de piel que disimula los hierros de esta única mano. El efecto, al soplar yo, es indecible, y ella nos pide entonces, a mí y a la persona que me acompaña, la gracia de una lengua suficientemente experta. Y no porque mi proceder le resulte doloroso, sino más bien porque esa lengua logrará dar fin a lo que mi brocha y la pimienta habían desatado. Por eso, mi pequeña, salta así. Salta, salta siempre, no dejes de saltar. Papá te mira hacer. Papá siente orgullo, vas siendo ya mi obra. (Por más que lo nieguen, estremecidos y saturados de esa envidia comprensible.)
Ahora viene Fritz con sus perros y va atándolos, uno a uno, a las asas de mi caldero. Le digo que no lo haga, que me molestan los aullidos, pero él sonríe y se rasca la barba perfecta con el cabo de su fusta. Después, adormecido en una parsimonia rural, enciende un puro y arroja las primeras bocanadas de humo sobre mi cara. Le pregunto por qué anhela tanto molestarme y torna a sonreír. Luego dice: usted no tiene ni el perdón de Dios, lo cual es ya una hazaña para la imaginación. Quedo callado, pensando. Por supuesto que no lo tengo, Dios no va a perdonarme nunca, eso lo se, he ofendido duramente a los ángeles, aunque no hice más que expandir los límites de lo angélico. Tal vez a causa de esa decisión suya me resulta en extremo difícil morir. Si fuera por Dios me quedaría aquí para siempre, hasta el Día del Juicio y un poco más aún, durante las reparticiones del fin de los tiempos, cuando de verdad todo haya terminado. No le intereso a Dios, sencillamente.
Voy palpando a mis niñas con la cautela de mi experiencia, sin precipitación, no sea que cometa un error y elabore un juicio lamentable. Me sucedió ya una vez, con la señorita Keller...
La señorita Keller vivía a pocos metros de mí, en una casa bien pobre, junto a damas irresolutas que olían a polvos baratos. Rondaba los trece años, era una dulcísima ninfeta, y ya le permitía a Monsieur Destouches, novelista de galanteos y episodios domésticos (hombre falaz y desaseado) ciertos excesos que hacían de ella una cortesana. Madame Flora, a un ruego mío, me condujo a una pared en la que ciertas grietas daban buenas monedas; tantas, que se le salían del escote -aceitado de jazmín, pero sucio-, dentro del cual morían sus ubres de jamona. Me aproximé y vi a la señorita Keller

su sexo olía a vainilla y vetiver

mientras se bañaba en presencia de un Monsieur Destouches tembloroso, sin peluca y muy turbado. Luego de recuperar el aliento, le dije a Madame que era imposible que la muchacha rondara los trece. Debía de estar ya a la altura de los dieciséis o diecisiete. Madame dijo: si a Su Señoría le parece que miento, puedo devolverle su dinero sin más. Qué sedición le estaba ocasionando yo a Madame en aquel momento. Se veía roja; la cara encendida, incluso, por debajo de sus polvos de arroz. Era la viva estampa de la virtud no recompensada. Discúlpeme usted, pero no se trata de incredulidad, sino de asombro, le dije. Madame entonces cambió la expresión y me preguntó, con mejor aire, qué otra cosa deseaba. Mons veneris harto piloso -observé-; envíemela a casa mañana en la noche, pero bien depilada; ¿puedo confiarle estas cosas a Madame? La jamona armó con los labios un visaje primaveral, pero no le hice el menor caso. Era capaz de propasarse y, como todas las de su especie, se encontraba en la obligación de reconocer siempre su bajo y estrechísimo rango. El Señor Marqués sabe que puede confiarme eso y más, dijo. Tenga usted -dije sin mirarla, como era de rigor, mientras le extendía una preciosa suma-; sea puntual, acuda a las diez.
Ahora que me han encontrado y que han vuelto a construirme, no vale la pena que me empeñe; sin embargo, ya ve usted: ocasionalmente me entusiasma alguna (esa jovencita, por ejemplo, o Cinderella, la impar Cinderella) y concibo para su carne una interminable conjunción de figuras devotas de las llamas.

Aquí yace
bajo siglos
de indignación,
Alphonse D.,
Marqués de Sade.
¡Encuentra tu paz,
oh alma desdichada!

Alma, alma. Y por qué no el cuerpo, mi cuerpo ajetreado, el de la mutilación y el delirio. Los escuché llegar, eran ellos, los posesos míos, mis posesos aplastados por un agobio vivo, un agobio que, empero, no les restaba energía. Sabían que estaban cerca de mis huesos, me olían como perros en el aire muerto del bosque. Los dejé hurgar por los alrededores, hambrientos de mí, con esa hambre sublime que hace del conocimiento una religión, una deidad masculina, sodomizante, una deidad experta, implacable, debidamente anticristiana, con su falo de mármol...

Me la pidió
góticamente, ocultando
sin la menor gracia
detalles de una absoluta depravación.

Hurgaban. Habían traído equipos extraños, cajas brillantes, cosas, lentes prodigiosos, muchas cosas, y cuando hallaron la lápida rota, con la inscripción, y descubrieron la tapa de piedra azul y egipcíaca de mi sarcófago, algunos vacilaron, temblaron, apretaron los dientes y tragaron en seco. Está aquí, recuerdo que dijo el hombre anciano, el que parecía dirigirlos a todos. Levantemos la losa ahora mismo, señor, dijo una voz joven, atravesada por una claridad romántica. Poco después lo hicieron. Con temor, creo. Y allí estaba yo, allí estaba mi cuerpo inmortal.

Pero Justina, amarrada al mástil de la embarcación de los piratas, había pedido, haciendo honor a su propio nombre, justicia a Dios, y Él le hizo justicia a Justina, que ya para entonces era apenas una jovencita muy usada: Dios le envió a Justina un rayo y la mató.

¿Cómo se llama usted? ¿Albert? Pues le voy a decir algo, Albert: usted es muy joven, evite los discursos fríos y biliosos, pero no sienta temor de la llamada incorrección ni de la barbarie. Son las únicas maneras de alcanzar la fama y el genio. Aunque el genio sea postreramente maligno al barajar las cartas del porvenir. Por suerte usted no escribe versos, no es lo que se dice un poeta. Recuerde que en un poeta vive siempre una mujer. Y una mujer, créame, de la peor especie...
Cinderella, apodada la sinhuesos, lograba doblarse de tal modo que era maravilloso verla ejecutar aquel peregrino acto de valentía. Se afanaba sin sudores indeseables de meretriz, y lograba introducirse el pie derecho hasta el tobillo en lo más profundo y caliente de su raja. Luego empezaba a agitarse traspasada por unos brillos parecidísimos a ese barniz que envuelve, seco ya y delicado, las réplicas varoniles de Kornarak. ¿Ha visto esas imágenes, Albert? No se las pierda. Sea usted curioso e implacable. Nunca sienta lástima de nadie. Realizar la obra es lo único que verdaderamente nos une, sin que lo deseemos, al impostor Jesucristo. Nada menos que todo un hombre, Albert, ¿no crees?

¡Ay, ay, pero si yo soy una bailarina!

Entonces los compañeros de Cinderella, los contorsionistas, amantes suyos fuertes e ingenuos, jóvenes de semen abundoso y percutiente, de grumos saltarines en hervor, enarbolaban sus vergas jónicas, arboladuras pétreas y rollizas, y danzaban hasta que Cinderella les ordenaba cumplir las distintas posesiones. Siempre quedaba algún infeliz sin espelunca donde saciarse, pero ella lo invitaba enseguida a disparar su chorro en el ombligo.
Todo lo que le cuento a usted sucedía delante de un agraciado pintor cuyo estudio /oh, no sé como seguir/

Mire las fotos, son dos. Hay un asunto ahí con el texto, con la piel. Observe el garfio de la otra foto: no hay sangre. Y queda bien, hay que ver la expresión atenta de la cara. La lengua de quien lo erotiza cosquillea allí donde se le ve. Pero no se engañe: la sensación verdadera ha venido a producirse justo en la salida del metal. ¿Si hay sinapsis? Pero claro. Y cuando el garfio ya ha entrado, el semen se arremolina. Y por supuesto que el lenguaje no obra allí. No acaece allí, no es un suceso de la observación. En fin, mire. Mire las fotos. Con eso basta, creo. Mirar y dejarse mirar tan solo allí.

Me sacaron cuidadosamente y me llevaron a un sitio cercano. No exagero si digo que aquel sitio era mi casa, mi nueva propiedad, porque entonces mi cerebro soñaba, desde su lobreguez de frases y palabras antiguas, sueños donde una gran alcoba de diorita se alzaba llena de estatuas titánicas y chimeneas monstruosas. Me habían puesto sobre una mesa de cuarzo, una lujosa mesa de estudios anatómicos. El hombre anciano me miraba con dubitación y les decía, con insoportable humildad, a los otros: vamos a reconstituir lo que se pueda, su cerebro en primer lugar, y después lo que le falta del cuerpo.
Tengo mil doscientos sesenta años...
(Escucha, Fritz, te daré algo de dinero si tiras ese puro y te alejas. Y más aún si guardas tus perros. ¿No ves que me han olido y, dentro de poco, querrán lamer mis muñones?)
Eres, hija mía, algo parecido a la perfección. Tal vez porque me recuerdas a la señorita Keller saliendo de su alberca, envuelta en gasas, poco antes de que mi navaja diera cuenta de su vello selvático, testarudo. Se veía tranquila
la señorita Keller
acostada en mi lecho, a merced de la toledana
que iba
acariciándola.



Cuando acabé, yo mismo (no mis criados) lavé su sexo, que olía a vainilla y vetiver; le pregunte la edad y me dijo tengo trece años, así de simple, tan solo trece, una ninfeta deliciosa, como para Mr. Nabo. Su boca era una breve borrasca en aquella trepidación. No podía ser de otro modo porque mis dedos, brillantes de miel, se movían en círculos alrededor de su capullo.

Yo quiero que ustedes sepan cuánto ha costado traerlas aquí, a ellas, para después seleccionar tan solo una, la que, perdiéndose en muselinas y hechuras de fleece, subirá al tabloncillo bajo mis órdenes

A ver, hija mía, alza un poco más esa pierna a la derecha; has de quedar expuesta, que tus entrañas sean una promesa y que tu rodilla acaricie el borde inferior de tu labio más grueso, el de abajo, para que entonces estos señores, ya sabes, los de la Restauración, puedan sentirse orgullosos del resurrecto Marqués, de su sapiencia, y te vayas por fin con ellos a gozar de la comodidad de sus casas periféricas. Vamos, mueve esa pierna, álzala con levedad.

Encima de la mesa mi cuerpo flotaba.
Mi cuerpo transhistórico.
Mi cuerpo vesperal.
Soy una epopeya de la voluntad.

Me decía: voy a discar el número de emergencias, el 112, sirve para toda Europa, no se preocupe. Infeliz. La Unión Europea. Qué sabía él. Más allá, al fondo, junto a una fila de tablones forrados con telas de colores diversos, había un joven rubio y desnudo de la cintura hacia arriba. Me llamaron la atención el cabello -cobre pulido- y su espalda quimérica, que se definía con la suavidad de los músculos que no se demarcan. Con la suavidad de un Ganimedes discreto. Daba, sin embargo, unos martillazos demoníacos encima de la estructura que yo mismo había sugerido realizar. Trabajaba, pues, para mí. Ganimedes -lo llamé-, Ganimedes, oye, hijo mío, deja tu martillo un instante...

Y quise alcanzarlo con mi brazo.

Y quise ponerme de pie.

Ir a su encuentro.

EL SIGLO DIECIOCHO POSEE
UNA DOBLE APARIENCIA:


LA ENCICLOPEDIA Y LA SENSUALIDAD.

 

Y no pude. Sólo se escuchó mi voz y se vio, en la paradójica lejanía, su mirada como de miel oscura, estupefacta e insensible, simplemente ajena a lo que yo, el Divino, sentía entonces: saberes ciclópeos y humores centrípetos. Monsieur Thibaudet dice que soy la Cloaca Máxima...
Me han pedido la concepción de un Espectáculo que sea capaz de estremecer al mundo, un Espectáculo que reproduzca blasfemamente las ideas sobre el Juicio Final, y me hablan de no sé qué transmisiones. Para lo que me importa el Espectáculo... Si se tratara de escribir. Me gusta escribir. Especialmente novelas. Recuerdo lo que me hicieron hace pocos meses para atraerme no sólo a la vida, sino en especial a este ámbito... El milenio acaba y entonces pienso otra vez en los aparatos. Hay problemas con la imaginación, de eso se trata. Les falta la imaginación. Phantasmata.
La mirada de oro del carpintero es lo único intemporal aquí.
El cuarto milenio va a empezar y quieren martirizar otra vez a Jesucristo.
Ven, Ganimedes -torno a llamar-; sírveme un vaso de agua, tengo sed, hijo mío.
¿Ve usted ahora por qué vuelve mi esperanza a nacer? Siempre hay un amor. Una mirada desde la Acrópolis. Si pudiera escoger la fábula de mi representación, la fábula donde esas figuras mías han de caber para las llamas del sueño, escogería la leyenda ¡Ay, ay, pero si yo soy una bailarina! de Tristán e Isolda; pero a mi modo, porque, mire usted: ellos, los amantes, discurren por un espacio tenazmente operístico, del canto y la teatralidad, de la música y las palabras grandilocuentes, y yo, Sade, odio la ópera, detesto esas maceraciones afeminadas.

Oye, Ganimedes,
hagamos un pacto:
te daré consejos de amor
si me enseñas
algo más que ese torso...
mastúrbate conmigo
quiero verte
no tocaré tu cuerpo
no puedo tocarte...
¿Oyes, Ganimedes?

Ahora un acólito, el que siempre va desmayándose como una flor en el fondo de un vaso, se avecina a mi

Entró un mariconcito, tipo el más insulso del mundo, quien después de arrancar unos gemidos a unas palmadas descoyuntadas, nos soltó una canción:

Acá, venid acá ahora, lascivos bujarrones,
apretad el paso, venid a la carrera, volad con plantas
y con zancos ligeros, con nalgas ágiles y con manos atrevidas,
vosotros, blandos, cascados, voluntarios capones de Delos.

Petronio, SATIRYCÓN

caldero, lleva su pañuelito rosa a su nariz y, en una entonación de fagot, me explica lo que quiere decir la palabra tango. Hace falta un tango y he venido a describirle los movimientos, señala. Lo miro fijamente unos segundos y cierro los ojos. Haga lo que desee, digo. Pero usted es el jefe aquí, dice. Haga entonces lo que sea preciso y váyase, digo. Es que el Señor Marqués deberá bailar esa pieza con ella -dice apuntando a la joven que yo había elegido-; ¿acaso no lo sabía?
Ganimedes resopla al acabar su faena y se sienta a descansar. Como hace un poco de frío y no puedo sino estar todo el tiempo inmóvil, alguien me tira encima unas telas ásperas con las que deberé cubrirme. Ah, Ganimedes, te pareces a mi valet en las 120 Jornadas. Si beso la curva de tu pecho, estaré besando tu corazón, el desorden de tu sangre, las válvulas, el ruido. Pero de un modo gozoso, mediterráneo...

... una deidad masculina, sodomizante, una deidad experta, implacable, debidamente anticristiana, con su falo de mármol...

Todo lo que le cuento a usted sucedía delante de un agraciado pintor cuyo estudio daba al mar. Entre el mar y la desnudez existe un vínculo encrespado, el mismo que mantendría una ciudad en sitio con sus sitiadores. Al pintor, viajero incansable, solían interrogarlo en los puestos de aduana de media Europa. Y si le preguntaban la nacionalidad, o le pedían papeles, respondía: "Soy ciudadano del universo", luego de lo cual venían las amenazas de los oficiales. Entonces él rectificaba. "Vengo de la ciudad de Troya", decía. Y lo dejaban ir. Nadie comprendía. Pero también es necesario pensar en un hecho que modifica, tanto entonces como ahora, la comprensión del episodio: había un brote de peste.
Y él no cesaba de pintar a Cinderella. Estaba enamorado.
Más bien de la imagen que ella constituía en sus refriegas.
Pintaba desnudo, muy excitado.
Nunca se masturbaba.
Hasta que aparecí yo.
"Que sorpresa, Señor Marqués", comentó alguien, un adlátere sin memoria.

VOY A DECIRLES A ELLOS, A QUIENES ME TRAJERON, QUE BUSQUEN EN HIGHGATE UNA CADENA DE PLATA Y UN COFRECITO CON UNA CRUZ DE OCHO ZAFIROS Y DOS CARTAS MÍAS. NO PUEDE HABER CONFUSIONES. ELLA ESTÁ AHÍ. NO SERÁ DIFÍCIL TRAERLA, COMO A MÍ. NO SERÁ DIFÍCIL QUE GANIMEDES, LUEGO DE VERLA, ANHELE APODERARSE

-PALPA SU MONS VENERIS-

DE MI NIÑA PERVERSA.

No, no lo sabía, así que bailar..., digo. Su doble mecánico, dice. Mi yo mecánico, digo. En efecto, dice. Acérquese, le voy a confiar un secreto, digo. La ira me ha puesto muy blanco, con toda seguridad. Pero qué le voy a hacer. El acólito inclina su cabeza luchando contra un asco que no alcanza a disimular. Ya me lo han gritado: hiedo como las tripas de una mula muerta. Cuando se halla lo suficientemente próximo muerdo, furioso, su oreja. Tiro con rabia, cierro la mandíbula, vuelvo a tirar y logro desprendérsela un poco. En un último esfuerzo, antes de que me lo quiten, logro arrancarla completa, incluido un trozo en forma triangular de la cara.
Me miran atónitos.
Nadie se atreve a acercarse al caldero. El hombre anciano se dirige a mí y contempla mis ojos sin reparar en la masticación a que, para infundirles terror, me dedico. Baja la mirada y llama a uno de los Restauradores. Este se adelanta marcial y cruza los brazos detrás. Ese sí es el verdadero Marqués, dice el hombre anciano. El otro empieza a sonreír (1).

No me dejó enseñarle cómo se baila un tango, y, sin embargo, cuando trajeron al figurín cibernético todos vimos que sabía bailar muy bien.

EN ESE MOMENTO LOS CARGADORES SUBEN AL ESCENARlO CON UNA MARIONETA CUYO ÚNICO PIE ES UNA SUERTE DE GARRA METÁLICA. LUEGO DE FIJARLA EN LA MADERA DEL ENTARlMADO, ALGUlEN DESENVUELVE EL PAPEL METÁLICO Y APARECEN EL BUSTO Y LOS BRAZOS CON SUS HOMBROS. EN EL SITIO DONDE VA LA CABEZA HAY DOS FIJADORES PARA UNA MOTHERBOARD. EL ÚLTIMO CARGADOR, EL QUE TRAE UNA MALETA CIRCULAR, ES QUlEN VA A CONECTAR LA CABEZA SINTÉTICA DE SADE A LA MOTHERBOARD. DESDE ABAJO, EL MARQUÉS MIRA.

Los movimientos de la joven resultan harto rápidos en relación con la capacidad del cibersade. El de la oreja devorada, ahora con una mejor que la original, da instrucciones a la bailarina desnuda. Un operario sugiere que la vistan un poco, para que el efecto sea erótico. Pero como aún ignoran -todos- las posibilidades del cibersade en el tango con una ESCLAVA DEL ARTE, juegan a explorar el sistema antes del establecimiento del programa correspondiente a esa zona del espectáculo. Con regocijo exagerado el de la oreja devorada activa la mano-pene del cibersade y programa ciertos gestos con celeridad. El operario, subalterno hábil, piensa: este marica va a arruinarlo todo. Y, en efecto, el tango queda arruinado. El cibersade sujeta la cintura vibrante de la joven y palpa su mons veneris con firme resolución. Es entonces cuando todos corren a auxiliarla al ver, con el debido horror, cómo la marioneta introduce buena parte de su mano en la vagina de la dulce escogida del Marqués.

El acólito me dio náuseas.
Cinderella lamía la barra achocolatada y violeta de un etíope impávido.
La dama de compañía se acercó empuñando un candelabro.
Había arruinado la disposición de las luces y él le dio una bofetada muy enérgica. "Estúpida mujerzuela", dijo. Entonces el etíope empezó a eyacular sobre la alfombra.

¡Ay, ay, pero si yo soy una bailarina!

-¿Estás ahí, Albert? Voy a negarlos a todos. Yo los niego a todos. Y niego también a la ilusión y a la muerte...
-Estoy aquí, a su lado.
-Bien, escucha esto: hay una dosis de inmaterialidad en lo que hemos visto, ¿no te parece?
-Alce su voz, Señor Marqués. ¿No es usted quien nos dirigirá en el Espectáculo? Es el Juicio Final...
-Yo mismo, hijo. Pero tengo que escribir... o sea, dictar. He pensado en Isolda para mí y en Tristán para ese jovencito... Ganimedes.

EL SIGLO DIECIOCHO POSEE UNA DOBLE
APARIENCIA:
LA ENCICLOPEDIA Y LA SENSUALIDAD

- Y el robot, Señor Marqués, ¿no le molesta?
-Al cibersade le llegará su hora, como a mí. Sin embargo...
-¿Sí, Señor Marqués?
-El cibersade va a sobrevivirme, Albert. Ellos, todos ellos, me asesinarán seguramente. Una vez Sade, sí. Pero dos veces...lo dudo.
-Pero usted va a dirigir el Espectáculo, el que cierra este milenio. Las naciones lo admiran, los políticos, los poetas...
-Lo haré, lo haré, pero tú tomarás mi dictado. Ellos no deben saber que aún puedo escribir. La humanidad es una raza tardía, provisional y no merece sobrevivir. Lo más seguro es que no sobreviva. ¿Me prometes que tomarás mi dictado? Promételo, jura que serás un aliado fiel... oh, ha llegado un mensaje de Bjork la Resucitada, vendrá a cantar...
- Tengo una novia, Señor Marqués. Nació en Pekín.
-¿Lo juras?
- Lo juro, Señor Marqués. Mi novia...
-Déjala a ella ahora. Presta atención: tienes sólo diecisiete años y puedes cometer errores. Pero yo no puedo darme ese lujo; por eso debes conducirte con exactitud, sin excesos... Bien, ¿qué querías decirme sobre tu novia?
-Ella es más hábil que yo, Señor. Si usted me diera algún consejo... ya sabe, me veo obligado a impresionarla. Ella es de Pekín, ya le dije. Tiene más o menos mi edad, es una experta...
-Esas chinas laberínticas...
-¿Me ayudará usted?
-Que chinas más laberínticas... ¿conoces al señor Morimura?
-¿Señor?
-Deja, Albert. No te preocupes y escucha: cuando todo acabe, ellos vendrán a mí y tú te robarás el cibersade. Si no te gusta robar, imagina que se trata de mi recompensa, que te lo he obsequiado yo, el Marqués. Guarda al cibersade, él te ayudará íntimamente.
-¿Y no me dirá usted nada, tendré que esperar a tener el cibersade?
-Bueno, Albert. Veamos. Compra veinte metros de cuerda de cáñamo. Ata tu pequinesa a un poste. Pero átala con las piernas alzadas, bien altas. Ella estará desnuda y su sexo se abrirá al instante. Cuando esté atada, pasa la cuerda por sus ingles, su vientre, las articulaciones y las nalgas. Entonces fijarás los extremos de la cuerda a un tensor. Pero para eso necesitas al cibersade...
-No, prefiero hacerlo solo. Por favor...
-Bien, Albert. Usarás entonces una brocha como la mía, una brocha que sea suave. ¿Sabrás cómo y para qué usarla?
-Me he dado cuenta ya, Señor Marqués.
-Entonces, si lo sabes ya, deberás saber también que el tensor sirve para regular la intensidad y la duración de su orgasmo. ¿Necesitas alguna otra explicación, hijo mío?
-No más, he entendido perfectamente. Ya aprenderá ella a no ser petulante.
-Cuidado con esas chinas laberínticas, Albert.
-Tendré cuidado, señor.

Pintaba desnudo, muy excitado.
Es entonces cuando todos corren a auxiliarla al ver, con el debido horror, cómo la marioneta introduce buena parte de su mano en la vagina de la dulce escogida del Marqués.

Monólogo de Isolda
(texto de D. A. F. de Sade)

Yo, Isolda, la del lento navío hacia Cornualles, he cortejado los peligros y cedido a los instintos más puros de mi alma. No de amor, sino de pasión he muerto. Y ahora, sobre esta mesa de nogal que se pierde en la blancura de mi limbo, diré la verdad. Debo hacerlo rápidamente porque unos seres de gasa y niebla han venido a advertirme. Seré transportada al lugar donde Tristán dormita y espera. No es un lecho, no. Me mostraron la imagen y he visto, con impropia resignación, unos muros de basalto y un cerco de puñales lavados por la falsa sangre de mis menstruos.(2)
Al principio yo estaba en los cantiles, frente al mar, acurrucada protegiéndome del frío y la llovizna. No era invierno aún, pero la segunda visitación de la primavera había traído aquellos grises de agua difunta. Mi capa oscura me convertía en una estampa bárbara de la muerte, y ella, la muerte, atisbaba por mis ojos fijando la mirada en las rocas y la espuma. Llena de ofrendas, una barcaza espectral se balanceaba delante de mí. Las cosas de los muertos son siempre algo inquietas. Llevan en sí la parte sombría de los vivos.

-Lo que yo llamo el sentimiento resulta tan femenino que parece amanerado. ¿Estaré exagerando, Albert?
-Es posible, señor. Pero el sentimiento no tiene que ser ni masculino ni femenino. Con tal que sea y nada más...
-Aprendes rápidamente las nociones fundamentales, Albert. El cibersade te envidiará, así que cuídate.

Entonces una figura leve y desnuda, un muchacho que parecía la letra mística de la primera página del mejor Evangelio, se acercó irresoluta a la barcaza. Traía en el semblante la disputa y el desamor, pero debajo de esa máscara alcancé a ver una expresión de soldado tracio, con sus ojos escandalosamente húmedos, del color de la avellana. Yo era la mujer invisible, la muerta audaz regresando a los orígenes del caos. Él profetizaba en silencio la dulzura y el hervor. Así, mojado por el polvo aciago de un mar que jamás me daría su aprobación (a mí, a Isolda, la hija del agua y el reposo), evadió las brusquedades de aquel arrecife interminable. Sin mirarme, tan lejos del pudor de su carne azotada por la brisa. Absorto. En pos del atardecer.
¿Qué patetismo misterioso se introdujo, como un temblor de música, bajo mis sábanas? ¡Las manos del sueño acariciaban tantos episodios de la vida posterior a mi encuentro con él! (3) Yo veía sus pasos en el fuego y en el resplandor de los yelmos. Los miraba arder en las piedras de los caminos, en los charcos rosados del matadero, en la alberca taraceada que mis padres me habían asignado allá, entre dos torrecillas, encima del abismo que me separaba del foso. El relato de las glorias impías, que entonces escuché en los banquetes, me devolvía a la cara del errante. Yo era la visionaria sin lenguaje, un amasijo de palabras condenadas al triste ejercicio del pensamiento, a la mudez irrisoria. ¿Te ocurre algo, hija mía? Mi cabeza negaba en desmedro de mi lengua quieta y doliente.
Soñé una vez con un desierto de Arabia y una luna que reía sobre las dunas, haciéndoles burla a los moribundos de la sed. Saltaba la luna agraviosa de un extremo al otro del cielo. Soñé que era yo quien dormía en la arena helada y que un león apocalíptico olía mi sexo sin decidirse a terminar con mi pobre vida de esclava. También soñé con un mercader de fina gentileza, un mercader hermoso que me regalaba joyas abstractas y que me poseía a la manera de los ciervos (4) para después venderme a unos bandidos del Hebrón.

-Parece la descripción de un cuadro, señor.
-¿Eso crees, Albert?
-Un cuadro conocido, señor. De El Aduanero.
-Aduanero.. .
-El artista Rousseau, señor.
-Bah, no debe de ser tan importante. Oye, Albert, el único aduanero que conozco se llama Georges Rapaccini. Un prestamista del Bois. Tipo de los duros, frente escasa, mirada bronca. Un malvado perfecto.

Desperté tibia de fosforescencias. Hecha como de miel y humo. (5)
Aquellas jornadas desapacibles se alargaron tras él, se convirtieron en la mazmorra de mi ilusión. Y yo sabía que la ilusión era un murmullo articulado por alguien desde la frontera de mi ignorancia. Los condenados al duermevela de la muerte jamás llegan a saber. En el silencio no se sabe.
En el plomo roñoso de las gárgolas sembró su nido una alondra carmesí. Me llama la atención el color de sus plumas y recé para que el desvarío no acallara mi entendimiento ni arruinara mis sentidos. Pero, en efecto, se trataba de una alondra carmesí, y el prodigio de verla allí, en mi compañía -la única que entonces ella habría deseado tener- constituyó una señal imprecisa, como la campana que dobla, sin motivo, en una tierra lejana y misteriosa. Las bocas de las gárgolas escupían sedimentos horribles y ella entonó su canción.
Cierta noche, bajo otra luna que me devastaba, sentí a la alondra estremecerse junto a mí. Me permitió una caricia, sin el susto habitual de los pájaros. Estaba húmeda. Por la mañana descubrí que el lino de mi vestido tenía manchas. Eran de sangre. (6)
Después de aquella visitación umbría, cuando del vestido quedó tan sólo un puñado de cenizas hirvientes, la realeza de un soplo me atrajo nuevamente al océano. El oro del alba había desaparecido y en su lugar combatían las nubes extrañas de una estación muy deslucida. Pensé en los tapices que adornaban la cámara de mis señores y recordé en particular una escena graciosa, la de la modistilla torpe contemplando la cara de Dios en un ventanal cuyo marco encerraba los gestos del anochecer. Esa cara, con su boca como un estallido de flores, no era sino la forma de otra boca que yo había deseado ya encima de mi piel. Otra boca (7) que me atrevería a dibujar con los ojos cerrados sin equivocarme, porque la miré tantas veces como puede una mujer mirarse en el espejo de sus interrogaciones, o en el agua irreal de un sueño que la empapa.
¿Por qué una alondra ensangrentada? ¿Por qué ese compuesto de naturaleza y artificio, esa figura tan ajena a las piedras del castillo y feliz en un hogar que coronaba la testa -infame, ruidosa- de una gárgola? Me había hecho estas preguntas sin mirar atentamente la desnudez en calma de las aguas: una alondra, un tapiz ignoto, un mar de ceniza en primavera. Fue entonces cuando lo vi. Era él. Su contorno. Tristán.
Me delataba la belleza trémula que debió de expandirse como un aura a mi alrededor. Nada me cuesta decirlo, pues ahora voy a yacer con él. Nos confinaron a un santuario lleno de alegorías sobre el amor. Pero se trata de un tipo de radicación demasiado congruente con el paganismo de las cosas que, sin ser efímeras, tampoco alcanzarán a inscribirse en la cualidad de lo eterno. Ahora que, en rigor, nos queda sólo esta carne de luz amasada por la disolución y la memoria, ¿será lícito emplearla en el estilo de los vivos?
Se paseaba absorto bajo la capa. Después, mucho después, en el lento navío hacia Cornualles, el embreador, mi confidente, llegó a decirme: esa delicadeza es en él muy compatible con la precisión de la forma y del pensamiento, pero excluye las condiciones normales y la materialidad de la vida.(8)


Aquí el Marqués de Sade interrumpe por primera vez su manuscrito. Estruja los papeles,
emborrona la labor. Toma una hoja limpia y escribe:

EL CUERPO LESBIANO
(CASANDRA, EL ESPEJO y MARÍA)
PRESUPUESTOS

0. El cuerpo lesbiano, tal como aparecería enunciado aquí, puede ser una reflexión desde varias tipologías de la sexualidad lesbiana, y puede ser, además, la autoimaginación de un cuerpo que se explora a sí mismo en relación con otro. Ese otro puede ser real, imaginario o poseer ambas condiciones al mismo tiempo.
1. Contrastes sucesivos de silencio y sonidos callejeros. La parte del silencio corresponde a imágenes conceptuales, mientras que la parte de los sonidos callejeros corresponde a imágenes concretas, reales.
1.1. Silencio: un cuerpo desnudo de mujer enfrentado a otro cuerpo desnudo de mujer. Estas imágenes no poseen sonido. El encuentro y los rebotes de cada mirada. Cuadriculación de los cuerpos por sectores, como si fuesen zonas miradas.
1.1.1. Sonidos callejeros: imágenes diversas, con sonido. Un alud de imágenes aparentemente inconexas, pero que, en secreto, o de modo evidente, reproduzcan en cierta medida el proceso de la seducción (mutua o no) de una mujer por otra mujer. Cuando se habla de otra mujer, cabe introducir, incluso, la mujer del espejo (el regocijo de una mujer contemplándose en su espejo íntimo).
2. Las alternancias anteriores -imágenes conceptuales/imágenes reales- constituyen un diálogo entre el yo con respecto a sí mismo, y el yo con respecto al mundo y la naturaleza.
3. Si pensamos que se trata de un sujeto-mujer que se piensa a sí misma, en primer lugar, que se piensa en relación con otra, en segundo lugar, y que se piensa en relación con la naturaleza y el mundo, en tercer lugar, se estará en condiciones de diseñar una estructura de imágenes bastante compleja en torno al cuerpo lesbiano.
4. La estructura, por sí misma, muestra la coherencia básica de cualquier expresión reflexiva hecha mediante imágenes y sonidos. Sin embargo, puede utilizarse un soporte sobre el cual dicha estructura se inscriba de un modo más directo. Un soporte que garantice la legibilidad paralela del cuerpo lesbiano. Ese soporte es la historia contada.
5. Adición, pues, de una voz que cuenta los hechos del cuerpo lesbiano. El timbre y la forma de esa voz deben, como es natural, escogerse cuidadosamente. La historia es, en sí, bastante ambigua.
6. Se introduce el Bolero de Ravel, cortado por el propio ir y venir de las imágenes, o disminuido por el mayor o menor volumen de la voz que cuenta. El Bolero de Ravel dura doce minutos y algunos segundos.

LA HISTORIA CONTADA

/fascículos de Sade al renunciar a una
estética germana de lo romántico/

La metamorfosis de mis amantes es la última revelación que he tenido de mí. Si me decido ahora a contar algo de lo que podría contarse, es porque puedo ver el conjunto. Puedo verlo a salvo del peligro de perderme en los hechos sin entenderlos. Pero yo entiendo. Soy capaz de entender al fin porque mi cuerpo sabe.
Alguien me dijo que mis amantes eran mis espejos. Creo que mis espejos son las formas que mi cuerpo usaba para convertirse en otros cuerpos. Ahora recuerdo la primera vez que me miré de veras en un espejo. El espejo estaba delante de mí, había venido inadvertidamente a sorprenderme y era redondo y grande. Yo no tenía ropas. Me temblaba la carne.
Durante mis últimos sueños he soñado que un gato se dormía encima de mi sexo. La respiración del gato movía su piel, y aquella suavidad de pelo y huesos blandos, de una cola cimbreando encima de mí, me enardecía hasta que despertaba. El gato, por supuesto, no está. Pero hay un cuerpo -un ser humano- a mi lado. Que extraño. Mi cama está siempre sola... Yo habría preferido la presencia del gato y su cola que azota.

(Puedo profetizar... puedo profetizar y sin embargo nadie me cree.)

Mi vida adulta empezó muy mal: Charles, Ricciardo, Udolpho, John, Filippo... un embarazo, dos, tres, nada. Desórdenes menstruales y domésticos. Desórdenes en mi vagina. Desórdenes siempre.
Mi trabajo consiste en cantar. De día soy una mujer ordinaria. De noche, entre las once y las cuatro de la madrugada, canto en un club vulgar y poco visitado. Viudas alcohólicas, parejas taciturnas, hombres oscuros me escuchan no sin cierta devoción.

Después, mucho después, aparece Livia. Y, por último, María llega a mi casa.

Pensándolo bien, no sabría decir de dónde vino María, ni por qué se presentó aquella tarde en la sala de mi casa, ni cómo supo que era allí, y no en otro sitio, donde debía tocar. María es igual a mí. Cuando digo igual a mí lo que estoy tratando de indicar es precisamente eso, la igualdad física. Aunque no se trata de consanguinidades.

Caminando por la ciudad yo me reconocía en otros hombres como si fuera la sombra que les faltaba. Sombra y hombre son palabras parecidas. Sombra, umbral, hombres, hombres. Algo similar a la relación de las tinieblas con el amor.
Una vez desperté en brazos de Udolpho y sentí que las cosas iban mal, muy mal. Udolpho estaba dormido. Lo desperté y le dije que las cosas iban mal, muy mal. Pero él estaba dormido, estaba desnudo y dormido. Tan dormido que parecía un muerto suntuoso y cálido, con aquel aroma de sueño y cigarrillos, con aquel glande aventajado y corpulento, medio húmedo aún.
Entonces me dediqué a mirarlo dormir y lo imaginé realmente un cadáver. Porque después de tratarme de manera humillante en presencia de unos amigos...
Julia casi lloró, supongo.
Al final tengo la impresión de que empezó a abrazarme.
Creo que olía un poco a mujer sola.
El olor salía de su boca y estuve a punto de preguntarle qué había comido.
"¿Has comido algo extraño, Julia?"
Cuando una mujer mastica absorta, imaginando las formas de aquello que ama, su aliento cambia.

Los perros de la ciudad están atentos a las modificaciones, muy furtivas, de la densidad del aire, o a la entrada, por el puerto, de cierta masa de aves (gaviotas) que desafían el peso de las nubes... Yo examino mi sexo desde el butacón de mi cuarto, enfrentada al espejo que me dice -insolente- cómo he de colocarme si quiero saber las verdades de mí misma, las verdades de mi carne saturada de gritos. Y veo bosques, lugares comunes, regicidas huyendo por los arenales de Troya, marineros trinchando grasa de ballena. E imagino lo que me espera cuando atraviese los parques oscuros de la ciudad, donde un amante brutal acabará con mi pobre vida de esclava, con mi pobre vida, con mi pobreza, la merma, el menoscabo.

La sola fila de mis amantes bastaría para comprometer el crédito que merecen mis actuales preferencias. Si yo describiera los gestos de mis amantes, si yo cantara qué le han hecho a mi cuerpo mis amantes, si yo revelara la fórmula de la simultaneidad de mis amantes...
(Nadie tendría paciencia suficiente para creer en lo que mi ser proclama hoy.)
María me escucha y sonríe mientras escucha.
Me besa mientras escucha.
Sabe escuchar mientras lame mi boca.

Para cortejar a una dama que nos abruma, que impide nuestro sueño, sería perfecto -la situación ideal de la que tanto depende la felicidad-, sería perfecto que ella estuviese sentada, sola, en un banco del Zoológico, por ejemplo, y que esté próxima -ella, la dama- al foso donde se mece el elefante, o, mejor, donde el avestruz pasea su mirada idiota y asustada.
Pensar en la testa del ave como glándula. La vagina de la loca ocupada por la testa.
(La cefalosodomia.)

Aquí Sade interrumpe por segunda vez la escritura. Alza los ojos, examina con odio a sus asesinos, que ya vienen a su encuentro, y, con suave lentitud, le dice a Albert:
-Nunca, hijo mío, confíes en la perduración. La humanidad no merece ni necesita sobrevivir.

Mire las fotos, son dos. Hay un asunto ahí con el texto, con la piel. Observe el garfio de la otra foto: no hay sangre. Y queda bien, hay que ver la expresión atenta de la cara. La lengua de quien lo erotiza cosquillea allí donde se le ve. Pero no se engañe: la sensación verdadera ha venido a producirse justo en la salida del metal. ¿Si hay sinapsis? Pero claro. Y cuando el garfio ya ha entrado, el semen se arremolina. Y por supuesto que el lenguaje no obra allí. No acaece allí, no es un suceso de la observación. En fin, mire. Mire las fotos. Con eso basta, creo. Mirar y dejarse mirar tan sólo allí.


Notas:

1 La hipótesis de un Sade caníbal es tan improbable como la de un Sade homicida. En estos terrenos la duda en relación con el Marqués no prospera. Los reparos esenciales son de orden moral. Obsérvese, por ejemplo, el juicio de Albert Thibaudet al referirse al Sade mas peligroso, el escritor. Lo llama la Cloaca Máxima.
2 ¿Por qué falsa? De toda la historia de Tristán e Isolda según Sade, se desprende una serie de interrogantes similares. Mi deducción es escandalosa, pero no tengo más recurso que traerla a cuento: Isolda no es una mujer. O, para ser más exacto: se trata de un transexual incompleto, con una SRS -SEXUAL REASSIGMENT SURGERY- a medio hacer.
3 Masturbación, obviamente.
4 Paul Bowles, The Sheltering Sky, tercera parte.
5 A miel y humo huele el sexo de las vírgenes carolingias.
6 Este es el símbolo, algo impreciso, de una desfloración. Los pamorinios de Nueva Zembla -se entiende que las hembras en edad de concebir- usan a veces un pájaro macho la víspera de la boda. Así se eliminan todas las posibles discusiones de carácter tribal en torno a la virginidad de la novia.
7 Es la boca de Tristán. Grande passion.
8 Para llegar a decir tales palabras, sería necesario que el embreador fuera un impostor y no quien ella supone. Resulta mas lógico pensar en un Sade evaluador de alguno de sus contemporáneos. Lady Amezúa diría: it lacks heart...

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