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CiberSade
Alberto
Garrandés
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Tengo
mil doscientos sesenta años... He creído
conveniente que nos situemos aquí, en este ángulo,
de modo que la escena no escape, por así
decir. Que el escenario no se diluya en la muerte de
la imaginación, como antes. Pues lo que vamos
a ver -imaginen- no admite observadores morosos. Yo
quiero que ustedes sepan cuánto ha costado traerlas
aquí, a ellas, viles esclavas, para después
seleccionar tan solo a una. La que, perdiéndose
en muselinas y hechuras de fleece, subirá
una
dulcísima ninfeta
al
tabloncillo bajo mis órdenes. Me han transportado
en andas, dentro de un caldero de lata que los jefes
de la Misión Alimenticia, ¿verdad, Pim?,
dejaron en el borde de la calle por inservible. Me
trajeron ellos, los Exploradores, porque ya están
convencidos de quién soy en verdad. Poseo un
turbio rostro de fiera. Sin embargo, mi nombre no
importa ahora. Vamos a ver qué ocurre allí,
arriba. Miren.
Salta, salta, cangurita, la noche es una diadema de
brillos negros y no necesitas más, no necesitas
sino saltar. No puedo acompañarte porque no
tengo piernas. Hace tiempo me las cortaron, se veían
muy mal -deficientemente hechas- y alguien dijo córtenselas,
rebánenle esas porquerías hidrópicas,
y lo hicieron sin preámbulos de ninguna especie,
antes de que el bobo generosísimo de la colonia
-un hombrecito leporino y casi sagaz, experto en canjear
patatas dulces por huevos de gallina, mantequilla
y pescado seco- me dijera: sssh, no haga ruido,
hay un número, el 112, y voy a discarlo, señor
Marqués. Bueno, es preciso declarar que
me hicieron un favor. Ya no dependo de mi esfuerzo
personal. Me buscan, me traen y ya. Ellos cuidan mucho
de mí, o sea, de mi cabeza. Se comenta que
poseo una mente tan monstruosa que es necesario preservarla,
admirativamente, a cualquier precio. Mi testa es blanca,
sin arrugas, pero muy blanca y sin pelos, y muestra
coágulos venosos, perfectamente azules y visibles.
Qué quieren ustedes.
¡Ah, pero ya empieza, mírenla! No se
pierdan ese reconcentrado fervor. Y ahora, mi primer
secreto: yo mismo la he rasurado. Y con mi propia
navaja, una toledana inmejorable que me sirvió
de mucho. Gracias a ella, preso aún en la Bastilla,
entre ratas de agua y mancebos impíos, brujas
y petimetres seminales, siguieron llamándome:
Señor Marqués, Señor Marqués...
.
Alguien, no recuerdo si un hombre o una mujer, me
pidió ejercer una fineza. Algo muy suyo,
dijo esa persona. Yo acababa de rasurar a la elegida,
y la escuadra que nos había escoltado hasta
llevarnos ante Él ya estaba dispersándose.
Esa persona y yo estábamos solos y era obvio
que me admiraba. Después me lo dijo: no
sabe el Señor Marqués cuánto
estimo su... su... Y se quedó trabado
en un cochino balbuceo de aprendiz. Por fortuna se
destrabó y me pidió la fineza. Me la
pidió góticamente, ocultando sin la
menor gracia detalles de una absoluta depravación.
Yo asentía de antemano, no necesitaba de sus
explicaciones. Busque mi brocha de afeitar, un
frasco con miel y mi bolsa de pimienta molida,
le ordené. Los ojos de él o de ella,
no me acuerdo, se agrandaron. Sonreía. Qué
aburrimiento.
Fue entonces cuando determiné que, luego del
afeitado, cuidadoso y a fondo, vendría el paso
y el repaso, de pelo y contrapelo, de mi brocha empapada
en miel,
Esta
técnica la aprendí en los American
Notebooks de mi fiel amigo Sir William
Stephens, en quien he visto una devoción
extraordinaria al estudiar las costumbres
de los nativos de Puerto Chico, quienes viven
en armonía con los portugueses de esa
región de la Amazonia. |
en
busca de una tersura mayor. Y que después me
traerían la pimienta, soplada de mi mano mecánica,
o más bien puesta -un montoncito- sobre el
guante de piel que disimula los hierros de esta única
mano. El efecto, al soplar yo, es indecible, y ella
nos pide entonces, a mí y a la persona que
me acompaña, la gracia de una lengua suficientemente
experta. Y no porque mi proceder le resulte doloroso,
sino más bien porque esa lengua logrará
dar fin a lo que mi brocha y la pimienta habían
desatado. Por eso, mi pequeña, salta así.
Salta, salta siempre, no dejes de saltar. Papá
te mira hacer. Papá siente orgullo, vas siendo
ya mi obra. (Por más que lo nieguen, estremecidos
y saturados de esa envidia comprensible.)
Ahora viene Fritz con sus perros y va atándolos,
uno a uno, a las asas de mi caldero. Le digo que no
lo haga, que me molestan los aullidos, pero él
sonríe y se rasca la barba perfecta con el
cabo de su fusta. Después, adormecido en una
parsimonia rural, enciende un puro y arroja las primeras
bocanadas de humo sobre mi cara. Le pregunto por qué
anhela tanto molestarme y torna a sonreír.
Luego dice: usted no tiene ni el perdón
de Dios, lo cual es ya una hazaña para la imaginación.
Quedo callado, pensando. Por supuesto que no lo tengo,
Dios no va a perdonarme nunca, eso lo se, he ofendido
duramente a los ángeles, aunque no hice más
que expandir los límites de lo angélico.
Tal vez a causa de esa decisión suya me resulta
en extremo difícil morir. Si fuera por Dios
me quedaría aquí para siempre, hasta
el Día del Juicio y un poco más aún,
durante las reparticiones del fin de los tiempos,
cuando de verdad todo haya terminado. No le intereso
a Dios, sencillamente.
Voy palpando a mis niñas con la cautela de
mi experiencia, sin precipitación, no sea que
cometa un error y elabore un juicio lamentable. Me
sucedió ya una vez, con la señorita
Keller...
La señorita Keller vivía a pocos metros
de mí, en una casa bien pobre, junto a damas
irresolutas que olían a polvos baratos. Rondaba
los trece años, era una dulcísima ninfeta,
y ya le permitía a Monsieur Destouches, novelista
de galanteos y episodios domésticos (hombre
falaz y desaseado) ciertos excesos que hacían
de ella una cortesana. Madame Flora, a un ruego mío,
me condujo a una pared en la que ciertas grietas daban
buenas monedas; tantas, que se le salían del
escote -aceitado de jazmín, pero sucio-, dentro
del cual morían sus ubres de jamona. Me aproximé
y vi a la señorita Keller
su
sexo olía a vainilla y vetiver
mientras
se bañaba en presencia de un Monsieur Destouches
tembloroso, sin peluca y muy turbado. Luego de recuperar
el aliento, le dije a Madame que era imposible que
la muchacha rondara los trece. Debía de estar
ya a la altura de los dieciséis o diecisiete.
Madame dijo: si a Su Señoría le
parece que miento, puedo devolverle su dinero sin
más. Qué sedición le estaba
ocasionando yo a Madame en aquel momento. Se veía
roja; la cara encendida, incluso, por debajo de sus
polvos de arroz. Era la viva estampa de la virtud
no recompensada. Discúlpeme usted, pero
no se trata de incredulidad, sino de asombro,
le dije. Madame entonces cambió la expresión
y me preguntó, con mejor aire, qué otra
cosa deseaba. Mons veneris
harto piloso -observé-; envíemela
a casa mañana en la noche, pero bien depilada;
¿puedo confiarle estas cosas a Madame?
La jamona armó con los labios un visaje primaveral,
pero no le hice el menor caso. Era capaz de propasarse
y, como todas las de su especie, se encontraba en
la obligación de reconocer siempre su bajo
y estrechísimo rango. El Señor Marqués
sabe que puede confiarme eso y más, dijo.
Tenga usted -dije sin mirarla, como era de
rigor, mientras le extendía una preciosa suma-;
sea puntual, acuda a las diez.
Ahora que me han encontrado y que han vuelto a construirme,
no vale la pena que me empeñe; sin embargo,
ya ve usted: ocasionalmente me entusiasma alguna (esa
jovencita, por ejemplo, o Cinderella, la impar Cinderella)
y concibo para su carne una interminable conjunción
de figuras devotas de las llamas.
Aquí
yace
bajo siglos
de indignación,
Alphonse D.,
Marqués de Sade.
¡Encuentra tu paz,
oh alma desdichada!
Alma, alma. Y por qué no el cuerpo, mi cuerpo
ajetreado, el de la mutilación y el delirio.
Los escuché llegar, eran ellos, los posesos
míos, mis posesos aplastados por un agobio
vivo, un agobio que, empero, no les restaba energía.
Sabían que estaban cerca de mis huesos, me
olían como perros en el aire muerto del bosque.
Los dejé hurgar por los alrededores, hambrientos
de mí, con esa hambre sublime que hace del
conocimiento una religión, una deidad masculina,
sodomizante, una deidad experta, implacable, debidamente
anticristiana, con su falo de mármol...
Me
la pidió
góticamente, ocultando
sin la menor gracia
detalles de una absoluta depravación.
Hurgaban.
Habían traído equipos extraños,
cajas brillantes, cosas, lentes prodigiosos, muchas
cosas, y cuando hallaron la lápida rota, con
la inscripción, y descubrieron la tapa de piedra
azul y egipcíaca de mi sarcófago, algunos
vacilaron, temblaron, apretaron los dientes y tragaron
en seco. Está aquí, recuerdo que dijo
el hombre anciano, el que parecía dirigirlos
a todos. Levantemos la losa ahora mismo, señor,
dijo una voz joven, atravesada por una claridad romántica.
Poco después lo hicieron. Con temor, creo.
Y allí estaba yo, allí estaba mi cuerpo
inmortal.
Pero
Justina, amarrada al mástil de la embarcación
de los piratas, había pedido, haciendo honor
a su propio nombre, justicia a Dios, y Él le
hizo justicia a Justina, que ya para entonces era
apenas una jovencita muy usada: Dios le envió
a Justina un rayo y la mató.
¿Cómo
se llama usted? ¿Albert? Pues le voy a decir
algo, Albert: usted es muy joven, evite los discursos
fríos y biliosos, pero no sienta temor de la
llamada incorrección ni de la barbarie. Son
las únicas maneras de alcanzar la fama y el
genio. Aunque el genio sea postreramente maligno al
barajar las cartas del porvenir. Por suerte usted
no escribe versos, no es lo que se dice un poeta.
Recuerde que en un poeta vive siempre una mujer. Y
una mujer, créame, de la peor especie...
Cinderella, apodada la sinhuesos, lograba doblarse
de tal modo que era maravilloso verla ejecutar aquel
peregrino acto de valentía. Se afanaba sin
sudores indeseables de meretriz, y lograba introducirse
el pie derecho hasta el tobillo en lo más profundo
y caliente de su raja. Luego empezaba a agitarse traspasada
por unos brillos parecidísimos a ese barniz
que envuelve, seco ya y delicado, las réplicas
varoniles de Kornarak. ¿Ha visto esas imágenes,
Albert? No se las pierda. Sea usted curioso e implacable.
Nunca sienta lástima de nadie. Realizar la
obra es lo único que verdaderamente nos une,
sin que lo deseemos, al impostor Jesucristo. Nada
menos que todo un hombre, Albert, ¿no crees?
¡Ay,
ay, pero si yo soy una bailarina!
Entonces
los compañeros de Cinderella, los contorsionistas,
amantes suyos fuertes e ingenuos, jóvenes de
semen abundoso y percutiente, de grumos saltarines
en hervor, enarbolaban sus vergas jónicas,
arboladuras pétreas y rollizas, y danzaban
hasta que Cinderella les ordenaba cumplir las distintas
posesiones. Siempre quedaba algún infeliz sin
espelunca donde saciarse, pero ella lo invitaba enseguida
a disparar su chorro en el ombligo.
Todo lo que le cuento a usted sucedía delante
de un agraciado pintor cuyo estudio /oh, no sé
como seguir/
Mire
las fotos, son dos. Hay un asunto ahí con el
texto, con la piel. Observe el garfio de la otra foto:
no hay sangre. Y queda bien, hay que ver la expresión
atenta de la cara. La lengua de quien lo erotiza cosquillea
allí donde se le ve. Pero no se engañe:
la sensación verdadera ha venido a producirse
justo en la salida del metal. ¿Si hay sinapsis?
Pero claro. Y cuando el garfio ya ha entrado, el semen
se arremolina. Y por supuesto que el lenguaje no obra
allí. No acaece allí, no es un suceso
de la observación. En fin, mire. Mire
las fotos. Con eso basta, creo. Mirar y dejarse mirar
tan solo allí.
Me
sacaron cuidadosamente y me llevaron a un sitio cercano.
No exagero si digo que aquel sitio era mi casa, mi
nueva propiedad, porque entonces mi cerebro soñaba,
desde su lobreguez de frases y palabras antiguas,
sueños donde una gran alcoba de diorita se
alzaba llena de estatuas titánicas y chimeneas
monstruosas. Me habían puesto sobre una mesa
de cuarzo, una lujosa mesa de estudios anatómicos.
El hombre anciano me miraba con dubitación
y les decía, con insoportable humildad, a los
otros: vamos a reconstituir lo que se pueda, su
cerebro en primer lugar, y después lo que le
falta del cuerpo.
Tengo mil doscientos sesenta años...
(Escucha, Fritz, te daré algo de dinero si
tiras ese puro y te alejas. Y más aún
si guardas tus perros. ¿No ves que me han olido
y, dentro de poco, querrán lamer mis muñones?)
Eres, hija mía, algo parecido a la perfección.
Tal vez porque me recuerdas a la señorita Keller
saliendo de su alberca, envuelta en gasas, poco antes
de que mi navaja diera cuenta de su vello selvático,
testarudo. Se veía tranquila
la señorita Keller
acostada en mi lecho, a merced de la toledana
que iba
acariciándola.

Cuando acabé, yo mismo (no mis criados) lavé
su sexo, que olía a vainilla y vetiver; le
pregunte la edad y me dijo tengo trece años,
así de simple, tan solo trece, una ninfeta
deliciosa, como para Mr. Nabo. Su boca era una breve
borrasca en aquella trepidación. No podía
ser de otro modo porque mis dedos, brillantes de miel,
se movían en círculos alrededor de su
capullo.
Yo
quiero que ustedes sepan cuánto ha costado
traerlas aquí, a ellas, para después
seleccionar tan solo una, la que, perdiéndose
en muselinas y hechuras de fleece, subirá al
tabloncillo bajo mis órdenes
A
ver, hija mía, alza un poco más esa
pierna a la derecha; has de quedar expuesta, que tus
entrañas sean una promesa y que tu rodilla
acaricie el borde inferior de tu labio más
grueso, el de abajo, para que entonces estos señores,
ya sabes, los de la Restauración, puedan sentirse
orgullosos del resurrecto Marqués, de su sapiencia,
y te vayas por fin con ellos a gozar de la comodidad
de sus casas periféricas. Vamos, mueve esa
pierna, álzala con levedad.
Encima
de la mesa mi cuerpo flotaba.
Mi cuerpo transhistórico.
Mi cuerpo vesperal.
Soy una epopeya de la voluntad.
Me decía: voy a discar el número
de emergencias, el 112, sirve para toda Europa, no
se preocupe. Infeliz. La Unión Europea.
Qué sabía él. Más allá,
al fondo, junto a una fila de tablones forrados con
telas de colores diversos, había un joven rubio
y desnudo de la cintura hacia arriba. Me llamaron
la atención el cabello -cobre pulido- y su
espalda quimérica, que se definía con
la suavidad de los músculos que no se demarcan.
Con la suavidad de un Ganimedes discreto. Daba, sin
embargo, unos martillazos demoníacos encima
de la estructura que yo mismo había sugerido
realizar. Trabajaba, pues, para mí. Ganimedes
-lo llamé-, Ganimedes, oye, hijo mío,
deja tu martillo un instante...
Y quise alcanzarlo con mi brazo.
Y
quise ponerme de pie.
Ir
a su encuentro.
EL
SIGLO DIECIOCHO POSEE
UNA DOBLE APARIENCIA:
LA ENCICLOPEDIA Y LA SENSUALIDAD.
|
Y
no pude. Sólo se escuchó mi voz y se
vio, en la paradójica lejanía, su mirada
como de miel oscura, estupefacta e insensible, simplemente
ajena a lo que yo, el Divino, sentía entonces:
saberes ciclópeos y humores centrípetos.
Monsieur Thibaudet dice que soy la Cloaca Máxima...
Me han pedido la concepción de un Espectáculo
que sea capaz de estremecer al mundo, un Espectáculo
que reproduzca blasfemamente las ideas sobre el Juicio
Final, y me hablan de no sé qué transmisiones.
Para lo que me importa el Espectáculo... Si
se tratara de escribir. Me gusta escribir. Especialmente
novelas. Recuerdo lo que me hicieron hace pocos meses
para atraerme no sólo a la vida, sino en especial
a este ámbito... El milenio acaba y entonces
pienso otra vez en los aparatos. Hay problemas con
la imaginación, de eso se trata. Les falta
la imaginación. Phantasmata.
La mirada de oro del carpintero es lo único
intemporal aquí.
El cuarto milenio va a empezar y quieren martirizar
otra vez a Jesucristo.
Ven, Ganimedes -torno a llamar-; sírveme
un vaso de agua, tengo sed, hijo mío.
¿Ve usted ahora por qué vuelve mi esperanza
a nacer? Siempre hay un amor. Una mirada desde la
Acrópolis. Si pudiera escoger la fábula
de mi representación, la fábula donde
esas figuras mías han de caber para las llamas
del sueño, escogería la leyenda ¡Ay,
ay, pero si yo soy una bailarina! de Tristán
e Isolda; pero a mi modo, porque, mire usted: ellos,
los amantes, discurren por un espacio tenazmente operístico,
del canto y la teatralidad, de la música y
las palabras grandilocuentes, y yo, Sade, odio la
ópera, detesto esas maceraciones afeminadas.
Oye,
Ganimedes,
hagamos un pacto:
te daré consejos de amor
si me enseñas
algo más que ese torso...
mastúrbate conmigo
quiero verte
no tocaré tu cuerpo
no puedo tocarte...
¿Oyes, Ganimedes?
Ahora
un acólito, el que siempre va desmayándose
como una flor en el fondo de un vaso, se avecina a
mi
Entró
un mariconcito, tipo el más insulso
del mundo, quien después de arrancar
unos gemidos a unas palmadas descoyuntadas,
nos soltó una canción:
Acá,
venid acá ahora, lascivos bujarrones,
apretad el paso, venid a la carrera, volad
con plantas
y con zancos ligeros, con nalgas ágiles
y con manos atrevidas,
vosotros, blandos, cascados, voluntarios capones
de Delos.
Petronio, SATIRYCÓN
|
caldero, lleva su pañuelito rosa a su nariz
y, en una entonación de fagot, me explica lo
que quiere decir la palabra tango. Hace falta
un tango y he venido a describirle los movimientos,
señala. Lo miro fijamente unos segundos y cierro
los ojos. Haga lo que desee, digo. Pero usted
es el jefe aquí, dice. Haga entonces lo que
sea preciso y váyase, digo. Es que el Señor
Marqués deberá bailar esa pieza con
ella -dice apuntando a la joven que yo había
elegido-; ¿acaso no lo sabía?
Ganimedes resopla al acabar su faena y se sienta a
descansar. Como hace un poco de frío y no puedo
sino estar todo el tiempo inmóvil, alguien
me tira encima unas telas ásperas con las que
deberé cubrirme. Ah, Ganimedes, te pareces
a mi valet en las 120 Jornadas.
Si beso la curva de tu pecho, estaré besando
tu corazón, el desorden de tu sangre, las válvulas,
el ruido. Pero de un modo gozoso, mediterráneo...
...
una deidad masculina, sodomizante, una deidad experta,
implacable, debidamente anticristiana, con su falo
de mármol...
Todo
lo que le cuento a usted sucedía delante de
un agraciado pintor cuyo estudio daba al mar. Entre
el mar y la desnudez existe un vínculo encrespado,
el mismo que mantendría una ciudad en sitio
con sus sitiadores. Al pintor, viajero incansable,
solían interrogarlo en los puestos de aduana
de media Europa. Y si le preguntaban la nacionalidad,
o le pedían papeles, respondía: "Soy
ciudadano del universo", luego de lo cual venían
las amenazas de los oficiales. Entonces él
rectificaba. "Vengo de la ciudad de Troya",
decía. Y lo dejaban ir. Nadie comprendía.
Pero también es necesario pensar en un hecho
que modifica, tanto entonces como ahora, la comprensión
del episodio: había un brote de peste.
Y él no cesaba de pintar a Cinderella. Estaba
enamorado.
Más bien de la imagen que ella constituía
en sus refriegas.
Pintaba desnudo, muy excitado.
Nunca se masturbaba.
Hasta que aparecí yo.
"Que sorpresa, Señor Marqués",
comentó alguien, un adlátere sin memoria.
VOY
A DECIRLES A ELLOS, A QUIENES ME TRAJERON, QUE BUSQUEN
EN HIGHGATE UNA CADENA DE PLATA Y UN COFRECITO CON
UNA CRUZ DE OCHO ZAFIROS Y DOS CARTAS MÍAS.
NO PUEDE HABER CONFUSIONES. ELLA ESTÁ AHÍ.
NO SERÁ DIFÍCIL TRAERLA, COMO A MÍ.
NO SERÁ DIFÍCIL QUE GANIMEDES, LUEGO
DE VERLA, ANHELE APODERARSE
-PALPA
SU MONS VENERIS-
DE MI NIÑA PERVERSA.
No,
no lo sabía, así que bailar...,
digo. Su doble mecánico, dice. Mi
yo mecánico, digo. En efecto,
dice. Acérquese, le voy a confiar un secreto,
digo. La ira me ha puesto muy blanco, con toda seguridad.
Pero qué le voy a hacer. El acólito
inclina su cabeza luchando contra un asco que no alcanza
a disimular. Ya me lo han gritado: hiedo como las
tripas de una mula muerta. Cuando se halla lo suficientemente
próximo muerdo, furioso, su oreja. Tiro con
rabia, cierro la mandíbula, vuelvo a tirar
y logro desprendérsela un poco. En un último
esfuerzo, antes de que me lo quiten, logro arrancarla
completa, incluido un trozo en forma triangular de
la cara.
Me miran atónitos.
Nadie se atreve a acercarse al caldero. El hombre
anciano se dirige a mí y contempla mis ojos
sin reparar en la masticación a que, para infundirles
terror, me dedico. Baja la mirada y llama a uno de
los Restauradores. Este se adelanta marcial y cruza
los brazos detrás. Ese sí es el
verdadero Marqués, dice el hombre anciano.
El otro empieza a sonreír (1).
No me dejó enseñarle cómo
se baila un tango, y, sin embargo, cuando trajeron
al figurín cibernético todos vimos
que sabía bailar muy bien. |
EN ESE MOMENTO LOS CARGADORES SUBEN AL ESCENARlO CON
UNA MARIONETA CUYO ÚNICO PIE ES UNA SUERTE
DE GARRA METÁLICA. LUEGO DE FIJARLA EN LA MADERA
DEL ENTARlMADO, ALGUlEN DESENVUELVE EL PAPEL METÁLICO
Y APARECEN EL BUSTO Y LOS BRAZOS CON SUS HOMBROS.
EN EL SITIO DONDE VA LA CABEZA HAY DOS FIJADORES PARA
UNA MOTHERBOARD. EL ÚLTIMO CARGADOR,
EL QUE TRAE UNA MALETA CIRCULAR, ES QUlEN VA A CONECTAR
LA CABEZA SINTÉTICA DE SADE A LA MOTHERBOARD.
DESDE ABAJO, EL MARQUÉS MIRA.
Los
movimientos de la joven resultan harto rápidos
en relación con la capacidad del cibersade.
El de la oreja devorada, ahora con una mejor que la
original, da instrucciones a la bailarina desnuda.
Un operario sugiere que la vistan un poco, para que
el efecto sea erótico. Pero como aún
ignoran -todos- las posibilidades del cibersade en
el tango con una ESCLAVA DEL ARTE, juegan a explorar
el sistema antes del establecimiento del programa
correspondiente a esa zona del espectáculo.
Con regocijo exagerado el de la oreja devorada activa
la mano-pene del cibersade y programa ciertos gestos
con celeridad. El operario, subalterno hábil,
piensa: este marica va a arruinarlo todo.
Y, en efecto, el tango queda arruinado. El cibersade
sujeta la cintura vibrante de la joven y palpa su
mons veneris con firme
resolución. Es entonces cuando todos corren
a auxiliarla al ver, con el debido horror, cómo
la marioneta introduce buena parte de su mano en la
vagina de la dulce escogida del Marqués.
El acólito me dio náuseas.
Cinderella lamía la barra achocolatada y violeta
de un etíope impávido.
La dama de compañía se acercó
empuñando un candelabro.
Había arruinado la disposición de las
luces y él le dio una bofetada muy enérgica.
"Estúpida mujerzuela", dijo. Entonces
el etíope empezó a eyacular sobre la
alfombra.
¡Ay,
ay, pero si yo soy una bailarina!
-¿Estás ahí, Albert? Voy a negarlos
a todos. Yo los niego a todos. Y niego también
a la ilusión y a la muerte...
-Estoy aquí, a su lado.
-Bien, escucha esto: hay una dosis de inmaterialidad
en lo que hemos visto, ¿no te parece?
-Alce su voz, Señor Marqués. ¿No
es usted quien nos dirigirá en el Espectáculo?
Es el Juicio Final...
-Yo mismo, hijo. Pero tengo que escribir... o sea,
dictar. He pensado en Isolda para mí y en Tristán
para ese jovencito... Ganimedes.
EL
SIGLO DIECIOCHO POSEE UNA DOBLE
APARIENCIA:
LA ENCICLOPEDIA Y LA SENSUALIDAD
- Y el robot, Señor Marqués, ¿no
le molesta?
-Al cibersade le llegará su hora, como a mí.
Sin embargo...
-¿Sí, Señor Marqués?
-El cibersade va a sobrevivirme, Albert. Ellos, todos
ellos, me asesinarán seguramente. Una vez Sade,
sí. Pero dos veces...lo dudo.
-Pero usted va a dirigir el Espectáculo, el
que cierra este milenio. Las naciones lo admiran,
los políticos, los poetas...
-Lo haré, lo haré, pero tú tomarás
mi dictado. Ellos no deben saber que aún puedo
escribir. La humanidad es una raza tardía,
provisional y no merece sobrevivir. Lo más
seguro es que no sobreviva. ¿Me prometes que
tomarás mi dictado? Promételo, jura
que serás un aliado fiel... oh, ha llegado
un mensaje de Bjork la Resucitada, vendrá a
cantar...
- Tengo una novia, Señor Marqués. Nació
en Pekín.
-¿Lo juras?
- Lo juro, Señor Marqués. Mi novia...
-Déjala a ella ahora. Presta atención:
tienes sólo diecisiete años y puedes
cometer errores. Pero yo no puedo darme ese lujo;
por eso debes conducirte con exactitud, sin excesos...
Bien, ¿qué querías decirme sobre
tu novia?
-Ella es más hábil que yo, Señor.
Si usted me diera algún consejo... ya sabe,
me veo obligado a impresionarla. Ella es de Pekín,
ya le dije. Tiene más o menos mi edad, es una
experta...
-Esas chinas laberínticas...
-¿Me ayudará usted?
-Que chinas más laberínticas... ¿conoces
al señor Morimura?
-¿Señor?
-Deja, Albert. No te preocupes y escucha: cuando todo
acabe, ellos vendrán a mí y tú
te robarás el cibersade. Si no te gusta robar,
imagina que se trata de mi recompensa, que te lo he
obsequiado yo, el Marqués. Guarda al cibersade,
él te ayudará íntimamente.
-¿Y no me dirá usted nada, tendré
que esperar a tener el cibersade?
-Bueno, Albert. Veamos. Compra veinte metros de cuerda
de cáñamo. Ata tu pequinesa a un poste.
Pero átala con las piernas alzadas, bien altas.
Ella estará desnuda y su sexo se abrirá
al instante. Cuando esté atada, pasa la cuerda
por sus ingles, su vientre, las articulaciones y las
nalgas. Entonces fijarás los extremos de la
cuerda a un tensor. Pero para eso necesitas al cibersade...
-No, prefiero hacerlo solo. Por favor...
-Bien, Albert. Usarás entonces una brocha como
la mía, una brocha que sea suave. ¿Sabrás
cómo y para qué usarla?
-Me he dado cuenta ya, Señor Marqués.
-Entonces, si lo sabes ya, deberás saber también
que el tensor sirve para regular la intensidad y la
duración de su orgasmo. ¿Necesitas alguna
otra explicación, hijo mío?
-No más, he entendido perfectamente. Ya aprenderá
ella a no ser petulante.
-Cuidado con esas chinas laberínticas, Albert.
-Tendré cuidado, señor.
Pintaba
desnudo, muy excitado.
Es entonces cuando todos corren a auxiliarla al ver,
con el debido horror, cómo la marioneta introduce
buena parte de su mano en la vagina de la dulce escogida
del Marqués.
Monólogo
de Isolda
(texto de D. A. F. de Sade)
Yo,
Isolda, la del lento navío hacia Cornualles,
he cortejado los peligros y cedido a los instintos
más puros de mi alma. No de amor, sino de pasión
he muerto. Y ahora, sobre esta mesa de nogal que se
pierde en la blancura de mi limbo, diré la
verdad. Debo hacerlo rápidamente porque unos
seres de gasa y niebla han venido a advertirme. Seré
transportada al lugar donde Tristán dormita
y espera. No es un lecho, no. Me mostraron la imagen
y he visto, con impropia resignación, unos
muros de basalto y un cerco de puñales lavados
por la falsa sangre de mis menstruos.(2)
Al principio yo estaba en los cantiles, frente al
mar, acurrucada protegiéndome del frío
y la llovizna. No era invierno aún, pero la
segunda visitación de la primavera había
traído aquellos grises de agua difunta. Mi
capa oscura me convertía en una estampa bárbara
de la muerte, y ella, la muerte, atisbaba por mis
ojos fijando la mirada en las rocas y la espuma. Llena
de ofrendas, una barcaza espectral se balanceaba delante
de mí. Las cosas de los muertos son siempre
algo inquietas. Llevan en sí la parte sombría
de los vivos.
-Lo
que yo llamo el sentimiento resulta tan femenino
que parece amanerado. ¿Estaré exagerando,
Albert?
-Es posible, señor. Pero el sentimiento no
tiene que ser ni masculino ni femenino. Con tal que
sea y nada más...
-Aprendes rápidamente las nociones fundamentales,
Albert. El cibersade te envidiará, así
que cuídate.
Entonces
una figura leve y desnuda, un muchacho que parecía
la letra mística de la primera página
del mejor Evangelio, se acercó irresoluta a
la barcaza. Traía en el semblante la disputa
y el desamor, pero debajo de esa máscara alcancé
a ver una expresión de soldado tracio, con
sus ojos escandalosamente húmedos, del color
de la avellana. Yo era la mujer invisible, la muerta
audaz regresando a los orígenes del caos. Él
profetizaba en silencio la dulzura y el hervor. Así,
mojado por el polvo aciago de un mar que jamás
me daría su aprobación (a mí,
a Isolda, la hija del agua y el reposo), evadió
las brusquedades de aquel arrecife interminable. Sin
mirarme, tan lejos del pudor de su carne azotada por
la brisa. Absorto. En pos del atardecer.
¿Qué patetismo misterioso se introdujo,
como un temblor de música, bajo mis sábanas?
¡Las manos del sueño acariciaban tantos
episodios de la vida posterior a mi encuentro con
él! (3) Yo veía
sus pasos en el fuego y en el resplandor de los yelmos.
Los miraba arder en las piedras de los caminos, en
los charcos rosados del matadero, en la alberca taraceada
que mis padres me habían asignado allá,
entre dos torrecillas, encima del abismo que me separaba
del foso. El relato de las glorias impías,
que entonces escuché en los banquetes, me devolvía
a la cara del errante. Yo era la visionaria sin lenguaje,
un amasijo de palabras condenadas al triste ejercicio
del pensamiento, a la mudez irrisoria. ¿Te
ocurre algo, hija mía? Mi cabeza negaba
en desmedro de mi lengua quieta y doliente.
Soñé una vez con un desierto de Arabia
y una luna que reía sobre las dunas, haciéndoles
burla a los moribundos de la sed. Saltaba la luna
agraviosa de un extremo al otro del cielo. Soñé
que era yo quien dormía en la arena helada
y que un león apocalíptico olía
mi sexo sin decidirse a terminar con mi pobre vida
de esclava. También soñé con
un mercader de fina gentileza, un mercader hermoso
que me regalaba joyas abstractas y que me poseía
a la manera de los ciervos (4)
para después venderme a unos bandidos del Hebrón.
-Parece
la descripción de un cuadro, señor.
-¿Eso crees, Albert?
-Un cuadro conocido, señor. De El Aduanero.
-Aduanero.. .
-El artista Rousseau, señor.
-Bah, no debe de ser tan importante. Oye, Albert,
el único aduanero que conozco se llama Georges
Rapaccini. Un prestamista del Bois. Tipo de los duros,
frente escasa, mirada bronca. Un malvado perfecto.
Desperté
tibia de fosforescencias. Hecha como de miel y humo.
(5)
Aquellas jornadas desapacibles se alargaron tras él,
se convirtieron en la mazmorra de mi ilusión.
Y yo sabía que la ilusión era un murmullo
articulado por alguien desde la frontera de mi ignorancia.
Los condenados al duermevela de la muerte jamás
llegan a saber. En el silencio no se sabe.
En el plomo roñoso de las gárgolas sembró
su nido una alondra carmesí. Me llama la atención
el color de sus plumas y recé para que el desvarío
no acallara mi entendimiento ni arruinara mis sentidos.
Pero, en efecto, se trataba de una alondra carmesí,
y el prodigio de verla allí, en mi compañía
-la única que entonces ella habría deseado
tener- constituyó una señal imprecisa,
como la campana que dobla, sin motivo, en una tierra
lejana y misteriosa. Las bocas de las gárgolas
escupían sedimentos horribles y ella entonó
su canción.
Cierta noche, bajo otra luna que me devastaba, sentí
a la alondra estremecerse junto a mí. Me permitió
una caricia, sin el susto habitual de los pájaros.
Estaba húmeda. Por la mañana descubrí
que el lino de mi vestido tenía manchas. Eran
de sangre. (6)
Después de aquella visitación umbría,
cuando del vestido quedó tan sólo un
puñado de cenizas hirvientes, la realeza de
un soplo me atrajo nuevamente al océano. El
oro del alba había desaparecido y en su lugar
combatían las nubes extrañas de una
estación muy deslucida. Pensé en los
tapices que adornaban la cámara de mis señores
y recordé en particular una escena graciosa,
la de la modistilla torpe contemplando la cara de
Dios en un ventanal cuyo marco encerraba los gestos
del anochecer. Esa cara, con su boca como un estallido
de flores, no era sino la forma de otra boca que yo
había deseado ya encima de mi piel. Otra boca
(7) que me atrevería a
dibujar con los ojos cerrados sin equivocarme, porque
la miré tantas veces como puede una mujer mirarse
en el espejo de sus interrogaciones, o en el agua
irreal de un sueño que la empapa.
¿Por qué una alondra ensangrentada?
¿Por qué ese compuesto de naturaleza
y artificio, esa figura tan ajena a las piedras del
castillo y feliz en un hogar que coronaba la testa
-infame, ruidosa- de una gárgola? Me había
hecho estas preguntas sin mirar atentamente la desnudez
en calma de las aguas: una alondra, un tapiz ignoto,
un mar de ceniza en primavera. Fue entonces cuando
lo vi. Era él. Su contorno. Tristán.
Me delataba la belleza trémula que debió
de expandirse como un aura a mi alrededor. Nada me
cuesta decirlo, pues ahora voy a yacer con él.
Nos confinaron a un santuario lleno de alegorías
sobre el amor. Pero se trata de un tipo de radicación
demasiado congruente con el paganismo de las cosas
que, sin ser efímeras, tampoco alcanzarán
a inscribirse en la cualidad de lo eterno. Ahora que,
en rigor, nos queda sólo esta carne de luz
amasada por la disolución y la memoria, ¿será
lícito emplearla en el estilo de los vivos?
Se paseaba absorto bajo la capa. Después, mucho
después, en el lento navío hacia Cornualles,
el embreador, mi confidente, llegó a decirme:
esa delicadeza es en él muy compatible
con la precisión de la forma y del pensamiento,
pero excluye las condiciones normales y la materialidad
de la vida.(8)
Aquí el Marqués de Sade interrumpe por
primera vez su manuscrito. Estruja los papeles,
emborrona la labor. Toma una hoja limpia y escribe:
EL
CUERPO LESBIANO
(CASANDRA, EL ESPEJO y MARÍA)
PRESUPUESTOS
0. El cuerpo lesbiano, tal como aparecería
enunciado aquí, puede ser una reflexión
desde varias tipologías de la sexualidad lesbiana,
y puede ser, además, la autoimaginación
de un cuerpo que se explora a sí mismo en relación
con otro. Ese otro puede ser real, imaginario
o poseer ambas condiciones al mismo tiempo.
1. Contrastes sucesivos de silencio
y sonidos callejeros. La parte
del silencio corresponde a
imágenes conceptuales, mientras que la parte
de los sonidos callejeros
corresponde a imágenes concretas, reales.
1.1. Silencio: un cuerpo desnudo
de mujer enfrentado a otro cuerpo desnudo de mujer.
Estas imágenes no poseen sonido. El encuentro
y los rebotes de cada mirada. Cuadriculación
de los cuerpos por sectores, como si fuesen zonas
miradas.
1.1.1. Sonidos callejeros:
imágenes diversas, con sonido. Un alud de imágenes
aparentemente inconexas, pero que, en secreto, o de
modo evidente, reproduzcan en cierta medida el proceso
de la seducción (mutua o no) de una mujer por
otra mujer. Cuando se habla de otra mujer, cabe introducir,
incluso, la mujer del espejo (el regocijo de una mujer
contemplándose en su espejo íntimo).
2. Las alternancias anteriores -imágenes conceptuales/imágenes
reales- constituyen un diálogo entre el yo
con respecto a sí mismo, y el yo con respecto
al mundo y la naturaleza.
3. Si pensamos que se trata de un sujeto-mujer que
se piensa a sí misma, en primer lugar,
que se piensa en relación con otra,
en segundo lugar, y que se piensa en relación
con la naturaleza y el mundo, en tercer lugar,
se estará en condiciones de diseñar
una estructura de imágenes bastante compleja
en torno al cuerpo lesbiano.
4. La estructura, por sí misma, muestra la
coherencia básica de cualquier expresión
reflexiva hecha mediante imágenes y sonidos.
Sin embargo, puede utilizarse un soporte sobre el
cual dicha estructura se inscriba de un modo más
directo. Un soporte que garantice la legibilidad
paralela del cuerpo lesbiano. Ese soporte es
la historia contada.
5. Adición, pues, de una voz que cuenta los
hechos del cuerpo lesbiano. El timbre y la forma de
esa voz deben, como es natural, escogerse cuidadosamente.
La historia es, en sí, bastante ambigua.
6. Se introduce el Bolero de Ravel, cortado por el
propio ir y venir de las imágenes, o disminuido
por el mayor o menor volumen de la voz que cuenta.
El Bolero de Ravel dura doce minutos y algunos
segundos.
LA HISTORIA CONTADA
/fascículos de Sade al renunciar a una
estética germana de lo romántico/
La metamorfosis de mis amantes es la última
revelación que he tenido de mí. Si me
decido ahora a contar algo de lo que podría
contarse, es porque puedo ver el conjunto. Puedo verlo
a salvo del peligro de perderme en los hechos sin
entenderlos. Pero yo entiendo. Soy capaz de entender
al fin porque mi cuerpo sabe.
Alguien me dijo que mis amantes eran mis espejos.
Creo que mis espejos son las formas que mi cuerpo
usaba para convertirse en otros cuerpos. Ahora recuerdo
la primera vez que me miré de veras en un espejo.
El espejo estaba delante de mí, había
venido inadvertidamente a sorprenderme y era redondo
y grande. Yo no tenía ropas. Me temblaba la
carne.
Durante mis últimos sueños he soñado
que un gato se dormía encima de mi sexo. La
respiración del gato movía su piel,
y aquella suavidad de pelo y huesos blandos, de una
cola cimbreando encima de mí, me enardecía
hasta que despertaba. El gato, por supuesto, no está.
Pero hay un cuerpo -un ser humano- a mi lado. Que
extraño. Mi cama está siempre sola...
Yo habría preferido la presencia del gato y
su cola que azota.
(Puedo
profetizar... puedo profetizar y sin embargo nadie
me cree.)
Mi
vida adulta empezó muy mal: Charles, Ricciardo,
Udolpho, John, Filippo... un embarazo, dos, tres,
nada. Desórdenes menstruales y domésticos.
Desórdenes en mi vagina. Desórdenes
siempre.
Mi trabajo consiste en cantar. De día soy una
mujer ordinaria. De noche, entre las once y las cuatro
de la madrugada, canto en un club vulgar y poco visitado.
Viudas alcohólicas, parejas taciturnas, hombres
oscuros me escuchan no sin cierta devoción.
Después,
mucho después, aparece Livia. Y, por último,
María llega a mi casa.
Pensándolo
bien, no sabría decir de dónde vino
María, ni por qué se presentó
aquella tarde en la sala de mi casa, ni cómo
supo que era allí, y no en otro sitio, donde
debía tocar. María es igual a mí.
Cuando digo igual a mí lo que estoy tratando
de indicar es precisamente eso, la igualdad física.
Aunque no se trata de consanguinidades.
Caminando
por la ciudad yo me reconocía en otros hombres
como si fuera la sombra que les faltaba. Sombra y
hombre son palabras parecidas. Sombra, umbral, hombres,
hombres. Algo similar a la relación de las
tinieblas con el amor.
Una vez desperté en brazos de Udolpho y sentí
que las cosas iban mal, muy mal. Udolpho estaba dormido.
Lo desperté y le dije que las cosas iban mal,
muy mal. Pero él estaba dormido, estaba desnudo
y dormido. Tan dormido que parecía un muerto
suntuoso y cálido, con aquel aroma de sueño
y cigarrillos, con aquel glande aventajado y corpulento,
medio húmedo aún.
Entonces me dediqué a mirarlo dormir y lo imaginé
realmente un cadáver. Porque después
de tratarme de manera humillante en presencia de unos
amigos...
Julia casi lloró, supongo.
Al final tengo la impresión de que empezó
a abrazarme.
Creo que olía un poco a mujer sola.
El olor salía de su boca y estuve a punto de
preguntarle qué había comido.
"¿Has comido algo extraño, Julia?"
Cuando una mujer mastica absorta, imaginando las formas
de aquello que ama, su aliento cambia.
Los
perros de la ciudad están atentos a las modificaciones,
muy furtivas, de la densidad del aire, o a la entrada,
por el puerto, de cierta masa de aves (gaviotas) que
desafían el peso de las nubes... Yo examino
mi sexo desde el butacón de mi cuarto, enfrentada
al espejo que me dice -insolente- cómo he de
colocarme si quiero saber las verdades de mí
misma, las verdades de mi carne saturada de gritos.
Y veo bosques, lugares comunes, regicidas huyendo
por los arenales de Troya, marineros trinchando grasa
de ballena. E imagino lo que me espera cuando atraviese
los parques oscuros de la ciudad, donde un amante
brutal acabará con mi pobre vida de esclava,
con mi pobre vida, con mi pobreza, la merma, el menoscabo.
La
sola fila de mis amantes bastaría para comprometer
el crédito que merecen mis actuales preferencias.
Si yo describiera los gestos de mis amantes, si yo
cantara qué le han hecho a mi cuerpo mis amantes,
si yo revelara la fórmula de la simultaneidad
de mis amantes...
(Nadie tendría paciencia suficiente para creer
en lo que mi ser proclama hoy.)
María me escucha y sonríe mientras escucha.
Me besa mientras escucha.
Sabe escuchar mientras lame mi boca.
Para
cortejar a una dama que nos abruma, que impide nuestro
sueño, sería perfecto -la situación
ideal de la que tanto depende la felicidad-, sería
perfecto que ella estuviese sentada, sola, en un banco
del Zoológico, por ejemplo, y que esté
próxima -ella, la dama- al foso donde se mece
el elefante, o, mejor, donde el avestruz pasea su
mirada idiota y asustada.
Pensar en la testa del ave como glándula. La
vagina de la loca ocupada por la testa.
(La cefalosodomia.)
Aquí
Sade interrumpe por segunda vez la escritura. Alza
los ojos, examina con odio a sus asesinos, que ya
vienen a su encuentro, y, con suave lentitud, le dice
a Albert:
-Nunca, hijo mío, confíes en la
perduración. La humanidad no merece ni necesita
sobrevivir.
Mire
las fotos, son dos. Hay un asunto ahí con el
texto, con la piel. Observe el garfio de la otra foto:
no hay sangre. Y queda bien, hay que ver la expresión
atenta de la cara. La lengua de quien lo erotiza cosquillea
allí donde se le ve. Pero no se engañe:
la sensación verdadera ha venido a producirse
justo en la salida del metal. ¿Si hay sinapsis?
Pero claro. Y cuando el garfio ya ha entrado, el semen
se arremolina. Y por supuesto que el lenguaje no obra
allí. No acaece allí, no es un suceso
de la observación. En fin, mire. Mire
las fotos. Con eso basta, creo. Mirar y dejarse mirar
tan sólo allí.
Notas:
1 La hipótesis de un Sade caníbal es
tan improbable como la de un Sade homicida. En estos
terrenos la duda en relación con el Marqués
no prospera. Los reparos esenciales son de orden moral.
Obsérvese, por ejemplo, el juicio de Albert
Thibaudet al referirse al Sade mas peligroso, el escritor.
Lo llama la Cloaca Máxima.
2 ¿Por qué falsa? De toda la historia
de Tristán e Isolda según Sade, se desprende
una serie de interrogantes similares. Mi deducción
es escandalosa, pero no tengo más recurso que
traerla a cuento: Isolda no es una mujer. O, para
ser más exacto: se trata de un transexual incompleto,
con una SRS -SEXUAL REASSIGMENT SURGERY-
a medio hacer.
3 Masturbación, obviamente.
4 Paul Bowles, The Sheltering Sky, tercera
parte.
5 A miel y humo huele el sexo de las vírgenes
carolingias.
6 Este es el símbolo, algo impreciso, de una
desfloración. Los pamorinios de Nueva
Zembla -se entiende que las hembras en edad de concebir-
usan a veces un pájaro macho la víspera
de la boda. Así se eliminan todas las posibles
discusiones de carácter tribal en torno a la
virginidad de la novia.
7 Es la boca de Tristán. Grande passion.
8
Para llegar a decir tales palabras, sería necesario
que el embreador fuera un impostor y no quien ella
supone. Resulta mas lógico pensar en un Sade
evaluador de alguno de sus contemporáneos.
Lady Amezúa diría: it lacks heart...