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Del libro inédito Plaza de Jesús
son los poemas que La isla en peso reúne en su
remanso lírico para esta ocasión. Se trata
de una muestra de la obra de Liudmila Quincoses Clavelo,
probablemente una de las voces femeninas más
singulares de la poesía cubana, que acaba de
merecer el Premio Absoluto en el concurso Nosside Caribe.
Está en esos textos la sustancia metafísica
de su ciudad -inseparable de su poesía. Es que
la Villa del Espírito Santo posee esa cualidad
de mundo detenido en el pasado, de silencio vaporoso
y nada densa. Liudmila acoge las voces de ese desasosiego
con la placidez del ser dado a la contemplación
y el trato con lo inefable, sustancia que acaso oculten
las imágenes que aquí ilustran sus palabras,
como anuncian las rondas que por sus calles hace La
Muerte.
Entonces
ya no soy el que despierta al alba:
la noche me regala un nombre
que ninguno con los que hablo
de día, oiría sin hondo terror…
Rainer
María Rilke
La
fundación
Todo
esto era polvo, simple polvo antes de mi llegada.
Yo he levantado el huerto, como una tristeza antigua
en medio del pecho he sembrado mi casa. En esta tierra
ajena
que será mi tierra, la de mis hijos. Que dibujaré
con mis manos, que bautizaré con mi
nombre.
Hoy han puesto la primera estatua
Es
de mármol ardiente, mármol blanco. Detenida
y austera permanece,
sobre el polvo, bajo el sol. Y la muerte no la toca,
no tiembla por el frío.
Es tan extraña nuestra primera estatua, con su
levita dura y su
diccionario de piedra.
De
tarde en cuatro esquinas
Oigo
un trueno y veo sobre las casas el puñal de fuego
del relámpago,
los postes de teléfono se extienden
como maderos para crucificados.
Puedo estar caminando por la Vía Apia.
Algunos me saludan y me dicen
a modo de noticia, muy alegres
que el año se va a acabar.
Yo sólo siento el relámpago aquel,
sobre mi pecho.
Y la lluvia después
interminable.
Oración
por la casa
Necesito
una mano que acaricie mi cabeza como tú lo hacías.
Necesito un rostro, una taza con café, unas palabras.
La casa está vacía, las manos están
ocupándose de limpiar y recoger
y acariciar los gatos.
Pero tus manos no están.
Qué extraña la infancia,
es raro ser niña y estar siempre esperando
que el tiempo pase,
para crecer y quedarnos tan solos,
en medio de esta vida.
Si estuviera aquí y me alumbraras
los ojos.
Escucho el mismo tango de Gardel,
percibo tu presencia
en las habitaciones ordenadas y solas.
Enciendo como todos los días el caramanchel a
los santos,
tú lo vigilas.
Vida
doméstica
Te
invito a sentarte
dos veces toco el banco con la palma de mi mano.
Despedimos la tarde que nos lastra,
que nos hace pensar en lo que hacemos
en el día que se marcha sin remedio.
Sirvo nuestra comida en platos idénticos,
dibujados con suaves flores lilas.
Tocas el borde del plato con el tenedor
hace un sonido lúgubre.
Me pongo a pensar que cada objeto
puede ser un recinto del dolor.
Vuelvo a mirarte y sonríes.
Haz trazado un arco y sobre él
dibujas lentamente pedacitos de cerámica.
Enjuago los vasos,
ordeno los objetos que me rodean,
cada objeto es un recinto del dolor.
2
Tú
trabajas amasas el barro,
haces diminutos rostros,
fabricas cuerpos,
como Dios.
Madame Blavatsky nos observa,
leo en sus ojos de visionaria
una extraña frase,
no desesperar.
Naufragio
Volver
del trabajo
mirar los rostros cansados y esos caballos
que arrastran a la muerte.
Escuchar la música estridente de mis vecinos
y saludarlos.
Conversar con ellos sobre el inmenso calor,
sobre la vida,
escuchar las palabras que caen de nuestros labios
como pesadas gotas.
Abrir la puerta y entrar en la casa
como quién llega a una isla salvadora
en mitad de la tormenta.
Avenida
de los mártires al atardecer
Sentémonos
a contemplar la cruz inmensa.
El mármol que se yergue ante nosotros,
entre los árboles.
Es una noticia de la muerte esta cruz,
es como una sonrisa de la muerte
en medio del paseo,
al atardecer.
No la recordamos, no sabemos para qué está,
qué simboliza.
Pero su solemnidad está en eso de olvidarla
y encontrarla cada tarde,
gris bajo el cielo gris,
gastada por los pájaros.
Montañas
al final de la calle
Si
tuviese tanta fe….
San Pablo
Son
eternas esas montañas al final de la calle.
Lejanas y hermosas como un espejismo,
dibujadas en el horizonte.
Siempre he querido llegar hasta ellas,
dormir bajo sus árboles,
dejarme acariciar por la suave luz
que se filtra entre las ramas.
Existir allí en la montaña,
olvidando los nombres de las calles,
las puertas y los muros.
Miro a mi alrededor,
como otros días me esperan
mi mesa y mi silla,
las habitaciones cerradas.
El deseo dentro de mí se duerme,
si tuviese tanta fe,
de modo que moviese montañas.
Mecanismo
del reloj
Volver
el rostro a la luz,
sentir la cuerda del reloj subiendo mansamente,
como un animal hacia el matadero.
Subir los peldaños iguales,
sentir el crujido del pasamanos
la voz del guía advirtiéndote el peligro.
Mirar abajo y descubrir unos tornasolados
pájaros que planean hacia la cúpula
y luego bajan.
Soportar el vértigo
querer lanzarse a la calle
o al abismo
donde esperan los santos con sus dedos amputados.
Seguir subiendo y descubrir un mundo,
el mecanismo del reloj.
Los grandes números que han estado siempre
en la misma romana posición.
Es interminable la torre, interminables
los engranajes del reloj, las cadenas,
los sonidos.
Ver la campana del último día,
sentir el grito de bronce,
por un instante el miedo.
Hacerlo todo otra vez.
Alguien
ha cerrado las ventanas a la plaza
Hay
una plaza inmensa allá afuera.
Me separan de ella las ventanas,
la madera antigua con que fueron hechos los postigos.
Ya no veo la plaza, ahora la imagino.
Ahora sé por que ha resistido tantos años.
Está hecha de nada,
de recuerdos que le dan forma.
Y uno puede quitar las rejas, las estatuas,
quitar la plaza.
Caminar sobre la tierra espesa.
Mirar la iglesia, la torre, el campanario,
sentir el ruido del bronce que ahuyenta las palomas.
Mirar la plaza de lejos sobre el puente,
regresar luego a los arcos, a los portales.
Regresar a esas ruinas que aún no fueron fundadas,
regresar a uno mismo.
Y abrir los ojos, las ventanas,
caminar luego por la plaza.
Palparla tal como es, volver a hacerla,
morirse de viejo, fundarla.
Plaza
de Jesús
Veo
la mano aquella que me señalaba la plaza,
como un deslumbramiento.
Miro los bancos,
la iglesia de piedra hermosa y destruida,
del Cristo solo quedan los pies,
y en las columnas los huecos de los nichos,
el espacio vacío de los santos en las paredes.
Jugamos al eco,
unos pájaros se asustan
y vuelan
en círculos sobre nuestras cabezas.
Me muestras la iglesia con mucha atención,
me muestras los techos,
las figuras borrosas de los ángeles.
El viento a veces entra, y la luz dibuja otras visiones.
Como si fuera la tarde última
miramos al cielo.
Escucho la campana que no existe
llamando a la misa de la tarde.
2
Los
albañiles toman sus cervezas en jarras de metal,
miran con ojos cansados la fuente seca.
No te vayas,
no dejes destruir la plaza.
No dejes de mirar este sol
como si fuera el último,
como si nunca acabara.
Cierro
los ojos…
Tengo
miedo a que la noche caiga
a cada lado de mi cama.
Los senderos al sueño son guardados por Devas,
el uno atraviesa la luz,
el canto del ocaso.
El otro se cierra sobre inmensas
cataratas de fuego.
a cada lado de mi cama hay dos serpientes,
las acaricio,
son lo único bueno de mi noche.
Amaneciendo
Los
oscuros gritos de la noche me asedian,
rodean mi garganta y mis ojos,
como dos manos agilísimas.
Solo tú me salvarías de esta obsesión
de muerte.
Donde quiera que vuelvo la mirada
sucesivas imágenes de la felicidad pasada me
acosan.
Pero ya no puedo volver,
voy suspendida en el vacío.
Interpretaciones
de la luz en la inmovilidad
Todas
las cosas están en su sitio.
Los libros esperan el momento de ser abiertos,
la luz entra apenas por los cristales a medio dibujar.
Los perros me miran con sus ojos mansos,
saludan a un ser inexistente.
Las luces de la ciudad han sido apagadas.
Todo es silencio,
toda mi soledad es armoniosa.
Escucho los acordes de tu voz,
muevo una silla y me siento a contemplar el patio,
donde crecen las hojas en vano.
Solo el viento me calma y me atormenta.
Nadie advierte mi rostro deforme en el espejo.
Apocalipsis,
esplendor
Sobre
los techos cruza el viento frío de la noche
horadando el silencio.
Mis vecinos hablan por lo bajo
y miran caer la lluvia desde sus ventanas.
Yo te imagino
sentado bajo un gran árbol
mirando amanecer,
vigilado por estatuas milenarias.
En la Avenida de los Mártires duermen los pájaros
que los niños han de asesinar,
ahora duermen tranquilos en sus árboles.
No puedo hallar el olor de la tierra,
me rodea el asfalto, las calles estrechas.
Bajo el puente el río cruza interminable,
en sus aguas dormitan los peces,
esas indefensas criaturas
que servimos a la mesa.
Me parece inútil sufrir de esta manera.
Ahora estoy acostada en esta cama enorme
hecha de una madera hermosa y antigua.
Pienso en la madera que me servirá de ataúd,
en el árbol creciendo en paz,
ignorando que un día
contendrá este cadáver.
Vísperas
Vamos
atravesando esta tarde
como quien cruza una avenida en llamas,
un territorio inundado por un agua turbia.
Vamos de un extremo a otro de la palma de tu mano,
nos asomamos en líneas diferentes.
La adivina dice que existimos,
así, sin que tú quieras,
sin que lo quiera yo.
Atravesamos un gran puente y algunos árboles,
la muerte y yo, asombradas,
como dos amantes que se reencuentran.
Tumba
del regidor
Las
calles de piedra conducen a un túmulo.
Siempre veo al regidor
en forma de paloma o de árbol,
vigilando a los intrusos que contemplan su tumba.
Bajo mi almohada he colocado dos piedrecitas blanca.
Mi madre me acusa de que manos invisibles
abren y cierran la puerta de la calle.
No traigas más espíritus a esta casa,
me dice.
Mi madre no sabe que las dos piedras bajo la almohada
son los ojos del regidor.
De noche en mitad del sueño
me he despertado bajo la tierra,
o en su palacio repleto de mudas porcelanas,
a veces adopto la forma curiosa de un gato
y le regalo horas de libertad,
otras veces el regidor me ciega.
Pero yo tengo sus ojos
y un lugar asombroso bajo un túmulo de piedra
dónde siempre regresaré.
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| Bajo
el cielo en la tarde que se apaga |
Arcos
sobre el río
Me
dan miedo esos arcos de piedra que un día se
derrumbarán,
arcos perfectos y misteriosos,
hechos para ser contemplados desde una barca,
en pleno río.
La profundidad del remolino hace ver el puente
de otra manera.
Me da miedo el río,
los ahogados que descansan en los cimientos del puente
esperando que mi barca pase.
Siento sus dulces palabras en mis oídos,
veo sus cuerpos traslúcidos.
Abandono esos arcos, vuelvo a la orilla.
Pero no dejo de sentir esas palabras,
no puedo dejar de ver esas manos,
agitadas en señal de despedida,
o de reclamo.
La
cuna de Judas
Oscura
es la celda del tormento,
dos hombres armados de tinieblas
me llevaron a rastras por el hondo corredor.
Sentía las voces de los otros,
los lamentos,
me mostraron el triángulo y la cadena.
Vi una alta columna donde se amontonaban los rostros,
hombres copulando sobre un gran cocodrilo,
y otros hombres danzando desnudos como en una orgía,
varias mujeres cruzando los dedos
me susurraban palabras.
Encima, oh Príncipe, estabas
sentado en tu trono,
contemplando el universo.
Sentí a los verdugos rodeando mi cintura
con la ancha cadena.
Pero no pude dejar de mirar tu poderosa faz,
y tus dedos resplandecientes que se extendían
hacia mí.
El otro dijo: arrepiéntete.
Volví a mirar tus ojos y en mi cintura
la cadena se volvió de agua.
Sombra
del condenado
Yo
soy quién te habla del otro lado del sendero
altivo caminante no me evites.
No cierres esos ojos que el miedo ha de anularte,
no dejes que se borren las huellas del dolor.
Hay un atardecer que no se acaba nunca,
y rostros en la noche que no tienen vida.
Yo siempre estoy contigo
no es el viento quien mueve las ramas en la noche.
Escúchame, te llamo desde el sitio más
solo,
te llamo sin mi voz.
Soy el paso del ciego hacia el abismo inmenso,
y el reo que en silencio se fuga hacia la muerte.
No creas que te acoso, esto no es agonía.
Agonía es no tenerte dormido ni despierto,
sino siempre distante.
Has
un alto en tu absurdo camino
Y susúrrame algo, una frase, una queja.
Yo soy tu voluntad
sin mí los cerros altos se tornan imposibles.
Desde que sé tu nombre lo escribo sobre el agua,
porque de agua es tu cuerpo
y tus ojos son agua.
Ese sol ya me anuncia que no has de regresar.
Noche tras noche te he librado de los grandes señores
que con faz tenebrosa tratan de separarnos.
El universo es solo un círculo,
una sutil serpiente que se muerde la cola.
Yo habría querido paz y no la tengo,
yo habría querido descansar y no hay reposo,
yo habría querido ser piedra y soy solo sombra
como tú has de serlo.
Pero tu belleza es tanta,
es tanta tu tristeza
que no puedo llevarte a lo oscuro conmigo.
En aquellos lugares donde la penumbra es luz
siniestras imágenes de lo que fue tu rostro
viven en el agua.
El tiempo no existe,
son dos metales el oro del día y el bronce de
la noche
impresos en una misma moneda
que no para de rodar, no se detiene.
Atraviesa laberintos, paisajes difíciles,
atraviesa mi alma atravesada ya
y no llega nunca.
En los días que aquí suelen llamarse noches
he reconocido tu voz
que en el silencio vibra, me condena.
Dame una mano tuya y líbrame del miedo.
Yo vivo en las sombras llévame a la luz,
a la intensa luz.
Han venido a buscarte los Siervos del Maldito,
si en el último momento descubres mi presencia
sé que te habré salvado.
Liudmila
Quincoses Clavelo ( Sancti Spiritus, 1975 ) Tiene publicados
los cuadernos líricos Un libro raro
(Capiro , 1995), En el último sendero
el iniciado piensa (Vigía, 1996), Los
territorios de la Muerte (Letras Cubanas, 2001),
Poemas en el último sendero
(Abril, 2002) y el de narrativa Donde se cuenta
la historia de un hombre… (Luminaria,
1991). Fue incluida en la Antología de
la poesía Tanática y Cósmica
(Frente de Afirmación Hispanista, México,
2002) .
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