| |
|
Crítica
Literaria
José
María Heredia
|
Estas
breves páginas, en las que recojo un precioso
y parcialmente al menos desconocido documento para la
historia de la crítica en Cuba, son una nueva
contribución al estudio de la obra de José
María Heredia, nuestro poeta nacional.
En el número de enero-junio de 1941 de la Revista
Cubana apareció un admirable estudio de Amado
Alonso, el joven maestro de la filología; y de
Julio Caillet-Bois, el muy docto investigador y crítico,
con el sugestivo titulo de Heredia como
crítico literario. Escrito con
motivo del primer centenario de la muerte del poeta,
aunque aparecido, por vicisitudes de la publicación
en que vio la luz, dos años después, no
cabe duda de que fue una revelación de un aspecto
poco o nada estudiado hasta entonces, de la obra del
lírico del Niágara, del gran meditativo
de Cholula, del cantor apasionado de la libertad de
Cuba.
El estudio de Amado Alonso y Caillet-Bois se consagra
principalmente al ensayo que José María
Heredia publica en La Miscelánea, en el número
de mayo de 1832, sobre la novela. En realidad son tres
los artículos del tomo IV de la publicación.
Pero los doctísimos autores solo pudieron conocer
un largo fragmento del postrero de esos artículos,
que reproducen en su magnífico estudio y que
le sirven para afirmar la alta originalidad de sus ideas
estéticas y sostener que hasta la aparición
de Menéndez y Pelayo, Heredia "es el primer
crítico de nuestra lengua en el siglo XIX".
En 1947 publiqué en la Colección de Grandes
Periodistas de Cuba, que edita la Dirección de
Cultura del Ministerio de Educación, una selección
de la labor crítica de Heredia. Forma el volumen
6 del susodicho repertorio y la titulé, partiendo
de la denominación general de una serie de artículos
del poeta, Revisiones literarias. Mas
al llegar al ensayo de la novela faltábale una
parte no encontrada aún de la que habían
dado a conocer y comentado Amado Alonso y Julio Caillet-Bois.
Una serie de indagaciones practicada por buenos amigos
míos en México fue negativa. En la investigación
prestó su inapreciable y generoso concurso el
doctor Roberto Agramonte, profesor ilustre de la Universidad
de La Habana y entonces embajador de Cuba en México.
Abrigaba la esperanza de que pudiera encontrarse la
colección completa de La Miscelánea, en
la antigua biblioteca de don Luis González Obregón.
Sobre la novela tuve que limitarme a reproducir el largo
fragmento que el insigne colonialista mexicano ya desaparecido,
que tan inolvidables atenciones me dispensó en
mis fugaces días de México en 1929. Mas
todos mis empeños se frustraron y llegué
a tener la convicción de que no se encontraba
en México la colección íntegra
del periódico herediano.
Era sorprendente que Enrique Larrondo, el ilustre investigador
cubano muerto tan prematuramente, cuyos papeles relativos
a Heredia he podido ampliamente disfrutar y que en buena
parte me sirvieron para el indicado volumen de las Revisiones
literarias, no tuviera en su archivo ese estudio
del poeta, que aparece puntualmente señalado
en el índice que formó de la tantas veces
citada publicación. En realidad era así.
Mas, si no estaba la colección completa de La
Miscelánea en ninguna de nuestras bibliotecas
públicas, si vanas habían sido todas las
indagaciones para poder encontrarla en México,
país en donde vio la luz por más de dos
años, se hallaba, en cambio, en una biblioteca
privada de las más finas y selectas de Cuba y
perteneciente a un ilustre erudito cuyo acrisolado saber
corre parejo con su generosidad. Hablo de la muy valiosa
del doctor Antonio M. Eligio de la Puente, presidente
de la Sociedad Económica de Amigos del País
y un genuino maestro de la cultura cubana. Posee en
su riquísima hemeroteca la colección completa
de La Miscelánea, y sabedor de mis infructuosas
pesquisas, la puso, con una rara bondad, en seguida
a mi disposición. Gracias a este rasgo, que no
sé cómo encarecer, puedo dar a conocer
en esta comunicación, que tengo el honor de presentar
al lV Congreso de Literatura lberoamericana, que se
celebra actualmente en La Habana, la totalidad del ensayo
de Heredia sobre la novela. Antes, empero, conviene
precisar algunos puntos relativos a la crítica
de José María Heredia.
Y, ¿qué representa en el orden crítico
la parte del ensayo de Heredia que no recogieron en
su estudio Amado Alonso y Julio Caillet-Bois? Las páginas
iniciales nos dan una síntesis histórica
de la novela en la antiguedad clásica, que sugiere
la misma tesis que Marcelino Menéndez y Pelayo
sustenta en el primer capítulo de su fundamental
tratado Orígenes de la novela.
"En el principio la vida de las naciones era heroica
y mitológica", nos dice Heredia. Más
adelante añade: "La epopeya de Homero es
la novela de la antigüedad". Luego nos cuenta
cómo al extinguirse poco a poco el ardor patriótico
que animaba a la sociedad, se enunció la novela,
y nos habla de las fábulas milesias del Oriente
de Petronio, de Apuleyo... La novela, en esta concepción,
es el resultado postrero de la evolución histórica
de una civilización.
Para Menéndez y Pelayo, en su clásico
tratado, la novela, el teatro mismo, todas las formas
narrativas y representativas que hoy cultivamos, son
la antigua epopeya destronada, la poesía objetiva
del mundo modemo, cada vez más ceñida
a los límites de la realidad actual...
No voy a incurrir en la puerilidad de afirmar que Heredia
se anticipa a la tesis del gran crítico español.
Solo señalo indudables coincidencias en la actitud
del poeta cubano y del grande humanista de Santander.
Páginas después Heredia nos da una visión
enteramente byroniana de la obra de quien es, sin disputa,
en la literatura universal, el monarca risueño
y melancólico de la novela. Byron, con terrible
incomprensión, en una de las digresiones de su
Don Juan (Canto XIII) había
considerado al Quijote como el punto de partida de la
decadencia española: "Cervantes con una
sonrisa desterró de España la caballería;
una sola carcajada derribó el brazo derecho de
su propia tierra... Desde entonces ha tenido España
pocos héroes".
Un triste coplero del siglo XVIII, Juan Maruján,
en un romance vulgar que publicó Leopoldo Augusto
del Cueto, marqués de Valmar, en su Bosquejo
histórico de la poesía castellana
de esa centuria, parece preceder a la postura del gran
poeta romántico inglés. Recuérdense
estos versos:
Aplaudió
España la obra,
no advirtiendo, inadvertidos,
que era del honor de España
su autor, verdugo y cuchillo.
Los
versos que cita Heredia en esta parte de su artículo,
en la que se oscurece del todo la penetrante visión
de que antes y después nos da cumplida muestra,
atestiguan la afinidad del poeta con la ne- gativa actitud
byroniana:
Es
Don Quijote
el mas fatal y triste de los libros
Porque a reír nos fuerza
y a burlarnos
De la pura virtud...
Y
en el crítico que en su entusiasta, y en algún
momento con tonalidad moderna, biografía de Meléndez
Valdés (una de las notorias influencias en su
obra lírica) se nos aparece admirablemente informado
de las letras hispánicas, en cambio en este ensayo
sobre la novela ignora por completo toda la producción
novelesca en la literatura española anterior
y posterior a Cervantes. Ni una referencia siquiera
a la novela picaresca, ni una alusión al mundo
complejo y dramático de La Celestina
ni un leve comentario a las Novelas
ejemplares...
El proceso de la novela en las literaturas francesa
e inglesa ocupa después a Heredia. Sus páginas
sobre Richardson, su elogio de Rousseau, que elevó
la novela "a la dignidad de la obra filosófica",
nos hacen presentir al crítico que en la parte
postrera de su ensayo había de llegar a una tan
lúcida y profunda concepción de la novela
histórica. Esta es, no hay duda, la parte esencial
del ensayo, la que justifica al aserto de Amado Alonso
y Caillet-Bois que afirma que hasta la aparición
de Menéndez y Pelayo no hay en la lengua espanola,
y a lo largo del siglo XIX, crítica tan penetrante
como la de José María Heredia.
Ensayo sobre la novela (1832)
José María Heredia
La
vida de las naciones fue al principio heroica y mitológica.
Cuando se formaba la sociedad, estaban presentes siempre
los dioses a aquellas imaginaciones ardientes y crédulas,
y la intervención de seres sobrenaturales debió
mezclarse a las narraciones de los hechos sublimes y
de las hazañas realizadas por los hombres. La
epopeya de Homero es la novela de la antiguedad. El
hombre, ayudado por una industria naciente y en lucha
con la naturaleza, aún no tenía en sus
fuerzas bastante confianza para ser el héroe
de sus propias narraciones. Minerva, Apolo, Venus, protegían
su debilidad, y presidían al campo de batalla,
a los palacios de los reyes y al altar de los sacrificios.
Las costumbres, las pasiones, los vicios de los hombres
pendían de la voluntad omnipotente de los dioses.
Si un mortal aparecía superior a los otros en
valor o en virtud, al punto dejaba de ser hombre, y
la admiración y credulidad Ie alzaban al cielo.
Nació la sociedad política, y la novela
no pudo aparecer en Grecia y en Roma. Absorbiolo todo
la vida civil. Nadie fue en particular ni orador, ni
poeta, ni jurisconsulto, ni sofista, ni general; todos
eran ciudadanos. La casa fue el asilo de las necesidades
mas vulgares de la vida, y el forum o el ágora
era la verdadera habitación de todo ciudadano
en Roma o Atenas. La existencia de las mujeres, sin
brillo ni esplendor, se limitaba a los afanes domésticos
y a la educación primera de los niños.
Mientras más sencillez o grandeza tenía
este modo de considerar la civilización, más
se alejaba de la que debía producir la novela.
La pintura de las costumbres privadas había parecido
pueril en un tiempo en que solo se conocían costumbres
públicas. La imaginación de los poetas
produjo ficciones épicas, cuyos actores eran
los dioses y semidioses, y jamás pensó
en elegir por asunto particular y exclusivo las penas
y goces del hombre, sus placeres domesticos, ni menos
la observacion delicada del movimiento de sus pasiones,
que desaparecía en la grande agitación
de los ánimos y de los negocios. Sin embargo,
los progresos del lujo fueron extinguiendo poco a poco
el ardor patriótico que animaba la sociedad,
y se anunció la novela cuando empezaba a desaparecer
la vida civil de las sociedades antiguas. Los asiáticos,
en sus fábulas milesias, cuentan las aventuras
de amantes infelices, ya separados, ya reunidos por
la suerte. Petronio, que parece haber escrito en tiempo
de los Antoninos, y no bajo el azote de Nerón,
se divierte bosquejando las escenas de una vida torpe
y disoluta con la ingenuidad del vicio y la elegancia
de un cortesano. El platónico Apuleyo, en una
alegoría mezclada con narraciones de las costumbres
populares, y cuyo fondo pertenece a los griegos, se
burla de los hechiceros y sacerdotes gentiles. Cuando
florecía Licurgo tronaba Demóstenes, y
atendía Roma a la elocuencia de Cicerón.
¿Quién habría puesto cuidado en
esas ficciones ingeniosas? Los primeros ensayos de la
novela solo pudieron interesar cuando ya los pueblos,
al ver destruida su existencia social, abandonaron la
causa de la libertad y de la patria, y huyeron de la
opresión al seno de las familias.
La novela fue, por decirlo así, el resultado
postrero de la civilización. El cristianismo
alteró la suerte de las mujeres y restableció
la igualdad entre ellas y los hombres, que las habían
tenido en servidumbre doméstica. La pasión
del amor se desarrolló con ímpetu en todas
sus formas. A la noble sencillez y grandeza de las costumbres
antiguas siguió una complicación de intereses,
que acabó de embrollar el feudalismo. Veíase
una mezcla de libertad tiránica, de servidumbre
opresora, de platonismo y pasiones brutales, de crímenes
y devociones; un caos, que no carecía de alguna
grandeza, y en cuya noche profunda brillaron momentáneamente
virtudes espléndidas. El estudio moral del hombre
fue más difícil e interesante, como una
materia más completa y heterogénea lo
es para los experimentos del químico. Cuando
se confundieron aquellos elementos estrafalarios, y
la sociedad adquirió una base fija, a fines del
siglo XVII, los recuerdos y su influencia modificaron
la literatura. Ya no había patria, ni espíritu
nacional, ni interés público; y la novela
verdadera, que describe las flaquezas y pasiones humanas,
salió naturalmente del seno de la sociedad oprimida.
No me detendré en los ensayos informes de los
autores ignorantes y difusos que comentaron las crónicas
antiguas de Roldán y Amadís con tono de
alegato. Estaba extinguida la caballería, su
memoria conservaba prestigio, y aquellos novelistas
quisieron aprovecharlo. Su imperio efímero pasó
muy pronto. Solamente se recuerdan hoy por la parodia
inmortal que completó su descrédito. La
reputación del Quijote es europea, aunque una
severa crítica pueda reprender la inoportunidad
con que algunos episodios de poco mérito se hallan
zurcidos a la acción principal, y la poca delicadeza
que repugna en algunos pasajes. Tampoco me parece muy
noble su objeto moral cuya justa censura está
bien expresada en los siguientes versos inéditos
de un poeta contemporáneo:
Es
Don Quijote
el más fatal y triste de los libros,
porque a reír nos fuerza y a burlarnos
de la pura virtud. Desde su tiempo
cayó la gloria y el poder de España:
perdió su juventud el noble orgullo
y novelesco ardor que un hemisferio
a su cetro humilló, y en Don Quijote
la decadencia nacional fechamos.
El
influjo de las mujeres continuaba extendiéndose,
y ellas crearon la novela de pasiones. Lafayette fue
la primera que intentó analizar el corazón
humano en sus emociones más tiernas, y presentó
una ficción sin otros móviles que las
gradaciones y contrastes del amor.
Entonces nació la novela, que tiene por objeto
la vida privada, y sondea los abismos del corazón.
Pero luego Le Sage reprodujo en una ficción a
la sociedad entera. Ninguna emoción del alma,
ninguna variedad del amor había evitado las observaciones
de Lafayette y Tencin: ninguno de los vicios inherentes
a las costumbres modernas, ninguna ridiculez de nuestras
sociedades escapó al autor ingenioso de Gil
Blas, que creó la novela de costumbres.
Este Lafontaine de los novelistas, ingenuo por la fuerza
y franqueza de su talento, variado como la vida humana,
instructivo como la experiencia, fue cual ella a la
vez triste y agradable.
La
Miscelánea, marzo de 1832
II
Los
ingleses, que por una singular ventura combinaron el
espíritu nacional y el patriotismo antiguo con
la aristocracia que nació del sistema feudal,
tuvieron a la vez costumbres públicas y privadas,
combinación que los antiguos no conocieron. Un
clima destemplado y sombrío los obligaba a recogerse
con más frecuencia bajo el techo familiar, y
su independencia inquieta se habría revelado
contra la inquisición audaz que osase violar
el secreto de aquel santuario. Crearon una palabra que
expresase todas las delicias del hogar doméstico,
toda la dicha de la propiedad, toda la libertad de acción
que intentaban conservar en su vida privada; y esta
palabra es home, término sin equivalente
en las otras lenguas modernas y que solo podía
ser un idiotismo particular de aquellos isleños.
La novela consagrada a pintar las costumbres íntimas
se desarrolló con rapidez en lnglaterra, y sus
autores fueron excelentes en un género que habrían
creado, aun cuando las naciones del continente no hubiesen
concebido su idea, y dádoIes el primer ejemplo.
Así aparecieron en lnglaterra innumerables cuadros
de costumbres privadas e intimidad doméstica;
y cuando Le Sage recopilaba en tres tomos las lecciones
más chistosas y profundas de la experiencia social,
los retratos más vivos de todas las extravagancias
de las costumbres modernas, Richardson, seguro de agradar
a sus compatriotas, escribía la historia de una
familia como se escribía entonces la historia
universal, sin olvidar pormenor alguno, ni dispensar
al lector la circunstancia más ligera. Verdadero
y minucioso como la naturaleza, incorrecto y difuso
como las pasiones, asido, por decirlo así, de
la misma prolijidad de sus narraciones, halló
el secreto de interesar a los que leen desleída
en ocho volúmenes la seducción de una
doncella.
Todos admiran en Richardson una observación sagaz,
la ojeada vasta y variada de un pintar eminente, la
imitación exacta de los tonos más diversos,
la fidelidad perfecta de los pormenores, la feliz unidad
de los caracteres, la verdad de todos, la profundidad
de algunos de ellos. Él dio a la novela de costumbres
su mayor extensión, aunque no la perfeccionase
bajo el aspecto del gusto, y ninguno ha reproducido
con más variedad y exactitud los pormenores de
las costumbres íntimas que constituyen la novela
modema.
Sus admiradores Ie comparan a Homero; y sin discutir
la justicia de un paralelo tan ambicioso, confesaremos
que ha empleado en el poema épico de las costumbres
privadas la prolijidad, la fuerza de espíritu
y la elocuencia natural que distinguen al cantor de
los tiempos mitológicos de Grecia. Es bien raro
que pueda fundarse una especie de comparación
entre el genio poético del bardo antiguo y el
genio observador y eminentemente prosaico del autor
de Clara Harlowe.
Richardson comprendió la necesidad de no dar
a sus novelas la forma de narración y no dejó
ver en ellas al novelista. Quería reproducir
la naturaleza misma, los caracteres de los hombres,
sus pasiones reales, los móviles ocultos de sus
pensamientos, y dejó hablar a sus autores. Cada
cual conto su historia, comunicó sus sensaciones,
y depuso en favor o en contra de sí mismo. Así
entró profundamente en el espíritu de
la novela moderna, y formó un uso nuevo del arte
dramático. Cada carta de sus novelas fue una
especie de monólogo, que iniciaba al lector en
los secretos mas íntimos de los diversos actores
del drama. Lovelace revelaba su depravación;
el amor oculto de Clara se descubría, a pesar
de los esfuerzos de su virtud, y la correspondencia
trivial de los agentes subaltemos daba a los personajes
principales el grado preciso de aprecio y consideración
que Richardson les había señalado: máquina
vasta, cuya concepción prueba su genio, y cuya
ejecución presentaba dificultades casi insuperables.
Los maestros de la escena, en algunas de sus producciones
de primer orden, apenas han llegado a identificarse
completamente con el genio y carácter de las
pocas personas que hacen intervenir en sus dramas. El
novelista inglés tenía delante más
de sesenta individualidades distintas, todas con caracteres
opuestos, y cada cual debía hablar su lengua
propia, sin confundir jamás sus costumbres, hábitos
y tono respectivo. ¿Quién negará
un lugar entre los talentos superiores al hombre que
pudo llevar a cabo semejante empresa?
Lo expuesto acredita que la forma epistolar conviene
esencialmente a la novela. Nacida esta de la complicación
de los intereses sociales, y de la necesidad de ver
retratada a la vez la diversidad de los caracteres humanos,
y los movimientos ocultos del corazón en la vida
privada, se acerca más a la perfección
al paso que es más ingenua. Cuando se nos presenta
el autor, cuando una narración, por verosímil
que sea, deja sospechar una ficción, este carácter
de entera verdad se debilita. La novela es el estudio
del hombre social, y tal estudio solo puede ser profundo
y efectivo cuando Ie oigamos hablar, o se nos hagan
visibles sus acciones.
Fielding, en vez de seguir las huellas de Richardson,
imitó las formas adoptadas por Le Sage. Pintó
las masas de la sociedad, bosquejó caracteres
generales, y refirió las aventuras de sus héroes
con tal verdad y energía, que debe dársele
el segundo lugar después del admirable pintor
de Gil Blas de Santillana.
AI paso que progresaba la civilización, crecía
el influjo de las novelas, y presto fueron la lectura
favorita de todas las clases de la sociedad, marchando
a la par con el drama, y tomando todas las formas. Sterne
bosquejó con rasgos estrafalarios las extravagancias
del corazón humano. Voltaire convirtió
la novela en sátira y azote de todos los vicios
que producen la superstición y la inmoralidad
política. Rousseau, dotado de genio más
austero, la osó elevar a la dignidad de obra
filosófica.
Es fácil reconocer en La nueva Eloísa
la mezcla y fusión de muchas concepciones diversas.
Seducido su autor por la variedad prodigiosa de personajes
puestos en acción por Richardson, quiso también
que sus actores expresaran por sí mismos sus
emociones y afectos. Puso la escena de su Julia
en una soledad completa, para que sus héroes,
libres de las preocupaciones y hábitos que impone
la mansión en las grandes ciudades, desarrollasen
libremente los dogmas audaces de una filosofía
nueva, y las paradojas con cuya extrañeza familiariza
el retiro a sus partidarios. Lafayette había
pintado las delicadezas del amor entre personas de alto
rango. Rousseau, enemigo de las distinciones sociales,
quiso retratar los furores, los deleites y penas de
la misma pasión en jóvenes de nacimiento
ordinario y separados del gran mundo. Finalmente, así
como Richardson formó un espejo de verdad perfecta
en el que se repetían los movimientos más
leves de las costumbres familiares, el autor de Julia,
arrastrado siempre por su imaginación a regiones
ideales, quiso crear una familia completamente feliz,
y realizar con la magia de su talento una especie de
paraíso terrenal, animado por costumbres privadas,
cuyo hechizo debía consistir en su orden, sencillez
y pureza. Si un talento inmenso no pudo realizar totalmente
una creación tan noble, y darle toda la perfección
a que aspiraba, debemos creer que la empresa excedía
a las fuerzas humanas, y que la audacia del filósofo
se había propuesto un objeto colocado más
alIá de los límites a que puede alcanzar
el género.
Los recursos de la elocuencia, la belleza de la dicción,
el brillo de las paradojas, el talento descriptivo,
el ardor de las pasiones y la fuerza del raciocinio,
se reunieron en Rousseau, combinándose con una
energía mental increíble, para disfrazar
y hermosear los vicios reales de un plan en que había
querido refundir los resultados de todas sus meditaciones,
los objetos de su entusiasmo, de sus recuerdos, de sus
cavilaciones, dudas, temores y penas. Muy apasionado
para ser observador imparcial, no dio a sus héroes
la vida real y el lenguaje propio que Richarson había
prestado a los suyos. Julia y St. Preux, Clara y lord
Eduardo hablaron la lengua de Juan Jacobo: idioma audaz,
brillante, lleno de vehemencia y grandeza, modelo casi
inimitable, pero cuya hermosura oratoria era por sí
misma un absurdo, y no convenía con la forma
epistolar escogida por el filósofo.
Este, al adoptarla, parece haberse reservado sobre todo
el derecho de discutir en cartas de controversia filosófica
muchos puntos de moral, de religión y de política.
lmitole Madama de Stael. Delfina, primera obra
publicada con el título de novela por
esta mujer ilustre, es el desarrollo de una máxima
falsa en nuestro juicio, a saber, que "las mujeres
deben someterse a la opinión y los hombres arrastrarlas".
En esta obra se advierte más conocimiento del
mundo que en La nueva Eloísa; pero sus
caracteres son todavía más ficticios,
su entusiasmo es menos verdadero, su estilo menos perfecto
y más equívoca su moralidad. Reina en
Delfina una creencia en el imperio ilimitado
de las pasiones, una especie de fe en su poder y nobleza,
que pueden producir resultados muy peligrosos. El culto
que Delfina y Leoncio profesan a su propio entusiasmo,
su amor, su dignidad, su vehemencia, son una especie
de egoísmo de sensibilidad, cubierto con la máscara
de filosofía, y parece que se arrodillan ante
sus mismas pasiones.
La mujer admirable y superior de que tratamos exageró
en Delfina todos los defectos que el autor
de Julia había paliado a fuerza de arte.
Despreció, como él, las ventajas que presenta
la variedad de los caracteres al que escriba novelas
epistolares, y en toda la correspondencia de sus héroes
reina igual monotonía de dialéctica apasionada.
A pesar del esplendor y fuerza del genio de Rousseau,
y de la móvil energía mental que caracteriza
las producciones de Madama de Stael, ambos escritores
han contribuido en nuestro concepto a desacreditar la
novela en cartas. AI empañarla en un camino errado,
la privaron del mérito dramático que produce
la verdad perfecta del lenguaje en los diversos actores.
Otros novelistas han seguido las huellas de Juan Jacobo,
e incurrido en el mismo defecto en obras que han desplegado
a veces el más bello talento, pero sin sujetarse
a las reglas naturales que Richardson se impuso, y nos
parecen esenciales a este género de complicaciones.
Tal es Werther, obra célebre, que Goethe
anciano reprueba como fruto demasiado precoz de una
juventud ardiente, y en realidad solo es un monólogo
distribuido en cartas. Este libro tiene también
cierto objeto filosófico, y es una pintura cruel
de la nada de las cosas humanas, de la vanidad de nuestras
pasiones y deseos; es una excusa del suicidio, fundada
en el tedio que pueden inspirar a un alma exaltada las
penas de la vida vulgar, las exigencias de una sociedad
formada para el común de los hombres. AI paso
que reconocemos la superioridad del autor y la fuerza
de la elocuencia metafísica que ha desplegado
en su obra, convengamos en que esta no carece de peligro,
y que Goethe, en su vejez prudente, ve con justo dolor
esta producción de su talento juvenil. Es demasiado
fácil romper los vínculos sociales con
el pretexto de ser superior al vulgo para que no haya
algún peligro en sostener que un hombre puede
librarse de todas las trabas, y arrojar de sí
la carga de la vida, más bien que participar
en las penas de la existencia social con una muchedumbre
pueril o corrompida.
Krudner imitó a Werther en Valeria;
Collin y algunas otras inglesas han seguido con más
o menos felicidad las huellas de Richardson, y el autor
de las Amistades peligrosas luchó con
él cuerpo a cuerpo. Mas sea cual fuere el talento
del pintor de Merteuil, no puede hacérsele el
honor de compararlo al autor de Lovelace; ni hay paralelo
posible entre dos escritores, cuando uno emplea su talento
en hacer triunfar al vicio, y el otro en hacer amable
la virtud.
La Miscelánea, abril de 1832
III
Lo pasado tiene cierto atractivo para la imaginación
humana, y una especie de aureola vaga lo cerca. Las
narraciones de otros tiempos tienen majestad en su movimiento
y su ingenuidad nos agrada. Los nombres históricos
hieren vivamente la fantasía, y la historia se
apodera a la vez de las grandes masas y de los pormenores
curiosos que proporcionan los recuerdos de lo pasado.
Las memorias y biografías completan lo que tienen
que dejar a un lado la historia de los pueblos considerados
en masa, formando una lectura llena de instrucciones
y agrado.
El novelista histórico abandona al historiador
todo lo útil, procura apoderarse de lo que agrada
en los recuerdos de la historia, y desatendiendo las
lecciones de lo pasado, solo aspira a rodearse de su
prestigio. Su objeto es pintar trajes, describir arneses,
bosquejar fisonomías imaginarias, y prestar a
héroes verdaderos ciertos movimientos, palabras
y acciones cuya realidad no puede probarse. En vez de
elevar la historia a sí, la abate hasta igualarla
con la ficción, forzando a su musa verídica
a dar testimonios engañosos. Género malo
en sí mismo, género eminentemente falso,
al que toda la flexibilidad del talento mas variado
solo presta un atractivo frívolo, y del que no
tardará en fastidiarse la moda, que hoy lo adopta
y favorece.
Como el objeto de la novela es pintar en pormenor las
costumbres privadas de los hombres, algunos eruditos
han creado una especie de novela empedrada con su saber,
en la cual han intentado reproducir las costumbres de
los tiempos anteriores. Así el Anacarsis
de Barthelemy y el Palacio de Escauro de Mazois,
son novelas llenas de erudición. Pero estos hombres
distinguidos solo emplearon materiales verdaderos, y
sus autoridades son los testimonios irrecusables de
los antiguos cuyas costumbres nos retratan. AI contrario,
cuando Genlis, cansada ya de enseñar a los niños
la química y la física en cuentos, quiso
enseñar a los hombres la historia de los reyes
por medio de novelas históricas, la crítica
literaria y aun la sana razón debieron pronunciarse
contra las suposiciones que la novelista quería
introducir en el dominio de la historia. Todas las personas
racionales impugnaron un sistema que trocaba las fisonomías
históricas en figuras de capricho, y como cierta
flaqueza de pincel y colorido perjudicó el buen
éxito de sus novelas, aun no se acreditó
con ellas el género de que tratamos.
Presentose un escritor más distinguido por su
erudicion que por su fuerza mental; versado profundamente
en las antiguedades de su patria, Escocia; prosador
correcto y poeta elegante; dotado de prodigiosa memoria,
y del talento de resucitar los recuerdos de lo pasado;
falto por otra parte de filosofía, y que no se
embaraza en someter a juicio la moralidad de los hechos
ni la de los hombres. Después de haber publicado
poesías brillantes, aunque en ellas no se revelaba
la profundidad o el vigor del genio poético,
ocurriole redactar en forma de narración los
recuerdos de antiguedades que habían sido objeto
de sus estudios. Retrató las costumbres anteriores
de un país que aun hoy es salvaje, y los usos,
el dialecto, los paisajes, las supersticiones de esos
descendientes de los antiguos celtas, que conservan
hasta su traje primitivo, asombraron por su rareza.
Todos estaban fastidiados de novelas sentimentales o
licenciosas, y creyeron respirar el aire puro y elástico
de las montañas, y ver elevarse los agudos picos
del Ben-Lomond entre los vapores que cubrían
los valles. La languidez de la civilización moderna
encontró en aquellos cuadros sencillos y salvajes
un contraste interesante con su propia flaqueza. Las
escenas de Walter Scott convenían con sus personajes.
En vano hubiera querido hacerse verosímil en
otro país que en Escocia la presencia de sus
gitanas alojadas en cavernas basálticas, la rusticidad
caballeresca de los campesinos y su lenguaje siempre
poético en su sencillez. AI ver el inmenso aplauso
que acogió las obras del novelista escocés,
podría decirse que las costumbres modernas con
su lujo, frivolidad y pequeñez ambiciosa, tributan
homenaje involuntario a la majestad ingenua de las costumbres
salvajes.
Walter Scott no sabe inventar figuras, revestidas de
celestial belleza, ni comunicarles una vida sobrehumana;
en una palabra, Ie falta la facultad de crear que han
poseído los grandes poetas. Escribió lo
que Ie dictaban sus recuerdos y después de haber
ojeado crónicas antiguas, copió de ellas
lo que Ie pareció curioso y capaz de excitar
asombro y maravilla. Para dar alguna consistencia a
sus narraciones inventó fechas, se apoyó
ligeramente en la historia, y publicó volúmenes
y volúmenes. Como su talento consiste en resucitar
a nuestra vista los pormenores de lo pasado, no quiso
tomarse el trabajo de formar un plan, ni dar un héroe
a sus obras; casi todas se reducen a pormenores expresados
con felicidad. El gusto y la exactitud de los pintores
holandeses se hallan en sus cuadros, y estos solo tienen
dos defectos notables, llamarse históricos
y carecer de orden, regularidad y filosofía,
de modo que en vez de presentar una composición
perfecta, aparecen como una mezcolanza de objetos acumulados
a la ventura, aunque copiados con admirable fidelidad.
Haríaseles una injuria que no merecen, y sí
nuestros elogios por más de un motivo; pero su
autor no debe colocarse entre los Tácito, Maquiavelo,
Hume y Gibbon, y el último compilador de anécdotas
tiene más derecho al título de historiador.
Empero, pocos han usado con más habilidad y éxito
los tesoros de una ciencia tan árida como la
que producen los extractos de manuscritos carcomidos,
y los descubrimientos de los anticuarios.
El movimiento, la gracia, la vida que presta Walter
Scott a las escenas de los tiempos pasados; la rudeza
y aun la inelegancia de sus narraciones, que parecen
en perfecta armonía con las épocas bárbaras
a que se refieren, la variedad de sus retratos singulares,
que en su extrañeza misma tiene cierto aspecto
de antiguedad salvaje, la rareza del conjunto y la exactitud
minuciosa de los pormenores, han hecho populares las
novelas que nos ocupan. Produjeron emociones universales,
a cuyo favor se han ocultado sus defectos. Estas obras,
al transportar la imaginación lejos de la sociedad
civilizada, tal cual hoy la conocemos, dieron el último
golpe a la novela que Richardson había concebido.
Los cuadros de las costumbres civilizadas parecen faltos
de color y de vida junto a los de los montañeses
y las sibilas que resucita el narrador escocés,
y ya no interesan las pinturas del amor en sus extravíos,
caprichos, escrúpulos y vacilaciones. Así
un hombre cuyos sentidos ha embotado el abuso de los
licores fuertes, desprecia lo que antes apetecía,
y rechaza con desdén el líquido puro y
saludable que para satisfacer su sed Ie brinda la naturaleza.
La
Miscelánea, mayo de 1832
|
|