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Estamos de bicentenario. José María Heredia (1803-1839), el Poeta Nacional cubano, quien fuera rescatado de momentáneo olvido el año pasado en las páginas de La novela de mi vida, libro de Leonardo Padura, será revisitado una vez y otra durante el año 2003. Este enero se celebra el I Congreso Herediano, que hace énfasis en su legado lírico. Sin embargo, La isla en peso desea rememorar a un Heredia diverso, como fue en vida, hombre político, dramaturgo, traductor, conspirador, pensador, amante tormentoso, fundador de publicaciones de efímera vida.
De una de ellas, La Miscelánea, obtuvo José María Chacón y Calvo uno de los textos de su obra periodística más preciados: el Ensayo sobre la novela. Publicado por vez primera como conjunto en la edición de 1947 de la Crítica literaria herediana (conocida como Revisiones literarias) , preparada por el propio Chacón y Calvo, aparece ahora en exclusiva en versión electrónica, encabezada por las palabras que el propio editor incluyera en el volumen, recién reeditado en La Habana.

 
     
 
Heredia y su Ensayo sobre la novela
 
  José María Chacón y Calvo  
 
Crítica Literaria
José María Heredia

Estas breves páginas, en las que recojo un precioso y parcialmente al menos desconocido documento para la historia de la crítica en Cuba, son una nueva contribución al estudio de la obra de José María Heredia, nuestro poeta nacional.
En el número de enero-junio de 1941 de la Revista Cubana apareció un admirable estudio de Amado Alonso, el joven maestro de la filología; y de Julio Caillet-Bois, el muy docto investigador y crítico, con el sugestivo titulo de Heredia como crítico literario. Escrito con motivo del primer centenario de la muerte del poeta, aunque aparecido, por vicisitudes de la publicación en que vio la luz, dos años después, no cabe duda de que fue una revelación de un aspecto poco o nada estudiado hasta entonces, de la obra del lírico del Niágara, del gran meditativo de Cholula, del cantor apasionado de la libertad de Cuba.
El estudio de Amado Alonso y Caillet-Bois se consagra principalmente al ensayo que José María Heredia publica en La Miscelánea, en el número de mayo de 1832, sobre la novela. En realidad son tres los artículos del tomo IV de la publicación. Pero los doctísimos autores solo pudieron conocer un largo fragmento del postrero de esos artículos, que reproducen en su magnífico estudio y que le sirven para afirmar la alta originalidad de sus ideas estéticas y sostener que hasta la aparición de Menéndez y Pelayo, Heredia "es el primer crítico de nuestra lengua en el siglo XIX".
En 1947 publiqué en la Colección de Grandes Periodistas de Cuba, que edita la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación, una selección de la labor crítica de Heredia. Forma el volumen 6 del susodicho repertorio y la titulé, partiendo de la denominación general de una serie de artículos del poeta, Revisiones literarias. Mas al llegar al ensayo de la novela faltábale una parte no encontrada aún de la que habían dado a conocer y comentado Amado Alonso y Julio Caillet-Bois. Una serie de indagaciones practicada por buenos amigos míos en México fue negativa. En la investigación prestó su inapreciable y generoso concurso el doctor Roberto Agramonte, profesor ilustre de la Universidad de La Habana y entonces embajador de Cuba en México. Abrigaba la esperanza de que pudiera encontrarse la colección completa de La Miscelánea, en la antigua biblioteca de don Luis González Obregón. Sobre la novela tuve que limitarme a reproducir el largo fragmento que el insigne colonialista mexicano ya desaparecido, que tan inolvidables atenciones me dispensó en mis fugaces días de México en 1929. Mas todos mis empeños se frustraron y llegué a tener la convicción de que no se encontraba en México la colección íntegra del periódico herediano.
Era sorprendente que Enrique Larrondo, el ilustre investigador cubano muerto tan prematuramente, cuyos papeles relativos a Heredia he podido ampliamente disfrutar y que en buena parte me sirvieron para el indicado volumen de las Revisiones literarias, no tuviera en su archivo ese estudio del poeta, que aparece puntualmente señalado en el índice que formó de la tantas veces citada publicación. En realidad era así.
Mas, si no estaba la colección completa de La Miscelánea en ninguna de nuestras bibliotecas públicas, si vanas habían sido todas las indagaciones para poder encontrarla en México, país en donde vio la luz por más de dos años, se hallaba, en cambio, en una biblioteca privada de las más finas y selectas de Cuba y perteneciente a un ilustre erudito cuyo acrisolado saber corre parejo con su generosidad. Hablo de la muy valiosa del doctor Antonio M. Eligio de la Puente, presidente de la Sociedad Económica de Amigos del País y un genuino maestro de la cultura cubana. Posee en su riquísima hemeroteca la colección completa de La Miscelánea, y sabedor de mis infructuosas pesquisas, la puso, con una rara bondad, en seguida a mi disposición. Gracias a este rasgo, que no sé cómo encarecer, puedo dar a conocer en esta comunicación, que tengo el honor de presentar al lV Congreso de Literatura lberoamericana, que se celebra actualmente en La Habana, la totalidad del ensayo de Heredia sobre la novela. Antes, empero, conviene precisar algunos puntos relativos a la crítica de José María Heredia.
Y, ¿qué representa en el orden crítico la parte del ensayo de Heredia que no recogieron en su estudio Amado Alonso y Julio Caillet-Bois? Las páginas iniciales nos dan una síntesis histórica de la novela en la antiguedad clásica, que sugiere la misma tesis que Marcelino Menéndez y Pelayo sustenta en el primer capítulo de su fundamental tratado Orígenes de la novela. "En el principio la vida de las naciones era heroica y mitológica", nos dice Heredia. Más adelante añade: "La epopeya de Homero es la novela de la antigüedad". Luego nos cuenta cómo al extinguirse poco a poco el ardor patriótico que animaba a la sociedad, se enunció la novela, y nos habla de las fábulas milesias del Oriente de Petronio, de Apuleyo... La novela, en esta concepción, es el resultado postrero de la evolución histórica de una civilización.
Para Menéndez y Pelayo, en su clásico tratado, la novela, el teatro mismo, todas las formas narrativas y representativas que hoy cultivamos, son la antigua epopeya destronada, la poesía objetiva del mundo modemo, cada vez más ceñida a los límites de la realidad actual...
No voy a incurrir en la puerilidad de afirmar que Heredia se anticipa a la tesis del gran crítico español. Solo señalo indudables coincidencias en la actitud del poeta cubano y del grande humanista de Santander.
Páginas después Heredia nos da una visión enteramente byroniana de la obra de quien es, sin disputa, en la literatura universal, el monarca risueño y melancólico de la novela. Byron, con terrible incomprensión, en una de las digresiones de su Don Juan (Canto XIII) había considerado al Quijote como el punto de partida de la decadencia española: "Cervantes con una sonrisa desterró de España la caballería; una sola carcajada derribó el brazo derecho de su propia tierra... Desde entonces ha tenido España pocos héroes".
Un triste coplero del siglo XVIII, Juan Maruján, en un romance vulgar que publicó Leopoldo Augusto del Cueto, marqués de Valmar, en su Bosquejo histórico de la poesía castellana de esa centuria, parece preceder a la postura del gran poeta romántico inglés. Recuérdense estos versos:

Aplaudió España la obra,
no advirtiendo, inadvertidos,
que era del honor de España
su autor, verdugo y cuchillo.

Los versos que cita Heredia en esta parte de su artículo, en la que se oscurece del todo la penetrante visión de que antes y después nos da cumplida muestra, atestiguan la afinidad del poeta con la ne- gativa actitud byroniana:

Es Don Quijote
el mas fatal y triste de los libros
Porque a reír nos fuerza
y a burlarnos
De la pura virtud...

Y en el crítico que en su entusiasta, y en algún momento con tonalidad moderna, biografía de Meléndez Valdés (una de las notorias influencias en su obra lírica) se nos aparece admirablemente informado de las letras hispánicas, en cambio en este ensayo sobre la novela ignora por completo toda la producción novelesca en la literatura española anterior y posterior a Cervantes. Ni una referencia siquiera a la novela picaresca, ni una alusión al mundo complejo y dramático de La Celestina ni un leve comentario a las Novelas ejemplares...
El proceso de la novela en las literaturas francesa e inglesa ocupa después a Heredia. Sus páginas sobre Richardson, su elogio de Rousseau, que elevó la novela "a la dignidad de la obra filosófica", nos hacen presentir al crítico que en la parte postrera de su ensayo había de llegar a una tan lúcida y profunda concepción de la novela histórica. Esta es, no hay duda, la parte esencial del ensayo, la que justifica al aserto de Amado Alonso y Caillet-Bois que afirma que hasta la aparición de Menéndez y Pelayo no hay en la lengua espanola, y a lo largo del siglo XIX, crítica tan penetrante como la de José María Heredia.


Ensayo sobre la novela (1832)
José María Heredia

La vida de las naciones fue al principio heroica y mitológica. Cuando se formaba la sociedad, estaban presentes siempre los dioses a aquellas imaginaciones ardientes y crédulas, y la intervención de seres sobrenaturales debió mezclarse a las narraciones de los hechos sublimes y de las hazañas realizadas por los hombres. La epopeya de Homero es la novela de la antiguedad. El hombre, ayudado por una industria naciente y en lucha con la naturaleza, aún no tenía en sus fuerzas bastante confianza para ser el héroe de sus propias narraciones. Minerva, Apolo, Venus, protegían su debilidad, y presidían al campo de batalla, a los palacios de los reyes y al altar de los sacrificios. Las costumbres, las pasiones, los vicios de los hombres pendían de la voluntad omnipotente de los dioses. Si un mortal aparecía superior a los otros en valor o en virtud, al punto dejaba de ser hombre, y la admiración y credulidad Ie alzaban al cielo.
Nació la sociedad política, y la novela no pudo aparecer en Grecia y en Roma. Absorbiolo todo la vida civil. Nadie fue en particular ni orador, ni poeta, ni jurisconsulto, ni sofista, ni general; todos eran ciudadanos. La casa fue el asilo de las necesidades mas vulgares de la vida, y el forum o el ágora era la verdadera habitación de todo ciudadano en Roma o Atenas. La existencia de las mujeres, sin brillo ni esplendor, se limitaba a los afanes domésticos y a la educación primera de los niños. Mientras más sencillez o grandeza tenía este modo de considerar la civilización, más se alejaba de la que debía producir la novela. La pintura de las costumbres privadas había parecido pueril en un tiempo en que solo se conocían costumbres públicas. La imaginación de los poetas produjo ficciones épicas, cuyos actores eran los dioses y semidioses, y jamás pensó en elegir por asunto particular y exclusivo las penas y goces del hombre, sus placeres domesticos, ni menos la observacion delicada del movimiento de sus pasiones, que desaparecía en la grande agitación de los ánimos y de los negocios. Sin embargo, los progresos del lujo fueron extinguiendo poco a poco el ardor patriótico que animaba la sociedad, y se anunció la novela cuando empezaba a desaparecer la vida civil de las sociedades antiguas. Los asiáticos, en sus fábulas milesias, cuentan las aventuras de amantes infelices, ya separados, ya reunidos por la suerte. Petronio, que parece haber escrito en tiempo de los Antoninos, y no bajo el azote de Nerón, se divierte bosquejando las escenas de una vida torpe y disoluta con la ingenuidad del vicio y la elegancia de un cortesano. El platónico Apuleyo, en una alegoría mezclada con narraciones de las costumbres populares, y cuyo fondo pertenece a los griegos, se burla de los hechiceros y sacerdotes gentiles. Cuando florecía Licurgo tronaba Demóstenes, y atendía Roma a la elocuencia de Cicerón. ¿Quién habría puesto cuidado en esas ficciones ingeniosas? Los primeros ensayos de la novela solo pudieron interesar cuando ya los pueblos, al ver destruida su existencia social, abandonaron la causa de la libertad y de la patria, y huyeron de la opresión al seno de las familias.
La novela fue, por decirlo así, el resultado postrero de la civilización. El cristianismo alteró la suerte de las mujeres y restableció la igualdad entre ellas y los hombres, que las habían tenido en servidumbre doméstica. La pasión del amor se desarrolló con ímpetu en todas sus formas. A la noble sencillez y grandeza de las costumbres antiguas siguió una complicación de intereses, que acabó de embrollar el feudalismo. Veíase una mezcla de libertad tiránica, de servidumbre opresora, de platonismo y pasiones brutales, de crímenes y devociones; un caos, que no carecía de alguna grandeza, y en cuya noche profunda brillaron momentáneamente virtudes espléndidas. El estudio moral del hombre fue más difícil e interesante, como una materia más completa y heterogénea lo es para los experimentos del químico. Cuando se confundieron aquellos elementos estrafalarios, y la sociedad adquirió una base fija, a fines del siglo XVII, los recuerdos y su influencia modificaron la literatura. Ya no había patria, ni espíritu nacional, ni interés público; y la novela verdadera, que describe las flaquezas y pasiones humanas, salió naturalmente del seno de la sociedad oprimida.
No me detendré en los ensayos informes de los autores ignorantes y difusos que comentaron las crónicas antiguas de Roldán y Amadís con tono de alegato. Estaba extinguida la caballería, su memoria conservaba prestigio, y aquellos novelistas quisieron aprovecharlo. Su imperio efímero pasó muy pronto. Solamente se recuerdan hoy por la parodia inmortal que completó su descrédito. La reputación del Quijote es europea, aunque una severa crítica pueda reprender la inoportunidad con que algunos episodios de poco mérito se hallan zurcidos a la acción principal, y la poca delicadeza que repugna en algunos pasajes. Tampoco me parece muy noble su objeto moral cuya justa censura está bien expresada en los siguientes versos inéditos de un poeta contemporáneo:

Es Don Quijote
el más fatal y triste de los libros,
porque a reír nos fuerza y a burlarnos
de la pura virtud. Desde su tiempo
cayó la gloria y el poder de España:
perdió su juventud el noble orgullo
y novelesco ardor que un hemisferio
a su cetro humilló, y en Don Quijote
la decadencia nacional fechamos.

El influjo de las mujeres continuaba extendiéndose, y ellas crearon la novela de pasiones. Lafayette fue la primera que intentó analizar el corazón humano en sus emociones más tiernas, y presentó una ficción sin otros móviles que las gradaciones y contrastes del amor.
Entonces nació la novela, que tiene por objeto la vida privada, y sondea los abismos del corazón. Pero luego Le Sage reprodujo en una ficción a la sociedad entera. Ninguna emoción del alma, ninguna variedad del amor había evitado las observaciones de Lafayette y Tencin: ninguno de los vicios inherentes a las costumbres modernas, ninguna ridiculez de nuestras sociedades escapó al autor ingenioso de Gil Blas, que creó la novela de costumbres. Este Lafontaine de los novelistas, ingenuo por la fuerza y franqueza de su talento, variado como la vida humana, instructivo como la experiencia, fue cual ella a la vez triste y agradable.

La Miscelánea, marzo de 1832

II

Los ingleses, que por una singular ventura combinaron el espíritu nacional y el patriotismo antiguo con la aristocracia que nació del sistema feudal, tuvieron a la vez costumbres públicas y privadas, combinación que los antiguos no conocieron. Un clima destemplado y sombrío los obligaba a recogerse con más frecuencia bajo el techo familiar, y su independencia inquieta se habría revelado contra la inquisición audaz que osase violar el secreto de aquel santuario. Crearon una palabra que expresase todas las delicias del hogar doméstico, toda la dicha de la propiedad, toda la libertad de acción que intentaban conservar en su vida privada; y esta palabra es home, término sin equivalente en las otras lenguas modernas y que solo podía ser un idiotismo particular de aquellos isleños. La novela consagrada a pintar las costumbres íntimas se desarrolló con rapidez en lnglaterra, y sus autores fueron excelentes en un género que habrían creado, aun cuando las naciones del continente no hubiesen concebido su idea, y dádoIes el primer ejemplo.
Así aparecieron en lnglaterra innumerables cuadros de costumbres privadas e intimidad doméstica; y cuando Le Sage recopilaba en tres tomos las lecciones más chistosas y profundas de la experiencia social, los retratos más vivos de todas las extravagancias de las costumbres modernas, Richardson, seguro de agradar a sus compatriotas, escribía la historia de una familia como se escribía entonces la historia universal, sin olvidar pormenor alguno, ni dispensar al lector la circunstancia más ligera. Verdadero y minucioso como la naturaleza, incorrecto y difuso como las pasiones, asido, por decirlo así, de la misma prolijidad de sus narraciones, halló el secreto de interesar a los que leen desleída en ocho volúmenes la seducción de una doncella.
Todos admiran en Richardson una observación sagaz, la ojeada vasta y variada de un pintar eminente, la imitación exacta de los tonos más diversos, la fidelidad perfecta de los pormenores, la feliz unidad de los caracteres, la verdad de todos, la profundidad de algunos de ellos. Él dio a la novela de costumbres su mayor extensión, aunque no la perfeccionase bajo el aspecto del gusto, y ninguno ha reproducido con más variedad y exactitud los pormenores de las costumbres íntimas que constituyen la novela modema.
Sus admiradores Ie comparan a Homero; y sin discutir la justicia de un paralelo tan ambicioso, confesaremos que ha empleado en el poema épico de las costumbres privadas la prolijidad, la fuerza de espíritu y la elocuencia natural que distinguen al cantor de los tiempos mitológicos de Grecia. Es bien raro que pueda fundarse una especie de comparación entre el genio poético del bardo antiguo y el genio observador y eminentemente prosaico del autor de Clara Harlowe.
Richardson comprendió la necesidad de no dar a sus novelas la forma de narración y no dejó ver en ellas al novelista. Quería reproducir la naturaleza misma, los caracteres de los hombres, sus pasiones reales, los móviles ocultos de sus pensamientos, y dejó hablar a sus autores. Cada cual conto su historia, comunicó sus sensaciones, y depuso en favor o en contra de sí mismo. Así entró profundamente en el espíritu de la novela moderna, y formó un uso nuevo del arte dramático. Cada carta de sus novelas fue una especie de monólogo, que iniciaba al lector en los secretos mas íntimos de los diversos actores del drama. Lovelace revelaba su depravación; el amor oculto de Clara se descubría, a pesar de los esfuerzos de su virtud, y la correspondencia trivial de los agentes subaltemos daba a los personajes principales el grado preciso de aprecio y consideración que Richardson les había señalado: máquina vasta, cuya concepción prueba su genio, y cuya ejecución presentaba dificultades casi insuperables.
Los maestros de la escena, en algunas de sus producciones de primer orden, apenas han llegado a identificarse completamente con el genio y carácter de las pocas personas que hacen intervenir en sus dramas. El novelista inglés tenía delante más de sesenta individualidades distintas, todas con caracteres opuestos, y cada cual debía hablar su lengua propia, sin confundir jamás sus costumbres, hábitos y tono respectivo. ¿Quién negará un lugar entre los talentos superiores al hombre que pudo llevar a cabo semejante empresa?
Lo expuesto acredita que la forma epistolar conviene esencialmente a la novela. Nacida esta de la complicación de los intereses sociales, y de la necesidad de ver retratada a la vez la diversidad de los caracteres humanos, y los movimientos ocultos del corazón en la vida privada, se acerca más a la perfección al paso que es más ingenua. Cuando se nos presenta el autor, cuando una narración, por verosímil que sea, deja sospechar una ficción, este carácter de entera verdad se debilita. La novela es el estudio del hombre social, y tal estudio solo puede ser profundo y efectivo cuando Ie oigamos hablar, o se nos hagan visibles sus acciones.
Fielding, en vez de seguir las huellas de Richardson, imitó las formas adoptadas por Le Sage. Pintó las masas de la sociedad, bosquejó caracteres generales, y refirió las aventuras de sus héroes con tal verdad y energía, que debe dársele el segundo lugar después del admirable pintor de Gil Blas de Santillana.
AI paso que progresaba la civilización, crecía el influjo de las novelas, y presto fueron la lectura favorita de todas las clases de la sociedad, marchando a la par con el drama, y tomando todas las formas. Sterne bosquejó con rasgos estrafalarios las extravagancias del corazón humano. Voltaire convirtió la novela en sátira y azote de todos los vicios que producen la superstición y la inmoralidad política. Rousseau, dotado de genio más austero, la osó elevar a la dignidad de obra filosófica.
Es fácil reconocer en La nueva Eloísa la mezcla y fusión de muchas concepciones diversas. Seducido su autor por la variedad prodigiosa de personajes puestos en acción por Richardson, quiso también que sus actores expresaran por sí mismos sus emociones y afectos. Puso la escena de su Julia en una soledad completa, para que sus héroes, libres de las preocupaciones y hábitos que impone la mansión en las grandes ciudades, desarrollasen libremente los dogmas audaces de una filosofía nueva, y las paradojas con cuya extrañeza familiariza el retiro a sus partidarios. Lafayette había pintado las delicadezas del amor entre personas de alto rango. Rousseau, enemigo de las distinciones sociales, quiso retratar los furores, los deleites y penas de la misma pasión en jóvenes de nacimiento ordinario y separados del gran mundo. Finalmente, así como Richardson formó un espejo de verdad perfecta en el que se repetían los movimientos más leves de las costumbres familiares, el autor de Julia, arrastrado siempre por su imaginación a regiones ideales, quiso crear una familia completamente feliz, y realizar con la magia de su talento una especie de paraíso terrenal, animado por costumbres privadas, cuyo hechizo debía consistir en su orden, sencillez y pureza. Si un talento inmenso no pudo realizar totalmente una creación tan noble, y darle toda la perfección a que aspiraba, debemos creer que la empresa excedía a las fuerzas humanas, y que la audacia del filósofo se había propuesto un objeto colocado más alIá de los límites a que puede alcanzar el género.
Los recursos de la elocuencia, la belleza de la dicción, el brillo de las paradojas, el talento descriptivo, el ardor de las pasiones y la fuerza del raciocinio, se reunieron en Rousseau, combinándose con una energía mental increíble, para disfrazar y hermosear los vicios reales de un plan en que había querido refundir los resultados de todas sus meditaciones, los objetos de su entusiasmo, de sus recuerdos, de sus cavilaciones, dudas, temores y penas. Muy apasionado para ser observador imparcial, no dio a sus héroes la vida real y el lenguaje propio que Richarson había prestado a los suyos. Julia y St. Preux, Clara y lord Eduardo hablaron la lengua de Juan Jacobo: idioma audaz, brillante, lleno de vehemencia y grandeza, modelo casi inimitable, pero cuya hermosura oratoria era por sí misma un absurdo, y no convenía con la forma epistolar escogida por el filósofo.
Este, al adoptarla, parece haberse reservado sobre todo el derecho de discutir en cartas de controversia filosófica muchos puntos de moral, de religión y de política. lmitole Madama de Stael. Delfina, primera obra publicada con el título de novela por esta mujer ilustre, es el desarrollo de una máxima falsa en nuestro juicio, a saber, que "las mujeres deben someterse a la opinión y los hombres arrastrarlas". En esta obra se advierte más conocimiento del mundo que en La nueva Eloísa; pero sus caracteres son todavía más ficticios, su entusiasmo es menos verdadero, su estilo menos perfecto y más equívoca su moralidad. Reina en Delfina una creencia en el imperio ilimitado de las pasiones, una especie de fe en su poder y nobleza, que pueden producir resultados muy peligrosos. El culto que Delfina y Leoncio profesan a su propio entusiasmo, su amor, su dignidad, su vehemencia, son una especie de egoísmo de sensibilidad, cubierto con la máscara de filosofía, y parece que se arrodillan ante sus mismas pasiones.
La mujer admirable y superior de que tratamos exageró en Delfina todos los defectos que el autor de Julia había paliado a fuerza de arte. Despreció, como él, las ventajas que presenta la variedad de los caracteres al que escriba novelas epistolares, y en toda la correspondencia de sus héroes reina igual monotonía de dialéctica apasionada. A pesar del esplendor y fuerza del genio de Rousseau, y de la móvil energía mental que caracteriza las producciones de Madama de Stael, ambos escritores han contribuido en nuestro concepto a desacreditar la novela en cartas. AI empañarla en un camino errado, la privaron del mérito dramático que produce la verdad perfecta del lenguaje en los diversos actores. Otros novelistas han seguido las huellas de Juan Jacobo, e incurrido en el mismo defecto en obras que han desplegado a veces el más bello talento, pero sin sujetarse a las reglas naturales que Richardson se impuso, y nos parecen esenciales a este género de complicaciones.
Tal es Werther, obra célebre, que Goethe anciano reprueba como fruto demasiado precoz de una juventud ardiente, y en realidad solo es un monólogo distribuido en cartas. Este libro tiene también cierto objeto filosófico, y es una pintura cruel de la nada de las cosas humanas, de la vanidad de nuestras pasiones y deseos; es una excusa del suicidio, fundada en el tedio que pueden inspirar a un alma exaltada las penas de la vida vulgar, las exigencias de una sociedad formada para el común de los hombres. AI paso que reconocemos la superioridad del autor y la fuerza de la elocuencia metafísica que ha desplegado en su obra, convengamos en que esta no carece de peligro, y que Goethe, en su vejez prudente, ve con justo dolor esta producción de su talento juvenil. Es demasiado fácil romper los vínculos sociales con el pretexto de ser superior al vulgo para que no haya algún peligro en sostener que un hombre puede librarse de todas las trabas, y arrojar de sí la carga de la vida, más bien que participar en las penas de la existencia social con una muchedumbre pueril o corrompida.
Krudner imitó a Werther en Valeria; Collin y algunas otras inglesas han seguido con más o menos felicidad las huellas de Richardson, y el autor de las Amistades peligrosas luchó con él cuerpo a cuerpo. Mas sea cual fuere el talento del pintor de Merteuil, no puede hacérsele el honor de compararlo al autor de Lovelace; ni hay paralelo posible entre dos escritores, cuando uno emplea su talento en hacer triunfar al vicio, y el otro en hacer amable la virtud.

La Miscelánea, abril de 1832

III

Lo pasado tiene cierto atractivo para la imaginación humana, y una especie de aureola vaga lo cerca. Las narraciones de otros tiempos tienen majestad en su movimiento y su ingenuidad nos agrada. Los nombres históricos hieren vivamente la fantasía, y la historia se apodera a la vez de las grandes masas y de los pormenores curiosos que proporcionan los recuerdos de lo pasado. Las memorias y biografías completan lo que tienen que dejar a un lado la historia de los pueblos considerados en masa, formando una lectura llena de instrucciones y agrado.
El novelista histórico abandona al historiador todo lo útil, procura apoderarse de lo que agrada en los recuerdos de la historia, y desatendiendo las lecciones de lo pasado, solo aspira a rodearse de su prestigio. Su objeto es pintar trajes, describir arneses, bosquejar fisonomías imaginarias, y prestar a héroes verdaderos ciertos movimientos, palabras y acciones cuya realidad no puede probarse. En vez de elevar la historia a sí, la abate hasta igualarla con la ficción, forzando a su musa verídica a dar testimonios engañosos. Género malo en sí mismo, género eminentemente falso, al que toda la flexibilidad del talento mas variado solo presta un atractivo frívolo, y del que no tardará en fastidiarse la moda, que hoy lo adopta y favorece.
Como el objeto de la novela es pintar en pormenor las costumbres privadas de los hombres, algunos eruditos han creado una especie de novela empedrada con su saber, en la cual han intentado reproducir las costumbres de los tiempos anteriores. Así el Anacarsis de Barthelemy y el Palacio de Escauro de Mazois, son novelas llenas de erudición. Pero estos hombres distinguidos solo emplearon materiales verdaderos, y sus autoridades son los testimonios irrecusables de los antiguos cuyas costumbres nos retratan. AI contrario, cuando Genlis, cansada ya de enseñar a los niños la química y la física en cuentos, quiso enseñar a los hombres la historia de los reyes por medio de novelas históricas, la crítica literaria y aun la sana razón debieron pronunciarse contra las suposiciones que la novelista quería introducir en el dominio de la historia. Todas las personas racionales impugnaron un sistema que trocaba las fisonomías históricas en figuras de capricho, y como cierta flaqueza de pincel y colorido perjudicó el buen éxito de sus novelas, aun no se acreditó con ellas el género de que tratamos.
Presentose un escritor más distinguido por su erudicion que por su fuerza mental; versado profundamente en las antiguedades de su patria, Escocia; prosador correcto y poeta elegante; dotado de prodigiosa memoria, y del talento de resucitar los recuerdos de lo pasado; falto por otra parte de filosofía, y que no se embaraza en someter a juicio la moralidad de los hechos ni la de los hombres. Después de haber publicado poesías brillantes, aunque en ellas no se revelaba la profundidad o el vigor del genio poético, ocurriole redactar en forma de narración los recuerdos de antiguedades que habían sido objeto de sus estudios. Retrató las costumbres anteriores de un país que aun hoy es salvaje, y los usos, el dialecto, los paisajes, las supersticiones de esos descendientes de los antiguos celtas, que conservan hasta su traje primitivo, asombraron por su rareza. Todos estaban fastidiados de novelas sentimentales o licenciosas, y creyeron respirar el aire puro y elástico de las montañas, y ver elevarse los agudos picos del Ben-Lomond entre los vapores que cubrían los valles. La languidez de la civilización moderna encontró en aquellos cuadros sencillos y salvajes un contraste interesante con su propia flaqueza. Las escenas de Walter Scott convenían con sus personajes. En vano hubiera querido hacerse verosímil en otro país que en Escocia la presencia de sus gitanas alojadas en cavernas basálticas, la rusticidad caballeresca de los campesinos y su lenguaje siempre poético en su sencillez. AI ver el inmenso aplauso que acogió las obras del novelista escocés, podría decirse que las costumbres modernas con su lujo, frivolidad y pequeñez ambiciosa, tributan homenaje involuntario a la majestad ingenua de las costumbres salvajes.
Walter Scott no sabe inventar figuras, revestidas de celestial belleza, ni comunicarles una vida sobrehumana; en una palabra, Ie falta la facultad de crear que han poseído los grandes poetas. Escribió lo que Ie dictaban sus recuerdos y después de haber ojeado crónicas antiguas, copió de ellas lo que Ie pareció curioso y capaz de excitar asombro y maravilla. Para dar alguna consistencia a sus narraciones inventó fechas, se apoyó ligeramente en la historia, y publicó volúmenes y volúmenes. Como su talento consiste en resucitar a nuestra vista los pormenores de lo pasado, no quiso tomarse el trabajo de formar un plan, ni dar un héroe a sus obras; casi todas se reducen a pormenores expresados con felicidad. El gusto y la exactitud de los pintores holandeses se hallan en sus cuadros, y estos solo tienen dos defectos notables, llamarse históricos y carecer de orden, regularidad y filosofía, de modo que en vez de presentar una composición perfecta, aparecen como una mezcolanza de objetos acumulados a la ventura, aunque copiados con admirable fidelidad.
Haríaseles una injuria que no merecen, y sí nuestros elogios por más de un motivo; pero su autor no debe colocarse entre los Tácito, Maquiavelo, Hume y Gibbon, y el último compilador de anécdotas tiene más derecho al título de historiador. Empero, pocos han usado con más habilidad y éxito los tesoros de una ciencia tan árida como la que producen los extractos de manuscritos carcomidos, y los descubrimientos de los anticuarios.
El movimiento, la gracia, la vida que presta Walter Scott a las escenas de los tiempos pasados; la rudeza y aun la inelegancia de sus narraciones, que parecen en perfecta armonía con las épocas bárbaras a que se refieren, la variedad de sus retratos singulares, que en su extrañeza misma tiene cierto aspecto de antiguedad salvaje, la rareza del conjunto y la exactitud minuciosa de los pormenores, han hecho populares las novelas que nos ocupan. Produjeron emociones universales, a cuyo favor se han ocultado sus defectos. Estas obras, al transportar la imaginación lejos de la sociedad civilizada, tal cual hoy la conocemos, dieron el último golpe a la novela que Richardson había concebido. Los cuadros de las costumbres civilizadas parecen faltos de color y de vida junto a los de los montañeses y las sibilas que resucita el narrador escocés, y ya no interesan las pinturas del amor en sus extravíos, caprichos, escrúpulos y vacilaciones. Así un hombre cuyos sentidos ha embotado el abuso de los licores fuertes, desprecia lo que antes apetecía, y rechaza con desdén el líquido puro y saludable que para satisfacer su sed Ie brinda la naturaleza.

La Miscelánea, mayo de 1832

 
     
 
 

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