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Mucha literatura se ha escrito sobre las penurias del día a día de la Cuba reciente. Sobre todo la narrativa ha transitado con mayor o menor suerte hacia ese nuevo costumbrismo que tiene una ansiedad fotográfica por acoger el drama de la sobrevivencia, que tiene sombra y tiene luz, aunque no lo parezca de primera impresión.
Cerrado por reparación es el libro de cuentos con que Nancy Alonso obtuvo el premio máximo en la primera edición del concurso de narrativa femenina Alba de Céspedes -reconocimiento a la intelectual ítalo-cubana, nieta del prócer Carlos Manuel de Céspedes y destacada autora de las letras europeas-, convocado por el Fondo de Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM), la Casa de las Américas y la UNEAC. El mismo, reúne un puñado de piezas donde se piensan las carencias en los cuerpos y las almas.
La isla en peso presenta a sus lectores dos de los textos de un libro que apenas toma el dolor como pretexto.

 

Yo te voy a explicar
Nancy Alonso

A Miguel García, él sabe por qué.

Cerrado por reparación
Nancy Alonso

La velada transcurría como si nos hubiesemos conocido desde siempre y no fuera aquella mañana calurosa de un miércoles, bajo la sombra de la mata de mangos de mi patio, la primera vez en la vida que conversábamos.
Decir "la primera vez en la vida" es una exageración, porque Raúl y yo somos primos. Hasta que nos separamos, cuando terminamos el primer grado, vivíamos cerquita y éramos compañeros de juegos, según nos habían contado, y nosotros guardábamos el recuerdo de aquellas historias, más que de los hechos mismos, después de casi cuatro décadas sin vernos.
- Tú te ponías brava, prima, cuando te obligaban a cantar.
- Y a ti no te gustaba bañarte en la playa, preferías hacer castillos en la arena, ¿te acuerdas?
Desde que Raúl se fue para Miami, supimos uno del otro a través de nuestras madres, que se escribían y hablaban por teléfono con frecuencia. Hacía cinco años que la comunicación se había interrumpido, luego de la muerte de tía Esther y la de mamá unos meses después.
La llamada de Raúl, el día antes de nuestro encuentro, diciéndome que estaba en un hotel en La Habana y que quería verme, me intranquilizó un poco porque pensé que no tendríamos de qué conversar.
Ya con Raúl delante, pasados los primeros minutos de besos, abrazos, y de nerviosismo mutuo, se me ocurrió romper el hielo con una sesión de fotos. Desempolvé el viejo álbum familiar, herencia de abuela, y Raúl lo hojeó con mucha atención, mientras escuchaba los comentarios que yo le hacía de cada fotografía. Él nunca se había visto en pañales, ni en un carnaval infantil, disfrazado de guajiro, machete a la cintura, con bigote y patillas, ni tampoco conocía cómo era el rostro de niña de su mamá. La salida del país por Camarioca fue tan precipitada, le había contado tía Esther a Raúl, que no tuvieron tiempo de recoger ese trozo de memoria que preservan las fotos y las cartas. Omití que la desolación de los abuelos nunca les permitió colocar en el álbum las últimas imágenes de Raúlito en Cuba, el mismo día que se fueron, con un abrigo y pantalones largos, y prefirieron ponerlas en un sobre celosamente guardado en el escaparate.
Ahuyentamos la tristeza burlándonos de aquellas poses a las que nos obligaban los mayores en las fiestas de cumpleaños, y de las vestimentas de nuestros antepasados. También Ie enseñé las fotos de Los Quince de mi hija, haciéndole notar el parecido con tía Esther cuando era jovencita. Por su parte, él sacó de su billetera unas rutilantes y policromadas fotografías de su esposa e hijos que siempre llevaba consigo.
Hablamos de los parientes de alIá y de acá, de los sueños realizados y de los que no, de las preferencias, y a medida que pasaba el tiempo yo me sorprendía más de lo bien que nos entendíamos Raúl y yo. Nadie habría dicho que él no había vivido en La Habana desde hacía tanto tiempo, excepto por su acento, la muletilla de "tú sabes" y la costumbre miamense de sustituir los nombres propios por el parentesco. Los cubanos somos los mismos en las dos orillas, pensé, digan lo que digan.
Todo iba bien, sobre rieles, hasta que Raúl se puso de pie y me preguntó:
-Prima, ¿puedo pasar al baño?
Ahora comprendo que el error estuvo en mi falta de contención. Yo solamente debí advertirle que, si utilizaba el inodoro, abriera la llavecita de paso ubicada debajo del tanque de agua del propio inodoro para que pudiera descargarlo, y punto, ni una palabra más. En realidad, por ahí empecé, sin embargo, la extrañeza en la mirada de Raúl me hizo agregar:
-Es que tiene un salidero porque no cierra la válvula de entrada. Hemos pensado sustituir la boya plástica por un flotante de poliespuma.
Fue obvio que él no comprendió y yo quise, en aras de nuestro entendimiento, darle más detalles:
-Mira, yo te voy a explicar, Raúlito. La boya original se rajó, Ie entra el agua, no flota, y por tanto no tranca la válvula de entrada. Un dado de poliespuma, compacto y ligero, debe de ser eterno, la solución perfecta.
-Un dado... -dijo Raúl y vi el esfuerzo que hacía por desentrañar mis palabras.
-Un dado porque es más fácil de hacer con poliespuma. Lo importante no es la forma, sino el material, que flote y vaya subiendo junto con el agua y, a cierta altura, cierre la válvula. Si no, se vacían los tanques y nos quedamos secos hasta que pongan el agua otra vez.
-¿Qué quieres decir con que pongan el agua otra vez? -preguntó él y se sentó en espera de mi respuesta. Yo me daba cuenta de que él estaba haciendo lo posible por comprender.
-Que como el agua escasea, nos toca, la ponen, cada cierto tiempo dependiendo de cómo esté el nivel de la presa El Gato, que es la que abastece la zona. En esta época de sequía nos corresponden ocho horas de agua cada tres días. Te pongo un ejemplo: mañana martes nos toca de dos de la tarde a diez de la noche, y hasta el viernes no la vuelven a poner. Por eso la almacenamos -y Ie señale hacia los tanques ubicados en el techo y junto al lavadero.
Si en ese momento Raúl se hubiera ido al baño, habríamos concluído el tema. Pero él se quedó sentado, contemplando los tubos que subían y bajaban, las llaves de paso, las mangueras, los cubos. Supuse que admiraba aquella obra de ingeniería y, lo confieso, me dejé arrastrar por la vanidad:
-Fue idea de Alfredo, mi marido. A él le encanta la plomería. Ven para explicarte cómo funciona esto.
Lo llevé hasta el lavadero y alIí, bajo el sol del mediodía, comencé a exponer la filosofía del sistema:
-Recogemos el agua en estos tres tanques de cincuenta y cinco galones que hacen la función de cisterna. Porque déjame decirte que abrir un hueco para hacer una verdadera cisterna en este terreno tan rocoso, se las trae, pero bueno, eso no viene al caso ahora -dije mientras Raúl observaba los recipientes montados sobre bloques en el piso, a un costado del vertedero, y se agachaba comprobando la estabilidad de aquella mole metálica-. Como ves, la tubería llega a este tanque y luego, por el principio de vasos comunicantes, pasa a través de estas mangueras a los otros. Con una turbina bombeamos el agua hacia los dos tanques del techo. Mientras el agua venga con presión y se llenen los depósitos de abajo, no hay problema -con esta última frase quedó al descubierto el punto débil del sistema.
-No siempre el agua sube hasta aquí... -comentó Raúl poniendo sus manos sobre uno de los tanques, desilusionado. El sudor empezó a empapar su camisa.
-Así mismo es -tuve que reconocer.
-¿Y entonces, prima? -la cara de Raúl denotaba preocupación sincera y también muestras de un agotamiento que atribuí al calor.
-Esto se solucionaría con un ladrón de agua -afirmé con convicción.
-¿Un ladrón de agua? -preguntó con tono de espanto.
-Yo te voy a explicar, Raúlito -Ie dije, insistiendo en el propósito de que él entendiera-. Así Ie decimos a un tipo de turbina que no sólo bombea agua hacia arriba sino que la succiona. Si la conectas a la tubería de entrada de la casa, arrastra el agua del barrio hacia acá. El problema es que si la consiguiéramos y la instaláramos, lo cual no es fácil, Ie robaríamos el agua a los vecinos y nos da pena hacerles eso.
-¿Y entonces, prima? -inquirió fatigado. Recordé la frase de abuela cada vez que hablaba del día que se fueron Raúlito y sus padres: "El niño sudaba frío, del susto seguramente, pobrecito".
-¿Ves esta llave bajita que está aquí? Por suerte, a esta siempre Ie llega el agua, siempre que haya agua, claro está, y cargándola en cubos, entre Alfredo y yo, llenamos los depósitos -esto lo dije rápidamente y agregué-: Luego bombeamos hacia arriba y se acabó. Si es que no hay apagón.
Vi a Raúl completamente apabullado y traté de levantarle el ánimo:
-Pero a fin de cuentas, esto no es un problema tan grande, Raúlito, hay quienes están peor que nosotros. Parte el alma ver esas imágenes por la televisión de la gente caminando kilómetros para buscar un poco de agua. Uno de cada cinco habitantes en el planeta carece de agua potable. Es increíble, ¿verdad?
Raúl se quedó callado y tuve la impresión de que estaba a punto de desmayarse, pero justo cuando Ie iba a preguntar qué Ie pasaba, me dijo:
-Prima, con tu permiso, voy a pasar al baño. Y no te preocupes, lo único que quiero es echarme un poco de agua en la cara.
Entramos a la casa y él se detuvo en la puerta del baño. Le vi en el semblante esa expresión de quien va a decir algo, pero teme ofender. Al fin cogió impulso y me preguntó.
-¿Hay algún problema con la llave del lavamanos?
Ese fue mi único instante de contención:
-No, Raúlito, funciona perfectamente -y me mordí la lengua porque pensé cuán difícil le sería comprender cómo, después de años con la llave del lavamanos goteando, habíamos llegado a la conclusión de que, en esos casos, la mejor zapatilla del mundo era la tapita de un pomo de penicilina.


Cerrado por reparación
Nancy Alonso

Se había ganado el prestigio de hombre competente en la Dirección Provincial del Poder Popular de Ciudad de La Habana. Trabajador, y con talento para encontrarle solución a los más inusitados problemas, Ramón fue escogido, entre un grupo de candidatos, como jefe del departamento de Atención a la Población. Apenas tomó posesión del cargo, se dió a la tarea de erradicar los que consideró "males heredados" de la administración anterior.
Con esfuerzo, traducido en cálculos económicos e informes, obtuvo la autorización para un incremento en el número de trabajadores bajo sus órdenes y la asignación de un medio de transporte. Eran muchos y muy viejos los problemas acumulados, argumentaba Ramón, como para que tres personas recibieran y dieran curso a las quejas y sugerencias de los pobladores. Cuando contó con una recepcionista, una telefonista, dos personas anotando los planteamientos, otras dos pasándolos a máquina, una archivándolos, un segundo jefe, una secretaria y un carro con chofer, Ramón supo que estaba en condiciones de brindar el servicio que merecía la ciudadanía. El concepto de multioficio lo aplicó dándole a la recepcionista las tareas de limpieza.
La impuntualidad enfermaba a Ramón, aunque sabía que era un mal difícil de vencer y con el cual no había tenido más remedio que coexistir. A lo menos que podemos aspirar, decía, es a jamás provocarles a los usuarios el disgusto de no atenderlos puntualmente. Y para lograr tal propósito, dispuso que recibirían al público entre diez de la mañana y tres de la tarde, con un receso de doce a una para almorzar. Como la jornada laboral seguía siendo de ocho a cinco, las llegadas tarde o las salidas temprano de sus empleados no afectaban la quintaesencia del quehacer del grupo: la atención a la población.
Quiso remozar los locales de trabajo, pero sus recursos eran escasos, por no decir nulos, y además los arquitectos Ie habían asegurado que el peligro de derrumbe era mínimo mientras no cedieran las vigas que apuntalaban el techo. Con el apoyo de sus subalternos, embelleció las oficinas a fuerza de higiene, adornos y plantas ornamentales (las enredaderas lograron ocultar el apuntalamiento). Es importante, insistía, que la gente que viene aquí atribulada, buscando nuestro apoyo, se sienta en un sitio acogedor al traspasar el umbral de esta puerta.
Ramón llegó a conocer al dedillo cuáles eran las quejas mas frecuentes y como encauzarlas. Somos simples mediadores entre la población y las instancias ejecutivas, recalcaba, pero de nuestra gestión depende, hasta cierto punto, que se resuelvan las dificultades. Atendía personalmente a los llamados reincidentes (aquellos que regresaban a las oficinas cuando sus casos seguían sin solucionar), los alentaba y tramitaba nuevamente sus demandas. Fue así como conoció a Venancio, un abuelo que llegaba hasta el buró de Ramón, empujando el coche de sus nietos trillizos, cada vez que se incumplía el plazo dado para la reapertura del círculo infantil de su barrio, cerrado por reparación. Estos niños irán a ese círculo, aseguraba Ramón, o me cambio el nombre.
Al año de haber iniciado su mandato, Ramón se preparó para una inspección de su jefe inmediato superior. Y lo hizo con la confianza de saber cuánto habían trabajado y los alentadores resultados que premiaban ese esfuerzo. Las estadísticas demostraban una disminución del tiempo promedio para la tramitación de las demandas, de quince a ocho días, y una mejoría en el índice de error al hacer dichas tramitaciones, que de un cuarenta por ciento había bajado a un treinta. El aumento del índice de reincidencia lo interpretó como una expresión de confianza de la población que acudía más de una vez al departamento buscando que los ayudaran a aliviar sus malestares.
El día de la anunciada inspección, Ramón llegó al departamento temprano, como de costumbre, y se encerró en su despacho luego de mandar al chofer a que buscara la merienda que brindarían a los inspectores y pedirle a Cusa, la recepcionista, quien a esa hora hacía las labores de auxiliar de limpieza, que nadie lo molestara. Aunque la reunión la habían fijado a las dos la tarde y él tenía todo listo desde la jornada anterior, consideró conveniente revisar nuevamente la documentación que había preparado. Quería argumentar bien los casos más complicados, como el del círculo infantil cerrado por reparación.
Tanto se ensimismó Ramón en los papeles, con tablas y gráficos de los logros obtenidos, que perdió la noción del tiempo. Miró el reloj al echar en falta la presencia de su secretaria y se inquietó cuando vio que ya eran las once y aún no había aparecido. Es raro, pensó, ella a veces no viene, pero sabía cuánto la necesitaba hoy.
Llamó a Cusa y por ella supo de la hecatombe: en las oficinas solo estaban ellos dos y una de las mecanógrafas.
-¿Y por qué no me avisaste de esta ausencia masiva? -Ie reclamó.
-Porque usted mismo me dijo que nadie lo molestara -argumentó Cusa, y sin dar margen a la riposta, Ie explicó las justificaciones de los ausentes, que iban desde la eterna falta de guaguas y de agua, una prueba médica y un accidente en bicicleta por un bache, hasta las gestiones de un viaje al exterior y los preparativos de un bautismo, pasando por la impermeabilización del techo de una casa y la enfermedad repentina de un puerquito de ceba-. Dígame qué hago con la gente que está esperando alIá afuera.
-Pues qué vas a hacer, sencillamente informarles que hoy no atendemos a la población -respondió tajante Ramón.
Lo primero que se Ie ocurrió a Ramón fue comunicarse con su jefe y cancelar la visita con el pretexto de que tenía un dolor en el pecho, pero resultó imposible: el teléfono estaba defectuoso, solo recibía llamadas. Tampoco podía utilizar el carro para ir directamente a ver al jefe porque el chofer aún no había regresado, y si lo hacía a pie, se derrumbaba la excusa del dolor.
Seguía pensando en una solución que Ie permitiera posponer la visita y salir decorosamente del atolladero, en el momento en que lo interrumpió Cusa:
- Ya se fueron todos los usuarios, excepto Venancio, el viejito del círculo cerrado por reparación. Dice que necesita verlo un momentico nada más y no hay forma de sacarlo de aquí. Hoy vino sin los trillizos.
Ramón conocía la capacidad de insistencia de Venancio, por eso dijo con resignación:
-Déjalo pasar.
El viejo entró al despacho dándole los buenos días con su mejor sonrisa y colocó un paquetico envuelto en periódicos sobre el buró.
-Le traigo este regalito. Ábralo -dijo sin dejar de sonreír.
Ramón lo hizo y ante sus ojos apareció una tabla, agrietada y húmeda, con un descolorido letrero evidentemente hecho a mano, en el que se podía leer: CERRADO POR REPARACIÓN. Ante la sorpresa de Ramón, Venancio Ie explicó:
-iReinauguraron el círculo! Esta mañana fue el acto de entrega de las llaves y yo recogí este cartel pensando en dárselo a usted, con mi eterno agradecimiento por todo lo que nos ha ayudado en esta batalla.
- Ya Ie decía yo que ese problema se solucionaría, Venancio. Y no tiene nada que agradecerme, solo cumplí con mi deber. Ahora me va a disculpar pues tengo mucho que hacer -comentó Ramón y se despidieron con un abrazo.
Al quedarse a solas, Ramón pensó que por fin podía tachar el pendiente del círculo. Jugaba con el cartel en las manos cuando se Ie ocurrió la solución.
Fue hacia donde estaban conversando Cusa y la mecanógrafa y les dijo que les daba el día libre porque sin los demás empleados no podían trabajar ni era posible la inspección. Una vez que elIas, sorprendidas y contentas, abandonaron el lugar, Ramón puso en práctica su plan: con la cadena que sostenía la maceta del helecho de su despacho enlazó el calzo de una de las vigas de apuntalamiento y haló con fuerza, apoyándose con un pie en la propia viga, hasta que desplazó el calzo y el madero se inclinó.
Ramón salió del departamento, pasó llave a la puerta y pensó, ya veremos qué pasa después, mientras colgaba el cartel de CERRADO POR REPARACIÓN.

Nancy Alonso (La Habana, 1949). Es Licenciada en Ciencias Biológicas. Tiene publicado el libro de cuentos Tirar la primera piedra (1997). Está antologada en los volúmenes Estatuas de sal (1996), Rumba senza palme né carezze (1996) y Cubana (1998).

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