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Cerrado
por reparación
Nancy
Alonso
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La
velada transcurría como si nos hubiesemos conocido
desde siempre y no fuera aquella mañana calurosa
de un miércoles, bajo la sombra de la mata
de mangos de mi patio, la primera vez en la vida que
conversábamos.
Decir "la primera vez en la vida" es una
exageración, porque Raúl y yo somos
primos. Hasta que nos separamos, cuando terminamos
el primer grado, vivíamos cerquita y éramos
compañeros de juegos, según nos habían
contado, y nosotros guardábamos el recuerdo
de aquellas historias, más que de los hechos
mismos, después de casi cuatro décadas
sin vernos.
- Tú te ponías brava, prima, cuando
te obligaban a cantar.
- Y a ti no te gustaba bañarte en la playa,
preferías hacer castillos en la arena, ¿te
acuerdas?
Desde que Raúl se fue para Miami, supimos uno
del otro a través de nuestras madres, que se
escribían y hablaban por teléfono con
frecuencia. Hacía cinco años que la
comunicación se había interrumpido,
luego de la muerte de tía Esther y la de mamá
unos meses después.
La llamada de Raúl, el día antes de
nuestro encuentro, diciéndome que estaba en
un hotel en La Habana y que quería verme, me
intranquilizó un poco porque pensé que
no tendríamos de qué conversar.
Ya con Raúl delante, pasados los primeros minutos
de besos, abrazos, y de nerviosismo mutuo, se me ocurrió
romper el hielo con una sesión de fotos. Desempolvé
el viejo álbum familiar, herencia de abuela,
y Raúl lo hojeó con mucha atención,
mientras escuchaba los comentarios que yo le hacía
de cada fotografía. Él nunca se había
visto en pañales, ni en un carnaval infantil,
disfrazado de guajiro, machete a la cintura, con bigote
y patillas, ni tampoco conocía cómo
era el rostro de niña de su mamá. La
salida del país por Camarioca fue tan precipitada,
le había contado tía Esther a Raúl,
que no tuvieron tiempo de recoger ese trozo de memoria
que preservan las fotos y las cartas. Omití
que la desolación de los abuelos nunca les
permitió colocar en el álbum las últimas
imágenes de Raúlito en Cuba, el mismo
día que se fueron, con un abrigo y pantalones
largos, y prefirieron ponerlas en un sobre celosamente
guardado en el escaparate.
Ahuyentamos la tristeza burlándonos de aquellas
poses a las que nos obligaban los mayores en las fiestas
de cumpleaños, y de las vestimentas de nuestros
antepasados. También Ie enseñé
las fotos de Los Quince de mi hija, haciéndole
notar el parecido con tía Esther cuando era
jovencita. Por su parte, él sacó de
su billetera unas rutilantes y policromadas fotografías
de su esposa e hijos que siempre llevaba consigo.
Hablamos de los parientes de alIá y de acá,
de los sueños realizados y de los que no, de
las preferencias, y a medida que pasaba el tiempo
yo me sorprendía más de lo bien que
nos entendíamos Raúl y yo. Nadie habría
dicho que él no había vivido en La Habana
desde hacía tanto tiempo, excepto por su acento,
la muletilla de "tú sabes" y la costumbre
miamense de sustituir los nombres propios por el parentesco.
Los cubanos somos los mismos en las dos orillas, pensé,
digan lo que digan.
Todo iba bien, sobre rieles, hasta que Raúl
se puso de pie y me preguntó:
-Prima, ¿puedo pasar al baño?
Ahora comprendo que el error estuvo en mi falta de
contención. Yo solamente debí advertirle
que, si utilizaba el inodoro, abriera la llavecita
de paso ubicada debajo del tanque de agua del propio
inodoro para que pudiera descargarlo, y punto, ni
una palabra más. En realidad, por ahí
empecé, sin embargo, la extrañeza en
la mirada de Raúl me hizo agregar:
-Es que tiene un salidero porque no cierra la válvula
de entrada. Hemos pensado sustituir la boya plástica
por un flotante de poliespuma.
Fue obvio que él no comprendió y yo
quise, en aras de nuestro entendimiento, darle más
detalles:
-Mira, yo te voy a explicar, Raúlito. La boya
original se rajó, Ie entra el agua, no flota,
y por tanto no tranca la válvula de entrada.
Un dado de poliespuma, compacto y ligero, debe de
ser eterno, la solución perfecta.
-Un dado... -dijo Raúl y vi el esfuerzo que
hacía por desentrañar mis palabras.
-Un dado porque es más fácil de hacer
con poliespuma. Lo importante no es la forma, sino
el material, que flote y vaya subiendo junto con el
agua y, a cierta altura, cierre la válvula.
Si no, se vacían los tanques y nos quedamos
secos hasta que pongan el agua otra vez.
-¿Qué quieres decir con que pongan el
agua otra vez? -preguntó él y se sentó
en espera de mi respuesta. Yo me daba cuenta de que
él estaba haciendo lo posible por comprender.
-Que como el agua escasea, nos toca, la ponen, cada
cierto tiempo dependiendo de cómo esté
el nivel de la presa El Gato, que es la que abastece
la zona. En esta época de sequía nos
corresponden ocho horas de agua cada tres días.
Te pongo un ejemplo: mañana martes nos toca
de dos de la tarde a diez de la noche, y hasta el
viernes no la vuelven a poner. Por eso la almacenamos
-y Ie señale hacia los tanques ubicados en
el techo y junto al lavadero.
Si en ese momento Raúl se hubiera ido al baño,
habríamos concluído el tema. Pero él
se quedó sentado, contemplando los tubos que
subían y bajaban, las llaves de paso, las mangueras,
los cubos. Supuse que admiraba aquella obra de ingeniería
y, lo confieso, me dejé arrastrar por la vanidad:
-Fue idea de Alfredo, mi marido. A él le encanta
la plomería. Ven para explicarte cómo
funciona esto.
Lo llevé hasta el lavadero y alIí, bajo
el sol del mediodía, comencé a exponer
la filosofía del sistema:
-Recogemos el agua en estos tres tanques de cincuenta
y cinco galones que hacen la función de cisterna.
Porque déjame decirte que abrir un hueco para
hacer una verdadera cisterna en este terreno tan rocoso,
se las trae, pero bueno, eso no viene al caso ahora
-dije mientras Raúl observaba los recipientes
montados sobre bloques en el piso, a un costado del
vertedero, y se agachaba comprobando la estabilidad
de aquella mole metálica-. Como ves, la tubería
llega a este tanque y luego, por el principio de vasos
comunicantes, pasa a través de estas mangueras
a los otros. Con una turbina bombeamos el agua hacia
los dos tanques del techo. Mientras el agua venga
con presión y se llenen los depósitos
de abajo, no hay problema -con esta última
frase quedó al descubierto el punto débil
del sistema.
-No siempre el agua sube hasta aquí... -comentó
Raúl poniendo sus manos sobre uno de los tanques,
desilusionado. El sudor empezó a empapar su
camisa.
-Así mismo es -tuve que reconocer.
-¿Y entonces, prima? -la cara de Raúl
denotaba preocupación sincera y también
muestras de un agotamiento que atribuí al calor.
-Esto se solucionaría con un ladrón
de agua -afirmé con convicción.
-¿Un ladrón de agua? -preguntó
con tono de espanto.
-Yo te voy a explicar, Raúlito -Ie dije, insistiendo
en el propósito de que él entendiera-.
Así Ie decimos a un tipo de turbina que no
sólo bombea agua hacia arriba sino que la succiona.
Si la conectas a la tubería de entrada de la
casa, arrastra el agua del barrio hacia acá.
El problema es que si la consiguiéramos y la
instaláramos, lo cual no es fácil, Ie
robaríamos el agua a los vecinos y nos da pena
hacerles eso.
-¿Y entonces, prima? -inquirió fatigado.
Recordé la frase de abuela cada vez que hablaba
del día que se fueron Raúlito y sus
padres: "El niño sudaba frío, del
susto seguramente, pobrecito".
-¿Ves esta llave bajita que está aquí?
Por suerte, a esta siempre Ie llega el agua, siempre
que haya agua, claro está, y cargándola
en cubos, entre Alfredo y yo, llenamos los depósitos
-esto lo dije rápidamente y agregué-:
Luego bombeamos hacia arriba y se acabó. Si
es que no hay apagón.
Vi a Raúl completamente apabullado y traté
de levantarle el ánimo:
-Pero a fin de cuentas, esto no es un problema tan
grande, Raúlito, hay quienes están peor
que nosotros. Parte el alma ver esas imágenes
por la televisión de la gente caminando kilómetros
para buscar un poco de agua. Uno de cada cinco habitantes
en el planeta carece de agua potable. Es increíble,
¿verdad?
Raúl se quedó callado y tuve la impresión
de que estaba a punto de desmayarse, pero justo cuando
Ie iba a preguntar qué Ie pasaba, me dijo:
-Prima, con tu permiso, voy a pasar al baño.
Y no te preocupes, lo único que quiero es echarme
un poco de agua en la cara.
Entramos a la casa y él se detuvo en la puerta
del baño. Le vi en el semblante esa expresión
de quien va a decir algo, pero teme ofender. Al fin
cogió impulso y me preguntó.
-¿Hay algún problema con la llave del
lavamanos?
Ese fue mi único instante de contención:
-No, Raúlito, funciona perfectamente -y me
mordí la lengua porque pensé cuán
difícil le sería comprender cómo,
después de años con la llave del lavamanos
goteando, habíamos llegado a la conclusión
de que, en esos casos, la mejor zapatilla del mundo
era la tapita de un pomo de penicilina.
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| Nancy
Alonso |
Se
había ganado el prestigio de hombre competente
en la Dirección Provincial del Poder Popular
de Ciudad de La Habana. Trabajador, y con talento
para encontrarle solución a los más
inusitados problemas, Ramón fue escogido, entre
un grupo de candidatos, como jefe del departamento
de Atención a la Población. Apenas tomó
posesión del cargo, se dió a la tarea
de erradicar los que consideró "males
heredados" de la administración anterior.
Con esfuerzo, traducido en cálculos económicos
e informes, obtuvo la autorización para un
incremento en el número de trabajadores bajo
sus órdenes y la asignación de un medio
de transporte. Eran muchos y muy viejos los problemas
acumulados, argumentaba Ramón, como para que
tres personas recibieran y dieran curso a las quejas
y sugerencias de los pobladores. Cuando contó
con una recepcionista, una telefonista, dos personas
anotando los planteamientos, otras dos pasándolos
a máquina, una archivándolos, un segundo
jefe, una secretaria y un carro con chofer, Ramón
supo que estaba en condiciones de brindar el servicio
que merecía la ciudadanía. El concepto
de multioficio lo aplicó dándole a la
recepcionista las tareas de limpieza.
La impuntualidad enfermaba a Ramón, aunque
sabía que era un mal difícil de vencer
y con el cual no había tenido más remedio
que coexistir. A lo menos que podemos aspirar, decía,
es a jamás provocarles a los usuarios el disgusto
de no atenderlos puntualmente. Y para lograr tal propósito,
dispuso que recibirían al público entre
diez de la mañana y tres de la tarde, con un
receso de doce a una para almorzar. Como la jornada
laboral seguía siendo de ocho a cinco, las
llegadas tarde o las salidas temprano de sus empleados
no afectaban la quintaesencia del quehacer del grupo:
la atención a la población.
Quiso remozar los locales de trabajo, pero sus recursos
eran escasos, por no decir nulos, y además
los arquitectos Ie habían asegurado que el
peligro de derrumbe era mínimo mientras no
cedieran las vigas que apuntalaban el techo. Con el
apoyo de sus subalternos, embelleció las oficinas
a fuerza de higiene, adornos y plantas ornamentales
(las enredaderas lograron ocultar el apuntalamiento).
Es importante, insistía, que la gente que viene
aquí atribulada, buscando nuestro apoyo, se
sienta en un sitio acogedor al traspasar el umbral
de esta puerta.
Ramón llegó a conocer al dedillo cuáles
eran las quejas mas frecuentes y como encauzarlas.
Somos simples mediadores entre la población
y las instancias ejecutivas, recalcaba, pero de nuestra
gestión depende, hasta cierto punto, que se
resuelvan las dificultades. Atendía personalmente
a los llamados reincidentes (aquellos que regresaban
a las oficinas cuando sus casos seguían sin
solucionar), los alentaba y tramitaba nuevamente sus
demandas. Fue así como conoció a Venancio,
un abuelo que llegaba hasta el buró de Ramón,
empujando el coche de sus nietos trillizos, cada vez
que se incumplía el plazo dado para la reapertura
del círculo infantil de su barrio, cerrado
por reparación. Estos niños irán
a ese círculo, aseguraba Ramón, o me
cambio el nombre.
Al año de haber iniciado su mandato, Ramón
se preparó para una inspección de su
jefe inmediato superior. Y lo hizo con la confianza
de saber cuánto habían trabajado y los
alentadores resultados que premiaban ese esfuerzo.
Las estadísticas demostraban una disminución
del tiempo promedio para la tramitación de
las demandas, de quince a ocho días, y una
mejoría en el índice de error al hacer
dichas tramitaciones, que de un cuarenta por ciento
había bajado a un treinta. El aumento del índice
de reincidencia lo interpretó como una expresión
de confianza de la población que acudía
más de una vez al departamento buscando que
los ayudaran a aliviar sus malestares.
El día de la anunciada inspección, Ramón
llegó al departamento temprano, como de costumbre,
y se encerró en su despacho luego de mandar
al chofer a que buscara la merienda que brindarían
a los inspectores y pedirle a Cusa, la recepcionista,
quien a esa hora hacía las labores de auxiliar
de limpieza, que nadie lo molestara. Aunque la reunión
la habían fijado a las dos la tarde y él
tenía todo listo desde la jornada anterior,
consideró conveniente revisar nuevamente la
documentación que había preparado. Quería
argumentar bien los casos más complicados,
como el del círculo infantil cerrado por reparación.
Tanto se ensimismó Ramón en los papeles,
con tablas y gráficos de los logros obtenidos,
que perdió la noción del tiempo. Miró
el reloj al echar en falta la presencia de su secretaria
y se inquietó cuando vio que ya eran las once
y aún no había aparecido. Es raro, pensó,
ella a veces no viene, pero sabía cuánto
la necesitaba hoy.
Llamó a Cusa y por ella supo de la hecatombe:
en las oficinas solo estaban ellos dos y una de las
mecanógrafas.
-¿Y por qué no me avisaste de esta ausencia
masiva? -Ie reclamó.
-Porque usted mismo me dijo que nadie lo molestara
-argumentó Cusa, y sin dar margen a la riposta,
Ie explicó las justificaciones de los ausentes,
que iban desde la eterna falta de guaguas y de agua,
una prueba médica y un accidente en bicicleta
por un bache, hasta las gestiones de un viaje al exterior
y los preparativos de un bautismo, pasando por la
impermeabilización del techo de una casa y
la enfermedad repentina de un puerquito de ceba-.
Dígame qué hago con la gente que está
esperando alIá afuera.
-Pues qué vas a hacer, sencillamente informarles
que hoy no atendemos a la población -respondió
tajante Ramón.
Lo primero que se Ie ocurrió a Ramón
fue comunicarse con su jefe y cancelar la visita con
el pretexto de que tenía un dolor en el pecho,
pero resultó imposible: el teléfono
estaba defectuoso, solo recibía llamadas. Tampoco
podía utilizar el carro para ir directamente
a ver al jefe porque el chofer aún no había
regresado, y si lo hacía a pie, se derrumbaba
la excusa del dolor.
Seguía pensando en una solución que
Ie permitiera posponer la visita y salir decorosamente
del atolladero, en el momento en que lo interrumpió
Cusa:
- Ya se fueron todos los usuarios, excepto Venancio,
el viejito del círculo cerrado por reparación.
Dice que necesita verlo un momentico nada más
y no hay forma de sacarlo de aquí. Hoy vino
sin los trillizos.
Ramón conocía la capacidad de insistencia
de Venancio, por eso dijo con resignación:
-Déjalo pasar.
El viejo entró al despacho dándole los
buenos días con su mejor sonrisa y colocó
un paquetico envuelto en periódicos sobre el
buró.
-Le traigo este regalito. Ábralo -dijo sin
dejar de sonreír.
Ramón lo hizo y ante sus ojos apareció
una tabla, agrietada y húmeda, con un descolorido
letrero evidentemente hecho a mano, en el que se podía
leer: CERRADO POR REPARACIÓN. Ante la sorpresa
de Ramón, Venancio Ie explicó:
-iReinauguraron el círculo! Esta mañana
fue el acto de entrega de las llaves y yo recogí
este cartel pensando en dárselo a usted, con
mi eterno agradecimiento por todo lo que nos ha ayudado
en esta batalla.
- Ya Ie decía yo que ese problema se solucionaría,
Venancio. Y no tiene nada que agradecerme, solo cumplí
con mi deber. Ahora me va a disculpar pues tengo mucho
que hacer -comentó Ramón y se despidieron
con un abrazo.
Al quedarse a solas, Ramón pensó que
por fin podía tachar el pendiente del círculo.
Jugaba con el cartel en las manos cuando se Ie ocurrió
la solución.
Fue hacia donde estaban conversando Cusa y la mecanógrafa
y les dijo que les daba el día libre porque
sin los demás empleados no podían trabajar
ni era posible la inspección. Una vez que elIas,
sorprendidas y contentas, abandonaron el lugar, Ramón
puso en práctica su plan: con la cadena que
sostenía la maceta del helecho de su despacho
enlazó el calzo de una de las vigas de apuntalamiento
y haló con fuerza, apoyándose con un
pie en la propia viga, hasta que desplazó el
calzo y el madero se inclinó.
Ramón salió del departamento, pasó
llave a la puerta y pensó, ya veremos qué
pasa después, mientras colgaba el cartel de
CERRADO POR REPARACIÓN.
Nancy
Alonso (La Habana, 1949). Es Licenciada en
Ciencias Biológicas. Tiene publicado el libro
de cuentos Tirar la primera piedra
(1997). Está antologada en los volúmenes
Estatuas de sal (1996), Rumba
senza palme né carezze (1996) y Cubana
(1998).