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Detrás
de una de las novelas más significativas escritas
en Cuba durante los años recientes, se oculta
un enorme período de urdir, rumiar, olisquear
la compleja y enigmática existencia de José
María Heredia. Para escribir La novela
de mi vida, Leonardo Padura debió descubrir
a un Heredia propio, carnoso y útil a los fines
de su propia mirada hacia los años primerizos
del siglo XIX cubano, época de todas nuestras
fundaciones esenciales.
De ahí que José María Heredia.
La patria y la vida (UNIÓN, 2002) sea
un ensayo que arroja todavía más luz sobre
el más reciente libro de Padura. La isla en peso
reserva un fragmento del texto fundamental de este cuaderno
a sus lectores, y de esa manera sigue dando cuenta de
los homenjes que durante 2003 recibe el hombre que inventó
a Cuba para la poesía.
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| José
María Heredia o la elección de la
Patria
Leonardo Padura
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José
María Heredia. La patria y la vida
Leonardo
Padura |
El
15 de junio de 1824, sentado al borde de la imponente
catarata americana, el desterrado Jose María
Heredia escribe su prodigiosa oda Niágara.
Apenas tenía entonces diecinueve años
y ya había vivido tanto y escrito tan impresionantes
poemas de temática filosófica, amorosa,
civil y patriótica, que el reflejo de aquel hombre
que se nos proyecta desde el Niágara hacia la
inmortalidad tiende a parecernos el de un ser que ha
fatigado todos los caminos de la vida.
Pero es dos días después, el 17 de junio,
y todavía bajo el influjo de la poderosa emoción
vivida ante uno de los mayores prodigios de la naturaleza
americana, cuando Heredia descubre la verdadera esencia
de su destino y le escribe a su tío Ignacio,
radicado en Matanzas, en la añorada y distante
isla de Cuba, una reveladora misiva donde, con su espíritu
romántico desplegado, le comenta: "Yo no
sé qué analogía tiene aquel espectáculo
solitario y agreste con mis sentimientos. Me parecía
ver en aquel torrente la imagen de mis pasiones y de
la borrasca de mi vida. Así, así como
los rápidos del Niágara, hierve mi corazón
en pos de la perfección ideal que en vano busco
sobre la tierra. Si mis ideas, como empiezo a temerlo,
no son más que quimeras brillantes, hijas del
acaloramiento de mi alma buena y sensible, ¿por
qué no acabo de despertar de mi sueño?
¡Oh!, ¿cuándo acabará la
novela de mi vida para que empiece su realidad?"
Precisamente en esa inquietante sensación de
un hombre que, apenas traspasada la adolescencia, descubre
la fatal certidumbre de estar viviendo la vida como
una novela en la que apenas es un personaje movido por
los antojos de un veleidoso demiurgo, se encuentra el
origen y motor de este acercamiento a la más
enigmática y esencial contribución de
Heredia a la cultura y a la definición misma
de la incipiente nación cubana. Porque, leída
aquella dramática y agónica frase del
poeta -cuya existencia personal, en realidad, fue una
verdadera novela, por demás romántica
y hasta melodramática-, se desató la obsesión
en la que viví durante tres años: escribir
la novela de la vida de Heredia, en la cual, como componente
dramático principal, he debido explicarme -o
más bien he tratado de explicarme, como si tal
empeño fuera posible- por qué José
María Heredia decidió que debía
ser cubano...
Por más que lo pienso no deja de sorprenderme
el hecho de que el primer gran momento de la poesía
cubana, el instante refulgente en el que cristalizan
y se proyectan hacia la posteridad atisbos, sensaciones,
asuntos, paisajes, sentimientos y palabras hasta entonces
solo barruntadas -la palabra patria, por ejemplo,
redefinida y cargada de nuevo sentido en la poesía
de Heredia-, se nos presente acompañado de uno
de los enigmas culturales, políticos y humanos
más asombrosos que cualquier investigador de
la cultura pueda enfrentar. Porque si no hay dudas de
que el primer poeta, o con más propiedad, el
primer gran poeta del amplio y poblado parnaso cubano
es José María Heredia, no puede menos
que intrigarnos el hecho de que un hombre que solo vivió
treinta y cinco años, haya decidido, con tan
conocida vehemencia, ser el primer poeta de un país
que por entonces ni siquiera existía y en el
cual apenas vivió algo más de seis años,
la mitad de ellos en su primera infancia.
Como es sabido, José María Heredia y Heredia,
hijo del funcionario colonial José Francisco
Heredia Mieses y de su prima María de la Merced
Heredia y Campuzano, ambos dominicanos de origen, nació
en Cuba el 31 de diciembre de 1803, y murió en
la Ciudad de México, el 7 de mayo de 1839. Pero
es importante recordar que sus treinta y cinco años
de vida, meses más, meses menos, los gastó
del siguiente modo: algo más de seis años
en Cuba -tres de ellos en su primera niñez, como
ya he dicho-, cinco y medio en Venezuela, dos en Santo
Domingo, un poco más de cuatro anos en el actual
territorio norteamericano y unos dieciséis años
en México, donde vivió un largo período
de su destierro y donde participó activamente
de la vida política, social y literaria de un
país en donde fue considerado por muchos como
un mexicano. ¿Por qué -creo que vale la
pena preguntarse otra vez- Heredia decidió ser
cubano, se sintió cubano, vivió como cubano
toda su vida adulta, si también pudo haber sido
venezolano, dominicano y, con más razón,
mexicano... . El mismo hecho de que naciera en Santiago
de Cuba es de por sí fortuito: la única
razón para que sus padres arribaran a esa ciudad
de la Isla es la presencia circunstancial allí
del capitán Francisco Heredia Pimentel, abuelo
paterno del poeta, destacado en la pequeña guarnición
de aquella plaza. Provenientes de Venezuela, donde se
habían casado, sus padres vienen a Cuba por una
temporada, a la espera de un destino definitivo para
el funcionario José Francisco, que dos años
después sería enviado a trabajar en la
nada amable ciudad de Pensacola, parte de la ya moribunda
colonia española de La Florida.
Con apenas dos breves estancias en La Habana, una en
1806, camino de Pensacola, y otra en 1808, en viaje
hacia Venezuela -el nuevo destino de su padre-, José
María Heredia no vuelve a la Isla hasta 1817,
en vísperas de cumplir sus catorce años,
para vivir en su tierra de nacimiento por los próximos
dieciséis meses. Su educación, hasta entonces,
se había producido prácticamente dentro
del hogar, mientras su afición poética
comenzó a hacerse patente en el período
que va de los años 1812 a 1817, cuando vivió
en Venezuela, en medio de la agitada etapa de la lucha
independentista que obligó a la familia a frecuentes
desplazamientos dentro de aquel país.
El adolescente que en los días finales de 1817
llega a Cuba y en su todavía muy escolástica
universidad matricula el primer curso de Leyes es, entonces,
un hombre nacido en Cuba, que ha recibido de su padre
el sentimiento de ser un español de ultramar
-distinción que ya es importante y que, en su
caso, pronto comenzará a ser esencial-, que se
ha educado leyendo a los clásicos latinos y a
los poetas franceses, y que por los avatares, a los
que se ha visto lanzado en su corta vida, no pertenece
cultural ni sentimentalmente a ningún sitio.
Sin embargo, una operación extraordinaria y radical
ocurre en su carácter en ese año y medio
vivido entre La Habana y Matanzas, pues el joven que
en abril de 1819 vuelve a embarcar con su familia, ahora
rumbo a México -la última encomienda colonial
que cumpliría su padre-, ya lleva consigo la
sorprendente y casi inesperada sensación de pertenencia
a la tierra cubana. ¿Qué acontecimientos
y de qué trascendencia fueron los vividos en
la Isla en ese corto período para que aquel joven
hasta entonces sin patria definida empezara a convertirse
en algo tan etéreo y difícilmente sostenible
como "ser un cubano", en un momento en el
que apenas existía una noción de país
llamado "Cuba"? Porque aun cuando en él
palpita todavía la adquirida idea de ser un español
de ultramar o un "español americano",
como solían llamarse en esa época, ya
el joven de quince años que vuelve a cruzar el
Caribe hacia su primera estancia mexicana arrastra la
naciente y empecinada conciencia de que su arraigo espiritual
corresponde al breve territorio de la isla donde había
nacido.
Ciertamente los meses que el joven poeta había
vivido en Cuba fueron un período de intensos
cambios en una colonia en la cual, en los últimos
veinte años, se había comenzado a gestar
un verdadero milagro económico -la transformación
definitiva de lo que Manuel Moreno Fraginals llama una
"colonia de servicios" en una "colonia
de producción" gracias a la "revolución
plantadora cubana"(1)- que
trajo aparejados importantes cambios sociales, entre
los que se debe mencionar, como el más significativo,
el nacimiento de un tímido pero evidente fermento
nacionalista gracias al que, por primera vez, se tiende
una ya visible distancia de intereses entre los que
comienzan a ser llamados "criollos" y los
peninsulares, con la consiguiente conciencia de esa
distinción.
En ese período Heredia es testigo de un acontecimiento
de primer orden cuando, el 10 de febrero de 1818, se
decreta la apertura de todos los puertos de la Isla
al comercio intemacional y se proclama el fin del polémico
estanco del tabaco -que limitaba la producción
y exportación cubanas-, medidas monárquicas
que no vienen más que a refrendar una realidad
sostenida en la práctica, pero que advierten
del peso que han adquirido las fortunas e intereses
cubanos en las decisiones metropolitanas. Al mismo tiempo,
la sensibilidad del joven choca abiertamente con el
fenómeno de la esclavitud, que ha entrado con
el siglo XIX en su período más infamante,
pero que se niega a desaparecer e, incluso, se incrementa
y florece como negocio, mientras se inicia la cuenta
regresiva hacia el fin legal de la trata pactado con
Inglaterra gracias al tratado de 1817. Por tal motivo,
en estos años, los negreros españoles
y los hacendados cubanos emprenden una desesperada carrera
por llenar barracones y plantaciones con los hombres
que les garantizarían riquezas y bienestar, al
punto de que solo en los años que van de 1816
a 1820 traen a Cuba 111 041 negros africanos, o sea,
casi una quinta parte de la que por entonces era la
población total del país que, según
un censo de la época, cuenta con 553 028 habitantes,
de los cuales solo el 43% es blanco... Sin saberlo aun,
los ricos cubanos abrían de par en par las puertas
de su propia cárcel y la del futuro político
del país: la esclavitud.
Algunas de las experiencias formadoras que el joven
poeta se lleva consigo, luego de esa breve estancia
cubana, están relacionadas con el inicio de sus
estudios de Leyes en la Universidad de La Habana, con
su despertar a un romántico y platónico
amor -que personifica en la joven de solo doce años
Isabel Rueda y Ponce de León, la Lesbia o Belisa
de sus románticos poemas- y, sobre todo, con
su rápida integración a un grupo de jóvenes
aficionados a la poesía y la literatura, entre
los que se destacan Domingo del Monte, Silvestre Alfonso,
José Antonio Cintra, Cayetano San Feliú
y Anacleto Bermúdez, entre otros.
Es sin duda alguna movido por esta pertenencia a un
clan que presumiblemente ya se creía predestinado,
que Heredia compone en estos meses sus dos primeras
piezas dramáticas, Eduardo IV o el usurpador
clemente -obra en prosa y en un acto que, incluso,
llega a ser representada en Matanzas por una compañía
de aficionados, en la que actúa el propio Heredia-,
y su magnífico sainete El campesino espantado,
que escribe ya en 1819 y donde recoge una estampa típica
del campo cubano. Pero su mejor cosecha, como era de
esperar, se produce en el terreno de la poesía
y, antes de marchar a México, arma con sus manuscritos
una Colección de Composiciones de José
María Heredia, Cuaderno Segundo, en
la que reúne sus versos venezolanos y cubanos
-muchos de ellos no incluidos después en sus
Poesías de 1825 y 1832-, mientras
que en el Cuaderno Primero agrupa sus
numerosas traducciones juveniles, de originales franceses
y latinos, como el mismo Horacio.
En cualquier caso, no puede menos que resultar enigmático
que el joven Heredia comience a sentirse en su verdadero
e insustituible ambiente, mientras vive en una de las
pocas colonias españolas donde, significativamente,
no existen atisbos del independentismo que recorre toda
la América -la Venezuela de donde viene, el México
hacia donde va-, y en la que, por la existencia masiva
de negros esclavos, todavía está por fraguarse
un espíritu nacional integrador, capaz de funcionar
como un conjunto humano armónico, o al menos
como una mayoría actuante, capaz de enfrascarse
en la búsqueda de un cambio político.
En la Cuba de esos momentos las fuerzas sociales y políticas
aglutinadoras y las disociadoras atraviesan una etapa
en la que aun parece distante una posible cohesión
nacional. Según Moreno Fraginals, "Los distintos
grupos humanos estaban unidos por la cercanía,
las condiciones comunes preexistentes, el mestizaje,
la fuerza de cohesión del medio y el inevitable
contacto social; y separados por diferencias culturales,
de origen, color de la piel, niveles económicos
y condición social de libre y esclavo".(2)
Resulta evidente, con solo leer la lista de los diversos
elementos socioculturales y económicos actuantes
en el contexto cubano de la época, que las que
hemos llamado fuerzas disociadoras son mucho más
raigales y poderosas, definitivamente más pesadas
y esenciales, que las tan relativas fuerzas aglutinadoras
anotadas por el historiador, quien de inmediato argumenta:
"No existe una fórmula para expresar lo
que había de común en estos grupos diferenciados,
pero tampoco se puede hacer énfasis solo en las
diferencias. Todos poblaban el reducido espacio geográfico
cubano y mantenían la inevitable relación
libre-esclavo, blanco-negro, cultura europea-cultura
africana, ciudad- campo, rico-pobre, peninsular-criollo,
etcétera. Quizás la diferencia máxima
pudiera encontrarse entre la cima de la sociedad blanca
dominante y el abismo de la sociedad negra esclava de
la plantación. Naturalmente que si analizamos
solo estos extremos, omitimos la riquísima gama
intermedia donde se gesta la nueva sociedad que el tiempo
va impregnando de un cierto color cubano" (3).
En un punto impreciso -pero poblado de premoniciones
y atisbos iluminadores- de esa "riquísima
gama intermedia" parece haber encontrado su espacio
el joven que sale de Cuba hacia México, donde
apenas vivirá en esta ocasión un año
y medio. Porque el Heredia de estos momentos es ya,
a sus quince años, un hombre de una sorprendente
precocidad y madurez literaria, como queda demostrado
con la escritura, en estos meses, de dos de sus más
importantes composiciones poéticas: Al Popocatepetl
y, sobre todo, En el teocalli de Cholula, que
ha llegado a ser considerada, incluso, la más
perfecta y profunda de sus creaciones y el primer gran
poema del romanticismo poético iberoamericano.
Al seguir la evolución poética y cultural
de Heredia, en función de su apropiación
de la patria, encontramos un texto, ubicado justo en
el momento previo o posterior a su llegada a México,
que anuncia ya las futuras nociones del poeta. Escrito
en 1819 y publicado por primera vez en la edición
de sus Poesías de 1832, A
Elpino pudiera ser uno más de sus poemas
de temática amorosa tan abundantes en este período,
paralelo quizás a uno anterior titulado A
Julia -no incluido en sus obras editadas-, pues
su asunto tiene que ver con los amores que, por los
avatares de la vida, quedan atrás cuando el bardo
-con su espíritu esencialmente romántico--
parte hacia otras tierras. Pero mientras A Julia
es apenas un adiós al platónico amor que
permanece en Caracas cuando Heredia viaja a Cuba, A
Elpino es una despedida al amor que queda "en
la patria", a través de un canto al amigo
que vuelve a ella...
Tú,
empero, partes, y a la dulce patria
Tornas ... ¡Dado me fuera,
Tus pisadas seguir! [...]
[...]
¡Oh! ¡cómo palpitante saludara
Las dulces costas de la patria mía,
Al ver pintada su distante sombra,
En el tranquilo mar del mediodía!
Aunque
la patria aquí evocada está desprovista
de toda la carga política, propia del siglo XIX,
que Heredia le conferirá en los próximos
años, el hecho de que por primera vez el poeta
identifique a Cuba con "la patria" -y, además,
la llame "dulce patria" y la vea a través
del mar, límite invencible- es en su caso una
advertencia demasiado importante como para no ser tomada
en cuenta. "La patria" a la que ha cantado
Heredia en 1819, delimitada por "dulces costas"
y "el tranquilo mar" es, cuando menos, un
espacio geográfico preciso, enmarcado por el
océano que le otorga una entidad física
diferenciada y propia -escalón indispensable
en el ascenso hacia una singularidad nacional-, un carácter
insular sobre el que volverán, una y otra vez,
los escritores cubanos del XIX y de todo el siglo XX.
Ya radicado en México -por un período
que podía ser tan extenso como definitivo- ocurre
un suceso de orden familiar y dos acontecimientos políticos
de primera importancia que sin lugar a dudas funcionarán
como catalizadores del pensamiento ético, civil
y humano de Heredia.
El primero es la muerte de su padre, el funcionario
José Francisco Heredia, acaecida en octubre de
1820, hecho que da otra vuelta de tuerca a la inescrutable
y a la vez predestinada fortuna que reconduciría
a Heredia en su camino hacia la cubanía presentida.
La muerte del padre coloca a la familia en una difícil
circunstancia económica que tiene su primera
repercusión trascendente en la decisión
de María de la Merced .de volver a Cuba con sus
hijos, donde vivirán bajo la protección
de Ignacio Heredia, el joven abogado radicado en la
entonces provinciana pero ya pujante ciudad de Matanzas.
Al morir, luego de larguísimos años al
servicio de la metrópoli, José Francisco
deja prácticamente en la miseria a su familia
e, incluso, su viuda debe acudir a la ayuda de algunos
amigos mexicanos para ofrecerle un sepelio decente al
probo funcionario. La injusticia que entraña
esta situación caló de manera profunda
en la conciencia del joven Heredia, que siente en carne
propia la ingratitud de la corona española para
con sus más fieles servidores en el lejano mundo
americano. tal como lo expresa en la biografía
de su padre que entonces escribe y publica en el Semanario
Político y Literario, de México.
Al mismo tiempo, Heredia vive en el viejo virreinato
la experiencia de la ya indetenible vocación
separatista que ha prendido entre los mexicanos luego
del primer intento revolucionario de Hidalgo y Morelos,
y que ha provocado un notable cambio en la mentalidad
de los intelectuales y los hombres públicos del
país, la mayoría de los cuales se sienten
cada vez más cercanos a la opción separatista.
Pero, para acentuar el ambiente de cambios, también
hasta el México de 1820 llegan los ecos de la
sublevación de Riego y sus soldados, y la consiguiente
reinstauración de un régimen constitucional,
jurado incluso por Fernando VII sobre el texto de la
liberal y revolucionaria Constitución de 1812,
tan cercana al espíritu político del iluminismo
y el racionalismo francés, de clara raíz
individualista, celosa de los derechos del hombre y
que, al menos en su letra, equipara en derechos a los
españoles nacidos en una y otra orilla del Atlántico.
De inmediato esta suma de acontecimientos y experiencias,
de decepciones y aprendizajes, tendrán un reflejo
en la lírica herediana. Así, en su ciclo
poético por lo general reunido como Poesías
cívicas y revolucionarias, es fácil
advertir la vertiginosa evolución que sufre el
escritor entre los años 1820 y 1823 en lo que
a la definición de la patria se refiere -y ya
en un sentido estrictamente político del término-,
pero a la vez también la aparición de
ciertas actitudes e ideas sociales y filosóficas
que lo acompañarán hasta sus días
finales, marcados por la decepción política
y la renuncia a algunos de sus ideales.
De aquel año 1820 vivido en México son
varios textos de carácter cívico de especial
relevancia: poemas como 1820, España Libre,
el Himno poético al restablecimiento de la
Constitución, y El Dos de Mayo
muestran a un Heredia que -a pesar de A Elpino-
se asume todavía como español -aun cuando
lo sea "de ultramar"- y que, por tanto, siempre
se refiere a España como la patria ("iOh,
patria mía!", "iGloria eterna a mi
patria!", clama en España libre),
significativamente entusiasmado por la nueva libertad
de que ésta disfruta a partir del establecimiento
de un sistema constitucional. Una aparición constante,
visible y sostenida en cada uno de estos poemas, es
su regocijo por la libertad civil e individual que reporta
el nuevo estadio político, así como su
abierta oposición a la tiranía, en cualquiera
de sus formas, asunto que ya había aparecido
-expuesto de forma magistral- en En el teocalli
de Cholula. Sin embargo, la falta de una perspectiva
histórica sobre la significación de este
momento, que Heredia saluda mientras se van produciendo
los acontecimientos, lo llevan a exaltar incluso la
figura de Fernando VII -algo que por estos años
también hará Félix Varela, aunque
por otros motivos-, pues asume que el monarca español
se ha convertido en defensor del derecho ciudadano y
nacional que encarna la progresista Constitución
que debía poner fin al absolutismo monárquico
y abrir paso a un sistema más democrático.
Así, los ecos de los grandes principios de la
filosofía y la praxis revolucionaria francesa
y la fe constitucionalista -típicamente decimonónica,
tan herediana- se advierten ya con nitidez en el pensamiento
del joven de apenas diecisiete años que abraza
sin reservas la causa de la libertad, la oposición
a cualquier forma de tiranía, la defensa de la
ley constitucional -la llama "el Libro sagrado"
en el Himno patriótico- como bien común
para los ciudadanos de la patria a la que aún
se siente ligado. Al fin las nociones de libertad social
e individual que el poeta trae consigo desde sus primeros
atisbos literarios -y que lo hizo reaccionar contra
la esclavitud humana, tan visible en Cuba- encuentran
un cuerpo legal sobre el cual fundarse y que Heredia
levantará entusiasmado como el mejor estandarte.
De tal modo, el José María Heredia que
vuelve a Cuba, en febrero de 1821, parece un hombre
decidido a encontrarse a sí mismo, libre al fin
de la compacta tutela de su padre, gozoso de sumergirse
en un ambiente que lo fortalece y con el cual se comunica.
Dos de las preocupaciones sociales y políticas
que lo obsesionan desde entonces -y que mucho influirán
en la consolidación de su sentimiento de "cubanía"-
hallarán su cauce definitivo durante el regreso
a la Isla: la primera es su ya abierta repulsión
al sistema esclavista y al hecho mismo de la esclavitud
humana, que constituyen el sostén socio-económico
de la sociedad cubana y la cadena que ata todas sus
decisiones políticas. Ahora, de manera consciente
y organizada, el joven se pronuncia contra la esclavitud
-ya lo había hecho en un poema temprano (1817)
titulado Canción hecha con motivo de la abolicion
del comercio de negros-, en la que fuera su tesis
para obtener el grado de bachiller en Leyes en la Universidad
de La Habana, dedicada a la falta de derechos de los
esclavos en la antigua Roma, pero sin duda cargada de
intenciones y lecturas contemporáneas. Su segunda
gran preocupación, mucho más esencial
y trascendente, es su cada vez más abierta admiracion
por el sistema constitucional del que, para el caso
específico de Cuba -donde siguen sin aparecer
atisbos de separatismo-, espera reporte una necesaria
democratización y patentes ventajas ciudadanas
-incluida, quizás, la misma abolición
de la esclavitud y, por ende, la incorporación
del negro a una sociedad de la que también sería
ciudadano.
En sus cartas, poemas y actitudes de esos momentos es
fácil constatar que el Heredia de 1821 es ya,
si no un americano, o ni siquiera todavía un
cubano, al menos resulta un individuo "no peninsular",
casi "no español", enfrascado en una
dramática búsqueda de pertenencia a una
cultura, un territorio, una sensación de país
sobre la cual levantarse. Algo de destino insondable
hay en el hecho de que en tierra cubana, donde viviría
ahora el año y diez meses más importantes
de su vida, Heredia perfile todas esas necesidades e
intuiciones, para convertirse, ya de forma definitiva,
en algo que hoy podemos considerar como "un cubano",
pero sazonado con las agravantes magníficas de
ser el primer gran poeta cubano, el primer gran desterrado
cubano y el primero de los nacidos en esta Isla condenado
a morir en el exilio, sin haber encontrado jamás
una cura para esa compacta nostalgia por la patria que
también él, precisamente él, inaugura
entre nosotros...
notas:
1.- Manuel Moreno Fraginals. Cuba-España,
España-Cuba: Historia común.
2.- Ibídem, p. 170.
3.- Ibidem, pp.170-171.
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