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Durante
un par de meses del pasado año, el portal electrónico
de Cubaliteraria publicó un manojo de crónicas
remitidas desde Londres por un profesor de la Facultad
de Comunicación de la Universidad de La Habana,
que hacía por entonces una parte de su residencia
doctoral en la capital británica.
De semejante experiencia nació Un juego
de Pelota en Londres y otras crónicas exageradas,
libro en formato electrónico que Ediciones
Cubaliteraria escogiera para inaugurar su colección
de textos ordenados en la forma de cuadernos que pueden
ser descargados gratuitamente en su sitio de www.cubaliteraria.com.
Para los lectores de La isla en peso seleccionamos
el texto que da nombre al libro. Ojalá se sienta
en él que la impronta de la crónica
erudita y sabrosa que dejaran entre nosotros Jorge
Mañach y Alejo Carpentier -por solo mencionar
un par de nombres de entre quienes dieron lustre a
la crónica literaria y periodística
cubana reciente- no terminó en terreno baldío.
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| Un
juego de pelota en Londres |
Los
ingleses no saben nada de pelota. Ni siquiera saben
que ellos, los ingleses, fueron los primeros campeones
mundiales, vencedores en aquel raquítico primer
campeonato mundial de aficionados, en 1938, en donde
tan solo se presentó otro equipo a disputarles
el título, Estados Unidos. Una misteriosa Federación
Británica de Béisbol, de la que nadie
ha oído jamás hablar, organiza pacientemente
los campeonatos nacionales desde 1890, casi sin interrupciones
apreciables. Por desgracia, la prensa no le dedica ninguna
atención a tan agitados eventos, cuya calidad
no nos atrevemos a imaginar. En el campeonato del 2001,
los feroces Bucaneros de Brighton destronaron a los
temibles Guerreros de Londres, que les habían
arrebatado el título el año anterior.
Es muy loable el entusiasmo de esos aficionados británicos
al béisbol, que no son muchos, pues según
la propia Federación el número de jugadores
registrados en todo el Reino Unido es de solo dos mil.
Es muy probable que los campeonatos transcurran en la
mayor intimidad, con un público compuesto casi
exclusivamente por familiares y amigos de los jugadores,
sin bullicio, ni insultos, ni discusiones virulentas,
ni enfermiza rivalidad. Esos juegos de pelota del campeonato
británico deben ser casi como bailes de la corte,
todo cortesías y zalemas elegantes. Ningún
jugador blasfema, ninguno gargajea, ninguno se soba
procazmente la entrepierna. ¿Habrase visto jamás
forma más insípida y aburrida de jugar
a la pelota? Deberíamos invitar a los Bucaneros
de Brighton a realizar en Cuba una demostración
de civilidad beisbolera. Definitivamente, los ingleses
no saben nada de pelota.
Tanto más extraño que entre las obras
más aplaudidas esta temporada en los teatros
del West End londinense aparezca una de béisbol,
Take Me Out, que esta
semana ha cerrado triunfalmente sus presentaciones en
el Donmar Warehouse el teatro que dirige San
Mendes, famoso por American Beauty.
Cierto, el Donmar es un teatro pequeño, que no
es difícil llenar. Pero sus producciones, originales,
riesgosas, siempre rigurosas e interesantes, han otorgado
a la salita notable prominencia en el itinerario de
los aficionados al teatro dramático en Londres,
que, pueden creerme, son muchos más que los aficionados
al béisbol. El éxito de Take Me
Out ha sorprendido a algunos críticos,
y acaso podría decirse que los ha ofendido. Michael
Billington, en The Guardian, declaró que el estreno
mundial de una obra sobre béisbol en la menos
beisbolera de las ciudades, Londres, "da la medida
de nuestra infatuación con Estados Unidos".
Billington apuntó, amargamente, que era difícil
imaginar que un teatro de Nueva York devolvería
el cumplido "estrenando una obra sobre críquet".
Su colega del fraterno The Observer, Sussanah Clapp,
fue más generosa, y reconoció que incluso
a ella, "la menos interesada en el juego y en los
jugadores", Take Me Out la había
convencido de que "el béisbol puede ser
una obsesión, y un juego que puede estar lleno
de significado". Es lo mismo que yo trato de explicarle
a algunos amigos a los cuales la simple mención
del béisbol les provoca arcadas de asco. Estos
amigos creen que el béisbol es fastidioso, demasiado
estático, lento, exageradamente complicado y
carente de belleza atlética. Algunos incluso
creen que el juego de pelota, que exalta la fuerza bruta
de los sluggers, la picardía de los robadores
de base, el poder arrogante y solitario de los pitchers,
y la feroz guerra de vanidad por el liderazgo en los
averages, es una pequeña antología de
los peores rasgos de nuestro carácter nacional.
No les falta razón. El béisbol es un deporte
lleno de vicios. Pero aún así, lleno de
vicios, injusto, trágico, a veces brutal, debo
admitir que me sigue fascinando.
Aunque quizás ya no tanto como en aquellas viejas
noches de la adolescencia, en la Lenin. (La Lenin fue
en una época, y tal vez todavía es, no
podría asegurarlo, uno de los mejores internados
de Cuba). En las noches de la Lenin, cuando se apagaban
las luces en los albergues, y los profesores se retiraban,
la vida continuaba secretamente, los muchachos adquirían
una libertad limitada, frágil, siempre a punto
de ser cancelada otra vez por el regreso inesperado
de un profesor, pero libertad al fin, que en el régimen
de disciplina casi militar que regía en la escuela,
era la posesión individual y colectiva más
preciada. Aquella libertad tenía clásicos
defectos, la anarquía, la falta de ley, el abusivo
imperio de los más fuertes, la desprotección
de los más débiles. Ah, pero era mil veces
preferible a la persecución de los directores,
que imponían castigos por cualquier minucia,
a los varones por tener el pelo ligeramente largo o
los pantalones muy estrechos, a las muchachas por tener
las medias caídas o por lucir en el pelo hebillas
de otro color que los colores nacionales. La escuela
funcionaba con la precisión de un reloj suizo,
y los muchachos estaban siempre corriendo para llegar
a tiempo a todas partes, al acto matutino, a la lectura
del periódico, al comedor, a la clase de Español,
al laboratorio de Biología o al de Física.
Por los altavoces, los profesores y directores daban
continuas instrucciones. "Son las seis y cuarto
de la mañana...", tronaba una voz en el
silencio del amanecer. "¡Es hora de levantarse!
¡Va a comenzar la gimnasia matutina!". Luego:
"¡Quedan dos minutos para comenzar el matutino!
¡Todos los estudiantes deben dirigirse al área
de formación!". O bien: "¡Son
las ocho menos cinco! ¡Todos los estudiantes deben
dirigirse a la plaza de formación para ver el
noticiero!" Por la noche, al fin, a las diez y
cuarto, al apagarse la luz en los albergues, los muchachos
disponían de ocho horas enteras para ellos mismos,
y siempre que no se enteraran los profesores, podían
hacer lo que les placiera. Había, sin embargo,
pocas distracciones que animaran aquellas largas noches.
La noche del domingo, el día en que los muchachos
volvían a la escuela después del pase
de fin de semana, noche triste y nerviosa, de sábanas
limpias y frías. La noche del lunes, pesada,
densa, el fin de semana parecía inalcanzable,
cinco días parecían tanto como mil años.
La noche del martes, noche de brujas, lo peor siempre
pasaba un martes. La noche del miércoles, abierta
y brillante, el fin de semana comenzaba a vislumbrarse
en el horizonte. La noche del jueves, noche de recreación,
caótica y festiva, que era a veces antesala de
la libertad plena, cuando tocaba pase el viernes, cada
quince días. La noche del jueves era la mejor
noche, los muchachos podían bailar, y para los
que no bailaban, en el cine de la escuela pasaban películas
rumanas, checas y polacas, que parecían filmadas
por los camaradas Ceausescu, Husak y Jaruzelsky en persona,
tan aburridas eran. Finalmente, la noche del viernes,
en las semanas largas, cuando el pase tocaba el sábado,
noche despejada y feliz, no había que preocuparse
por entregar tareas el día siguiente, y los muchachos
podían terminar de comer los restos de golosinas,
carne enlatada o frutas que habían traído
de sus casas el domingo para atenuar el hambre cruel
de toda la semana. Las noches eran largas, todo lo largas
que pueden ser las noches en esa bendita edad, electrizadas
por la tensión del crecimiento, de la temprana
adultez, por feroces, mal satisfechos apetitos sexuales,
y por los muy grandes conflictos de la delicada política
social de los grupos juveniles. En los albergues de
varones había largas conversaciones clásicas
sobre mujeres. Es de imaginar que en los albergues femeninos
había igualmente largas conversaciones sobre
hombres, aunque tal vez más recatadas, y con
un lenguaje más depurado. Algunos muchachos contaban
sus aventuras, los avances que iban realizando en la
exploración de los cuerpos de sus novias, algunas
de las cuales al fin consentían en ir hasta la
Loma del Cake, un montecito en las inmediaciones de
la escuela donde tenían lugar continuamente iniciaciones
y desvirgamientos. Algún día se colocará
un monumento recordatorio en la Loma del Cake, que era,
además, sitio donde se dirimían duelos
de honor, o donde se refugiaban los ladronzuelos que
se robaban la merienda del grupo, casi invariablemente
masarreal o torticas, aunque a veces había marquesitas
o pie de guayaba. En las noches, la tensión en
los albergues podía rápidamente degenerar
en peleas, o era descargada sobre unos pocos desgraciados,
los débiles, los afeminados, los díscolos,
todos los que no encajaban en aquella pequeña
sociedad que replicaba tristemente los prejuicios, el
desorden y los crímenes del mundo de los adultos.
En aquellas noches, la pelota, que escuchábamos
en un radiecito Juvenil 80, orgullo de la industria
nacional, era el entretenimiento mayor, y el único
punto de contacto con el mundo exterior de aquellos
niños náufragos, el único contacto
con la vida que transcurría fuera de la escuela
y que no terminaba a las diez y cuarto sino que se prolongaba
felizmente toda la noche y hasta la madrugada. Quizás
ahora ya la pelota no me fascina tanto como en aquellas
noches de la Lenin, pero entonces me parecía
que el centro del mundo estaba en el estadio Latinoamericano,
o en cualquier otro estadio donde estuvieran jugando
los Industriales, un sitio lleno de luz y de calor humano,
de angustia y de placer, distante a mil años
de nostalgia de la caverna lúgubre que era la
escuela cuando se apagaban las luces. Desde algún
rincón de Cuba nos llegaban a la escuela todas
las noches, a mediados de los candorosos años
ochenta, las voces de Armando Fernández Lima
y Ángel Miguel Rodríguez, la pareja de
narradores de COCO,
que era la mejor del país, mejor en todo caso
que la dupla de Radio
Rebelde, a la que siempre le sospechamos velados
sentimientos antindustrialistas. "¡Sssssstriiiike
caaantadoo, lo rrrrretrataron en el home play!",
gritaba Ángel Miguel, y si el ponche lo había
propinado un pitcher de Industriales, el albergue estallaba
de emoción, con excepción de los impopulares
seguidores de Vegueros o de Villa Clara, u, horror mortis,
de los abominables santiagueros, colados entre aquella
jauría de habaneros sectarios. En la Lenin vivimos
apasionadamente todos los grandes acontecimientos beisboleros
de la época, el más feliz de todos, la
victoria de Cuba en el campeonato mundial del 88, cuando
en la situación más desesperada contra
Estados Unidos, Lourdes Gourriel empató el juego
con un jonrón, y luego nuestro héroe,
Lázaro Vargas, conectó el hit del triunfo
definitivo contra los yanquis. El momento más
triste fue la final del fatídico campeonato del
89, cuando en el noveno inning del último juego,
en el Guillermón Moncada de Santiago de Cuba,
con las bases llenas y dos outs, el gran Euclides Rojas
dio un pelotazo a Juan Manrique y los Industriales perdieron
un título que habían merecido ampliamente.
Año tras año, los Industriales nos decepcionaban
cruelmente, pero sin remedio volvíamos a enrolarnos
en su causa cuando comenzaba la nueva temporada. Aquel
era el Industriales mágico que había ganado
el campeonato del 86 con el jonrón de Marquetti,
un momento tan hermoso que fue mejor que en las películas
de béisbol. Industriales, después, perdió
todos los campeonatos, pero siempre jugando con más
elegancia, clase y precioso estilo que sus bastos y
deslucidos rivales, y eso nos proporcionaba algún
consuelo. Aunque al final se derrumbaran, los Industriales
nos alegraban las noches de la Lenin cuando realizaban
alguna estupenda jugada, tal vez un doble play de Juan
Padilla y Germán Mesa, tal vez una atrapada de
Javier Méndez en el jardín central, que
nosotros no veíamos, pero que en la descripción
de Fernández Lima o de Ángel Miguel Rodríguez
parecía aún más hermosa que en
la realidad. Ahora Industriales es un equipo anémico,
decrépito y arruinado. Pero todavía yo
les guardo respeto y una profunda, aunque dolida, lealtad.
En la Lenin el deporte más practicado no era
el béisbol, que es tan difícil. Los partidos
de béisbol en las competencias de la escuela
eran aburridísimos, los pitchers regalaban continuas
bases por bolas, y los errores ocurrían a tutiplén.
En cambio, los partidos de fútbol o los de baloncesto,
más fluidos y despejados, resultaban muy emocionantes
y atraían grandes concurrencias. A veces, los
muchachos jugaban algunas variantes más fáciles
del juego de pelota, el cuatroesquinas, o el taco. Allá
por el 89, yo jugaba al taco con R., cuya ineptitud
deportiva era proporcional a la mía, por lo que
nos repartíamos triunfos y derrotas. R. era un
muchacho orgulloso y huraño, incluso algo arrogante,
aunque en realidad bajo aquella capa de soberbia hubiera
miedo y confusión. Un día desdichado cayó
en poder de algún chismoso el diario de R., en
el que este, con un candor exquisito, contaba sus aventuras
homosexuales en la ciudad, los fines de semana. Un tribunal
masculino se reunió de emergencia para juzgar
a R. sumarísimamente, y aconsejó al pobre
abandonar la escuela antes de que los otros varones
del albergue lo atraparan y le dieran una feroz paliza,
que era la forma habitual en que casos semejantes eran
ventilados. El consejo, en realidad, era un dictamen
de expulsión deshonrosa, incluso viniendo de
mi grupo, que era una banda de noblones, buenos muchachos
que vivían en paz, estudiaban desganadamente,
quemaban todos los días para impresionar a las
bellas con sus abultados músculos, y discutían
con agitado interés todas las nuevas noticias
que llegaban de la perestroika soviética, que
por entonces era el tema de mayor atracción después
del sexo y del béisbol. Todo en aquella época,
el sexo, la política y el béisbol, estaba
mezclado. Cuando Mijail Gorbachov paseó en triunfo
por Rancho Boyeros, nuestra escuela acudió a
saludarlo, pero nosotros llevamos nuestro radiecito
para escuchar la transmisión de un insignificante
juego entre Ciudad de La Habana y Camagüey, que
entonces nos parecía tan trascendental como la
amistad cubano-soviética. Dados los acontecimientos
posteriores, no nos faltaba razón. R. se fue,
evitando al menos la suerte fatal de otros desgraciados
que se fueron de la escuela medio muertos, después
de pasar por las manos de un pelotón de torturadores,
sus propios compañeros. Dondequiera que R. esté,
ojalá que no nos haya perdonado.
Es curioso que en Take Me Out (¿se
acordará el paciente lector de Take Me
Out, el verdadero tema de esta crónica?)
el hecho que desencadena el conflicto dramático
sea precisamente que el protagonista, Darren Lemming,
uno de los mejores jugadores de las Grandes Ligas, líder
de los Empires, gran bateador, admirado por sus compañeros,
adorado por el público, un formidable héroe
moderno, revele de repente que es homosexual. Curioso,
porque los jugadores de béisbol, pura testosterona
y soberbia machista, no parecen, a primera vista, personajes
propios de una historia de confusiones sexuales. Este
detalle, seguramente, explica el interés que
la pieza ha despertado incluso entre espectadores completamente
ignorantes de las reglas del béisbol. Por fortuna,
Darren Lemming, interpretado enérgicamente por
Daniel Sunjata, no es el típico héroe
de tanta mediocre y obsesiva literatura gay, sino un
carácter vigoroso, pleno, desafiante y viril,
que no atraviesa crisis de identidad sino políticas,
de relaciones sociales. "Yo voy a tener sexo, y
lo voy a hacer porque soy rico y famoso y talentoso
y bien parecido, así que es ley que lo haga",
proclama Lemming. "Preferiría hacerlo con
un hombre, pero, en realidad, cuando todo esté
dicho y hecho, preferiría más bien jugar
béisbol". Un amigo le da un consejo a Lemming,
que parece tan seguro de sí mismo: "Hasta
que no ames a alguien no conocerás tu propia
naturaleza". Ese consejo provocará finalmente
una tragedia, un crimen en pleno terreno de béisbol,
un pelotazo mortal lanzado contra la cabeza de un bateador.
¿Accidente? ¿Asesinato? El autor de Take
Me Out, Richard Greenberg, y el director, Joe
Mantello, se toman casi tres horas para aclarar ese
misterio. Tres horas es mucho tiempo en el teatro, y
Take Me Out, después de un primer
acto brillante, en el que las acciones alcanzan un ritmo
mucho más veloz y excitante que el del propio
béisbol, se prolonga demasiado en el segundo
acto y languidece francamente en el tercero. La atención
de los espectadores no decae tanto gracias la imaginativa
recreación de los escenarios de la acción,
los vestuarios del estadio, las duchas, la televisión,
una habitación cualquiera y sobre todo, milagrosamente,
el mismo terreno de béisbol, un teatro dentro
del teatro. También habría que agradecer
las actuaciones de todo el reparto, actores que el público
ha visto antes haciendo papeles menores en algunas estupendas
series norteamericanas como Sex and the City,
The Sopranos o NYPD,
pero que nadie recuerda. En particular, son muy apreciables
las actuaciones de Neal Huff, que interpreta a Kippy
Sunderstrom, el jovial narrador, amigo de todos, tolerante
y bondadoso, que tendrá al final mayor implicación
en los hechos de lo que parecía al principio,
y la de Denis O'Hare, en el papel del Mason Marzac,
el agente de negocios de Darren Lemming, homosexual
contenido y renuente, con los nervios a flor de piel
y el corazón brincándole en el pecho cada
vez que el titánico Lemming lo mira a los ojos
o le roza la pierna. O'Hare, generoso en sus emociones
y en sus gestos, tiene el mejor momento de la noche
cuando pronuncia el largo monólogo de Marzac
acerca del significado del béisbol. Después
de todo, Take Me Out es solo un pretexto
para la celebración del juego, y si algún
espectador estaba más interesado en discutir
políticas sexuales y no en el misterio del béisbol,
debe haber salido decepcionado. No en balde, en el programa
de la función fue incluido un glosario de términos
técnicos del béisbol que a los cubanos
nos resultan muy familiares pero que los ingleses desconocen
totalmente. Take Me Out es una historia
de amor, pero no entre hombres, como pensaron muchos
despistados, sino de los hombres con el juego. "El
béisbol es el verano, limonada y mi papá",
declara nostálgicamente un personaje. Pero Mason
Marzac, que no juega, es el que mejor lo explica. Cuando
el enfurecido Lemming quiere abandonar el béisbol,
Marzac se horroriza. Su vida, le explica Marzac a su
cliente, ha quedado transformada desde que asiste a
los partidos. Antes no sabía las reglas, ahora
toda su vida pende de un out o de un hit. "La vida
es tan corta, y tan ordinaria... tú me has sacado
de ese hastío", le dice Marzac a Lemming,
pero esa declaración de amor no está dirigida
al hombre hermoso, sino al glorioso jugador. "El
béisbol", dice Marzac-O'Hare, arriesgadamente,
"es una metáfora de la esperanza en una
sociedad democrática". Suspira, y explica:
"En el béisbol, todo el mundo tiene una
oportunidad, y la posibilidad de sacar el mayor partido
de ella". Es cierto, de alguna forma, el béisbol
es una alegoría de la delicada relación
de equilibrios entre el individuo y el grupo, la victoria
es una realización colectiva, pero la contribución
de cada quien está claramente marcada, se sabe
quién jugó bien y quién cometió
errores fatales. Cada uno tiene derecho a gozar por
un instante de toda la atención, cuando le toca
el turno de batear se convierte en el jugador más
importante. Depende de él aprovechar ese instante,
alcanzar la gloria, o bien, si falla, hundirse en la
oscuridad y el olvido. Pero el béisbol es un
juego de permanente optimismo. En el béisbol,
"nunca es demasiado tarde", dice Lemming en
algún momento, hasta que no termina el juego
no desaparece la ilusión de la victoria. "Es
lo mejor de todo", admite también Marzac,
"en el béisbol no hay reloj". Siempre
queda una oportunidad para la redención, individual
y colectiva, un jugador mediocre y despreciado puede
un día salvar un juego, y un equipo debilucho
puede ganarle con irritante frecuencia al equipo campeón.
Debe ser por eso que el béisbol fue tan importante
para nosotros en las viejas noches de la Lenin. Ahora,
precisamente cuando los recuerdos de la Lenin se han
vuelto al fin más tolerables, mi interés
por la pelota se ha atenuado, sigo los campeonatos más
distraídamente y no albergo vanas esperanzas
en una resurrección de los Industriales. Pero
todavía, cuando el campeonato termina, siento
brevemente la misma sensación de abandono, de
repentina soledad y desprotección, de hastío
y desinterés por la vida cotidiana, que sentía
en la Lenin cuando se terminaban los juegos al final
de la primavera, los jugadores se iban de vacaciones
y la radio callaba. "Ah, ¿qué vamos
a hacer hasta la próxima temporada?", exclama
Marzac al final de Take Me Out. Esa
misma pregunta me hacía yo, al sacar la cuenta
de que todavía faltaban dos meses para el fin
de curso y muchas largas noches vacías.
Juan
Orlando Pérez (La Habana, 1972) Profesor
de la Facultad de Comunicación de la Universidad
de La Habana. Obtuvo el Premio Nacional de Periodismo
Cultural. Textos suyos dedicados al impacto de la
comunicación de masas en la sociedad cubana
han aparecido en diferentes publicaciones de Cuba
y el exterior.
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