En
la entrega pasada de La isla en peso, reprodujimos un
puñado de poemas del libro inédito de
Liudmila Quincoses Clavelo, Plaza de Jesús.
Y ahora les ofrecemos el otro lado de su poesía,
las orientaciones posibles de esas angustias que justifican
el acto de crear. Porque apenas hay que dejarla hablar
para reconocer los ángeles y demonios que la
azotan.
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| Retrato
del artista (no tan) adolescente
Dean
Luis Reyes
Foto: Janett
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Hoy
no es un buen día para Liudmila Quincoses.
En estas jornadas de la XII Feria del Libro le han
llovido los elogios, recogió su premio en el
concurso Nosside Caribe, pero me confiesa su tristeza.
Para consolarla, evoco cuando nos conocimos, primero
en un taller literario de Sancti Spiritus; luego,
en la consulta de un sicólogo. A ella le imputaban
el "vivir en las nubes"; a mí, una
desmedida suficiencia. Según la doctora, la
cura de Liudmila era irse a hacer colas; yo debía
cuidar mis arranques de autoconfianza. Ahora descubro
que no pudieron corregirnos.
Presumo que con semejante estado de ánimo va
a arruinarse nuestro diálogo. Aún así
insisto y nos ocultamos en un salón separado
del barullo ambiental por una estrecha puerta. Digo:
-
Tu poesía casi siempre ha sido identificada
con una suerte de rapto místico, de mirada
desde lo religioso o metafísico a lo cotidiano
del mundo. Esa definición tendió a encasillar
tu obra, y como que te acomodaste a ella. Pero en
tus dos últimos libros percibo una ruptura.
¿Me equivoco?
- Creo que he dejado de ocuparme de los asuntos ocultos
para describir y contar el mundo que me rodea. Siento
que hay lugares, casas, habitaciones, personas, que
me interesan muchísimo. Fíjate que Plaza
de Jesús es muy descriptivo, describe
hasta el cansancio lugares, estados de ánimo,
como si fuese un cuentecito.
"Yo puedo haber visto esta sala donde estamos
conversando toda la vida, pero hay ciertos días
en que me levanto (y a eso se le puede llamar estado
de inspiración) y la veo con otros ojos (que
pueden ser los ojos de la poesía, del alma,
no sé). Entonces se me revelan cosas, como
la vida que tuvo este lugar antes. Aunque me veas
riéndome allá afuera y esté rodeada
por dos mil personas, es un sentimiento de soledad
angustioso; es de ahí de donde viene toda mi
poesía. Son momentos de soledad, días
de soledad extrema: por ejempo, hoy es un día
en que estoy muy sola y me siento muy mal.
-
No lo parece.
- Pero es verdad. Me siento sola en un lugar y sale
todo eso de dentro de mí. Pero me he acostumbrado
a vivir así. Tengo que hacerlo, pues a veces
ese estado dura un mes. Es como si fueran dos yo...
-
Creo que eso tiene que ver con la madurez. Y no creo
en la madurez como el acabamiento de las ilusiones
y los platonismos, sino que uno se reviste de una
capa cultural que le permite sobrevivir entre los
otros. ¿Será ese tu caso?
- Es que los otros exigen de ti normalidad: que te
rías, converses, seas normal.
-
Así es, pues lo esencial no se afecta. Esas
son cosas accesorias.
- Gracias a Dios, porque hay gente que sufre mucho
eso. Entonces yo he logrado ser dos personas distintas:
la que soy en realidad y esto que tú ves. Pero
incluso esto que ves me gusta muchísimo, pues
¿por qué mi melancolía interior
me va a afectar hablar con la gente que yo quiero?
-
¿Y cómo llegaste a esa conclusión?
- No sé. Nunca pienso en eso. Será que
como vivo en sociedad... Hoy Jorge Enrique Adoum me
ahorró mucho sufrimiento, porque yo tenía
mucha confusión en la cabeza; entonces fui
a su conferencia, me senté, y él me
lo aclaró todo. Qué fácil, qué
manera de ser inteligente, me dije. Porque yo no soy
así: yo sufro y ya. Aunque no es una angustia
que me imposibilite, sino que la utilizo para la poesía.
Es mi mirada: mi libro Plaza de Jesús
es como yo veo las cosas. Siempre trato de ver lo
que hay detrás; por ejempo, lo que hay detrás
de esta mesa (acaricia la superficie donde la
grabadora atiende a nuestras voces) es una fábrica,
una materia prima, gente que la hizo. Si tengo esta
camisa en la mano (y pasa los dedos por los cuadros
celestes de mi manga) pienso que una vez una
persona la dibujó, otra la cortó, hasta
un día que llegó a ti por una cantidad
de ciclos y procesos, desde ese momento hasta este.
Es lo que pasa con mi poesía también.
-
Tanto en Los territorios de la muerte
como en Plaza de Jesús percibo
tu inclinación hacia la experiencia del acabamiento.
Veo que escarbas en las razones por las que habitamos
un mundo de cosas mortales. ¿Vives esa necesidad
como un deseo agónico?
- No, es muy natural. Es lo que pienso de las cosas.
Qué es este lugar donde estamos hablando sino
un territorio de la muerte. La muerte toca todos los
lugares y está en todas partes. Aunque uno
no quiera pensar en eso, es verdad. Tú no te
miras al espejo sin imaginarte el viejo que vas a
ser. La muerte como tal siempre me ha interesado mucho,
pero ahora me interesa más.
-
¿Y eso por qué?
- Porque me parece tan cercana a todo. Me aterroriza,
por ejemplo, que se muera un perro en mi casa, porque
para mí la muerte tiene una presencia física,
que puede ser no una mujer con una guadaña
ni nada de eso, pero como yo creo en la teosofía
-en esos espíritus que custodian la buena y
la mala muerte-, para mí si se muere algo en
mi casa la muerte estuvo allí; o si fallece
alguien en mi cuadra, o entro a un lugar donde agoniza
una persona y tú sabes que la muerte está
ahí esperando. Llámese la muerte o los
amigos del muerto, que vienen a buscarlo, todas esas
cosas que son misteriosas, pues estoy convencida de
que es inevitable que exista otro mundo paralelo a
este. Y es tan delgada la línea divisoria...
Eso me llama la atención: me gustan los cementerios,
las tumbas, los enterramientos, los lugares donde
se dejan las ofrendas para los muertos. Todos esos
ritos alrededor de la muerte, de la perdurabilidad
del alma, me interesan.
-
¿Y por qué tomar a tu ciudad como el
espacio donde reflexionar sobre todo ello?
- Es que hay lugares de Sancti Spiritus que contienen
para mí como un cierto cansancio, pero el día
que despierto en ese estado especial, los veo como
si fuese la primera vez. Por ejemplo, la cruz en medio
de la Avenida de los Mártires -que es como
una noticia de la muerte-; a lo mejor soy una de las
pocas personas que reverencia esa cruz por su significado.
Y me parece gastada ella, ignorada, "gris bajo
el cielo gris/ gastada por los pájaros";
los pájaros son los únicos que reparan
en ella. Fíjate como hay poetas en Sancti Spiritus
y nadie le ha hecho un poema a esa cruz; y es que
nadie la ve. Igual que la estatua dedicada a las madres
que está en la esquina de mi casa, que todo
el mundo la ve.
-
Ambos monumentos establecen un diálogo místico
si deseas rebautizar la ciudad, reinventarla para
la poesía, pues ¿cómo no reparar
en la analogía contrastante presente en que
un extremo de la Avenida de los Mártires exhiba
un homenaje a la maternidad, al venir al mundo; y
en el otro, una alegoría a la muerte? Es como
la vida, ¿no?
- Mira, yo no había pensado en eso; pero es
verdad.
-
Las obligaciones del ser civil, ¿de qué
manera te han aportado otros enfoques, experiencias,
para la poesía, y te despojaron de esa niñez-adolescencia
tuya que parecía no tener para cuando acabar?
Perdona, pero es que yo nunca pensé que ibas
a hacerte universitaria, a tener un empleo fijo o
a casarte...
- Ni yo tampoco. Es que mi mamá luchó
tanto para que yo estudiara que dije, bueno, voy a
complacerla. Y ya estoy en cuarto año. Luego,
trabajo en la editorial, hago mi programa de radio,
llevo muy bien mis funciones de esposa, hago comidas
especiales y todo (también tengo un esposo
maravilloso), pero siempre me queda como una disciplina...
A ver: tampoco me impongo coger un mes para hacer
un libro, pues ese mes no puedo hacer otra cosa que
hacer el libro. En ese mes no se comen frijoles en
mi casa. Y la editorial me roba mucho tiempo, pero
me gusta la gente con la que trabajo, nos llevamos
muy bien, y de cierta manera necesito salir todos
los días de mi casa por la mañana, eso
te da como ganas de hacer cosas, es como un impulso.
Fíjate que tengo una tendencia a la tristeza;
si me quedo sentada en mi casa puedo estar un mes
sin salir y no pasa nada, lo cual no es bueno para
la cabeza ni para nada. Y el asunto de escribir las
cartas, la Escribanía, me ha ayudado también.
-
La gente no sabe que también eres narradora.
Cuéntame sobre la noveleta que escribes.
- Se titula San Salvador de los Perros.
Son monólogos de los personajes centrales viendo
la gente, la ciudad, y además hay una historia
complicada. Si no fuera tan vaga, ya la habría
terminado. Pero es muy divertido, sobre todo por lo
absurda que es.
-
Pienso que uno de los atributos de tu poesía
fue por largo tiempo no ser demasiado terrenal, apenas
tener los pies en la tierra. En los últimos
tiempos miras las cosas desde otra perspectiva.
- Puede ser. Últimamente -digo hace cuatro
o cinco años- tengo responsabilidades. Ese
contacto de todos los días, tener un trabajo,
ganar un dinero, te hace ver el mundo diferente. Aunque
yo todavía no tengo los pies muy bien puestos
sobre la tierra.
-
No, mejor no eches raíces...
Creo
que sigue triste Liudmila. La invito entonces a los
fosos de La Cabaña, a un costado del Patio
de los Laureles. Allí se oculta una tarja que
recuerda el sitio donde fusilaron a Juan Clemente
Zenea, mártir de la poesía, tipo incomprendido.
El sauce llorón que le hacía sombra
ha sido salvajemente macheteado y casi lloramos en
silencio. Le acaricio los retoños que asoman
por la herida dejada por un golpe del filo homicida.
Entonces ya no pienso más que verdea al costado
de una pared hace mucho bañada por la sangre
de un iluminado.
Liudmila está sonriendo.