| |
| |
|
| |
|
|
Nuestro
anaquel acoge esta vez dos libros editados fuera de
Cuba. Por un lado, Antonio Benítez Rojo reseña
en la revista Baquiana
el título Santería y vodú;
sexualidad y homerotismo: Caminos que se cruzan en
la narrativa cubana contemporánea
(Madrid. Editorial Biblioteca Nueva, 2002), de cuyo
cuerpo ya reprodujimos un ensayo en nuestro número
6. Después, incluimos el prólogo que
el escritor Justo Jorge Padrón, encargado de
la selección para la antología poética
de Nicolás Guillén Abre la muralla
(Universidad Autónoma de Nayarit, 2002), dedicara
a esta edición mexicana.
| |
|
| Santería
y Vodú; Sexualidad y Homoerotismo |
| Antonio
Benítez Rojo |
|
Santería
y Vodú; Sexualidad y Homoerotismo
Alicia
E. Vadillo |
La
publicación en 1988 de Aché,
presencia africana: tradiciones yoruba-lucumí
en la narrativa cubana (Nueva YorK: Peter
Lang), de Julia Cuervo Hewitt, abrió un nuevo
campo temático dentro de la crítica
literaria. Por primera vez una editorial de libros
para la academia se ocupaba del impacto de la santería
en la narrativa cubana, señalando numerosos
ejemplos en las obras de más de veinte narradores
cubanos del siglo XX. Con posterioridad, María
Carmen Zielina publicaría La africanía
en el cuento cubano y puertorriqueño
(Miami: Universal, 1992); Jorge e Isabel Castellanos,
el cuarto volumen de su magistral y abarcadora obra
Cultura afrocubana, dedicado a las
letras, la música y el arte (Miami: Ediciones
Universal, 1994); y Eugenio Matibag, su enjundioso
estudio antropológico Afro-Cuban Religious
Experience: Cultural Reflections in Narrative
(Gainsville: University Press of Florida, 1996).
Continuando ésta ya importante corriente, Alicia
E. Vadillo acaba de publicar Santería
y vodú; sexualidad y homoerotismo: Caminos
que se cruzan en la narrativa cubana contemporánea.
Gracias a sus conocimientos sobre el complejo rol
sociocultural del mito así como sobre las culturas
africanas criollizadas en Cuba, la autora identifica
en las obras de un significativo grupo de escritores
numerosas prácticas rituales, adivinatorias
y propiciatorias que hacen posible lecturas orientadas
por la sexualidad y el homoerotismo. Así, a
partir de las leyendas sobre el güije y el jigüe,
Vadillo llega a originales conclusiones sobre La
balada del güije de Nicolás Guillén;
el cuento Bestial entre las flores de Reinaldo
Arenas; y la novela Cocuyo, de Severo
Sarduy, extendiendo el mismo modelo interpretativo
a obras de escritores más jóvenes, como
La patografía de Angel Lozada.
Además, tomando las ideas de Jurij Lotman sobre
la metáfora en tanto figura idónea para
servir de puente entre el mito y la literatura, Vadillo
reconoce la presencia tanto de relatos mitológicos
(patakí) como de deidades yorubas (orishas)
y del vodú (loas) en ciertas obras de Antonio
Benítez Rojo, Lydia Cabrera, Alejo Carpentier,
José Lezama Lima, Chely Lima, Mayra Montero,
Excilia Saldaña y Severo Sarduy. En el último
capítulo, dedicado a tres autoras de la diáspora,
Vadillo analiza elocuentemente las novelas Casa
de juegos (Daína Chaviano), Como
un mensajero tuyo (Mayra Montero) y Querido
primer novio (Zoé Valdés),
encontrando en ellas referencias a los mitos del Abakuá
y la santería, incluso al poco conocido Sanfancón,
llamado el "Shangó chino."
Con este valioso libro Vadillo no sólo demuestra
que el discurso narrativo cubano está permeado
de componentes culturales originados en África
sino además de sexualidad africana, según
se desprende de la interpretación erótica
de ciertos mitos y deidades. Vale decir que la contribución
de Vadillo a los estudios culturales cubanos y caribeños
no intenta establecer fórmulas nacionalistas
ni ideológicas. Su trabajo parte de una hermenéutica
cuya función es revelar -a través de
mecanismos literarios como la metáfora, el
paralelismo, la metonimia, la parodia y el dialoguismo-,
los materiales afrocubanos de tipo sexual que estructuran
los textos de ciertos autores y autoras.
Finalmente, una reflexión: Debido a que los
relatos míticos y folklóricos, además
de tener varias versiones (por ejemplo, los distintos
"caminos" de un orisha) admiten más
de una interpretación, ninguno de sus significados
puede ser tomado como el verdadero. Así, el
significado simbólico a que nos referimos se
caracteriza por su ambigüedad, por su polivalencia,
lo cual contribuye a darle a un orisha o a un pataki
una particular densidad. Es precisamente esta complejidad
lo que distingue a lo Cubano en sus distintas manifestaciones.
Antonio
Benítez Rojo (La Habana, 1931).
Narrador, guionista de cine, ensayista y profesor
universitario. Desde 1980 vive fuera de Cuba. En
la actualidad es catedrático de literatura
latinoamericana en Amherst College, Massachussets.
Entre sus obras publicadas se encuentran: Tute
de reyes (1967), El escudo de hojas
secas (1969), Heroica
(1976), Los inquilinos (1977),
La tierra y el cielo (1978), El
mar de las lentejas (1979), El
enigma de los Esterlines (1979), La
isla que se repite: el Caribe y la perspectiva posmoderna
(1992), Antología Personal
(1997) y Mujer en traje de batalla
(2001).
Un oscuro pueblo sonriente
Juan Nicolás Padrón
| |
Abre
la muralla
Nicolás
Guillén |
La
poesía de Nicolás Guillén (Camagüey,
1902-La Habana, 1989) ha sido objeto de múltiples,
variadas y a veces raras publicaciones y traducciones,
exégesis y reinterpretaciones que la han deificado
en el sitial más alto de la cultura cubana,
o la han desconocido, mutilado y menospreciado, considerándola
como una "poesía menor". Casi siempre
en cada análisis hay "algo más"
que el análisis de una poética: hay
un evidente interés racial o étnico
-justo o exagerado, según el caso-; una fuerte
causa de compromiso político -de un lado y
del otro- que ha marcado ciertas exageraciones, que,
leídas hoy o leídas bien, resultan ridículas;
se advierte demasiado peso sociologizante en la hermenéutica,
o se ha prescindido errónea e interesadamente
de lo social en su poesía; puede descubrirse
un vínculo extraliterario -a veces extrapolítico,
y hasta secreto- con alineaciones de grupos de poder,
pues no debe pasarse por alto que a Guillén
le fue otorgado el título de "Poeta Nacional",
quizás como respuesta al de Agustín
Acosta, quien se marchó del país al
principio de la Revolución. pero si se atiende
a los textos, hallaremos grandeza e imperfección,
audacia y reiteración, modernidad y tradición.
Esta antología, dividida más o menos
temáticamente, ha querido presentar disímiles
rostros de su poética, y de alguna manera puede
considerarse una guía para su estudio, al reunir
en cada parte textos que mantienen el "aire de
familia" de su inconfundible estilo. Así,
el peso de lo textual es significativo por sobre lo
cronológico o extraliterario, pero sin evadir
su itinerario poético y el vínculo con
la sociedad y la política, como correspondió
a la obra y a la vida de Nicolás Guillén.
Se comienza con uno de sus primeros apotegmas: "Todo
mezclado". El lenguaje de los negros cubanos,
en el ambiente de un solar urbano, presumiblemente
de La Habana, cobra considerable y sistemática
altura, por primera vez en la poesía cubana,
combinando una atmósfera de sonidos y colores;
la cháchara bozal de una vecinería marginal
por marginada, el ritmo y el sudor de una sensualidad
que insinúa el erotismo en cada movimiento
con la complicidad de miradas perturbadoras. La malicia
y el humor, esa chanza del pícarao que ha sido
también mezclada con la afirmación del
macho, revela y expone la "cultura de la resistencia"
ante la situación de desamparo en que estos
poemas son contextualizados. Ellos parten de una concepción
caribeña de poder ser bailados y actuados con
la gracia de la gestualidad criolla, que ya ha perdido
el carácter primigenio de lo ritual y se ha
incorporado a la cultura popular del cubano. La presencia
disimulada, intratextual, intertextual o evidente
de ancestros y panteones africanos, acentúan
el origen de esta mezcla de canciones que no quieren
desvincularse del ritmo del tambor, y por ello pueden
sentirse la percusión y el eco de su golpe
batiendo en cada grito con hedonismo y liviandad,
pero también como protesta y denuncia.
La primera mezcla es con la música y con un
sentimiento de soledad y tristeza, de ahí que
la antología continúe con "La queja
musical". pero la euforia y la alegría
no se alejan, forman parte de este "oscuro pueblo
sonriente", y la melancolía es una invitada
de la fiesta. La guitarra, presentada en las más
diversas circunstancias, es aceptada y enarbolada
como la compañera más fiel de trovadores
que adaptan la combinación de endecasílabos
y heptasílabos al ritmo cubano. La guitarra
de jaleos y romances participa de la queja de personajes
y músicos populares en canciones que trazan
con singularidad y sencillez, pero con generalidad
y hondura, como un brochazo de Goya, el retrato o
la caricatura de un medio social en el que ronda el
espíritu de los íremes de Lam. La asociación
del alcohol a un estado intermedio entre lo ritual
y lo festivo, tal vez no sea comprendida por nuevos
monjes de viejas iglesias, pero hay historias ocultas
que solo pueden desmadejarse en cierta atmósfera
con el entretejido de la palabra guilleniana, entre
un trago y otro de aguardiente o ron, bajo el repique
de los cueros y en el trenzar de los pies en el baile:
un nivel de expresividad y emoción que va más
allá de la literatura, incluso de la música
y el baile. Ya se sabe que los músicos pobres
-"el artista cubano"- tocaban para comer,
pero al hacerlo satisfacían la necesidad de
comunicación que tienen los cubanos cuando
se quejan.
Y la sonoridad nostálgica de la flauta, instrumento
típico de las orquestas populares cubanas,
equilibra las sacudidas del batiente bongó.
Baladas y canciones nos conducen a los antepasados:
raíces europeas y africanas que se encuentran
en la isla entre el cansancio y la muerte -como los
dos abuelos-, tales fantasmas aún se agitan
después del viaje. Baladas contadas con la
voz del mestizaje son fundidas en el abrazo de la
raza humana que nunca ha parado de mezclarse. Cantos
ritualizados, leyendas de güijes que aparecen
en los ríos y en la imaginación de quien
los ve, se sincretizan con otras leyendas que han
gozado de mayor prestigio en la sociedad blanca occidental.
Canciones que despiertan negritos y responden a otras
canciones que los han dormido. Sones dirigidos a niños
que sobrevivieron a la explosión de semillas
de calabaza en el mar, que según otra leyenda
son las islas del Caribe. Los poemas musicales de
Guillén han vinculado alegría con tristeza,
y pasado con futuro, en la realidad presente de esta
región caribeña que ha sido receptora
y portadora de una de las concurrencias de culturas
más activas y dinámicas del planeta.
No debe extrañar que la relación entre
la obra plástica y la personalidad de los artistas
sea otro de los ángulos en que más insista
el poeta en una muestra expositiva de clásicos
de la pintura cubana, agrupada bajo el título
de "La pintura girando". El juego de palabras
se yuxtapone aquí al de colores, la metáfora
al cromatismo o a la línea, la vida de los
pintores al tema de sus lienzos, en un contraste de
caprichos y formas claves que asocian y generan universos
del arte, señalando una intersección
insólita que llega a descubrir el movimiento
del alma de los creadores. La observación es
el punto de partida para ese salto en la imaginación
propiciado por la mirada culta del poeta, que conduce
a una escritura- homenaje desalmidonada y antiacadémica,
dirigida con énfasis hacia la picardía
y lo profano de las respectivas poéticas plásticas.
Los retratos son como fábulas, pero sin intención
moralizante: queda una relación entre la apariencia
y lo paradigmático de ciertos animales y la
semblanza de determinados seres humanos. En estos
símiles, la frondosa belleza de la mujer cubana
se lleva las palmas en su comparación hiperbólica
en la naturaleza.
Dentro de ese espíritu de acercamiento a la
naturaleza, el poeta sintetiza una emoción
que se reúne en "Ritmo de primavera".
Partiendo de la Madre Natura, Guillén le canta
a la mujer, a la patria y a las virtudes de la sensibilidad
humana; reina la identidad cultural y nacional, que
ha poetizado en una combinación original del
paisaje natural con el humano, imposibles de seccionar
en cada composición, porque a los elementos
simbólicos se asocian subjetividades y realidades
del ser cubano: al mar y a la palma, insertos en el
escudo de la República, se les pueden sumar
una inesperada lluvia a una eterna primavera que hacen
perder los contornos de las estaciones, junto al sugerente
y sugestivo erotismo, unas veces liviano de sensualidades
y otras descarnado en voluptuosidades. La descripción
estática de una puesta de sol, o la cinematográfica
del preludio a la tempestad, son recogidas en flashes
de imágenes que se componen en una memoria
poética con amplios recursos expresivos para
la organización de la estructura del poema,
construido con el acostumbrado estilo del autor, casi
siempre cargado de gracia juguetona en las palabras
y en las ideas.
"El Zambeze de tus ojos" comienza con los
famosos madrigales guillenianos, una de las desmitificaciones
mas audaces de la poesía de amor latinoamericana.
La forma en que Gutierre de Cetina inauguró
versos como "Ojos claros, serenos / si de un
dulce mirar sois alabados, / ¿por qué,
si me miráis, miráis airados?",
tiene ahora una correspondencia caribeña, otro
patrón mulato que no renuncia al espíritu
de la hispanidad e incluye lo africano, aportando
modelos de belleza ajenos a Occidente; quien más
insistió en lo legítimo del mestizaje
para Cuba, resultó ser uno de sus poetas más
españoles. Guillén demuestra que está
entre los grandes conocedores de la tradición
hispana, especialmente en su poesía amorosa.
No solo desde su primer libro prueba el amplio dominio
del soneto, la décima, la cuarteta, la redondilla
o el romance, sino que ha sido uno de los creadores
que mejor ha usado el verso libre en la modernidad
hispanoamericana del siglo XX. El ritmo y la musicalidad
en la estructura, la combinación de versos
cortos con largos y su oportuna partición,
el énfasis en las pausas y el uso de la puntuación,
así como el dominio y la cadencia en el tratamiento
del tema, logran efectos estilísticos que sientan
pauta en nuestro idioma para el verso libre.
En esta poesía amorosa se advierte además
el peso del lenguaje modernista, pues resulta significativo
su ascendente en las primeras composiciones, cuando
el poeta todavía estaba apegado a algunas formas
de ese movimiento. Pasión y ardor se vinculan
al dolor y al melodramatismo, a veces coincidiendo
con lugares comunes que alguna corriente poética
popular comercializó con "mal gusto".
Sería improcedente juzgar bajo tutelas intelectuales
la espontánea emoción de una poesía
amorosa en simpatía con el apego de las gentes
comunes y sencillas que la necesitan para su comunicación,
y que tanto ha perdurado en la cultura hispanoamericana.
Raíz romántica, lenguaje modernista
e intención vanguardista se reúnen en
el eclecticismo de su poética del erotismo,
usando códigos del tejido social donde ha vivido
el poeta. Desengaños y cuitas de amor, suspiros
de adjetivación previsible, declaraciones aparentemente
contradictorias sobre diversas aristas del presumible
desamor, metáforas de pedrería y terciopelo
que se rompen con un salto vanguardista, simbología
del erotismo mestizo en que se han enamorado casi
todos los latinoamericanos, condensan una poética
amorosa imperfecta para los académicos, pero
muy aceptada y repetida por sus receptores. Sus imágenes
recónditas o congeladas caen y calan en profundos
sentimientos con una sinceridad desbordada que cincela
versos de amor singulares, todavía hoy vigentes.
También aquí cobran énfasis la
sencillez expresiva y la madurez del ritmo musical
presente en toda la obra poética de Guillén.
El rejuego de ideas y la utilización de paradojas
y antítesis, tan reiterados en las razones
del corazón, gozan aquí de peculiar
fluidez y entendimiento a pesar de algunas complejidades
entre la duda y la incertidumbre. La clave está
en que el poeta ha asimilado la tradición cultural
y social de manera integral y coherente. La poesía
hispánica pudo instalarse creativamente mediante
una peculiar cubanía en el tratamiento poético
del tema del amor. Sus decires y relaciones pertenecen
a las personas que habitan en la muchedumbre de esta
región, y el poema es reflejo de una historia
socio-cultural concreta; por tal razón, la
intimidad del erotismo puede ser descubierta dentro
de las claves poéticas y presupuestos temáticos
del poeta. Todos alcanzan a ver el vuelo artístico
de las imágenes, aunque a veces el autor acuda
a referencias de la llamada "alta cultura",
sin que resulte cursi o parezca una pedantería.
En la década del 50 Nicolás Guillén
compuso la mayoría de sus elegías, ahora
reunidas las más importantes en la sección
homónima. Es una zona de su poesía en
que se despliegan los mejores dones de la conciliación:
los más diferentes elementos del paisaje, la
sociedad y los sentimientos del ser humano son sincretizados
con armonía y audacia. personajes-abstracciones
se asientan en personas concretas: Juan Descalzo y
Juan Montuno, Juan Negro y Juan Blanco, Juan Pueblo.
La denuncia al más inescrupuloso racismo norteamericano
se materializa en la muerte del niño mutilado
Emmett Till. El grito de protesta no exento de una
eficaz intimidad, desnuda la semblanza de Jacques
Roumain desde una espontaneidad que no opaca los resultados
artísticos. Un retablo de asociaciones y referencias
personales viaja hacia el sitial elegíaco de
su tierra natal "como en la sala de un cine",
viendo la vida del poeta pasar frente a todo ese "fondo
de historia" que son las personas comunes que
componen la ciudadanía del Camagüey. En
la "Elegía a Jesús Menéndez"
Guillén desarrolla plenamente la combinación
más audaz de prosa poética y poesía
prosaísta, de rendimiento poético en
que los equívocos -el nombre de Jesús
y sus mitologías- logran una eficacia argumental
de gran efecto. Esas simbiosis de ritmos que dominan
su obra se ponen en función de una tragedia
que conmocionó el espíritu nacional:
el repugnante asesinato del líder azucarero.
El poeta se lanza a la modernidad apoyándose
en la tradición. Historia y periodismo se funden
en un mensaje político de aliento artístico,
de vanguardia en arte y militancia revolucionaria;
pocas veces se ha conseguido tan alta fusión
entre
poesía y lucha social.
Nicolás Guillén fue un conocedor de
la realidad social de Cuba, pues recorría la
isla a menudo tropezando con el hombre "de a
pie" por calles y montes, costumbre que se ha
ido perdiendo, no solo entre los poetas. Nacido en
Camagüey, vivió mucho tiempo en La Habana
y a ella le cantó con especial gracia, dignificando
la unidad, bien en un mensaje asonetado para Venezuela
o en un poema epistolar para unas primas que estaban
en Europa. Algunas muestras de esta llamada "poesía
de ocasión" se recogen en el capitulillo
"La Habana, con sus caderas sonoras", donde
se asoman disertaciones culinarias, tan cercanas a
la personalidad del poeta, declaraciones de amor a
los bares y a las tabernas que miran al mar y al puerto
habaneros, en los que es posible conocer a gente como
Juan Nadie, Juan Bronco, Juan Navajas, o simplemente
Juan Simple. Su soneto "A la Bodeguita",
puede leerse aún hoy en los manteles de papel
de las mesas del mítico restaurante "La
Bodeguita del Medio", y no falta en esa "ocasionalidad"
de sus versos, el recuerdo de historias que nos asaltan
en cada plaza del centro histórico de la ciudad.
La capacidad de Guillén para hacer de lo culto
popular y de lo popular culto, nace de experiencias
cruzadas de uno y otro medios. La sección "Cuando
yo vine a este mundo" resume estos intercambios,
sus reflexiones sobre el devenir, sus encuentros imaginarios
o reales con poetas emblemáticos, sus perplejidades
ante los progresos de la ciencia y la técnica,
su sarcasmo frente a determinadas creencias. Una de
las recurrencias que han hecho posible la aceptación
popular de la poesía guilleniana es el manejo
del humor: de la sutileza a la carcajada, se construyen
situaciones humorísticas en que bajo efectos
insinuantes o asociativos madura el sentido del humor
"artesanal" o espontáneo que caracteriza
al choteo y la picardía del cubano. Junto a
la broma se apareja cierta ligereza arraigada a la
cotidianidad, presente en la tradición poética
cubana del siglo XIX y que a las alturas de los años
30 se comenzaba a poner de moda. Guillén participa
de este rescate con la revitalización oportuna
y elegante de notas de ironía, lo mismo que
con una pizca de ingravidez sobre "temas menores",
o incluso, sobre ese gran tema que siempre nos deja
sin resuello: la muerte. A la muerte no se le responde,
ni se le mira el color del vestido, y además,
nadie la conoce. El cubano se burla de ella, aunque
le tema, y tal razón es también factor
de atractivo para la poesía.
La Historia resulta de alguna manera una huella permanente
en casi toda la obra poética de Guillén.
En el capítulo "West Indies, Ltd.",
homónimo de un poema incluido y de un libro
de 1934, se ilustra una historia social que tiene
en cuenta la geografía y la economía,
pero sobre todo, los ingredientes culturales que han
hecho posible un pueblo étnicamente nuevo con
una fisonomía singular después de tantas
transhumancias y aparejos: "un oscuro pueblo
sonriente" que para defender su dignidad, puede
responder con insolencias a la hegemonía yanqui.
La música marca las transiciones ante el paso
de militares y burócratas en esta historia
de politiquería que no cambia ni la miseria
ni el hambre frente a las compañías
y a los trust norteamericanos, y ritma el avance de
una lucha social y política que radicaliza
sus acciones sin perder ni el humor ni la paciencia.
Ha sido largo el camino de la emancipación
en este recorrido por una historia que arranca de
una acelerada mercantilización de todo lo que
existe en el globo, junto a un atroz servilismo de
espinazo blando y cerviz caída, cuando todavía
la región del Caribe no era ni siquiera un
simulacro de republiquitas. En el periodismo cubano
de los siglos XIX y XX, Guillén encuentra materia
prima poetizable que conforma el corpus de El
diario que a diario. Así llega a una
clase magistral de dignidad ciudadana en el poema
"La muralla".
La última parte de esta antología se
denomina "Tengo", también el título
de un poema que se incluye, así como un libro
de 1964. Aquí se evidencian la euforia por
el triunfo revolucionario y la total alineación
del poeta con esta causa que defiende con vehemencia
sin descuidar su atencion de los códigos de
la tradición poética engarzados hábilmente
mediante un pie quebrado que recuerda a Manrique,
o a formas de expresión que se vinculan con
la magia popular del romancero español; cualquier
recurso mantiene con esmero un identificable estilo
jocoso y profunda a la vez. Sin perder ni el ritmo
ni la risa, y con su carácter heterodoxo y
rebelde, vuelve a la poesía política
en los años 60, pero esta vez en tono conversacional
evidente y con maneras directas, sin el despliegue
de técnicas e innovaciones, experimentaciones
y arrojos de las elegías de la década
anterior, aportando al quehacer poético nacional
un sello de cubanía singular en el que se conjugan
el estremecedor aplauso y la más zumbona trompetilla,
en un nuevo contexto histórico que no renuncia
a la "cultura de la resistencia".
Con el recrudecimiento de la lucha de clases y el
llamamiento a la unidad como deber insoslayable para
el avance de la Revolución, Guillén
les cantó a los mártires y a los héroes,
con la pasión enardecedora de la emoción
del momento y consciente de que hacía literatura
de servicio a la causa de los humildes. Oportunamente
fueron muy bien recibidos los poemas inspirados desde
estas condiciones, entre ellos, el dedicado a Eduardo
García, miliciano ametrallado por la aviación
yanqui en el preludio al ataque por Playa Girón
en 1961 y especialmente el que rendía homenaje
a la muerte de Ernesto Che Guevara en 1967. Posteriormente
se tornó abusiva la difusión de la poesía
política de Guillén en la televisión
y en la radio, en la propaganda gráfica y escrita;
en las escuelas, centros de trabajo, barrios, actos
populares, manifestaciones, mítines... Tal
fue la sobresaturación de propaganda, que produjo
un efecto contrario al deseado, fundamentalmente para
niños y adolescentes de entonces que crecían
bajo esta influencia. Con los años, algunos
de aquellos que se formaron en los años 70
y 80, no leen, no han leído, o han leído
mal a Guillén. Hay quienes han omitido el filo
revolucionario o han convertido su zona política
el universo de su poesía, otros lo conocen
solo por su obra vinculado al folclor. Otra época
histórica, los años 90, ha desactualizado
algunos de sus poemas muy apegados al contexto histórico,
pero existen ejemplos singulares de resemantización
desde una nueva lectura, reafirmando que esa poética
ha apresado de manera auténtica y perdurable
el ser nacional, y su mensaje no cambia mucho de una
época histórica a otra. El Guillén
total trasciende. Ahí está su cubanísimo
ritmo inalterable y el criollo aliento sicosocial
de versos insertados definitivamente en la tradición
social y poética de la isla. A muchos Guillenes
del pueblo de Cuba les siguen sin dar pena los burgueses
vencidos -ningún burgués vencido-, y
la mayoría se confiesa sin prejuicios que no
son hombres -y mujeres- puros. Este sigue siendo "un
oscuro pueblo sonriente".
Noviembre
del 2002
|
| |
|
|
| |
|
|
|